FIRST MAGICAL WAR: La resistencia

Capítulo 1: La Orden del Fénix

Londres. Marzo, 1978

Remus Lupin corría por las empapadas calles de Londres tratando de regular su respiración. Llegaba tarde. Tarde no, tardísimo. La reunión debía haber empezado hacía más de media hora, pero él se había entretenido buscando a Rachel, que, por cierto, no había dado señales de vida. No la había visto desde que habían discutido por última vez esa misma mañana y ella salió de su pequeño apartamento dando un sonoro portazo que le hizo temer que la pared se derrumbara.

No es que fuese imposible. Desde que se habían mudado el verano anterior, habían tenido que reparar tres veces las grietas de las paredes, y ya había perdido la cuenta de la cantidad de hechizos que soportaban los cristales de las ventanas para que no se resquebrajaran. No era el lugar más habitable del mundo, pero sin duda era lo mejor que podían obtener con el sueldo que ambos ganaban en sus respectivos trabajos, cada uno más humillante y peor pagado.

Llevaba exactamente siete meses conviviendo con su novia en aquel destartalado lugar. Siete meses que habían sufrido verdaderas dificultades para encontrar un empleo decente y duradero. El mundo mágico ya estaba descartado para ambos. Dos licántropos fichados por el Ministerio gracias a las nuevas leyes restrictivas con los semi-humanos les habían cerrado todas las puertas laborales. Así que ambos sobrevivían con empleos muggles sin formación, ya que no podían acreditar estudios en ninguna escuela que pudiera darse a conocer.

Rachel Perkins había sido su novia desde que ambos cursaban quinto año en Hogwarts. Pese a un mal inicio en que la propia Rachel no había aceptado muy bien la naturaleza de Remus, habían tenido una buena relación dado el carácter tranquilo de ambos. Pero los últimos años no habían sido fáciles. A mediados de sexto año Richard, el primo de Rachel y compañero suyo en Gryffindor, había sido asesinado junto a toda su familia debido a que su padre era un juez importante en el Wizengamot y muy activo en la lucha contra los mortífagos. Su hermana, la madre de Rachel, había sido también amenazada y todos habían tenido que esconderse.

Eso hizo que Rachel no acudiera a clase su último año de colegio y que el contacto entre ambos se centrara en cartas muy esporádicas. Y, por si no fuera poco, todo se complicó cuando Albus Dumbledore, director de Hogwarts y comandante de la Orden del Fénix, se enteró de la habilidad de Rachel (ya inútil) de convertirse en una animaga con una transformación muy similar a la de los licántropos, y decidió usarlo como arma para espiar a las colonias de hombres lobo que lideraba Fenrir Greyback. Eso implicó a Rachel, disfrazada con otra apariencia, en mitad de la guerra mágica mientras su novio y sus amigos continuaban en el colegio aún rumiando el dolor de perderlos a Richard y a ella. Cuando la misión llegó a su fin Rachel pidió a Dumbledore permanecer oculta en Hogwarts en vez de con sus padres para poder seguir estudiando al ritmo de sus compañeros. Y fue una suerte, o si no habría estado en el ataque que acabó con la vida de su madre y había dejado a su padre en estado vegetativo.

Sin embargo, el peor palo para Rachel, que sería definitivo en su vida, llegó el mismo día que los mortífagos atacaron Hogsmeade, matando a varios estudiantes que se encontraban en el pueblo. Ella estaba en el castillo junto a un Remus transformado y manso gracias a una nueva poción experimental, y el propio Greyback había entrado con la promesa de varias víctimas entre los estudiantes más jóvenes. Siguió el rastro de otro lobo transformado, el propio Remus, y cuando llegó no solo encontró a este sino a la chica que había estado conviviendo en su guarida durante semanas. Al verla en su estado humano el licántropo supo que había sido engañado y procedió a vengarse. Rachel había estado a punto de morir por la mordedura en su cuello, muy cercana a la yugular, pero había conseguido sobrevivir cargando con la maldición que Remus llevaba acarreando toda su vida.

Cualquiera podría pensar que el sufrir ambos el mismo mal les habría acercado, pero solo sirvió para distanciarles. La transformación de Rachel durante su plena adolescencia le había conllevado varios cambios en su carácter, haciéndola más agresiva e irascible de lo que solía ser. Curiosamente, ahora tenía menos paciencia y atención con Remus pese a conocer mejor sus sufrimientos. Y pese a ser alguien paciente y tranquilo, Remus no podía evitar ponerse a su altura cuando las discusiones llegaban a un pico insoportable, lo que pasaba cada vez más a menudo.

Pensando en cómo conseguirían solucionar su última disputa, Remus cruzó corriendo la calle Blackstock y se internó por una de las transversales más estrechas, que llevaban a un supuesto callejón sin salida. El callejón era tan ancho como tres personas colocadas una junto a la otra, y tenía varios contenedores sucios y rotos en los que la basura se acumulaba. El hedor estaba impregnado de orina y basura, y los ladrillos de las paredes estaban desgastados y resquebrajados. Sin aliento por la carrera, Remus sacó su varita asegurándose de que nadie le veía y dibujó una especie de ave justo en el centro de un ladrillo amarillo de la pared del fondo. El ave brilló un segundo en el aire antes de posarse en la pared, ennegreciéndola y agrandándola hasta que abrió una abertura de una altura algo superior a la de Remus y una anchura suficiente para que pudiera pasar de perfil.

La pared se cerró tras él inmediatamente, pero no se quedó a comprobarlo. Siguió corriendo por el estrecho pasillo de aquel oscuro lugar hasta que al fondo, tras una puerta cerrada, pudo escuchar varias voces que indicaban que la reunión estaba bastante avanzada. Olvidando las buenas maneras, abrió de golpe sin llamar y se encontró justo frente a los hermanos Prewett que le apuntaban con una varita. Al reconocerle, ambos la bajaron y le sonrieron.

- ¿Dónde te metías, Remus? –le preguntó Fabian tan afablemente como siempre mientras le pasaba una mano por el hombro, en un abrazo amistoso-.

- ¿En otra clase de reunión más íntima? ¿Dónde has dejado a Rachel? –Gideon miraba hacia la puerta, como si esperara que en cualquier momento se abriera y diera paso a la chica de pelo castaño-.

Así que Rachel no había ido tampoco a la reunión. Esperaba haberla encontrado allí. Remus se encogió de hombros, tan discreto como siempre.

- No creo que pueda venir. Perdonad por el retraso. ¿Qué está pasando aquí?

En vez de reunidos en sillas frente a Dumbledore y Moody, como era lo normal, los miembros de la Orden estaban de pie, colocados en tres filas, y preparados para hacerse un retrato con una gran cámara con trípode que estaba instalada frente a ellos.

- Dumbledore se ha puesto sentimental –le informó Fabian de modo confidencial.

- Sí, por lo visto quiere retratarnos antes de que nos maten a todos y se quede sin recuerdos.

Crecer con James y Sirius le había ayudado a acostumbrarse al humor negro de los gemelos, pero hasta sus amigos tenían un límite con respecto a los chistes sobre su propia muerte. No sabía cómo, pero Gideon y Fabian siempre conseguían restar importancia a la situación más insostenible, como lo era la caza que sufrían los miembros de la Orden constantemente.

Dado que ya estaban con asuntos más relajados dio por hecho que se había perdido la reunión entera, así que tendría que enterarse de las novedades por medio de sus amigos o por Fabian, quien era su padrino dentro de la Orden.

- ¡Vamos muchachos! –exclamó Dumbledore ya colocado junto a Moody-. Cualquiera diría que no queréis salir en la fotografía.

- No, por favor, eso no –bromeó Fabian en voz baja haciendo reír a su hermano-.

Remus se adelantó buscando a sus amigos, pero dada la urgencia que sentía el comandante de la Orden, decidió ponerse entre Benjy Fenwick y Emmeline Vance, que le hicieron un hueco en primera fila. La chica estaba algo tensa cuando se apartó para dejarle espacio y, a su lado, Alice Longbottom le sonrió como saludo.

- ¿Dónde está Rachel? –le preguntó Benjy cuando se puso a su lado.

Algo molesto por el interés de todo el mundo, Remus volvió a encogerse de hombros.

- No ha podido venir. Trabajo.

Por la mirada que le dirigió el otro supo que no se había creído esa pobre excusa. No podía culparle. De todos los presentes, seguramente Benjy sería, junto a él, el que mejor conocía a la Rachel actual. Era su padrino dentro de la Orden, y había estado a su lado durante todo el proceso de su transformación. Pero precisamente por la confianza que tenía con ella, Remus se negó a contarle la verdad de su discusión.

A diferencia de las fotos muggles, en las mágicas no es necesario posar sin moverse ni hablar, por lo que pudieron sacarla enseguida y sin problemas. Enseguida comenzaron a dispersarse, y él echó un vistazo a la gran sala subterránea hasta encontrar la melena pelirroja de Lily. Le hizo un gesto de disculpa a su compañero y fue a reunirse con su grupo de amigos. James, Sirius y Peter estaban con ella, obviamente, pero su sorpresa fue mayúscula al encontrar entre ellos a Gisele Bones, antigua compañera de Hogwarts, amiga personal y también miembro de la Orden.

- ¡Gis! –exclamó contento-. No sabía que habías salido ya de San Mungo.

- Esta misma mañana –le explicó ella radiante mientras se inclinaba para mirar al bebé que tenía en brazos-.

Remus también bajó la mirada y se encontró con un recién nacido con unos inmensos ojos azules, la piel de un color intermedio entre la oscuridad de su madre y la palidez de su padre, y completamente pelón. El bebé bostezaba exageradamente sin quitar los ojos de su madre.

- Gis nos estaba contando que ya han elegido el nombre –le informó Lily con un brillo en los ojos, apartando lo justo la mirada del bebé-.

Él miró a su amiga interrogante y ella sonrió ampliamente.

- David. Así se llamará. Tony me dijo que podíamos ponerle como mi padre, pero yo no quiero que tenga el nombre de ningún muerto. Es un niño, y debe tener su propio nombre.

- Bien pensado –aprobó James-. Un nuevo nombre para una nueva vida. Fuera las tristezas.

- Y lo dice el que está metido hasta el cuello en una organización destinada a tratar de frenar a un asesino sádico que amenaza el mundo –comentó Sirius con humor negro-.

James se volvió insolente hacia su mejor amigo.

- Una cosa no quita la otra, Canuto. Puedo luchar contra el mal y continuar de buen humor, no sería la primera vez.

- Ni tampoco sería la primera vez que tus chistes en plena batalla nos meten en problemas –apuntilló Peter que había estado callado hasta el momento-.

- En las batallas tenemos una proporción de tres mortífagos por cabeza, Colagusano. Los problemas ya están ahí sin necesidad de que Cornamenta los llame.

- Cosa que se le da de maravilla –añadió Remus, ganándose una risa cómplice de sus amigos-.

Sin embargo, ni la presencia del bebé de Gisele ni las bromas de sus amigos distrajeron a Lily del hecho de que había llegado tarde. Se volvió hacia él arrugando el ceño y le preguntó:

- ¿Cómo es que te has retrasado, Remus? Tú siempre eres puntual.

- Es verdad –dijo Gisele, dándose cuenta de repente-. ¿Y Rachel? Todavía no conoce a su ahijado.

Gisele y Rachel habían sido íntimas amigas desde que ambas habían puesto un pie en el colegio. La alegría y extroversión de la primera contrastaba con la timidez e inseguridad de la segunda, pero ambas se habían acoplado siempre como partes distintas de un mismo puzzle. No había sido fácil para Gisele bregar con la transformación de su mejor amiga solo unas semanas después de haber perdido a sus padres, que habían sido asesinados mientras colaboraban con Dumbledore; pero había tratado de ser paciente y comprensiva con la nueva situación que afrontaba Rachel, sin duda mucho peor que la suya.

Remus no quiso decirle a Gisele que Rachel se había negado en rotundo a visitarle después del parto y que no había mostrado el más mínimo interés por el que sería su ahijado, así que volvió a encogerse de hombros escuetamente.

- Está trabajando. Últimamente no tiene nada de tiempo libre. Os manda saludos.

- ¿Y entonces por qué llegas tarde tú? –preguntó Lily, a la que nunca conseguía engañar del todo-.

Afortunadamente, de nuevo se libró de contestar pues James cortó la conversación de golpe saludando efusivamente a Anthony, el marido de Gisele.

- ¡Aquí está el padre orgulloso! ¿Qué tal van los primeros días con un bulto lloriqueante en casa?

Tony le lanzó una mirada de advertencia antes de sonreír.

- No te pases, Potter. El niño llora menos que tú cada vez que te gano a un duelo.

- ¿Tú, ganarme? Saca esa varita y vamos a comprobarlo.

- James, no te piques –le advirtió Lily rodando los ojos-.

- Hazle caso a tu novia. A fin de cuentas yo soy un auror con experiencia y tú un simple aprendiz.

James frunció el ceño claramente molesto.

- Me estás tocando las narices, Bones.

El hijo mayor de Edgar Bones se echó a reír y pasó un brazo por los hombros de su esposa, que seguía haciéndole carantoñas a su hijo, ajena a la conversación.

- ¡Sirius! –exclamó Alice Longbottom apareciendo de repente-. Ya has oído a Dumbledore. Tenemos trabajo.

- ¿Ha ocurrido algo? –preguntó Remus, sabiendo que Dumbledore no los movilizaría un fin de semana a no ser que hubiera sucedido algo urgente-.

Sirius rodó los ojos.

- Aquí mi madrina cree que ha localizado otro laboratorio, así que vamos a tratar de investigar un poco más.

- Y nosotros vamos con ellos –informó Gideon uniéndose a la conversación mientras se colocaba la bufanda por encima del abrigo-. Vamos Lily.

Los padrinos en la Orden eran una costumbre desde el inicio de la misma, hacía unos cuatro años. Los nuevos integrantes eran emparejados con otros miembros más antiguos o mayores en edad para compensar la poca experiencia y tratar de equilibrar fuerzas. Gisele, por ejemplo, tenía a su propio marido de padrino, pese a que él solo llevaba un año más en la Orden. Y anteriormente él tuvo a su padre. Lo que significaba que ambos habían vivido la sobreprotección de su padrino correspondiente y habían acabado hartos. Y así como Fabian era el de Remus y Benjy el de Rachel, Alice era la de Sirius y Gideon el de Lily.

Este último se acercó a la pelirroja para ofrecerle su abrigo, y ella aceptó su ayuda cuando se lo extendió para que metiera los brazos por las mangas. Gideon le sonrió arrogantemente a James y comentó como que no quiere la cosa:

- De verdad, pelirroja, te pongas lo que te pongas siempre estás increíble. Nunca me cansaré de agradecer a Dumbledore por haberme emparejado contigo.

Ella le miró con censura y se adelantó para seguir a Alice. James había puesto cara de póquer y Gideon siguió a las chicas mientras se reía alegremente.

- No sé con qué disfruta más, si enfadando a Lily o poniéndote celoso –le dijo Remus a James dándole un codazo para que quitara esa cara-.

Su amigo forzó una sonrisa, dispuesto a dejar de tomarse las pullas de Gideon como algo personal. Sobretodo sabiendo que el tío era todo un casanova con cada chica que veía. Además, Fabian le miraba mortalmente divertido, y si se enfurruñaba seguro que acabaría contándoselo a su hermano para reírse de él. Así que decidió dejar de pensar en los coqueteos constantes que Lily tenía que esquivar y se centró en Sirius, que estaba terminando de abrigarse.

- Vendrás mañana a comer a casa, ¿no, hermano? Mi madre va a hacer pastel de melaza.

- Lo intentaré, pero no prometo nada –le respondió él con una sonrisa bastante falsa-.

Con un gesto se despidió de sus amigos y siguió a Gideon por el pasadizo que Remus había cruzado hacía unos minutos.

- No irá –adivinó este-.

- Claro que no –repuso James cruzando los brazos frustrado-. Hará lo que todos los sábados: Emborracharse y destrozar su piso.

- Eso ya se ha vuelto costumbre desde que Grace se marchó –dijo Peter sin necesidad, pues todos lo sabían-. No volváis a pedirme que pase por allí para tratar de ayudarle. Sirius no tiene un buen beber.

Los tres compartieron una mirada frustrada, y después se volvieron hacia Gisele y Anthony, que les miraron igual pero no añadieron nada. Fue Fabian quien lo hizo, aunque no fue precisamente alentador.

- Es lo que pasa con las rubias, son temperamentales. Y encima se tiene que marchar del país para ponerlo peor.

- Eso no fue culpa de ella –intervino Gisele, sintiendo la necesidad de defender a su amiga-. Dumbledore le pidió que hiciera aquel encargo en París.

- En realidad no se lo pidió. Dijo que necesitaba un voluntario y ella lo vio como una oportunidad para salir corriendo –le corrigió su marido-.

- Y después de lo ocurrido, lo normal sería que se quedara para hablar las cosas, no que saliera huyendo.

James trataba de no guardarle rencor a la ex novia de Sirius. Sobre todo porque era la mejor amiga de Lily, y ella no aceptaba ninguna palabra en su contra. Pero, al igual que Lily, él tenía el bando elegido de antemano y estaba seguro de que en ese caso era ella la cegada por la amistad. Ver a Sirius destrozado por un malentendido y por una chica orgullosa le dolía muchísimo, pero ya se le habían acabado los planes para recuperar al Canuto despreocupado de siempre. Solo conseguía tener en su lugar su máscara de sarcástico chulito que tan bien le había funcionado en Hogwarts. Pero a él, que le conocía de verdad, eso no le bastaba.


- ¿Cómo consigues averiguar siempre sobre estos laboratorios, Alice? –preguntó Gideon con sincera curiosidad.

Los cuatro estaban agachados detrás de una tapia inmensa que rodeaba un cementerio. Al lado de este, en una casita aparentemente idílica al lado de un río, Voldemort tenía instalado uno de los mayores laboratorios de pociones de toda su organización. El poder del mago oscuro había ido creciendo durante siete años, pero desde los últimos doce meses había organizado una ofensiva mayor y más agresiva. Sus planes por controlar algunos de los elementos más importantes de la naturaleza habían sido frustrados, entre otros por los propios James y Lily, por lo que había dejado atrás los pequeños atentados y se estaba preparando para su toma definitiva del poder. Y algunas de las pociones que sus hombres preparaban eran claves para sus propósitos.

- Porque soy la mejor –respondió Alice como quien habla del tiempo que está haciendo.

Sirius se rio quedamente, y Lily rodó los ojos casi a la vez que Gideon.

- Por descontado. Y aun así siento curiosidad sobre de dónde sacas tus chivatazos.

- Gideon, si te dijera mis fuentes correría el peligro de que las revelaras si te secuestran para sacarte información.

- Ni hablar, soy muy resistente. Además, siempre pueden secuestrarte a ti y que lo cuentes todo.

- Eso es imposible –negó Alice convencida, sin levantar la voz de un susurro-. Tengo a Sirius cubriéndome las espaldas, aunque no lo necesite. El día que a mí me atrape un mortífago será porque no estoy en mis cinco sentidos.

- Bueno, si queréis entrar este es el momento. No hay nadie –declaró Lily poniéndose en pie y sacudiéndose la tierra de la túnica-.

- ¿Cómo lo sabes? –inquirió su padrino extrañado-.

- Mientras perdíais el tiempo hablando he hecho el hechizo de detección de personas y ha resultado negativo –dijo sencillamente la pelirroja, echando a andar con Sirius siguiéndole los talones-.

Gideon miró a Alice, quien sonreía orgullosa. Él fingió que se limpiaba una lágrima imaginaria.

- Y así la alumna aventaja al profesor.

El laboratorio era muchísimo más grande que el que Alice encontró junto a Dorcas hacía varios meses, el que había dado pie a la investigación del área científica del clan oscuro. No se equivocaban cuando pensaron que era uno de los más grandes con los que contaba Voldemort. El lugar estaba dividido por secciones, y Lily fue la primera en darse cuenta. Pese a no haber ningún cartel o etiqueta, las pociones (las que podía reconocer) estaban ordenadas de un modo muy concreto. Defensivas, preventivas, potencialmente dañinas, alucinógenas, mortales…

La mayoría escapaban del conocimiento de Lily, que tampoco era ninguna experta en pociones pese a lo que los demás pudieran creer. Pero las que reconocía eran suficientemente serias como para ponerle la piel de gallina.

- Aquí hay pociones peligrosísimas –declaró mientras tocaba con la punta de la varita un frasco que comenzó a burbujear y a escupir burbujas moradas.

Sirius dio un respingo y se apartó, llevándose con él a Lily sujetándola por la cintura para que no les salpicara.

- Eso no es nuevo –dijo Gideon-. Después de lo que encontró Alice el año pasado yo ya no me asusto de nada. ¿Qué puede haber peor?

- ¿Peor que hallar pociones para la creación de un ejército de inferis? –cuestionó la auror-. Pocas cosas, aunque seguro que Voldemort nos sorprende.

- Sí, él sí que sabe dejar a la gente sin palabras…

- Alice, ¿qué crees que es esto? –preguntó Lily deteniéndose en un caldero especialmente grande que burbujeaba lentamente.

Según la división que había hecho mentalmente formaba parte de las pociones alucinógenas, pero era incapaz de discernir qué brebaje era. Estaba claro que no era ninguno que ella conociera. El olor fétido le recordaba a la poción para espantar trolls, pero el color no congeniaba con la que le había enseñado a hacer el profesor Slughorn. Era espesa y de un color azul ennegrecido. Alice se acercó a ella y arrugó la nariz por el olor. Aguantó la respiración y trató de tomar un poco del contenido en un frasco, pero fue demasiado para ella y comenzó a tener arcadas. Entonces le pasó el frasco a Lily, que puso cara de asco, pero consiguió controlar su estómago mientras tomaba una muestra.

- Huele peor que los trolls –dijo Alice cuando pudo recomponer su respiración. Sirius le daba palmaditas en la espalda.

- Me recuerda a la poción que los espantaba, así que hazte una idea. De todas formas, la poción en sí no se parece nada. Esto parece ser otra cosa.

- ¿Quizá para los gigantes?

- ¿Qué te hace pensar eso, Alice? –preguntó Gideon mirando por encima del hombro de Lily.

- Algún ingrediente que reconozco, la espesura, el tamaño del caldero… Pero son solo conjeturas.

- Bien, pues agarremos unas cuantas pruebas y salgamos de aquí –dijo Sirius poniéndose manos a la obra para recoger muestras de todas las pociones que no conocían.

- ¡Cuánto prisa, Black! ¿Qué pasa, tienes miedo de que te ocurra como la última vez? –se burló Gideon en voz baja colocándose a su lado para ayudarle con los frascos-. No temas, no eres mi tipo.

Le guiñó un ojo y Sirius estuvo a punto de tirar un frasco al apartar el brazo que había puesto en su hombro. No estaba de humor para bromas. Antes de que Gideon pudiera añadir nada más, en la calle se escuchó un sonido agudo, como de un chasquido, y los cuatro se pusieron alerta.

- ¡Viene alguien! –susurró Alice apremiada-.

Lily redujo los frascos y los guardó en su bolso en menos de cinco segundos, y cuando levantó la vista Sirius ya estaba a su lado con la varita en alto. Gideon y Alice se pusieron delante de ellos, las risas y las bromas olvidadas. Sabían que no les daría tiempo a huir. Entonces la puerta de la casa se abrió y dos figuras entraron por ella. Un hombre y una mujer. No les dieron tiempo a reaccionar, sino que entre los cuatro les noquearon y les hicieron perder el conocimiento.

- ¿Los dejamos aquí o les detenemos? –preguntó Sirius cuando ayudó a Gideon a arrastrar el cuerpo del hombre, de edad avanzada y que no conocían.

- Imposible. No hemos estado teniendo tanto cuidado estos meses en investigar laboratorios sin dejar rastro como para ahora dejar una evidencia tan grande –le respondió este-. Para eso, más nos habría valido destruir todo lo que encontrábamos. Pero la idea es adelantarnos a sus planes, no que sepan lo que conocemos y que empiecen otros nuevos.

- Dejadme a mí, les modificaré la memoria –dijo Alice mientras sentaba a la chica contra la puerta y la apuntaba con la varita a la cara.

Lily se quedó a su lado de pie, mirando a la joven muchacha con aprensión.

- La conozco –declaró observando su melena oscura y sus finos rasgos-. Es Amanda Tyler. Iba a nuestro curso en Slytherin. La expulsaron después del ataque de Hogsmeade.

Sirius se acercó para observarla al escuchar eso, y pudo ratificar lo que había dicho su amiga. Alice suspiró, mirando su rostro.

- Sí, la recuerdo. Se supone que irían a Azkaban por colaboración, pero el juicio quedó en nada por supuesta falta de pruebas. Su familia es muy influyente. En fin, borrémosles la memoria y vayámonos de aquí antes de que vengan más. Ya les atraparé en otra ocasión, cuando oficialmente esté de servicio.


La casa estaba abandonada desde hacía sólo un año, pero por su aspecto parecía que hacía décadas que nadie la habitaba. La maleza había ganado terreno al jardín, cuya hierba estaba alta y descuidada. El columpio en el que tanto había jugado de niña estaba corroído y descolgado, manteniéndose en pie por arte de magia. Literalmente.

Rachel estaba sentada en él, meciéndose levemente de espaldas a la casa. No quería verla. Eran demasiados recuerdos los que le traía. Toda su infancia con su familia, de la que sólo le quedaba un padre en estado vegetativo. Tantos juegos con sus primos, con su mejor amiga. Todos ellos perdidos en el tiempo. Sus primos un día dejaron de respirar por decisión de un maníaco asesino y la conexión que tenía con Gisele se fue diluyendo a medida que sus destinos se separaban. Su amiga estaba casada desde muy joven, ahora con un hijo, con un trabajo que adoraba y una vida acomodada. No todo era maravilloso en la vida de Gisele, sus padres habían sido asesinados casi al tiempo que su madre, pero sin duda tenía una perspectiva mucho mejor que la suya para el futuro.

Sin embargo, ahí estaba ella. Escondida en su antigua casa, rezando para que su novio no la encontrase tras la enésima discusión. Huérfana de madre y con un padre que no era más que un vegetal. Habiendo sido mordida por un hombre lobo... Había pasado un año desde aquello y aún no se acostumbraba a esa nueva vida, a ser esclava de la luna, a temer la llegada de un nuevo mes. No se acostumbraba a ese nuevo aspecto, con las cicatrices cubriendo su cara, esa horrible marca en la garganta donde había penetrado el veneno, el pelo más rizado e ingobernable que nunca. No se acostumbraba a su nuevo carácter. Lejos quedó la tímida y dulce niña que subió el Expreso de Hogwarts junto a su primo con miedo y vergüenza, o la chica que no sabía si tendría una oportunidad con el chico que le gustaba y que era tan hermético como ella. Ahora estaba constantemente irritada, respondona, agresiva... Todo le molestaba y todo era motivo de discusión. Debía reconocer que la mayor parte del tiempo no era culpa de Remus, pero aun así se sentía en la necesidad de enfadarse con él, de enfrentarlo. Siempre tan pulcro, tan contenido con sus instintos, tan paciente... Era como un recuerdo de lo que ella debería ser y no podía... No era capaz de controlarse. Y le odiaba a él por eso.

Un chasquido a su espalda le puso alerta y se levantó de golpe, varita en mano. Sin embargo, se relajó cuando vio al hombre que se había aparecido tras ella. Le dedicó una especie de sonrisa, más parecida a una mueca, y se sentó de nuevo en el columpio dándole la espalda.

- Sabía que estarías aquí -dijo Benjy sentándose en el contiguo con cuidado.

- ¿Tan predecible soy? -preguntó con tono aburrido sin atreverse a mirarle a la cara.

Observó sus pies, que se perdían en la maleza debido a que la hierba ya había crecido por encima de sus rodillas.

- No. De hecho Remus no ha podido encontrarte. Ha llegado tarde a la reunión con una excusa muy pobre, es evidente que te ha estado buscando después de discutir.

Rachel bufó mientras rodaba los ojos.

- ¿Qué ha sido esta vez? -preguntó Benjy al ver que no se lo iba a contar sin más.

- ¿Qué te hace pensar que hemos discutido?

Entonces le tocó el turno de Benjy de rodar los ojos. Rachel se permitió una pequeña sonrisa al verle de reojo. Probablemente era él quien mejor la conocía. Muchos de sus amigos y su propio novio la conocían desde que tenían 11 años y a él solo lo había conocido durante el último año. Pero Remus, Gisele, Lily... Todos los demás se empeñaban en recordar a la antigua Rachel y en tratar de encajarle en ese prototipo que se le quedó pequeño. Solo Benjy dejó ir fácilmente a la antigua (quizás porque no la conocía) y aceptó y aprobó a la nueva, con todos sus defectos. Había sido su padrino en la Orden desde el momento en que había ingresado en ella, y habían pasado muchas horas hablando, conociéndose. Era con la única persona con la que no se sentía culpable de dejar rienda suelta a sus instintos.

- Seguro que si te dejo pensarlo lo averiguas tú solito.

Benjy se quedó callado un par de minutos, pensando seriamente en ello. Pero la conocía demasiado como para no llegar a la conclusión fácilmente.

- ¿Por Gisele? ¿Ha sido por eso? Ya me dijiste el otro día que no paraba de insistir en que la visitaras en San Mungo.

- Y tú me apoyaste en que no tenía que hacer nada obligada y que había tiempo de sobra para conocer a su hijo.

- Sí, pero recuerda que es tu mejor amiga. Y es tu ahijado. No puedes ignorarlos indefinidamente.

- Yo no... -suspiró.

Lo cierto era que lo estaba retrasando demasiado y ya no podía hacerlo más. Incluso ella misma lo sabía. Pero de solo pensar en conocer a ese niño se le formaba un nudo en la garganta.

- Es simplemente... Gisele ahora mismo representa todo lo que no podré conseguir jamás.

- ¿Ser madre? Pensé que no querías...

- Y no quiero. Es decir, nunca me lo había planteado. Empecé a salir con Remus con quince años, a esa edad no te planteas muchas cosas. Sabía que jamás podría tener un hijo estando con él pero tampoco era algo que me importara realmente. No entonces. Pero después me mordieron a mí, y lo que parecía improbable se convirtió en imposible. Hasta Remus podría intentar ser padre con otra chica siempre que quiera correr el riesgo de crear otro monstruo. No es como si fuera biológicamente incapaz. Pero yo sí lo soy. Como licántropa esa opción se ha eliminado por completo. Mis amigas empezarán a tener hijos y yo me quedaré tal cual, siendo un reflejo de lo que fui, incapaz de avanzar. Sola, unida sólo a Remus si es que conseguimos sobrellevar esta tensión durante toda la vida. Sin nadie más que actúe como un escudo entre nosotros.

Benjy la escuchaba atentamente, dejándola explayarse como siempre que acababan hablando tras uno de sus arranques. Cuando fue evidente que ya no iba a añadir más, soltó todo el aire que había estado conteniendo.

- ¿Le has contado a Remus todo esto?

Las mejillas de Rachel se sonrojaron.

- Siempre que trato de hablar con él con calma acabo explotando. Le veo ahí, tan impasible con todo pese a saber que mis propios instintos hierven dentro de él, y me enfado. No sé por qué él puede controlarse y yo no. No sé por qué puede saber que somos incapaces de ser humanos del todo y aun así no odiar al resto del mundo que sí puede. Es un maldito santo y yo soy una egoísta, y le odio por eso. Sé que es absurdo, pero es así.

- Todo el mundo tiene defectos, incluso Remus. Pero no es justo que le culpes por no tener los tuyos.

- Y no quiero hacerlo. Pero se me olvida en cuanto lo tengo delante. Y no puedo hablarlo con mis amigas porque se ponen de su parte. A veces siento que solo puedo hablar contigo.

- Somos dos bichos raros que se entienden. Hasta Remus es demasiado normal para nosotros.

Rachel se echó a reír y Benjy sonrió al haber logrado su objetivo. De reojo vio que se secaba un par de lágrimas rebeldes pero él siguió mirando al frente fingiendo que no lo había visto. Cuando Rachel pareció recompuesta se giró hacia ella más seriamente.

- Espero que estés más tranquila porque hay trabajo que hacer.

Eso reactivó a Rachel, que siempre conseguía centrarse cuando se sentía hacer algo útil para la Orden.

- Pues, ¿a qué esperamos?


Los campos Elíseos estaban desiertos a esa hora de la madrugada. El sonido de los tacones golpeando el asfalto y el motor de los escasos coches que recorrían la zona eran lo único que rompía el silencio que se extendía por las calles parisinas. Al fondo, la torre Eiffel brillaba intensamente coronando el final de la avenida más importante de la ciudad francesa. Su gobierno sobre el Sena era tan mágico como legendario, y ni siquiera los nativos de la zona podían llegar a acostumbrarse a la magia que emanaba de su belleza. Una magia muy distinta a la que poseían las dos personas que paseaban por las aceras, junto a los comercios cerrados.

Ella era una joven atractiva de pelo rubio cobrizo, alta y de postura elegante. Su cabello cortado por encima de los hombros estaba correctamente peinado en un corte clásico, enmarcando una cara alargada de altos pómulos, labios finos y nariz ancha. Iba vestida con una elegante túnica oscura tapada con una gabardina beige y una bufanda burdeos que resaltaban sus grandes ojos color miel. El hombre que la acompañaba podría ser su padre dada la diferencia de edad. Era canoso y medio calvo, más alto que la media y pesaba más kilos de los recomendados. Su prominente cuerpo estaba enfundado en una túnica a rallas blancas y negras, que iba a juego con su abrigo. Su incipiente calva estaba cubierta por un bombín redondo que se calaba hasta los ojos.

- Gracias por acompañarme a esa cena, Grace –dijo el hombre con voz rasposa, producto de tantos años fumando en pipa-. Desde que mi esposa falleció siempre me he sentido como un pez fuera del agua en estos eventos.

Ella le sonrió afablemente.

- No se preocupe, señor Pryce. Es lo menos que podía hacer después de todo lo que me ha ayudado estos meses.

- De eso nada. Tu padre siempre ha sido un gran amigo y para mí ha sido un placer mover unos pocos hilos por ti. Además, por lo que me han dicho en el buffete están encantados contigo. Les he recomendado una fantástica futura abogada. Dubois habla maravillas de ti.

- Bueno, estoy disfrutando muchísimo colaborando con ellos. He aprendido más en dos meses que en todo el curso en la Escuela de Derecho Mágico. Bastante lo sentiré cuando tenga que marcharme.

- Por supuesto, por supuesto. El deber te llamará tarde o temprano. Bastante triste debes sentirte por la idea de volver al oscuro Londres habiendo conocido nuestra maravillosa ciudad.

Grace contuvo una sonrisa que pugnaba por salir. El señor Pryce era inglés de nacimiento, pero llevaba más de media vida viviendo en París y sin duda se le había pegado el chovinismo francés. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había tratado de hacerle reconocer lo superior que era París a cualquier parte de Inglaterra. En vez de darle el gusto, como se había permitido otras veces, recondujo la conversación hacia el tema que le interesaba:

- De todas formas ha sido una cena entretenida. El señor Le Brun parece muy entusiasmado por la subida de popularidad de Saloth ¿no cree?

- ¡Cómo para no estarlo! Se ha gastado una fortuna en su publicidad. Pretende que se presente a Ministro de Magia en los comicios del próximo año. Y si toda su inversión ha valido para algo parece que lo conseguirá…

- Es un personaje bastante radical, ¿no cree? –preguntó cuidadosamente, tanteándolo.

En los meses que llevaba en París no había conseguido calar del todo al señor Pryce. Era un hombre tranquilo y alejado de la política. Jamás daba muestras de inclinarse por una ideología o a favor de un bando, ni siquiera en momentos tan delicados como por los que pasaba Inglaterra y de los cuales el país vecino se estaba contagiando. Había sido un buen amigo de su padre durante su juventud, tiempo en el cual Cristopher Sandler había apoyado las políticas discriminativas contra los muggles sin plantearse otra opción. Pero su padre había cambiado radicalmente su postura cuando ella cayó sorteada en Gryffindor y convirtió a una hija de muggles en su mejor amiga. En esos momentos había perdido a la mayoría de sus viejas amistades, aunque le habían quedado algunos fieles. Pryce estaba entre ellos, pero eso tampoco le aclaraba todas sus dudas.

- Juzga tú, querida –respondió él con tranquilidad-. No es un secreto que es muy cercano a Quien-Tú-Sabes. Ha apoyado públicamente su causa y le considera un revolucionario necesario para la supervivencia de nuestra especie. Es todo un político, sabe utilizar las palabras adecuadas y ha conseguido que un alto porcentaje de magos y brujas franceses consideren a Quien-Tú-Sabes un héroe a imitar. Les ha convencido de que la culpa de todos nuestros problemas es de los muggles, y que si nos erigimos sobre ellos todo se solucionará.

- ¿Y qué cree usted?

- Creo que hay demasiada corrupción en nuestro sistema como para querer culpar de nuestros males a personajes que llevan siglos sin sospechar de nuestra existencia. Pero no es una opinión muy popular hoy en día, así que trato de guardármela.

- ¿Quiere decir que hay más gente, como el señor Le Brun, que financie campañas políticas contra los muggles?

- Por supuesto. Muchos magos de clase alta están tras estas campañas. Y no solo aquí. En Inglaterra también hay muchos activistas poderosos. Solo que ellos lo tendrán más difícil porque Quien-Tú-Sabes ha optado por comenzar por la vía bélica, y eso suele asustar a la gente. Si hubiera optado por la vía política, seguro que ya estaría a un paso de ser Ministro.

- Quizá le interese la vía bélica porque con ella puede demostrar sus poderes. Da la sensación de que prefiere ser temido que respetado.

- Por supuesto, y no tengo dudas del por qué. El respeto se pierde fácilmente ante cualquier error, el temor se mantiene cuanto más cruel se es. Además, tengo la sensación de que no le interesa la política. Si en algún momento llega al poder, Merlín no lo quiera, seguro que para el Ministerio contará con otras caras.

- Pero usted sí ha oído hablar de algunas campañas financiadas por magos ingleses, ¿no?

El señor Pryce redujo el paso mientras la observaba con severidad.

- Querida, este es un tema espinoso para ti. Cuanto menos te involucres en la guerra mejor te irá. Eres demasiado joven y tienes un brillante futuro por delante. No preguntes, y no te harás enemigos.

Al darse cuenta de que se había retraído, Grace se quedó unos segundos en silencio pensando en otro modo de sacarle los nombres que necesitaba. Cuando lo encontró, comenzó a hablar lentamente, cuidando cada palabra.

- Pero eso me sería más sencillo si supiera qué esperar de cada persona, señor Pryce. Usted me entiende, son magos y brujas de mi clase social, me codeo con ellos constantemente y lo haré más a menudo en cuanto me licencie. Tengo que saber quiénes son para no meter la pata. Lo digo por mi propia seguridad.

El hombre esta vez se detuvo mirándola más seriamente que en ningún momento desde que le había conocido. La miró y analizó su expresión con cuidado, y ella, consciente de estar sufriendo un gran examen de su persona, le mantuvo la mirada con serenidad, tratando de demostrar total sinceridad e inocencia.

- Visto así, tienes razón. Debes estar prevenida. Te diré algunos nombres pero sé muy cauta y asegúrate de que no se enteren de que lo sabes. Puede que hagan la guerra con el dinero en vez de con las varitas, pero no dejan de ser peligrosos. A algunos de ellos los conocí cuando era joven y no creo que hayan cambiado mucho. Son capaces de cualquier cosa y no se molestan en ensuciarse las manos.


Media hora más tarde, Grace entró por las puertas de su pequeño apartamento. Este solo estaba iluminado por la luz proyectada por la torre Eiffel, hacia cuya ventana tenía una fantástica vista. Era una noche sin luna, de esas frías, impredecibles y oscuras que daban pie a ataques por las esquinas y malos augurios. Y sin duda las noticias que mandaría a Londres no eran muy esperanzadoras.

Una vez hechizados los cierres y asegurada la seguridad se quitó el abrigo, las botas y recogió su melena en un cómodo moño por encima de su cabeza. Los mechones de color cenizo que escapaban se los colocó por detrás de la oreja mientras avanzaba hacia la pequeña chimenea que había colocado por arte de magia. Recogió la tacita que colgaba en un costado y tomo un puñado de polvos flu, tirándolos a las brasas y pronunciando claramente la dirección de un barrio residencial a las afueras de Londres, justo antes de arrodillarse y meter la cabeza entre la leña.

Lo primero que vio cuando abrió los ojos tras despejarse las cenizas fue un salón de estilo antiguo y pulcramente limpio. Y vacío. Qué raro, Marlene debía estar de vuelta a esa hora. Desvió la mirada hacia el reloj de cucu al que ya se había acostumbrado a mirar en sus conversaciones con su 'madrina', y vio que ya pasaban de las nueve de la noche. Estaba a punto de levantarse y postergar su conversación para más tarde cuando escuchó el sonido de la puerta, y unas risas que provenían de la entrada.

- No hagas ruido, mis padres y mis abuelos ya deben estar acostados –decía la voz de Marlene algo alejada-.

- ¡A las nueve y cuarto de un sábado! Habría que matarles. A tus padres, digo. Tus abuelos ya tienen edad para irse prontito a la cama. No me extraña que tú hayas salido tan aburrida con esos ejemplos –decía una voz de hombre que Grace no dudó que pertenecía a Fabian-.

Se escuchó un golpe, como si Marlene le hubiera dado una colleja. La carcajada de Fabian vino justo después.

- Bueno, ya me has acompañado. He llegado sana y salva. Ahora largo, que estoy esperando a que Grace contacte conmigo.

- ¿Y lo que habléis es secreto de Estado? Venga, espero a que termines y vamos a tomar algo por Candem. La noche es joven.

En ese momento los dos aparecieron en el campo de visión de Grace, aunque ella siguió en silencio realmente divertida por su interacción. Puede que llevara meses fuera, pero esos dos no cambiaban. Marlene seguía como siempre, con su melena castaña tan ondulada que la exasperaba al no poder alisarla ni rizarla como es debido. Y abrigada como si estuvieran pasando lo más crudo del invierno en vez de acercándose a la primavera. Ella siempre, siempre tenía frío. Y detrás de ella entró Fabian, con su coleta castaña tan igual a su hermano en cada aspecto, y su habitual chaqueta de cuero. Él era lo contrario a Marlene, nunca las temperaturas estaban suficientemente bajas para cambiar su cazadora por un abrigo más grueso.

- ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer? –preguntó Marlene mientras desenroscaba la bufanda de su cuerpo-.

- Lo cierto es que no –contestó él con su sonrisa inamovible-. Mi hermano tiene una misión, y Remus no es un problema para mi hoy. Superará su depresión de la manera habitual, tragándosela en silencio.

- ¿Qué le ha pasado a Remus? –preguntó de golpe Grace, sin poder evitarlo-.

Marlene y Fabian se sobresaltaron tanto por la repentina interrupción que ambos sacaron sus varitas apuntando a la espalda del otro hasta que descubrieron que la voz procedía de la chimenea.

- ¡Grace! –exclamó Marlene con alivio cuando vio que era ella-. ¿Cuánto llevas ahí?

- Desde el principio. Estaba esperando impaciente para ver si esta vez acababáis la discusión con un morreo, como debe ser.

Como era lo habitual, Fabian se echó a reír divertido mientras que Marlene se sonrojó, frunciendo el ceño y arrodillándose frente a la chimenea, de espaldas a él.

- ¿Has vuelto ya de la cena? –preguntó, cambiando de tema como hacía siempre-.

- Obviamente. He conseguido la información que Dumbledore quería sobre las conexiones entre Le Brun y Saloth. Y sobre Saloth y Voldemort respectivamente. Puedes decirle que sus sospechas eran ciertas.

- Puedes decírselo tú.

- ¿Cómo? –preguntó repentinamente sorprendida-.

- Lo que has oído –le dijo su madrina mientras Fabian se sentaba en el sofá a disfrutar del espectáculo-. Dumbledore me ha pedido esta tarde que te diga que si has conseguido la información, tienes que volverte ya. Y acabas de decirme que la tienes.

- Pe-pero aún tengo mucho por averiguar. Apenas estoy rascando la superficie, queda mucho más por saber –tartamudeo, sintiendo que perdía fuerza en sus rodillas-.

- Con lo que le has proporcionado estos meses y lo que hayas averiguado esta noche es más que suficiente. El general dice que necesita aquí al máximo número de personas posible. Y, además, no quiere que pierdas el curso. Ya toca volver, Grace.

- No sé si…

- Si es por Black yo no me preocuparía. Seguro que él es el primero en evitarte –intervino Fabian con tranquilidad-.

Marlene se incorporó, mirándole con censura.

- ¿Puedes marcharte a la cocina? Me parece que nadie te ha pedido que opines sobre el tema.

- ¿Puedo pillar algo de tu cena? –preguntó él con aparente inocencia-.

- Lárgate, Fabian…

En cuanto él abandonó la habitación, Marlene se volvió a arrodillar frente al rostro de Grace y se echó los mechones detrás de la oreja. Abrió la boca para hablar, pero la rubia se adelantó.

- ¿Qué ha pasado con Remus? –volvió a preguntar-.

- En realidad no lo sabemos a ciencia cierta –respondió Marlene-. Pero ya sabes cómo es de hermético. Ha llegado tarde a la reunión, y Rachel ni siquiera ha venido.

Grace suspiró con cansancio. Todo el año que había transcurrido desde que Rachel había sido mordida había sido una constante lucha por parte de Remus. Él no solo se sentía culpable por lo ocurrido sino que trataba de sobrellevar la situación él solo, lo que era imposible con la nueva actitud de Rachel. Lo que habría sucedido ese día seguro que no era más que otra muestra de rebeldía de esa nueva persona que antaño fue su amiga.

- … Casi se pierde la fotografía. Es una lástima que tú no hayas estado.

- ¿Qué fotografía? –preguntó recuperando el ritmo de la conversación-.

- Una que Dumbledore nos ha hecho como recuerdo. Por lo visto hizo otra igual cuando fundó la Orden, pero ha habido demasiadas bajas desde entonces y ahora hay muchos nuevos miembros. Creo que con este retrato pretende abrir otra nueva etapa, a ver si nos da más suerte.

- Que consiguiera más apoyo es lo que nos daría suerte… -dijo Grace algo negativa-.

- Es lo que ha dicho Aberforth –comentó Marlene divertida-.

- ¿Quién?

- El hermano de Dumbledore. Ya sabes, el dueño del Cabeza de Puerco. Ha venido a la reunión, por lo visto se ha hecho miembro de la Orden. Aunque no parecía muy seguro, la verdad…

Grace estaba estupefacta.

- Vaya. Jamás habría imaginado que era hermano de Dumbledore. ¿Tú lo sabías?

- Fabian me lo contó hace tiempo. Es raro que Sirius no te lo haya contado nunca, él y James parecían conocerle bien.

En el instante en que le mencionó supo que había metido la pata. Solo podía ver la cabeza de Grace, pero era evidente que se había vuelto a tensar, como cuando Fabian había sacado el tema. La miró a los ojos, que la rehuían, y suspiró.

- ¿Todo esto es por Sirius, no? ¿Por eso no quieres volver? ¿Quieres hablar del tema?

Grace suspiró.

- Lo cierto es que no. No hay nada de qué hablar. No ha cambiado nada en los últimos meses.

- Si lo hablarais…

- Dile a Dumbledore que el lunes estaré de vuelta –le atajó la rubia más borde de lo que pretendía-. En serio, tengo que dejarte. Tengo que avisar al buffete de que me voy, darles las gracias al señor Pryce y hablar con mi casero. Nos vemos el lunes.

- Claro… Avisa a Lily al menos, me ha dicho que últimamente no habéis hablado mucho.

Grace le guiñó un ojo, prometiéndole silenciosamente que lo haría. Cuando se incorporó volvió a encontrarse en su oscuro y pequeño apartamento. Se arrastró hacia el sofá, y se encogió sobre sí misma. Tenía que enfrentarse a su vuelta, a retomar su vida tras meses alejada. Tenía que darle la cara a Sirius después de marcharse sin avisar, y era algo demasiado difícil como para asimilarlo en ese momento.


¡Hola a todos! Aquí vengo con mi nueva propuesta. Otro James y Lily. Es la secuela de Cartas Enlazadas, pero si alguien no ha leído la primera parte y no le interesa hacerlo intentaré explicar las cosas lo suficiente para que entendáis la historia sin problemas. Aunque sí sería aconsejable leerla para entender todas las mini historias que hay detrás.

A los que me seguís desde Cartas Enlazadas he de informaros que en esta ocasión los capítulos serán algo más cortos. Puede que así pueda actualizarlos más seguidos, pues estoy liadísima con el trabajo y los estudios. Pero me he tomado estos meses para estructurar la historia, y creo que irá bien. Espero de verdad que os guste.

Ya veis algunos cambios: Gisele con un hijo, ¿quién lo iba a decir? Es la muestra de que torres más altas caen y de que "nunca digas nunca jamás" jeje. Por otro lado, ¿qué os parece la idea de los padrinos? Quienes me seguistéis en el anterior fic ya la conocíais, y me gustaría saber la opinión de todos, al igual de qué pensáis de las parejas que he hecho. Si os acordáis en el epílogo os dejé mosqueados con qué habían averiguado Alice y Dorcas en su investigación. He querido ser buena y ya lo sabéis: Este es el momento en que Voldemort tiene todo lo necesario para crear un ejército de inferis.

Y la pregunta que os haréis los antiguos es qué habrá pasado con Sirius y Grace, ¿no? Para eso tendréis que esperar un poco :)

También he perdido un tiempo creando trailers tanto de la primera, como de la segunda parte. No os riáis mucho de mí por ello jeje. He abierto un canal en youtube y los he subido. Os paso la dirección justo aquí, aunque si FFNet me la corta, mi nick de Evasis Fanfics. Servirá para presentar la historia y a los personajes, para que les pongáis la cara que les pongo yo :) ( channel/UCCJ39eAvv12_dddigc4mXOg ).

Confío en que os guste de verdad el primer capítulo. Necesito comentarios para animarme con la historia, así que no os cortéis por favor.

Eva.