Mis ideas, mis personajes. Mía, completamente mía.


"Debería dejar de verla" –Fue el pensamiento que cruzó mi mente cuando saboreé el rico aroma de su perfume.

Mis razones eran un tanto ilógicas, pero era mi sentir. Aquella era una señorita hermosa, de apariencia dulce y con el carácter de una leona. Me había cautivado con sus ojos, grandes y hermosos, del verde de las esmeraldas.

Me había enamorado tan rápido, que de pronto estaba allá, mientras mi cuerpo seguía aquí. Su presencia, en efecto, causa estragos en mi cuerpo, ráfagas de calor que no podía más que decirle lujuria por aquella diablesa de cabello caoba y piel suave.

La había conocido como por casualidad, sin quererlo realmente, pero complacido porque así fuera. Oh aquellos orbes brillantes captaron mi atención, después de recrear mi vista con las curvas de su figura, aquellas que cualquier mujer envidiaría.

Pero esa mujer, esa mujer de imagen terriblemente inocente era solo una fachada. ¡Era una bruja! Me hechizaba y me doblegaba, me hacía débil a sus manos, a su toque. Era yo un simple cachorrito buscando el calor de su ama, pues ciertamente eso parecía.

No podía negar que era adicto a ella, se me hacía difícil tener sólo una parte de ella y entonces me volvía egoísta, su cuerpo se volvía mío, y cual música para mis oídos, de su boca salían los más exquisitos sonidos en medio de la pasión que su piel febril me proporcionaba. Me volvía un loco estando en ella, siempre desesperado por tenerla tanto en mí, siempre decidido a formarla parte de mí.

Pero ella era una hoja libre al viento, que sorteaba las corrientes con facilidad y que no se doblegaba ante nadie. Cuánto sufrimiento me causo cuando se alejó, cuando su sonrisa se apagaba a mi lado. Fue entonces cuando me propuse hacerla la mujer más feliz del mundo, y cuando su hechizo se profundizó en mí. Era amor y tal vez un poco de obsesión, pues es el sol de mi vida y la oscuridad más profunda. Y seguía mis noches amándola y adorándola, reverenciando el templo que era su cuerpo. Y ella me ató profundamente, hasta que no podía estar con ella, pero el mero pensamiento de dejarla de ver me mataba el alma. Porque ella era todo y yo solo era un tonto enamorado.