Hola!

Sé que hace poco terminé mi fic de Sherlock, y lo lógico sería tardar un tiempo en empezar otro, pero unas amigas me engancharon a Kuroko no Basket y simplemente, no podía perder la oportunidad de escribir esto.

Es un Aomine x Kagami/Kagami x Aomine (a modo de reto personal nunca he hecho seme-seme) y como pareja secundaria, saldrán Midorima x Takao porque no podré evitarlo seguramente. (Midorima se convirtió en mi personaje favorito *3*)

Kuroko no Basket y sus personajes, pertenecen a su creador Tadatoshi Fujimaki. Yo sólo los tomo prestados para crear esto sin ánimo de lucro. Divertirme y divertir.

*Sólo he visto el anime, así que esta historia se sitúa en la continuación. Terminada la Winter Cup, tal y como mi mente se imagina que sería si Kuroko no Basket fuera más yaoi de lo que ya intuyo que es xD Y además, no hago spoilers porque es inventado.

Aviso que habrá mucho lenguaje mal sonante en todo el fic. O sea, palabrotas.

En el que Aomine cruza la línea

Era extraño estar en aquel gimnasio vacío sin más compañía que el balón y el eco que producían sus botes contra el suelo.

Acostumbrado a la inseparable compañía de las últimas semanas que le habían proporcionado sus estimados compañeros de equipo, no podía evitar sentirse solo. Pero era natural que las personas normales estuvieran en su casa descansando después del agotamiento acumulado por los días pasados. Sin embargo, él no era normal. O no se consideraba eso.

Él era Kagami Taiga, el as de Seirin.

Con una sonrisa en el rostro, botó el balón varias veces más, antes de alzar los brazos y encestar con un lanzamiento digno de su destreza.

Aomine. Murasakibara. Kise. Midorima. Akashi.

Todos habían caído bajo su fuerza. No la suya individual, sino la de su equipo. Imparables desde el primer minuto, aunque casi nadie daba un duro por ellos, habían demostrado lo increíbles que eran. Por esa razón todavía le duraba el entusiasmo de horas anteriores. La adrenalina aún fluía por su cuerpo a raudales. Y por el mismo motivo no había podido irse a dormir como los demás.

De haber sido por él, se habría ido a celebrarlo un poco más, pero todos estaban demasiado cansados y el plan había quedado aplazado.

Fue una suerte haber vuelto hacia el instituto a por su olvidada bufanda y ver que seguía abierto. El bedel amablemente le había dado las llaves del gimnasio y se había permitido el lujo de jugar un poco en solitario.

La botella de champán cerrada descansaba en un rincón, esperando a que al día siguiente la abrieran para bañar a los presentes. Todavía con su brillante lazo rojo rodeando el tapón, muestra de que se trataba de un obsequio del padre de la entrenadora, el señor Aida.

Kagami giró sobre si mismo antes de saltar con apenas impulso y lanzar hacia canasta.

Cuando el balón dejó de rebotar en el suelo y fue a por el, escuchó una voz a su espalda que le hizo detenerse.

–¿Qué estás haciendo, Kagami?

La pesada puerta se cerró de golpe, y con el asombro visible en el rostro, se volvió para ver al recién llegado.

–¿Aomine?

–Quita esa cara de idiota. Te hice una pregunta.

Kagami se tensó apretando con fuerza el balón entre sus manos.

–Este es mi instituto, imbécil. Si alguien tiene que preguntar eso, soy yo.

Aomine sonrió.

–Sólo a un cabeza de chorlito como tú puede apetecerle estar jugando a baloncesto después de haber ganado hoy una final. ¿Acaso no lo vas a celebrar?

–Tsk. No es asunto tuyo—le dio la espalda y volvió a encestar desde donde se encontraba. –Pero si tanto te interesa, lo celebraremos mañana. Hoy estaban exhaustos.

–Salvo tú, por lo que veo.

Aomine llevaba un acolchado abrigo que se quitó enseguida y dejó junto a la botella de champán. Acto seguido dobló sus mangas hasta los codos y puso los brazos en jarras.

–¿Un uno contra uno, Kagami?

–Estás de coña ¿no? Acabo de jugar un partido importante.

–¿Acaso tienes miedo? –. Preguntó con una amplia sonrisa algo aterradora. Sabía que ante un reto, el de rojos cabellos no se echaría para atrás.

–¿De ti? Será al contrario. Pero estoy convencido de que aunque empiece como un inocente juego, acabará siendo una guerra. Te conozco. Y a mi.

–Tienes razón—las palabras de Kagami parecieron complacerle, porque sonrió aún más. –Tal vez podríamos asegurarnos de que sea un juego y no pase de ahí.

–¿Qué sugieres? ¿Lanzarnos la pelota el uno al otro como en la playa y al primero que se le caiga pierde?

Kagami comenzaba a impacientarse. No entendía el motivo por el que el otro estaba ahí, y éste parecía evadir sutilmente el tema.

–Tengo una idea mejor—Aomine se acercó a el, con las manos en alto para que Taiga le pasara la pelota. Lo hizo con desconfianza y se atrevió a preguntar de nuevo.

–¿Por qué estás aquí?

–Pasaba por aquí—dijo sin más.

–No te creo—dijo Kagami entrecerrando los ojos. Por alguna razón lo sabía. Lo sentía en el aire. Aomine mentía.

–No lo hagas si no quieres—dijo e hizo girar el balón sobre la punta de su dedo índice, sin borrar la sonrisa en ningún momento. –¿Qué me dices?¿Lo hacemos más divertido?

–¿Qué tienes en mente? ¿Dinero?

Aomine dio más impulso al balón, haciendo que girase a mayor velocidad, sonriendo tanto que parecía que se le rompería la mandíbula de un momento a otro.

–Algo mejor. Strip Basket—dijo como si fuera una sentencia.

Kagami hizo una mueca de desconcierto.

–¿Eso qué es?

El peliazul chasqueó la lengua con molestia y le pasó el balón al otro.

–Prenda por canasta. Quien enceste decide la prenda de ropa que se quita el contrincante—Kagami parecía escandalizado de repente, pero Aomine se estaba divirtiendo más que nunca y le echó un vistazo de arriba abajo. –Seis canastas en total deberán ser anotadas. Una por cada prenda. Camiseta, pantalón, cada zapatilla cuenta individualmente, lo mismo que los calcetines. Y finalmente, la ropa interior—aclaró mientras enumeraba con sus dedos. –Y como es obvio, pierde el que se quede en pelotas primero. Pero te lo advierto, no será sencillo jugar con solo una zapatilla o sin ellas.

–Tú estás chalado—dijo Kagami con los ojos abiertos de par en par. –Eso no es nada divertido. Voto por lo de usar la pelota a modo de balón de playa.

–Cobarde—comentó Aomine en tono de suficiencia.

Eso hizo mella en el otro.

–Has dicho seis prendas, pero enumeraste siete—dijo Kagami recomponiéndose y fingiendo estoicidad.

–Bueno. Yo no llevo ropa interior. Así que tú empezarás sin camiseta para estar en igualdad de condiciones. Eso da un total de seis.

–¿No llevas...? Eres asqueroso—dijo avergonzado con un ligero rubor en las mejillas dirigiendo su vista hacia otro lugar que no fuera su acompañante.

–No seas tan mojigato, Kagami. Piensa que no voy a ver nada que no haya visto antes—dijo Aomine socarrón arrebatándole el balón en un descuido.

–Eso si ves algo, bastardo—comentó el pelirrojo a la defensiva mientras se quitaba la camiseta y la arrojaba al suelo con violencia, fuera de la cancha.

Y entonces dio comienzo la batalla por la supremacía, pero sobretodo, por el orgullo. De nuevo era como transportarse de vuelta al recinto de la Winter Cup, rojo y azul enfrentados como si sus vidas dependieran de ello.

Kagami estaba convencido de que el objetivo final de esa estupidez de juego era la humillación hacia su persona. Pero no se perdonaría si aquel desgraciado le vencía y se carcajeaba de él, y menos estando completamente desnudo.

Sin embargo, su cuerpo no estaba en las mismas condiciones que el de su contrincante. Kagami llevaba mucho juego a sus espaldas por un día, y enfrentar a Aomine no era un nimiedad.

Pronto se vio obligado a desprenderse de sus dos zapatillas y un calcetín. Al menos, el peliazul andaba descamisado y con un pie desnudo. Además para su desgracia no mentía. Jugar sin calzado sobre ese suelo era fastidioso.

Cuando estuvo completamente descalzo y sin pantalones, se maldijo por haber aceptado aquella estupidez. Se había dejado llevar por las palabras del otro y había caído en una estúpida trampa. Sin embargo, ya no había vuelta atrás, porque eso no estaba en su vocabulario, y no podía fallar o perdería los calzoncillos también. Aomine se alzaría con la victoria, y se moriría de la risa a su costa.

–Juego en vaqueros, Kagami—dijo Aomine divertido mientras le hacía un bloqueo que no le permitía lanzar a la canasta. Se sintió tentado de darle un pisotón en sus, ahora, pies desnudos, pero aquello sería jugar demasiado sucio para su gusto. No es que no se lo mereciera.

Intentó zafarse, pero le fue imposible. Aomine sacó de su chistera uno de esos movimientos impredecibles suyos, le arrebató el balón en un visto y no visto y encestó desde el centro de la cancha.

Kagami se quedó estático. Mirando el balón atravesar la red como si fuera a cámara lenta. Escuchando el eco de los rebotes al caer al suelo. Un ¡no! murió en su garganta antes de que pudiera sacar fuerzas para pronunciarlo siquiera.

Aomine se giró hacia él. Con aquella sonrisa de autosuficiencia grabada a fuego en la cara. Y como si aquello no fuera poco, metió ambas manos en los bolsillos de los pantalones que todavía conservaba, chulesco.

–Kagami, ya sabes lo que toca—dijo haciendo un gesto de incitación con la cabeza.

El pelirrojo sintió que toda la sangre de su cuerpo se había ido a su rostro. Notaba sus mejillas arder. El corazón le latía con violencia, pero no por el deporte. Sino porque aquel insoportable sujeto le estaba mirando. Parecía que ni parpadeaba para no perderse detalle alguno. Saboreando la victoria como el más delicioso de los bocados.

Taiga apretó los puños con tanta fuerza, que los nudillos se le pusieron blancos y se hizo daño en las palmas con las uñas. Pero debía ceder. Aceptar las consecuencias de sus impulsivos actos.

Así que decidió hacerlo deprisa, como quien arranca una tirita de cuajo. Quitándose los ajustados bóxers y lanzándolos quién sabe donde. Decidido en no mirar a Aomine por nada del mundo. Esperando unas carcajadas que no llegaban.

Lo que sí llegó, fue el balón. Al que cogió por los pelos, aturdido como estaba.

–Te doy la oportunidad de empatar—aclaró Aomine al ver su cara de total desconcierto.

Kagami, como por reflejo automático, usó el balón para taparse sus partes íntimas.

–Has ganado tú. No quiero tu lástima.

–No es lástima. Es justicia. No querías jugar, pero yo he manipulado la situación para que lo hicieras.

–Así que lo admites—dijo Kagami molesto apretando la mandíbula.

–No tendría porqué no hacerlo. ¿Lo tomas o lo dejas?

El pelirrojo ni siquiera contestó, salió corriendo hacia la canasta contraria botando el balón, pero antes de llegar a su objetivo, ya Aomine estaba cual barrera delante suya, esperando para bloquear su salto o cualquier cosa que pensara hacer. Enseñando todos su blancos dientes, parecía que complacido.

Kagami hizo una finta para esquivarlo, dispuesto a lanzar un tiro sin forma, confiado de que podría encestar. Pero entonces la sintió. La mano de Aomine. Le descolocó por completo. Tanto así, que el balón salió disparado contra el tablero de la canasta y rebotó en otra dirección.

Los ojos rubíes parecían a punto de salirse de sus órbitas mirando al otro, que se mostraba ajeno a todo. Contemplando como el balón se perdía por un lado de la cancha.

–¡Bastardo!¡¿Qué crees que haces?! –. Chilló Kagami asestándole un puñetazo en la cara al peliazul, que distraído como estaba, no pudo evitar el golpe.

Aomine era ahora el asombrado. Mirando la mancha de sangre en su mano, la misma que había retirado de su labio partido. Con mil preguntas en la mirada.

–¿Qué se supone que hice? –. Preguntó con voz ronca.

–Lo sabes bien—dijo Kagami molesto. Todavía recuperando el aliento y con el puño en alto. Tenso.

–¡Imbécil! –la ira contagió el alma de Aomine, que parecía dispuesto a devolver el golpe.

–¡Me tocaste el culo, cabrón!

El peliazul entonces se relajó y rodó los ojos.

–¿Me pegaste por esa estupidez? Sólo te estaba bloqueando. Es normal rozar alguna parte de tu cuerpo. Qué infantil eres.

–¡No fue un roce!¡Me agarraste una nalga, capullo!¡Sé distinguir una cosa de otra!

El enfado de Kagami crecía por momentos, todavía con el puño en alto y la postura defensiva.

Aomine sonrió entonces, descolocando al otro.

–Te diste cuenta ¿eh? Bueno, no iba a quedarme de brazos cruzados teniéndote de esa guisa junto a mi—dijo con calma a pesar de saberse pillado.

–¿Qué? –. Musitó el pelirrojo pensando que sus oídos le habían engañado. El bastardo que tenía enfrente no dejaba de sonreír, aún con aquel hilillo de sangre cayéndole por el mentón.

–Eres una provocación, Kagami—dijo como si tal cosa.

Taiga no podía reaccionar. Boqueando como pez fuera del agua. Sin saber qué decir. Completamente en blanco e inmóvil. No sabía si aquello era una broma muy pesada, o si por el contrario, Aomine decía la verdad.

Tras unos segundos en suspensión y absoluto silencio, reaccionó. Decantándose por la primera opción.

–Gilipollas—masculló mientras se alejaba para coger su ropa interior del suelo y ponérsela dando saltitos.

–¿Por qué? –Aomine se acercó a él, como si no le importase seguir descalzo y con el torso al aire.

–Eres un imbécil. Si querías reírte de mi, haberlo hecho, pero te has pasado de la raya. Es rastrero hacer eso para que fallara el tiro—ahora se ponía los pantalones con rapidez y buscaba con los ojos la olvidada camiseta.

–¿Reírme de ti? ¿Acaso no escuchaste lo que dije? –comenzaba a sonar molesto por el comportamiento del otro.

–Sí, y me quedó muy claro la clase de persona que eres.

–¿Ah si? Eres tú el que está montando un numerito por un absurdo malentendido—mientras decía eso, seguía al otro como si fuera su sombra. –Te he dicho porqué lo he hecho. No sé qué película te habrás montado en esa cabezota que tienes.

Kagami se sentó en el suelo tras haber reunido las zapatillas y los calcetines y se dispuso a ponérselos sin demora. Aomine se posicionó frente a el, en cuclillas.

–Kagami... Escúchame. Tienes que saber algo—comentó serio.

–Déjame tranquilo—dijo siguiendo a lo suyo.

–Kagami... –repitió el peliazul, pero esta vez acompañó las palabras con gestos, tomando al otro por la barbilla, obligándole a mirarle. Sintió la tensión del otro cuerpo bajo sus dedos, pero no le dio importancia. –Quiero decirte una cosa que...

De pronto, notó un fuerte manotazo en la muñeca. Lo que apartó de golpe la mano que tenía en el rostro del pelirrojo.

–No vuelvas a tocarme jamás, Aomine—sentenció Kagami con incipiente desprecio.

Acto seguido se puso en pie y salió de allí sin mirar atrás.

Continuará...