Advertencias: INCESTO. Si no les gusta, es mejor no leer.

Clasificación: M.

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TWINS GAME.

22.

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Si bien los días en Amegakure resultaban en extremo ajetreados, fríos y nublados, Himawari los percibía tranquilos, cálidos y brillantes. Desde aquella noche bajo las estrellas todo había cambiado, desde su percepción del mundo hasta su percepción de ella misma; al mirarse al espejo, este ya no le devolvía la imagen de una chica confundida, débil y temerosa de vivir plenamente, sino la de una mujer renovada, valiente, con el rostro encendido de vitalidad y una fuerte determinación alumbrándole los ojos.

Él la hizo valiente.

Él compartió su fortaleza y seguridad con ella.

Aquella noche, tres semanas atrás, en la que los dos se unieron físicamente por primera vez, no había sido sólo eso, no había sido sólo "físico"… para ella había sido un despertar, una liberación. Le había dicho que lo amaba, lo había aceptado por primera vez en voz alta, y eso lo había hecho más real. Lo hacía desde siempre, pero sólo el balbucearlo y gritarlo a las puertas de la utópica sensación de un orgasmo causó que todo rastro de culpabilidad, de temor y de vergüenza se disipara de su corazón, perdiéndose en la negrura del olvido.

Lucharía por lo que quería. Sabía lo que quería.

Y aunque los días en Ame eran ocupados, Himawari se las ingeniaba para que pudiesen pasar el mayor tiempo posible juntos, pasándose de vez en cuando por el sitio donde sabía estaría para darle un abrazo fraternal a los ojos del mundo, arreglando encuentros accidentales a la hora del almuerzo y esperando despierta en las noches para recibirlo con un beso. Él hacía lo suyo también; siempre estaba rodeado de gente, dando órdenes e instrucciones, pero de vez en cuando se pasaba por la Academia, donde ella también estaba rodeada de personas, y le dejaba un silencioso detalle en su escritorio; una flor, una fruta e incluso una nota escrita en un lenguaje casi secreto y cuyo sello era el dibujo diminuto de un puntico con dos rayitas a cada lado: "=.=".

A veces podían salir a caminar y, resguardados por la lluvia y la amplitud de las capas impermeables, sus manos podían tocarse sin que nadie lo notase. Él le sonreía y ella se sentía derretir como una paleta en pleno verano. Le encantaba eso…

Él era todo de ella y ella toda de él, aunque nadie lo supiera, aunque fuera un secreto oscuro y emocionante, encerrado en sus sonrisas y guiños furtivos, en las risitas suaves y en las carcajadas escandalosas, en las miradas anhelantes y en los besos fugaces…

Himawari suspiró, acomodando la mejilla en el pectoral masculino, frotándola como si fuese una gatita, recibiendo encantada la atención de un brazo que la apegaba más al cuerpo firme. No estaban desnudos. Hacía mucho frío. Él usaba una franela blanca que le quedaba algo grande y un pantalón corto de pijama, ella una bata de dormir purpura y de recatado escote. Sólo estaban allí, abrazados, sintiendo sus respiraciones, protegidos con la calidez de las cobijas.

—Bolt-Niisan —rompió el silencio, cerrando los ojos con calma. Desde hace un tiempo ya que pasaba una mano sobre el torso de su hermano en suaves caricias. Él respondió con un ronco sonido, haciéndole saber que tenía su atención, así que continuó—, mañana es el día en que debemos volver a Konoha —avisó, como si él no lo supiera, como si no fuera esa la razón por la que se hallaba taciturno, pero lo hizo a sabiendas de que era la única manera de abrir el tema.

Lo sintió retener la respiración y, segundos después, exhalar. —Lo sé´ttebasa.

Himawari también sabía muchas cosas; que las semanas en Amegakure habían sido la más dulce luna de miel que se pudieran dar el lujo de tener alguna vez y que llegaba a su fin, que cuando volvieran a su aldea natal todo cambiaría, que su rutina, su despertar juntos se acababa y sus noches de disimulados gemidos y respiraciones cortadas se iban alejando. En casa, ella sabía, nada sería como ahora.

Amegakure era un sueño. Konoha, la realidad.

Bolt posó los labios sobre la coronilla de su cabeza, casi sobre la frente, y ella suspiró ante el tierno gesto. Su aliento era tan cálido que le provocaba morir ahogada en su aire. —¿Qué vamos a hacer, hermanita…? —habló contra su cabello—Eres la lista, dime lo que deberíamos hacer´ttebasa.

—Deberíamos querernos como hermanos —inclinó la cabeza hacia arriba, sólo para toparse con su ceño fruncido y sonreír tímidamente—, pero yo no puedo hacer eso… —subió la mano hasta su rostro, presionando su mejilla para acercarlo un poco. Fue ella la que buscó el contacto de las bocas y él aumentó ligeramente la presión del brazo contra su cintura. Himawari se tomó su tiempo, delicada y suave por naturaleza, mientras abrazaba los labios de Bolt con los suyos, presionándolos, relajándolos, estirándolos—¿y tú?

Luego pellizcó la piel inferior con los dientes y él no se hizo rogar para separarlos, permitiendo la entrada de la aterciopelada lengua. El beso se tornó profundo, lento, caricias largas y húmedas, choques suaves y femeninos sonidos amortiguados, mientras los dedos largos y estilizados se enredaban en los cabellos dorados, masajeándolos. Lentamente, Bolt se encargó de moverlos, tan lento que Himawari sólo notó el cambio de posición cuando su espalda se hundió en el colchón. El brazo masculino se mantenía en la curva de su cintura, sujetándola, atrayéndola y el cuerpo varonil se estiraba a su lado. Ella soltó un suspiro, tratando de mantener todo esto en su mente; los labios deliciosos, el calor de su cuerpo, la textura de sus cabellos, los roces de la nariz contra su piel al besarse hondamente… Dios mío, ¿qué tenía él que la volvía de papel? Sin que pudiera evitarlo, empezó a exhalar quejidos constantes y suaves que, sin saberlo, estaban poniendo ansioso a su hermano. Las manos grandes y callosas se pasearon por los costados de la delicada figura, tocando apenas sobre la fina tela y Himawari hundió los dedos en el cuero cabelludo como respuesta, encantada. Él la llevaba a otra dimensión… se sentía en un espacio alterno y vacío donde lo único vivo era su toque, sus besos, su respiración. La espaciaba tanto que sólo se dio cuenta de que Bolt se había acomodado completamente sobre ella, cuando él rompió el beso y le sonrió, jadeante. Parpadeando lentamente, aun sintiendo el sabor de sus besos, ella se lamió gentilmente los labios, inconscientemente provocándolo.

Himawari abrió grande los ojos y gimió fuertemente al sentir, segundos después, la presión de una rodilla contra su zona de mujer. El contacto se produjo sólo con las pequeñas bragas como barrera… ¿En qué momento Bolt había corrido la tela de su bata hasta su cadera? ¿en qué momento siquiera había abierto sus piernas para meter esa rodilla traviesa?

Él se inclinó hacia su cuello, para hablar contra su oído. —Si los hermanos se comen enteras a sus hermanas, entonces sí… —retrocedió para posar los labios húmedos sobre su barbilla, mientras la rodilla volvía a ejercer presión en su intimidad palpitante, haciéndola boquear, lo que aprovechó para estirar nuevamente su labio—te querré como mi hermanita´ttebasa.

—Bolt… —su voz sonó quebradiza. Los dedos delgados se crisparon en el pecho masculino, tratando de mantener una distancia, pues se estaba asfixiando. No había notado lo excitaba que estaba. Un beso… sólo un beso y él la tenía en ese estado. Se sintió avergonzada.

—Nii-san —él la corrigió—, llámame Nii-san.

Bolt rotó nuevamente la rodilla entre las bragas húmedas, aplicando una fuerza mayor, satisfecho con su grito agudo y sus mejillas arreboladas de placer.

—Nii-san… —ella tragó saliva, despacito, lento, mientras él pasaba la punta de la lengua por la piel de su garganta—B-basta.

Pero aunque sus palabras le decían que parara, su cuerpo la traicionaba; Himawari cerró las piernas, apretando con los muslos aquella parte de Bolt que la estaba haciendo delirar, aumentando los roces.

Él le ofreció una sonrisa arrebatadora. —¿Qué dices, Himawari-chan? —mordisqueó gentil el pequeño lóbulo de su oreja y Himawari perdió el control; sin poder hacer nada para evitarlo, sus caderas habían empezado a moverse contra la pierna de Bolt, lentamente, fuertemente, de un lado al otro, dibujando pequeños círculos. Estaba jadeante y deseosa y… oh, Dios, tan caliente.

—B-Bolt…

—Nii-san —él siseó, amenazador, succionándole la piel del oído.

Estaba ardiendo.

Bolt bajó una mano hasta la unión de su sexo con su rodilla y, con gran agilidad, hizo la tela a un lado, imponiendo el contacto de piel con piel. Himawari lloró de placer cuando él empujó, casi como si deseara penetrarla, y apretó las manos en su franela blanca. Apretó también los parpados y… el ardor era tal que fue ella quien se movió más y más contra él. La rodilla de Bolt se mantuvo rígida, estática, mientras él disfrutaba de verla desinhibida y perdida, mientras observaba con su expresión llena de pasión y sus gemidos distorsionados, de sus roncos maullidos. Su carne se sentía cálida y suave frotándose con su propia piel. —¿Tú Nii-san es bueno? —besó la boca rosada con suavidad, torturándola, cepillando con los dedos unos cabellos sobre la frente ligeramente húmeda. Su voz era ya ronca a causa de la excitación que le producía el tenerla así, dándose placer a sí misma, usándolo para ese fin. —¿Soy un buen hermano´tte-ba-sa? —murmuró lo último contra su oído, presionando su cuerpo entero en la pequeña muñequita hambrienta que se movía bajo él.

Himawari se arqueó, moviendo la cabeza para un lado y para el otro, los párpados fuertemente cerrados. Gimiendo. —S-si… muy bueno…¡Ah! —Bolt acopló el movimiento de su pierna a los de las caderas femeninas, ayudándola, acercándola a un orgasmo—¡El mejor, Nii-san!

Los delicados dedos se crisparon en las sabanas que cubrían el colchón al tiempo que los hoscos masculinos se deslizaban entre sus cuerpos, acariciando apenas superficialmente la mojada parte de mujer. Los toques, siendo apenas mimos suaves, contrastaban maravillosamente con su propia desesperación, con la fricción profunda que ejercía aquel hueso de su rodilla. Tuvo que morderse los labios para atenuar el volumen de los quejidos que brotaban desde su pecho. Se sentía a punto de alcanzar la cúspide más alta del placer, mientras los conceptos de brusquedad y suavidad se mezclaban íntimamente allá abajo, adueñándose de su cuerpo, limpiando su mente.

La preciosa, preciosa, palma de hombre se expandió sobre el monte de venus, presionando suavemente, y dos dedos curiosos tocaron apenas la dura campanita del clítoris, pero para ello él hizo a su rodilla retroceder, eliminando así el contacto furioso.

Himawari chilló entre extasiada y frustrada, con la respiración entrecortada y el rostro sonrojado, recibiendo de inmediato una ronca risa como respuesta. Los dedos se detuvieron y, segundos después, la tela de su prenda interior fue nuevamente acomodada, simplemente dejando el contacto suave de la mano posándose sobre esta.

Él amaba verla tan desesperada. Él amaba ver su rostro exudando pasión. Él amaba ser quien la enloqueciera.

Apelando al ego de su amante, Himawari rogó con la mirada, puso toda su ansiedad en la voz y lo llamó de la manera en que deseaba:

—N-Nii-san…

Quería que la liberara. Por favor, quería que la llevara a la cima de un orgasmo potente, que la alzara, la elevara y la hiciera tocar el cielo de la forma en que él sabía hacerlo, de la manera en que sólo él podía hacerlo.

—Quieres correrte, ¿no es cierto?

Una caricia larga sobre su muslo. Un gemido cortado como respuesta. Si Bolt seguía usando ese tono lujurioso, si seguía tocándola sugerente y si seguía mirándola con aquellos ojos malvados, estaba segura de que lograría su objetivo con facilidad; tan sólo la imagen de las hebras rubias cayendo sobre la frente bronceada y las pupilas sobresaliendo oscurecidas entre ellas de forma tan sensual, estaba segura, podría causarle un pequeño orgasmo.

—Dilo´ttebasa.

La piel del cuello femenino tembló ante el contacto tenue de los labios fríos, a la vez que el rostro se tornaba furiosamente rojo. Después de tomarse insignificantes segundos para luchar contra la resistente vergüenza de tal confesión, Himawari suspiró: —Quiero… —se detuvo para disfrutar de un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja—correrme.

—Y quieres que te ayude —él aseveró, lamiendo con cuidado cada pequeña partecita de su oído.

—S-sí.

Tras dejar una larga fila de besos por el costado sensible de su cuello, tomándose su tiempo, Bolt respondió con una voz que a Himawari se le antojó torcida: —Entonces ruega´ttebasa.

Parpadeó sorprendida y jadeó al sentir el succionar de la boca contra la piel sensible de su hombro (tendría que usar mangas por un buen tiempo) junto al apretón rudo en el lechoso muslo. —¿R-rogar?

—Exacto. Ruega.

Sus miradas se conectaron al momento en que él le hizo flexionar una pierna para acariciarla con suavidad. Le causaba escalofríos y la miraba expectante, aumentando su rubor. Pasó saliva, lamiéndose los labios con nerviosismo. —Por favor, Nii-san… —susurró apenada, viéndolo fruncir el ceño.

—No sirve —los tirantes de la batola fueron rápidamente removidos de su lugar y el redondo seno derecho se liberó en todo su esplendor. Bolt se inclinó sobre el rosado pezón erecto, pasando gentilmente la lengua, sintiéndose dichoso ante el toque de los dedos de una de sus manitas en su cabello, ante su gemido silencioso. Sólo fue una pequeña caricia, pues rápidamente se alzó de nuevo para mirarla a la cara, relamiéndose el labio—. Ruega de manera correcta, Himawari.

Ella intentó cubrir nuevamente el pecho con la tela, pero él le sujeto la muñeca firmemente. —Bolt… hace frío —se justificó abochornada.

Era cierto. Hacía un frío del demonio. Pero…

—Te mantendré caliente si haces lo que digo —cubrió el seno con su boca abierta, acariciándolo con la lengua y Himawari se arqueó al tiempo que susurraba su nombre. Incorporándose de nuevo, le increpó—: Ruégame bien´ttebasa.

—R-Realmente quiero correrme…

—No me importa si lo quieres o no —Bolt apoyó las manos a cada lado de la cabeza de su hermana, sosteniéndose y aumentando así la distancia entre sus cuerpos. Ella estaba temblorosa y era difícil saber si era por el clima o por el aún vivo ardor entre sus piernas. Él se aseguró de que sus ojos estuviesen enlazados al momento de hablar—. Te estoy dando dos opciones: rogar o suplicar. Tú eliges.

Con la ropa desarreglada, con las bragas expuestas y húmedas, con un pecho al aire y con la excitación palpitando en su interior, Himawari no hubiese elegido otra opción aunque la tuviera… que la tuvo, porque él continúo, soberbio:

—De lo contrario, no haré absolutamente nada. Ambos nos iremos tranquilitos a dormir… Aunque supongo que en dicho que no se te hará fácil conciliar el sueño, ya sabes, porque parece que tienes una urgencia bastante incómoda por allí´ttebasa —sus pupilas apuntaron hacia su pelvis y ella se sonrojó profundamente.

Oh, señor, lo odiaba de una manera deliciosa. Sentía las lágrimas acumulándose en sus ojos, producto de la sensación de estar siendo burlada, pero también unas irresistibles ganas de acercarse y besarlo porque… en serio, lucía tan hermoso siendo un villano. Él la miraba fijamente con esos azules ojos platinados preciosos y ella no pudo contener un suspiro profundo. Mordiéndose el labio con el fin de instaurar nuevas fuerzas en su interior, subió los brazos y penetró con sus pequeñas manos la franela blanca de su hermano. No perdió detalle de la ligera contracción en los músculos del abdomen masculino al entrar en contacto con sus dedos ni de su gesto imperturbable. El toque inició lento y tímido, suave, apenas una caricia delicada en la que Himawari se dedicó a sentir cada milímetro de piel, a palpar cada ligera prominencia rasposa de una y otra cicatriz en su estómago, cintura y la parte baja de la espalda, sin embargo, rápidamente se tornó más vehemente; sus palmas completamente expandidas en su cuerpo, moviéndose, raspándose contra él, frotando y aumentando la temperatura… De repente, sabía exactamente lo que debía decir, la forma correcta de rogar y, cuando las yemas de los dedos se acalambraron en el pecho firme habló, su voz sonando casi como un gemido suave, un ronroneo necesitado:

—Le suplico… le suplico que me deleite con su calor —pasó saliva, mirándolo fijamente—, Bolt-sama.

Himawari se quejó al sentirlo nuevamente sobre ella, su aliento acariciándole las mejillas y el bulto entre los pantalones presionándose ligeramente contra su abdomen bajo.

—Nii-sama —Bolt le susurró al oído conteniendo una sonrisa y ella supo interpretarlo de inmediato.

—Nii-sama… —corrigió y, seguidamente, la mano de Bolt cubrió generosamente su seno expuesto, apretándolo con suavidad. Torturándola, obligándola a más. Se arqueó mínimamente hacia sus dedos—Por favor, Nii-sama, tóqueme… t-tóqueme como desee.

Sintió la sonrisa de Bolt sobre la piel de su oído. —Nii-sama, cómame entera —él le mordió tentativamente el lóbulo, sacándole un sonido de placer.

—Nii-sama… c-cómame entera —sus parpados se cerraron al sentir los pequeños mordiscos en el cuello junto a la fuerte opresión en el pecho y un femenino gemido raspó hondamente su garganta ante el movimiento de la dureza viril sobre su monte venus—Nii-sama… —le acarició el cabello rubio con fervor al tiempo en que él estrujó el seno entre sus dedos de manera en que quedara apuntando directamente hacia él y se inclinó para chupar el pezón… devotamente, como un bebé—Nii-sama, Nii-sama…

Él no estuvo satisfecho hasta el pequeño botón hecho una puntica dura y sensible. Himawari e estremeció al sentir el contacto con el aire frío cuando él abandono sus atenciones.

La boca de Bolt tiró suavemente hacia arriba en una sonrisa arrogante.

—Tienes suerte. Hoy me siento generoso, —besó suavemente el pecho contrario que aún estaba cubierto, apretándolo entre la boca—y también un poco hambriento´ttebasa.

Himawari suspiró, relajando la cabeza sobre la almohada, mientras se dedicaba exclusivamente a sentir el contacto de los labios de Bolt sobre su cuerpo parcialmente oculto; entre su pecho, deslizándose en calma por sus costados, provocándole deliciosas cosquillas, por su vientre plano y por el ranura de piel expuesta entre el final de su batola y el inicio de las bragas. Sus besos eran cálidos y agradables a tal punto en que ella sólo pudo reaccionar, incorporándose sobre sus codos, cuando se posaron justo en medio de su húmeda prenda interior.

—Bolt, ¿qué…?

Él la interrumpió, mirándola con el ceño fruncido. —¡Qué falta de respeto! Llamándome por mi nombre —negó con la cabeza al tiempo que tomaba entre sus dedos los laterales de las bragas y las bajaba de un tirón hasta sus rodillas, sonriendo ante su jadeo de sorpresa—, hay que enseñarle modales a esta niña.

Y entonces, sin más, la lengua se paseó áspera, de manera poco profunda, sobre su intimidad. Himawari abrió la boca y arqueó la espalda ante el inusual contacto. Eso era nuevo y se sentía… demasiado bien. —Ahm…

—¿Cómo se dice, Himawari-chan?

—¡Nii-sama!

—Así me gusta´ttebasa.

Recibiendo gustosa por segunda vez la satinada lengua masculina, Himawari apretó los parpados, apretando también las sabanas a sus costados, mordiéndose el labio con fuerza. Bolt parecía saber exactamente la ubicación de cada una de sus terminaciones nerviosas y su cuerpo entero respondía a su ministración, estremeciéndose, temblando… Para mantener el control, los dedos masculinos se aferraron en sus caderas. Himawari bajó la mirada para encontrarse con unos ojos brillantes y furiosos, observándola y hablándole sin palabras, diciéndole que no se moviera… La imagen del rubio entre sus piernas viéndola fija y amenazadoramente mientras le hacía sexo oral era demasiado, era suficiente para hacerla llegar al instante, así que ella sólo pudo gemir, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos nuevamente para intentar, por misericordia del Señor, aguantar un poco más, sólo un poco más…

Los dientes rasparon gentilmente el pequeño y endurecido clítoris, haciéndola gritar. Himawari llevó las manos hasta las barras del espaldar de la cama y las atrapó entre las palmas como si su vida pendiera de ellas. Mientras él succionaba el botón femenino, ella ya no hacía ningún esfuerzo por contener los ruidos que emanaban de su boca; de esta manera, el aire se llenó de fuertes gemidos, balbuceos bajos donde las palabras que sobresalían eran "Nii-sama" y "así…" (a veces se le pasaba también un "Bolt" pequeñito), además de un montón de grititos de hondo placer que aumentaban la euforia interna de su gemelo, el ritmo de la lengua que se paseaba ufana por sus labios íntimos, molestaba el sensible clítoris y rozaba la entrada con pequeños círculos. Era para morirse.

—¡Nii-sama, voy a…! —Himawari puso toda su voluntad, toda su mente en evitar el orgasmo; apretó los labios y los parpados fuertemente, reprimiéndose, soltándose del espaldar de la cama y afianzándose a su vez de dos mechones del cabello rubio entre sus piernas. No quería llegar, por el amor de todo lo bueno en el sangriento mundo, no quería llegar aún. Todo su cuerpo se tensó en el esfuerzo, su cuello se arqueó.

Iba a lograrlo, estaba segura. Un poco más, sólo un poco más, Himawari, resiste, se dijo, ella era fuerte y, aunque una liberación sonaba tentadora, era inevitable desear seguir gozando de sus atenciones. Llevó su respiración a un ritmo más suave, más profundo, inhalando y exhalando conscientemente, sintiendo alegremente que podía relajarse un poco, que su cuerpo no cedería aún…, pero entonces él hizo aquello y todo su intento de autocontrol se fue por la borda; Bolt le empujó los muslos con las manos, separándole más las piernas para obtener mayor comodidad y empujó la punta de la lengua dentro de ella. Hasta ese momento, solamente había jugueteado en la entrada, pero ahí Bolt la metió… Se movió lento, explorándola y saboreándola, mientras la pequeña Uzumaki se removía y los estilizados dedos se hundían en la cabellera dorada. Al instante, le hizo el amor con la lengua de una forma impaciente y desesperada, la degustó con hambre voraz, sujetándola fuerte de las caderas y penetrándola una y otra y otra vez, sin parar, sin receso, sin una pizca de compasión.

Esa lengua fue su ascensor hacia la gloria. Himawari gritaba entrecortados "¡Oh, Dios!", muerta de placer, ante la rara sensación de las embestidas húmedas, de la textura blanda acariciando sus paredes vaginales, mientras serpenteaba el camino inevitable hacia el punto más alto del gozo. La habitación estaba helada, pero el cuerpo le ardía como un sol adolescente. Y no lo supo, pero las pupilas azuladas de su hermano siguieron agudamente cada una de sus reacciones; los gestos en su rostro, la forma en que apretaba los labios y luego los expandía al gritar, la curva de su cuello flexionandose, el movimiento de sus pechos (el desnudo y el cubierto por igual) por el vaivén de su respiración y la manera en que su cabeza se movía desesperadamente de un lado al otro tratando de aminorar inútilmente las emociones. Bolt disfrutaba enormemente el demostrar su imponente dominio.

Al fin, más temprano que tarde, Himawari encontró el clímax al tiempo que profería un resonante gemido, uno alto y sentido que sólo podía expulsar en el momento cúspide. Ella literalmente se deshizo en la boca masculina, que recibió dichosa todos sus jugos vaginales. Aún en el mar de contracciones internas y sacudidas potentes del cuerpo femenino, la lengua de Bolt se adentró hasta el rincón más sensible y profundo y le jaló de las caderas hacía él, ansioso y reticente a dejarla ir tan rápido. Las uñas de su hermana llegaron a clavarse furiosamente en su cuero cabelludo, pero… tenía que ser justo; se lo merecía.

—¡Bolt, por favor! —ella lloró y él supo inmediatamente que estaba suplicando por un descanso, así que decidió ser gentil y retirarse lentamente, recompensándola con besos suaves en los firmes muslos, con dulces lengüetazos y mordisquitos cariñosos en su pelvis. Mientras cada uno de los preciosos músculos se relajaba después de haber estado tensados a niveles extremos por causa del placer, Bolt se dedicó a saborear su esencia, a inhalar el olor embriagante de su sexo y a mimarla con su boca y con sus manos.

Después de unos minutos, pudo sentir las caricias tiernas de los dedos sobre su cabeza y supo que ella había regresado de su viaje glorioso. Eso era bueno, porque justamente en ese momento no se sentía con demasiada paciencia.

Incorporándose, quedó de rodillas entre las piernas de la preciosa muchacha, se limpió la boca con el dorso de la mano y unos ojos azules revueltos en complacencia le devolvieron atentos la mirada; el cabello azulado regado rebelde por la almohada, mechones pegándose a su frente lisa y sudada, la boca semi abierta y unos hinchados y rojos labios... esos labios… Descendió las pupilas a través del delicado cuello blanco, bañado suavemente por algunas goticas de sudor hasta la clavícula delgada para, seguidamente, fijarse en su pecho lleno y hermoso,… Un tirón de placer le sacudió tan sólo con verla, un tirón realmente fuerte, un tirón en un lugar específico de su cuerpo; ella lucía tan sexy ahí abajo, sonrojada, con apenas parte del torso cubierto y lanzando suspiros bajos de vez en vez. Joder, en serio, debería haber una ley internacional o algo que prohibiera ser así de sensual, así de… apetecible.

Himawari se removió, obviamente nerviosa debido a la oscuridad que mostraban los iris agrisados. —Nii… —se interrumpió, dudosa de la forma en la que debía llamarlo al tiempo que era despojada completamente de su prenda interior por las manos callosas que acariciaron toda la extensión de sus piernas—Nii-sama —decidió, apoyándose torpemente con los codos para levantarse un poco, pero las manos fuertes de Bolt se posaron esta vez sobre sus hombros, empujándola de nuevo a su posición horizontal.

Él permanecía en silencio, sus ojos siempre escrutándola, y ella tragó saliva. El corazón le saltó especialmente fuerte cuando los labios se posaron en el inicio de su clavícula, los cabellos rubios cosquillándole la piel. Mordiscos constantes atravesaron su sensible cuello, ascendiendo, descendiendo, atrapando su clavícula mientras la lengua lamía tiernamente al mismo ritmo, sanando las pequeñas heridas… Herir y sanar fue la constante.

Justo cuando pensó que él permanecería un rato en aquella parte de su cuello, apenas cuando se empezaba a acostumbrar a esto, una palma grande se cerró ruda en su pecho bajo la tela haciéndola gemir, y él, brutalmente rápido, tomó control de su boca. El beso era tan salvaje y mojado que Himawari se sintió ahogada, pero cada vez que intentaba alejarlo un poco para suspirar, para respirar, le era imposible; Bolt estaba concentrado en su boca y ella nunca lo había sentido tan ansioso antes, tan desesperado y pasional… Pudo distinguir un sabor ligeramente ácido entre ellos y adivinó que eran los restos de los flujos que antes había absorbido directamente de su entrepierna… Qué cosa más excitante. No tuvo que pasar mucho tiempo para que ella se abrazara todo lo que podía a su cuerpo varonil, abriendo bastante la boca, siguiendo lo mejor que podida el batir de sus lenguas, el morder en los labios. Bolt dejó escapar pequeños gruñidos de ansiedad entre los labios, pero ella en cambio se estaba deshaciendo. Con esa lengua penetrándola hasta la garganta, raspando el interior de sus mejillas, azotando su paladar y dominando a la suya, empezaba a marearse, pero cuando el contacto se detuvo rudamente por decisión del gemelo, Himawari se quejó de desilusión y, al mismo tiempo, de alivio.

Los labios le dolían… Sin embargo, ¡cuánto quería que doliesen de esa forma siempre!

—Es hora —pudo escucharlo con dificultad, mientras trataba de enfocar la vista y calmar su respiración acelerada. Bolt se puso de rodillas.

—¿Eh?

Pero él no volvió a pronunciar palabra, en cambio, Himawari observó con la garganta seca el movimiento fugaz, preciso y urgente de su mano derecha al tomar la pretina del pantalón y bajarla con fuerza, apenas lo necesario para liberar toda la extensión del órgano masculino, grande y abrumador. Jesucristo… Era increíble pensar que ella se había acostumbrado a eso. Un gemido de anticipación salió de los rojos y heridos labios femeninos nada más verlo, lo que provocó que una sonrisa altiva se posase en el rostro del hombre. Ella se sonrojó, mordiéndose para no ser traicionada nuevamente por su propio cuerpo al tiempo que unas manos fuertes le agarraban las caderas, alzándolas con facilidad hasta el punto en que su espalda estuvo totalmente separada del colchón, a excepción de los omoplatos. Sus piernas caían flexionadas y sin fuerzas, pero tan sólo la punta de los pies lograba tocar superficialmente la cama. Así, de repente, su único apoyo fueron los brazos y la parte superior de la espalda, mientras él, de rodillas, podía moverla a su antojo.

Himawari cerró los ojos, suspirando, cuando Bolt dirigió el glande hasta su pelvis, pasándolo sobre la delicada zona. Era la primera vez que él intentaba tomarla de esa forma, en esa posición que la hacía sentir totalmente impotente.

—¿Cuándo fue la última vez que lo hicimos´ttebasa?

Si no fuera por el ligero ahogo en su voz, cualquiera podría pensar que hablaba de algo trivial como el clima. Ella apretó los puños a los costados, hundiendo las uñas en la cobija, ante la sensación ardiente de los roces un poco más rápidos en su zona de mujer. Él la recorría de arriba abajo, como si estuviese pintando con una brocha…

—H-hace t-tres días —balbuceó, abriendo los ojos abochornada—. A la hora del almuerzo… En la Academia, en mi oficina… —tuvo que tomar un poco de aire antes de terminar—En mi escritorio…

—Cierto, tu escritorio —Himawari nuevamente comprobó extasiada que los ojos de su hermano se coloreaban de un gris oscuro al momento del sexo, al momento de deslizarse en su interior. Él siseo ligeramente, reprimiéndose, antes de continuar—… Tu amplio y resistente escritorio.

Las pupilas azuladas fluctuaron brevemente dentro de las cuencas. Oh, Señor, ella amaba que la tomara así, lentamente, con seguridad, sin detenerse hasta haber tocado su más profundo punto y esta vez, además, la posición le proporcionaba un mayor e indescriptible placer. Lo sentía duro y caliente, abriéndose camino en su interior, estirando las paredes vaginales, enterrándose en ellas… Quemándola con cada milímetro de su tacto. Y… él era un maldito por seguir hablando en ese momento.

Ah, eso también le encantaba.

—C-casi nos descubren… —pudo pronunciar con suavidad.

—No fue mi culpa.

—Lo fue… ¡Ah!

—¿Ves? Si eres tú la que nunca para de gemir´ttebasa.

—P-pero es a causa de ti…

—Uh, Himawari, ¿dices que te descontrolo?

Una estocada más fuerte, más profunda.

Un femenino gemido gutural.

Largos dedos crispándose entre las sábanas.

—S-sí…

—¿Y que te pongo loquita´ttebasa?

—Sí, mucho… —Himawari volvió a gemir, arqueando aún más su cintura, ansiosa por sentirlo en un ángulo más inclinado, mientras la velocidad iba en aumento para su completa dicha. Un ruego silencioso por más, sus mejillas estaban arreboladas de gusto—Ahm, Bolt…

Él, conteniéndose, aumentó la fuerza en su agarre, estableció duramente el dominio sobre su cuerpo y bamboneó la cadera de una forma veloz, profunda y rítmica. El tirante izquierdo de Himawari cayó inerte sobre su brazo y el seno hasta ahora escondido quedó expuesto en toda su redondez y belleza… La imagen de su sensual vaivén acoplándose a su compañero relleno y precioso le sobrepasaba. Sus ojos quedaron clavados en ellos, apreciándolos, adorándolos, mientras su mente le mostraba una verdad no demasiado importante, pero que por alguna razón aumentó su libido; era la primera vez que hacían el amor sin estar ambos totalmente desnudos. Estaban teniendo sexo con ropa.

Gruñó, llevando su cuerpo a un punto más alto, perdiéndose un segundo en la expresión extasiada en el rostro fino de su hermanita. Dios mío, ¡de qué manera lo ponía esa carita! Ella estaba ocupada tratando de mantener estabilidad en esa posición desventajosa, y sus dientes no paraban de morder los labios, ahogando deliciosos sonidos. De vez en vez, su boca se abría y cerraba los ojitos, recostando más la cabeza en la almohada, y Bolt entendió fácilmente que cada vez que esto sucedía era porque estaba tocando su oculto punto G.

—¡Ah, Nii-san, y-yo…!

—Te gusta —aseguró con voz ronca. Los cabellos dorados caían sobre sus ojos grises, fastidiándole la visión, pero dándole un aspecto salvaje. Los músculos de sus brazos estaban tensos, también los de su abdomen. No se detenía.

—¡S-sí!

Tenues gotas de sudor bordeaban la clavícula femenina.

—Te gusta tanto que no quieres compartirme con nadie´ttebasa —aseveró esta vez, azotándola con más fuerza, atrayendo las caderas de ella hacia él y, a su vez, empujando las propias.

Himawari boqueó, incapaz de pronunciar palabra por unos segundos, pues de sus labios sólo brotaban dulces interjecciones.

—Sólo te quiero para mí… sólo para mí, N-Niisan —murmuró al fin, con ojos brillantes.

—¿Y qué hay de Sarada?

Bien, lo admitía, no era una muy buena idea mencionar el nombre de otra mujer (mucho menos de quien oficialmente era su novia) en el momento de la intimidad, pero no hubo forma de retener a su lengua. El ceño de Himawari se frunció ligeramente, pero al parecer obtuvo tranquilidad al mirarlo a los ojos. A ella le pareció como si necesitase una orden, un indicio, y se lo dio, con voz entrecortada, con el placer inundándole cada parte del cuerpo y de la mente, con cada célula saltando y sintiéndose tan viva y completa como jamás podría sentirse estando lejos de él.

—A-Al diablo con ella…

Bolt soltó una risa grave al oírla maldecir, porque definitivamente no era algo propio de su dulce, dulce hermanita, pero luego apretó los labios y su mirada se ensombreció. Las penetraciones se hicieron largas y profundas. Él casi abandonaba por completo su cavidad antes de volver a ocuparla cada vez con más rapidez.

—¿E Inojin? Yo tampoco quiero compartirte´ttebasa.

Himawari apretó los parpados, lo dedos retorciéndose entre las sabanas. —A-Al diablo con él también…

—¿Segura?

Ella casi llora al sentir el brusco cambio de ritmo hasta llegar a uno veloz y corto. Estocadas rápidas, cortas y muy profundas, en las que el glande atormentaba con insistencia aquel punto que hace delirar a toda mujer, el punto que toda mujer desea que un hombre descubra.

—¡Mmm! ¡a-al demonio todos, Nii-san!

Y fue suficiente para Bolt. Himawari observó extasiada la manera en que los músculos de su cuello se tensaban al inclinar la cabeza hacia atrás y exhalar un sonido ronco y fuerte que sólo se hacía presente al momento del clímax. Ella lo sabía. Ella amaba este sonido. Ella amaba la expresión compungida, el ceño fruncido y la boca entreabierta que él tenía justo antes de venirse en su interior. Era algo que nunca podría sacar de su cabeza, ni siquiera con terapias, ni siquiera con hipnosis. Allí él parecía un rey, un faraón, un emperador… complaciéndose con su cuerpo, tomando lo que le pertenecía, dominando en todo su derecho y, cielo mío, lo amaba tanto, tanto.

Lo deseaba, lo amaba, lo necesitaba tanto como el aire para respirar, el agua para beber o el chackra para vivir. Ahí, cuando él cerró los ojos por primera vez, cuando cortó el contacto visual con su cuerpo, Himawari quedó a ciegas. Su mente se elevó por sobre todas las cosas materiales, quedó en blanco, las luces asistieron brillantes sobre su ojos, mientras un líquido espeso y cálido le quemaba hasta las entrañas. Y, entonces, con un desgarrador grito de placer puro, sintió cómo el alma se independizaba del cuerpo. El orgasmo llegó potente junto al estremecimiento de todo su cuerpo, a la compresión de su interior y oyó un gemido profundo abandonar los labios de Bolt… y ella apretó mucho las sábanas, inclinando la barbilla hacia arriba, llorosa, porque era la primera vez que ambos entraban en ese estado alucinante al mismo tiempo.

Estuvieron en el cielo durante segundos que se ampliaron como horas. Luego, las caderas femeninas chocaron sobre el colchón sin mucha delicadeza y un cuerpo varonil la cubrió por completo en un muy íntimo abrazo. Él aún estada enterrado en su ser y ella gimió bajito y sollozó y suspiro, enredando las manos desesperadamente por los músculos de su espalda, sobre la tela, mientras lo sentía respirarle entre el hombro y la nuca, jadeante y sudoroso.

Por un instante, Himawari alzó la vista, centró la mirada en el pulcro blanco del techo, aspirando, suspirando, temblando todavía por las brillantes sensaciones y permitiéndose disfrutar de eso; de ser parte de su hermano, de unirse a él… Era algo increíble. Todo en él se sentía cálido y vivo, le provocaba sentirse viva, le hacía sentir completa, satisfecha… No era un acto morboso, lo que se respiraba entre ellos no era simplemente la adrenalina de obrar de manera prohibida, no había la excitación común y decadente que crece y culmina con el sexo, no, lo que ellos tenían iba más allá de todas las cosas. Se completaban, se pertenecían, y cuando tomaban y daban todo del otro y de sí respectivamente alcanzaban una plenitud mayor a la física.

Se preguntó cómo algo tan sublime podía ser tan malo.

Incesto.

Se removió suavemente bajo él y, en seguida, sintió un dulce mordisco en el lóbulo de la oreja acompañado de un suave "ttebasa" después un murmullo suave y ronco que interpretó como algo parecido a un "quédate quieta…", así que se conformó con pasar lentamente los dedos por la camisa húmeda, acariciándolo, tratando con calma de desaparecer los ligeros choques eléctricos que aún la sacudían con gentileza. Y suspiró, decidiendo permanecer en silencio, tan solo sintiendo… gozando de un momento que, seguramente, no podría vivir muy frecuentemente en Konoha.

El pensamiento lograba entristecerla, pero reticente a dañar el lapso de felicidad, Himawari dejó a su mente divagar, le dio alas y la soltó; imaginó un mundo donde Bolt no fuese su hermano, donde hubiesen nacido de distinto vientre y, preferiblemente, en días distintos, imaginó un mundo donde se conocían mientras comían ramen por separado en Ichiraku, donde ella le ganaba en una competencia de comida y él le decía que las mujeres con estómago fuerte eran atractivas…, en un mundo donde tuvieran una cita durante un festival y donde pudiesen caminar juntos y tomados de la mano sin temor a ser vistos por terceros, donde pudieran gritar sus sentimientos desde la montaña de los kages en lugar de tener que susurrarlos en secreto bajo las cobijas de una habitación lejana, imaginó un mundo donde pudiesen besarse, exponer su relación con orgullo frente a sus amigos y su familia, y donde hacer el amor no viniese acompañado de una cuota de culpa.

Un mundo perfecto.

Pero, paradójicamente, Himawari sintió que no cambiaría el ahora por ningún mundo utópico. Su relación sanguínea la había llevado a estar cerca de Bolt Uzumaki, a admirarlo, a conocerlo, a consolarlo, a quererlo y, después, a amarlo… Habían vivido muchos momentos como hermanos, como gemelos habían compartido la vida entera y un mundo donde no hubiese crecido junto a él, donde no hubiese crecido con sus risas, sus bromas y sus actitudes sobreprotectoras no parecía correcto.

Correcto. Qué gracioso. Su idealización no parecía correcta, pero eso sí. Que ya ni comprendía la forma en que trabajaba su cerebro.

Soltó una risita suave y los ojos azules de Bolt la miraron interrogantes. Esos ojos tan nobles… Dios, ¿cómo podía él tener un amor corrupto y degenerado hacia su hermana? Imposible. Rió nuevamente.

Él hizo una mueca con la boca, frunció el ceño. —No puede ser que no te haya gustado´ttebasa —dijo, oyéndose desconfiado y ligeramente herido, lo cual la hizo sonreír. Divertida, le besó la mejilla.

—Fue fantástico, Nii-sama, no tiene de qué preocuparse —bromeó—. Es sólo que me causó gracia algo que pensé. Una bobada —agregó con rapidez al prever su pregunta.

Las cejas rubias nuevamente se estrecharon y Himawari gimió dulcemente al sentir el miembro ahora flácido deslizándose entre sus piernas, liberándola. Los brazos fuertes la apretaron y Bolt giró con ella.

—¿Qué pensabas?

Obviamente no iba a dejar de insistir, así que suspiró, recostando la mejilla en su ancho hombro. De repente pensaba que él había sido muy injusto al tenerla casi desnuda mientras él conservaba toda la ropa.

—Pensaba en lo diferente que sería todo si tú no fueses mi hermano.

—¿Y cómo es que eso te hace reír´ttebasa?

—Es que todo sería tan perfecto… —susurró, pasando cariñosamente los dedos por el cuello de la camisa de su hermano, dubitativa—y mi mente debe tener algo mal por imaginar aquel mundo ideal después de haber tenido tan maravilloso… uh, encuentro contigo —terminó, avergonzada.

Bolt rió. —Sexo —dijo—. Tuvimos un delicioso sexo.

—N-No lo digas así.

—¿Qué? Pero si hace unos minutos estabas balbuceando que querías correrte y me rogabas que te, cito, comiera entera. No me creo que decir que acabamos de tener sexo glorioso sea tan malo —soltó una corta risa.

Himawari se sonrojó ante sus palabras. —C-como sea…

Los labios suaves de Bolt se posaron en su frente con la intención de bajar su bochorno y él acomodó diligente los tirantes de su batola, dejándola tomar un tiempo para respirar, mientras la vestía decentemente con sus gráciles manos. Las bragas quedaron relegadas en algún lugar de las sábanas, pero para ella fue suficiente con tener los senos cubiertos.

Bolt carraspeó, tornándose serio. —Pienso que es muy normal que imagines esas cosas, lo que sería si no fuésemos hermanos —habló, usando el brazo en su cintura para acercarla más—, sería genial, ¿a qué sí?

Ella dudó un instante. Sí sería genial, pero…

—Pero eso es lo que está mal conmigo, Bolt… —subió el rostro para ver su mirada confundida, y pasó saliva. De pronto, las palabras brotaban a borbotones, sin filtro, sin pausa—Que pienso que lo único que necesito es estar a tu lado. Gemelos, hermanos, primos, amigos o esposos… yo soy feliz nada más con tenerte conmigo, no importa qué. Y no cambiaría este mundo… porque este momento es perfecto, y cada momento que pasamos ha sido perfecto y… siento que podremos superar cualquier cosa. Ah, y t-también amo haber nacido como tu hermana porque… uhm, porque me encantó crecer junto a ti y ese lazo de sangre es lo que nos ha permitido estar aquí, en este instante, pienso que… es lo que permitió que todo esto pasara entre nosotros. Y eso me hace feliz. No importa lo que pase de ahora en adelante, yo pienso que estaremos bien… yo estoy segura que estaré bien siempre que esté contigo, Nii-san. Un mundo como el que imaginé sería genial, pero este es el que yo amo.

Se mordió el labio, ruborizada, mientras Bolt mantenía ligeramente abierta la boca, sorprendido. Unos segundos después, los cálidos labios se acercaron a los suyos, abrazándolos en un gesto dulce y lento en el que ella se elevó unos segundos. Cuando volvió a abrir los ojos él la miraba intensamente, con una media sonrisa en el rostro.

—Estás muy habladora´ttebasa.

—L-Lo siento…

Himawari lo vio inhalar hondamente y después botar lento el aire. —Yo pienso que eres tan preciosa que de una u otra manera te habría atrapado. De ninguna manera, en ningún universo, como hermanos o no, podría haberte dejado escapar… —la abrazó un poco más—Pienso que el ser tu gemelo me facilitó la búsqueda.

Ambos rieron con ligereza, olvidando por un segundo las implicaciones reales de su relación. En realidad, eso carecía de importancia por el momento.

—Te amo tanto… —ella susurró dulcemente cerca de su oído—No me dejes nunca, Bolt. Elígeme a mí siempre, por favor.

Los aperlados ojos azules brillaron con un sentimiento amable, sus labios tiraron de una nostálgica sonrisa, mientras frotaba una de sus manos en la suave piel de la espalda femenina. —Siempre has sido tú… —respondió—, siempre has sido sólo tú, Himawari.


—¿Se encuentra bien, Himawari-sama?

Ryoma Inoue le dedicó una mirada preocupada tras percibir un gesto de incomodidad al momento de colgarse la mochila de viaje. Estaban en las puertas del edificio más alto de Ame y caía un aguacero endemoniado a esa hora de la mañana. A punto de partir, se les había comunicado que los acompañaría una caravana con destino a Konoha y así no tendrían que tomar toda la distancia a pie. Era más lento pero más cómodo, lo cual agradecía sobremanera … sobre todo teniendo en cuenta su estado después de...

Se sonrojó.

—Estoy bien, Ryoma-san —se apresuró a responder, sonriendo con amabilidad—. Es sólo un pequeño dolor de espalda.

Y aunque pasó desapercibida para el hombre, Himawari escuchó la risilla de Bolt a su lado.

Tonto.


Bolt Uzumaki sonrió al ver las puertas de su aldea natal. En verdad, le parecía increíble que hubiese pasado sólo un mes desde que había salido de allí, enojado y frustrado con el mundo entero. Ahora, pensó, infinidad de cosas habían cambiado, pero Konoha seguía siendo Konoha y, aunque era seguro que las cosas no serían fáciles en lo que respectaba a su relación con Himawari y con el resto de sus allegados, él seguía amando su aldea. Amaba a su familia, tenía un cariño inmenso a sus amigos…

Konoha era el lugar en el que había nacido, vivido, y por el que moriría sin dudar. Era el lugar que le había dado una infancia feliz, una adolescencia brillante y un amor verdadero.

Y era bueno estar de vuelta. Sin importar la situación, siempre era bueno volver a casa.

Saltó de la carroza antes de que esta se detuviera por completo y, ya en tierra, estiró los brazos y todo el cuerpo de paso, ¡que estar ocho días en esa cosa lo había entumecido, le dolía hasta el cu-ejem-le dolía todo!

Después de eso, echó a correr, sin molestarse en esperar a Himawari. No era que fuera un patán, sino que simplemente quería respirar el aire liviano y cálido del lugar y sabía que ella no se molestaría, porque podía ir su risa a sus espaldas. Pasó el puesto de control, saludando con una mano en alto a los viejos Izumo y Kotetsu, quienes le devolvieron el saludo con alegría y no fue sino andar unos metros más antes de que una voz familiar y perezosa lo hiciera girar.

—Tan impaciente como siempre —ojos verdes, cabello negro, manos en los bolsillos—. Qué problemático.

Shikadai.

—Hombre, ¿qué haces despierto tan temprano´ttebasa? —preguntó, sonriente.

—Son las cuatro de la tarde.

—Eso es de madrugada para ti, Shikadai.

Bolt observó por el rabillo del ojo cómo Himawari se acercaba junto a los mercaderes y se inclinaba ante los porteros, esbozando una sonrisa amable e intercambiando algunas palabras. Sin embargo, las palabras del joven Nara lo hicieron centrar de nuevo su atención en él.

—Te replicaría, pero la verdad es que estoy aquí por una razón.

—¿Qué sucede?

Shikadai se pasó una mano por la cabeza. —Se supone que debo llevarlos a la torre hokage inmediatamente.

—¡Pero qué tontería! Si es obvio que vamos a ir directo a ver al viejo´ttebasa —Bolt frunció el ceño, desconfiado—¿Para qué enviarte a ti?

Él se encogió de hombros. —Para asegurarse, creo.

—Shikadai-kun —Himawari saludó con una sonrisa, acercándose—, ¿que te han enviado por nosotros? Es un gesto muy raro de parte de nuestro padre.

—Bueno, es que no ha sido precisamente vuestro padre quien me lo ha encargado.

—¿Ah, no? —ambos parpadearon al tiempo, haciendo que Shikadai descubriera nuevamente porqué eran hermanos gemelos.

—No, en realidad, me lo ha pedido Hinata-sama. Dice que hay algo importante de lo que quiere comentarles sin perder tiempo.

Bolt frunció el ceño, notando las obvias rarezas en toda la situación. ¿Su madre citándolos en la torre hokage? ¿urgente? ¿y qué pasaba con su padre?

—¿Importante? —Himawari preguntó suavemente—Shikadai-kun, ¿pasó algo malo mientras estuvimos fuera?

—No sé qué decir —la sonrisa de Shikadai se torció ligeramente, mientras se encogía de hombros de forma ignorante. Cuando hacía eso, Bolt no podía evitar asemejarlo a su madre, Sabaku No Temari—. Pero creo que sólo quiere que le echen un vistazo. Ha engordado un poco en las últimas semanas.

Hasta llegar a la torre hokage, ninguno volvió a abrir la boca.