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Me despierto temblando. Estoy llorando, he debido empezar mientras soñaba. Mientras soñaba... Vuelve a mí la horrible pesadilla, cierro los puños y todo mi cuerpo se pone en tensión.

No noto los brazos de Peeta, y los necesito más que nunca, así que me doy la vuelta buscando refugiarme en su pecho. Normalmente oír su corazón me tranquiliza lo suficiente para volverme a dormir.

Pero él no está en la cama. Mi urgencia es tan grande que empiezo a sollozar mientras lo busco. Las lágrimas no me dejan ver demasiado bien pero le distingo sentado a los pies de la cama.

Me incorporo, alargo el brazo y le rozo la espalda. Tiene que estar oyéndome llorar, pero no se mueve. Empiezo a hiperventilar y mis sollozos se vuelven más agudos. Me falta el aire.

- Peeta... - suplico.

- ¡Cállate, cállate, CÁLLATE! - grita mientras se da la vuelta y golpea mi cara.

Me caigo de la cama y mi sangre salpica el suelo. Me ha partido el labio.

Para cuando quiero reaccionar esta encima de mí y me mira con unos ojos que prometen muerte. Esta ido. Desde que volvimos nunca había tenido un ataque tan fuerte. A veces confunde recuerdos, o le viene alguna de las sensaciones que le inculcaron artificialmente en el capitolio, como que le odio, o que nunca le he querido. Nada más.

Pero esto es distinto, únicamente le he visto así dos veces. Solo que ahora estamos solos, él y yo. No hay nadie que pueda detenerle, y yo no sé si quiero.

Recordando las interminables noches llenas de horror de los últimos meses. Los días vacíos. Si tenía que acabar así, debió dejarme morir entonces. Aquel día en las escaleras de la plaza, debió permitir que siguiese mi propio camino. Más fácil para mí, mejor para él. Solo espero que sea rápido y no muy doloroso.

Lo último que me viene a la mente es que esta noche perderá toda la cordura que le quedaba. Imaginar un mundo sin el Peeta que conozco me llena de pena. Sujeta mi cabeza entre sus manos y la golpea brutalmente contra el suelo.

Cuando vuelvo en mi todo da vueltas, no sé dónde estoy. La cabeza me va a estallar. Tardo varios minutos en recordarlo todo y en centrarme lo suficiente para abrir los ojos.

Estoy en su regazo. Levanto la vista y le miro a la cara. Tiene la mirada de siempre, la mirada que amo, solo que transmite una tristeza infinita. En cuanto se da cuenta de que he despertado me abraza con fuerza.

- Lo siento – susurra.

Extiendo mis brazos y le rodeo el cuello. Está bien, también tengo que ser fuerte por Peeta, igual que él lo fue por mí, igual que lo es todos los días.

Me necesita igual que yo a él, no podemos rendirnos, aunque sería lo más sencillo. Tenemos una deuda muy grande y la única forma de pagarla es siguiendo adelante.

- Te quiero – le digo. Me abraza con más fuerza y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.