Título: Entre espinas y hierba seca

Fandom: Harry Potter.

Pareja: Harry/Hermione, anteriores Harry/Ginny y Ron/Hermione.

Resumen: Siempre había sido así entre ellos dos: eran el único signo de vida entre tanta espina y hierba seca. Sólo faltaba que ambos se dieran cuenta.

Advertencias: Infidelidad, ya que ambos todavía están casados con los Weasley (al menos al principio). Es EWE, ya que los sucesos acontecidos en este fic suceden 3 años antes del epílogo y no darán como desenlace lo que JK narró en él. Intentaré no hacer bashing de ninguno de los Weasley, pero la verdad… no prometo nada.

Nota: Basado en este artículo escrito por Rita Skeeter acerca del Mundial de Quidditch 2014: bloghogwarts(punto)com/2014/07/08/jk-rowling-revela-nueva-informacion-de-harry-ron-y-hermione-despues-del-epilogo/


Dedicatoria: Escrito como regalo de cumpleaños para dos de mis mejores amigas no sólo del fandom, sino de la Vida Real: Aradira y Sonia. Ellas son un tesoro, oro puro que el mundo mágico de Harry Potter me obsequió. Las conocí hace casi diez años gracias al amor en común que teníamos por el harmony, y luego, por pura suerte del destino, nos dimos cuenta de que coincidíamos también geográficamente hablando. Pudimos conocernos en persona y lo que era sólo un hobby en común, nos llevó a formar una amistad que ha perdurado, madurado y mejorado con los años. Por eso, y porque me siento tremendamente honrada y no merecedora de contar con el cariño incondicional de estas dos grandiosas y excepcionales personas, es que he decidido retomar mi amor por el harmony y regalarles lo único bueno que creo que puedo hacer: escribir fics.

Así que, con todo el amor del mundo, para ustedes dos, señoritas increíbles y hermosas. Las quiero MUCHÍSIMO. Gracias por su amistad.


ENTRE ESPINAS Y HIERBA SECA

"Subí por un camino y desde la cima pude ver hasta el país vecino. Pude ver el río deslizándose brillante a través de los acantilados de color hueso, con sus orillas cubiertas de vegetación verde esmeralda. No había más ruido que el del viento girando entre las espinas y silbando entre la hierba seca, y ningún otro signo de vida más que un halcón en el cielo y un escarabajo negro que trepaba entre las blancas piedras."

En la Patagonia, de Bruce Chatwin

Capítulo 1

Sábado 1° de marzo del 2014.

Fue el día del cumpleaños número 34 de su mejor amigo cuando Harry finalmente tuvo que aceptarlo. ¿Darse cuenta? No, por esa etapa ya había pasado. Simplemente tenía que aceptarlo ante sí mismo, ante su conciencia.

Quizá era cierto que Freud se había equivocado en muchas cosas, pero Harry ahora creía que al menos en eso había acertado… En que las personas luchan con garras y dientes para no permitir que los deseos inconscientes salgan a la superficie y hagan manifiesta su existencia, avergonzando al poseedor porque lo que sienten es algo prohibido, equivocado y que hará daño a mucha gente.

Los seres humanos son expertos negando lo evidente.

Tanto, que Harry no habría sabido decir en qué fecha exacta todo eso había cambiado… o si era acaso que toda su vida había sido así. De lo único que estaba seguro era de que, la noche en que estaban celebrando a Ron, fue cuando se dio cuenta de que no podía continuar rechazando más aquella realidad.


Había sido una semana extenuante, larga y pesada, con los novatos del escuadrón bajo su supervisión y entrenamiento. Con su mano derecha (y gran amiga) la subjefa Chibbar tomándose unos días libres para recuperarse de una lesión, Harry, en su calidad de jefe de Aurores, había tenido que ser quien se encargara de la capacitación de los chicos recién egresados de la Academia. A eso había tenido que sumarle las reuniones en secreto con Hermione para la planeación de la fiesta de Ron, además de llegar a su casa lo más temprano posible para cuidar a los niños y preparar la cena cada una de todas esas noches.

Ginny, tan ocupada como él en su nuevo trabajo como corresponsal en El Profeta, había conseguido un horario en el periódico que le permitía pasar unas horas por las mañanas con los niños mientras Harry trabajaba; y luego, pasarle a él la estafeta del cuidado paternal cuando él regresaba a casa y ella se marchaba. Era un plan que les funcionaba a la perfección… como padres, mas no como pareja. Desde que Ginny laboraba así, solía pasar las noches enteras en el periódico y apenas sí se veían los fines de semana siempre y cuando Ginny no tuviera que cubrir algún evento deportivo.

Harry, por su parte, amaba su trabajo con todas las fuerzas de su corazón, pero ese sábado del cumpleaños de Ron, sencillamente ya no daba más. Él solía descansar los fines de semana, pero ese en particular había tenido que presentarse desde temprano para cerrar los expedientes y darle carpetazo a todo el papeleo acumulado a causa de los reportes que había que presentar por el desempeño de los novatos.

Todavía no era mediodía y él se encontraba en su oficina con una pila de documentos a llenar encima de su escritorio que, estaba seguro, cada vez se incrementaba en vez de disminuir. Con un gran suspiro de hastío, terminó con un reporte, estampó su firma y tomó el pergamino siguiente.

Mojó su pluma en tinta cuando se vio interrumpido por alguien que abría la puerta. Comenzando a impacientarse (porque claramente les había indicado a todos en el Cuartel que no lo molestaran) levantó el rostro para ver quién era. Su gesto de molestia se mudó en uno de alegría cuando descubrió que era su mejor amiga.

—Hermione —suspiró, empujando todos los papeles para alejarlos de él, dispuesto a brindarle toda la atención a la recién llegada—. No sabía que trabajabas los sábados. ¿Qué haces aquí?

—¿Aquí en el Departamento, o aquí en tu oficina? —preguntó Hermione con una gran sonrisa mientras entraba, cerraba la puerta tras de sí y se sentaba en la silla frente al escritorio del moreno.

Parecía que ella misma disfrutaba tanto de sus encuentros con Harry como Harry mismo, si es que algo se podía deducir de la sonrisa feliz que Hermione siempre traía en la cara cuando se topaban ya fuera en la oficina de cualquiera de los dos o en uno de los corredores del Ministerio.

Y es que así eran sus días en el trabajo, especialmente desde que habían nombrado a Hermione Subdirectora del Departamento de Seguridad Mágica (cargo que desempeñaba desde hacía un par de años y que la había colocado como jefa inmediata de Harry en el organigrama. Ninguno de los dos se cansaba de hacer bromas al respecto): ya fuera que Hermione visitara a Harry en su oficina en el Cuartel de Aurores, o que Harry fuera a la de ella, o salieran a almorzar juntos, o tomaran el té mientras discutían los casos recientes, o sencillamente caminaran lado a lado por el Atrio o por los corredores del Ministerio hablando de sus hijos, de sus familias, de los últimos sucesos ocurridos con los Weasley, y de cómo los estaba tratando la vida.

Tenían tanto en común que los temas de conversación nunca cesaban. Además Hermione era culta, inteligente, divertida y no olvidaba sus raíces muggles; a Harry le fascinaba charlar con ella más que con cualquier otra persona en todo el Mundo Mágico.

Le dolía pensarlo así, pero los últimos años había pasado más tiempo viendo, hablando y conviviendo con Hermione que con Ginny misma.

—Que qué haces aquí en el Ministerio —rectificó Harry mientras se bebía con la mirada la imagen que presentaba su amiga. Iba muy guapa, pero se veía cansada. La sombra de unas profundas ojeras se dibujaba bajo sus ojos—. ¿Trabajas los sábados? De veras no tenía idea.

Hermione se encogió de hombros.

—Es el precio de ser "la casi jefa" de un Departamento, supongo —respondió ella señalando las comillas con los dedos—. Todo lo que Robards no hace, me lo delega a mí. La semana no me rinde, me veo obligada a venir medio día el sábado también. Lo bueno es que Ron aprovecha mi ausencia y se lleva a los niños a La Madriguera. Saliendo de aquí me uno y Molly nos invita a cenar. Nos ofrece tanta comida que temo que el lunes siguiente no entraré en mi ropa.

Suspiró ruidosamente, se dejó caer de espaldas contra el respaldo de la silla y se pasó una mano por el abdomen. Harry la miró con los ojos entrecerrados. Por supuesto que su amiga exageraba, ni siquiera tenía ni un poco de barriga. Al menos no como Ron, quien, desde que presentaba problemas de salud y había dejado de laborar como Auror, sí estaba comenzando a exhibir signos de "la buena vida", como sabiamente la llamaba él.

Hermione, en cambio, estaba tan delgada como de adolescente. Al contrario de Ginny, ni siquiera mostraba signos de haber estado embarazada alguna vez. Ese día iba vestida con un traje sastre de pantalón, hecho con una tela sedosa de color plata, el cual se le pegaba de manera muy sensual al cuerpo haciéndole resaltar su figura. Harry suspiró y negó con la cabeza. Sabía que la mitad de las brujas que trabajaban en el Misterio odiaban a Hermione supuestamente por "vestirse como una vulgar oficinista muggle" y por no usar las túnicas holgadas y pasadas de moda que la mayoría acostumbraban, pero Harry intuía que esa aversión nacía de la envidia y del resentimiento de que Hermione se atreviera a ponerse ropa diferente a todas y eso la hiciera lucir tan hermosa.

No obstante, Hermione no era perfecta ni mucho menos. Tenía fama de perfeccionista, de obsesiva compulsiva, de moralista en exceso y de tener una manía por el orden que incluso volvía loco a su propio jefe, Gawain Robards. Físicamente, su cabello seguía siendo un desastre, como lo había sido siempre. Como lo era también el de Harry. Había habido una pequeña temporada donde se lo cortó completamente, harta (había dicho ella) de peinarse con el muy poco tiempo disponible que poseía ya que Rose y Hugo habían sido unos bebés demandantes. Pero ahora, de nueva cuenta se lo había dejado crecer y a Harry le encantaba verla así, con todos sus pelos alborotados, con aquella aura castaña enmarcándole un rostro todavía juvenil y sonrojado, a ella importándole tan poco ir despeinada por la vida y que la gente la criticara por ello. De alguna manera, a Harry lo hacía sentirse reconfortado porque él mismo continuaba teniendo un cabello desastroso que no conseguía cortar, ni peinar, ni aplacarlo en la coronilla.

—¿Ya tienes todo listo para hoy en la noche? —preguntó Harry en voz baja. Hermione parecía más agotada de lo que él mismo se sentía, y eso ya era decir. Harry suponía que era debido a que había tenido que preparar una fiesta sorpresa aparte de todo el trabajo que desempeñaba en su oficina y de tener que llegar a casa a cuidar niños, preparar cena y todos esos etcéteras que, curiosamente, también eran un común denominador entre ellos dos—. ¿O necesitas que te ayude con algo más?

Hermione levantó las cejas y asintió.

—Sí, Harry, en realidad justo a eso venía. Necesito que vayas por Ron y los niños a la Madriguera y con alguna excusa los lleves de regreso a mi casa. ¿A las seis de la tarde, te parece bien? Espero que a esa hora ya estén todos los invitados y podamos recibirlo… Ya sabes, con el típico grito de "sorpresa" y todo eso… —Fue bajando la voz hasta enmudecer. Desde que estaba unida a Ron, cada año le había organizado una fiesta "sorpresa" que, Harry sospechaba, de sorpresivas no tenían nada pues era obvio que Ron las estaba esperando.

Hermione suspiró largamente y bajó la mirada. Quizá estaba pensando exactamente lo mismo que Harry, porque dijo:

—Creo que algún año de éstos debería sorprenderlo no organizándole fiesta.

Harry soltó una risita comprensiva.

—Supongo. Pero Ron te odiaría. Especialmente por la falta de abundante comida y bebida que, creo, es lo que más gusta.

—Lo sé —admitió Hermione haciendo un mohín infantil nada profesional que, Harry sabía, sólo hacía delante de él y de nadie más—. Ay, Harry, es sólo que a veces… A veces me canso, ¿sabes? Me canso tanto de que siempre tenga que haber tanta gente a nuestro alrededor. Todos los Weasley más los amigos que se unan. ¿Comprendes lo que quiero decir? —Miró a Harry con ojos suplicantes, rogando que el moreno la comprendiera—. Quiero decir, me gustaría mucho que pasáramos más tiempo sólo nosotros cuatro, como familia. Quizá tú, porque tú siempre has estado, eres parte de nosotros, pero… Pero siempre están todos los demás. ¿Entiendes a lo que me refiero? No es que no los ame… ¡Los amo, de verdad! —finalizó casi a gritos—. Pero, no sé… me gustaría un poco más de privacidad. Y silencio. ¡Y paz! ¡Son todos tan ruidosos a veces! Y…

Harry asintió y la atajó antes de que Hermione perdiera los estribos.

—Te entiendo, de veras que sí. A mí me pasa también. Casi todo el tiempo —mintió. La verdad era que no le pasaba nunca porque, ahora que lo pensaba bien, prefería estar rodeado de gente antes de estar a solas con Ginny. Estar solo con ella, aun con sus niños presentes, era aburrido. Casi no hablaban de nada. Nunca antes había caído en cuenta de eso.

El pensamiento hizo que se le congelara la sangre en las venas porque… Carajo. Sentir eso no era bueno, ¿o sí?

Hermione soltó una risa falsa muy poco habitual en ella. Eso interrumpió la línea del pensamiento de Harry y él recibió la intromisión con alivio porque no quería analizar aquello.

—Deberíamos escaparnos a Sudamérica, ¿no crees? —susurró Hermione mirándolo fijo a la cara—. Dicen que Argentina es hermosa en esta época del año —agregó con una sonrisa resignada—. Podríamos ir con la excusa de asistir al Mundial de Quidditch en junio y quedarnos para siempre ahí.

Harry abrió mucho los ojos y la boca, desviando la mirada hacia un lado, sintiéndose igual de incrédulo como cuando Hermione le había sugerido quedarse para siempre a vivir en el Bosque de Dean. Tal vez deberíamos quedarnos aquí, Harry. Y envejecer, había dicho ella en aquella ocasión. Harry, si no hubiera tenido la responsabilidad de acabar con una guerra, seguramente le habría dicho que sí.

Pero ahora… ¿Su amiga y cuñada le estaba pidiendo que se fugasen juntos a Argentina? ¿Ellos dos? ¿Solos?

Joder. ¿Qué había pasado entre ellos que no se había dado cuenta?

Pasó saliva. No comprendía por qué la idea le alteraba el ánimo así.

—¿Escaparnos, dices? —jadeó.

—Tu familia y la mía, quiero decir —añadió Hermione mirándolo con intriga, como si percibiera que algo había cambiado entre los dos—. Lejos de todos los demás Weasley… ¡Oh dios! ¡Estoy siendo tan malévola e intrigante! —exclamó con angustia y se cubrió la cara antes de suspirar con pesadez—. Harry, por favor, olvida que me has escuchado decir estas palabras tan horribles.

—Descuida, yo… yo no… Sé que lo dices sólo porque estás muy cansada —murmuró Harry distraídamente, observando fijo a la melena de su amiga, quien, todavía con la cara cubierta, no podía darse cuenta de la mirada penetrante que estaba dirigiéndole.

Harry no entendía por qué había pensado siquiera durante un segundo que Hermione estaba proponiéndole que se fugaran los dos juntos. A solas. ¿En qué cabeza cabía semejante cosa?

Se avergonzó hasta el tuétano de los huesos. Si había alguien malévolo e intrigante en esa oficina, era él y no Hermione.

Menos mal que había sido sólo una idea fugaz y nadie se daría cuenta jamás.


Sin embargo, durante los minutos que restó de la visita de Hermione en su oficina y a pesar de que conversaron de otras cosas, Harry no pudo dejar el pensamiento a un lado. Tampoco pudo dejar de sentirse sucio y perverso por haberlo pensado. Desde que había terminado la guerra y Hermione había comenzado a salir oficialmente con Ron, Harry se había resignado y, a su vez, había comenzado una relación con Ginny. Era cierto que enamorarse de Hermione había sido una muy posibilidad muy grande durante aquellos duros meses en los que estuvieron buscando los horrocruxes, pero Harry estaba seguro de haber dejado cualquier sentimiento de ese tipo en el olvido.

Después de todo, Hermione había elegido a Ron y Harry había aprendido a no volver a envidiar nada de lo que tenía su amigo.

Entonces, ¿por qué le había cruzado por la cabeza ahora, justamente ahora, después de tantos años, que Hermione le estaba haciendo propuestas indecorosas?

Y peor, ¿por qué no podía dejar de sentirse un tanto decepcionado de que al final sólo había malinterpretado las palabras de su amiga?

—Lo siento, Harry. Mi propósito no era quitarte tanto de tu tiempo. Estás muy distraído y supongo que es porque ya deseas terminar con el papeleo e irte a casa con tus niños. Y con Ginny, por supuesto —agregó rápidamente bajando los ojos.

Harry se puso de pie intempestivamente. No había sido su intención que Hermione notara que los últimos minutos había estado divagando tanto que ni siquiera estaba seguro de haber escuchado de qué había estado hablando su amiga.

—No… No es eso. No te disculpes. Es que yo…

Hermione también se puso de pie y le sonrió cálidamente.

—No te preocupes. Entonces, ¿a las seis en mi casa, con Ron y los niños? Confío en que se te ocurrirá algo para disimular un poco y que al final la fiesta no sea tan evidente para Ron.

Harry le correspondió la sonrisa un poco torpemente y esperó en vano a que Hermione se acercara a él para despedirse con un abrazo o con un beso en la mejilla como siempre había acostumbrado.

En vez de eso, su amiga simplemente se dio la media vuelta y salió, cerrando la puerta en silencio.

Harry se quedó de una pieza.

Ahora que lo pensaba, Hermione tenía meses sin tocarlo para nada.

¿Por qué de pronto había dejado de abrazarlo si desde que eran adolescentes esa había sido una manera muy normal entre ellos de demostrarse cariño y amistad? ¿Sería porque él había hecho algo indebido sin darse cuenta y Hermione había decidido que era mejor guardar una distancia prudente entre los dos?

Harry se sonrojó sólo de pensarlo. Si era así… Dios, ¡era terrible! Tendría que arreglar eso con ella en cuanto tuviera oportunidad. Mientras tanto, tenía trabajo que hacer. Suspirando con fastidio, se sentó de nuevo ante su escritorio a continuar llenando papeles, luchando con todas sus fuerzas en concentrarse en vez de permitir que su mente se fuera por las ramas y regresara a analizar qué era lo que estaba mal entre Hermione y él.

Descubrió que le hacían falta los datos completos de uno de los aurores nuevos y se levantó para ir a buscarlos al escritorio de Chibbar. Sin hacer ruido (más por costumbre de ser sigiloso que por otra cosa), salió de su oficina y caminó con rapidez hacia el cubículo de su subordinada, el cual estaba en medio de todos los cubículos de los demás aurores. Se sentó ante el pulcro escritorio de la Subjefa y rebuscó entre sus papeles, confiando en encontrar lo que necesitaba y así tener que evitar mandarle una lechuza que la molestara.

—Es un verdadero bombón —escuchó la voz de uno de los aurores que estaban de guardia, Gibson Clark. Por el volumen, Harry pudo percibir que sólo estaba a unos cuantos metros de distancia. Sonrió condescendiente, preguntándose vagamente ahora de cuál bruja estaría hablando.

—Sí, lo es —respondió con voz lasciva Stephen Challock, otro de los aurores de guardia. Era evidente que ninguno de ellos se había percatado de que Harry estaba sentado en un cubículo cerca de ellos y que podía escucharlos—. Pero mucho cuidado con ella, ¿eh? Es bruja casada. Y por si eso no fuera poco, también es el "asunto" del jefe.

—¿Del vejete Robards? ¡Qué asco!

—No, idiota. De nuestro jefe.

—¿De Potter? ¡No te lo creo! ¿Que no son parientes o algo así?

Harry se congeló en el sitio al escuchar su nombre. Sabía que no tendría que darle importancia a los rumores que siempre circulaban en las oficinas, pero dados los acontecimientos recientes, no pudo evitarlo. Aguzó el oído, repentinamente interesado en lo que sus subordinados pensaban de él y de Hermione. Porque era obvio que de ella estaban hablando.

—¿Parientes? No de sangre, que yo sepa. Sólo están casados con dos Weasley, lo que los convierte en concuños, o algo así. Pero ellos traen su rollo desde hace años. De toda la vida, seguramente. ¿No los has visto cómo actúan cuando están juntos? Vamos, Clark, es obvio. Si se pudieran echar corazones por los ojos y vomitar arcoíris, Potter y Granger lo harían. Se comen con la mirada el uno al otro. No disimulan nada. Hasta los he visto abrazarse y toquetearse. Nada más les falta besuquearse en público.

—Carajo, no me había fijado —dijo Clark y soltó una risita—. Bueno, ¿cómo culpar a Potter? La Subdirectora está buenísima. ¿La viste como estaba vestida hoy? Nunca había visto una bruja así de sexy con ropa muggle. Tiene… algo. Algo más que estilo.

—Y además iba toda sonrojada y alterada, ¿no la viste? Justo después de estar metida con el jefe en su oficina. Esa es otra cosa que hacen mucho: pasan horas encerrados juntos, ya sea en la oficina de ella o en la de él. Lo hacen al menos una vez al día. —Se rió burlonamente—. No sé cómo esperan que la gente no se dé cuenta de su rollito si son tan pocos discretos. Me extraña que sus respectivos cónyuges no los hayan descubierto.

Harry sabía que ese era el momento en que debía levantarse del escritorio para que Clark y Challock se dieran por enterados de que él estaba sólo a unos cuantos metros y que estaba escuchando cada una de sus tonterías, pero no pudo hacerlo. No por aclarar ni justificar nada ante aquellos estúpidos (después de todo, Hermione, los Weasley y él estaban más que acostumbrados a los rumores falsos que circulaban de ellos), sino simplemente para que ya se callaran la bocota y dejaran de decir sandeces.

Pero no pudo hacerlo. No pudo porque las palabras dichas por sus aurores estaban logrando que se cuestionara mil y una cosas. Porque él no era una blanca paloma, después de todo. Porque justo ese día se había preguntado qué habría pasado si Hermione y él hubiesen terminado juntos, si se hubiesen quedado a envejecer en el Bosque de Dean, si pudieran escapar a Argentina, si…

Era eso, justamente. Harry no se atrevía a defenderse porque ya no sentía del todo inocente. Al menos no en lo que respectaba a Hermione.

Se comen con la mirada el uno al otro.

Él estaba muy consciente de que era un abierto admirador de la belleza de Hermione. Diablos, siempre lo había sido. Incluso le constaba que él había pensado que Hermione era bonita aun muchísimo antes que Ron, allá en Hogwarts. De lo que no se había dado cuenta era que Hermione también lo admirara a él. ¿Podía ser eso cierto o sólo sería una exageración de aquellos dos imbéciles?

Harry se mordió los labios mientras tomaba los pergaminos que necesitaba y se ponía abruptamente de pie. Clark y Challock se pusieron lívidos al ver a su jefe emerger de ese modo del cubículo de Chibbar.

—Buenas tardes —les dijo Harry—. ¿No tienen otra cosa mejor que hacer que hablar de la gente? —añadió en tono severo.

—Sí, jefe. —Ambos aurores asintieron rápidamente y se enfrascaron en una pila de papeles que tenían enfrente.

Harry puso los ojos en blanco, les dio la espalda y regresó a su privado. Le temblaban las manos cuando colocó los pergaminos sobre su escritorio, y más porque fue capaz de percibir el aroma del perfume de Hermione por todo el lugar. Apenas ahora pensaba en eso. ¿Sería por esa razón que Ginny siempre se ponía enojada cuando lo visitaba en la oficina?

Se estremeció y se sentó. Le costó volver a concentrarse en su trabajo acumulado. Pero entonces tuvo una idea y eso provocó que se diera prisa. Si terminaba antes de la hora de la salida, podría escaparse a visitar a Chibbar con la excusa de preguntar por su estado de salud y, de ese modo, sostener una charla sincera con quien, Harry sabía, no tendría el valor de mentirle.

Nina Chibbar siempre había sido mucho más que una buena subordinada, una aurora ejemplar y la mano derecha del jefe Potter: era una amiga por encima de todo lo demás. Alguien que nunca se había mordido la lengua a la hora de decirle a Harry sus verdades e incluso hacerle notar cuando estaba metiendo la pata. Eso, más su lejanía de los Weasley, la volvía una candidata ideal para preguntarle acerca de ese incómodo asunto.

Harry sabía que si había algo turbio que estuviera ocurriendo ahí sin que él lo hubiese notado, Nina se lo diría sin tapujos.


Terminado la mayor parte del papeleo, Harry no aguantó más, se colocó su abrigo y salió del Cuartel. En el Atrio se desapareció con rumbo a la casa de su amiga, apareciéndose en un callejón cercano que siempre usaban como punto de referencia. De ahí y sin hacer caso de la pertinaz llovizna, caminó a paso veloz y llegó a la puerta de la bonita casa. Tocó quedamente. Esperaba que Nina no estuviese dormida.

La mujer, un par de años mayor que él, vivía sola pues había perdido a su novio en la guerra y no había querido iniciar ninguna otra relación después. Harry le tenía enorme aprecio pues ella era de las pocas personas que no se dejaban influenciar por la imagen del "Niño-que-vivió" y en cambio parecía ver más allá y valorar a Harry por quien realmente era, criticando sus defectos sin piedad cada vez que tenía oportunidad.

Harry valoraba muchísimo eso porque eran pocas las personas que se atrevían.

—¡Jefe Potter! —dijo Nina al abrir la puerta. Iba vestida con pijamas y traía sus rulos rubios despeinados—. ¿Qué hace aquí? ¿No es hoy el cumpleaños de su cuñado?

—Sí, pero… Necesitaba verte. ¿Cómo estás? Haces mucha falta en la oficina, ¿sabes?

Nina lo miró condescendiente.

—Me imagino. Pero estoy mejor, gracias por preguntar —respondió ella mientras señalaba su brazo izquierdo en cabestrillo, el cual estaba en lenta recuperación porque le habían golpeado con un hechizo de magia oscura difícil de sanar—. ¿Quiere pasar? Tengo té recién hecho.

—Sí, gracias. Yo… yo no te quitaré mucho tiempo.

Ambos entraron a la casita y Nina cerró la puerta. Harry, en vez de sentarse en la sala, fue directo a la cocina a ayudar a servir el té. Estaba jodidamente nervioso y de pronto presintió que tal vez aquella había sido una muy mala idea. ¿En qué demonios había estado pensando para ir a preguntarle a Nina acerca de cómo el mundo exterior veía su relación con Hermione? Tendría que haberse percatado de que la gente malintencionada que los conocía poco o nada siempre vería "moros con tranchetes", algo perverso donde sólo había una sana camaradería. ¿No lo había hecho todo el mundo antes, comenzando con Viktor Krum, Rita Skeeter, Cho, e incluso Dumbledore? Hasta el mismo Ron había tenido sus dudas al respecto. Lo que sucedía era que nadie comprendía que el cariño que ellos dos se profesaban iba muchísimo más allá de lo normal; no entendían que, a pesar de ser de diferente sexo, podían ser amigos de verdad, que Harry quería a Hermione sólo como a una hermana.

¿De verdad?

Casi derrama el té cuando la pregunta, brotada desde su mismo inconsciente, lo asaltó.

Suavemente, Nina le quitó la tetera de las manos. Lo miró a los ojos y Harry no tuvo más remedio que mirarla también.

—En serio, Harry, ¿qué ocurre?

No era común que Nina tuteara a Harry y menos que lo llamara por su nombre de pila, a pesar de que Harry siempre insistía al respecto. El argumento de Nina era que, de ese modo, los demás aurores siempre le demostrarían el mismo respeto, y Harry se había visto incapaz de discutir el punto, así que lo dejaba pasar. Pero cuando Nina le llamaba "Harry" en privado, era porque el ambiente entre ellos dos había dejado de ser profesional y ambos se convertían en dos amigos nada más.

Harry pasó saliva, incapaz de saber cómo comenzar.

—Hoy… Hoy tuve una especie de revelación —empezó a decir—. La Subdirectora me visitó en mi oficina y…

—¿Hermione Granger, quieres decir? —lo interrumpió ella con una gran sonrisa—. ¿Desde cuándo la llamas así?

—Desde que tú insistes en llamarme "Jefe Potter" —respondió Harry sonriendo también.

—Tú ganas —concedió Nina y continuó sirviendo el té—. ¿Y qué ocurrió con ella que te hace parecer como si hubieses visto un fantasma? —Se quedó pensativa y se encogió de hombros—. Bueno, ya sabes lo que quiero decir.

Harry sonrió. Nina era hija de muggles como Hermione (y como él mismo, básicamente) y se había criado oyendo todos esos dichos populares que en el Mundo Mágico no tenían ningún sentido.

—Es que no sé cómo decirlo —dijo Harry dejándose caer pesadamente en una silla del comedor, lugar a donde habían ido a parar con la bandeja del té—. No sé… Ni siquiera sé si fue buena idea venir aquí a tratar de sacar el tema. Creo que… Tal vez sea mejor dejarlo enterrado y a buen resguardo. Estoy seguro de que no es nada importante.

Nina le pasó su taza y lo miró intensamente. Ninguno de los dos dijo nada durante un par de minutos; minutos en los que se dedicaron a darle traguitos a sus respectivos tés. Al final, Nina suspiró y lo encaró.

—¿Qué fue lo que pasó, Harry? —preguntó con voz queda—. ¿Finalmente te has dado cuenta de que lo sientes por ella no es…? ¿Adecuado? Por llamarle de alguna manera —agregó rápidamente—. ¿O te ha impresionado descubrir que lo que ella siente por ti tampoco parece… normal? —Nina negó con la cabeza—. Oh, Dios, escúchame hablar. Parezco una jodida moralista de mierda. No quiero que suene así de mal. Yo no soy nadie para juzgarlos, Harry. Es sólo que… me da mucha tristeza porque presiento que esto te acarreará sufrimiento.

Harry casi deja caer su taza sobre la mesa del comedor. Miró a Nina con los ojos desorbitados.

—¿Se nota? —masculló—. ¿Ella…? ¿Ella también? —añadió con voz incrédula.

Nina lo miró con profunda pena y le acarició el dorso de la mano.

—Ay, Harry. Una sola vez en la vida me he sentido enamorada. Pero te juro, recuerdo perfectamente cómo se sentía. Y cómo… Cómo él me miraba —dijo y sonrió nostálgica—. Y esa manera que tienen tú y Granger de mirarse… Por Dios.

Negó con la cabeza y no dijo más. Se concentró totalmente en su té.

Harry no pudo seguir bebiendo. Sentía náuseas y ganas de salir corriendo. No sabía ni qué pensar.


Nota final:

Había pensado hacer un oneshot de esto, pero decidí agrandarlo y hacer un fic de varios capítulos para darle más sabor y detalles. Ignoro cuántos capítulos salgan al final, pero probablemente serán unos 6 o 8. Alternaré sus publicaciones con el otro fic drarry con el que estoy trabajando.

¡Gracias por leer! Espero que les haya gustado.