Capítulo 2

Por lo general, cuando Harry regresaba a su hogar, solía aparecerse directamente en el patio trasero de la vieja pero bonita casa que había comprado para su familia en el poblado de Ottery St. Catchpole. No obstante, esa tarde optó por aparecerse en un callejón que quedaba a varias calles de distancia. No quería enfrentar a nadie todavía; mucho menos a su mujer. Necesitaba darse unos minutos para serenarse y pensar con claridad.

Caminó a paso lento repasando las revelaciones del día. Sólo imaginar que le había sucedido algo así de drástico como un enamoramiento con alguien tan prohibido como su propia cuñada, era tan abrumador que le colocaba un peso de plomo en cada hombro, restándole agilidad y alegría. Sentía que había perdido el control de su vida, que todo se había volteado de cabeza.

Era como un dementor chupándole el alma.

Se abotonó el abrigo y continuó caminando. Hacía mucho frío y soplaba un viento helado, aunque, a diferencia de Londres, ahí no estaba lloviendo, así que no tuvo que preocuparse por aplicarse encantamientos impermeabilizantes en su atuendo ahora totalmente muggle (la túnica de auror se la había dejado en un armario de la oficina). Ottery St. Catchpole era mitad muggle y mitad mágico, y aunque los muggles estaban casi acostumbrados a las excentricidades de sus conciudadanos, siempre había que seguir cierta etiqueta en el comportamiento y en el vestir. Ginny había insistido en comprar casa ahí para estar cerca de sus padres, y Harry, quien realmente no tenía raíces en ningún lado, había aceptado de buena gana. Después de todo, el pueblo era hermoso, pequeño e íntimo; y que los niños pudieran vivir cerca de la casa de sus únicos abuelos, era una gran ventaja.

Finalmente, Harry se detuvo en la acera de enfrente de donde vivía y admiró la construcción con techo a dos aguas, dos pisos de muros amarillos, y puertas y ventanas blancas. Suspiró. Recordaba que él no había estado totalmente convencido de que comprar dentro del pueblo fuese la mejor opción —él hubiera preferido una casa en el campo como los Weasley y los Lovegood—, pero Ginny había querido cumplirse el capricho de formar parte de la sociedad mágica del interior de la localidad, la cual se consideraba "más adinerada" que los de afuera. Harry meneó la cabeza. ¿Por qué estaba recordando ese detalle insignificante en un momento de su vida en que tenía problemas más grandes de qué preocuparse? No tenía idea.

Y le frustraba no poder dejar de pensar en ellos, no poder dejar de darle vueltas a la breve conversación que acababa de tener con Nina; quien, después de que le hubiese dicho que él y Hermione se veían el uno al otro "con ojos de amor", no había vuelto a hablar ni una palabra más acerca del tema. De hecho, habían pasado el resto de la visita de Harry en silencio, por lo que éste había tenido oportunidad de analizar aquellos descubrimientos acerca de su propio sentir y el de Hermione durante los minutos en los que Nina y él se demoraron en beberse sus tés. Finalmente, Harry se había levantado, agradecido la hospitalidad y salido de la casa, no sin antes pedirle a Nina de favor que no le dijera a nadie acerca de eso. Nina casi le había dado un coscorrón en respuesta. "Por supuesto que no, Harry Potter, ¿por quién me tomas? ¿Por una corresponsal de El Profeta?", había dicho ella antes de morderse la lengua al recordar tardíamente que Ginny trabajaba de eso, justamente. Al menos Nina había tenido el suficiente tacto y piedad para no preguntarle a Harry si pensaba hacer algo o si simplemente iba a dejarlo pasar.

Harry, de cualquier forma, ya tenía la respuesta a esa interrogante. Por supuesto que iba a dejarlo pasar. No estaba seguro de por qué de pronto se había visto asaltado por esas ideas absurdas hacia Hermione y su amistad, pero de lo que sí tenía plena certeza era que las iba a superar. Las iba a enterrar en lo más profundo de su mente y las iba a olvidar. Después de todo, que Nina creyera que Hermione "miraba" a Harry con "amor", podía ser una ilusión de su subordinada y nada más. Hermione siempre le había tenido mucho cariño a Harry. Todo el mundo la malinterpretaba. Siempre había sido así.

Los hechos eran sencillos y Harry debía atenerse a ellos: Hermione amaba a Ron; era de las pocas cosas de las que uno podía estar seguro en esa vida. Lo amaba desde que eran niños. Lo amaba mucho más de lo que Harry amaba a Ginny, por lo visto. Hermione no amaba a Harry, al menos no así. Era obvio que sólo le tenía cariño fraternal, concluyó Harry apretando los labios con amargura.

Ahí no estaba pasando nada que no hubiese pasado antes.

Suspirando y convenciéndose de eso, Harry bajó de la acera y cruzó la calle para llegar a su hogar.


Lo recibieron dos pequeños bultos saltándole encima. Eran Albus y Lily, todavía lo suficientemente infantiles e ingenuos como para alegrarse de la llegada de su progenitor. James, por su parte, ya tenía diez años cumplidos y se creía todo un adulto que, por supuesto, no iba a ir corriendo a saludar a papá. Muchos menos lo haría si Teddy andaba cerca.

Harry correspondió el entusiasmo de sus hijos. Se rió a carcajadas, abrazó a Lily y la levantó. A Albus le pasó el brazo libre por la espalada para atraerlo hacia él y plantarle un beso en la mejilla.

—¡Papá, papá! James y Teddy iban a salir al campo y no quisieron llevarme —se quejó Albus cruzándose de brazos y frunciendo el ceño, gesto que, en su carita de ocho años, se veía adorable.

—¡No quisieron llevarnos! —puntualizó Lily uniéndose a la queja—. Entonces, mamá se enojó y los castigó en su habitación.

—¿Los castigó? —se extrañó Harry.

Algo tenía que marchar mal en casa pues normalmente Ginny se alegraba de la presencia de Teddy y le permitía hacer lo que quería, pues eso significaba que James se le pegaba como lapa y la dejaba tranquila al menos durante un rato.

Albus asintió y miró hacia el interior de la casa, a la zona de la cocina donde presumiblemente Ginny estaría. Harry pudo ver temor en los ojos verdes del niño y no le agradó. No le gustaba en lo más mínimo cuando Ginny aterrorizaba así a sus propios hijos. Se preguntó qué habría pasado para que su mujer estuviese de semejante mal humor.

Con cuidado, bajó a Lily hasta el suelo.

—Háganme un favor y les pagaré llevándolos más tarde a casa de los abuelos. Suban los dos a su habitación y esperen un rato ahí, ¿está bien?

Albus asintió. Parecía que Lily iba a rezongar, pero entonces su hermano la tomó de la mano y amablemente tiró de ella hacia las escaleras.

—Vamos, Lily. Seguro mamá se va a poner a gritar y no quieres oír eso, ¿verdad que no?

Harry se enojó más y soltó una maldición entre dientes al escuchar a su hijo decir aquello. Últimamente Ginny había estado muy estresada debido a un posible ascenso en el periódico y eso parecía provocar que perdiera la paciencia a la más mínima discusión entre los niños o ante cualquier lío o travesura realizada por éstos. Y James, que había heredado mucho de la sangre Weasley, valía por los tres a la hora de no portarse bien.

Harry dio un paso adelante para ir a buscar a su mujer, pero no llegó lejos. Ginny, vestida como si fuera a salir a trabajar, emergió de la cocina y lo miró fijamente. Sus ojos resplandecían furiosos. Se detuvo en el dintel que separaba la cocina del salón con las piernas separadas y los brazos en jarras: era su típica postura de "tengo la razón y estoy a punto de demostrarlo a gritos" y que, por Dios Santo, cómo le recordaba a Harry a la señora Weasley cuando regañaba a sus hijos.

—¡Al fin llegas! —vociferó Ginny—. ¿Dónde estabas? ¿No salías a las dos? ¡Carajo, Harry, ya son casi las cuatro!

Harry se quedó boquiabierto durante unos segundos. Miles de réplicas, algunas más imprudentes que otras, se le vinieron a la mente; pero luchó por controlarse para no empeorar las cosas. Respiró profundo un par de veces y sólo preguntó:

—¿Y cuál es el problema con eso? La fiesta de Ron es hasta las…

—¡El problema es que yo tenía que estar hace media hora en un partido de quidditch al otro lado de Inglaterra! —gritó Ginny todavía más enojada, interrumpiéndolo, su cara enrojeciendo tanto como su pelo—. ¡Ahora voy a llegar tarde y será por culpa tuya!

—Ginny, yo no tenía idea de… ¡No me lo dijiste! ¿Por qué no llamaste a Kreacher para que se quedara a cargo de los niños en lo que yo regresaba?

Kreacher continuaba viviendo en Grimmauld Place y de vez en cuando Harry y Ginny lo llamaban para pedirle ayuda doméstica o de cualquier tipo. Si el elfo no vivía tiempo completo con ellos, era sólo porque Harry se oponía. Estaba seguro de que Kreacher se moriría de la tristeza si lo alejaban permanentemente del cuadro de su antigua ama, Walburga Black.

—¡Ya sabes que no me gusta Kreacher como niñera! Estoy segura de que me odia por ser Weasley y temo que les haga daño a nuestros hijos.

Harry puso los ojos en blanco. Eso, que Kreacher dañara a los niños de la familia a la que debía lealtad, era materialmente imposible y Ginny tenía que saberlo. Era absurdo que lo mencionara siquiera. Obviamente sólo lo decía para fastidiar.

—¿Entonces por qué siempre insistes en que lo quieres aquí día y noche ayudándote con la casa? —preguntó para contradecirla.

—¡Pues… por-porque es diferente! —tartamudeó ella—. ¡Y no me cambies de tema, Harry! Si no obtengo el ascenso por llegar tarde hoy, no te lo perdonaré. Y a todo esto, ¿dónde demonios estabas? —agregó levantando todavía más la voz—. ¡Te busqué en tu oficina vía chimenea y ya habías salido! ¡Tampoco estabas con Ron ni con nadie de la familia!

—¡Estaba en la casa de Nina! —respondió Harry sin darse cuenta de que también él estaba comenzando a gritar cuando ésa había sido la última de sus intenciones—. Fui a visitarla para preguntarle por su estado de salud. ¡Yo no sabía que tenías que cubrir un partido hoy! ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¡Me avisaron apenas hoy en la mañana! Así que… ¿estabas en la casa de Nina? —preguntó bajando la voz hasta volverla un siseo peligroso que a Harry no le agradaba en absoluto. Era indicativo de que Ginny estaba todavía más furiosa que cuando gritaba—. ¿Preguntando por su salud? ¿Tú y ella solitos ahí, no? Mira, qué cosas —finalizó con voz sarcástica.

Harry suspiró sonoramente y se pasó una mano por la cara.

—Ginny, no comiences con eso otra vez, por favor —le rogó.

Desde hacía unos meses, Ginny había adquirido la extraña obsesión de asegurar que entre Harry y Nina había algo más que una cordial relación de trabajo y él no tenía idea de cuál era el motivo de esos celos infundados. Porque, ahora que Harry lo pensaba, Ginny podía tener un poco de razón, sólo que estaba apuntando hacia la mujer equivocada. Si ella hubiera sabido lo que Harry mismo se había descubierto pensando acerca de Hermione…

Lo mataría. Y con justa razón.

El recuerdo de la epifanía sucedida apenas ese mediodía provocó que una oleada de remordimiento y culpa invadiera el ánimo de Harry. Seguramente fue por eso que decidió que era suficiente pelea entre su mujer y él. Así que, con la intención de arreglar las cosas, dio un paso hacia Ginny procurando suavizar su expresión.

—Mira, cariño, de verdad lo siento —dijo en voz baja, avergonzándose por haber levantado la voz un rato antes. Esperaba que los niños no los hubiesen escuchado—. Tienes razón, ha sido mi culpa. Yo quedé de venir a las dos y no he cumplido. Si hubiera sabido que tenías trabajo, por supuesto que no me habría desviado de mi camino.

Trató de abrazar a Ginny, pero ella lo empujó y lo fulminó con la mirada.

—¿Crees que voy a dejar que me toques después de que has estado con ésa? —masculló con furia, dando un paso atrás—. Sólo voy a decirte una cosa, Harry Potter. Si vuelves a ir a su casa o a verte a solas con esa bruja… te arrepentirás. Y ella, lo pagará. Yo no voy a ser el hazmerreír de la gente.

Sin dejarlo decir más, Ginny lo esquivó y salió como tromba por la puerta, azotándola como adolescente con rabieta. Harry se quedó estupefacto durante un minuto completo. Ginny tenía un genio demasiado vivo (por decirlo del modo más amable), duro para ella de controlar y difícil para los demás de aguantar, y eso era algo que no había descubierto hasta que se casaron y vivieron bajo el mismo techo.

Meneando la cabeza, Harry respiró hondo varias veces para recuperar la serenidad. Mentalmente, hizo planes. Subiría a buscar a los niños, haría un trato con James y Teddy de que, si se arreglaban y se ponían guapos para la fiesta de su tío Ron, les permitiría salir de casa durante un rato siempre y cuando se encontraran con él en La Madriguera antes de las seis. Con Albus y Lily haría chantaje a cambio de helado o cualquier cosa. El punto era aligerar la tensión y difuminar la energía negativa que se sentía en esa vivienda y que le quitaba por mucho el mote de "hogar, dulce hogar".

Con los labios apretados y pensando en lo mucho que aquel día apestaba, Harry se encaminó escaleras arriba.


Disfrutándolo secretamente porque sabía que Ginny no lo aprobaría (porque hacía frío y ya casi era hora de la cena), Harry llevó a Albus y a Lily a tomar helado al mejor establecimiento muggle del pueblo. Ahí esperaron a que dieran las cinco y media, y luego procedieron a caminar hasta cruzar el puente, salir del pueblo y atravesar el campo en dirección a La Madriguera.

Ese pequeño paseo le sirvió a Harry para aclararse algunas cosas. Todavía no comprendía por qué su mente lo había traicionado tanto durante ese día, pero la resolución que había decidido tomar sería dejar todo por la paz y no volver a tocar el tema con nadie más. Él era feliz con su vida actual. Tenía tres hermosos hijos, una casa preciosa, una familia política a la que adoraba y una existencia pacífica, exceptuando su trabajo que a veces se tornaba peligroso y estresante, pero esas broncas solía dejarlas en la oficina y jamás llevárselas a casa. Que de vez en cuando peleara con su esposa no significaba nada. Todos los matrimonios eran así. O al menos, eso era lo que él se imaginaba.

Además, por si todo eso no fuera poco, estaba su amistad con Ron. Y con la misma Hermione, quien durante los últimos años había sido su apoyo en el Ministerio y su compañía total desde que Ron había dejado de trabajar. No quería perderlos a ninguno de los dos.

Así que eso era todo, decidió, sintiéndose un poco mejor por creer que estaba actuando de manera correcta y decente. "Hermione lo aprobaría, por supuesto", pensó sonriéndose, descubriendo, no por primera vez, lo mucho que le importaba la opinión que su amiga tenía de él.

Ya estaba oscureciendo cuando los niños y él llegaron a la casa de los abuelos, al mismo tiempo que James y Teddy lo hacían por otro camino que salía de un bosque cercano. Harry frunció el ceño al verlos y sacó la varita. James llevaba el abrigo sucio y hecho un desastre, y Teddy tenía las botas embarradas de lodo. Les aplicó encantamientos limpiadores a ambos y los miró con desaprobación al tiempo que Lily se soltaba de su mano y corría a abrazar a Teddy.

El adolescente de quince años levantó a la niña de seis y cambió su color de cabello hasta dejarlo del mismo tono rojo que ella, detalle que a Lily volvía loca de orgullo.

—¡Lily! ¡Parece que tienes días sin verme y no tengo ni dos horas que salí de tu casa! ¿Tanto me quieres?

Lily soltó risitas, se sonrojó y enterró su cara en el pecho del chico. Harry sonrió. Teddy era un buen muchacho y todos en su familia lo adoraban; incluso le habían dejado un cuarto en casa para que pudiera quedarse con ellos el tiempo que deseara sin sentirse intruso. Y en ocasiones especiales como esa, su abuela Andrómeda cedía con gusto para que Teddy pudiera acompañarlos a las fiestas.

—¿Y bien? ¿En dónde está mi regalo?

Esa era la voz de Ron quien salía de la casa y se dirigía hacia ellos. Todos se giraron a verlo y, sin ponerse de acuerdo, gritaron "¡Feliz cumpleaños, tío Ron!". Lily se bajó de los brazos de Teddy y corrió, junto con Albus, a abrazar a su tío. Detrás de Ron, sus dos niños pelirrojos, Hugo y Rose, salieron de la casa a toda velocidad a saludar a los recién llegados.

Harry miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para las seis. Pensando en Hermione y tratando de no alterarse porque en unos instantes iba a verla de nuevo, caminó hacia Ron y esperó a que los niños lo dejaran en paz. Ya que todos se cansaron de que el tío les hiciera cosquillas, corrieron entonces a molestar a las gallinas, y Teddy y James también se perdieron de vista. Harry, ya a solas con Ron, lo abrazó cálidamente.

—Compañero, felicidades —le murmuró—. Tu regalo lo traerá Ginny más tarde. ¿Sabes? Hermione me dijo que…

—Ya, ya, ya sé. Ahórrate la mentira —lo atajó Ron—. Sé que debemos regresar a mi casa a cierta hora para la fiesta "sorpresa" —agregó con una gran sonrisa—. ¿Es a las seis, verdad? ¿Sabes qué habrá para cenar?

Harry se rió.

—Sí, es a las seis. Prácticamente, ya. Y habrá, por lo que sé, hamburguesas de cordero, pavo asado, papas fritas, bandejas con pastelillos y caramelos infinitos, y mucha cerveza de todo tipo. Y claro, un gran pastel y helado de chocolate para finalizar.

Ron puso los ojos en blanco de puro deleite.

—Oh, Hermione… —dijo y suspiró—. Mi mujer es una diosa. Por eso la amo tanto.

Harry sintió que la sonrisa se le torcía en una mueca de amargura.

—Claro. Ella es… es-es genial —masculló sin saber qué más decir—. ¿Tus papás ya están listos para acompañarnos? —dijo para cambiar de tema.

—Ya se han adelantado. Ya sólo faltamos nosotros y los niños. ¿Usamos la chimenea?

Harry asintió.

—Probablemente Ginny llegue un poco tarde. Tenía un partido que cubrir y…

—Eso también lo sé —volvió a interrumpirlo Ron—. A eso de las tres de la tarde estaba buscándote como loca y se conectó por la red flu para gritarnos a todos lo impuntual e irresponsable que eres.

Harry cerró los ojos con vergüenza. Genial, ahora hasta sus suegros estaban enterados de lo que había sucedido. ¿Por qué diablos Ginny tenía que hacer el problema tan grande?

—Pero a mí no me engaña mi hermanita —siguió hablando Ron—. Ese enojo era por algo mucho más grande que tú llegando tarde. ¿Sigue con sus ideas de que tienes algo con Chibbar, verdad?

Harry abrió los ojos y asintió, agradecido de poder hablar de eso con Ron y que éste se mostrara comprensivo. Era un alivio que no creyera que las paranoias de su hermana eran ciertas.

—Sí —dijo Harry—. Estaba enojada por mi retraso, pero se puso como energúmeno cuando se enteró de que fui a casa de Nina a ver su estado de salud y a preguntarle acerca de unos datos de…

—Oye, oye —lo interrumpió Ron con una gran sonrisa—, a mí no tienes que darme explicaciones. Yo no soy tu esposa. Pero como cuñado sí me veo obligado a preguntarte algo: ¿te gusta Nina Chibbar, sí o no?

Harry lo miró boquiabierto.

—¡Claro que no!

—¿Seguro? —preguntó Ron mirándolo con los ojos entrecerrados.

—¡Puedo jurártelo! Yo… yo sólo tengo ojos para… para Ginny, por supuesto —mintió, sintiéndose terriblemente mal porque el nombre de "Hermione" había estado a un pelo de salírsele de entre los labios. Joder, eso sí que hubiese sido una hecatombe. ¿En qué demonios estaba pensando su inconsciente?

No estaba pensando en nada, era obvio. Y ese, justamente, era el maldito problema.

Ron asintió y suavizó la mirada.

—Te creo. Después de todo, me parece que Chibbar es una bruja honesta y leal. No la veo haciéndole semejante cosa a Ginny.

Harry también asintió. Ron conocía a Chibbar. Habían sido compañeros cuando Ron todavía laboraba como auror y siempre se la habían llevado muy mal. Se comportaban como niños pequeños, insultándose el uno al otro, peleándose por la atención de Harry y compitiendo encarnizadamente por obtener el puesto de Subjefe. Cuando finalmente Ron decidió dejar las filas por culpa de sus problemas de salud, la verdad fue que Harry se sintió muy aliviado. Pudo verse en libertad para nombrar Subjefa a Nina sin que Ron se sintiera ofendido.

—¿Sabes que la he estado viendo? —dijo Ron de repente, sacando a Harry de sus cavilaciones.

—¿A quién?

—A Umbrigde, seguramente. ¡Pues a Chibbar, idiota! ¿O de quién estamos hablando?

Harry se extrañó. Ver juntos a Ron y Nina en un contexto que no fuera el de estar en el Cuartel de Aurores peleando por cualquier tontería, le parecía raro.

—¿Por qué? ¿En dónde? ¿Ha ido a la tienda?

Harry se refería a la tienda de Sortilegios Weasley, en la cual Ron pasaba mucho de su tiempo cuando no se sentía mal o no estaba tomando sus terapias. Tanto ayudaba ahí, que incluso George había hablado de convertirlo en su socio, pero nadie lo tomaba en serio.

—No. La he visto con el sanador especialista en la terapia de los brazos. Ella también está lesionada. Del brazo izquierdo. Un fugitivo le lanzó un…

—¡Ron, eso ya lo sé! Lo que no sabía era que ustedes dos eran pacientes del mismo sanador. Pobre hombre. ¿No le han hecho explotar el consultorio todavía? —se burló—. ¿Cómo aguantan estar en la misma sala de espera sin despellejarse mutuamente?

Ron puso los ojos en blanco.

—¿Qué crees que somos? ¿Niños? ¡Nos hemos portado civilizadamente! De hecho, hemos tenido un par de conversaciones muy… interesantes —dijo, y a Harry le pareció que le rehuía la mirada y se sonrojaba un poco.

—¿De verdad?

—Sí. ¿Nos vamos ya? Creo que pasa de las seis. Por lo visto Hermione se sumará a la lista de mujeres furiosas contigo por ser impuntual. Te gusta la mala vida, ¿eh, compañero? —bromeó y le dio un codazo.

Harry no le hizo caso, aunque en su interior pensó que no estaría mal ver a Hermione enojada con él. Después de todo, cualquier atención era mejor que la indiferencia, una emoción de la cual esperaba jamás sufrir de parte de Hermione.

Regañándose a él mismo por estar pensando esas cosas, le dio la espalda a Ron y llamó a los niños a gritos para ingresar a la casa y poder tomar la red flu.


Sólo llegaron unos minutos tarde y por supuesto que Hermione no iba a estar enojada con Harry. Rara vez se enojaba. Era cierto que se preocupaba en exceso y lo reñía cuando Harry no se cuidaba o se portaba imprudente en su trabajo, lo que indicaba que el motivo de sus regaños era porque estimaba a Harry y no quería verlo herido, jamás por tonterías por las que Ginny sí solía perder el control.

Después de maniobrar un tanto torpemente para conseguir enviar con éxito a tantos niños a través de la red flu, Harry viajó penúltimo para permitir que Ron llegara detrás de él. Apenas entró en el salón de los Weasley-Granger, sus ojos de auror, acostumbrados a evaluar situaciones con rapidez, pasaron revista de inmediato a la gente que, reunida alrededor de la chimenea, esperaba al festejado.

—Buenas noches, perdonen la tardanza —saludó con una gran sonrisa.

—¿Qué hay, Harry?

—¡Hola, tío Harry!

—No te preocupes, están a tiempo.

—¡Harry! ¡Qué gusto verte! ¿Cómo has estado?

—Buenas noches, jefe.

Lo saludaron diferentes voces al unísono.

Como era de esperarse, en la casa de Ron y Hermione estaban los otros hermanos Weasley ya casados con sus respectivos niños, a excepción de Charlie que continuaba soltero y no había podido asistir por encontrarse todavía trabajando en Rumania.

Harry vio a George y a Angelina con sus dos hijos Fred y Roxanne; a Percy y a su esposa Audrey con sus pequeñas Molly y Lucy, quien, con cinco añitos, era la bebé de la familia. Bill y Fleur estaban un poco más atrás rodeados de sus tres hijos tan rubios y hermosos como su madre: Victoire, Dominique y Louis. También estaban presentes Molly y Arthur, los padres de Hermione; Luna con su esposo Rolf, cada uno cargando a uno de sus bebés gemelos; Neville, Hannah, Dean, Seamus, las gemelas Patil y otras caras conocidas de sus tiempos en Hogwarts, aparte de un par de aurores que habían sido grandes amigos de Ron durante sus años de servicio en el Cuartel. Los propios niños de Harry y de Ron, junto a un sonriente Teddy, aguardaban con expectación en espera del tío festejado.

Y Hermione.

Harry había paseado la mirada por el lugar en un solo instante y con eso le había bastado para tener en claro quiénes estaban y en dónde. Pero al terminar de echar el vistazo, no pudo evitar que sus ojos se quedaran clavados en Hermione. Su amiga, vestida con una sensual blusa de color rojo y un par de jeans ajustados, se veía adorablemente sencilla e impactante. Traía el cabello sujeto en una coleta con algunos mechones rebeldes sueltos por ahí y por allá, vestigio de que había estado muy atareada como para acicalarse más. Sin embargo, Harry creía, ella no necesitaba más arreglos para verse hermosa. Era tan linda así… Despeinada. Perfecta.

Harry pasó saliva porque Hermione también lo estaba mirando directamente a él, y por unos segundos el tiempo pareció congelarse; la sala pareció quedarse sin gente y sin ruido; el sitio y el momento parecieron ser sólo para ellos dos porque Hermione lo estaba viendo sólo a él y le sonreía. Le sonreía como siempre lo había hecho: con los ojos resplandecientes y un gesto dulce, una sonrisita de medio lado, leve y discreta. Llena de orgullo. Una sonrisa que, durante todos aquellos años, sólo había sido para él, para Harry Potter. Eso quería decir, concluyó con alegría, que Hermione no era víctima de las extrañas ideas que asolaban a Harry y que tampoco sospechaba que Harry había estado sufriéndolas. Todo seguía bien entre ellos. No la había perdido. Eran los mismos amigos de toda la vida y Harry no podía sentirse más feliz y tranquilo en ese momento de lo que había estado durante el día entero.

—¡Harry! —gritó alguien—. ¡Ron ya viene, quítate de en medio!

Harry, sacado de su ensoñación, reaccionó con grandes reflejos y saltó a un lado justo a tiempo para evitar ser atropellado por Ron, quien salía con aire triunfante de la chimenea y fingía pésimamente una sorpresa que no estaba sintiendo.

—¡SORPRESA!

La atención de todos los presentes se volcó repentinamente en el pelirrojo recién llegado; todos trataban de abrazarlo, saludarlo, de darle regalos o una buena palmada en la espalda; y Harry aprovechó para dar varios pasos hacia atrás alejándose del tumulto. Cuando estuvo seguro de que nadie lo estaba viendo a él, volvió a buscar a Hermione con la mirada.

Para su desencanto, ella ya no estaba viéndolo pues tenía su atención puesta en sus hijos. Hermione estaba de cuclillas ante Hugo y Rose, dándoles a cada uno sendas cajas envueltas para regalo y animándolos a acercarse a su padre para entregárselas. Harry no podía dejar de admirarla. Era tan cariñosa y comprensiva con sus niños que a Harry le dolía. ¿Por qué Ginny no era también así?

Y ahí, en plena celebración de Ron, Harry miraba y miraba a una familia que no era la suya, a una mujer que sólo era su amiga y cuñada; anhelando algo a lo que no se atrevía a ponerle nombre, intentando enterrar ese deseo sin lograrlo, sin dejar de preguntarse si acaso era verdad que sus sentimientos hacia Hermione habían cambiado sin que él se diera cuenta. Y todavía más allá: no podía dejar de cuestionarse si por alguna razón misteriosa Hermione se sentiría igual hacia él o todo lo que la gente decía de ella (incluso la valiosa opinión de Nina) no eran más que patrañas e ilusiones.

Pero lo peor era que Harry no entendía por qué todo eso le preocupaba y lo lastimaba tanto; por qué maldita razón no podía olvidarlo si hacía apenas unas horas su resolución había sido que mandaría todas aquellas estúpidas ideas al diablo.

Hermione envió a sus niños a internarse entre la alegre muchedumbre para que pudieran darle sus regalos a su papá, y entonces, con una gran sonrisa en la cara, se incorporó.

—¡Harry! —suspiró al encontrarse cara a cara con éste—. Muchas gracias por traer a Ron a la hora acordada. Todo está saliendo de acuerdo a mi plan y no puedes imaginarte cómo me reconforta eso.

Harry asintió toscamente y caminó con lentitud hasta quedar parado a un lado de ella; quizá demasiado cerca para su salud mental, pensó después. Pero no quería que nadie más los escuchara hablar. No porque estuviera pensando contarle secretos a Hermione, sino simplemente porque le gustaba estar así con ella: de manera íntima y personal. Intentó no mirarla de arriba abajo pero le resultaba difícil. Hermione le parecía la mujer más preciosa de la reunión (todavía mucho más que Fleur) y era duro no quedarse embobado contemplándola.

—Aunque no lo creas, sí puedo imaginarme cuán feliz te hace que las cosas estén saliendo de acuerdo a tu agenda —bromeó Harry en voz baja. Sonrió—. Te lo dice tu amigo que durante años sufrió de tu hostigamiento en Hogwarts y de los planes que nos elaborabas a Ron y a mí para que estudiáramos para los exámenes. ¿Te acuerdas?

Hermione, sin dejar de sonreír, arqueó las cejas.

—Hostigamiento, ¿eh? Pero funcionaba, ¿no?

Harry negó con la cabeza.

—No sé decirte. Tal vez si los hubiéramos tomado en serio, pero la verdad era que evitábamos seguir tus horarios en la medida de lo posible.

—¡Ya sé! —exclamó Hermione y le dio un codazo en las costillas—. Y sé que lo hacían sólo por fastidiarme. ¡Par de odiosos! Yo que tanto me preocupaba por ustedes.

—Pero así nos amabas, odiosos y todo. ¿Verdad que sí? —masculló Harry, acalorándose e ignorando una voz interior que le advertía que, por amor a todo lo sagrado, no tocara terreno tan escabroso.

No obstante, Hermione no lo escuchó o fingió no hacerlo.

—Sé que Ginny llegará tarde —dijo en vez de seguirle el juego a Harry—. A eso de las tres me llamó por la red flu para…

—Oh, Dios, ¿no me digas que a ti también? —la interrumpió Harry—. Joder, nada más falta que lo publique en El Profeta —se quejó con voz fastidiada.

Hermione no dijo nada durante unos segundos en los que ambos sólo contemplaron la escena que tenía lugar en la reunión. Todos ya habían terminado de felicitar a Ron y ahora estaban acercándose a la mesa donde las viandas y las bebidas estaban a su disposición. A Ron le brillaban los ojos a la vista de tanta comida. Para alivio de Harry, Teddy, bendito fuera el chico, estaba ayudándole a Albus y a Lily a servirse comida, por lo que Harry podía descansar un rato de sus deberes de padre y quedarse ahí al lado de su amiga. De pronto, Victoire se acercó a Teddy, le sonrió ampliamente y se ofreció a echarle una mano con los pequeños.

Teddy se sonrojó y el cabello se le aclaró sin que él se diera cuenta. Harry sonrió y suspiró. ¿Así que a Teddy le gustaba Victoire? Buscó a Bill con la mirada y lo encontró observando la escena con el ceño fruncido. Bueno, era evidente que al pobre Teddy le esperaba un suegro bastante duro de pelar. Después de todo, Victoire todavía no cumplía ni catorce años. Ambos estaban…

—Sé que Ginny piensa que estás engañándola con Chibbar, Harry —dijo Hermione de repente en voz baja y grave, interrumpiendo sus pensamientos.

Harry arqueó las cejas y se giró a mirar a su amiga.

—Sí, eso piensa. ¿No me digas que tú también? —la retó con voz dura y un tanto dolida.

Hermione, a diferencia de él, evitaba verlo a la cara. Harry notó que se sonrojaba un poco.

—No-no, claro que no… Sólo me preguntaba. Como veo que… Tú y Chibbar son… Son muy…

—Somos "muy" jefe y subjefa, y nada más —la atajó Harry de mala manera.

Hermione se giró bruscamente hacia él.

—¡Harry, no te molestes! No quiero pensar mal de ti. Yo sólo… Es que me consta que las cosas entre tú y Ginny han estado mal. Ella se queja todo el tiempo de que no se ven nunca, y tú… Tú estás en el trabajo con… Bueno. ¿Entiendes a lo que me refiero? Sólo quería asegurarme. Pero si tú dices que no hay nada entre Chibbar y tú, yo te creo. Por supuesto que te creo —finalizó ardorosamente mirándolo con intensidad.

Harry asintió, pero no cedería tan fácilmente. En verdad le lastimaba que la propia Hermione hubiese dudado así de él.

—Pues no —espetó—. No hay nada. Yo nunca le he sido infiel a Ginny. Puedo meter las manos al fuego para demostrarlo. —Desvió la vista hacia el frente antes de agregar—: Y mira que es gracioso que seas tú justamente la que piense en eso cuando todos en el Ministerio creen que los que tenemos un romance somos mi jefa y yo. O sea, tú, Hermione.

De reojo pudo notar que Hermione abría mucho los ojos y la boca.

—¿E-en serio? —tartamudeó ella.

—Sí —gruñó Harry por toda respuesta. No tenía ganas de darle explicaciones ni de contarle lo que había escuchado apenas ese mismo día. Que lo averiguara ella misma si quería.

Hubo un largo momento en el que ninguno dijo nada; tan largo, que Harry comenzó a pensar que aquella charla había terminado. Entonces, Hermione se aclaró la garganta y habló de nuevo.

—Nunca le has sido infiel a Ginny —afirmó Hermione más que lo preguntó—. Está bien, de veras te creo. Te pido disculpas por haber dudado de ti. —Hizo una pausa en la que enrojeció más y titubeó antes de murmurar—: Pero, ¿tú crees que...? ¿Crees que podrías serlo alguna vez? ¿Si la ocasión ideal se te presentara? ¿Si la tentación fuese demasiado grande como para resistirse?

Ahora fue Harry el que se giró tan violentamente a mirar a Hermione que casi se desnuca. Hermione no se amilanó: le sostuvo la mirada fijamente. Harry pasó saliva.

No. No podía estar pasando esa conversación. ¿O sí?

¿Qué demonios significaba en verdad?

—La verdad… No lo sé —respondió en voz baja sin quitarle la vista a Hermione, su pulso acelerándose, su corazón casi saliéndose del pecho—. Probablemente... si la tentación es demasiada, como dices. Después de todo, sólo soy un ser humano, no una estatua de piedra. ¿Y tú? —preguntó en un susurro—. ¿Le serías infiel a Ron?

Hermione no respondió. Sólo enrojeció más que nunca antes y se alejó de Harry, caminando a paso veloz hacia la mesa de las viandas para unirse a Ron. Harry la siguió con la mirada. No podía quitarle los ojos de encima, y poco le importó si alguien más de los presentes se daba cuenta de ello. Y así, mientras su mejor amigo y su familia reían, comían y charlaban ignorantes de los retorcidos pensamientos de Harry Potter, éste miraba hacia Hermione, quien, él no podía dejar de notarlo, se veía simplemente deliciosa enfundada en aquellos pantalones ajustados.

Harry se mordió los labios, bajó los ojos y tuvo deseos de que lo partiera un rayo, de que Voldemort regresara de la tumba y ahora sí acabara de él de una buena vez.

¿Cómo, en nombre de todo lo sagrado, podía ser tan perverso? ¿Por qué Hermione tenía que haberle preguntado aquello que, Merlín los perdonara, había sonado como una clara invitación a...? ¿A eso?

Era como si su propia amiga hubiese abierto una Caja de Pandora que ahora, nada ni nadie, podría volver a cerrar.

"Y se suponía que la prudente del trío siempre habías sido tú, Hermione Granger", pensó Harry con rabia, soltando maldiciones entre dientes, cerrando los ojos apretados y armándose de valor para continuar con aquella farsa en la que se había convertido su vida y con esa tortura de desear algo que jamás podría obtener.


Nota final:

Estoy impactada con el recibimiento de este fic. MUCHAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS. Aprovecharé que tengo wifi durante un rato para contestarlos. Gracias por leer! Hasta el siguiente. ¡Feliz día de Reyes!