- Disclaimer: la creadora del Potterverso es J. K. Rowling. A mí me pertenecen únicamente la trama y el personaje Nathaniel Jefferson. -

Querido lector: lo que tienes ante ti es un fic que participa en el Amigo Invisible Navideño 2014-2015 de La Noble y Ancestral Casa de los Black. Está escrito para Srta. Riddle, y antes de que empieces a leer, me gustaría que supieras algo más sobre esta historia.

Consta de únicamente cuatro capítulos. Empezó siendo una idea vaga, pero a medida que avanzaba esa idea crecía y cambiaba, así que el fic ha sido reescrito unas diez veces antes de ser acabado, por lo que poco o nada tiene ya que ver con lo que empezó siendo.

Aunque está clasificada como "Romance", no encontrarás aquí declaraciones de amor eterno ni amantes apasionados. Sí, hay un cierto romance, pero está velado entre párrafo y párrafo y se demuestra en silencio. Además, dejo a decisión del lector decidir hasta dónde llega el amor que se insinúa en esta historia.

Me dirijo ahora a ti, Srta. Riddle: tu petición fácil era un encuentro de una pareja prohibida. La difícil, que Hermione quedara prisionera en Malfoy Manor y un mortífago demostrara cierta fijación por ella. Cambié de petición en mil ocasiones mientras iba escribiendo, y aún en estos instantes, con el fic terminado, no sabría decir a cuál de las dos se ajusta más. Sospecho que me he quedado varada entre ambas solicitudes, y que la historia tiene un poquito de cada una. En cualquier caso, espero que lo disfrutes tanto como lo hice yo al escribirlo.

¡Felices fiestas a todo el mundo!

Un abrazo enorme,

MA.B

EDITO: ESTE FIC TIENE VERSIÓN EXTENDIDA. Si queréis saber más sobre la historia de Theo y Hermione, el pasado que compartieron juntos, la estancia de Hermione en las mazmorras y su amistad con Nathaniel, buscad el fic "Silencio" en mi perfil. El argumento es más o menos el mismo, pero mucho más lleno de nuevas aportaciones y escenas interesantes que aquí no he podido poner. ¡Os espero!


Hermione Granger abrió los ojos lentamente, sintiendo el terrible esfuerzo que esa sencilla acción le suponía. Parpadeó, pretendiendo acomodar su visión a la fría oscuridad que la abrazaba con cruel determinación. El aire olía a humedad, a muerte y a miedo. Ni un solo sonido llegaba hasta su posición.

Trató de incorporarse, pero un flechazo de dolor rasgó sus músculos y se desplomó de nuevo sobre la dura roca que era el suelo de su… ¿celda?

De pronto, un avasallador torrente de recuerdos la empapó desde dentro, y las imágenes se sucedieron ante sus ojos con lacerante velocidad: los carroñeros, la captura, Malfoy Manor, Draco Malfoy negando reconocer a Harry, Bellatrix Lestrange torturándola en una gran habitación vacía para averiguar de dónde habían sacado la espada de Godric, Harry y Ron apareciendo de repente junto a Dobby, los gritos, las maldiciones, esa gran explosión, y después… nada.

Se pasó los dedos por la cara, mareada. Algo, una reminiscencia vaga, todavía le picaba en el fondo de la cabeza. Cerró los ojos y se abandonó a ella.

Vio a Harry y Ron en aquel gran salón. Malfoy también estaba allí, en un rincón. Harry le desarmó… Después, los detalles se emborronaban y entremezclaban. La mano de Ron tendida hacia ella. Su voz hablándole… ¿pero qué le decía? Algo que sonaba como "¡Deprisa!". Dobby saltando para aferrarse a la camiseta de Harry, que sujetó a Ron por el hombro. Y ella… ¿se levantó? Sí, se puse en pie y corrió hacia ellos. Alargó el brazo sano para coger la mano que Ron le ofrecía. Y después, el cruel alarido de Bellatrix. Un cuchillo que salía disparado en su dirección. Y unos dedos como garras de hielo que se cerraban en torno a su codo y tiraban de ella hacia atrás, apartándola de sus amigos en el preciso instante en que los tres desaparecían, gritando su nombre.

Demasiado tarde.

Si intentaba recordar qué había sucedido después de eso, su mente se llenaba de brumas ajironadas que le provocaban pinchazos. Sin embargo, no necesitaba mucho más de lo que había logrado evocar para imaginarse el resto. Sin duda, Harry, Ron y Dobby habían conseguido escapar de Malfoy Manor, mientras que ella no había corrido la misma suerte.

Inspiró profundamente. Ahora necesitaba pensar con claridad y analizar la situación si quería salir pronto y con vida de allí.

Aunque seguía terriblemente oscuro, ya era capaz de distinguir algunas siluetas y perfiles desdibujados a su alrededor. Estaba, tal y como ya había adivinado, en una celda, probablemente de las mazmorras de Malfoy Manor. Se tragó el escalofrío que hizo tintinear todas y cada una de sus vértebras al pensar en lo que se contaba de ese lugar, y de las atrocidades que en él ocurrían. "Mente fría, Hermione. Mente fría.".

Cogiendo aire de nuevo, colocó una mano en la pared más cercana e hizo por segunda vez el intento de incorporarse. Como le había ocurrido antes, cada centímetro de su cuerpo se quejó por el movimiento, pero se sobrepuse al dolor y logró sentarse. Se arrastró torpemente por el suelo hasta apoyar la espalda en la pared. Un líquido espeso y maloliente resbalaba por la roca y le manchaba el pelo, pero Hermione tenía cosas más importantes de las que preocuparse.

Frente a ella había lo que parecía una pesada puerta de hierro. Una ventanilla cegada por una lámina de acero despedía un tenue brillo en la parte superior. Una delgada línea de luz se colaba por debajo, muriendo apenas un centímetro más allá. No había pomo.

Sus ojos se habían acostumbrado ya a la escasa visibilidad, y eso ayudaba. Estiró los brazos con cuidado y los examinó. El derecho estaba bastante bien. Cubierto de polvo, con la manga de la camisa rasgada y luciendo un par de rasguños y hematomas, pero nada que no pudiera solucionarse, y desde luego, nada comparado con lo que tenía en el izquierdo: sobre la piel tierna del interior, cubriendo el antebrazo desde la muñeca hasta llegar casi a la doblez del codo, unos cortes profundos y cubiertos de sangre dibujaban grotescos trazos para formar dos palabras que estrujaron su pecho al leerlas: Sangre sucia.

Jadeó, cerrando los ojos de nuevo. Se consideraba una persona optimista, pero no idiota. Sabía que las posibilidades de salir realmente de allí eran ciertamente escasas. Tal vez, si…

—Date prisa, joder. No sé tú, pero yo no quiero hacerle esperar. ¿O ya has olvidado lo que pasó la última vez que se enfadó?

—No, Draco, no lo he olvidado. Pero pesa. ¿Por qué no lo llevas tú?

—No seas tan cargante, Blaise. Ya casi hemos llegado.

Hermione se enderezó de golpe al reconocer la voz de Draco Malfoy, cuya lealtad aún no era capaz de definir. Al fin y al cabo, primero les ayudaba y después les atacaba… ¿qué demonios pretendía?

El otro chico que había hablado sin duda era Blaise Zabini, un Slytherin de su mismo curso con el que apenas había intercambiado un par de palabras en toda su vida escolar.

Sus pasos sonaban cada vez más cerca, acompañados de un ruido sordo, pesado, como el de algo arrastrándose.

Finalmente, unas manchas negras se recortaron contra la línea de luz que escapaba por debajo de la puerta.

—¿Es esta? —preguntó Zabini con un resuello.

—Sí, eso creo.

Hermione escuchó unas palabras murmuradas por lo bajo, y un quejido metálico. Después, la puerta pareció gruñir, y se hizo a un lado pesadamente. Se cubrió los ojos para protegerse de la intensa luz que surgía de la punta de la varita de Malfoy.

—Ahí ya hay una prisionera —susurró Zabini. Hermione parpadeó repetidamente hasta que las figuras de la puerta dejaron de ser manchas oscuras para convertirse en personas. Malfoy la miraba con una expresión insondable, aún más pálido de lo normal. Un corte rojizo atravesaba su mejilla derecha.

A su lado, Zabini se inclinaba para ver mejor dentro de la celda. Sujetaba por la camisa a un hombre joven, moreno y de apariencia fuerte que, inconsciente, era arrastrado por el suelo.

Pero lo que más sorprendió a la bruja fue que allí había una cuarta figura con la que no había contado. El extraño se recostaba indolentemente con aire aburrido contra la pared del otro lado del pasillo. Una capa negra le cubría desde los hombros hasta las botas, y la capucha encerraba demasiada oscuridad en su interior como para distinguir su rostro.

—Es Granger —murmuró entonces Malfoy en respuesta al anterior comentario de Zabini. La aludida se enderezó, olvidándose de la figura desconocida para centrarse en el peligro que la amenazaba ahora.

Tal vez, si hubiera seguido prestándole atención al encapuchado, se habría percatado de que ante la mención de su apellido se había enderezado, interesado de repente en la conversación.

—¿Y qué hacemos? —ese había sido Zabini de nuevo.

—Deja a Jefferson ahí. Le preguntaremos a mi tía qué hacemos con ella —respondió Malfoy. Su voz sonaba apagada, despojada de la arrogancia que antaño la había caracterizado. Solo su particular arrastre de las vocales la distinguía como suya.

Zabini avanzó un par de metros tirando del cuerpo del hombre para después soltarlo sin demasiadas sutilezas en la celda. En cuanto el mago pisó el interior del habitáculo, una llama se encendió en la pared del fondo, como una antorcha mágica de un gélido color azulado. El Slytherin echó una mirada de desconfianza a Hermione y salió.

Al ver que Malfoy pretendía cerrar de nuevo la puerta, ella se levantó, incapaz de evitar una mueca de dolor con el movimiento, pero eso no le impidió acercarse tambaleante a la salida.

—¡Espera! —dijo. Su propia voz se partió, débil y rasposa—. Malfoy, no…

Pero él no la escuchó, sino que cerró los ojos con algo casi parecido a angustia y la puerta volvió a su posición original con un nuevo quejido antes de que Hermione lograra alcanzarla.

Soltando un gemido de desesperación, la joven se dejó caer a medio metro de la que pudo haber sido su salida. Si ni siquiera era capaz de moverse con rapidez, ¿cómo demonios escaparía de allí?

Se secó los ojos húmedos con el antebrazo. No, nada de llorar. Lo que necesitaba era mantener la mente despejada y pensar.

Entonces, algo parecido a un gruñido a sus espaldas le recordó que ya no estaba sola en la celda.

Girándose despacio, se encontró con que el hombre que Zabini había dejado allí empezaba a despertar. Un leve vistazo servía para darse cuenta de que había sido torturado, a juzgar por los muchos cortes y golpes que cubrían cada parte de piel descubierta. Hermione abrió los ojos al percatarse de pronto de que la llama azul que se había prendido al fondo cuando Zabini había entrado seguía encendida, arrojando suaves ondas de fría luminiscencia por la celda. No era mucha la luz que desprendía, pero la mejoría era notoria.

El hombre volvió a protestar, llevándose una mano a la cabeza. Parecía que ya había despertado del todo.

Hermione permaneció agazapada en una esquina, mirándole con estudiada precaución. Pese a que daba la impresión de que ambos tenían enemigos comunes, eso no bastaba para asegurar que estuvieran en el mismo bando.

El desconocido hizo ademán de incorporarse, pero apenas se había levantado un par de centímetros cuando, con un resoplido, volvió a caer. Sin darse por vencido, llevó a cabo un nuevo intento, esta vez con un considerable avance: logró quedar sentado.

Aún frotándose la frente, paseó la mirada por la celda y, cuando vio a Hermione, un gesto de miedo y rabia pintó sus facciones por un segundo.

—¿Quién eres? —gruñó. Ella frunció el ceño.

—Eso también podría preguntártelo yo a ti.

El hombre sonrió, irónico. Tenía el pelo corto, la cara llena de ángulos romos y duros y los ojos de un brillante color verde.

—Mi nombre es Nathaniel Jefferson —dijo—. Y soy miembro de La Resistencia.

Sus palabras removieron algo en la consciencia de Hermione. La Resistencia… ¿De qué le sonaba eso?

Entonces, recordó: lo había escuchado en la radio de Ron no hacía mucho, un día como tantos otros de su viaje en los que el pelirrojo se sentaba junto al aparato para oír las listas de bajas… o mejor dicho, para no oír ningún nombre conocido. La Resistencia, si bien había entendido en aquella ocasión, era un grupo de muggles que, por un motivo u otro, sabían de la existencia de la magia, y se habían agrupado para hacer frente a Voldemort ayudando así al Departamento de Aurores e incluso a la propia Orden del Fénix. Esto era algo que el Ministerio desaprobaba por completo por el inmenso peligro que corrían los miembros de la extravagante asociación, pero eran demasiados como para impedir su intervención en la guerra.

Familiares de lo que los mortífagos conocían como "sangre sucia" que habían perdido a alguien querido por culpa del Lord Tenebroso constituían la mayoría de este grupo.

—¿Eres… un muggle? —balbució Hermione, pese a conocer ya la respuesta.

—¿No acabas de escuchar lo que he dicho? Sí, soy un muggle. Ahora, dime. ¿Tú quién eres?

Ella pestañeó, asombrada. Aquel hombre tan descarado parecía totalmente ajeno al hecho de estar encerrado en unas mazmorras custodiadas por magos cuyo mayor objetivo en la vida era acabar con todos los que eran como él. Incomprensible.

—Me llamo Hermione. Hermione Granger —dijo finalmente, decidiendo confiar en él. Al oír su nombre, Nathaniel abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Granger? Espera, tú eres la amiga de Potter, ¿verdad? ¿Dónde está él? ¿Le han capturado también?

—¿Has oído hablar de Harry? —preguntó ella, sorprendida. Él bufó con impaciencia.

—Por Dios, ¿y quién no? "El Elegido" por aquí, "El niño que sobrevivió" por allá. Nuestra salvación, nuestra única y también última esperanza. Soy un muggle, niña, pero eso no quiere decir que esté desinformado, ni tampoco que sea tonto. Y ahora responde: ¿le han capturado?

—No —murmuró Hermione, algo abrumada—. No, él logró escapar.

Nathaniel asintió despacio, más tranquilo. Los segundos pasaron, y ambos permanecieron mirándose en silencio. Hermione se dio cuenta, bajo el brillo azulado de la llama, de que su acompañante era tal vez incluso más joven de lo que había pensado en un principio: probablemente no superara los veintiocho, pese a que sus duros rasgos y la madurez diluida en sus ojos podían inducir a error.

—Señor Jefferson…

—Llámame Nathaniel. O Nate, si lo prefieres. Eso de "señor Jefferson" me hace sentir terriblemente viejo.

—Bien… Nate, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Adelante —dijo él, invitándola a hablar con un gesto.

—¿Por qué te retienen aquí? Quiero decir… ¿por qué no te mataron cuando tuvieron la oportunidad?

Nathaniel sonrió, sarcástico y siniestramente divertido.

—Porque yo soy el líder de La Resistencia.


¡Hola de nuevo! ¿Qué tal? ¿Va bien? ¿Pinta interesante? ¿Es una gran basura? ¿Os gusta? ¿Lo odiáis? Sobre todo me dirijo a ti, Srta. Riddle. ¿Se está acercando a lo que querías? Espero que sí :3

Tengo el fic totalmente terminado, así que no tardaré mucho en subir el siguiente capítulo... Un día o dos a lo sumo, pero tal vez lo haga antes.

¡Un abrazo enorme, y hasta la próxima!

MA.B