"BREAKING THE RULE"

Nueva York, diciembre de 2004

Danny Taylor se ajustó el abrigo y hundió sus frías manos en los bolsillos. Aunque hacía años que vivía en Nueva York, no terminaba de acostumbrarse a las frías temperaturas de principios de diciembre.

Un rápido vistazo a su reloj, le bastó para comprobar con satisfacción que llegaría a tiempo a su trabajo. Llegaría… y no habría preguntas. Dirigiéndose rápidamente hacia el autobús que el Departamento de Prisiones de la ciudad de Nueva York ponía a disposición de los visitantes de la isla, Danny intentaba eludir cualquier pensamiento sobre los acontecimientos acaecidos en Rickers, durante la hora y media aproximada de conversación con su hermano, algo difícil mientras no se encontrara a salvo, al otro lado del puente Francis Buono, que unía Queens, el distrito donde él vivía, y la isla de Rickers, el mayor centro penitenciario de Nueva York… el hogar de Rafael Alvarez.

Una mueca de disgusto surcó su cara, resumiendo en un instante la animadversión que sentía ante todo lo que le relacionaba con su hermano Rafael –o Rafie, como le llamaban todos-, la confusión que sentía cada vez que hablaba con él, cada vez que le obligaba a recordar quién era en realidad. Era en esos momentos cuando la seguridad en sí mismo, su propia identidad, construida a partir de algo tan sencillo y complicado a la vez como un apellido elegido al azar y una forma de vida de la que sentirse orgulloso, eran reemplazados por la realidad de tiempos pasados; años de miedo, frustración, soledad, culpabilidad, abandono y rabia, que durante algún tiempo había bañado en una más que generosa cantidad de alcohol; una práctica que había conseguido abandonar, no sin cierto esfuerzo y con la ayuda de un gran amigo, Raymond Coleman, su patrocinador de Alcohólicos Anónimos.

Aunque consciente de que toda la experiencia vivida le había enseñado mucho, de que tenía que sentirse orgulloso de lo que era en este momento, sin embargo, para Danny Taylor, sólo un puñado de los 31 años con los que ahora contaba, eran realmente merecedores de alguna atención. Del resto intentaba… pretendía no saber nada.

Era esa la intención cuando con determinación había estrechado la mano del funcionario que le entregaba los papeles con su nuevo apellido, su nuevo número de la seguridad social, su nueva vida.

Flashback

Impacientemente, Danny se revolvía en la silla, mientras el empleado al otro lado de la mesa, revisaba, ordenaba, firmaba y sellaba los papeles, en una labor concienzuda que no parecía tener fin. Nervioso, Danny empezó a sospechar que podría haber algún problema, cómo no, seguro que lo había. Así que, cuando finalmente el funcionario de la Seguridad Social le tendió los papeles, Danny los recogió casi temblando, como si fueran de cristal, como si los fuera a contaminar. Cerró los ojos y, sin moverse del sitio, rezó una plegaria porque aquello que iba a comenzar en aquel mismo momento no contuviera ni un atisbo de lo que su vida había sido hasta ese momento.

Sólo el carraspeo de quienes esperaban turno en la fila tras él, le hizo abrir los ojos y, tras un efusivo apretón de manos a un empleado demasiado acostumbrado a ver ese tipo de promesas estrellarse no más de un mes más allá de haberlas hecho, salió de las oficinas de la Seguridad Social, respirando una aire nuevo, lleno de confianza y decidido a emprender una nueva vida.

"No mires atrás", fue su regla número uno. "Danny Taylor, Danny Taylor, Danny Taylor…" empezó a repetir en voz baja una y otra vez, acostumbrándose a su nuevo nombre, a su nueva vida. Nunca más sería Danny Alvarez.

Fin del flashback

Un par de pasajeros subieron al autobús un momento antes de que se pusiera en marcha y le saludaron. Probablemente, trabajadores del turno de noche, pues no era hora de visitas, en realidad. Danny había hecho uso de ciertos privilegios como agente del FBI para conseguir una cita mucho antes del horario habitual. Rafie no le había recriminado el que le hicieran salir del comedor donde se disponía a desayunar, pues él mismo estaba ansioso por hablar con su hermano menor.

Danny saludó distraídamente y centró su vista en el exterior, sintiéndose cada vez más aliviado, a medida que se alejaban de Rickers. Sin embargo, presentía que la conversación mantenida con su hermano, le perturbaría durante un tiempo.

¿Qué hacer? Podía dejarlo correr. Esa era su principal inclinación pero, por otro lado, y muy a su pesar, empezaba a sentir cierta curiosidad. Quizás podría investigarlo, Rafie se quedaría tranquilo y no le molestaría más. En cierto modo, Danny había decidido que todo aquello era fruto de la imaginación de su hermano, una mente duramente castigada por los años pasados en prisión y sobre todo, por el uso de las drogas prácticamente durante toda su vida.

En los últimos 20 años, ambos hermanos apenas se habían visto, pero dos encuentros cruciales en los dos últimos, habían dado un vuelco en la vida de Danny, obligándole a afrontar acontecimientos demasiado dolorosos y poniendo en peligro su estabilidad emocional. El lo sabía, sabía que no estaba lejos de sucumbir a la presión de situaciones no resueltas, si no mantenía alejados esos recuerdos. Pero también sabía, y ese era un temor constante, que tarde o temprano, tendría que afrontarlo.

...

Tras los barrotes que le separaban del mundo exterior, Rafie observó a su hermano mientras éste se alejaba por el pasillo junto al guardia de seguridad, esperando, sin saber por qué, una confirmación, una mirada de entendimiento, antes de que Danny doblara el recodo y le perdiera de vista; sin embargo, su hermano no se volvió, ni una sola vez.

Desalentado, Rafael Álvarez movió la cabeza y se dio la vuelta. No le había contado a su hermano menor toda la historia… aún le costaba verle sufrir. Le bastaba una sola mirada para volver atrás muchos años. Su relación estaba anclada en el pasado, en una vida que, en opinión de Rafie, era suficiente justificación de su situación actual… algo que Danny rechazaba totalmente. En el fondo tenía razón, Rafie lo sabía también, pero aún así… Las cosas habrían sido muy diferentes si su padre no hubiese sido el bastardo que demostró ser, diferentes para él… diferentes para Danny.

A pesar de no haber sido testigo de gran parte de la vida de su hermano menor, Rafie estaba orgulloso de él. Danny era fuerte, sin duda, y había superado con éxito todas las pruebas a las que la vida le había sometido… incluido el hecho de que Rafie no había sido el hermano mayor protector que él necesitaba tras la muerte de sus padres.

Intentó recordar la última vez que le vio, el día de la separación definitiva, un chiquillo alto y delgado, de pelo oscuro y ojos penetrantes, ávido de experiencias y de conocimiento… y también de cariño, de calor, de compañía… de familia, de alguien que escuchase su callada súplica, lo cual Rafie no podía darle pues él estaba buscando exactamente lo mismo. No pudo, sin embargo, encontrar aquel momento. Las imágenes de su hermano se remontaban a sus excursiones al malecón, a los ratos que pasaban divirtiéndose pescando o aprendiendo a conducir. Rafie, ocho años mayor que Danny, tenía un coche del que presumía y aún recordaba la cara de alegría del pequeño cuando le enseñó a conducir el Lincoln Continental. Sí… no eran tan malos tiempos entonces.

El ruido de las llaves, abriendo la celda donde minutos antes se había reunido con su hermano, le distrajo de aquellas alegres imágenes del pasado, junto al mar, en Miami, y fueron sustituidas por las paredes grises, la luz intermitente del fluorescente y los barrotes que le recordaban donde volvía a estar. Esa era su vida, entrando y saliendo de prisión, casi siempre porque en algún momento lo había jodido todo… incluso ahora, que tenía una familia propia… ¿Cómo se le había ocurrido? ¿Cuándo aprendería las reglas del juego? ¿Cómo iba a compensar ahora a su mujer, Sylvia, por todos los años que pasó en prisión prometiéndole que todo sería distinto cuando saliera de allí, para volver a cometer los mismos errores de antaño? ¿Cómo iba a compensar a Nicky, que en sus once años de vida, había conocido a su padre fuera de aquellas rejas durante apenas año y medio? ¿Cómo iba a compensar a la pequeña Natalie, aún no consciente de la realidad de que su padre era un presidiario? Ya no había tiempo, su tiempo había terminado. Las lágrimas se agolparon en sus ojos sorpresivamente.

"Vamos, Alvarez. Ya has tenido un extra esta mañana…" escuchó decir al guardián. Distraídamente, Rafie extendió sus manos para que le fueran colocadas las esposas. Salieron por la puerta opuesta a la que, minutos antes, se había abierto para dejar salir a su hermano y, cansinamente se dirigió a su celda, con la imagen en su mente de un sonriente Danny de 10 años intentando llegar a los pedales del Lincoln Continental… cuyas puertas iban cargadas de droga camuflada.

Miami, marzo de 1980

"… y unes el dibujo del caballo con su palabra… así… ¡Danny, atiéndeme!" Janice Ayala dejó el lápiz y miró al pequeño de seis años con preocupación. Éste fijaba sus brillantes ojos oscuros en la puerta, tras la que se oía una fuerte discusión. No era nada nuevo, pero hablaban de él, y el pequeño era plenamente consciente de lo que ocurriría después… más tarde… cuando ya no hubiera testigos.

"Danny, cariño, vamos…" insistió ella tocándole suavemente el brazo. Danny dio un respingo y centró su atención en Janice. La expresión de miedo era evidente, el pequeño estaba al borde de las lágrimas pero cogió el lápiz con determinación y trazó la línea que unía el caballo con la palabra que lo describía, tragándose las lágrimas y el miedo.

"¿Aún te duele la mano?" preguntó ella señalando su muñeca izquierda, aún vendada.

El niño negó con la cabeza.

"Sí que le duele", respondió su hermano mayor. "Pero así aprenderá a quedarse quieto y no meterse por medio cuando papá…"

"¡Me corté con la ventana!", protestó el niño.

Ambos hermanos se miraron un momento, desafiantes. Rafie a sus catorce años, se había convertido en un larguirucho muchacho de cabellos negros y ojos tan brillantes y oscuros como su hermano. Su expresión delataba a las claras que había dejado la infancia muy atrás, probablemente mucho antes que cualquier niño de su edad.

Finalmente, Rafie desvió la mirada y cerró los libros con desdén. "Me voy a dar una vuelta," dijo, mientras se levantaba.

"Rafael, siéntate, aún no has terminado los deberes," apuntó Janice.

"¿Quién lo dice?" respondió él.

Ella iba a contestar, pero Rafie ya salía por la puerta, que cerró con cuidado. No pretendía que sus padres abandonaran el intercambio de gritos e insultos, para encararse con él o con Danny.

Jugando con una pequeña piedra, mientras se dirigía al aparcamiento, ahora abandonado, del antiguo Centro Cívico, donde se reunía casi a diario con sus amigos, pensaba, una vez más, en la posibilidad de irse de casa. Pero aún no tenía recursos… y estaba Danny. ¿Qué sería de su hermano pequeño si él no estaba allí? Día sí y otro también, bajo un pacto de silencio, Rafie sucumbía a la ira de su padre y recibía alguna paliza de más, unas por las que le correspondían a él… otras por las que le podían corresponder a Danny, eso siempre según las reglas que dictaba su padre… o las botellas de cerveza que se había bebido por el camino ese día. Reglas que, en ocasiones, parecía que tanto Danny como su madre, aceptaban. Rafie sabía qué había detrás de la contestación de su hermano. Ya le habían separado de su madre otra vez, y una noche en un centro de acogida sin saber qué ocurriría al día siguiente, había sido una experiencia aterradora para el niño. Para su madre tampoco había sido fácil… razón más que suficiente para intentar ocultar los abusos… no soportaría una nueva separación de sus hijos. Por ello, había aleccionado al pequeño, le había explicado que había sido él mismo quien se había cortado con la ventana de la cocina… y el niño se estaba convenciendo de ello. Una mueca de disgusto asomó a su rostro mientras seguía avanzando, abandonada ya aquella piedra que le había acompañado en los primeros tramos de su recorrido.

Aún retumbaban en su cabeza los gritos e insultos que sus progenitores se dedicaban cuando dejó la pequeña vivienda donde habitaban, en el barrio de Haileah, en una de las zonas más desfavorecidas de la ciudad de Miami, cuando divisó a sus amigos, apoyados en un viejo coche abandonado junto a la alambrada que delimitaba el aparcamiento, charlando animadamente. Les saludó con la mano y apresuró la marcha.

"¡Hey!, ¿qué pasó?" dijo, mientras intercambiaban el habitual ritual que ellos llamaban 'saludo'.

"Hola Rafie," dijo uno de ellos, tendiéndole un cigarrillo.

Rafie sonrió sorprendido. "¿De dónde has sacado esto, Verguilla?" Ese era el apodo de Marcos Zaldívar, quien a sus quince años ya sacaba una cabeza a sus amigos, aunque Rafie prácticamente le igualaba.

Verguilla se echó a reír, mostrando algunos huecos en su dentadura, fruto de un puñetazo en una pelea de bandas el mes anterior. "¿Te acuerdas del tipo del que te hablé el otro día?" Rafie asintió, mientras encendía el cigarrillo y lo apuraba, dándose aires de ser un entendido en la materia. Hacía ya tiempo que no se atragantaba con el humo y le daba cierta importancia al asunto, cuando aún veía a otros muchachos enrojecer hasta las orejas mientras tosían sin parar.

"Tiene un negocio que proponernos… parecía interesante," continuó Verguilla.

"¿Hay pasta por medio… o sólo cigarrillos?" se interesó Rafie.

"Dijo que nos convertiríamos en gente importante…" comentó Manny.

Manny, Manuel Ramírez, tenía también quince años, como Verguilla y era, justamente, su contrapunto. Bajito como su padre, según decían, pues él ni siquiera había conocido al hombre que una vez vivió en su casa y se había largado dejando deudas y tres chiquillos a cargo de su madre, quien se dejaba las manos enjabonando platos ajenos durante el día y atendiendo, como podía, a su familia durante las escasas horas libres que le quedaban, Manny, el mayor de los tres, se suponía que cuidaba de los dos menores, pero lo cierto era que pasaba la mayor parte del tiempo con Verguilla y Rafie… cuanto más lejos de casa, mejor, había decidido.

El ruido de la música estridente proveniente de un coche aproximándose a ellos, les hizo desviar la atención. Rafie frunció el ceño tratando de recordar dónde había visto antes aquel coche… oh sí, cerca del malecón donde a veces se llevaba a Danny. "¿Son esos?" preguntó, conociendo en realidad, la respuesta.

Verguilla asintió nervioso, sin apartar la vista del coche.

La música se apagó y un instante después las puertas del coche se abrieron. Dos tipos enormes, de unos 26 ó 27 años, calculó Rafie, bajaron de él y tras echar un rápido vistazo alrededor, se acercaron al grupo, fijando su atención en Verguilla, quien se había adelantado. Rafie no pudo evitar una sonrisa al observar la vestimenta de los recién llegados, inspirada seguramente en alguna mala película de bandas de echaban en la televisión los domingos por la tarde.

"¿Qué es lo que te hace tanta gracia?" le espetó uno de los hombres.

A Rafie se le congeló la sonrisa al instante pero, acostumbrado a lidiar con su padre a diario, encontró una rápida salida que, además, era cierta. "Su coche…" empezó. El otro arqueó una ceja. "Me gusta, tiene… cortinillas traseras", siguió Rafie, sin saber muy bien cómo se lo tomaría aquel tipo.

"Vaya… así que te gusta, ¿eh? ¿Quieres conducir uno como este?" le preguntó el tipo sonriendo maliciosamente.

Rafie no pudo disimular su alegría, aunque se limitó a asentir. "No estaría mal," concluyó. Aunque aún no tenía la edad reglamentaria, Rafie ya era lo bastante alto para aparentar tener los 15 que se requerían para obtener la licencia.

"¿Le has contado algo a tus amigos, chico?" preguntó, esta vez dirigiéndose a Verguilla.

"Lo que usted me dijo, que podía tener usted un asunto interesante para nosotros," respondió el aludido.

"Os podéis ganar un dinerillo con esto… y algo de mercancía si os apetece," mientras tiraba el cigarrillo y lo aplastaba con la puntera del zapato. "Venid aquí."

Miami, septiembre de 1980

Rafie salvó rápidamente las tres plantas del viejo edificio y se paró a recuperar el aliento en el rellano, a unos metros de la puerta de su casa. Nunca antes había visto tanto dinero junto. Le había dado para comprar algunas cosas para él, para su madre, para su hermano… y aún le sobraba algo de dinero. Se lo daría a ella también. Varias veces la había escuchado hablar de algunas cosas que quería comprar para la casa y su padre siempre se lo había negado. Pues bien, él iba a solucionar eso.

Sintiéndose orgulloso y responsable de su familia, seguro de que las cosas serían diferentes a partir de entonces, sujetó las bolsas con decisión y tocó en la puerta. Al otro lado no se oía nada, clara señal de que su padre no estaba por los alrededores.

"¡Abuela!", exclamó sorprendido, cuando ésta abrió la puerta.

No era habitual recibir visitas en casa, a excepción, por supuesto, del asistente social de turno.

Ella le miró de arriba abajo y frunció el ceño. "Estos chicos cada vez crecen más. ¡No sé lo que les das, Sonia… ninguno de mis hijos fue nunca tan alto!" exclamó en español, el único idioma que hablaba, lo suficientemente alto para que su hija la oyera.

Rafie soltó las bolsas y abrazó a su abuela. A sus 65 años y con el pelo completamente blanco, María Auxiliadora Quirós no conservaba ya la energía de antaño. Había abandonado su Cuba natal en 1960, tras la muerte de su marido, junto con la menor de sus hijos, Sonia, quien por entonces contaba con 20 años. Establecidas en Miami, la abuela de Rafie y Danny había conseguido trabajo como costurera en una tienda de arreglos, trabajo que compartió con Sonia hasta que ésta se enamoró del hijo de una clienta habitual. Mario Álvarez, alto y con un atractivo que a María Auxiliadora se le antojaba algo peligroso, solía acompañar a su madre a la tienda a entregar o recoger alguna ropa. La mujer, a quien la artritis en sus manos impedía hacer casi cualquier labor doméstica, acudía con frecuencia a la tienda y Sonia se fijaba en la atención que su hijo le dispensaba. Eso fue lo primero, luego él se fijó en sus ojos verdes destacados en su piel pálida y su largo cabello oscuro. Habían pasado 3 años desde que abandonaran Cuba, cuando Sonia y Mario unieron sus vidas, con promesas e ilusiones que pronto quedarían desdibujadas bajo las lágrimas de Sonia. Fue tras nacer Rafael, cuando las cosas en el hogar de los Álvarez comenzaron a cambiar drásticamente. Mario pasaba mucho tiempo fuera de casa, apenas ayudaba a su mujer y, en numerosas ocasiones el aliento alcoholizado y los ojos vidriosos era todo lo que obtenía Sonia cuando él regresaba a casa. Al principio era sólo eso, y Sonia pensó que sería una mala racha, pero sus excesos, unido a las dificultades para conservar los trabajos que le ofrecían como mecánico, fueron moldeando su carácter, convirtiéndole en un alcohólico y en un hombre violento, especialmente con su familia. En poco tiempo, apenas nada quedaba de aquel apuesto joven que ayudaba a su madre.

Velando por el sustento de su familia, Sonia consideró la posibilidad de volver a trabajar en la tienda de arreglos, actividad que había abandonado al casarse con Mario. Entonces, no parecía necesario y además a él no le gustaba, no quería que Sonia trabajara, pero ahora era diferente. Si Mario no tenía un trabajo estable, ella quería hacer algo. Pero él no entendió la necesidad, es más, interpretó la sugerencia de su mujer como una ofensa hacia él mismo y su violenta reacción, hizo desistir a Sonia de, tan siquiera, volver a plantear el asunto.

Poco más pudo hacer la madre de Sonia cuando Mario se presentó en la tienda hecho una furia, tras ella reprocharle su actitud. De no ser por la intervención de una compañera, la cosa podría haber ido mucho más allá de los gritos que aquel hombre descontrolado profirió contra María Auxiliadora. Fue ella quien, finalmente, dio aviso a los servicios sociales, fue ella quien habló con los profesores de los niños en el colegio y, siempre discretamente, intentaba ayudar a su hija y a sus nietos. Poco pasaba por la casa, no quería encontrarse a Mario Álvarez de frente y, las pocas veces que lo hacía, se cercioraba de que él no estuviera allí.

Rafie se llevó un dedo a los labios con una sonrisa cómplice, cuando ella miró inquisitivamente las bolsas. Luego se acercó a su hermano pequeño que dormitaba en el sofá del salón. Le dio un pequeño golpecito en el hombro y se sentó a su lado. Pegó la cara a su oreja y le susurró algo al oído, hasta que el niño empezó a moverse. Entonces, Rafie se incorporó y, cogiendo una de las bolsas, sacó un paquete que puso a su lado.

Danny se frotó los ojos y miró a su hermano refunfuñando, pero inmediatamente reparó en el paquete y se despertó completamente en centésimas de segundo. "¿Qué es eso? ¿es para mi?" exclamó, abriendo mucho los ojos.

"Ábrelo," le animó él.

Danny cogió el paquete y rasgó el papel sin muchos miramientos. Una pequeña mochila escolar con unos dibujos de Looney Toons impresos en ella quedó a la vista. Al niño le brillaron los ojos de sorpresa y alegría. Inmediatamente la abrió e inspeccionó su interior, luego le dio vueltas para no perderse detalle de los dibujos. Finalmente, fijó sus ojos de nuevo en su hermano con una sonrisa de oreja a oreja.

"¿Qué se dice, Danny?" le recordó su abuela.

"Gracias, Rafie," contestó él al instante.

Rafie se echó a reír y abrazó a su hermano. "Está bien chico, a qué mola, ¿eh? Vas a ver las caras de tus compis cuando vayas al cole mañana con ella…"

Los dos se echaron a reír. Rafie revolvió el pelo de su hermano y luego se levantó. "Espera, tengo algo para mamá también," dijo sin percatarse de que ella estaba apoyada en el marco de la puerta del dormitorio, observándole con una sonrisa pero también con cierta preocupación en su mirada.

Sin embargo, al volverse hacia ella, Rafie no percibió esa preocupación. Su madre rara vez sonreía con la mirada, la cual, casi siempre, reflejaba temor y, fija en ella, una tristeza que habitaba lo más profundo de su corazón. Rafie intuía la razón pero, por algún motivo desconocido para él, era un asunto del que nunca se hablaba. Alguna vez había escuchado a alguno de los asistentes sociales que casi permanentemente acudían a su casa, cuando, encarando a su padre, le había advertido de que "…si las cosas siguen así, la temporalidad se mantendrá y la situación será aún más complicada para ellos. Comprendan que si entraron en el programa fue porque los Servicios Sociales informaron favorablemente sobre ello y ustedes firmaron un compromiso que han de cumplir." Había visto el desprecio en la cara de su padre y lágrimas en los ojos de su madre aquel día y, a través de la ranura de la puerta del dormitorio que compartía con Danny, la había visto sujetar con fuerza la mano de su hermano, temerosa de que, en cualquier momento, se lo llevaran a un hogar de acogida.

"¿Qué es todo esto, Rafie?" preguntó ella, cogiendo la bolsa que él le tendía. El no contestó, sólo la observaba expectante mientras ella sacaba el suave jersey verde mar, a juego con el color de sus ojos, y no podía evitar una exclamación de asombro. "¡Rafie, es… es precioso!" Enseguida se lo colocó encima y se acercó a su habitación para verse en el espejo. "Mira, mamá, es precioso, ¿verdad? Y has acertado con la talla, hijo. Tienes buen ojo…"

"Hay algo más, mamá", dijo Rafie exultante, mientras se metía la mano en el bolsillo. De él, sacó un pequeño fajo de dinero que entregó a su madre. "Esto… esto es para lo que quieras, para ti, para la casa, para guardarlo si lo prefieres."

Ella miró el dinero atónita. No le hacía falta contarlo para darse cuenta de que era más de lo que cualquier niño de la edad de Rafie podría conseguir… y luego, estaban los regalos… Miró a su hijo mayor que le sonreía abiertamente, mientras un desagradable presentimiento pasaba por su mente.

"Rafie hijo… ¿de dónde has sacado tanto dinero?" le preguntó.

"No te preocupes mamá, me lo he ganado a pulso…" empezó él.

"¿Haciendo qué?" preguntó su abuela entonces, entendiendo la preocupación de Sonia.

"Rafie, ¿te has metido en algún lío? Oye hijo, me hace muy feliz que traigas todo esto a casa, de verdad, pero… no quiero que hagas nada que no debas. Todo esto está muy bien, pero no es necesario, ¿entiendes?" Su madre había dejado de sonreír y ahora, tanto ella como su abuela le miraban con una expresión de preocupación que Rafie hubiera querido borrar en aquel mismo instante.

"No me he metido en ningún lío. Unos tipos le ofrecieron un trabajo a Verguilla y Manny y yo nos unimos a él. Sólo tenemos que llevar algo de un sitio a otro…" explicó.

"Algo…" dijo su abuela pensativa. "Debe de ser algo muy importante para ganar tanto dinero por llevarlo de un sitio a otro."

Rafie tragó saliva y miró de reojo a Danny quien, ajeno a la conversación, seguía estudiando la mochila que su hermano le había regalado. "No sé lo que es," dijo, finalmente.

"Y, ¿quiénes son esos tipos, Rafie?" preguntó de nuevo su madre.

"Pues no sé…"

"¿No tienen nombre?"

"En realidad, hablamos con uno de ellos. Le llamamos 'señor Guzmán'… no sé nada más."

Su madre palideció. Tenía que ser Alexis Guzmán. Había oído hablar de él y lo que se decía no era nada bueno. Recogiendo la mochila y el jersey, metió ambas cosas en una de las bolsas y se la devolvió a Rafie, junto con el dinero que él le había dado. "Devuelve esto… o regálalo… o haz lo que quieras… pero no voy a aceptarlo viniendo de donde viene," le ordenó muy seria.

"Pero mamá, es mío… te lo estoy dando yo… es… es mi trabajo," protestó Rafie confundido.

"No quiero que trabajes para ese Guzmán, no quiero que hagas esos trabajos, Rafie. No lo necesitamos…"

"¿Cómo que no? ¿qué te trae papá de su trabajo, eh? Malvivimos en esta casa, sin apenas nada…"

"¡No malvivimos, Rafie. Nuestros problemas no tienen nada que ver con el dinero, tenemos más que suficiente!".

"¡Eso es mentira! ¡Te he visto discutir con papá porque no te daba más para hacer la compra! ¡Te he visto discutir con él para conseguir algo de dinero para el material escolar! ¡Siempre estáis gritando por dinero!" Era Rafie quien gritaba ahora.

Su madre vió la ira en los ojos de Rafie y le resultó tan familiar como dolorosa. Por un momento, creyó que aquel adolescente que le gritaba era Mario. Pero no, era Rafie, su pequeño, que ya no lo era tanto. Por un instante, dejó de ver a su hijo mayor como tal y se convirtió en una persona totalmente extraña para ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo en anticipación… un presentimiento sobre cuál sería el futuro de su hijo, si no hacía algo para remediarlo.

"Rafie," empezó, sin levantar la voz. "Esa gente son delincuentes, traficantes de drogas. Sólo te están utilizando para hacer su negocio y que no les coja la policía. Si te cogen hijo, si te cogen… te verás metido en un lío del que nadie te podrá sacar. No quiero que arruines tu vida… tienes que alejarte de ellos, ¿me entiendes? Mi mayor alegría es que acabes tus estudios y te labres un porvenir, no esto. Parece bueno, es mucho dinero y lo consigues muy fácilmente… pero no está bien, y es peligroso."

"Cariño, todo esto que has traído está manchado…" empezó su abuela.

"¿Manchado? ¿cómo que manchado? Es mío, lo he conseguido yo… lo he traído para vosotros. Abuela, ¿dónde ves algo manchado aquí?" insistió Rafie, sin querer escuchar, sacando el jersey que había comprado a su madre de la bolsa.

"Rafie, no es que tu madre no aprecie lo que has traído. Es la forma en que lo has conseguido… es de dónde viene ese dinero lo que está mal," le intentó explicar su abuela.

"No. No está mal… lo que está mal es otra cosa. Es todo lo que pasamos aquí y que no se dice, lo que pasa delante del asistente social y lo que pasa detrás. Es todas las mentiras cada vez que tenemos que ir a urgencias. ¿Es que no os dais cuenta de que con esto podemos ser libres?"

"Rafie, no malgastes tu vida de esa forma," le contestó su madre, consciente de que, de alguna forma, Rafie tenía razón en lo que decía, pero… ¿qué podía hacer ella?.

"No, no la malgastaré. Si tú quieres seguir viviendo así, adelante, mamá. Pero no esperes que yo te siga." Rafie cogió las bolsas y el dinero y se dio media vuelta, saliendo rápidamente de la casa. No quería que vieran sus lágrimas de furia y desesperación, de desencanto… no quería ver a Danny, quien no comprendía qué había pasado entre ellos… que había pasado con su mochila nueva.

Desanduvo todo el trayecto que un momento antes había recorrido entusiasmado con las cosas que traía para su casa y el recuerdo de ello terminó por hacerle parar. Hundió los puños en una pared y dejó un pequeño hueco en ella y sangre en sus nudillos. Pero no le importó. Secó sus lágrimas con rabia y se dirigió calle abajo, hacia el lugar donde solía reunirse con Verguilla y Manny. Compartiría un porro con ellos y se olvidaría de todo por un rato.

Miami, febrero de 1983

Aunque no tenía que acudir al colegio, Danny se levantó temprano ese día. Había quedado con Rafie en ir a pescar y pasarían el día fuera. Somnoliento y en pijama entró en la cocina y se dejó caer en una silla. Sobre la mesa, aún estaba la nota que Andy Pears había dejado el día anterior. A Danny le caía bien Andy; de todos los asistentes sociales que habían pasado por su casa, era su favorito. Pero al final, como todos, se había rendido.

"Creía que le caía bien," dijo en voz alta.

Su madre, que le preparaba algo que llevarse de comer, cerró el envase y lo guardó en la mochila. Luego, le dio una taza de leche caliente y se sentó junto a él. "He llamado a los servicios sociales. Andy ha dejado su trabajo… no a nosotros, no a ti. A veces la gente se cansa o encuentra algo mejor en lo que trabajar…"

"Yo creía que se divertía conmigo," siguió el niño.

"Claro que sí, cariño; pero su trabajo es algo más complicado que eso," dijo ella, acercándole la lata de galletas.

"Entonces, ¿no es por mí?"

"Claro que no…"

"No lo entiendo, ¿por qué me contó lo del campamento de verano si no iba a llevarme?"

"Quizás pensaba llevarte, Danny. Pero, puede que surgiera algo… algún problema y…"

"Todos se van," interrumpió él. "Todos hacen planes conmigo pero luego se van. Creo que lo dicen para que me lo crea, pero es mentira… siempre es mentira. Soy un tonto creyéndoles."

"No hijo, no es mentira. Esto no tiene que ver contigo. Y no, desde luego no eres tonto. Eres mi hijo y te puedo asegurar que eres muy listo. Y tu tutora también opina lo mismo."

"Papi no piensa lo mismo."

"Papá tiene muchas cosas de las que ocuparse, Danny, y a veces sus dificultades las trae a casa. Por eso se enfada mucho, pero no tiene nada que ver contigo. El te quiere… a su manera… pero te quiere."

Danny la miró no muy convencido, mientras otra pregunta le venía a la cabeza. Pero su madre no le dejó hablar.

"Tómate la leche, tu hermano debe estar a punto de llegar," le dijo. "Te he preparado la mochila con una muda y el almuerzo. ¿tienes las cañas de pesca?"

"Las tiene Rafie."

"Bien, voy a darme un baño. Si viene mientras tanto, dile que no se vaya, quiero hablar con él," le dijo ella.

"¿Por qué Rafie pasa tanto tiempo fuera, mami? A mi me gustaba más cuando vivíamos todos juntos."

"No lo sé… ya es mayor. A mi también me gustaría que estuviera en casa…" contestó ella.

Sonia Álvarez se quedó un momento observando a Danny. Parecía tan inocente, tal vez se había acostumbrado… tal vez lo ignoraba, como hacía ella. Pero Rafie… Rafie no podía permanecer mucho tiempo bajo el mismo techo que su padre sin que discutieran. Y ya había demasiadas discusiones en aquella casa. Sonia sabía que su hijo mayor seguía trabajando para aquellos traficantes, y rogaba cada día para que no le cogieran, para que no se metiera en líos. Rafie ya era mayor de edad y no había nada que ella pudiera hacer.

Unos minutos más tarde, Danny abría la puerta a su hermano. "¿Está papá en casa?" fue lo primero que preguntó. Danny asintió. "Está dormido, creo que anoche regresó tarde del trabajo…" le explicó.

"¿Del trabajo?" repitió Rafie con una mueca. "De acuerdo," siguió. No discutiría con su hermano, quizás así era mejor para él. "¿Tienes tu mochila lista?"

"Sí, claro. Mamá dice que esperes, quiere hablar contigo."

Rafie hizo una mueca de desagrado y luego recordó algo. "Ven, asómate, voy a enseñarte algo," dijo dirigiéndose a la única ventana del pequeño saloncito que hacía las veces de vestíbulo, cuarto de juegos, salón de estar y, en ocasiones especiales, de comedor." Rafie la abrió y señaló hacia abajo. Danny miró y vio el coche que su hermano señalaba. "Es… ¿es el Lincoln Continental que me dijiste?" preguntó abriendo los ojos con sorpresa.

"El mismo," le dijo su hermano. "No se lo digas a mamá. Te llevaré en él de pesca y luego lo devolveremos. No es mío, me lo han prestado."

"Es genial."

"Si quieres, puedo enseñarte a conducirlo, cuando estemos cerca del malecón."

"¿Harías eso?" preguntó Danny aún sorprendido, sin desviar la vista del imponente vehículo.

"Claro, lo que sea por mi hermanito," respondió su hermano. "Pero ya sabes, chitón sobre este tema, ¿de acuerdo?"

"Rafie, ¿estás ahí?" Oyeron que su madre preguntaba.

"Sí mamá… ya nos íbamos…" contestó Rafie.

Ella apareció en el salón aún abierto y se apresuró a cerrar la ventana. "Ven, hijo. Te he preparado algunas cosas para que te lleves," dijo dirigiéndose a la cocina y cogiendo una bolsa. "Toma, aquí tenéis algo más de comida y te he hecho un bizcocho para que lo guardes en…" ella se quedó callada, sin saber cómo seguir. Se le hacía muy dura la separación de su hijo mayor y le preocupaba mucho la vida que estaba llevando. "Estás muy delgado," terminó.

A Rafie se le hizo un nudo en la garganta. Quería a su madre, pero no entendía como podía vivir supeditada a su padre, cómo no había hecho nada. El, en cambio, vivía por su cuenta, aunque aún se llevaba con él a su hermano pequeño cada vez que podía. Por mucho que le dijeran que las cosas iban bien, él sabía que no era cierto. Ahí seguían los asistentes sociales… y aquellos a quien nadie nombraba no habían regresado. Aunque no hacía falta ser muy listo para darse cuenta. Las marcas que su padre dejaba en el brazo de Danny cuando le agarraba con más fuerza de la deseable eran evidentes y Rafie había dejado de interrogar a su hermano, desesperado ante cualquier invento del pequeño.

"Huele muy bien, mamá. Te lo agradezco. Te traeré de vuelta a Danny al atardecer, ¿de acuerdo?" le dijo, cogiendo la bolsa. Le dio un beso a su madre y alargó la mano hacia su hermano que se agarró a ella con una cara de felicidad casi indescriptible.

Su madre se quedó mirándolos, preguntándose a qué se debía la felicidad que Danny sentía en pasar el día con su hermano… claro que en la mente del pequeño había un nuevo aliciente aparte de un día de pesca… el Lincoln Continental que esperaba en la puerta.

...

"Y, ¿cómo tengo que hacer?" preguntó él.

Hacía rato que habían dejado la pesca a un lado y Danny se interesaba ávidamente por el coche.

"¿Ya no recuerdas lo que te enseñé la otra vez?" protestó Rafie.

Era la segunda vez que le dejaban el Lincoln Continental para hacer un trabajo y Danny quería probarlo de nuevo. Sin embargo, Rafie estaba preocupado. La gente con la que trabajaba estaba empezando a conocer a Danny y Rafie no se sentía muy a gusto con ello. Quería a su hermano, le sacaba de casa siempre que podía para mantenerle alejado de su padre, pero no quería que se uniera a aquella gente… a él. Con el jersey cubriéndole los brazos, ocultando los últimos pinchazos a su hermano, apoyó la mano sobre la caja de cambios para explicarle, una vez más, como funcionaban los cambios, mientras Danny se esforzaba en alcanzar el pedal del embrague. Mientras le enseñaba, Rafie decidió que aquella sería la última vez que llevaría a Danny con él. Era peligroso, Danny empezaba a darse cuenta de lo que ocurría y Rafie no quería que se fuera de la lengua. Miró los laterales de las puertas, donde tendría que ocultar los paquetes de droga y llevar el coche esa misma noche a su destino. Probablemente, sería la última vez que cogería el Lincoln Continental; su gente solía cambiar los coches para pasar desapercibidos. Cuando volvió a mirar a su hermano, éste estaba colorado del esfuerzo en llegar a los pedales. Rafie se echó a reír y al cabo de un momento, Danny le secundó.