Lectores,

Escribí este one-shot porque quería un descanso de mi historia actual Entre libros, insomnio y magia, que les invito a leer por supuesto jejeje–. Se me vino a la mente primero el Gran Comedor, luego Malfoy y ¡paf!, salió esto. La idea era juguetear un poco con Draco y Hermione, pareja de la cual no soy estrictamente un fan, pero que siempre me ha apetecido en diversos escenarios. Me pareció algo gracioso… En fin, es un one-shot pero podría transformarlo en una serie de capítulos cortos si ustedes lo piden, ¡ustedes decidirán! No abusen, eso sí, jajajaja.

Un abrazo,

Iuris Doctor


La falda de Granger

por

Iuris Doctor


–Pásame un poco de tarta de frutillas, Goyle.

La voz de Draco Malfoy, con su tono mandón de siempre, apenas se dejaba oír gracias a las demás voces que se encargaban de oficiar de banda sonora del Gran Comedor. Era sábado por la noche y, como era costumbre, la mesa de Slytherin estaba repleta de muchachos y muchachas listos para cenar algo delicioso. Draco Malfoy esperaba lo mismo.

–¡Que me la pases, Goyle! –volvió a farfullar Malfoy, casi gritando. Gregory Goyle hizo un leve movimiento brusco con la cabeza, como si estuviese saliendo de un trance, y tomó un pedazo de tarta de frutillas, extendiéndolo hacia Draco–. Lávate las orejas, patán.

Pero no era culpa del cerumen de Goyle que el muchacho no hubiese oído la voz de Malfoy. Era el maldito barullo. Bajo el cielo nocturno carente de estrellas del Gran Comedor los estudiantes de Hogwarts parecían estar montando una especie de concurso de quién hablaba más fuerte. El ruido provenía principalmente de la mesa de Gryffindor. Los integrantes de la casa de Godric parecían estar celebrando algo: los vasos llenos con jugo de calabaza chocaban en el aire, como si estuviesen brindando, así como algunos de los que ocupaban la larga mesa teñida de escarlata y dorado lanzaban cánticos enfermizos que demostraban una felicidad inmensa. La razón de tal alboroto era simple: hacía un par de horas, Gryffindor había vencido a Hufflepuff en el partido de quidditch correspondiente a ese fin de semana. Malfoy y su grupo ni siquiera se molestaron en asistir: no tenía gracia ver cómo una manga de perdedores sin talento volaba en sus patéticas escobitas dejándosela fácil a Harry Potter quien, como un héroe martirizado, había atrapado la snitch cayendo majestuosa y fingidamente de su escoba. Resultado: un hueso del brazo derecho roto.

Malfoy bufó y dirigió su mirada displicente a la mesa de Gryffindor. A lo lejos pudo divisar a Harry Potter quien, con un cabestrillo en su brazo derecho, sonreía de forma idiota al tiempo en que Weasley y Granger le celebraban hasta el último pedo que se había tirado. El muchacho rubio se volteó nuevamente hacia Goyle, enarcó las cejas como solía hacer y, tomando entre sus dedos un tenedor, comenzó a comer lentamente la tarta de frutillas. Pansy Parkinson, quien estaba sentada a su izquierda, lo miraba con interés. Draco, quien ya se había percatado de la mirada de la muchacha, siguió engullendo la tarta con desdén, fijando su mirada en la pared de piedra del comedor. La muchacha, que siempre se había creído la última Coca-Cola del desierto, acercó su cabeza a la de Malfoy y, fingiendo una voz seductora, le dijo:

–Draco, ¿estás aburrido?

El rubio volvió a bufar, pero asintió con la cabeza. Una risita satisfecha se dibujó en la cara de Pansy quien, a pesar de la actitud desdeñosa del chico, rozó una de sus piernas con una de Malfoy de manera descarada, esperando alguna reacción. Sin embargo, su intento falló, pues no logró que su compañero soltara el tenedor y dejara de comer. Indignada, alejó su rostro de la oreja de Malfoy y se preocupó nuevamente de la pechuga de pavo que yacía en su plato. Cuando la chica se llevó a la boca un pedazo de pavo, Blaise Zabini se incorporó a la mesa de Slytherin con aire cabreado, haciéndose espacio de forma casi despectiva entre Crabbe y Goyle. Los amigos, molestos, le hicieron un espacio y dejaron que Zabini se sentara frente a Malfoy. El nuevo miembro del grupo le lanzó una mirada interesada al rubio que, nuevamente, ignoró cualquier mirada que pudiese significar cierto interés en su persona. Cuando ya le quedaban sólo un par de bocados de la tarta en el plato, Draco Malfoy dejó el tenedor a un lado y miró a Crabbe. El chico gordo, acostumbrado a esa mirada de su amigo, asintió con rapidez y tomó el plato con restos de tarta, la cual empezó a devorar sin necesidad de usar cubiertos. Malfoy hizo una mueca de asco y, sin más, intentó iniciar una conversación.

–¿Qué pasa, Zabini? –preguntó, con aire de superioridad moral. El moreno le lanzó una mirada fulminante, pero no menos interesada, y enarcó una ceja–. ¿Tienes un nuevo padrastro?

–Cállate, Malfoy –espetó Zabini, apretando los dientes. Sin embargo, el chico estaba tan acostumbrado a las bromas respecto de su infinita lista de padrastros que ya ni le molestaba. Había dejado de hacerlo por ahí por tercero–. Te noto aburrido, ¿alguna idea de qué hacer?

Malfoy lo meditó un segundo. En seguida, hizo un gesto con la cabeza, señalando la mesa de Gryffindor. Zabini, Crabbe, Goyle y Pansy dirigieron la mirada hacia el lugar donde apuntaba Draco con el mentón, de forma casi insultante. Todos asintieron con una sonrisita malévola: ahí estaba Potter, siendo alabado y ensalzado por todos los de Gryffindor. La sonrisa de suficiencia no se la sacaba nadie de la cara, ni siquiera el Señor Tenebroso. Parecía ahogarse en un caldero lleno de una solución compuesta de orgullo e idiotez. Esta última, por supuesto, sería el componente principal de aquel brebaje. Una vez que el muchacho rubio se percató de que todos habían entendido el mensaje, se inclinó hacia la mesa y, bajando el volumen de su voz, insinuó:

–¿Por qué no le borramos la sonrisa de la cara a Potter? –La cara de Crabbe esbozó una mueca de felicidad enfermiza, mientras que Goyle y Zabini se miraron, expectantes. Pansy no dijo nada, pero le fue imposible ocultar una sonrisa satisfecha de su rostro–. Si sigue así, no faltará mucho para que el viejo le ceda el puesto de director.

–¿Alguna idea, Malfoy? –preguntó Zabini, mientras recogía una alita de pollo grillada e ignoraba las risitas de unas alumnas de tercero que lo miraban descaradamente.

–De momento no… ¿Se te ocurre algo, Pansy? –preguntó Draco, dedicándole una sonrisa malvada a la chica que tenía al lado. El chico podría haber jurado que Pansy dio un saltito en su asiento, el cual fue seguido por una sonrisita llena de emoción.

–No en concreto, pero podríamos hacerle algo a Granger –la idea de la única mujer del grupo parecía tener aceptación, pero ello fue aplacado por un lento movimiento de cabeza de Malfoy, en señal de negación–. ¿Qué, Draco?

–¿A Granger? Digo, no es que me caiga bien la sangre sucia, pero queremos molestar a Potter… Y, en ese sentido, me parece sensato que le hagamos algo a él –el tono de Malfoy se volvió aún más sombrío cuando pronunció la última palabra, en la que imprimió un tono casi lúgubre–. Además, ¿qué le podemos hacer a ella? Cualquier cosa que hagamos la dejaría mejor de lo que está.

Pansy soltó una carcajada, como si estuviese tratando de que Malfoy se sintiese el chico más gracioso de todo Hogwarts. Los demás no soltaron risotada alguna, aunque Crabbe y Goyle sonrieron casi por obligación. El líder del grupo apoyó el codo sobre la mesa y, pensativo, dejó caer el mentón sobre la palma de su mano. ¿Qué podían hacerle a Potter? Ya parecía suficiente que tuviese la cara rajada y que usara unos lentes de anciano, pero ya no se le podía ocurrir alguna forma de humillarlo más de lo que él mismo se humillaba. ¿Y Weasley? Bah, Weasley ni siquiera merecía el interés de personas como ellos. Al igual que Potter, se humillaba con su sola existencia. En cambio, Granger… Si bien era un esperpento, al menos destacaba en lo académico y parecía ser medianamente inteligente. Quizá la idea de Pansy no era tan descabellada…

–Creo que primero, como un buen depredador, hay que observar a la presa –comenzó Zabini, sacando a Malfoy de su ensimismamiento. Señaló con el dedo el lugar donde se encontraban los aludidos, para que todos fijaran su atención en ellos.

Ahí estaban Potter, Weasley y Granger, sonriendo como idiotas. Potter hablaba con Granger, sin borrar la sonrisa de su rostro, mientras Weasley engullía dos pechugas de pollo sin la necesidad de recurrir al tenedor. «Quizá no los conoce», pensó Malfoy conteniendo la risa. La escena la completaban la hermana de Weasley –que Malfoy consideraba insoportable pero que, sin dudas, era bastante atractiva, sin mencionar que tenía un culo que hacía que Zabini se volteara cada vez que se cruzaba– y esa lunática rubia de Ravenclaw que parecía hablar con las paredes cada vez que caminaba por los pasillos. Todos muy felices, sí. Al menos de momento. De pronto, Potter se puso de pie con rapidez. Le siguieron, como siempre, sus dos perros falderos. Comenzaron a enfilar hacia la puerta, con una lentitud casi tentadora. En eso, Pansy volvió su cuerpo hacia la mesa y espetó, casi sin esfuerzo:

–Miren a Granger, por favor.

Ahí estaba la sangre sucia, caminando con lentitud. Su ya característica melena desordenada y castaña parecía flotar sobre su cabeza, coronando un desaliñado atuendo de colores pastel, que tenía por protagonista a un suéter bastante feo. Cuando Malfoy comenzó a despotricar contra Granger en su mente, Pansy volvió a tomar la batuta de la conversación y señaló, con un dedo bastante corto, a la sangre sucia.

–Fíjense, ¡lleva falda!

Y era verdad. La vestimenta que había escogido ese día Hermione Granger consistía en el ya mencionado suéter horrible y, además, una falda de color negro que le llegaba unos cuantos centímetros más arriba de la rodilla. Malfoy, experto en calificar piernas de mujeres, consideró que las piernas de Granger, si bien eran un poco flacas, eran largas y levemente torneadas: pasaban la prueba. La falda ondeaba con una repugnante elegancia a medida que el paso lento de la muchacha se dirigía hacia la salida del Gran Comedor, escoltando junto con Weasley al inepto de Potter. Zabini rió y Crabbe y Goyle le imitaron, como si quisieran caerle en gracia.

–Que alguien le diga a Granger que sus rodillas parecen cráneos de elfo doméstico –dijo Zabini entre risas, refiriéndose a la apariencia levemente huesuda de las rodillas de Hermione–. Pero nada mal, ¿eh?

–No, no, para nada –respondió al aire Goyle que, a estas alturas, no tenía ningún tipo de exigencia en cuanto a mujeres se refería–. Me parecen hasta buenas piernas.

Pansy le dedicó una mirada asesina, la cual Goyle ignoró gracias a su especial interés por las piernas de la sangre sucia. Malfoy no dejó de seguir a Potter y sus escoltas con la mirada, al menos hasta que se perdieron de vista cuando salieron del Gran Comedor y doblaron a la derecha.

–Vamos –ordenó Malfoy, con poca delicadeza. Su compañía no chistó e, inmediatamente, se pusieron de pie. Malfoy no despegaba la vista de la puerta del Gran Comedor y, cuando miró de reojo los ojos deseosos de sangre de Pansy, se puso de pie–. Que no se nos escapen esos payasos.

Los cincos emprendieron rumbo con dirección hacia la puerta del Gran Comedor, con una rapidez sigilosa que hacía parecer que sus pies flotaban. Cuando se abrieron paso entre un par de enanos de primero que los miraban con miedo, llegaron a la puerta y doblaron hacia la derecha. Podían ver, a lo lejos, cómo el grupito de idiotas emprendía su camino hacia la Torre Gryffindor. Malfoy, que lideraba el grupo, les hizo un gesto para que lo siguieran. El muchacho bordeó la escalinata de piedra que conectaba ese pasillo con el siguiente y, apoyándose contra la pared, comenzó a moverse con sigilo. Todos parecían comprender la consigna salvo Crabbe que, gracias a su abultado peso corporal, hacía un ruido similar al que hacen los perros grandes cuando frotan su cuerpo contra una pared. En plan sigiloso, Malfoy llego hacia el pasillo por el cual había desaparecido nuevamente el trío al que seguían. Lanzó una aguda mirada en derredor y se percató de que sus presas habían emprendido el camino de la izquierda. El rubio hizo otro gesto con la mano, indicando que abandonarían el plan sigiloso. Simplemente, comenzaron a caminar rápidamente en la misma dirección que caminaban Potter, Weasley y Granger. Esto parecía pan comido. Las sombras que producían las ingentes estatuas de metal que adornaban el pasillo y los monumentos de piedra parecían ocultarlos de cierta forma, pero sus peores adversarios en ese momento eran las antorchas empotradas en las paredes, que amenazaban con dejarlos totalmente al descubierto. Sus presas les llevaban al menos unos veinte metros de ventaja… No podían permitirse algo así.

–Tengo una idea –dijo Pansy, sin dejar de caminar con rapidez. Sus ojos castaños buscaron los de Malfoy, pero fue una tarea imposible: el líder de la misión tenía los ojos fijos en Potter–. Aquí voy… ¡Avifors!

Con una rapidez que asombró a todos, Pansy había sacado su varita. Apuntó con precisión una de las antorchas que se encontraba cerca del lugar donde se encontraba Potter y, acto seguido, pronunció el hechizo. La antorcha se transformó en un pájaro negro con marcas verdes en las alas que comenzó a revolotear por sobre la cabeza de Potter. Weasley, asustado, comenzó a agitar los brazos para que el pájaro se fuera, pero le fue imposible. Granger intentó meter una de sus manos dentro del suéter, pero se percató que no tenía ningún bolsillo: al parecer, no llevaba su varita con ella. Mientras todo esto ocurría, Malfoy agarró a Pansy del brazo con el que sostenía la varita y la arrastró con decisión a un pequeño pasillo que se abría a su derecha, escondiéndose. Zabini los siguió, mientras les hacía señas a Crabbe y Goyle para que hicieran lo mismo, pero parecían demasiado interesados en el pajarito. El muchacho espetó una maldición y Crabbe y Goyle, sintiéndose insultados, se reunieron en la penumbra que decoraba aquel estrecho pasillo. El pájaro seguía acechando a Potter, quien no sabía qué hacer. Oh sí, el grandioso Niño-Que-Vivió superado por un simple pajarito que quería acariciarle la cabezota, ¡maravilloso! Malfoy no pudo contener una risita. Se sintió tentado de darle una palmadita en la espalda en señal de felicitación a Pansy, pero un sentimiento sabio desde su interior lo reprimió: para ella eso sería casi un beso francés.

–Veo que te esfuerzas en Transformaciones, Pansy –le dijo Zabini, escondiéndose detrás de ella–. Creo que McGonagall estaría orgullosa de que… Oh, no. Creo que no.

Antes de que Zabini terminara de alabar a la muchacha, el pájaro se esfumó. Pansy suspiró. Un minuto no era mucho. Sin embargo, ninguna de sus presas se movió. Al contrario, comenzaron a mirar en todas direcciones, como si sospecharan que alguien los seguía. Weasley y Potter tenían sus varitas en mano, mientras Granger patrullaba de forma lenta y parsimoniosa la intersección del pasillo con otro que comenzaba unos tres metros más allá de donde sus amigotes estaban parados de forma patética. «Y estos que se creen, ¿aurores?», pensó Draco. A veces pensaba que las bromas que hacía en su mente eran perfectas…

–¿Qué hacemos ahora? –musitó Pansy, con la respiración agitada. Granger seguía patrullando la intersección, mientras Potter y Weasley lanzaban miradas desconfiadas en todas direcciones–. ¿De verdad se pondrán a jugar a los aurores por un simple pájaro? Qué imbéciles…

–¡Sh! –la hizo callar Malfoy. El muchacho se echó hacia adelante, asomando levemente su cabeza rubia hacia el pasillo principal. No había peligro en que lo vieran, porque la sombra que proyectaba una enorme estatua plantada frente a él lo cobijaba–. Tengo una idea…

Malfoy sacó la varita del bolsillo de su túnica y apuntó hacia el suelo. Murmuró algo entre dientes y un fragmento de piedra del piso saltó hacia su mano. El muchacho lo retuvo entre sus dedos un par de segundos y, luego, lo apuntó con la varita. «¡Wingardium Leviosa!» fue lo que espetó y, acto seguido, la piedrecilla se elevó por los aires, levitando. Draco dirigió, concentrado, la piedra en dirección a Potter. Ninguno de los tres se percató de que una piedra pequeña se acercaba hacia ellos. Pansy abrió levemente la boca, a la espera del maravilloso plan que su amado Draco había ideado; Zabini, por su parte, frunció la boca esperando que Malfoy no la cagara. Mientras la piedra seguía su lento camino por los aires, se acercó peligrosamente a Weasley quien, con la agudeza de un lince viejo y enfermo, se volteó en dirección contraria. En ese instante, Malfoy hizo un movimiento seco con la varita y la piedra salió despedida de manera perfecta hacia la intersección que custodiaba Granger. Según había planeado, el sonido dio a entender que la piedra había venido del pasillo que cortaba al pasillo principal, y no del pequeño pasillo oscuro en el que se escondían los Slytherin. El rubio sonrió triunfante cuando se percató que Granger, seguida de Potter y Weasley, se inmiscuyó en el pasillo que estaba custodiando con dedicación. En ese momento, Malfoy hizo otro gesto indicando que salieran de su escondite con sigilo.

–De aquí en adelante, déjenmelo a mí –dijo Malfoy, apoyándose nuevamente contra la pared de piedra, en un lugar donde la sombra era abundante–. Síganme… Ya lo tengo todo planeado.

Todos le hicieron caso a Malfoy de buena gana, excepto Zabini, que parecía cabreado y tenía pinta de querer irse de una vez. Los Gryffindor se habían adentrado en el pasillo que cortaba el vestíbulo que estaban recorriendo silenciosamente los Slytherin y, al parecer, lo hacían de manera sigilosa también. Draco señalaba cada par de segundos que mantuvieran el silencio. Mientras se deslizaban cual serpientes por el pasillo, oyeron cómo Granger, nerviosa, vociferaba sin mantener la compostura.

–¡Les digo que venía de aquí! –exclamó. Su voz parecía nerviosa y alterada. Potter y Weasley no parecían responder–. Estoy segura.

Malfoy sonrió. Sintió cómo los pasos de sus presas se alejaban lentamente, pero no avanzaron más de cuatro metros. La luz de una antorcha golpeó el rostro de Malfoy y de Pansy, quien le seguía fielmente inmediatamente detrás, haciendo que entrecerraran los ojos sin dejar de avanzar. Cuando ya quedaban menos de dos metros para alcanzar la intersección, Draco levantó el brazo derecho en señal de detención. Todos obedecieron, salvo Crabbe que pareció entender con efecto retardado: se percató de la orden cuando chocó con Goyle. De milagro no hicieron un estruendo de proporciones.

–Ahora, observen… –dijo Malfoy, adelantándose con sigilo. Se asomó por el pasillo y vio cómo Potter, Weasley y Granger estaban a unos tres metros, mirando en todas direcciones. Las sombras volvían a colaborar con el rubio quien, confiando en sus habilidades, estiró el cuello aún más. Hizo una señal con la mano para que sus acompañantes también avanzaran–. Esto será pan comido.

Malfoy, que no había soltado su varita en ningún instante, la apretó con fuerza y apuntó hacia Potter. Mojó sus labios con la lengua y cerró los ojos, sonriendo… Pero algo en su mente le hizo cambiar de opinión. Era una especie de voz interior, algo así como su conciencia –no en el buen sentido de la palabra, claro–, que le espetó un nuevo plan. Malfoy abrió los ojos y vio que su varita ya no apuntaba a Potter: ahora Granger era su objetivo. El muchacho tragó saliva y, sin dejar de sonreír, musitó un corto y simple hechizo. Lo que se oyó en seguida fue un grito de horror que provenía del pasillo contiguo.

La falda de Granger se había levantado.

Pansy comenzó a reír estruendosamente, pero Zabini logró taparle la boca con una de sus grandes manos sin problema. Crabbe y Goyle parecían hipnotizados por lo que veían. Draco Malfoy, por su parte, no podía dejar de sonreír ante la imagen que su conciencia le había susurrado de forma ingeniosa.

Ahí estaba Granger, con la falda levantada a más no poder, enseñando sus largas y flacuchentas piernas y, además, dejando al descubierto algo bastante gracioso: sus bragas eran celestes con corazoncitos bordados, como los de una niña pequeña. La castaña estaba roja de vergüenza e intentaba bajar la falda y taparse de forma desesperada. Sin embargo, la falda negra no quería bajar: parecía estar pegada al suéter color pastel que llevaba puesto. El grito de horror inicial fue sustituido por respiración agitada y gruñidos de vergüenza. Weasley se hacía el ciego: de pronto parecía que la antorcha del frente que iluminaba los calzones de Granger era lo suficientemente interesante para captar su atención. Potter, por su parte, intentaba ayudar a Granger con la falda. Pero los intentos seguían siendo infructuosos. La sangre sucia forcejeaba y no podía bajarla. Sus rodillas levemente huesudas chocaban entre sí por el esfuerzo, y Potter intentaba ayudarla sin dejar que su mirada se posara en las piernas o el trasero de su amiga. Malfoy no podía dejar de sonreír con suficiencia, mientras que Pansy había recobrado la compostura y observaba la escena mostrando los dientes de forma idiota. Zabini se reía en silencio; Crabbe y Goyle parecían babear.

–Limpiénse las babas, idiotas –dijo Malfoy en voz baja, sin dejar de mirar la jocosa escena–. Creo que ni con esa sangre sucia tendrían oportunidades. ¿Qué dices, Zabini?

–Ni en sueños –complementó el moreno, siendo interrumpido por uno o dos gritos ahogados de la castaña que seguía forcejeando. Zabini rió nuevamente, satisfecho–. Buen plan, ¿eh Malfoy?

–Maravilloso –contestó Pansy, sin dejar de enseñar los dientes en una sonrisa cargada de lástima y odio–. Con esa ropa interior podríamos decir que Granger morirá virgen, ¿no? Dudo que el bombonazo de Krum se la haya metido…

–Ni que fuera idiota –respondió Malfoy–. A mí me daría miedo que se me pegara algo. De todas maneras, a mí me pareció el año pasado que Krum era medio imbécil.

–Una chica es una chica –dijo Goyle, sin despegar su mirada de la ropa interior de Granger. Imágenes poco decorosas volaban dentro de su mente, olvidando poco a poco que la castaña era hija de muggles–. Quizá no era tan tonto…

–¡Oh, cállate, Goyle! –le gritó Pansy al oído, golpeándole la parte trasera de la cabeza. Estaban los cinco tan amontonados que cualquier paso en falso de Crabbe, que cerraba el grupo, haría que cayeran todos de bruces contra el suelo del castillo–. Llevas años juntándote con una chica como yo y aún no sabes lo que es bueno.

Zabini y Malfoy bufaron. Pansy no era nada bueno, pero tampoco era algo totalmente malo. Tenía cara de perro, pero sus rasgos se habían suavizado a medida que el tiempo pasaba. Malfoy la había visto en algunas ocasiones con ropa ligera y tenía unas tetas generosas, pero la parte trasera dejaba un poco que desear. No era nada espectacular, pero era una mujer que alguien como ellos podía permitirse de vez en cuando. En cambio, Granger era un esperpento. Sus braguitas de niña pequeña la hacían verse aún más ridícula, aunque tuviese unas piernas aceptables. La castaña aún forcejeaba con la falda, mientras Weasley se hacía el tonto y Potter la ayudaba. Draco tenía que mantener la concentración para que la prenda no se bajara… No quería que el espectáculo terminara tan rápido, quería que alguien se cruzara por el pasillo y viera la horrorosa ropa interior de Granger, quería que…

–¡Eh, déjenme ver mejor! –gruñó Crabbe desde atrás, empujando levemente a Zabini, quien amenazó con caerse luego de trastabillar. Malfoy perdió levemente el equilibrio y se inclinó hacia adelante peligrosamente, frenando la caída con un ruidoso golpe de su pie derecho contra la piedra–. ¡Malas personas, eh!

Pero el ruido no pasó desapercibido. Weasley, que era pobre e imbécil pero no sordo, escuchó el golpe seco que produjo el pie de Malfoy y, acto seguido, se volteó en esa dirección. Gracias a la sombra que producía una estatua de por ahí cerca no reconoció la cabellera rubia. Pero no todo era tan bueno: al intentar detener la caída, Draco perdió el contacto visual con la falda de Granger. Por fin, los infructuosos esfuerzos de la muchacha sirvieron de algo… La falda cayó y protegió sus delgados muslos y sus infantiles bragas. Granger, roja como un tomate, suspiró aliviada. Weasley, sin embargo, comenzó a marchar hacia el lugar donde se encontraban ellos.

–¡Muévanse, mierda! –exclamó hacia atrás Malfoy y, de forma inmediata, los cinco emprendieron la fuga a toda velocidad, desapareciendo por el pasillo escasamente iluminado.

La melena de Granger, más alborotada que nunca, se apoyó en el hombro de Potter quien, también levemente ruborizado, la acarició con lentitud. Weasley se acercó y le dio unas incómodas palmaditas en la espalda, como quien consuela a un cachorrito perdido. La luz de la antorcha que los iluminaba se volvió levemente más tenue y, luego de unos minutos, emprendieron el camino a la Torre Gryffindor que había sido interrumpido hacía unos minutos atrás.


El día lunes siguiente tocaba Pociones a primera hora. Malfoy no había podido borrar la ridícula imagen de Granger en ropa interior de su mente, y había sido el comentario obligado entre sus compañeros durante lo que quedaba del fin de semana. Durante esos días no se toparon con Granger, ni tampoco con Potter o Weasley. Pansy especulaba que Granger estaba encerrada llorando en su dormitorio, o que quizá había abandonado el castillo en busca de unas bragas más adecuadas para una quinceañera. Zabini pensaba que simplemente no habían tenido el placer de verlos de nuevo, mientras que Crabbe y Goyle seguían defendiendo la calidad de las piernas de Granger. Malfoy se limitaba a reír, asentir y, de vez en cuando, hacer una bromilla inocente al respecto. La verdad es que se moría de ganas de ver a Granger y recordar la imagen que yacía fresca en su retina.

El lunes había llegado. Los alumnos de Slytherin y Gryffindor se apostaban frente a la puerta que conducía al salón donde Snape hacía clases, en las oscuras mazmorras del castillo. No había ni rastro de Potter, ni menos de Granger ni de Weasley. Si llegaban después que Snape, la filípica duraría por lo menos tres cuartos de toda la clase. Sin embargo, el radar de Malfoy y sus compañeros estaba fallando: ellos sí estaban allí, pero no lograban verlos a causa del tumulto que generaban Thomas, Finnigan y Longbottom, quienes estaban amontonados observando la asquerosa Mimbulus mimbletonia del pelmazo de Longbottom. Granger estaba ahí, con su sonrisita de suficiencia de siempre, escoltada por Potter y Weasley quienes, más que nunca, parecían una especie de guardaespaldas de cuarta clase. Cuando Malfoy divisó a Snape a lo lejos, y todos los muchachos de quinto se ordenaron para entrar a la puerta, logró ver a Granger a lo lejos. El chico sonrió y le dio un codazo a Pansy, señalándola con humor. La aludida sonrió, pero no dijo nada. El profesor de Pociones se acercaba cada vez más, haciendo ondear su oscura túnica negra. Cuando llegó al lugar, le dedicó una mirada de odio a Potter y abrió la puerta, parándose al lado de forma desafiante.

–Adentro –musitó, con una voz profunda y llena de mal humor. Las cortinas grasientas de pelo negro se veían más sucias que nunca, sabrá Merlín por qué–. ¡Rápido!

Todos comenzaron a enfilar hacia el aula, intentando evitar la amarga mirada de Snape –particularmente los Gryffindor, que parecían volar hacia sus asientos–. Malfoy dejó que Pansy se adelantara y comenzó a caminar con lentitud deliberadamente, a la espera de Potter y sus amiguitos. Cuando estuvieron cerca, Malfoy se puso a la misma altura de Granger y, antes de ingresar por la puerta, le dio un leve codazo. La muchacha se volteó, pero Malfoy no dejó de caminar: se limitó a sonreír y, acercándose a su oído disimuladamente, le susurró entre risas:

–Bonitas bragas, Granger. ¿Me las muestras otro día?

El muchacho estalló en risas, mientras la muchacha se ponía roja como un tomate, para luego detenerse en seco. Por un momento, estuvo a punto de llorar y salir corriendo hacia el baño, pero se quedó ahí parada, sola. Cuando Snape iba a cerrar la puerta, se percató de su presencia.

–Entre, señorita Granger… ¿O acaso su inagotable sabiduría le ha hecho innecesaria la asistencia a mi clase de Pociones? –Hermione salió de su trance y miró a Snape, roja–. Diez puntos menos para Gryffindor. Y serán veinte si no se apura.

Hermione asintió, sin habla, y se perdió en la oscuridad del aula de las mazmorras. Cuando apareció, Malfoy le dedicó una brevísima sonrisa cargada de burlas. La muchacha dejó caer su mochila, sacó su varita y la dejó sobre la mesa. Suspiró, respiró hondo y pensó, con expresión desinteresada:

«A que te gustaría vérmelas de nuevo, ¿no, Malfoy?».

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Hermione. Snape entró, cerró la puerta tras de sí y la clase comenzó.

Aun así, Malfoy no podía borrar la imagen de las bragas de Granger de su cabeza. Cerró los ojos, las recordó, se rió de forma burlesca y comenzó a prestar atención.

Si algo le fascinaba a Malfoy, eran las bragas infantiles. «Que no se entere Pansy», pensó el muchacho, risueño, y metió la nariz de lleno en su caldero.

Los corazoncitos bordados de Granger aún le daban vueltas en la cabeza.