Notas: Último acto, tenía su tiempo escrito pero sólo hasta ahora decidí publicarlo.


Acto final: Un mundo sin ti.

Jem se niega a vivir sin Will.

"—No sé cómo vivir en un mundo de cazadores de sombras sin Will. Ni siquiera quiero intentarlo."

x

La burbuja finalmente estalló y la realidad convertida en olas lo ahogó en su totalidad. Jem, ya no el hermano Zakariah, ahogó un gemido que ocultó una pena profunda y dolorosa. Una que venía postergándose desde más de cien años y para ese entonces se dio a presentar. El aleteo de su desenfrenado corazón le arrebata el aire, el pecho le dolía, la runa desvanecida le quemaba...

Le gritaba, le rasgaba la piel y se la estriaba para decirle lo que ya sabía de antemano.

No está. Tu parabatai ya no está.

Esa vida de sombras era un caos, muertes, enfrentamientos, familias destruidas y, lo peor, la terrible lógica de inauguración: Will no estaba. Sollozó, en sueños, porque aún la anestesia que le habían clavado en los huesos seguía con sus dosificaciones sobre su cerebro. Y sin embargo, no era suficiente para apaciguar el dolor. El horror picoteando cada fibra del cuerpo, los recuerdos arrastrándose dentro de él.

Él había decidido convertirse en un hermano silencioso para sobrevivir, para seguir atándose a ese mundo que lo empujó a los brazos de la nefasta muerte a una edad infante. Podía evocar humos que tenían maravillosas formas, claro que sí, también, las más irreales y oscuras que ennegrecieron su destino. Aquel día, lóbrego, lluvioso y triste, cuando la marca de parabatai se desvaneció dejando sólo contornos. Abiertos y punzantes. No había sentido nada, ni un espectro de dolor o angustia, las runas de los hermandad supieron contener todo. Sus ojos, en ese entonces, suspiraron a las lágrimas por lo que Will sufriría; la ruptura de su lazo y unión. Y, sin embargo, no estaba triste del todo. Era un sacrificio, una perversa manera de estar de lado de los vivos, puesto que la muerte le sabía demasiado amarga. En una parte de él, a sabiendas que ya no viviría con el gusano pensamiento que moriría, le hacía latir el corazón en regocijo. Iba a vivir.

Dentro de aquella barrera que lo alejó de los sentimientos, del calor humano, de la humanidad, podía sentir las gotas de llamaradas del amor que tuvo que esconder dentro de un cofre por tanto tiempo. Algunos brillaban aún, otros palpitaban. Cuando Tessa y Will se casaron, estuvo feliz por ellos. Cuando tuvieron su primer hijo y, que en su honor, lo llamaron por su nombre, tuvo ecos envolviendo su cuerpo de mera emoción. Empero, la vida se encargaba de arrebatarle todo lo que amaba con exquisito placer. Con el paso de los años la barrera se fue solidificando. Empezó a ser más impasible, la voz de Tessa no le hacía sonreír, la presencia de William no le hacía estremecer. Sus amados que seguían sonriéndole y él también a ellos.

Era un sentimiento que luchaba y se revolvía como una furiosa serpiente. Gritando, llorando, riendo; ¡Te amo, William! ¡Te amo, Tessa!

Los amaba dolorosamente y eso luchaba con uñas y garras contra la pared de su corazón.

Desgraciadamente, pasó. A penas podía recordar lo que era sentir, palpitar, sonreír... Incluso la magia que le producía el violín que su mente, afanada a la música, creaba algunas notas e imaginaba el sonido. A veces, las mezclaba en su cabeza creando composiciones secretas. Y mientras más trabajaba en la mente, más podía recordarlas. Como un sueño, como un recuerdo dulce que lo salvaba de la soledad.

Para ese siglo tuvo un repertorio de canciones que tenía la alusión que se la volvería a tocar a Will. Soñaba que iba a conseguir la cura e inocentemente iba a abandonar la hermandad. Enoch lo sabía. Él nunca sería como ellos. Aún podía escapar de ese mundo de tinieblas y silencio.

Y una vez más, para esa vida, para dónde estaba su parabatai; James Carstairs no llegó a tiempo. No encontró la cura antes que los años se llevaran la juventud, la belleza y la vida de Will. Inclusive, años después, solo un Herondale portando la sangre de su parabatai en sus venas le entregó la cura de una promesa antigua.

Quería sorprenderse, y sólo los índices de las curvas en sus labios era lo que obtenía como respuesta. Will era así, siempre cumplía su palabra. Prometió buscar una cura y la encontró a través de uno de sus descendientes. ¿Cómo pudo tener al parabatai más perfecto?

Muchos se habían preguntado cómo es que sobrevivió cinco años con el yin fen, antes lo entendió lo suficiente, aferrándose a la deshilachada idea que era suerte. Y ahora, se dio cuenta que fue por Will. Su fuerza había sido ese hombre, las ganas de vivir también.

Quiso gritar y el nudo en la garganta era cada vez más insoportable que obstaculizaba cualquier sonido. De sus labios, lo único que podía emitir era el nombre de su parabatai. De llorar la muerte que no lo hizo con anterioridad, soportar la grieta que estaba en su pecho por el fantasma de una runa.

El hermano Enoch le dijo que era totalmente comprensible que sufriría esa abolición de emociones y que sólo debía resistir. ¿Resistir? ¿Qué era más doloroso que perder a un parabatai y saber que ya no existía ni un hálito de sus huesos?

Al estar muriendo, y la última vez que estuvo con portando la marca de compañeros de armas intacta, Will había dicho al creer que no lo escuchaba;

«Soportas lo insoportable y resistes, eso es todo»

El tiempo, insensible, no le dejaba de otra alternativa a la que aferrarse. Si ese cazador soportó su "muerte" sin perder la cordura, fue porque tuvo la meta de rescatar a Tessa bajo su promesa. Pero ¿y él? ¿Cómo puede combatir esa penuria solo?

Aún no se sentía lo suficientemente capaz de ver a Tessa, de correr a buscarla porque ahora podía estar con ella. No. Él tenía que pedirle disculpas a William, estar frente a su tumba, suplicar su presencia y pedir motivos para seguir viviendo en un mundo donde él no estuviera.

Luchar sin él estar a su lado era algo que no concebía las fuerzas para tan siquiera imaginar. No era su era. Ni sus costumbres. Se sentía un pez fuera de agua, aleteando por volver a su tiempo. No podía armar la idea de ir a un instituto y saber que en el desayuno nadie estaría haciendo bromas sarcásticas, que en las tardes; nadie estaría en su habitación para jugar con su paciencia, que en las noches; nadie estaría junto a él a la hora de ir en caza de demonios.

Visitar al instituto de Londres era una idea aún peor. Porque ahí estaría más vívido el recuerdo. De ir a la habitación que una vez le perteneció, ver su rostro en los libros que han sido devueltos a la biblioteca hacía tantos años... Saber que no encontraría entre los mil olores que han estado en esa cama después de Will. Él no podía...

«Te encontraré en la otra vida, Jem, y estaremos juntos»

—William... William...

Se retorció en las sábanas, las memorias eran más agudas, el aire era más denso, se siente como si estuviera en llamas. Sintió unos fríos dedos clavarse a sus hombros y el dolor físico lo devolvió a la realidad con un grito ahogado.

Abrió lentamente los ojos para encontrarse bañado en sudor, la camisa adherida a su pecho y no había parte en su cuerpo que no yaciera húmeda.

Usa tu mente para controlar tus emociones, hermano Zakariah.

Jem parpadeó, tenía la mente gelatinosa y, por un momento, una oscuridad quiso cautivarlo de nuevo. Sacudió la cabeza, ahuyentándola, incorporándose para apretar las manos contra los ojos.

—Me gustaría que fuera sencillo. —fue lo que salió de sus labios en entonación lánguida—. Controlar esto con sólo voluntad es como decirle al viento que se detenga.

Hubo una pausa. Tan perturbadoramente familiar. El silencio cargado de palabras en su cabeza le turbaba.

Los cazadores de sombras deben pasar por la etapa de la pérdida de su parabatai en algún punto de su vida. Y tú perdiste al tuyo hace mucho tiempo atrás.

El cazador se refugió en su mente. Si fuera tan osado como lo eran los Herondale, podría haber dicho que lidiar con una ausencia de más de cien años era como un castigo. Vivir con los errores del pasado, con el recuerdo que antes de separarse lastimó a su amado con su compromiso, por estar embellecido por tanta felicidad que olvidó el juramento que con sangre de ángel hizo. Que la idea que existía un lugar en ciudad silenciosa donde descansan aquellos restos, si es que aún el polvo prevalece... Ver como los hijos de sus hijos fueron muriendo y que los últimos el círculo de Valentine los hizo desaparecer. Quiso decir que necesitaba proteger a Jace Herondale con su vida si era necesario, porque portaba la única sangre que queda de su Will, y que sentiría que le fallaría si dejara que su apellido se perdiera entre los sepulcros.

Suspiró, conteniendo todo detrás de una pequeña sonrisa lenta a su anterior hermano silencioso. El gesto le resultó extraño y tardío, como si su boca, involuntaria y llena de polvo, se despertara de un largo sueño.

Quiso decir algo, pero se dio cuenta que no podía. Ya no tenía el control de la mente, y ahora, dependiendo de su voz, ésta a veces se le perdía.

Debes perdonarte a ti mismo, antes de pedirle perdón a William Herondale —aconsejó, como si hubiera leído sus pensamientos, masticando unas palabras que no sentía el sabor—. Antes de ir a Ciudad de Huesos, aleja de ti esos sentimientos erróneos que el tiempo se ha encargado de difuminar. William te amó, James Carstairs, y al parecer olvidaste cuánto.

Con ello, se levantó y desapareció, dejando a Jem con una sorpresa decorando su faz.

Le llamó por su nombre. James Carstairs.

Era oficial, ya no era un hermano silencioso.

—x—

Un par de días pasaron y las noches fueron peores. Incluso Jace Herondale —nunca fue para él ni Wayland ni Morgenstain ni menos Lightwood— lo había visitado. Demostrando aquel amor de antaño sobre otros, preocupación inocente y, lo peor, preguntando por una marca muerta. Al verlo, fue como si la imagen parpadeara. Intercambiando a un chico rubio de diecisiete años, por uno cabello negro y ojos hermosamente azules quizás, tan sólo quizás, de la misma edad.

La música que antes era un susurro le ensordecía. Acordes, uno tras otros, apresurados y, aunque afinados, rompían la armonía de una melodía que amaba. Sabía que se despertó, pero se negaba a abrir los ojos. Tenía la ventana abierta y podía oír con mejor exactitud el suspiro no, mejor dicho, el sollozo del viento de las colinas baja hasta Basilias y vaga alrededor como si quisiera despertar a los que duermen.

Se movió un poco y arrugó las curvas de sus perfiladas cejas al sentir una extraña presencia en su mano derecha. Abrió los ojos lentamente, como si temiera que el sol le lastimara, y se encontró con alguien sentado junto a su cama.

Por un momento, la sorpresa se robó toda su expresión e incluso el asomo de una bruma de lágrimas que se negaba a salir desde que regresó a la humanidad vestida de ángel. Fue como un golpe en el pecho, una dolorosa melancolía le crujió en la cabeza y cerró los ojos cansado. Sabía que los cazadores podían ver a sus muertos, vagando por tierras en pena o los lugares de sus muertes. Enterarse que Will pudiese estar perdido en ese mundo... solo, caminando y perdido.

—Will —susurró, deslizando por su lengua el nombre que no dijo por tanto tiempo. Lo dijo tan débil, tan temeroso, que todo sonido era fácilmente opacado por el viento—. ¿Will, eres tú?

—¿Y quién más?

Esa voz, esa voz que incluso podía dibujar una sonrisa en el sonido.

Jem, vacilante, abrió los párpados y... allí estaba. El pelo rizado cayendo sobre la frente, los afiliados pómulos y la barbilla fuerte, digna de Herondale. Los ojos, pozos azules, y Jem no recordaba cuan atrapantes eran. Un arco en esos labios se formó, desviado en el extremo hablando de seguridad.

Se observaron, traspasando la barrera del tiempo, de la vida y la muerte, cruzando portales que los había separado y que finalmente podían verse. Pasaron largos minutos, perezosos, hasta que la expresión de Will cambió y sombras de preocupación fruncieron su frente. Era joven, un adonis hecho de la belleza propia de marfil, una angelical y, si podía darle edad, podía asignar en la línea vigésima. Como él.

—James, no te dejes enloquecer —habló finalmente—. Ahora el tiempo en tu cuerpo está corriendo desde esa vez en tu habitación, debes ser fuerte.

—Will —habló al fin, incorporándose—, ¿acaso... estoy soñando? ¿Cómo es que estás aquí?

Will sonrió.

—Sabes esa respuesta antes de hacer la pregunta.

Los pensamientos le marcaron la frente al antiguo hermano silencioso, líneas plateadas sobre su delicado rostro hecho de palidez invernal.

—Podremos ver a nuestros caídos, pero yo... —La voz se le perdió—. Yo no te vi antes.

—No es difícil adivinar porque —Le señaló las marcas desvanecidas de sus pómulos—. No obstante, diré que estoy aquí para salvarte de ti mismo a sabiendas que me necesitas.

Jem hizo un débil espejo de doblajes finos.

—Eres mi otra mitad. Siempre te voy a necesitar, Will. —contestó, como si fuera una conversación casual entre dos hermanos. Como si uno no estuviese muerto y el otro regresando a la vida normal.

Sin embargo, su parabatai sacudió con la cabeza.

—¿Recuerdas cuando te despediste de mí en el salón de armas, después de romper tu voto con Tessa?

Acercándose más a él, extendiendo la mano para tocarlo y acariciar aquella textura que prometía ser cierta, se reservó unas cuantas contestaciones. Lo era. Lo tocó, primero el hombro, luego la mejilla. Involuntariamente, su mirada se llenó de felicidad, una genuina que no lo visitó por tanto tiempo.

—Esa vez no me despedí de ti —corrigió, ahuecando las delgadas manos en ese rostro. Will no pareció molesto por la inspección, al contrario, su faz tomó un brillo que casi lo cegó.

—Yo lo sentí así —Eventualmente cerró los ojos para dar énfasis—. No me necesitas, Jem. —lo dijo con tanto apremio, que una parte de la mente de Jem revivió el momento en que le había dicho justamente lo mismo—. Ahora, debes vivir y vivir como nunca lo has hecho. Por ti, y por mí.

—Siempre fuiste fuerte por ti mismo, Will —respondió—. Estar sin ti, ahora, en esta guerra contra Sebastián Morgenstern que quiere acabar con el mundo de cazadores, es terriblemente difícil.

—¿Sebastián Morgenstern? —rescató el nombre de la oración—. Suena a nombre de villano. No quiero imaginarme que está infectado de un terrible caso de viruela demoníaca. Por favor, no me digas que están luchando contra un gusano.

Una risa, larga y endeble, salió de los labios de Jem. Sólo Will le hacía reír en la tormenta.

—Lo es. Sí que lo es. Villano, quiero decir —Ladeó la cabeza y sus manos cayeron al regazo de su amigo, quien tomó una para jugar con los dedos—. La verdad, en este tiempo no hay pescados suficientemente grandes que puedan comérselo.

Una carcajada, nacida desde lo más fondo del vientre ¿fantasmal? le llegó a los oídos, y Jem no supo cuánta añoranza explotó en su pecho. La risa de su parabatai, tan ligera, tan fresca para él. Hay que hacer referencia y acentuar el: para él.

—Después hablaremos de eso, ya tendremos esas novedades de este siglo —Apartó el tema con un ademán, centrándose en mirarle.

—¿Tendremos? —La sorpresa decoró su pregunta y recibió un esbozo de curvas en las comisuras.

—Te dije que te iba a encontrar en esta vida, James —confesó, como si le acariciara con cada sílaba. Sostuvo sus manos y las encerró con más fuerza, como si le hablara de promesas—. Y aquí estoy, te he encontrado.

Jem, quien no lloró cuando sus padres murieron, no lloró cuando estaba muriendo, no lo hizo cuando rompió su compromiso, no pudo cuando su parabatai murió; ahora, lloró porque lo tenía de regreso. Unas lágrimas barrieron dejando un velo cristalino en sus mejillas rompiendo toda faz impávida, de verse como ellos realmente eran, Jem se acercó y le envolvió los hombros en un afectuoso arco de calor. Lo abrazó, con fuerza, con ese insignificante privilegio de saber que lo había recuperado. Nunca en su vida, nunca, se había sentido tan feliz de estar vivo.

—Mi Will, eras tan fuerte por soportar esto —articuló en su oído, enredando entre sus dedos los espirales de cabello.

—Era fuerte porque estabas a mi lado —Estiró el brazo y lo rodeó también—. Después fui fuerte por Tessa y ambos son diferentes apoyos. Ninguno puede igualar al otro —enfatizó con una línea enroscándose en sus labios—. Aún te seguía necesitando, te ansiaba, era como...

—... el aire que quieren mis pulmones. —completó Jem, como su pasado arcaico, atrapándolo con más vigor.

—El latido que desea mi corazón... —continuó Will, dejando el espacio para respuesta.

—La mitad que le falta a mi alma —dijeron en unísono y luego se rieron.

Con una reconocida dulzura, su parabatai le limpió la humedad con el dorso del dedo, rozando las runas pálidas de los pómulos como si quisiera dibujarlas de nuevo, después de apartarse un poco.

—William —empezó Jem, cubriendo su mirada con un manto de culpa—. Por el ángel, William, fui tan duro contigo en el pasado. Yo sólo podía sentir una minúscula parte de lo que ahora me destroza.

—Jem, somos parabatai. Siempre lo seremos, ni la muerte puede separarnos. Sin embargo, ahora, eres un humano de nuevo. —En sus palabras había una profunda felicidad—. Puedes hacer tu vida, ir a un instituto, pedir que te...

—William Herondale —interrumpió el inicio del discurso y el aludido parpadeó sorprendido ante la fuerza de su voz.

—James Carstairs.

Una sonrisa quiso dar su entrada pero tuvo que esperar cuando Jem habló.

—No puedo volver a ese mundo si no estás. —Se tocó el pecho—. Me siento incompleto, como si algo reclamara dentro de mí. Ni siquiera quiero intentarlo. Eres irremplazable. Saber que no estás, que no estarás paseando con Michael tres dedos, causando estragos en el bajo mundo, haciendo S camino al East End, fingiendo ser borracho. Eras el sentido de mi vida, después lo fue Tessa —Se apartó y formó esa expresión que podría aplastar cualquier corazón—. Ahora lo son ambos.

—Quiero que vivas —pidió Will—. Quiero que puedas tener esa vida que no pudiste.

—Yo tuve mi vida contigo, Will —Jem descubrió que no le gustaba hablar en pasado—. Aun mi vida sigue ligada a la tuya, ¿es que acaso quieres romper nuestros votos?

—No, claro no. ¿Dónde conseguirás un parabatai tan encantador como yo?

Jem se rió.

—Y maleducado también. Quiero que sepas que tu descendencia aún goza de esos dotes.

—Bien, esos son mis... —Rodó los ojos pensativo—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que morí? —Al decir eso, una mirada burlona paseó por su rostro y esbozó una media luna en sus labios—. Qué catastróficamente poético sonó eso.

—No quiero saber tu definición de "catastrófico" ni de "poético", William —Arqueó una ceja Jem con jovial incredulidad—. Y un siglo.

—¡Oh, por el ángel! Mis tátara, tátara, tátara, tátara...

—Will... —dijo suavemente Jem, lanzando el suspiro común y recurriendo al privilegio que tenía para interrumpirlo.

—... tátara, tátara nietos. —culminó, alzando las manos subrayando su final—. ¡Estoy orgulloso de ustedes!

—Si supieras que uno de ellos tiene de parabatai a un Lightwood. —Lo bajó tan secamente de las henchidas manos de la presunción.

Lenta y vivamente, la cara de Will se fue tornando de un pintoresco horror.

—Estás bromeando.

—No, no lo estoy. —respondió con un juguetón aire de contradicción.

—¡El Ángel no puede permitir esa unión! —se exaltó Will, levantándose—. ¡Sobre mi calcinado cuerpo hecho cenizas en Ciudad de Huesos, un descendiente mío se emparenta con un Lightworm!

—Fue sobre tu calcinado cuerpo hecho cenizas en Ciudad de Huesos, Will —Sonrió Jem.

—¡¿Cómo pudisteis permitir eso, James Carstairs?!

—No empieces a imitar lenguas españolas, William. Y, ¿cómo evitarlo? Estaba en Londres para aquel entonces. Si hubiese estado aquí, el chico no se habría creído un Wayland, seguidamente un Morgenstend, después un Lightwood, y ahora, creo, un Herondale.

Con cada mención, sirvió de ornamento para que el espectro de Will se fuera tornando más pálido.

—Ahora falta que me digas que los Lightwood tienen la dirección de nuestro instituto. Que hay alianza entre los vampiros y los hombres lobos, y que los parabatai se pueden casar.

Jem asintió con evidente placer.

—Puedo modificar ciertas líneas en eso respecto a las nuevas relaciones entre los cazadores —Se sentía tan natural hablar con Will, como navegar en aguas templadas y dejarse guiar por la corriente. Oyéndose sabía que su voz había cambiado. Tenía todavía la riqueza de tono inglés, pero se había hecho repentinamente más tranquila e incisiva—. Hubo una alianza e incluso están en la Clave. Los Lightwood tiene el instituto de Nueva York, y uno es incluso Inquisidor.

—¡Inquisidor! —se horrorizó su parabatai—. ¡Qué horror es esta era! ¿Qué ha pasado con Magnus? ¿Sigue con vida? Dejaré que escupas en mis malditos restos si me dices que ahora es "normal".

Jem negó con la cabeza.

—No, sigue siendo igual como lo recuerdas. Y, hasta donde he visto, tiene una relación con un Lightwood, parabatai de Jace Herondale.

—¿El mismo Magnus Bane? —Arqueó una ceja negra, y el color de sus ojos se tornó más oscuro—. ¿Con un cazador de sombras?

—El mismo —envió de retórica.

Una vez más, el rostro se le abrió en sorpresa al antiguo cazador. Un momento después, levantó los brazos haciendo un arco sobre su cabeza.

—Raziel, ¿por qué me castigas así?

—No seas dramático, Will —Sentía la risa dando tumbos dentro de su interior.

—Soy dramático. —se ofendió el otro—. Tenemos que cortar ese lazo entre esos dos. Inmediatamente. Dime que hay Carstairs cercanos.

—Los hay —Asintió Jem.

—Perfect...

—Muy joven. —terminó.

Will maldijo.

—Ya, William —tranquilizó Jem con voz dulce, alzándose de la cama—. ¿No es maravilloso que después de ciento ochenta años finalmente haya unión entre los Lightwoods y Herondale?

—Muy gracioso, James.

Le dio un toque en la frente para tratar de bajarle la tensión.

—No quiero usar una runa de anestesia en ti, Will —dijo, y se veía en el brillo de su iris de tinte zafiro, como el mundo había desaparecido y sólo girara en torno a su parabatai. Recordó que, Will no era precisamente un humano y lo vio desconcertado—. Si es que se puede.

La conversación lentamente se perdió entre las ráfagas del silencio y el corazón de Jem se fue saltando latidos.

—Te eché de menos, William Herondale —confesó, sintiendo el ardor en los ojos al acercarse y tomarle de las manos—. Tardaste en llegar hasta mí, para que juntos cruzáramos este río.

Le acarició los dedos, se sentía ausente y a la vez tan real. Entendía perfectamente el sentimiento, su pasaje como hermano silencioso le mostró ángulos que su perspectiva no había visto antes. Y sabía que, si el amor era real, perduraría para siempre.

Sonrieron y, fue cuando después de tanto tiempo, James entendió que nunca había querido a Will como un hermano ni como parabatai. Siempre eran más, más que hermandad, más que compromiso. Lo amaba más que su vida misma.

« ¿Jhonatan te sentías así con David? ¿Tenías ese sentimiento de querer estar a su lado por toda la eternidad?»

—Tenemos que cruzar el río, James. ¿A dónde quieres ir? —quiso saber Will, mirándole risueñamente.

¿Cómo podía decirle que si era con él no le importaría caminar descalzo por el mismísimo Edom? ¿Cómo podría crear una canción que hablara de que un parabatai prefería la muerte antes que la vida sólo para estar con su mitad?

Sólo existía una frase acorde a toda su entrega:

—William Herondale, a donde tú vayas, yo voy a ir.

Lo abrazó y, juntos, como lo dictaba el cielo y la tierra a dos personas que se amaban, unieron sus labios al entender que nunca podría dejar el amor que tenía cocido al corazón. Luego, se hundieron en la negrura.

Tiempo después, Jem despertó.

Se encontró, acostado en el mismo lecho, en las mismas sábanas, en el mismo lugar donde se quedó dormido. Un vendaval de desconcierto vino a él, para luego darse cuenta de que toda la tristeza se había ido.

Se sentía como una pluma, sin cargas en sus hombros ni temores, sin atisbo de abatimiento en su rostro, ni dolor ni culpa. Will se llevó todas las manchas. Esbozó la más dulce sonrisa, y se llevó la mano a los labios reviviendo el momento que le sostuvo los dedos.

Se levantó, y con sólo sentir el aire, supo con certeza que Will si había venido a él. Aún faltaba para cruzar su prometido puente, pero ya estaban cerca. Viviría, lucharía en esa guerra, amaría en esa vida, para después, en la muerte, ir con la persona que aguardaba por él.

—Te amo, Will. —Se rozó su runa de parabatai con afecto—. Para toda la eternidad.

"No había historia más atractiva que aquella que no tiene un final definido."


Se cierra el telón.

Gracias a los presentes por estar en esta función.