Prólogo: El fin de la contienda

Lo primero que Bilbo vio al despertar, fue el plumaje oscuro de una de las águilas. Oía una voz que gritaba su nombre, pero no era capaz de ubicarla. Era suave como la brisa, y parecía desvanecerse como el viento. No se atrevió a moverse por miedo a caer al vacío. A pesar de no estar muy despierto, conocía ya la sensación de estar suspendido en el aire, y no deseaba estrellarse contra el suelo desde no sabía cuantos metros de altura. Estaba seguro de que, se encontraran a la distancia que se encontraran del duro suelo de roca del valle, moriría por el golpe.

A penas podía notar las piernas, mucho menos mantener los ojos abiertos mucho tiempo.

Las águilas habían llegado. Bien. Eso significaba que todo acabaría pronto, que todos estarían a salvo.

Se relajó contra la dura y cálida superficie bajo su cuerpo, con el rumor de su nombre aún a su alrededor, arrullándolo para dormirse.


Thorin se aferraba con fuerza a las plumas del cuello de una de las águilas que habían acudido a la Colina del Cuervo a ofrecerles apoyo. De no haber sido por su intervención, probablemente estarían todos muertos. Por lo menos Fili y Kili lo estarían.

Ver las siluetas enromes y negras de las aves sobre el hielo del río congelado fue toda una dosis de esperanza, aún cuando creía que sería Azog el que le despacharía allí, en las alturas. Tenía un feo corte en un hombro, un brazo dislocado, y probablemente una contusión en la cabeza. Por lo menos que él pudiera percibir. El enano se dejó caer hacia un lado, intentando ver al Hobbit, seguro entre las enormes garras de la segunda águila. Habría deseado volar con él, pero no estaba seguro de haber podido sostenerle correctamente en el estado en el que se encontraba. Ya era bastante complicado sostenerse a sí mismo mientras tenía que adaptarse a los inevitables giros del ave para evitar las corrientes de aire adversas y las sacudidas que daba cuando el viento cambiaba de dirección. Allá arriba, prácticamente sobre las nubes, el aire sabía enrarecido, demasiado limpio y puro para alguien acostumbrado a trabajar con otro tipo de oxígeno, el viciado aroma del aire bajo las montañas. Le estaba costando respirar con normalidad. Empezaba a marearse, incluso.

— ¡Bilbo!

El hobbit no se movía. Estaba tumbado allí, a penas movía el pecho con cada respiración. El corazón del Rey Bajo la Montaña se iba parando a medida que pasaban los minutos sin obtener una respuesta por parte del saqueador.

Se sentía extremadamente culpable de su suerte.

Que Bilbo hubiera saltado en el último minuto para cubrirle con su cuerpo cuando Azog asestaba el golpe que habría sesgado su vida fue sorprendente. Ni siquiera le había visto acercarse. Por supuesto, el impacto del arma de Azog con los pequeños y frágiles huesos del mediano había sido demasiado, y cayó al suelo como un trapo desmadejado. El Pálido Orco lo había mirado con desprecio y lanzado a un lado cuando vio que no se trataba de la presa que buscaba. Gruñó con furia animal cuando se percató de que Escudo de Roble seguía con vida, mirando horrorizado el cuerpo inmóvil de Bilbo sobre el hielo, muy cerca de una de las grietas abiertas que podrían hacerle caer a las aguas heladas del río.

A sus espaldas, Thorin no se había percatado de que Bilbo había sacudido la cabeza y comenzado a ponerse en pie, tosiendo de manera incontrolable. La boca le sabía a sangre y cada bocanada de aire era una tortura. Con ojos borrosos, vio como Thorin había reemprendido la contienda con mucha más energía, una fuerza furiosa que salía de la ira y de la venganza. Azog sonreía. Parecía divertirle ver la desesperación de Thorin en sus ojos, en sus movimientos rápidos, en la fuerza de sus golpes certeros. En los dientes que se mostraban de vez en cuando, asomando tras los labios agrietados.

Bilbo se había puesto el anillo en algún momento indeterminado, en el que decidió que era necesario hacerlo, y desenvainó su pequeña espada, dispuesto a usarla. No la había empleado antes porque no le había dado tiempo de sacarla de su funda, y no se creía capaz de poder hacerlo, de todos modos, pero estaba viendo como Thorin estaba perdiendo de nuevo la batalla, como sus cansados músculos y su cuerpo exhausto por las heridas empezaba a desfallecer, aún siendo motivado por aquella fuerza que provenía del más puro instinto de autoconservación inherente a todo ser vivo.

Se acercó con pasos vacilantes hacia los contendientes, teniendo muy claro cual era su destino. Sujetó la empuñadura de Dardo con ambas manos, rezando porque no se le resbalara. Podía sentir el hielo inestable bajo sus pies, balanceándose bajo su cuerpo, dificultándole el mantenerse en pie...

Cuando llegó a donde estaba Azog, este había acorralado a Thorin contra las rocas de lo que antes fue el puesto de vigilancia de la Colina. El Rey resollaba, y sus sobrinos gritaban su nombre, intentando llegar hasta él. Kili se había quedado sin flechas y empuñaba el arco como si se tratara de una lanza. Bilbo supo que no tenía más momento que ese, de modo que, con las pocas fuerzas que le quedaban, saltó sobre los hombros del Orco, y pasó el filo con toda la fuerza que pudo por su cuello, rebanando la piel y notando brotar la sangre caliente. Azog se retorcía, sacudiéndose al no ver qué era aquello que estaba acabando con él ni poder quitárselo de encima, y Thorin parecía enajenado, mirando sin comprender los acontecimientos que se sucedían delante de él. Bilbo podía notar como la carne cedía bajo el filo letal de Dardo, y siguió apretando, como si le fuera la vida en ello. Cortar el cuello era su objetivo, pero sería difícil que algo tan pequeño y debilucho como un hobbit malherido pudiera atravesar todo el diámetro de fuerte músculo y hueso del cuello de un Orco.

Iluvatar, dame fuerzas.

Bilbo notó como la sangre fluía de su palma herida por el filo de la espada élfica. Estaba presionando su mano libre contra la hoja para poder ayudarse a atravesar el cuello de Azog, y al parecer, lo estaba consiguiendo. Fue en los últimos segundos que, con un grito de frustración y dolor por todo el cuerpo, Bilbo dio un último empujón al arma, que se hundió limpiamente entre las vértebras del cuello del monstruo pálido y atravesó su carne, separando la cabeza de sus hombros como si fuera el simple corcho de una buena botella de vino añejo de la mejor cosecha de la cuaderna del sur.

Sintió como se volvía visible de nuevo cuando el anillo resbaló de sus dedo debido a la sangre, y la joya rodó y rodó por el hielo, cubierta de sangre, hasta que cayó en las gélidas aguas. Bilbo, que había quedado sin fuerzas y que había aparecido (al entender de los descendientes de Durin allí presentes, de la nada) sobre los hombros del más grande enemigo de Thorin Escudo de Roble después de Smaug, se desplomó de nuevo sobre el hielo quebradizo sin más movimiento en su cuerpo que el de su respiración entrecortada. Su mano izquierda estaba cubierta de sangre, mientras que su diestra aún sostenía con fuerza la espada ensangrentada, que había desistido en su brillo, pues ya no quedaban Orcos en las inmediaciones que pudieran activarla.

— Bilbo.

Thorin corrió a su lado, apartando el cuerpo de Azog de una fuerte patada, lejos del Hobbit, a quien estaba aplastando con su peso. La cabeza yacía en la nieve, tiñéndola de rojo. El Rey oyó los chillidos de las águilas, sintiendo las ocasionales ráfagas de aire que levantaban, agitando las alas varios metros sobre sus cabezas. Sus siluetas se recortaban contra el suelo, oscureciendo el cielo de vez en cuando mientras pasaban bajo el sol. Throin tomó el cuerpo inconsciente de Bilbo entre sus brazos, tratando de incorporarle. El cuerpo estaba blando y pálido. El mediano sangraba por las manos y por la cabeza. Thorin apartó su cabello rizado con sus dedos manchados, buscando el origen del río rojo que manaba de su cabeza, pero no vio nada. Necesitaba a Óin. Necesitaba a Gandalf.

Demonios, necesitaba al condenado elfo y sus conocimientos de medicina.

— Bilbo, ¿me oyes? Abre los ojos, por favor.

Su mano palmeó una de sus mejillas con suavidad, intentando que se despabilara.

Fili y Kili llegaron unos momentos después, mientras su tío intentaba reanimar al hobbit convaleciente entre sus brazos. Ganada la batalla, los hermanos se miraron, y luego a Bilbo, sin palabras para describir lo que sus ojos habían visto en la distancia. Su estupefacción al ver que había sido su pequeño saqueador quien había acabado con el Profanador.

El hobbit hizo una mueca tras un par de golpes de Thorin, y abrió un ojo, intentando moverse para recolocarse en su regazo. Gimió y tosió, y más sangre salió de sus pulmones.

— Estás...

— No hables. Por los Valar, no hables —apuró Thorin, viendo lo destrozado que estaba Bilbo. El hobbit retorció los labios y tembló, intentando respirar con regularidad —. Qué estúpido, saqueador. Interponerte así... —negó el Rey. Se quedó mirando a Bilbo, sin saber bien qué hacer. Luego su mirada se dirigió a sus sobrinos, allí de pie, alternando miradas entre la cabeza de Azog en la nieve y el hobbit moribundo —. Volved al valle, aseguraos de que Dáin no necesite ayuda con la contención. Avisad a Gandalf, que prepare una tienda para atender al señor Bolsón cuando bajemos. Que hagan llamar a Thranduil.

— Thorin…

— Es una orden —replicó. Miró al cielo cuando Fili tiró de Kili y ambos empezaron a descender la colina, y vio un par de águilas dibujando círculos en el aire sobre ellos — ¡Ayudadnos! ¡Ayuda!

Thorin sujetaba a Bilbo contra su pecho, con una mano sosteniendo su cabeza allá donde creía que manaba la sangre, en un intento por detener la hemorragia. A penas era consciente de sus magulladuras. A penas consciente de su propia sangre, huyendo de su cuerpo. Cuando bajó la mirada al ver que una de las aves planeaba en círculos sobre ellos, preparándose para descender, Bilbo tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Su respiración era a duras penas perceptible y a todas luces dolorosa.

El temor le recorrió entero, helándole las venas y congelando sus músculos.

— ¿Bilbo? ¡Bilbo! —exclamó, sacudiéndole en un intento por despertarle. El mediano no respondió al movimiento. Al cabo, oyó el crujido del hielo al posarse algo de gran tamaño sobre él a su lado. Se volvió lo justo para ver la cabeza de una de las águilas acercándose a ellos para observar por si misma lo que allí estaba sucediendo —. Se muere. Por favor.

El águila alzó la cabeza y miró a Thorin con sus profundos ojos ocre que al Rey siempre le habían recordado al citrino pulido que su madre había llevado colgando de las trenzas de su melena oscura en los broches que su padre, Thror, había forjado para ella el el taller real el día de su Unión. El color que le recordaba al cabello del hobbit con las primeras luces del día.

Le llevaremos hasta el Istar, Thorin, hijo de Thror. Pero su vida pende de un hilo. Su salvación está ahora en manos de Eru.

El águila tomó con su garra el cuerpo inconsciente del hobbit del regazo del enano con una delicadeza sorprendente dado su enorme tamaño, y una vez lo tuvo asegurado, alzó el vuelo levantando el viento alrededor de él, dejándole en el hielo. Una segunda águila empezó a descender y Thorin se alzó, envainando a Orcrist y corriendo por el hielo de la cascada congelada, en dirección al borde. Ni siquiera dedicó na última mirada al que había sido uno de sus grandes enemigos por última vez. Había cosas más importantes que reclamaban su atención en ese momento.

Cuando llegaron al campamento, Thorin desmontó del águila que lo había llevado de un salto, y palmeó su flaco plumífero en un agradecimiento rápido y silencioso antes de echar a correr a donde Gandalf, con su báculo de madera trenzada, observaba a Bilbo, aún inconsciente. Un par de caballeros elfos, de armadura dorada y brillante teñida de la negra sangre de los orcos alzaron al hobbit y lo depositaron con cuidado en una camilla de hilo blanco ya manchada con las pruebas de otros heridos anteriores al mediano. Gandalf le vio llegar a la gran tienda alzada en el centro del valle, la tienda de los comandantes donde Bardo, Thranduil, Dáin y el mismo mago gris conversaban no muy amigablemente, pero sin rencores excesivos hasta la llegada del herido.

— Thorin, enano insensato. Será cierto pues que la línea de Durin no posee precaución ninguna frente al peligro... Deberás explicarme qué ha sucedido en la colina del Cuervo más tarde, y por qué mi saqueador está a las puertas del Salón de Mandos cuando yo mismo lo dejé a buen recaudo en las ruinas de Valle —empezó Gandalf mientras caminaba a grandes pasos hacia la tienda, siguiendo a los elfos que transportaban la preciada carga. Thorin debía correr para seguirle el ritmo al mago, pero nada importaba. No se veía capaz de caminar sabiendo la urgencia que se les echaba encima. El mago parecía furioso, preocupado y entristecido al mismo tiempo. Culpable. Thorin reconocía esos sentimientos, pues eran reflejo de los propios.

No replicó. No hacía falta. ¿Qué decir frente a la evidencia? Si era cierto que Gandalf había dejado a Bilbo a salvo fuera de la línea de batalla (y difícilmente sería de otra manera, pues el mago no tenía razones para mentir), había un motivo por el que él había decidido arriesgar su vida por ir en su busca. El leal y valiente hobbit había estado dispuesto a dar su vida por ayudarles, incluso cuando Thorin lo había desterrado, despreciado y prácticamente asesinado, únicamente por el robo de una maldita piedra. ¿Qué podría haber impulsado a una criatura como esa a semejante acto de locura? ¿Qué podría haber llevado a Bilbo a abandonar la seguridad de los muros de la antigua ciudad de Valle para ir en pos de una muerte segura?

Una vez dentro de la tienda, Thorin apreció el sutil cambio de olor del aire. Ya no se percibía a penas el hedor putrefacto de la sangre de orco y de la muerte, ya a duras penas se apreciaba el perfume de la batalla. Todo quedaba oculto y camuflado bajo el sutil aroma de las hierbas sanadoras y las cataplasmas curativas aplicadas en las heridas recientes, graves y menos graves, de los líderes allí presentes.

La irrupción del enano y del mago en el lugar, junto con el herido de gravedad, hizo que Thranduil y Bardo se volvieran para mirarle. Dáin acababa de dejar la tienda para reagrupar sus tropas de las Colinas de Hierro, por lo que Thorin era el único enano presente, cubierto de sangre (suya y ajena), sudor y tierra. El hobbit fue depositado con suavidad en un camastro y los soldados formaron en descanso en una esquina, esperando órdenes de su señor. El monarca elfo observó al hobbit con curiosidad, como si se tratara de una joya extremadamente rara a punto de ser destruida y se preguntara, con algo de lástima, si no podía ser conservada.

Thorin, cuyo corazón latía ahora desenfrenado por el pánico y la pena, decidió moverse y apelar al orgullo de los elfos para conseguir su fin ansiado: la salvación de su saqueador.

— Por favor —dijo, sin aliento, acercándose a Thranduil. Odiaba ser visto desde arriba, odiaba sentirse pequeño, pero ante semejante tesitura, nada podía importarle menos. Los ojos azules como el Lago de Esgaroth, y fríos como tal, lo observaron desde las alturas, enmarcados por los rubios mechones. Su mirada se estrechó, calculadora y curiosa —. Tu gente es sanadora. Se muere. Contraeré cualquier deuda, cualquier pago que desees a cambio de su vida te será entregado. Lo juro por Mahal, por mi honor y por mi sangre.

El elfo se irguió, si apartar su mirada evaluativa de Thorin mientras lo hacía. Sus manos estaban unidas a su espalda y, aún en traje de batalla y con cortes sangrantes en el rostro porcelanoso y pálido cual luz de estrella, Thrandhuil parecía etéreo como la luz lunar. Frío, distante, inalcanzable. Superior.

— Rompiste tu palabra con los hombres y con tu compañía una vez, palabra que juraste cumplir. No veo por qué motivo debería ser diferente esta vez. Tu honor, Rey Bajo la Montaña, es cuestionable en este momento. Y tus promesas, vana palabrería.

Thorin sintió su mundo girar. Su mundo se estaba tumbando, volcándose peligrosamente hacia un lado. Le estaba constando tenerse en pie. Entonces, en la mirada del elfo, lo vio claro. Claro como el diamante más pulido y más bello de la más remota mina en las entrañas de la tierra. Claro como la luz reflejada en las betas de Mithril. Si quería que el amante de los árboles hiciera algo por él, iba a tener que humillarse. Iba a tener que demostrar lo mucho que estaba dispuesto a ofrecer por dicha causa.

El Rey cayó de rodillas frente al elfo, el metal de su armadura chocando cuando la cota de malla que le cubría el pecho tintineó y se desplazó por el movimiento. podía sentir las miradas de todos los presentes sobre él, sorprendidas, pero sus ojos no se apartaban de los de su objetivo, esperando una reacción favorable.

— Te lo suplico. Sálvale. Sálvale y se te devolverá aquello que una vez fue tuyo —dijo, con voz trémula, pero sabía que no era suficiente. Las joyas élficas que residía en la sala del tesoro no eran lo único que Thranduil deseaba como prueba, y Thorin sabía lo que era. Era aquello que iba a ser más difícil de cumplir, aquello que requeriría de un sacrificio mayor para él que cualquier cesión de sus posesiones, ahora que el mal del dragón lo había liberado. Algo que únicamente estaba en su mano poder conceder. Tomó aire, sabiendo que cada segundo era más preciado que el oro más puro—. Sálvale y olvidaré.

El rey elfo arqueó las cejas y Thorin juraría que pudo ver una pequeña sonrisa asomando a sus labios.

— Muy bien. Abandonad la tienda. Mithrandir, tú no. Necesito de tu magia para mantener estable al hobbit.

Thorin se alzó con las piernas flojas por la tensión y la preocupación, y notó la mano de Bardo sobre su hombro, instándole a acompañarle al exterior. Dirigió una última mirada a Bilbo, tendido en la camilla de los heridos, aún sangrante, y murmuró una breve oración a Mahal en Khuzdul antes de salir de la tienda, sabiendo que ya nada restaba en su mano por hacer.

Una vez quedaron solos, la mano de Thranduil se posó sobre la frente del mediano, dejando fluir la magia de su pueblo pr el pequeño y desmadejado cuerpo, evaluando la profundidad de los daños. Mientras, el mago esperaba órdenes a su lado.

— Es curioso como traza Aulë sus senderos —observó, aún con sus ojos cubiertos por los párpados. Gandalf miró hacia la cortina de tela gruesa que hacía a las veces de puerta de la tienda, a través de la cual, cuando el viento la agitaba, podían verse los zapatos manchados de Thorin.

— Sí. Curioso y poderoso es su trazo.


Hola!

Os traigo un poco de bagginshield. El primer capítulo es un poco corto, pero me moría por escribir un poco de estos dos. Espero que la idea os guste, aunque esto sea meramente una presentación. Los prólogos no son mi especialidad.

Espero poder actualizar el viernes. Tengo medio escrito el siguiente. Estoy loca, lo sé. Debería estar subiendo tantas otras cosas...

Meh. Qué importa eso cuando tienes Bagginshield :3

Dicho lo cual, si os ha picado el gusanillo, nos vemos el viernes.

MH