Solo un poco de tu corazón

Bilbo había seguido a Thorin fuera del Salón, hasta que dieron a un amplio balcón. Cuando la luz de la luna llena les golpeó, iluminándolo todo con una pátina blanquecina, el hobbit se preguntó cómo era posible que nadie se diera cuenta de la existencia de puertas, entradas o salidas de la Montaña, cuando había tantos accesos con vistas formidables al exterior. Accesos que, todo había que decirlo, eran de lo más espaciosos.

Bilbo estaba seguro que la mayoría de esas construcciones que él catalogaba tan libremente de "balcones", no eran más que viejas almenas defensivas, pues tenía cierta lógica que así fuera. Erebor era un reino formidable, y como tal, necesitaba ser defendido de los ataques y las invasiones.

El ruido de las celebraciones se había perdido hacía ya un rato mientras caminaban, siendo un eco sordo dentro de los pasillos de la montaña. Se frotó las manos, nervioso, mientras miraba el cabello oscuro de Thorin a su espalda, cayendo desde sus hombros en una cascada rizada, la pesada cuenta ocre de la trenza de su espalda golpeando su nuca. Tuvo mucho cuidado de no distraerse y pisarle la capa, temiendo dejarle manchas en la tela con las huellas de sus pies en ellas.

No pudo evitar fijarse en la corona sobre su cabeza, cruzando su frente. Frunció el ceño, pensando lo muy diferentes que serían ahora las cosas entre ellos. Thorin era ahora un rey, tenía un montón de gente de la que ocuparse, un reino entero de enanos que le necesitaban para ser su rey, y le quedaría muy poco tiempo para estar con Bilbo como lo había hecho hasta ahora. Él sabía, por conversaciones que había tenido con los demás, que el tiempo libre del que el enano había dispuesto, se debía únicamente a que no había sido coronado oficialmente y, por tanto, no tenía un poder real sobre ciertos aspectos en la Montaña, como las reuniones diplomáticas, los tratados comerciales, y las legislaciones nuevas. Los nombramientos y la revisión de las arcas también se habían retrasado, aunque Balin le había dicho que eso eran temas puramente burocráticos. En cuanto firmaran unos cuantos papeles y registraran a Thorin en el libro de Reyes (donde se encontraba toda la línea monárquica de Erebor, desde Durin el Inmortal), éste pasaría a tener plenos poderes. Lo que equivalía a que tendría menos tiempo.

Y Bilbo no quería ser descortés, pero uno de los únicos motivos que lo ataba a Erebor era Thorin. Si bien no había estado gastando todo el tiempo con él que desearía, ahora que a duras penas podría verle, no había sentido en que se quedara en la Montaña por más tiempo.

No es que quisiera ser malinterpretado. Amaba pasar tiempo con el resto de la compañía, adoraba estar con ellos tras dos duros años de aventura, pero casi todos tenían familias, y los que no ocupaban su día en sus trabajos, y Bilbo se sentía ocioso en una multitud que nunca se detenía. Además de sentirse extraño entre una gente que no era la suya.

Pero tras la fiesta, con el corazón acelerado por el baile, y aún bajo el embrujo que los brillantes y emocionados ojos del rey enano le había lanzado, no podía pensar en todas esas cosas. Las preocupaciones eran tarea de atender más tarde. Cosas oscuras para consultar con la almohada, como decía siempre su madre.

Thorin le abrió el acceso a la balconada, sosteniendo la puerta para él con una mano firme y grande. Nunca antes había reparado en lo grandes y cuadradas que eran las manos de Thorin, lo firmes que parecían ser. Se apresuró a pasar, agachando la cabeza en un gesto de agradecimiento silencioso mientras se apresuraba a buscar algo en lo que centrar su atención.

Allá afuera soplaba una suave brisa que le refrescó el rostro y las mejillas calientes, y en el aire se apreciaba el olor a humedad característico de las noches, el rocío empezando a descender sobre la tierra, cubriendo todo con un suave manto frío, hidratando las plantas y la tierra. Bilbo miró fuera de los límites del balcón, a la yerma extensión negruzca y cenicienta que había sido una vez la ciudad de Valle, como había hecho ya un par de veces. Sus ojos no podían evitar reflejar la pena por la muerte que la tierra en sí misma emanaba, y no solo por haber quedado estéril temporalmente debido al fuego del dragón y el paso del tiempo, sino por la sangre que sabía, se había vertido hacía no mucho sobre ella. Aún quedaban restos de la batalla, indicios que no habían podido ser retirados, o de lo que que ninguno de los bandos había querido hacerse cargo. La parte que amaba la vida que había en él se sentía melancólica por lo que una vez había sido el Valle, y le hubiera gustado poder ayudar, que hubiera algo que estuviera en su mano hacer. Pero nada más que el tiempo podía sanar aquella tierra herida.

Suspiró y dirigió su vista al reflejo de la luna en las lejanas aguas del Río Rápido, discurriendo sisean desde la cascada de la Colina del Cuervo. Siempre que miraba la construcción negra un estremecimiento le recorría la columna, pero era algo a lo que debía obligarse a acostumbrarse. Debía aprender a relegar los malos recuerdos a un lugar que fuera de mera reflexión, no de regocijo. Difícilmente podría seguir adelante si se revolcaba en el dolor de lo que hubiera podido ser.

—Entiendo por qué deseabais volver. Debía de ser un lugar muy bello, si aún ahora es hermoso —reflexionó, apoyando los brazos en la barandilla cuadrada del balcón, sus dedos recorriendo los patrones de los grabados en ella más por reflejo que por interés en ellos.

—Tiene su encanto, es cierto —contestó la voz de Thorin a su lado, profunda y grave —. Sin embargo, no es lo más hermoso que he visto esta noche.

Bilbo frunció el ceño y se volvió para mirarle, como esperando que continuara con su explicación, pero al ver su ligera sonrisa y su mirada fija en él, no pudo evitar carraspear y ruborizarse. Una cosa era haber bailado juntos, y otra muy distinta que Thorin le estuviera cortejando. No había modo posible de que eso sucediera. Debía dejar que su cabeza loca se detuviera por un tiempo y no pensara de más. Todos esos libros que había leído sobre historias románticas estaban siendo demasiado para su corazón. Thorin no era un caballero de brillante armadura, o un alma torturada por un amor imposible. Era un enano recio, rey y no muy abierto a la gente en general. No era que considerara a Thorin incapaz de amar, pero sí que le veía demasiado reservado.

Bilbo tenía muy claro lo que sentía en su propio corazón y al de los demás, pero era completamente ciego a las pasiones de los otros corazones cuando era hacia sí hacia quien los afectos se dirigían.

—Bilbo... Sé que no he sido el mejor de los compañeros de viaje... y tampoco he sido muy justo contigo. Siempre voy a estar en deuda contigo por salvarme la vida, por salvar a mis sobrinos, por ayudarnos a recuperar nuestro hogar...

Bilbo hizo una mueca comprensiva.

—No debes agradecerme...

Thorin alzó una mano antes de que pudiera continuar, tomando aire. Había aprendido que a Thorin no le gustaba mucho hablar sobre sus sentimientos, y parecía que estaba trabajando duro por ser expresivo, así que asintió y apretó los labios suavemente, permitiéndole continuar.

—Desde pequeño me hicieron pensar que los enanos éramos una raza pura en esta tierra. Fuertes y necesarios para el equilibrio. Detestados por otras razas por ser diferentes, no tan abiertos. Por tomar a Mahal como nuestro Padre, y no a Ilúvatar como las otras razas. Mientras estuvimos vagando, sin hogar, yo... sentía que me rebajaba al estar poniéndome a la altura de los humanos, mendigando trabajos mediocres por unas monedas. Luego aprendí. Pero nunca supe hasta que punto estaba equivocado. No somos mejores. Somos diferentes. Ahora lo veo —las manos de Thorin se posaron sobre la barandilla. Estaba tan cerca de él que sus hombros podrían tocarse —. Quiero cambiar las cosas aquí. Hacernos crecer. Y de igual modo que he aprendido sobre nosotros, he aprendido también sobre mí mismo, cosas que ni siquiera creí posibles. ¿Qué sabes sobre el tipo de relaciones que mantenemos los enanos? Supongo que a estas alturas habrás descubierto algo por tu cuenta...

Bilbo carraspeó, sintiendo como sus mejillas enrojecía, pero negándose a comportarse como si fuera una chiquilla a la que le regalaran un ramo de flores frescas. Era un hobbit hecho y derecho. Tenía que controlar la situación, no dejar que la situación de controlara a él. irguió la espalda, como había visto siempre hacer a su madre cuando parecía que algo la sobrepasaba, solo para tomar las riendas con la elegancia digna de un Bolsón y el ímpetu de un Tuk.

—Sé que sois muy reservados con vuestras parejas, y que como nosotros, tenéis un ritual de cortejo... Conozco la importancia de las trenzas...Sé que solo amáis una vez.

Thorin sonrió y abrió una mano, revelando el brillo cobrizo de una pieza de adorno en su palma, iluminada por la luna. Bilbo vio sus ojos siendo atraídos por el brillo, y su boca se abrió por el asombro antes de que recuperara el control de su cuerpo y pudiera volver a cerrarla. No era posible. Aquello no podía estar pasando.

Uno de los dedos de Thorin aparición suavemente la superficie de la fría pieza de metal en su palma, reconociendo los patrones y las formas que había en ella, producto de horas de trabajo en la fragua. El mundo parecía estar en calma allí fuera, el tiempo detenerse. El último reducto del mundo fuera del espacio, libre del movimiento del sol, la luna y las estrellas. Un momento suspendido en la eternidad, solo para ellos, donde el viento silbaba suavemente, cantando entre las piedras de la Montaña, la luz de la luna de los primeros días del invierno iluminando todo.

—Entonces debes saber lo que es esto... —dijo, mostrándole la pieza en su mano. Bilbo apreció que tenía solo pequeños filigranas de cobre, lo justo para ser visibles. El resto de la pieza era plata tan pulida, que bajo la luz blanca, parecía una estrella, brillando con luz propia — ¿Conoces la historia de Yavanna y Mahal?

Bilbo frunció el ceño, dejando por un momento de contemplar la pieza para concentrarse en los ojos de Thorin.

—Muy poco... Ni siquiera sabía quién era Mahal hasta hace unos años. Los hobbits no solemos molestarnos por ese tipo de cosas... Además de que no hablamos vuestra lengua.

Thorin asintió.

— Hay una leyenda a cerca de ellos en nuestro pueblo, en forma de cuentos que leemos a nuestros niños... pocos en Arda la conocen como nosotros —explicó. Se retiró de la barandilla, y extendió un brazo, señalando una formación de roca que, para estándares enanos, era lo que Bilbo llamaría "un banco socorrido". Se sentó junto a él, colocándose bien en el filo para permitir que sus pies tocaran el suelo, y no colgando como los de un niño —. Había unos textos en la biblioteca que contaban mejor de lo que yo podré hacerlo, pero no estoy seguro de que los volúmenes sobrevivieran a Smaug. Podrías preguntarle a Ori por ellos, si desearas explorarlos tú mismo.

Bilbo tomó su mano, una sonrisa dibujándose en sus labios cuando asintió, apretándole los dedos con suavidad.

—Está bien. Estoy seguro de que recuerdas las partes importantes.

Thorin correspondió a su sonrisa.

—Había una parte del texto que prácticamente memoricé... Nuestra creación fue siempre algo de mi más profundo interés."Mahal creo a los nuestros con las manos desnudas y nos forjó de la roca y el fuego, y Eru nos insufló la vida... Se casó con Yavanna, la Dama Verde, y forjó para su Única las joyas más hermosas, hechas de las estrellas mismas, y trenzó su cabello entrelazándolo con la luna, decorando su cabeza con las más bellas obras que jamás nada pudo crear". La historia original es más larga que eso, pero esa parte quedó en mi memoria. Pasé años de mi infancia intentando encontrar estrellas que forjar —admitió, riendo entre dientes.

Bilbo trató de imaginarle de niño tal y como él entendía lo que era un niño: un pequeño ser repleto de ternura, una caja de risas y travesuras andantes. Le costaba imaginar al enano siendo algo diferente de lo que le había visto siempre ser. Pensó que le gustaría poder encontrar algún retrato del momento, alguna prueba de que había sido algo más que un alma seria e imperturbable ¿Habría buscado esas mismas estrellas bajo su cama?

—A veces me sorprende lo grande que es vuestra historia. Quiero decir, escúchate. Tenéis una profunda cultura, y el resto del mundo cree que solo sois gruñones de malos modales que pican piedra en una montaña. Sois mucho más... Es en parte por lo que me alegro de haber formado parte de esta aventura. No desearía haber malgastado la oportunidad de conocer seres tan maravillosos como vosotros. Lo habría lamentado el resto de mi vda.

El enano miró a Bilbo, que tenía la vista clavada en el horizonte de nuevo, pensando. Podía ver perfectamente cuando el hobbit se perdía en su cabeza, en lugares a los que él nunca tendría acceso, y se sentía en la repentina necesidad de traerle de vuelta. Como si en el fondo de su ser supiera que en ese momento estaba tan lejos de él y era tan inaccesible como Erebor lo había sido en su día. Era una sensación extraña, que le hacía sentirse confundido, pues su cuerpo se sentía relajado porque la presencia de Bilbo a su lado se hacía notar en el pequeño e inocente contacto de sus cuerpos en determinados puntos al estar compartiendo el banco, su calor rozándole la propia piel, aún a través de la ropa. En cambio su cabeza le decía que estaba lejos, muy lejos. Donde no podía verle.

Frunció el ceño al pensarlo. Por mucho que él deseara que no fuera así, la Montaña Solitaria no era el hogar de Bilbo. El hobbit debía añorar tanto la Comarca como él había añorado la montaña en su día. Frunció el ceño.

— ¿Has pensado en volver a casa? A la Comarca. Debes echarla de menos.

Bilbo se removió en el asiento, como si estuviera incómodo por la pregunta.

—Lo he pensado. He pensado en volver. Pero aún no sé que voy a hacer —admitió, con las manos cogiéndose las rodillas —. Si me quedara, me gustaría volver alguna vez. Aunque fuera unos días. Para ver a Bungo y su familia, a Hamfast... y recuperar algunas de mis pertenencias.

No pudo evitar arquear las cejas ante su respuesta.

— ¿Te quedarías? ¿A vivir aquí, con...? —se interrumpió antes de terminar la palabra. Había estado a punto de pronunciar "conmigo", pero quizá sería demasiado suponer asumir que el hobbit se quedaría en Erebor solo por él — ¿Con nosotros?

—Sí —Bilbo alzó la vista y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios tras observarle detenidamente unos instantes. Él parpadeó, algo sorprendido con la respuesta. La vacilación de Thorin al hablar había sido tan reveladora... —. Sí, me quedaría con vosotros.

El corazón de Thorin se saltó un latido, pero no apartó la mirada de la de Bilbo, ni permitió a su cuerpo moverse un solo centímetro de donde estaba y como estaba. Se escuchó el graznido de un cuervo, la suavidad de las plumas rozando una con otra, pero tampoco le prestó atención. Un rayo de luna surgió de repente de entre las nubes que la habían cubierto y se reflejó en los ojos de Bilbo, haciendo brillar sus pupilas como si fueran diamantes. Ni siquiera el brillo de la Piedra del Arca había sido tan hipnotizante. Apretó la mano alrededor de la cuenta, como si quisiera hundir los gravados en su piel y convertirlos en uno más de sus tatuajes.

Inevitablemente, sonrió de vuelta, si poder controlarse a la hora de imaginar el futuro a su lado. Le imaginaba cubierto de joyas hermosas en las fiestas importantes, más ligero de ellas en los días tranquilos, donde nada importante pasara. Le imaginaba con el cabello más largo y trenzas adornándolo. Leyendo en cualquier rincón tranquilo, o en la ventana secreta de sus aposentos. Quizá por la noche, a la luz de las velas, sentado en la cama mientras ojeaba algún tomo antiguo de la biblioteca. Podía verle con una cesta de verduras y frutas bajo el brazo, de algún huerto cercano o del mismo mercado, pero con las manos y los pies sucios de la tierra en la que habría estado trabajando. Le imaginaba junto a él en el trono al recibir visitas importantes, organizando algún evento o recibiendo invitados. Le imaginaba dormido junto a él en el lecho, evocando el rostro dormido y tranquilo que le había visto durante el viaje. Podía imaginarles trabajando en algún tipo de reforma o acuerdo. Bilbo parecía poder hacerle razonar de una manera más profunda de lo que nadie había conseguido nunca, más incluso que el propio Balin. Así que no era difícil pensar que cuando las cosas se le pusieran complicadas, él estaría allí. Podía verse enseñándole su idioma, mostrándole las palabras y las pronunciaciones. Y cenando con tranquilidad tras un largo día para después recoger todo y encaminarse a la cama a descasar. Pensó en cómo sería estar tumbados en el colchón, bajo las sábanas, simplemente hablando, abrazados para conservar el calor. En cómo sería el tacto de su piel y su cabello bajo sus dedos.

Pensó en los besos que podrían compartir. En tomar su mano y abrazarle y ser la cálida sonrisa que guardaba solo para él. En su cabeza coronada por brillantes estrellas blancas.

Quería eso, pensó, parpadeando por la intensidad de sus propias ideas. Quería absolutamente todo de eso. Quería incluso las discusiones. Amaba discutir con Bilbo, ponerle a prueba, porque amaba cómo le llevaba la contraria. Aunque le sacara de quicio y realmente acabara enfadado con él, Thorin no podía permanecer mucho tiempo en ese estado. O al menos eso había descubierto.

—Sabes lo que ello implica.

Bilbo no apartó la mirada, pero Thorin juraría que sus orejas se habían movido un poco. Se aclaró la garganta al descubrir que su voz se había vuelto ronca. Ambos sabían perfectamente de lo que estaban hablando, no había necesidad de palabras. Las mejillas del hobbit tomaron una ligera tonalidad rosada.

—Sí. Sí, lo sé.

Thorin sintió la repentina necesidad de confirmar que su saqueador comprendía todo lo relacionado con el cortejo, con el regalo que estaba a punto de ofrecerle. Siempre le daría la opción de retractarse. Nunca le cerraría la puerta de salida, si algún día quería tomarla. No iba a retenerle contra su voluntad. Pero... deseaba tanto creer que aquello era real, que de verdad tenía opciones... Era todo demasiado perfecto para ser cierto.

—Si alguna vez fuera demasiado para ti... Si quieras marcharte, podrías hacerlo...

—Thorin —la mano cálida de Bilbo, aún envuelta en las suaves vendas élficas, se posó sobre la suya, sosteniendo dentro la cuenta. Arqueó las cejas en su dirección y apretó los labios en una sonrisa —. Está bien. Sé lo que estoy haciendo. Ahora ponte de una maldita vez a trenzar mi pelo, antes de que alguien te eche de menos en la fiesta.

No pudo evitar reírse, sintiendo su estómago contraerse por la excitación. Pedirle a otro que trenzara el pelo era una invitación de lo más osada entre enanos. Por lo menos si se trataba de desconocidos, y a efectos técnicos, ambos lo eran. Si su madre lo hubiera escuchado, habría tomado a Bilbo por un cualquiera, y se le habría parado el corazón por el escándalo.

Tomó la mano de Bilbo que cubría la suya, y la alzó con cuidado para poder besar sus nudillos cubiertos por el vendaje, acariciando su muñeca descubierta con el pulgar, todo eso sin perderle de vista. Sonrió al detectar de nuevo el movimiento que había percibido antes. En efecto, las orejas del hobbit parecían temblar, así lo habían hecho cuando tocó su piel con sus labios. Se preguntó que pasaría si lo besara de verdad, pero se recordó que aún era pronto para eso.

Perdido en la luz de sus ojos, depositó con cuidado la mano de Bilbo en su regazo, con la palma hacia arriba. Luego abrió su propia mano, y le entregó la cuenta.

—Es tuya ahora. Para siempre, sin importar lo que pase.

Observó a Bilbo admirar la pieza, parpadeando mientras la hacía girar entre sus dedos, acariciando los gravados. Era imposible que supiera lo que ponía, pues las runas estaban en Khûkdhul, pero aún así era agradable contemplarle mientras admiraba los detalles.

La pieza era bastante sencilla, pues sabía que la ornamentación no era del gusto del hobbit. Había dos caras en ella. La pieza ovalada, intentando imitar la forma de una hoja, tenía un grabado de la silueta de la Montaña Solitaria en ella, y un Ojo de Tigre en el centro, encajado dentro de unos bordes de bajorrelieve con la forma de una pequeña bellota, todo ello dentro del perfil de la montaña. Alrededor, entrelazado con los motivos geométricos propios de su casa, estaban sus nombres escritos en la lengua de los enanos. Por la parte de atrás, la que en teoría iba pegada al pecho, pero en este caso rozaría su mejilla, tenía sus nombres de nuevo, pero escritos en Oestron, de nuevo entremezclados con los patrones geométricos, y en el centro la runa de la casa de Durin.

—Son nuestros nombres ¿En ambos lados? —preguntó, acercando la cuenta a su rostro para poder observarla con más detalle. Sonrió ante su perspicacia, aunque la alegría se diluyó ligeramente cuando apreció lo difícil que le resultaba moverla con la mano herida. Le vio parpadear y mirarle —. Espera... ¿es tu verdadero nombre?

La sonrisa de Thorin volvió a ampliarse.

Bilbo sostuvo la pieza entre sus manos con cuidado, sus dedos acariciando la bellota semipreciosa con el cuidado que le dedicaría a una flor.

—Es muy hermosa.

—Me alegra que sea de tu agrado —dijo, suavemente. Agachó un poco la cabeza y frunció el ceño, buscando las palabras. ¿Cómo pedirle permiso para trenzar su cabello? Nunca se había visto en la tesitura de hacer algo así. Sonaba como algo muy intimo, más privado de lo que Thorin había hecho jamás. Había trenzado el cabello de sus sobrinos y el de su hermana, era cierto. Incluso el de su primo Dwalin alguna vez antes de alguna batalla, como la de Azanulbizar, de la que ninguno de ellos esperaba salir con vida. pero nunca lo había hecho a otra persona que no fuera de su familia, a nadie de su sangre. Tomó una profunda respiración, templando sus nervios, y movió los dedos. Le picaban solo de la necesidad de enterrarse entre las hebras cobrizas de Bilbo, de moverse ágilmente para entrelazar los mechones. Su corazón jamás había latido tan desbocado. Ni la perspectiva de la batalla lo había espoleado tanto como ese momento — ¿Me permites?

Habló con más seguridad de la que sentía y eso, ciertamente, le tranquilizó un poco. Por algún extraño motivo, se convertía en una contradicción continúa cuando estaba con Bilbo. Se sentía lo suficientemente seguro como para poder mostrar debilidad con él, pero al mismo tiempo quería mantenerse regio y demostrarle lo fuerte que era. En momentos como esos, la posibilidad de gestionar ambos deseos se desvanecía, y se convertía en un chiquillo nervioso al que le acababa de salir la primera pelusa en el mentón.

Bilbo se giró en el asiento, dándole ligeramente la espalda, disponiendo el espacio perfecto para la cuenta.

Thorin se alzó y le observó, poniéndose frente a él. Tras deliberar mentalmente sus opciones, acercó las manos a la trenza que sostenía la cuenta de adopción de Bilbo, y desprendió la pieza de metal con suavidad. Notó el cuerpo del hobbit tensarse, pero no dijo nada. Estaba demasiado nervioso como para atreverse a abrir la boca y pronunciar palabra alguna.

Cuando consiguió deshacer todos los nudos, tomó el mismo mechón de la trenza, lo igualó con el del otro lado de su frente, y los llevó hacia atrás, sosteniéndolos con los dedos mientras trenzaba, primero un mechón y luego el otro, de nuevo, en una trenza de siete hilos cada uno. Luego las unió en la parte de atrás, y colgó la cuenta. Quedaba un poco arriba, sin mucho trozo de pelo sobrante, pero crecería. Esperaba que Bilbo decidiera no cortárselo. Al menos no mucho.

¿Cabría la posibilidad de que decidiera dejarse una barba también? ¿A los hobbits les salía barba, si quiera?

Se arrodilló frente a él, tomando otro mechón de cabello desde detrás de su alargada oreja, y sintió el calor que emitían sus mejillas, mientras sus dedos separaban con destreza el cabello en tres mechones. La trenza era muy básica, pero la complejidad de la cuenta de cortejo y su importancia compensarían la austeridad de la obra. Además, era tradicional que el nivel de dificultad de las trenzas creciera conforme lo hiciera el cortejo, así como la edad del enano (en este caso hobbit) que las llevara. Ya había hecho una excepción con la cuenta de adopción porque quería que quien la viera supiera quién la había hecho, y bajo la protección de quién se encontraba Bilbo. Las trenzas de siete siempre habían sido las utilizadas por la casa de Durin.

El momento en el que fijó la pieza en el final de la trenza fue como si un peso abandonara por fin su corazón, desvaneciéndose. Miró la plata oscilar lentamente junto a la mejilla de Bilbo, y luego su rostro, más despejado ahora que las trenzas sujetaban buena parte de su flequillo tras su cabeza, lejos de sus ojos. Thorin nunca se había dado cuenta de lo grandes que eran los ojos de Bilbo hasta ese momento. De lo azules que podían llegar a ser. Lo brillantes.

Se alzó y suspiró, llevando una de sus manos a su rostro, acariciando su mejilla con los dedos, su pulgar moldeando su pómulo. Bilbo parecía tan enajenado por él como él mismo por el hobbit, buceando en su clara mirada. De nuevo, volvió a escuchar el aleteo del cuervo, y de nuevo volvió a ignorarlo. Había cosas más importantes por las que tenía que preocuparse en ese momento.

Pasaron unos segundos hasta que Bilbo se permitió apoyar el peso de su cabeza contra la mano del enano, y unos cuantos más hasta que reunió el suficiente arrojo como para girar un poco la cabeza y besar su palma. Thorin sintió el beso como una descarga eléctrica que le recorrió los nervios y se repartió por todo su cuerpo, acelerándole de nuevo el corazón.

No hablaron, pues el momento parecía estar más allá de las palabras. Se mantuvieron en silencio, mirándose el uno al otro, hasta que un escalofrío recorrió a Bilbo. Thorin se preguntó entonces cuanto tiempo llevarían allí fuera, y por qué nadie en la fiesta los había encontrado. O si los habían estado buscando, siquiera. La mano de Bilbo tomó la que seguía en su rostro, y entrelazó sus dedos con los de él antes de levantarse del asiento, con un ligero gruñido al estirar sus extremidades agarrotadas. Soltó una risita ante la escena, y Thorin sonrió. Se sacudió las rodillas del pantalón, sacando el polvo en ellas de cuando se había arrodillado, e inclinó la cabeza hasta que rozó su frente con la del hobbit, cubriéndole con su capa.

Amrâlimê.

Bilbo abrió los ojos, frunciendo el ceño en incomprensión, pero al ver que lo que fuera que Thorin había dicho, no iba acompañado de una explicación, se vio en la obligación de preguntar.

— ¿Es ese tu nombre? ¿Anrralimê?

Thorin no pudo evitar reír entre dientes ante la atroz pronunciación de Bilbo, sin ninguna clase de acento.

Amrâlimê.

—Amrrâlimê —repitió, intentándolo de nuevo.

—Am-râli-mê.

—Amrâlimê.

La sonrisa del enano se amplió. Si bien Bilbo tendría que trabajar en la pronunciación, era un aprendiz muy rápido. No todos habrían sido capaces de imitar tan rápidamente una palabra en Khûzdhul, y mucho menos tras escucharla por primera vez. Y, tenía que admitirlo, le gustaba la idea de que le hubiera dicho lo que le había dicho, aún si no sabía su significado... aún.

—No, no es mi nombre —respondió, riendo entre dientes ante su gesto contrariado.

—Pero tampoco vas a decirme lo que significa, ¿verdad?

Sonrió, separándose de él lo justo para permitirle caminar con comodidad, sus manos firmemente entrelazadas, su capa cobijándole del frío nocturno.

—No puedo enseñarte nuestra lengua secreta. Hay leyes que lo prohíben tajantemente. No obstante —añadió, antes de que el hobbit tuviera tiempo de replicar —, como hijo adoptivo de Erebor, no puedo prohibirte el acceso libre a la Biblioteca. Si quisieras aprender por tu cuenta, no podría detenerte.

Casi pudo escuchar los pensamientos encontrados de su saqueador entrando en conflicto en su cabeza. Abrió las puertas del balcón, permitiéndole volver a la Montaña, y el calor y el ruido lejano de la música y la fiesta les recibieron.

—Eres irritantemente brillante a veces, ¿lo sabías, Rey Bajo la Montaña?

Thorin dirigió la mirada hacia la cuenta de cortejo de nuevo, como si aún le costara creerlo, y sonrió. Estaba sonriendo más que nunca en toda su vida.

—Creo haberlo escuchado antes —dio un apretón a su mano, y tiró de él con suavidad, dispuesto a guiarle por los pasillos de la Montaña—. Volvamos a la fiesta, givashel.

El bufido del hobbit no hizo más que ampliar su sonrisa.