Sumario

Cuatro hombres se ven inmersos en una operación de rescate en la que nada es lo que parece. Como tal, es una historia para Danny Taylor, en un universo alternativo... o en realidad no. También es una historia para Jason, Patrick y Alex. Para Tony, Miguel, Javier o Diego. Y también en algún momento para Jack, Martin, Sam y Vivian. Situada en algún punto hacia el final de la segunda temporada de "Sin Rastro."

Uhm… probablemente estas cosas nunca ocurrirían en realidad. Esto es lo que es, ficción, fantasía. Es un suponer, cualquiera sabe.

Presta atención a las fechas, hay pocos flashbacks pero la historia se mueve un poco… en el tiempo.

Si ansías leer algo del personaje central del fic, Danny Taylor, ten paciencia... y disfruta del proceso. :-)

Capítulo 1

Washington D.C., 23 de abril de 2005

Era su superior quien le había llamado. Desde un número que utilizaba en contadas ocasiones. Y a aquel móvil. Cuando eso ocurría, él aparcaba todo a un lado, y dedicaba su atención a lo que su jefe ordenaba, aunque nadie notara el cambio. Siguiendo sus instrucciones, la reunión, si es que a aquello se le podía llamar reunión, con el responsable de zona de la CIA se realizó con la máxima discreción. Permaneció trabajando hasta cerca de las nueve de la noche, despidiéndose a continuación de algunos compañeros y sacando su tarjeta de registro según entraba en el ascensor. Registró su salida, pero en lugar de abandonar el edificio por la puerta principal, se desvió en el último momento hacia las escaleras y descendió rápidamente hacia el garaje. Ignorando la salida natural, abandonó, el edificio por una puerta lateral que le llevó a la parte trasera de un supermercado del edificio colindante. No era un supermercado cualquiera, aunque sí lo fuera para cualquier ciudadano corriente que entrara a hacer sus compras. Lo que le hacía peculiar era que todos los empleados eran en realidad trabajadores de la Agencia Central de Inteligencia y servía de entrada a una de las instalaciones ocultas repartidas por todo el país. Cogiendo un carro de compra, introdujo algunas cosas en él. Era tarde, y no había demasiadas personas por allí, por lo que no le resultó difícil identificar al hombre que un momento después entraba despreocupadamente en el supermercado. Preguntó algo a un dependiente que le señaló un lugar concreto del supermercado. Hacia allí se dirigieron ambos, uno con su carrito de la compra, el otro perfectamente camuflado bajo un disfraz que le hacía reconocible tan sólo porque le había dado la descripción por teléfono, aquel teléfono. Cogiendo un paquete de una estantería, el hombre que acababa de entrar, lo dejó en el carro de la compra del primero, y tomando unas barras de pan, salió del supermercado.

El se quedó un rato más, aprovechando para hacer algunas compras que realmente le hacían falta. Después de pagar en la caja, salió del supermercado y tomó un taxi que le llevó hasta su casa.

Tendría que tomar un avión, o dos, dedujo, cuando sacó de la caja de galletas que su superior había puesto en su carrito de la compra la documentación que encontró en ella. ¿Tantas precauciones para qué? Hasta donde tenía noticias, dentro de su ámbito de actuación, habían perdido el control sobre el grupo que llevaba trabajando encubierto en la isla desde hacía varios años y ahora no sabían qué estaba realmente ocurriendo allí, quien era fiable y quien no lo era. Extrajo la fotografía de Andrés Miranda, un miembro de aquel grupo ahora encarcelado en una prisión de Santiago de Cuba, una población situada a poco más de 100 kilómetros de la base naval de Guantánamo, el lugar seguro más cercano para cualquier estadounidense en la isla. La CIA y por lo que pudo leer los militares, el FBI, la NCS también andaban tras él, o tras la información que despejaría las dudas que les mantenía en tinieblas, le querían en los Estados Unidos, por diversos motivos no determinados en el dosier que iba leyendo. Y seguro cualquiera de ellos querría atribuirse el mérito. A eso él lo llamaba un gran agujero negro. Chascó la lengua mientras leía el dosier. Algunos informantes venían relatando las palizas que estaba recibiendo en prisión y, aunque la información no podía ser realmente verificada, las posibilidades de que fuera cierta eran altas. Reparó en que no más de 20 personas estarían informadas de una operación que debía ser secreta, incluso dentro de la propia CIA. Una de ellas, era él. Y tenían que sacarle de allí lo antes posible. Un perfil determinado, un jefe de operaciones que actuara rápido y con eficacia. Reparando en las características de la persona que debía buscar, entendió el significado de ello. 'Hijos de puta,' pensó, sabiendo que él estaba incluido en aquella descalificación.

Buscar a alguien completamente nuevo para realizar aquella misión era arriesgado. Tenía experiencia en la búsqueda de perfiles, pero no disponía de demasiado tiempo. Y la persona seleccionada tampoco lo tendría. Volvió a chascar la lengua. No pintaba bien aquel asunto. Tendría que actuar rápido pero sabía donde buscar. Abriendo el ordenador, accedió a la base de datos de acceso restringido y comenzó a trabajar de inmediato. El equipo de vigilancia no sería problema, estaba acostumbrado a instalar cámaras, pinchar teléfonos y recuperar la actividad de un ordenador fácilmente, pero tenía que determinar sus objetivos con rapidez.

En cuarenta y ocho horas tenía fijados 8 objetivos que consideró suficientes. Al tercero, una vez descartados los dos primeros, le daría una paliza en un ring cuatro días después.

Santiago de Cuba, 20 de marzo de 2005

Hacía un año que el Gobierno norteamericano había comenzado combatir con nuevos esfuerzos la entrada de droga al país desde la República Dominicana, un porcentaje que alcanzaba el 8% de toda la cocaína que se distribuía por todo el territorio, según los últimos informes de la DEA; sin embargo, en ocasiones, el problema partía de ellos mismos.

La bahía de Guantánamo se había convertido para algunos pocos en un lugar perfecto para transportar una mercancía que les daría pingües beneficios. Diariamente, una patrulla de la base naval norteamericana, realizaba su ruta habitual de vigilancia. Pero en las noches de luna nueva, el turno de patrulla era reservado por un grupo específico que hacía algo más que su ruta habitual de vigilancia.

El trasvase de la mercancía se hacía en mar abierto, en un lugar previamente acordado. Discretamente ocultas en el interior de la embarcación, los tres soldados regresaban a la base, donde les esperaba un vehículo de carga. Allí, la mercancía era revisada y repartida. La mayor parte salía en aquel vehículo guiado por dos agentes de la CIA en dirección a los aviones que habitualmente despegaban en dirección al continente. A su llegada, otros agentes revisaban y distribuían toda la mercancía que llegaba de la base, retirando convenientemente los fajos de cocaína e introduciéndolos en camiones de reparto. Nadie iba a suponer que en un medio de transporte custodiado por agentes del Gobierno de los Estados Unidos hubiera tal cantidad de droga. Aquel negocio, que durante años había resultado una importante fuente de ingresos para sus participantes, entre los que se contaban militares, agentes de la CIA en la base y en Estados Unidos, así como otros agentes infiltrados en la isla durante años amenazaba con desaparecer, desde que uno de aquellos hombres se enteró de quién movía los hilos desde el continente y decidió sacar partido. Y eso era algo que no habría de suceder.

…..

Andrés Miranda examinó los paquetes que un rato antes había metido en su furgoneta. No escuchó los pasos de Clara aproximándose, pero sí sus brazos rodeándole la cintura y sus dedos juguetones deslizándose algo más abajo. El calor era agobiante y su cuerpo aún estaba sudoroso del esfuerzo realizado. Esta vez el fajo de coca que se habían quedado en la isla daría para varios meses. Pero Andrés Miranda ya no quería seguir jugando. Una de las razones para ello la notaba pegada a él, susurrándole en su oído, jugando con él, excitándole como sólo ella sabía hacer. Ella sonrió al notar el cambio en su cuerpo y siguió recorriendo su cuerpo, jugando con las yemas de los dedos, allí donde a él más le gustaba, mientras ella disfrutaba de su torso bien formado, su respiración jadeante. Cuando él se volvió hacia ella y agarró su camiseta, Clara sólo pudo levantar los brazos en anticipación mientras la ropa volaba hacia un destino desconocido. Los besos apasionados, el recorrido de su cuerpo la hizo estremecerse, aún más violentamente cuando él la tomó entre sus brazos y la tendió en el suelo, sobre la manta donde un momento antes había descargado los fajos de coca. Terminaron de desnudarse precipitadamente, concentrados en cada milímetro de sus cuerpos, hasta encontrar el ritmo armonioso que les llevaría hasta el éxtasis.

Permaneció acurrucada a su lado, su cara pegada a su cuerpo, meciéndose al ritmo de la respiración de Andrés que poco a poco recobraba la normalidad, mientras aún seguía acariciando su pecho, jugando con su ombligo y yendo una vez más, algo más abajo.

Al poco tiempo, él se revolvió y Clara suspiró. "¿Has hablado con él?" le preguntó, mientras Andrés se levantaba y se quedaba un rato mirando los paquetes que distribuirían en los siguientes días. No le gustaba tener tanta droga en aquel pequeño almacén, cualquiera podría descubrirlo y se vería metido en un buen lío.

"Sí," respondió.

"¿Y qué te ha dicho?" preguntó ella ansiosa.

"Que lo arreglará," respondió él.

La conversación no había transcurrido exactamente de aquella forma, Andrés Miranda sabía demasiado e iba a utilizar aquella baza como pasaporte para estar de vuelta al continente. Sin embargo, la salida de Clara no podría suceder al mismo tiempo, para evitar sospechas, le habían dicho. El entendió eso, aunque era un riesgo que debía asumir. No demasiado, pues de no ver cumplida su petición, empezaría a cantar como un pajarito. Ese era el juego al que había accedido, nada más informar de sus recientes averiguaciones. Tenía 41 años y llevaba 15 en la isla, aunque este trabajo lo había iniciado hacía solo dos años.

"¿Qué pasa conmigo? Me llevarás contigo, ¿verdad? Carlos se alegrará de verme."

Carlos Torres, el hermano de Clara, era uno de los contactos en Florida, encargado de la mercancía que llegaba allí. Había salido de la isla hacía 6 años y Clara no le había visto desde entonces.

"Sí, por supuesto. Pero no iremos juntos, Clara, es peligroso. Pero irás, no te dejaré aquí," le dijo él, intentando no desviar la mirada. Le resultaba difícil mentir; en realidad no tenía ni idea de lo que ocurriría con Clara. En aquel momento era difícil confiar en la palabra de alguien a quien había amenazado con desvelar su implicación en aquella red. Enamorarse de ella había sido un error y su corazón se debatía en un mar de dudas.

"¿Cómo vas a hacerlo sin que los demás sospechen nada? Sabes que me preguntarán. Y ¿cuándo? Que ese tipo te diga que lo arreglará me parece que te está dando largas."

"No lo hará, no le interesa," Miranda se quedó un momento pensativo. "Oye, ¿está tu primo Luis aún en la cárcel?"

"Sí… ese malnacido…" empezó ella, para luego quedarse mirándolo con expresión asustada. "¿Por qué lo dices?"

Santiago de Cuba. 9 de julio de 2005

Miguel examinó nervioso los papeles que le iban pasando, comprobando que todo estaba en regla. Ni un solo resquicio, ni un solo error, desde luego los militares y los agentes de la CIA que les ayudarían en la evacuación del espía norteamericano habían hecho un trabajo impecable. Se quedó con sus documentos y le pasó a Tony los suyos, quien se los guardó en la bolsa que llevaban. Por su parte, los dos militares ataviados con uniforme policial cubano revisaban con Diego y Javier la ficha de su detención e internamiento en la cárcel de Santiago de Cuba, donde se encontraba Andrés Miranda. La furgoneta avanzaba rápidamente dejando atrás la base de Guantánamo y nadie reparaba en los baches ni en el cansancio. No hacía ni 24 horas que habían abandonado Nueva York con destino a Miami y de allí, directamente a la base de Guantánamo en un avión militar y ahora atravesaban la Autopista Nacional en dirección a la ciudad de Santiago.

Allí, después de parar a unas dos manzanas de lo que sería el lugar de residencia de Tony y Miguel, el grupo se separó y sólo quedaron los dos militares, Javier y Diego. Aunque sabían que disponían de cobertura, Javier se sintió atenazado por el miedo aunque intentó disimularlo, observando la tranquilidad de Diego. Pero claro, Diego era un agente de la CIA y él ya no estaba acostumbrado a aquellas aventuras. Por un momento, la cara sonriente de Laura, fue rápidamente reemplazada por la de Eleanor y los ojos se le nublaron. Notando una mano sobre su hombro, intentó serenarse. "Tranquilo, Javier, no te ocurrirá nada," le susurró Diego en un tono tan convincente que Javier no tuvo más remedio que creerle.

Comprobando una última vez que el pequeño transmisor fijado en la cara interior de su zapato funcionaba correctamente, Diego y Javier se dispusieron a representar su papel ante los funcionarios de la prisión.

Desoyendo el consejo de Diego, Javier no paró de temblar durante toda la mañana. Ninguno de los ejercicios que había estado practicando mientras preparaban la operación, le funcionaba. Y se sentía avergonzado por ello. Tras el ritual de ducha y ropa carcelaria, lo único que conservaba Javier eran sus zapatos, aunque los cordones también los había perdido en el cambio. Ahora, en la pequeña celda, cuatro pares de ojos le miraban, escrutándole de arriba abajo. Dudó que su litera, que por fortuna compartía con Diego, fuera mínimamente confortable. No lo era, los alambres del viejo somier estaban medio vencidos y el fino colchón que lo cubría no era suficiente para deducir que su espalda tardaría en recuperarse de aquel maltrato.

Ninguno dijo gran cosa, aunque Diego parecía conocer algo las formas y las reglas carcelarias. Se preguntó si habría estado en alguna antes. El primer día era el más duro, trató de recordarse a sí mismo, mientras aquella noche intentaba sin éxito conciliar el sueño, algo que le pareció increíble después de las horas que llevaban sin dormir.

La mañana siguiente, Diego y Javier se dedicaron, por separado a localizar su objetivo, lo cual no resultaba fácil en un patio atestado de gente. No les estaba permitido preguntar, tan sólo recordar la fotografía que les habían proporcionado y localizarle. Javier temía que pudiera tener el rostro desfigurado por los golpes que según la información de que disponían, había recibido y no fueran capaces de localizarle. Pero después de un rato, vio a Diego hablando con alguien. Sin acercarse demasiado, sin embargo, no les quitó ojo de encima. Era su objetivo, sin duda. No parecía, a primera vista, muy malherido, lo cual le hizo fruncir el ceño, sorprendido.

Cuando más tarde, Diego se acercó a él Javier le preguntó inquieto "¿Cómo lo ves?"

"Mejor de lo que esperaba. Le sacaremos pronto y eso será una buena noticia para nosotros," le dijo. "Va a hablar con dos tipos con los comparte celda para que se cambien con nosotros. Así podrás examinarle y ver si está en condiciones."

"¿Y si no está?" preguntó Javier. "No veo cómo voy a acceder a la enfermería."

"No lo harás tú, no te preocupes por eso. Aquí todo el mundo tiene sus contactos. Nosotros no lo necesitamos. Ya tenemos a Miranda, él nos dará cobertura."

"¿Eso lo habías pensado antes o estás improvisando?" preguntó Javier incrédulo.

"Mejores o peores, las cárceles funcionan más o menos siguiendo los mismos códigos," le explicó Diego.

"¿Has estado en alguna antes?"

"No, pero conozco a alguien que sí lo ha estado," Diego repuso.

Las vendas y desinfectantes aparecieron como por arte de magia bajo el colchón de su litera, una litera igual de ruinosa que la anterior, en la celda que ahora compartían con Andrés Miranda, lo cual le permitió a Javier, después de revisar las contusiones ocultas tras su ropa, curar los cortes y vendar fuertemente su torso tras detectar la posibilidad de alguna costilla rota. Nada que pusiera en riesgo su vida, pensó, aunque en aquel momento su pensamiento no fue más allá.

Miranda miró a Diego con escepticismo, pero contestó a su pregunta. "El camión viene una vez en semana, descargan y cargan la ropa y se van. Siempre hay guardias, no hay fisuras."

"¿Intervienen los presos en el proceso?" se interesó Diego.

"Sí, claro. Por turnos, la lavandería es cosa nuestra," dijo Miranda con una mueca.

"Entiendo. ¿Es allí donde le hicieron eso?" preguntó Diego señalando su pecho vendado.

Miranda asintió.

"Descríbame todo el proceso, como es el camión, a qué hora vienen, cuánto tardan."

"Pensé que me sacaríais sin más." Miranda estaba confuso, aunque feliz de haber tenido aquella idea. Desde luego, Clara había corrido la voz entre sus colegas y la información había llegado, alta y clara a su destino.

"No podemos, tenemos órdenes concretas para esto. Ha de confiar en mí, Andrés. En cuanto mi compañero le dé el visto bueno, saldrá de aquí. ¿Cuándo es el próximo cambio de ropa?"

"Uhm… el 15."

"Bien, arrégleselas para estar ese día en la lavandería. Pero por el momento, presénteme a los tipos que le rompieron esa costilla."

"¿Sabe lo que significa eso?" preguntó Miranda, alarmado.

"Sé lo que significa. Ya le dije que confiara en mí," le respondió Diego.

Miranda tragó saliva. Conocía a Luis García, el primo de Clara y sabía que a él le habían tratado con cuidado, sólo para alertar a quien haría posible su salida de la isla y que se diera más prisa en sacarle de allí. Pero no podía decirle a García que aquel tipo era un agente de la CIA. Simplemente, le mataría. Jamás traicionaría a un compañero de aquella manera, si no lo merecía. Sin embargo, Diego parecía saber exactamente de lo que hablaba.

Aquella noche, discretamente, Diego sacó su zapato de debajo de la litera y desprendió el pequeño transmisor de alta sensibilidad al sonido que llevaba con él. Girándose y aproximándose lo más que pudo a la esquina, comenzó en susurros a transmitir toda la información que Miranda le había dado. Cuando finalizó, un apenas perceptible beep, le confirmó la recepción del mensaje.

Santiago de Cuba. 15 de julio de 2005

Miguel se bajó del camión con una planilla que presentó al guardia despreocupadamente. "¿Eres nuevo?" preguntó éste.

"Sí, señor," respondió Miguel mostrándole su identificación.

"Dejad la ropa allí," el guardia le señaló una esquina. "Y cargad aquella otra."

"Bien," respondió Miguel, mientras con ayuda de Tony se dispusieron a descargar toda la ropa.

"Eh, ¿me echas una mano?" pidió Miguel a uno de los presos que estaban en la lavandería y que no era otro que Andrés Miranda.

"Claro," respondió éste un tanto nervioso. Se preguntaba si no se asfixiaría oculto entre tanta ropa.

Cuarenta minutos más tarde, el camión paraba a un lado de la carretera. Rápidamente, Tony y Miguel descendieron de él, abrieron la puerta trasera y ayudaron a Miranda a salir de allí. El hombre estaba sofocado, pero bien. Un coche de apoyo, les esperaba un poco más adelantado. Sin mediar palabra, introdujeron a Miranda en él y partieron a toda velocidad, después de desprenderse de los trajes de la empresa de lavandería junto al camión.

No tenían demasiado tiempo antes de que en la prisión se dieran cuenta de la desaparición de Miranda y consecuentemente de que otras personas se enterasen. Para cuando aquello ocurriese, Andrés Miranda debía estar a salvo en la base de Guantánamo.

Tres horas más tarde, Tony y Miguel estaban de vuelta en la casa donde se alojaban desde su llegada, sin que aparentemente nadie aún, supiera lo que habían hecho. El plan seguía su curso y ahora tenían una semana por delante, antes de afrontar la segunda parte del plan. Fue durante esa semana cuando Tony conoció a Clara… ¿o fue al contrario?

Mientras tanto, dos escuetas llamadas con el mismo contenido pero muy diferente significado, daban cuenta de la salida de Miranda de prisión. "Está hecho, jefe."