Hola a todo el mundo, bienvenido sea el 1 de marzo (¡muere, febrero, agh caca!), ojalá traiga muchos momentos buenos. Y como siempre, ¡bienvenidos seáis vosotros al Reto!


Otra semanita más al calendario y aquí seguimos, disfrutando con vuestros comentarios (que podéis dejar en todos los fics de esta cuenta cuando queráis) y con los nuevos capítulos que nos traen ahora cada sábado nuestros encantadores participantes del concurso. Ya sabéis el dicho: "Una ración de Soul Eater semanal no viene nada mal." (Platón, probablemente...) Me hace feliz tener todos los relatos ya, aún quedan algunos por editar, por favor sed pacientes concursantes. Si necesitáis algo, o necesitáis resolver alguna duda, concursantes y lectores: no dudéis en preguntar. (Bell Star responsibility.) Espero poder actualizar algún fic, (mencionando el Reto) esta semana si obtengo algo de tregua, ¡ánimo!


Y es que ya estamos a mitad de recta, este es el relato número diez. (También de diez.) Lo trae el concursante número diez, que desde ya opta a conseguir vuestros reviews válidos para poder ganar el premio durante siete días exactos. Su nombre es Leto y nos trae su fic llamado: "La melodía del alma". Os ha dejado unas palabras (que los demás participantes me podéis pasar cuando queráis para vuestros lectores), gracias por formar parte de este concurso a todos vosotros, ¡que disfrutéis!

"¡Hola a todos! Quiero mandar un agradecimiento especial a todos aquellos que gozan de buena memoria y recordaron que el Reto continúa (no como yo y mi memoria Pez). Mi relato no será el más interesante, ni tampoco tendrá mucha acción, pero espero poder entretenerlos con algo un poco más emotivo. No los entretengo más por ahora, pasen y lean. Esperaré con mucha emoción el veredicto."

Leto.


La melodía de tu alma

Los latidos desembocados de su corazón comenzaban a apretarle el pecho, a la vez que alimentaban ese nerviosismo que le recorría cada vena del cuerpo como el fuego por un rastro de pólvora. Sentía un calor abrasador dentro de su traje, el cual se le hacía mucho más sofocante y apretado de lo que recordaba cuando se lo había puesto minutos antes. Incluso el nudo de la corbata se le cerraba de una manera tan ajustada contra el cuello, que sentía el aire dejar de pasar por sus vías respiratorias.

Pero no era la corbata, ni el traje lo que estaba generándole todo ese grado de incomodidad. Eran sus propios nervios, que le hacían sentir como si tuviese una soga atada al cuello, la cual no dejaba de cernirse contra su garganta para sofocarlo del todo.

Cada tanto, veía desprenderse de su rostro una gota de sudor que iba a estrellarse y morir en medio de las teclas del piano y sus rápidos movimientos a medida que iba tocando. No paraba ni para secarse el sudor de la frente, ni para parpadear, o tan siquiera respirar. Parecía estar atado al banquillo del instrumento como si le hubiesen salido raíces que lo retenían en su lugar, cual máquina con pilas nuevas, que no paraba de tocar como sólo él sabía hacerlo.

Iba desplazando a tal velocidad sus dedos sobre las teclas, para reproducir aquella melodía oscura y turbulenta que le salía de lo más profundo del alma, que ya ni sabía si seguía manteniendo el ritmo de Wes, o si se había ido por las ramas y arruinado su presentación.

Supuestamente sería el acompañamiento de su hermano, quien extrañamente lo había escogido a él para ser el pianista, pese a las claras objeciones de los familiares… Pero entre que Soul no estaba acostumbrado a tocar en conjunto, la eterna discordia que tenía con las presentaciones en público era la maldita partitura. Todo era sentarse y tocar como lo hubiese hecho el músico original, reproducir el mismo sonido de siempre, como una simple máquina programada.

Odiaba eso.

Eran unas estúpidas ataduras que veía ya pasadas de moda para la era en la que estaban, y sin embargo, los grandes maestros seguían enseñando la misma didáctica en las escuelas de música, privando a los alumnos de sobresalir con su propio talento, como si los únicos músicos que valieran la pena escuchar fuesen los grandes clásicos que ya llevaban años juntando polvo por no añadirle ni la más mínima modificación.

Por eso él siempre era el peor alumno, la oveja descarriada de la familia… Porque no quería someterse a reproducir un sonido que ya había sido representado una y otra vez, hasta el cansancio… Si le ponían una partitura en frente, la tocaba como le daba la gana. Y si no, se la inventaba.

A nadie le gustaba su música. Los críticos siempre aguardaban como pirañas hambrientas a que acabasen sus presentaciones, para comenzar a atacar, desgarrar y aniquilar cada mínimo aspecto de su representación. Por eso se había alejado del escenario. Por eso sólo tocaba para él, y se reservaba sus creaciones para sí mismo, el único que podía entenderse… Y era precisamente por ese motivo, que no entendía por qué rayos su hermano decidió nominarlo a él como el pianista que tocaría su acompañamiento, en una de sus presentaciones más importantes.

Le estaba arruinando la presentación.

Y no, no eran ideas suyas. Aún si presionaba las teclas lo más fuerte que podía, para hacer gritar al piano con toda su potencia sonora, seguía siendo capaz de escuchar los susurros envenenados que rondaban por el auditorio.

"— Te dije que era mala idea entregarle el acompañamiento a ese chico."

"— ¿Y se supone que él es un Evans?"

"— Le está arruinando toda la presentación al hermano. Seguramente le tiene envidia y lo quiere hundir."

"— ¿No debería dejar de tocar ya? Está haciendo el ridículo de nuevo con esa música tan horrible…"

Eran los mismos comentarios de siempre. Con todos los años que llevaba escuchando esa clase de improperios hacia su música, pensaba que ya se habría acostumbrado y simplemente llegaría el momento en el que ya no le importaría lo que dijeran de él… Pero este no era el caso.

Soul no estaba tocando solo. Esta no era su presentación. Era la de Wes, que confió en él, y acabó echándosela a perder de la peor manera posible.

Todo lo que sabía hacer era tocar a su ritmo, con sus propias notas y sin seguir ningún patrón en particular. Cerró con fuerza los ojos y tuvo que apretar los dientes, disculpándose mentalmente con su hermano. Él era un asco tocando… pero Wes al menos tenía la capacidad de remontar y relucir como la joya musical que era, incluso si el piano que tenía de fondo sonaba de una manera completamente discordante a su forma elegante de tocar el violín.

Fueron momentos tortuosos y difíciles, pero al menos para la mitad de la interpretación, la carroña que conformaba el público decidió dejar de criticar y señalar con el dedo el mal acompañamiento del piano, para así al menos disfrutar de lo que quedaba de la música del violinista prodigio.

Los hermanos Evans eran como el día y la noche. Mientras que Soul era casi la representación misma de la rebeldía, el pianista resentido que prefería encerrarse y tocar para sus propios oídos; Wes vendría a ser algo similar a un sol resplandeciente, que cautivaba los corazones de las personas no sólo con su manera espléndida de tocar, sino con su carisma a la hora de subir al escenario.

Él no reproducía simplemente un sonido grabado a fuego en las partituras de los músicos originales, sino que era uno con su instrumento. Sabía moverse con delicadeza ante el vaivén del brazo, y la misma expresión que reflejaba su rostro era la de las aguas cristalinas y calmas que atrapaba incondicionalmente todas las miradas cuando iniciaba el espectáculo.

Ya fuese para proteger a su hermano menor de los malos comentarios, o para finalmente resaltar con su melodía suave y armoniosa en su concierto; el Evans mayor consiguió de una vez por todas calmar a las fieras para mantenerlas calladas en sus respectivos asientos, como animales domesticados o serpientes bajo el encantamiento de una flauta.

Se acercaba el final, y aunque Soul no estuviese tocando para nada al ritmo que estipulaba la canción original, consiguió guiarse a través de la música divina de su hermano para poder darle un cierre medianamente aceptable a aquél horrendo concierto.

No recordaba la última vez que se sintió tan aliviado de despegar el dedo de la última tecla. La tortura terminó, al fin, podía limitarse a desaparecer entre las sombras y no volver a emerger al mundo de la música durante un buen tiempo.

Aquello que no había durado más que minutos, para el menor se volvió un calvario eterno y agónico, que llegó a su tan ansiado final cuando el auditorio aplaudió cortésmente la representación. Le aplaudían a Wes, obviamente, porque no tenía que alzar la vista al público para saber que estaba siendo omitido por completo.

Mejor así.

Sólo tenía que levantarse y escabullirse discretamente hacia la seguridad de las tinieblas que veía tras bambalinas.


Desde la sala de estar se escuchaba la bulla que estaba haciendo el público en el auditorio de su mansión. Pero eso ya era cosa de Wes. Ahora él podía dedicarse a respirar tranquilo en la comodidad de su soledad.

Se quitó el saco empapado de su traje, y lo arrojó sin cuidado sobre el respaldo de una silla, para así poder aflojarse esa maldita corbata que lo había estado estrangulando durante toda la función. La camisa roja que llevaba debajo dejaba ver con más claridad la cantidad de agua que había perdido en sudor, por culpa de los nervios y la presión de estar al frente de un auditorio una vez más.

Simplemente era algo que no volvería a hacer. No debió haber aceptado la petición de su hermano, y ni siquiera se atrevería a mirarlo a la cara de ahora en adelante.

Quizá lo mejor sería retirarse a vivir en su cuarto durante algunos días. Allí tenía todo lo que necesitaba para subsistir, con baño incluido, por lo que no tendría que emerger hacia el exterior durante una buena temporada…

— Soul.

El aludido se detuvo con un sobresalto, como si le hubiesen congelado el alma ante la simple mención de su nombre. No esperó escuchar su voz precisamente ahora… Y reparar en el hecho de que lo había estado escuchando durante todo ese tiempo, le terminó cayendo como un balde de agua helada.

Sus manos parecieron haberse petrificado alrededor del cuello de la camisa, donde se había desabrochado un par de botones para poder respirar.

Ella aguardó en su sitio detrás del pianista, manteniendo las distancias que los separaban. Por lo rígido que veía su cuerpo, pensó que quizá fue mala idea ir a verlo en ese momento en particular… Pero no podía dejarlo solo. Tampoco supo si era el momento adecuado para decir algo más que pudiese llenar ese silencio pesado que los distanciaba, por lo que durante unos minutos, el único sonido que conseguía escucharse y acrecentaba más la falta de diálogo de ambos, era el tic-tac del reloj de péndulo.

Lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a hablar, y mientras más lo dejase a solas con sus pensamientos, más iba a comerse la cabeza…

Tomó aire, y se dio a sí misma el valor que necesitó para poder sonreírle un poco, a sabiendas que él no la estaba mirando.

— ¿Ni siquiera vas a salir a recibir el aplauso del público? —comentó, de la manera más apacible que pudo para no desatar alguna reacción negativa en él.

Pero aún pese a su esfuerzo, no iba a ser tan fácil aplacar los ánimos de Soul. Él nunca iba a demostrarlo, pero realmente le llegaba hondo cuando la gente se ponía a hablar pestes de su música. Principalmente porque ni sus propios padres lo apoyaban.

— No me aplauden a mí. Le aplauden a Wes —la corrigió, con un sabor amargo en sus palabras, casi como si ahora estuviese resentido con ella por ponerle el dedo en la llaga.

Maka suspiró. Supo desde el inicio que iba a ser un reto difícil, pero no iba a rendirse con él, y muy al contrario de alejarse para volver a dejarlo en su burbuja de soledad, decidió avanzar unos pocos pasos, lento y suave para no ahuyentarlo.

Tratar con Soul era como querer relacionarse con un gato arisco cuando se ponía de ese humor.

— Yo te estaba aplaudiendo a ti.

Sintió que de nuevo se le cortó la respiración. Pero esta vez no era por esa horrenda sensación de asfixia que tomó su garganta al pisar el escenario. Fueron las palabras de Maka, que lo tomaron con la guardia baja.

Tan evidente fue el hecho de no haberse esperado una cosa semejante, que hasta se dignó a girarse para mirarla y corroborar que había escuchado bien. La encontró a poca distancia suya, con una sonrisa tenue y la mirada tranquila, que le daba ese toque casi angelical por el vestido blanco que llevaba puesto.

— Hice añicos la presentación de Wes, fue el peor acompañamiento de la historia —refutó, como si la amabilidad de la rubia en realidad lo estuviese lastimando por dentro.

Y en parte así era.

Muy en su interior, Soul sabía que podía sentirse un poco mejor si al menos le echasen en cara lo pésimo que estuvo allá afuera. No era un niño al que debían estarle remarcando sus errores, él sabía lo que había hecho y se sentía fatal por ello… Lo mínimo que Wes tendría que hacerle sería dejar de hablarle de por vida.

Que Maka quisiera tratarlo con amabilidad y atenuar las cosas, como siempre, sólo venía a representar la calma antes de la tormenta que se desataría a puertas cerradas en la mansión Evans.

— ¿Eso crees? — para sorpresa del albino, ella simplemente se encogió de hombros como si nada. Como si simplemente hubiese hecho una travesura de niño pequeño que podría arreglarse con unas simples palabras, en lugar de la metida de pata monumental que fue aquello. Y Soul la miró sin comprender. — A mí me gustó más tu piano que el violín de Wes. — Admitió sin ninguna pena. — Ya sabes, me aburren las representaciones clásicas al pie de la letra. Siempre suena más entretenido cuando uno puede percibir el alma del músico a través de la melodía.

Soul no supo qué decirle. Incluso le pareció que el foco de la araña de techo estaba iluminando con más fuerza el sector donde ella se encontraba, porque el brillo que cobró su cabello rubio y ese vestido blanco, la hacía parecer como alguna clase de Musa que descendió del Olimpo para animarlo y volver a llenar esa parte derruida de su alma.

Más allá de que Maka no entendiera ni jota de música, el chico realmente se alegró de haberla conocido, y de tenerla a su lado en esos momentos.

Un asomo del viejo Soul afloró en su rostro, cuando consiguió dejar a un lado la pena que le produjo ese pésimo espectáculo y volvió a exhibir una tenue sonrisa torcida. Ya se preocuparía luego por el sermón y posible destierro que tendría que soportar por parte de su padre.

— ¿Así que esa melodía "oscura" y "siniestra" —aludió con un divertido sarcasmo a los términos con los que los críticos lo machacaban cada vez que podían— es en realidad el sonido de mi alma?

La jovencita finalmente se alegró un poco al ver que su amigo volvía a ser el de siempre.

— Exactamente. —se permitió mirar más profundo en esos ojos rojos que tanto contemplaba.

Y me gusta mucho como suena tu alma.