Quería aprovechar este pequeño espacio antes del capítulo para disculparme (lo hago mucho últimamente) y para daros las gracias por el apoyo y la espera a la que os he sometido. He estado apunto de dejar esta historia totalmente por perdida, lo digo enserio, pero al ver los comentarios y el apoyo no he podido hacerlo, me han emocionado de veras y no creo poder tener palabras de agradecimiento suficientes para expresar lo mucho que me ha llegado. Creo que es bueno para mí que termine esta historia y espero que también sirva de algo a quien lo lea, aunque solo sea un poco.

Una vez más lamento la demora y muchísimas gracias por el apoyo.


8. Café y ajedrez.

Caminar con Jim por San Francisco resultaba toda una experiencia. Spock descubrió, poco a poco, un fragmento del mundo en el que vivía Jim. Las calles que se almacenaban en su memoria vulcana constaban de: recuerdos visuales, archivos de sonido y olfato. Pero para Jim cobraban otro sentido; eran sonidos, fragancias, un compás, un vago recuerdo…

Cuando Spock caminaba por San Francisco lo hacía con una finalidad, nunca había visto otra utilidad al andar que no fuese llegar al destino previsto. Sin mencionar, claro, lo beneficioso que resultaba para la salud caminar.

Mas para Jim caminar por calles no conocidas era una aventura, y recorrer un camino que ya había usado era redescubrir nuevamente. Cada paso que daba era como el paso de un explorador: decidido y resuelto.

Spock caminó durante diez minutos por el mundo de Jim, a paso calmado y firme. Caminó durante diez minutos en una nueva perspectiva, en una visión del mundo que jamás hubiera imaginado—los vulcanos no imaginan—. Caminó durante diez minutos sintiendo el cuerpo de Jim contra el suyo, dejando que el olor de Jim se instalara en su uniforme como si siempre hubiera tenido que estar allí. Como si fuera el lugar correcto, el hogar al que debía pertenecer.

Spock caminó durante diez minutos en un nuevo San Francisco, un San Francisco imbuido de realidad inconclusa complementada con lecturas y conversaciones, espolvoreada con suposiciones y vagos recuerdos de ciudades vistas en un tiempo donde los ojos azules podían contemplar las estrellas…

Caminó por un mundo lleno de quimeras que resultaron ser delicadas y hermosas flores, pequeñas obras esculpidas en hielo salpicado de briznas de amor que coloreaban de luz y calor la elucubraciones de un mundo donde solo existía los sonidos, los olores y el tacto.

Caminó por un mundo donde existía el ahora, el momento, y el leve murmullo de un futuro que aguardaba paciente en la otra acera. Caminó por un mundo donde los pesares pasados—no olvidados—quedaban arrojados a sus espaldas, volviéndose pilares para que pudieran seguir caminando.

Caminó por un mundo donde solo existía la sonrisa de Jim que ascendía y ascendía, como una hoja siendo impulsada por el viento, hasta instalarse en su visión vulcana salpicada de tonalidades grises.

Caminó, durante diez minutos, junto a Jim, sin importarle el lugar, la finalidad, la utilidad o la lógica.

—¿Hueles el café? —Preguntó Jim con una sonrisa suave, señalando frente a ellos. —Hemos llegado a la Cafetería de Sue.

Spock siguió las indicaciones, encontrando una modesta cafetería—de estilo pin up—situada en una calle paralela a una arteria principal de la ciudad. Tenía un extraño toque hogareño, como si hubiese atravesado un portal del tiempo y hubiera quedado perdida en el siglo equivocado; aún así no desentonaba, no resultaba un manchurretón en la moderna arquitectura de la ciudad.

—No se parece a la cafetería de la Academia.

—Bones dice que se parece a la de la cafetería de Grease. —Comentó Jim mientras caminaban hasta la puerta.

La campanilla, situada sobre la puerta, tintineo elegantemente, recibiéndoles junto al olor del café, la suave música de los años sesenta, setenta y ochenta—del siglo XX—y el leve cuchicheo de las personas que disfrutaban de un momento de descanso.

—Jim temo informarte de que desconozco cualquier tipo de café. —Comentó al observar detenidamente el cartel con los productos, oyendo la suave risita de Jim a su lado.

—Eso tiene fácil solución.

Jim se apoyó en el mostrador casualmente, sin quitar la mano del brazo de Spock. Compuso su más encantadora sonrisa para Sue, la dueña de la cafetería,—una mujer que rondaba los cuarenta y tantos—y esperó a que se acercara a él con una risa suave y olor a comida deliciosa.

—Preciosa reina Sue. —Recitó con alegría. —Mi querido amigo nunca ha probado el café y tenía la esperanza de que obraras tu magia y nos pusieras dos café sumamente deliciosos.

Spock alzó una ceja. Sue rió alegremente.

—Déjamelo todo a mí, tú solo toma asiento precioso. —Le dijo guiñándole un ojo con diversión. —¿Vais a querer algo más?

—Algo de comer, un donut relleno o lo que tengas por ahí. ¿Tú vas a querer algo, Spock?

Spock negó.

—No es necesario, no preciso de alimento en estos momentos.

Jim rió y negó con la cabeza.

—Deberías ser un poco más flexible en tu dieta. —Volvió la atención a Sue y le sonrió. —Espero tu magia Hada Madrina.

Sue les despidió con una sonrisa afable y Spock llevó a Jim hasta una mesa rectangular con los bordes ovalados, situada al lado de un antiquísimo reproductor de música a modo de decoración. Finalmente, y en contra de sus voluntades, Jim dejó el brazo de Spock al mismo tiempo que tomaba asiento en el sofá de cuero a rayas que ejercía la función de silla.

—¿Te gusta la cafetería?

—Resulta agradable.

—Lo tomaré como un sí spockiano.

Spock le miró con una ceja alzada, observando la cómoda sonrisa de Jim que se desabrochaba el cuello del uniforme rojo.

—¿Spockiano? —Preguntó alzando la voz por encima de una canción cuya procedencia desconocía.

Jim asintió.

—Es como he denominado a la forma de hablar que usas a veces. —Explicó con soltura, acariciando el mantel individual de la mesa. —Hay veces que utilizas palabras ambiguas o pones, en este caso, un verbo delante del adjetivo para mermar las cualidades de este o lo que te provoca.

Spock alzó una ceja, callando el fascinante que quería salir de sus labios ante la teoría de Jim.

—Los vulcanos no tenemos sentimientos, Jim. Un lugar no nos provoca ninguna reacción, sería ilógico.

Jim arrugó la nariz.

—No me lo creo, y perdona que te lo diga. —Murmuró al mismo tiempo que Sue les dejaba el pedido con una sonrisa. —Gracias Sue, eres todo un encanto.

—No hay de qué cielo. Os dejo leche y azúcar por si queréis echarle un poco más, las demás especias están donde siempre. —Recitó con cariño mientras señalaba una mesita al fondo llena de productos para añadir al café. —Y si quieres más café avísame que te serviré otra tanda encantada.

Jim le sonrió de forma encantadora.

—Eso haré mi dulce Sue.

Sue se alejó con una risa suave, dejando a Spock y a Jim solos con sus cafés calientes y el donuts relleno de Jim.

—¡Qué bien huele!

—A qué te refieres con que no te lo crees. —Preguntó Spock, tomando la taza de café sin despegar la vista de Jim.

—Estás vivo ¿no?

Spock le miró con extrañeza.

—Creo que eso es obvio.

Jim rió.

—Lo sé. Pero lo que quiero decir es que estás vivo y tu cerebro está ampliamente desarrollado, no eres un simple ente unicelular. —Explicó resuelto. —Y como ente de inteligencia superior eres portador de: Consciencia sobre uno mismo y los demás. Capacidad de raciocinio más extensa a la de los animales. Conocimiento pleno del ente en grupo y separado. De la existencia de la muerte. De pensamientos más allá del nacer, crecer, alimentarse, reproducirse y morir. Eres, además, portador de sentimientos ya que tu cerebro se ha desarrollado sobradamente para pórtalos.

»De hecho incluso los cerebros menos desarrollados son capaces de sentir, Spock. Un perro siente miedo, ama y es feliz. Una leona salvaje siente igual que un animal doméstico. Una planta es capaz de sentir. —Expuso con vehemencia, sin disimular la pasión que sentía. —Si una planta, que durante siglos fueron consideras como el más bajo nivel de inteligencia, puede sentir tú también puedes Spock.

Jim calló, acarició la taza de café caliente y prosiguió junto a un suspiro suave y lento.

—Que elijas no sentir no significa que no sientas. —Sentención finalmente. —Porque incluso cuando tratas de enajenarte de los sentimientos que te provoca el mundo, incluso cuando los ignoras y sigues adelante sigues sintiéndolos. Seguimos vivos Spock, y vamos a seguir sintiendo y viviendo hasta el final.

Spock observó a Jim en silencio, observando como el calor que había acosado a sus mejillas retrocedía lentamente junto a la llegada de una melancólica sonrisa. Una sonrisa que le recordaba a la que ponía su madre cada vez que le preguntaba por el tiempo en la Tierra; o la mirada taciturna que llegaba a sus ojos chocolates cada vez que miraba las flores que con tanto afán trataba de hacer crecer en Vulcano pese a los múltiples fracasos.

¿Sentiría Jim ese ilógico arrebato de empeño cada vez que se levantaba cada día para encarar un mundo que disfrutaba al ponerle obstáculos?

—¿Te gusta el café? —Preguntó Jim en un murmullo, tratando de que su sonrisa no se torciera en nervios.

Temía alejar a Spock.

Spock miró el café, luego volvió a mirar a Jim como si estuviera siendo atraído hacia él por algún tipo de campo magnético.

—Me gusta. —Sentenció finalmente.

Porque que callara sus sentimientos no significaba que no los tuviera. Estaban ahí, arrinconados en su corazón para que no torcieran su educación vulcana. Estaban escondidos para no tener que sufrir a causa de ellos, para que los abusos de su niñez no le rompieran, para poder soportar la triste mirada de su madre cada vez que rechazaba un abrazo pese a lo mucho que lo quería…

Jim sonrió suavemente.

—Eso es realmente la mayor noticia que he recibido en todo el día.

Spock tomó la taza con cuidado nuevamente.

—Por cierto Spock, me han dicho que te gusta jugar al ajedrez.

—Afirmativo.

Jim amplió su sonrisa, dejó el donuts sobre el plato y se limpio las manos antes de sacar un padd de su cartera. Lo colocó sobre la mesa con entusiasmo, dejando que Spock viese en él un tablero de ajedrez.

—¿Te apetece jugar?

Spock observó la sonrisa de Jim durante unos segundos.

—Veamos que puedes hacer.

Jim rió divertido.

—Spock nunca debes retarme, porque cuando me retan no me detengo hasta lograrlo.

—Lo sé. —Murmuró Spock, pero se calló a tiempo para no decirle nada más, para ocultar sus sentimientos.

Porque decirle: «Esa es una de las razones por la que me gustas tanto» no era, de ninguna forma, aceptable.

Por ello se limitó a mover su peón, observando como Jim fruncía levemente el ceño, concentrado, escuchando la voz del ordenador que indicaba la posición de las fichas.

—La próxima vez. —Dijo Jim en algún momento de la partida. —Te toca pensar un lugar para nuestras citas.

Spock no dijo nada por un minuto, tal vez por dos, pero finalmente—mientras se comía un caballo de Jim—respondió a la sugerencia arrojada.

—Trataré de pensar en un buen lugar para nuestra próxima cita.

Y aunque Jim se moría de ganas por preguntarle cual era el significado de cita—cita de trabajo, de amistad o del siguiente nivel—se limitó a asentir y sentirse el hombre más dichoso de toda la Tierra. A veces no hace falta nada más.

Continuará...