Pintando el blanco

El primer sueño que tuvo Sherlock Holmes con un lobo, fue en su doceavo cumpleaños.

El lobo tenía el pelaje de un tono pálido, del tono de la miel más clara, salpicado de puntas blancas en las zonas donde el marrón se hacía más oscuro: tras las orejas y en los flancos del lomo. Los ojos azules del animal lo habían seguido en todo momento mientras correteaba con la lengua colgando, olfateando el aire con su hocico, moviendo las puntiagudas orejas hacia adelante y hacia atrás. Él lo observaba desde las alturas. Su fantasía más recurrente era la de volar. Siempre se había sentido cómodo con la idea de elevarse por encima de todo lo demás. De vez en cuando también soñaba que era un aguerrido y osado pirata, pero no podía comparar la libertad de volar con la de ser un marinero fiero y temido.

La sensación de estar flotando por encima de absolutamente todo lo demás era mucho mejor.

Normalmente no se acercaba al suelo en sus sueños. Nada interesante le esperaba allí, pero esa vez fue diferente. Sentía una inmensa curiosidad a cerca del lobo, sabía que era importante, aunque no podía recordar por qué.

Descendió entre las ramas desnudas y cubiertas de nieve del bosque en el que estaba, salpicado de blancos y ocres por una nevada temprana en los últimos días del otoño. El lobo alzó la cabeza y olisqueó hasta dar con él. Se posó en una de las últimas ramas, sin ganas de bajar más, y lo observó desde allí. El animal caminaba con sus patas pisando con suavidad pero firmeza las hojas caídas, las ramas y la nieve. Caminaba con cierta elegancia, meneando la peluda cola con suavidad tras él. Por como miraba a su alrededor, se podría decir que estaba incluso perdido.

Sherlock se dio cuenta, pese a sus limitados conocimientos en el ámbito animal, que su inesperado acompañante de sueños era no más que un cachorro. Su cabeza aún era más grande que su cuerpo, y las patas bailoteaban, como si estuviera deseando ponerse a jugar en cualquier momento. Le recordó a Barbaroja, y deseó bajar y jugar con él.

Sabiendo que era pequeño y ligero, Sherlock planeó hasta descender sobre el lobo, y se posó sobre su flanco, intentando llamar su atención. El lobo giró la cabeza para mirarle, lamiéndose el hocico. Sherlock miró abajo y, en un pequeño charco, se vio reflejado por primera vez. Era un cuervo, pequeño y estilizado, con largas plumas negras y brillantes como el azabache. Graznó, abriendo las alas y batiéndolas con suavidad.

Después de que ambos, lobo y cuervo, pasearan juntos por el bosque nevado —el cuervo posado sobre el lobo, amasando el pelo con las garras sin arañar la piel—, Sherlock empezó a sentir que despertaba, y se obligó a salir volando, deseando volver a soñar con el lobo de pelaje arenoso. Emprendió el vuelo, dibujando círculos en su ascenso, y escuchó el aullido claro del lobo cuando éste alzó la cabeza con elegancia para gritar.

Cuando despertó por la mañana, le dijo a su madre que había soñado con un lobo. Ella se puso tremendamente contenta, al borde del éxtasis, pues el sueño traía grandes noticias consigo.

Mycroft y su dragón serpiente, de color azul topacio, aparecieron durante el desayuno. Su hermano llevaba un libro en las manos, y el dragón serpenteaba en el aire a su lado. Cuando se sentó a la mesa, el dragón se enroscó en su silla y asomó la cabeza por encima de la de Mycroft, soltando una ligera humareda con olor a incienso de reina de noche por las napias. A Sherlock le gustaba jugar con el dragón de Mycroft, a pesar de que éste solía ser también bastante... despótico. Pero lo que más adoraba sobre todas las cosas, era sentarse junto a la chimenea a leer y tener al dragón acostado a su lado, para poder oler el incienso que dejaba escapar.

— Felicidades, Sherlock. Ya eres un distópico.

En aquella zona del nuevo mundo, habían surgido personas con sueños premonitorios. Con criaturas a los que las antiguas civilizaciones habían llamado espíritus guardianes. Formas del alma encarnadas bajo el aspecto de animales que protegían a su dueño y se aseguraban de que este encontrara a su otra mitad. Aquel o aquella destinado a compartir su corazón. No todos los distópicos (como así se habían hecho llamar a principios del siglo veintiuno, cuando empezaron a surgir los primeros humanos con espíritus animales) encontraban a su pareja destinada, pues esta podía morir antes de encontrarse; o podías ser uno y que tu animal nunca se manifestara. Además, ser un distópico casado con otro no garantizaba que la descendencia también lo fuera, así que eran una franja de la población bastante impredecible.

A pesar de los factores aparentemente aleatorios de la distopía, se sabía que, como norma general, el primer sueño con el alma gemela escogida sucedía durante los últimos años de la pubertad, cuando el carácter del niño está prácticamente formado y el espíritu animal puede tomar forma.

Por eso, cuando a los doce años, Sherlock anunció que había soñado con el lobo de color arena, en su casa se hizo una gran celebración, sobre todo porque era bastante prematuro. La gente de su edad no tenía aún sueños. La gente de su edad no solía presentar síntomas de distopía. Pero eso no importaba.

Porque Sherlock tenía un alma gemela, y lo estaba esperando en alguna parte.

Solo tenía que dar con ella y rezar porque nada les pasara en el camino.


La segunda vez que Sherlock soñó con el lobo color arena, este ya era un gran animal, de pelaje abundante y fuertes patas. Iba con la cola entre las patas, caída, sin dejarse ver. Una cadena le rodeaba el cuello, gruesa y pesada, y lo ataba a un trono de piedra, cubierto de hierbas y enredaderas. El lobo miraba a su alrededor, gimoteando y aullando, tirando de la cadena para liberarse.

Observó todo desde una de las ramas sobre él, esperando a comprobar que no hubiera nadie allí que pudiera atacarle. Todo en aquel lugar apestaba a trampa. No obstante, el lastimero gañido del animal empezaba a destrozarle por dentro, de modo que, sin pensarlo demasiado, planeó hasta posarse en el suelo frente a él, estudiando la cadena, buscando el cierre. El lobo lo miró y lloró, tendiéndose a su altura, suplicando por su ayuda. El cuervo picoteó las ataduras sin éxito, y solo logró hacerse daño. No obstante, se quedó con el lobo, vigilando y pensando en una forma de liberarle hasta que despertara.

El animal, por otro lado, parecía reconfortado solo con su compañía.

Cuando despertó, Sherlock se encontró en el feo cuchitril de drogadictos en el que se había metido hacía una semana. Estaba pálido, ojeroso, y podía contarse los huesos del cuerpo solo con tocarse. Un par de adictos, sin signos de respiración a su lado, muertos por la sobredosis, le hacían compañía. Parpadeó, notando los ojos secos, y solo pudo pensar en el lobo atado. Su alma gemela estaba sufriendo, en algún lugar. Podía sentirlo, lo sabía.

Se levantó y caminó hasta la ventana, abriéndola de par en par, viendo como el cristal rebotaba, prácticamente cayendo al vacío. Las calles de Londres parecían exactamente lo mismo que hacía diecinueve años, solo que el mundo había cambiado drásticamente. Sherlock había visto el mundo cambiar a su alrededor tantas veces y de tantas formas distintas, todas para mal, que ya nada le sorprendía.

Hacía un par de años, con la llegada del nuevo siglo, una joven mente brillante había desbancado al gobierno británico al que su padre había estado sirviendo. La corrupción se extendió por las zonas más influyentes del gobierno, y el cabecilla de la neo revolución se alzó con el poder y el control. En apenas unos meses, la política del terror cundió por Londres y, más tarde, por toda Gran Bretaña: los distópicos habían sido considerados una plaga. Ahora, ser distópico estaba penado por la ley, y las penas iban desde la cárcel hasta la multa, pasando por el fusilamiento al amanecer. En los bajos fondos de la ciudad, Sherlock había oído que si resultabas interesante, el Líder te compensaba dejándote vivir. Que por servirle te perdonaban. Pero tenías que ser interesante.

Así que, para un distópico, vivir o morir se había convertido en una lotería.

Y las familias con hijos distópicos eran sancionadas gravemente. El gobierno podía disponer a placer de sus bienes y enseres. Muchas de estas personas eran desahuciadas al no poder permitirse la casa solo por pagar las multas del Estado.

Muchos habían pensado en emigrar, escapar del país, pero pronto les llegó la noticia de que otros regímenes se habían hecho con el control de la mayoría de naciones europeas y habían abrazado la nueva política del odio. Aquellos que escaparon a Francia desde las costas de Dover jamás llegaron a su destino, y los pocos barcos que escapaban desde la costa este hacia Irlanda (que se mantenía fuera del control de los anti distópicos y tenía grandes peleas con el gobierno de la zona norte, pro limpieza), o hacia las Américas, se hundían misteriosamente por el camino. Había férreos controles en los aeropuertos y el servicio de trenes. Los distópicos que querían mantener una vida ligeramente marginal, pagando sus multas, tenían un carnet especial y una marca en la oreja, como si fueran ganado. Un pequeño pendiente electrónico que facilitaba el controlar su paso. Si querías librarte de él, tenías que cortarte parte del cartílago de la oreja y arriesgarte a ser atrapado por las autoridades.

Lo que antes había sido motivo de alegría y orgullo se convirtió rápidamente en un estigma social de la peor clase. A menudo, en una sentencia de muerte.

Sherlock extendió el brazo hacia el exterior de la casa, un brazo pequeño, de un diámetro ridículamente escaso. La piel pálida pegándose a los huesos sobresalientes de las muñecas. Hacía dos meses que no probaba bocado. El último camión con provisiones para la leonera el barrio donde los distópicos de bajo perfil habían sido confinados, había pasado hacía un par de semanas, con demasiada seguridad como para que nadie pudiera asaltarlo, como solían hacerlo.

La comida racionada no era suficiente para nadie. La gente tenía hambre. La gente se moría. Y solo hacía tres años que todo había empezado.

Lo último que había comido había sido un mendrugo de pan. El resto de la barra y un trozo de queso cheddar se lo había dado a un niño huérfano que vivía en las calles y del que se había hecho semi responsable. Wiggins, se llamaba. Bill Wiggins. El niño tenía un águila real como animal, y decía que había soñado con una salamandra.

Un cuervo grande, negro y de ojos brillantes se posó en su brazo, tan físico como si fuera real, aunque con un ligero tinte translucido. Sherlock metió el brazo en el cuarto y cerró la ventana de nuevo. El animal soltó un graznido, dejando algo con el pico sobre la mano extendida de Sherlock.

Nueces. El cuervo le había traído una pequeña bolsa con diez nueces.

— Gracias —respondió. Y de verdad que lo sentía. Su cuerpo se había acostumbrado a la falta de alimento (en gran parte gracias al consumo de substancias estupefacientes, de libre circulación en La Leonera.). Hugin siempre lo había mantenido con vida, sin importar lo complicada que estuviera la situación. Y si Sherlock tenía hambre, él le conseguía comida. Al menos, la que estuviera disponible y fuera de fácil acceso. Sherlock había intentado enseñarle que no debía arriesgarse demasiado. En el fondo de su ser, sabía que su alma gemela seguía por alguna parte, herida pero viva. Y no iba a dejarse matar siendo así. No le causaría ese dolor a nadie, aunque fuera un desconocido o desconocida. Tal y como estaban las cosas, sobrevivir y encontrar a tu media naranja era la única felicidad disponible que el gobierno no podía controlar por completo.

Sherlock acarició con el dorso del dedo índice las plumas del pecho de Hugin, llamado así por uno de los cuervos de Odín, el dios nórdico. A Sherlock siempre le habían gustado los mitos antiguos. Y el nombre tenía su guasa, pues era el pensamiento lo único capaz de mantener a Sherlock con vida en los últimos tiempos.

Se comió un par de nueces, que abrió golpeando dos ladrillos sueltos entre sí. Era estupendo. Quinientas setenta y seis calorías en su sistema por cada una. Eso debería ser suficiente para aguantar un par de semanas más.

Se vistió y abrió la ventana de nuevo para que Hugin pudiera volver a volar. Lo bueno de los animales, era que podían confundirse con los reales si eran vistos desde lejos, así que un distópico con un animal relativamente común tenía más números para pasar desapercibido que alguien que, como su hermano, exhibiera un dragón chino.

Sherlock podría haber tenido una vida normal en la zona "limpia" de la ciudad, al otro lado del Támesis, pero no era lo que él deseaba. Había quedado al cuidado de Mycroft después de la muerte de sus padres. Aunque decir muerte era pintarlo bonito. Seria más apropiado decir asesinato, ya que después de que las autoridades encontraran que Mycroft era un distópico por identificarle con su dragón, le condenaron a muerte. Habría sido fusilado de no ser porque los padres Holmes asumieron la responsabilidad de la pena. El gobierno aceptó el cambio siempre y cuando Mycroft trabajara para él como asesor personal, aunque tendría que residir en La Leonera, como todos los distópicos. Y nunca podría tener pareja, o esta sería ejecutada. Habrían identificado también a Sherlock si no hubiera sido porque Hugin se había posado en una encina, lejos de él y de la vista de los agentes de Scotland Yard. Mycroft pidió que se le permitiera alojar a su hermano con él porque sufría una variedad de Asperger bastante fuerte, y necesitaba cuidados constantes pues se pasaba días sin hablar. Los agentes chequearon a Sherlock y, al no encontrar a su animal, decidieron que era un perfecto puro y lo dejaron marchar. Por aquel entonces, durante el primer año del nuevo régimen, Mycroft contaba con veintiún años. Sherlock tenía dieciséis. A él le pusieron el rastreador en la oreja, perforando el cartílago. Un feo botón negro que tenía una luz verde intermitente. A Sherlock no.

Desde entonces habían resistido en una pequeña casita a las afueras de La Leonera, con Mycroft yendo y viniendo. Y cuando había visitas, Sherlock tenía que fingir estar abstraído con cualquier cosa, y que su hermano le daba de comer. Él nunca hablaba cuando había visitas, y Mycroft pasó los primeros meses perdido en la bebida, sin dormir durante la noche y trabajando para el Líder durante el día. Nunca se perdonó la muerte de sus padres.

El dragón de Mycroft había sido encerrado en Baskerville, un centro donde se experimentaba con los espíritus y algunos de los distópicos vivos, esperando obtener una "cura". Mycroft había estado destrozado, pues los distópicos eran extremadamente sensibles a la distancia con su animal, y que estuvieran muy lejos les hacía sufrir. Sherlock una vez había dejado a Hugin en casa mientras se iba a conseguir comida al lado limpio de la ciudad, por cuestiones de seguridad. En cuando pisó el punte de Blackfriars tuvo que darse la vuelta, muerto de dolor. Un dolor tan intenso que se hacía físico. No podía imaginar el calvario que los kilómetros de Londres a Baskerville estarían haciendo pasar a su hermano.

Sherlock compró incienso de reina de noche una vez, cuando fue algo más mayor, en una de sus escapadas a la zona limpia. Cuando Mycroft llegó a casa bien entrada la noche, el salón olía a su dragón, y no pudo más que abrazar a Sherlock muy fuerte, con lágrimas en los ojos.

Fue la primera vez y la última que vio lágrimas en los ojos de su hermano.

La debilidad no era una opción cuando se trabajaba junto al Líder.


Después de dejar las nueces en el escondite de Bill y asegurarse que estaba alimentándose correctamente y que estaba lejos de donde las redadas pudieran encontrarle, Sherlock viajó a la casa de su hermano, a reponer algo de fuerzas. Mycroft se aseguraba de tener siempre algo de comida escondida entre las tablas del suelo, por si acaso. Y sabía que la puerta de su casa estaba abierta a él también.

Se coló en el edificio en silencio y deprisa, evitando ser visto. Oficialmente, Sherlock Holmes había muerto dos años atrás por una sobredosis de cocaína. Esa era la forma que había tenido su hermano de regalarle una cierta libertad. Si alguien está muerto no lo buscas ni lo amenazas. Si alguien no tiene nada que perder, no puede ser coaccionado. Así que hasta cierto punto, Mycroft se había vuelto inviolable para su Líder.

Más de una vez, Sherlock había intentado sonsacarle lo que le mandaban hacer mientras estaba allí. Qué podía nadie querer de un estudiante de ciencias políticas con grandes habilidades deductivas. Mycroft, con una copa de alcohol barato en la mano y con la mirada perdida, tardaba unos minutos en contestar.

— No, Sherlock. No quiero recordar.

Luego se terminaba su copa y se iba a dormir, frotándose las sienes. Los días pasaban así. Sherlock no fue al instituto ni a la universidad. Todo lo que aprendía lo hacía o por los libros de química que su hermano traía a escondidas del lado limpio, o por Barton Church, un profesor de ciencias que vivía en uno de los edificios colindantes a quien le habían retirado la licencia y el título por ser un distópico y que ya no podía enseñar. Sherlock continuó aprendiendo y haciéndole la misma pregunta a Mycroft una y otra vez, los días en los que parecía que su hermano llegaba de mejor humor, dentro de su sempiterno enfado consigo mismo y con el mundo. Nunca consiguió una respuesta.

La casa estaba completamente vacía, las luces apagadas. Así permanecieron. Encenderlas supondría que se supiera que la casa estaba siendo ocupada, cuando el único propietario no estaba presente. La denuncia de allanamiento no le sería de ayuda. Si la policía entraba y se encontraba con él allí, o creerían que se trataba de un fantasma, o lo más probable, se lo llevarían arrestado y descubrirían su secreto. Su vida habría acabado, y la de Mycroft también, castigado por alta traición, o lo más parecido que había en el momento a lo que una vez fuera la traición a la corona y al país.

Dejó su vieja bandolera, llena de agujeros y remiendos, sobre la mesa de la entrada. El edificio era pequeño, un bloque de pisos que se caía a pedazos. El dinero que Mycroft recibía era poco, exageradamente escaso, y sus trajes para el trabajo se los proporcionaban en Buckingham, pero no tenía permiso para llevarlos fuera del trabajo. Además, la cartilla de racionamiento que le daban para poder comprar la poca comida de la que disponían en La Leonera a duras penas bastaba para darle a Mycroft una alimentación adecuada (rayaba la mediocridad, pero todos estaban en las mismas condiciones,por lo que era más de lo mismo), así que alimentar a dos personas con eso era pedirle peras al olmo. Sherlock buscaba solo algo que guardarse para cuando las dos semanas pasaran y empezara a vomitar por la falta de combustible en su "transporte".

Si no fuera porque ahí fuera había alguien esperándole todavía, aguantando, se habría dejado morir. Sabía que para Mycroft todo sería más fácil si no tuviera que andarse preocupando por que a él no le descubrieran. Quizá hacer realidad el informe de Scotland Yard sobre su ataque por sobredosis sería lo más adecuado. Lo más limpio. Lo más lógico. Si Sherlock no tuviera el conocimiento de que en alguna parte había alguien buscándole, aguantando por él aún sin haberle conocido, y que probablemente estaba tan o más jodido que él, lo habría hecho.

Pero hacía tiempo que Sherlock había dejado de ser tan egoísta.

Se dio una rápida ducha para quitarse el hedor de la muerte y las drogas de encima, y la suciedad de una semana entera en la inopia de los opiáceos, y poder así ponerse una muda nueva completa.

Luego, cuando terminó, sacó su libro de química de debajo de la cama que Mycroft le había asignado, en un pequeño cuarto de invitados con la pared desconchada y el suelo abombado por la humedad. De allí sacó sus notas y apuntes sobre explosivos y substancias aturdidoras. Desde que el régimen del terror empezó, y la química comenzó a tener sentido en su cabeza gracias al material y las enseñanzas del profesor Church, decidió que era el momento de poner su brillante mente al servicio de la revolución.

Había aprendido que la información era importante, así que había memorizado el mapa de Londres en su cabeza de forma increíblemente precisa. Tener una memoria eidetica ayudaba, por supuesto. Lo que también había ido haciendo con el tiempo, era trazar un mapa de las líneas subterráneas de la ciudad, como las líneas de metro que conectaban como venas los dos extremos de Londres. Obviamente, los conductos del metro que pasaban por La Leonera habían sido bloqueados, pero no con nada que no pudiera ser evitado con un poco de Semtex o dinamita clásica.

También estaban los túneles de alcantarillado, y las canalizaciones del Fleet, que entraban hasta la zona limpia.

Sería complicado colar una bomba en Buckingham, hacerlo explotar con el Líder dentro, pero no imposible. El problema era que debería hacerse con un inmolado, y no creía que ninguno estuviera dispuesto a eso. Y no quería ser el artífice de algo así. La simple idea le daba náuseas. Así que seguía pensando en la idea de planes alternativos.

Mycroft llegó por la noche, cuando las farolas de la calle empezaron a iluminarse. Si se sorprendió de ver a su desnutrido hermano durmiendo en su sofá, no lo dijo. Dejó el maletín con los informes que tenía que redactar para la mañana siguiente sobre la mesa de la cocina, y empezó a preparar algo de cena para Sherlock. Menos mal que había comido algo a escondidas antes de volver, porque Dios sabía que su hermano lo necesitaba más que él.

Las patatas hervidas machacadas y un huevo fue todo lo que Sherlock consiguió esa noche de cena. Al principio miró el plato caliente con deseo, aunque con cierta reticencia. Él llevaba bien el no comer durante largos periodos de tiempo, pero no su hermano, que se tenía que pasear entre los abundantes festines del lado limpio, sabiendo que eso le estaba vedado a él. Además, su trabajo requería de que estuviera en óptimas condiciones, y la alimentación regular que no tenía era básica para conseguir ese objetivo.

— He comido antes de venir.

Sherlock arqueó una ceja. No podía imaginar a Mycroft robando comida.

— Me la ha dado Mike.

Sherlock asintió. Mike Stanford era uno de los pocos "puros" que vivían en el lado limpio con los que Mycroft tenía contacto semiregular y que no soportaban el nuevo gobierno, así que se la jugaban dando de comer a los distópicos que trabajaban allí, u ofreciéndoles mantas, ropa, o aquello que pudieran necesitar. También medicamentos. Sherlock estaba seguro de que algún día cogerían a Mike, pero hasta entonces, era lo más parecido a un ángel de la guarda que habían tenido en mucho tiempo.

Después de eso, atacó la comida como un lobo hambriento. Cuando terminó le dolía tanto el estómago por la cantidad de alimento ingerida que hasta tenía ganas de vomitar, pero no se permitió hacer eso. No se desperdiciaba la comida. Se sentía culpable por haberse comido las dos nueces. Eran dos nueces menos para Wiggins.

Sherlock permaneció durmiendo en el sofá un tiempo más, mientras hacía la digestión. Mycroft se sentó a trabajar en la mesa, rellenando informes, con la botella de alcohol ya reglamentaria frente a sí. El vaso vacío, sin tocar. Eso era raro. La rutina de su hermano era llegar a casa, tomar una copa, y luego seguir trabajando. Sherlock vio su oportunidad cuando despertó y Mycroft ya había terminado los informes, apilados cuidadosamente frente a él. tenía las manos cubriéndole la cara, las mangas subidas hasta los codos, la camisa medio abierta, y la botella frente a él estaba vacía cuando hacía un par de horas se había exhibido nueva y plena.

El Mycroft borracho no evadía las preguntas. El Mycroft borracho respondía a todo. Generalmente con la verdad.

Sherlock se acercó a él, retirando la botella y el vaso, y le llamó hasta que le miró. Si no fuera porque toda evidencia apuntaba a lo contrario, habría jurado que su hermano estaba sobrio. Tenía profundas ojeras bajo los ojos, pero estos estaban claros, fríos y despejados. No eran para nada los ojos de un borracho.

— ¿Qué haces para él? ¿Qué quiere de ti? ¿Qué es lo que hacéis?

Esta vez sí, la respuesta llegó. Y creyó desear no haberla obtenido.

— Encontramos a otros distópicos —respondió, mirándole con ojos inanimados. El alcohol y los años de servicio junto al Líder habían enfriado los que antaño fueron los cálidos ojos de su hermano. Los años de separación con su dragón habían afectado también, agriando su carácter. Ahora, "el hombre de hielo", hacía por fin honor a su título — y los llevamos ante él. Luego, si es necesario, nos… deshacemos de ellos —ante las palabras de Mycroft, Sherlock se congeló en su lugar. Había esperado algo malo, pero no eso. Mycroft le cogió la mano y se la apretó con fuerza, tanto que hasta le dolía —. Es un puto infierno, Sherlock. Mantente alejado de allí.


Al día siguiente, Sherlock parecía estar más repuesto que cuando llegó. Había dormido durante todo el día, oculto en su apestosa habitación, en el piso de arriba del apartamento, y no fue hasta la noche que oyó los pasos de Mycroft haciendo crujir la madera vieja de las estrechas escaleras para subir a su habitación, que Sherlock no despertó. Esa vez se partieron la comida (pan con queso, como todos los lunes), y mientras comían, masticando muy despacio para engañar a sus estómagos con la ilusión de que iban a tener más alimento dentro del que de verdad habría, Mycroft le miró. Cuando habló, lo hizo con suavidad.

— Hoy me ha llegado un niño al departamento.

Sherlock tragó, desganado. Por su cabeza pasó la imagen del pequeño Bill Wiggins y todo encajó. Mycroft no sacaría un tema así a menos que fuera importante. Cerró los ojos, sin querer deducir de su hermano más de lo que acababa de hacer. No quería oírlo. Dejó el mendrugo de pan que le quedaba por comer sobre el plato, asqueado. No se dio cuenta de que sus manos temblaban hasta que Mycroft se las cogió por encima de la mesa. Luchó contra el impulso de revelarse y sacarlas del agarre de su hermano.

— ¿Sufrió?

— Me aseguré de que fuera rápido. No notó ningún dolor.

Sherlock tragó aire.

— Bien.

Dicho esto, Sherlock se puso en pie bruscamente, la silla rascando el suelo de piedra con un agudo chillido. Mycroft cerró los ojos, apretando los labios, y el más joven huyó a paso firme a su habitación, dejando el pan sobre el plato. Cuando llegó allí, se sentó en la cama, mareado. El suelo daba vueltas. Todo era inestable. Todo él temblaba.

No se dio cuenta de que estaba tumbado sobre la cama, encogido en una apretada bola de miembros esqueléticos, hasta que Hugin, que había entrado por la ventana, se acurrucó junto a su pecho, depositando un racimo de uvas moradas espléndidas frente a su cara, empujándolas con el largo pico de ébano. Sherlock le dio las gracias, como siempre, y le acarició el pecho con el dedo. Pero, esa vez, no habría con quien compartir el botín.

Ni esa vez ni las siguientes.


— Hoy he conocido a uno de los juguetes de Jim.

Por fin, el monstruo tenía nombre. Habían pasado siete años desde la muerte de Bill, y Sherlock se había pasado todos y cada uno de ellos centrado en su plan de acabar con todo aquello. Aunque, contrariamente a sus planes, el gobierno se había hecho más y más fuerte con el paso del tiempo. Y La Leonera había crecido exponencialmente. Era como si lo que fuera que provocaba los nacimientos de distópicos se estuviera revelando, poniendo a prueba la capacidad de la gente de eliminarlos a todos. Retando a matar a más. Cuantos más destruyas, más haré aparecer.

Y, como era lógico ante el descenso de población pura, el pánico cundió de forma generalizada y las medidas que se tomaron fueron más drásticas. Al final, la naturaleza no estaba ayudando, si no empeorando la situación.

Había conocido el nombre del Líder cuando hubo un comunicado oficial en el parte semanal por la televisión, en el que salía él. Fueron a penas veinte segundos de imagen, pero Sherlock se quedó con el nombre. Con el nombre y con la cara. Ese cabrón tenía los días contados.

Al parecer en el trabajo les obligaba a llamarlo Jim.

Sherlock contaba con veintiséis años, Mycroft con treinta y uno.

— Estaba en el vestíbulo de Buckingham. Parecía... agradable.

Sherlock sabía los rumores que corrían sobre las "actividades" y los "servicios" que Jim estaba pidiendo en los últimos tiempos a los distópicos que retenía a cambio de perdonarles la vida. Susurros que hablaban de servidumbre, en todas las maneras posibles en las que una persona podía estar subyugada a otra. Decían que incluso les obligaba a encontrar a sus parejas. Que los dejaba sueltos para que se buscaran y luego se encargaba de hacerlos desaparecer. Que para él era como una telenovela barata. También se hablaba se esclavitud, de las fiestas que se montaban en Buckingham, con las altas esferas de los puros, donde los distópicos y sus animales eran fuentes de diversión y víctimas de todo tipo de depravación.

Y lo más escalofriante: que tenía una máquina capaz de decirle quién era la pareja de quién. Y eso era lo que estaba dando más miedo últimamente.

Sherlock no deseaba conocer la desgracia de todos esos distópicos. Hacía tiempo que se había rendido a empatizar con ellos. Había tenido suficiente con Wiggins, el motor que movía su plan. Aquello que encendía su sed de venganza.

— No me interesa lo que ese maníaco haga. No se puede parar. No quiero saberlo.

— Oh. Éste te interesará, Sherlock. Resulta que es un distópico —dijo Mike.

Había sido enviado a La Leonera junto con un equipo de médicos para realizar una recogida de muestras a la que todos los distópicos tenían que presentarse obligatoriamente. Tomando la identidad de uno de los yonkis muertos en su fumadero habitual, Sherlock se coló en la sala hermética de exámenes, pasándole la muestra de ADN a Mike. Era su única forma de tener cinco minutos a solas con él. De que le pasara contrabando en pequeña medida. Lo justo para ir tirando.

De todas las cosas horribles del mundo, Mike tenía que sacar el peor. Curiosa forma de elevar los ánimos.

— Como todos. No pienses que siento camaradería por los que son como nosotros, porque te equivocas. No sirve de nada, Mike.

— Pero este es diferente —señaló, mientras le ataba la funda con medicamentos y embutido envasado al vacío alrededor del cuerpo para pasarlo bajo la camisa y poder llevarlo hasta casa evitando el chequeo de la policía.

— ¿Qué lo hace diferente? ¿Es listo? ¿Mestizo? ¿Tiene una cura? —se burló. Mike negó.

— Que se ha convertido en el perro personal de James. Y cuando digo perro personal, me refiero a eso, literalmente.

Eso llamó la plena y total atención y seriedad de Sherlock, que se giró para mirarle, olvidando el contrabando, olvidándolo todo. Le había contado a Mike a cerca de su alma gemela hacía unos años, después de que insistiera mucho al respecto. De alguna manera, acabó pidiéndole indirectamente que si veía un lobo color arena por Buckingham o alrededores, se lo hiciera saber. Si su alma gemela estaba al servicio de Jim Moriarty, prefería saberlo, por malo que fuera, que permanecer en la ignorancia.

Por eso esa pequeña y corta conversación era tan importante. Porque si Jim se había atrevido a ponerle las manos encima a su alma gemela, a la persona por la que no había acabado con su vida durante los tres primeros años de dictadura, iba a matarlo lenta y dolorosamente. Porque si su lobo era una de las personas atrapadas en el infierno del que Mycroft iba y venía cada día, iba a perder la cabeza.

— ¿Qué insinuas?

— Que el distópico de Jim es un lobo color arena.

Definitivamente, iba a acelerar sus planes.


Bueno, he montado esta especie de experimento con el AU de las Almas Gemelas, porque hacía tiempo que quería hacer algo así. Iba a ser un One Shot, pero me parece que se va a quedar en Short Fic. Aunque los que me seguís desde hace un tiempo sabéis que de poco valen mis estimaciones... así que ya veremos.

Espero vuestras opiniones, a ver si este nuevo tipo de Johnlock tiene buena acogida!

Va a ser un poco angsty, pero os avisaré con antelación si hay algo muy hard para que podáis decidir si queréis o no pasarlo por alto ;)

Gracias por vuestro tiempo!

MH