Alguien me comentó que hacía mucho que no se sabía nada de Jim... Siento no recordar quien eres, si estás leyendo esto. Pero ahí va. ¿Qué puedo decir, salvo "de nada"? :)


Hacía frío en Buckingham.

Henry recordaba haber encendido la calefacción de las habitaciones principales y haber cerrado todas las ventanas con el seguro para evitar corrientes. Sobre todo, se había fijado de manera especial en los despachos. El de Jim el que más. A Jim no le gustaba demasiado entrar en él y no poder quitarse la chaqueta solo porque hacía frío.

A Henry lo castigaban mucho cuando eso pasaba. Tenía cicatrices nuevas y viejas para probarlo. Y dudaba que alguna vez volviera a poder acercarse a un perro, por pequeño que fuera, sin dar un respingo. Así que para evitarlas consecuencias, Henry siempre se aseguraba una segunda vez de que todo estuviera en orden.

Esa mañana, parecía ser que Jim no estaba teniendo un buen día.

Y el pobre Henry estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Así que terminó en el hospital, con un ojo hinchado, y un corte en la mejilla que no paraba de sangrar. Ya no se atrevía a mirarse el cuerpo por temor a encontrarse moretones, pero por la expresión de la enfermera, estaba muy seguro de que había unos cuantos.

Cuando terminaron de vendarle, se enteró de que Jim lo había hecho llamar. No pudo evitar que sus piernas temblaran al escucharlo, ni que su estomago se retorciera solo de pensar qué podía querer de él tan pronto.

Sin atreverse a decir una palabra, subió al coche que lo escoltó hasta el palacio de nuevo. Lo soltaron en la parte de atrás del edificio, por la puerta que el servicio usaba. Henry subió sin rechistar, rascando incesantemente un punto por encima de su muñeca derecha, nervioso. Sentía las miradas de los perros de seguridad puestas sobre él, pero no quería reaccionar desfavorablemente e incitarlos a que le atacaran. Eso era, realmente, lo último que quería que pasara.

Las escaleras de servicio estaban mucho más silenciosas que de costumbre, y por alguna razón eso solo hizo que ponerle más nervioso. Era como la calma antes de la tempestad. Era como estar caminando hacia el patíbulo, un viaje directo a un destino fatal.

A medida que se acercaba, iban apareciendo más guardias. Henry estaba acostumbrado a ellos. Escoltas con traje, micrófonos y auricular de seguridad. Había oído a los encargados de la limpieza, rumoreando sobre si muchos de ellos eran ex militares o asesinos a sueldo. Alguna vez había visto uno de ellos con tatuajes de ex presidiario. No entendía como cualquiera podía fiarse de alguien así para proporcionar protección. Suponía que el dinero y el miedo tenían mucho que ver.

Mordiéndose los carrillos, llamó a la puerta, temeroso de lo que podía encontrar al otro lado.

—Adelante.

Henry entró en el despacho, encontrándose con el tigre de bengala de Moran enseñándole los dientes. Dio un salto, tomando una fuerte bocanada de aire por la sorpresa. Su mano voló de nuevo al punto en el que se había estado rascando, y el tigre gruñó.

—Moran, controla a tu maldito animal. Deja entrar al chico.

El tigre se lo quedó mirando un rato más, tan fijamente que si no hubiera sido solo un avatar, Henry se habría preocupado porque fuera a engullirlo sin más solo por diversión. No es que los avatares no pudieran. Estaba seguro de que si Moran así lo deseaba, se abalanzaría sobre él y muy probablemente lo mataría, aunque no lo hiciera pedazos. El pensamiento fue suficiente para hacerle tragar con fuerza, en un intento por humedecerse la boca, que se le había quedado repentinamente seca.

Henry vio como el tigre se apartaba de él dando la vuelta, sin perderle de vista mientras giraba, y su cola, una masa de aire caliente le rozó las piernas, haciéndole sentir sutiles calambrazos. El avatar caminó pesadamente, como si estuviera aburrido, hacia donde estaba su dueño. Después, se subió de un salto a una de las mesas, repletas de papeles y carpetas, y se tumbó. Su cola colgaba de uno de los laterales, moviéndose lentamente a los lados y ocasionalmente enroscándose.

—Henry, Henry. Tsk, tsk. Mírate, estás horrible —dijo Jim, con el ceño fruncido en algo que podría haber pasado por genuina preocupación, si no le conociera lo suficiente.

El hombre estaba sentado detrás de su escritorio, con las manos cogidas sobre una carpeta abierta. No hubiera podido poner la mano en el fuego por ello, pero Henry pensó que se trataba de un expediente. El brillo blanquecino de la pantalla del ordenador, a su lado, iluminaba su rostro acentuando las afiladas líneas de su mandíbula y pómulos, junto con sus ojos hundidos. Henry siempre se había preguntado por qué alguien con todo el poder del mundo no dormiría por las noches, porque Jim siempre tenía unas ojeras terribles bajo los ojos. Había más gente dispuesta a hacer las cosas por ti cuando dabas miedo. Podías dormir lo que quisieras, no había frío que te impidiera conciliar el sueño en invierno, ni camas demasiado duras. Si le dejaran a él dormir en una de las camas que había visto en Buckingham, por lo menos una vez, estaría seguro de que al despertar no estaría cansado en absoluto.

—Lo... lo sé, señor. Lo lamento.

—Bien —Jim se recostó en su silla y miró a Henry con total seriedad. Por algún motivo, esa mirada le dio más miedo que ninguna otra. Le estaba observando como si fuera algún tipo de mercancía— Recuérdame dónde naciste, querido.

—En La Leonera, Jim, señor —respondió Henry, con cierto tono de sorpresa.

Jim asintió ligeramente con la cabeza.

—Ah, cierto. Un lugar interesante, me han dicho —hizo una floritura con la mano, como quitándole importancia al asunto, y después apoyó los brazos en la silla, subiendo los pies a la mesa, poniéndose cómodo y perdiendo toda la seriedad anterior —. Tengo un trabajito para ti, Henry. Es muy sencillo. Si lo haces bien, te dejaremos marcharte.

La sangre de Henry se heló, y tuvo la sensación de que el corazón se le había parado por completo durante un instante. No es que quisiera hacerse ilusiones, después de todo, ningún distópico salía tan fácilmente de Buckingham.

—¿Ma... marcharme, señor?

—Marcharte de Buckingham, de Londres, de Inglaterra si quieres. Serás libre. De todas formas, esos monstruos han destruido la muralla, así que ya nada impide que salgas de la ciudad, ¿no es cierto? ¿No es eso lo que quieres? ¿Volver a casa?

Dios, sí. Lo quería. Quería volver a casa, abrazar a su padre. Volver a su hogar, aunque fuera en la Leonera. No más perros, no más castigos, no escuchar más gritos por la noche en un lugar donde no debería haberlos.

Lo quería tanto, que respondió sin pensar.

—Sí.

Parecía ser que la respuesta, por algún motivo, pareció complacer a Jim, que sonrió de una manera angelical muy impropia de él. La sonrisa hizo que un escalofrío le recorriera la columna y se preguntara si, después de todo, había sido tan buena idea decir que sí.

—Me lo imaginaba. Acércate, toma siento.

Henry le echó un vistazo de reojo al tigre de Moran, aún echado sobre la mesa, y avanzó lentamente hasta el escritorio. Una vez estuvo frente a él, retiró la silla y se sentó. Jesús, no se había sentado en algo tan cómodo y mullido en mucho tiempo. Años.

—Quiero que mires esta ficha muy atentamente. Conoces a este hombre, ¿verdad?

La carpeta giró, impulsada por los largos dedos de Jim, y Henry pasó los ojos por encima, intentando leer los textos de manera rápida con el ojo que no estaba hinchado. Luego, su vista se posó en la imagen en la esquina superior. Tragó con fuerza, esperando no dar la respuesta equivocada.

—Sí, señor.

Jim sonrío.

—Muy bien, Henry. ¿Y hay algo que quieras contarme sobre él?

Henry parpadeó, con el ceño fruncido, y unió las manos entre sus piernas, presionándolas con los muslos.


—Querría que me acompañaras ahora, si no te importa.

John giró la cabeza, con una ceja arqueada. Llevaban un par de días siguiendo el ridículo horario que Irene les había asignado, con John yendo y viniendo de los recados sin a penas tiempo para descansar. Ese había sido un día bastante tranquilo. Solo tareas por la mañana, con la tarde libre para un supuesto entrenamiento.

La reunión de la tarde después de comer había sido agotadora. Después de todos los años en los que John había estado fuera de los entresijos de los rebeldes, había olvidado lo caótico que podía llegar a ser organizar una misión. Con Jim todo había sido mucho más fácil. Quería algo hecho, seleccionaba un equipo, y se hacía lo que Moran les ordenaba. No había pie a discusión. Todo era rápido y eficiente. Una reunión explicando quién o qué era el objetivo, diez minutos para equiparse, y luego a andar. No volver a Buckingham sin resultados era la única condición imperturbable. A menos, claro, que desearas un castigo que recordar el resto de tu vida.

Entre los rebeldes, era algo más complicado.

La tétrada debía ponerse de acuerdo en cada punto, y no siempre era fácil conseguirlo. Los dolores de cabeza y las sugerencias tácticas rechazadas hacían que a John le palpitara la vena de la sien.

Al final, habían tardado tres horas en acordar el plan. A una semana vista, cuando el coronel volviera a estar en el Devil's Horns, un equipo previamente desplazado hasta Dartmoor cortaría la energía de Baskerville y entraría. Un par de exploradores llegarían un día antes que el equipo para buscar un lugar seguro donde acomodar a los distópicos que consiguieran extraer para que estuvieran a salvo. En cuanto a los avatares, su naturaleza haría el resto.

Mary y Bradstreet habían estado más preocupados por ese aspecto que por cualquier otro.

Si los avatares conseguían escapar del confinamiento en Baskerville, todos aquellos distópicos en el lado puro sin ellos los recuperarían, en el mejor de los casos, de inmediato. Eso descubriría también la operación. Corrían un alto riesgo de ser atrapados si de pronto los noticiarios se hacían eco del suceso. Sherlock fue el que sugirió que podían desactivar la energía auxiliar justo antes de salir. Únicamente sería necesario perder un minuto para asegurarse de que todos habían salido. Después podían poner en marcha la retirada.

Bradstreet pareció satisfecho con ello. Así como todos los demás. Y, con ese último cabo atado, se dio por finalizada la reunión.

Ahora, quedaba día y medio hasta que tuvieran que salir. Los exploradores salían al día siguiente, y John solo esperaba que tuvieran éxito.

— ¿A algún sitio en especial? —preguntó.

Sherlock estaba jugando con un hilo suelto de su jersey entre los dedos, evitando su mirada con el ceño fruncido. Habían salido a dar una vuelta por las calles menos transitadas por los vigilantes, y después pasado por la casa que compartía con Mycroft para recoger algunas de sus cosas. Artículos que, por algún motivo, Sherlock había creído indispensables. Una lupa de scout, una pistola de bolsillo (artículo que John aprobó con entusiasmo), y un bloc de notas. Ahora estaban en uno de los túneles, de vuelta de la estación de Southwark, donde habían asentado el arsenal. Lestrade le había dicho, tras la reunión, que era posible que encontrara a Wanda por allí. La noticia de su regreso a los rebeldes se había mantenido tan en secreto como había sido posible, tratando de reducir las fugas de información lo máximo posible. Así que antes de salir a pasear, John había estado pensando si debía o no ir a verla.

Había sido una decisión que le rondó la cabeza un día entero. Se moría por hacerle saber que seguía con vida, a ella y a Donovan. Pero si la operación salía mal, si moría... Bueno, no sería justo para ninguna de las dos, ¿no es cierto?

—Necesito tu opinión respecto a algo en lo que he estado trabajando. Ignoro hasta qué punto podrás contribuir, pero de todas formas quisiera...

—¿De qué se trata?

Sherlock respiró fuerte por la nariz.

—Será más fácil si te lo enseño.

Se llevó una mano al bolsillo, deteniéndose, y sacando un pequeño vial que le tendió a John. Éste se detuvo también un par de pasos por delante, y volvió para tomar lo que le estaba siendo ofrecido. Luego observó el frasquito de cristal a la luz del farol, sosteniéndolo entre el pulgar y el índice. La fría luz de la bombilla le daba unos brillos blancos al cristal que hacían que tuviera que entrecerrar los ojos. El contenido era completamente transparente, y se preguntó, con cierta curiosidad científica, si tendría algún olor. Parecía agua. Solo que, después de menearlo de un lado al otro, probó que era algo más denso. Con una textura parecida al vodka, solo que algo más pegajosa. Se dispuso a desenroscar la tapa, confundido, hasta que Sherlock le retiró el vial a toda velocidad, cerrando el puño a su alrededor.

—¿Qué era eso?

Sherlock tenía una expresión curiosa, como si estuviera dudando cómo explicarse. Finalmente, dirigió su mirada a John, a su confusión.

—Veneno.

—¿Veneno? Dios, Sherlock — exhaló, mirando fijamente el puño cerrado donde se ocultaba el vial. Luego frunció el ceño y subió la mirada de nuevo hacia su interlocutor — ¿Es eso en lo que estabas trabajando todo este tiempo?

Sherlock asintió.

—Pero aún no estoy seguro de cómo va a reaccionar en humanos. Ni de cómo se va a poder administrar de forma segura. Son todo teorías —explicó, guardando el suero de vuelta en el bolsillo — ¿Cómo sabes que he estado trabajando en esto?

John se encogió de hombros, en un gesto que pretendía ser desenfadado, antes de cruzarse de brazos.

—Los que estamos en Buckingham esperando para volver aún tenemos nuestra manera de enterarnos de algunas cosas que pasan al otro lado. No es fácil, pero es todo lo que tenemos mientras… Ayuda a no perder la esperanza.

Se hizo un silencio incómodo, y John arrancó a andar de nuevo con un paso tranquilo, como si quisiera llenar el vacío verbal con su avance. Sherlock le siguió instantes después, sin decir una palabra. Parecía absurdo que aún le incomodara y le hiciera sentir enfermo el pensar en Buckingham, después de todo por lo que había pasado, pero no había manera de hacer a un lado todo. Cuanto más tiempo pasaba en la tranquilidad de La Leonera, más complicado era mantener los malos recuerdos a raya. Era como si su cerebro estuviera recordándole que en cualquier momento podía volver a todo eso. Advirtiéndole que no bajara la guardia porque todo podía suceder de nuevo. Que la calma no podía durar eternamente.

La noche anterior había tenido unas pesadillas terribles. Pesadillas que no había tenido desde que entró al servicio de Jim por primera vez. Sherlock se había despertado por ello, y el recuerdo de ver su cara, lívida y con los ojos abiertos en una expresión de impotencia y preocupación, había hecho que fuera imposible que volviera a dormirse. Se había quedado el resto de la noche tumbado, mirando al techo del vagón, sumido en la oscuridad. La mano de Sherlock, sobre su pecho para sentir su respiración, le había servido como un ancla en la noche. Sospechaba que él tampoco había conseguido volver a conciliar el sueño después de aquel episodio, pero ninguno de los dos pareció mencionarlo por la mañana, de modo que establecieron en un acuerdo tácito no hacerlo tampoco durante el día. Fingir que nada de eso había pasado.

John empezaba a pensar que, si las pesadillas continuaban o peor, iban en aumento, debería empezar a ocupar la otra cama. Quizá otro vagón.

Quizá uno de los pisos abandonados. Lejos de personas a las que pudiera molestar.

—Dijiste que querías que te acompañara —dijo John finalmente (aunque sonó más como una pregunta), girándose y deteniéndose por segunda vez —, y me imagino que tiene algo que ver con el… veneno. Así que bien, ¿a dónde vamos?

Sherlock parpadeó, sorprendido.

—Eh… Quería tu opinión. Ven conmigo.

Sherlock le tomó de la mano y tiró de él en la oscuridad, guiándolos con el farol. Cuando llegaron a la estación, Sherlock los mandó por unos conductos de servicio que John sabía perfectamente, llevaban hasta las zonas donde retenían a los prisioneros. No es que hubieran tenido muchos de esos, pero de vez en cuando les iban bien para sonsacarles algo de información valiosa. La falta de cobertura en general que había en aquellas zonas era totalmente conveniente a la hora de impedir que pudieran ser encontrados o notificar de su secuestro a terceras personas a través de móviles o rádio.

John se preguntó por qué Sherlock lo estaba llevando allí en concreto. Quizá habían hecho algún cambio en los últimos años…

—Seguramente esto es una mala idea, pero no sé con quién más contar. He hablado con Lestrade y con Irene, pero ellos no han estado al otro lado, al menos no recientemente… Quizá nos estemos equivocando de persona. No quiero cargar con eso —Sherlock murmuraba a toda prisa, tan bajo y rápido que a John le estaba costando seguirle el ritmo o entender algo siquiera. Al llegar a la primera puerta, se detuvo en seco, y le costó a John Dios y ayuda no pisarle. Maniobró para equilibrarse en el escalón, y las manos de Sherlock se posaron en sus hombros. Estaban ojo con ojo, la diferencia de altura salvada por el escalón. Lo que John pudo pensar en ese momento era en lo increíblemente hermosos que eran los ojos de su compañero. Eran como galaxias, invitándote a perderte en ellos —. Si esto es demasiado para ti, en cualquier momento —oyó que Sherlock decía, con un tono serio y calmado que le hizo volver a la realidad enseguida. Vio como su nuez subía y bajaba cuando tragó con fuerza—, necesito que me lo digas. Una palabra y nos iremos.

John frunció el ceño, sin entender, y entreabrió los labios para hablar, pero descubrió que estaba tan perdido que no sabía qué decir.

— ¿John?

Sacudió la cabeza, centrándose, y luego asintió. Sherlock tenía una ceja arqueada y la expresión de preocupación más extraña que John hubiera visto en mucho tiempo. Era como si estuviera temiendo que fuera a entrar en un ataque de pánico en cualquier momento, lo cual no hacía más que acrecentar su nerviosismo. Pero él no tenía por qué saber eso.

—Sí. Entiendo, vale. Te aviso si es demasiado. Sea lo que sea que haya al otro lado de esa puerta. Ahora vamos, que me estás intrigando.

Sherlock le estudió un momento más, como si supiera que había algo que John no le estaba diciendo. Luego apretó los labios y se giró, abriendo las puertas.

John no tardó en reconocer a la persona atada e inconsciente al otro lado de la sala, aún a pesar de la sangre y el polvo en su rostro.

Wilkes. El jodido Sebastian Wilkes estaba encerrado y bajo el control de los rebeldes ¿Pero cómo?

—Aún no se ha despertado hoy, señor.

Sherlock, delante suyo, se inclinó para mirar a Sebastian. Éste tenía las manos atadas a la espalda en una especie de cañería, y la cabeza caída, con la barbilla contra el pecho. John creyó, con bastante tino, ver que tenía un ojo morado. No se sintió nada mal por ello, todo sea dicho.

— ¿Le han estado interrogando?

El distópico que le vigilaba, con un fusil al hombro y una serpiente avatar enroscada en los hombros, asintió con la cabeza.

—Irene vino por la mañana, estuvieron mucho rato a solas. El ojo morado es un recuerdo que le ha dejado, señor.

John arqueó una ceja, luchando por contener una sonrisa. Pero tan pronto como se alzaron las comisuras de sus labios, sintió que algo de pronto iba terriblemente mal.

Sebastian sabe que sigo vivo.

Jim va a saber que sigo con vida.

Jim va a venir.

Fue una sensación horrible, como un dedo frío serpenteando por su columna, por el interior de ella. Y después el apretón en el estómago del miedo visceral e instintivo de la anticipación, de saber que algo malo va a pasar. Se encontró a sí mismo tenso, con la garganta repentinamente apretada, sintiendo como se le aceleraba el corazón, y la descarga de adrenalina siendo bombeada a toda velocidad por su sangre. Con lo que le pareció un disimulo aceptable, John se preocupó de tratar de localizar amenazas y rutas de escape con la mirada. Que la única forma de salir fuera por la puerta por la que acababan de entrar no hizo más que acrecentar su sensación de estar atrapado.

Se sentía atrapado en su propio cuerpo, tenso, inmóvil por temer ser descubierto en tan vulnerable estado. Quería echar a correr, a todo lo que le dieran las piernas. Sin importar a dónde, ni cómo ni cuanto tiempo. Le temblaban las manos, le temblaba todo el cuerpo, sintiendo un frío mortal que le dio una fuerte sensación de mareo, de estar cayendo, como si las piernas fueran a fallarle en cualquier momento. La sensación era abrumadora, y dudaba mucho que hubiera podido hablar siquiera. Un dolor intenso se instaló en su corazón y, por muy raro que pudiera parecer, pensó que le estaba dando un ataque al corazón, que iba a morirse allí mismo.

Correr.

Casa.

Lugar seguro.

Wilkes.

Expuesto, expuesto, expuesto…

Sherlock se giró para echarle un vistazo, seguramente para comprobar que aún no le había dado un patatús. Para ser sinceros, su corazón había empezado a latir realmente deprisa cuando reconoció a la persona maniatada, más por el hecho de los recuerdos que traía la presencia de Sebastian a su mente, y por lo mucho que había aprendido a odiarle, que porque realmente se sintiera incómodo. De todos modos, y mientras aún trataba de calmar su galopante corazón, se dio cuenta de que sus manos estaban temblando. Una parte de él sabía que lo que estaba pasándole era irracional, que no había nada allí físicamente que resultara letal o peligroso (Sebastian Wilkes no era una amenaza real ni en su mejor día), pero simplemente no podía controlar nada. Se apresuró a cerrarlas en puños, antes de que su compañero advirtiera semejante cosa. Los ojos de Sherlock le recorrieron velozmente, siendo lo suficientemente ágiles como para captar lo que John acababa de hacer. El sudor frío que le cubría el cuerpo le hizo temblar.

—John, ¿podemos hablar?

John apretó los labios y asintió, tenso. Podía sentir la adrenalina, recorriéndole entero, reaccionando a la amenaza que para él representaba tener a Sherlock y a sí mismo en la misma habitación que Sebastian se quiso dar cuenta, volvía a estar al otro lado de la puerta, con las manos de Sherlock sobre los hombros, y escuchando como dirgía sus respiraciones, tratando de llevarlo de vuelta a la calma.

—Largas respiraciones, John... eso es. Inspira por la nariz, expira por la boca... Estás a salvo aquí.

El tono de voz era realmente relajante, al igual que sorprendente era el que hubiera aprendido a relacionar a Sherlock con la seguridad y la calma y el hogar en a penas semana semana y media. No podía ponerle pegas. Le funcionaba. Pero no podía evitar pensar en si era algo de ellos dos, o una característica inherente a todas las almas gemelas. Cerró los ojos, dejándose arropar por la voz de Sherlock y el peso cálido y reconfortante de las manos en sus hombros. Tras un par de respiraciones profundas, pudo sentir como sus músculos comenzaban a destensarse, y sus manos se abrieron. Fue la primera vez en la que se dio cuenta de lo mucho que había estado apretando los puños: podía notar la marca de las uñas donde las había clavado contra la piel de la palma. No le sorprendería encontrar sangre. Su corazón, exhausto por la adrenalina, parecía haber decidido calmarse, también. Cuando dejó de sentir que no le explotaría la vena de la sien, volvió a respirar con normalidad, dejando caer los hombros.

Sherlock se mantuvo en silencio, dejándole espacio pero manteniendo en todo momento el contacto de sus manos, dejando que John se ajustara por sí mismo. Finalmente, cuando John abrió los ojos, se atrevió a hablar.

— ¿Estás bien?

John asintió, cerrando los ojos de nuevo tras ver la preocupación en el rostro de Sherlock y suspiró, dejando caer la cabeza hasta que estuvo apoyada en el pecho de Sherlock. De pronto, se sentía pesado y cansado, como si lo que fuera que le hubiera sobrevenido se hubiera servido de toda su fuerza vital y su energía para hacerlo. Tenía frío, estaba tembloroso, y con la incómoda sensación de ir a vomitar en cualquier momento.

Todo a lo que aspiraba en ese momento era acurrucarse en la cama, hacerse un ovillo bajo las mantas y cerrar los ojos. Mejor si podía presionar la cara contra el pecho o la espalda de Sherlock. Su olor estaba haciendo maravillas con el mareo.

—Mejor.

Sherlock aflojó las manos sobre sus hombros y las deslizó por sus brazos, frotándolos con suavidad, quizá tratando de aliviar sus temblores con la fricción.

—Vayamos de vuelta al vagón. Esto puede esperar.

No.

John estaba tan tentado de decir que estaba bien, que podían continuar. Tuvo que apretar los labios para evitar que la palabra saliera de su boca. No se sentía totalmente operativo. Y de poca o ninguna ayuda le sería a Sherlock tener que cargar con él cuando le había pedido ayuda. Y estaba tan cansado que no tenía ni siquiera ganas de mentir. Solo quería volver al vagón. Sentirse seguro. Entrar en calor. Dejar de tener nauseas y sensación de ir a desvanecerse como una damisela victoriana en cualquier momento.

No quería estar allí. No podía estar allí. No en ese momento. No en ese estado.

No iba a dejar que un mierdecilla como Sebastian Wilkes le viera en ese estado.

Así que finalmente, sin confiar en sus palabras, asintió.

Las manos de Sherlock se detuvieron, dando un suave apretón a sus brazos, antes de deslizar una de ellas hasta su mano. Entrelazó sus dedos con los de John, apretando, y John le devolvió el apretón, alzando la cabeza de su pecho y abriendo los ojos por fin. Le dedicó una leve sonrisa de agradecimiento que fluctuaba entre la vergüenza y la disculpa,y Sherlock dio otro apretón.

Tú eres más importante.

Sherlock dio el primer paso, alejándose de la puerta en dirección a la salida, y John lo siguió, a penas sin despegarse de él en todo el camino.


Como alguien que ha sufrido ataques de pánico alguna vez debido (mayormente al estrés salvaje) y otros factores, y que vive con alguien que los tiene, he tratado de reflejar lo que se siente lo más fidedignamente posible, basándome en experiencias personales. Me parece bastante plausible que alguien con TSPT sufra de estos episodios, y semana y media tras su liberación, me parece un tiempo razonable para que John sufra alguno. No iba a arreglarse todo mágicamente nada más encontrarse con Sherlock. Todo por lo que John ha pasado es algo que deja secuelas, y voy a intentar tratarlas lo mejor que me sea posible.

Siempre estoy abierta a más info y sugerencias, así que si alguien quiere compartir experiencias o dejar documentación o datos, bienvenidos sean.

En otros asuntos, sé que no es el capítulo largo y salvaje que todos esperabais, pero la vida se está poniendo cada vez más ocupada, y no tengo tanto tiempo para escribir como me gustaría. Sin embargo, he sacado un hueco chiquitín que he estado arañando de varios días durante todos estos meses, para ir construyendo este capi. Espero pronto poder volver... y por pronto me refiero a antes de Julio! xd

No os olvido, hermosuras. En nada estoy segura de que podré retomar las actualizaciones regulares. Aguantado un poquitín más!

Gracias por leer, y seguir aquí conmigo después de este largo silencio!

MH