NdA:

OMG, llegamos al final de Alianza! Han sido siete años con esta historia.¡Siete años! La verdad es que cuando empecé a escribirla no imaginé que me llevaría tanto tiempo, pero han sido siete años fantásticos y me alegra muchísimo haberlos compartido con vosotros :) Y por eso me gustaría dedicaros esta última parte a vosotros, los lectores, especialmente los que habéis ayudado con vuestros comentarios a hacer esta historia grande. Me habéis arropado durante el camino, haciéndome saber que estabais ahí, a mi lado y por todo eso, Alianza también os pertenece un poquito. Así que muchísimas gracias por vuestro apoyo y deseo de verdad que disfrutéis con esta parte.

De momento subiré los domingos, (excepto dentro de dos semanas, que tendrá que ser el lunes, ya os avisaré) y cuando acabe de escribirlo todo -me quedan unos tres capis y un posible epílogo- ya subiré dos veces a la semana.

¡Besos y bienvenidos al libro VII de Alianza!

Capítulo 1 Medidas de guerra

Simon observó a su alrededor con orgullo de propietario, contento de ver que el negocio iba asentándose. La gente empezaba a sentirse cómoda allí. Había al menos dos docenas de clientes, almorzando tranquilamente o jugando a los dardos. Incluso una familia, con un niño de seis o siete años. Cuando se había ofrecido a llevar el pub, había estado seguro de su éxito y ahora había demostrado que no mentía.

Su buen humor se enturbió un poco cuando vio a Emma, su camarera, dejando en la barra un pedido con cara de estar deseando marcharse de allí. Se lo había dicho ya un centenar de veces: era importante ser amable con los clientes, hacerles sentirse bienvenidos. La había contratado porque se la había recomendado la cocinera (y porque tenía unas tetas impresionantes), pero si no espabilaba pronto iba a echarla de allí. Chicas con tetas grandes, al fin y al cabo, había a montones, y con un poco de suerte no estarían todo el rato mascando chicle ni replicándole.

Simon esperó a que no hubiera clientes cerca y se acercó a ella.

-Si no quieres ser camarera, ya sabes dónde está la puerta.

Ella chasqueó la lengua, desdeñosa.

-Pa' andar sirviendo cervezas no me hacía falta tener magia. –Se cruzó de brazos-. To's igual que siempre.

-¿Y qué esperabas? –replicó, burlón.

-Algo mejor, lo que me dijeron.

Simon miró nerviosamente a su alrededor y luego le dio un pequeño empujón.

-Cállate, estúpida, ¿quieres que nos maten? Cierra la boca y limpia el mostrador, que para eso te pago.

Emma chasqueó la lengua de nuevo, pero cogió un trapo e hizo lo que le ordenaba. Simon volvió a mirar a su alrededor; no, nadie les había oído. Esa idiota… ¿Acaso no sabía lo que les hacían a los traidores? Y aquellas quejas sonaban como a traición. Quizás tendría que plantearse más en serio lo de despedirla porque si alguien la escuchaba y pensaba que él compartía esas opiniones… Y no, para nada, él les estaba muy agradecido. Y lo entendía. Todavía estaban en guerra y mientras la guerra durara, las cosas no podían ser perfectas. Además, ¿qué se creía esa ignorante que significaba tener magia? Por muy mago que uno fuera, todavía tenía que ganarse el pan de algún modo. Y con lo burra que era Emma, desde luego no iba a trabajar de hechicera jefe o lo que fuera.

La familia pagó la cuenta y se fue del pub. Simon le hizo una señal a Emma para que fuera a limpiar la mesa y él se dispuso a atender a un grupo de cinco soldados que entraba por la puerta. Parecían bastante calmados, por suerte; debían de haber tenido un día tranquilo. Tres de los soldados fueron a sentarse en una mesa libre y los otros dos se acercaron a la barra para pedir.

-Buenos días, ¿qué les pongo?

-Cuatro cervezas normales, una de mantequilla y cinco almuerzos de la casa.

-Marchando.

Simon empezó a preparar las cervezas, procurando no poner demasiada espuma, y por el rabillo del ojo vio entrar a una cliente desde el callejón Diagon. Desde que había reabierto el pub, que ahora se llamaba el Caldero Reluciente, aquella mujer había ido a almorzar allí casi cada día. Trabajaba en el proyecto, con el doctor Liver. Simon lamentó estar ocupado con los soldados porque le habría gustado atenderla personalmente. Era una mujer con clase, se le notaba. A Simon no le costaba imaginarse cenando con ella, mientras le contaba sus planes para el Caldero.

La puerta de la calle se abrió de nuevo, pero en vez de ver un nuevo cliente entrando al pub, lo que vio fue una especie de bola de cristal volando por el aire y estrellándose en el suelo. Algunos clientes saltaron de sus sillas, sobresaltados. ¿Qué coño…? Simon intercambió una mirada con los soldados, con la mujer, pero su sorpresa desapareció al instante, convirtiéndose en terror, cuando notó que no podía respirar. No, no, ¿qué pasaba? Su horror aumentó cuando vio a la mujer llevándose la mano a la garganta con ojos desorbitados, cuando un soldado trató de salir corriendo, tropezó con una silla, cayó al suelo entre convulsiones. ¡No podía ser! ¡Aquello no podía estar pasando! Oh, Dios, no podía respirar, no podía respirar. El pecho parecía a punto de estallarle, se llevó las manos a la cara con desesperación, todo se volvía negro.

Lo último que vio antes de morir fue el rostro amoratado y sin vida de la ayudante del doctor Liver.


-¿Qué ha pasado? Habéis tardado un montón.

Harry saludó a Draco con un beso, sin importarle el tono acusatorio de su voz. Entendía que se hubiera preocupado.

-Había un niño en el Caldero –contestó, mientras saludaba también a sus hijos-. Nos hemos esperado a que se marchara.

Banker, el auror retirado que le había acompañado, le había acusado de ser un blando, pero él no se avergonzaba de su decisió. Mataría a todos los Parásitos que fuera necesario, incluso así, sin honor alguno, pero no había perdido la humanidad aún.

-¿Ha salido todo bien? –preguntó Hermione-. ¿Ha funcionado?

Harry asintió.

-Los hemos matado a todos.

No le sorprendió que una docena de personas a su alrededor, Draco y Ron incluidos, recibieran la noticia con sonrisas feroces ni que algunos les felicitaran a él y a Arcadia Pinetree, la creadora del veneno. Todos en Hogwarts se habían enfurecido cuando los primeros ojeadores habían salido del colegio a través del túnel de los goblins y habían regresado anunciando que los Parásitos estaban empezando a asentarse en Hogsmeade y el callejón Diagon. Como si el mundo mágico les perteneciera, como si tuvieran derecho a estar allí.

Pero precisamente eso le había dado la clave de la estrategia que debían seguir. Atacarían como habían atacado los Parásitos. Golpearían y se replegarían. Llevarían el terror a sus corazones. Mientras le quedara un soplo de vida, Grudge y los suyos nunca se sentirían cómodos ni seguros en el mundo mágico.

-¿Os han visto? –preguntó Minerva, que también había estado esperando con los demás.

-No.

-Pero sabrán que hemos sido nosotros –objetó alguien.

-No tienen por qué –replicó Harry-. Saben que hay magos escondidos fuera de Hogwarts. Tiene sentido que piensen que han sido ellos.

-Lo que tendríamos que hacer es atacar su campamento de una vez. Atacarlo de verdad, no lanzarles tres piedras.

Cainan Parkinson. Harry reconoció su voz y se giró hacia él sin disimular demasiado su disgusto.

-Ya hemos explicado por qué no vamos a hacerlo aún. Son demasiados. Primero necesitamos encontrar la manera de debilitarlos.

-No son más de seis mil. Nosotros somos cinco mil.

-Estás contando incluso a los bebés, Cainan –replicó Minerva, con aspereza-. Puede que seamos cinco mil, pero sólo la mitad de nosotros, tres mil como mucho, estamos en condiciones de luchar.

-Ellos cada vez van a ser más.

-Hoy son dos docenas menos –dijo Harry. Luego miró a su alrededor, preguntándose si habría más gente compartiendo la opinión de Parkinson-. No vamos a dejar que se nos acumulen a las puertas de Hogwarts, pero mientras estén ahí, ocupados con un asedio que no existe, no estarán haciendo daño en otro sitio. Iremos a por ellos cuando llegue el momento.

A su alrededor, muchos asintieron. Harry entendía que les pusiera nerviosos tener a los Parásitos tan cerca, a él también le pasaba, pero estaba convencido de que buscar el enfrentamiento abierto con el campamento sería una misión casi suicida.

-Confiamos en usted, señor Potter –dijo Archibald Withers, entre la gente-. Mucho más de lo que confiamos en el criterio otras personas con severos errores de juicio.

Parkinson se giró hacia él como si estuviera pensando en atacarle, pero Harry no fue el único que se llevó la mano a la varita. Withers se mantuvo impasible, la nariz erguida sobre el poblado bigote blanco; Parkinson se dio cuenta de que estaba a punto de recibir conjuros desde una docena de direcciones distintas y reculó visiblemente. No era ningún cobarde –a Harry no le quedaba más remedio que admitir eso, después de haberlo visto luchar esas semanas contra los Parásitos-, pero en ese momento tenía claro que llevaba las de perder. Que Hogwarts les hubiera ofrecido asilo no quería decir que fuera a ofrecerles simpatía.


Elizabeth miró a su alrededor con estupor. Algunos de los cadáveres, con los ojos desorbitados y la lengua fuera, parecían devolverle la mirada de manera grotesca. No lo entendía. Aquello no tenía sentido. Aquello no tendría que haber pasado.

-¿Quién ha sido?

Medea se encogió de hombros con impotencia.

-No lo sabemos. Todavía hay un buen montón de gente escondida por el mundo muggle.

-Pero Potter y todos esos siguen en Hogwarts, ¿no? –exclamó, frustrada-. Se suponía que esos eran los peligrosos.

Se suponía que los que no se habían refugiado en el castillo eran los que sólo estaban pensando en sí mismos, los que querían preocuparse solamente de salvar sus propias vidas. Esa clase de gente no… no iba y hacía eso.

-Potter sigue en Hogwarts, sí. Pero no sabemos con exactitud quién sigue fuera. Y puede que imaginaran que los íbamos a poner bajo asedio y tuvieran la previsión de enviar un grupo de buenos luchadores a otro lugar para que pudieran atacarnos así.

-Entonces esto puede volver a pasar.

-Supongo. Deberíamos poner algunos guardias aquí y en Hogsmeade. Y mejorar las defensas del campamento.

Esos magos estaban derrotados, se dijo Elizabeth. Estaban derrotados. Hogwarts y las dos cárceles caerían en cuestión de tiempo, tendrían que rendirse. Debería ser el momento de prepararse para convertir en magos a todos los buenos ciudadanos de Gran Bretaña, no de tener que protegerse de esos… gusanos.

¿Cómo se atrevían a estropear así su sueño?


A veces, mientras patrullaba el linde del Bosque Prohibido o vigilaba el campamento de los Parásitos desde una de las almenas, Albus Potter pensaba en cómo habría sido aquel verano en circunstancias normales, en todo lo que Scorpius y él habrían hecho. Habrían podido ir a la playa con los muggles o se habrían bañado en el estanque de Malfoy manor. Scorpius y el resto de los Malfoy habrían ido a La Madriguera a celebrar su mayoría de edad con él y su familia. Habrían tomado helado en Fortescue y los sábados por la noche, se habrían ido a bailar a Vanity con Seren, James, Britney, Amal… Los domingos, Scorpius habría ido con él a comer a La Madriguera y por la tarde habrían jugado un partido de quidditch entre todos.

Así debería haber sido.

Lo único que era igual en su imaginación y en la realidad era lo que sucedía por las noches, cuando se iban a dormir. A veces Scorpius iba a su dormitorio de Gryffindor y otras era él quien iba al dormitorio de Slytherin. Esas cosas ya no importaban: en medio de aquel asedio, era más necesario buscar consuelo que respetar el sistema de Casas y todos, incluso McGonagall, lo entendían. Y Scorpius y él buscaban ese consuelo el uno en el otro, como habían hecho desde que se habían hecho amigos. Aunque no era sólo consuelo, eso tenía que admitirlo. En ocasiones era simple, maravilloso deseo. La torpeza entrañable y compartida de las primeras veces había desaparecido y el sexo era mejor cada noche, cada rato robado a la guerra. A Albus le encantaba sentir a Scorpius dentro de él, observar su expresión concentrada cuando embestía entre sus piernas o colocarse a horcajadas sobre él y cabalgarlo hasta que los dos olvidaban sus nombres. Nunca lo habría dicho en voz alta, pero ese vacío que notaba en su interior desde que había perdido a la mitad de su familia parecía un poco menos hueco cuando estaba unido así a Scorpius. Sólo de vez en cuando sentía el impulso contrario y se enterraba en él hasta las pelotas, normalmente si acababan de tener algún encontronazo con los Parásitos y la adrenalina aún llenaba sus venas. Fuera como fuera, resultaba perfecto, una nota de color en un verano gris, deprimente, lleno de tareas, muertes terribles que superar, miedo continuo.

Tanto su padre como Draco habían tenido que transigir y dejar que los dos colaboraran con las guardias y se apuntaran a misiones sencillas. No habían hecho ninguna incursión al mundo muggle en busca de alimentos ni estaban en primera línea cuando se producía alguna escaramuza, cosa que sucedía casi cada día, pero sí habían patrullado juntos por los límites del Bosque Prohibido, tomaban parte del entrenamiento en combate que estaban recibiendo los magos y brujas que lo deseaban y en una ocasión en la que los Parásitos habían sobrevolado las barreras, dejando caer lo que parecían pequeños calderos llenos de napalm, habían ayudado a hacer desaparecer esos calderos antes de que llegaran al suelo y pudieran causar un incendio.

Albus estaba dispuesto a hacer eso y más.

Aquella brillante mañana de julio, Scorpius, Seren, Amal, él y otros magos y brujas estaban reunidos al aire libre, alrededor del profesor Deverill, de la academia de aurores, quien iba a enseñarles a mandar mensajes con sus patronus. Todos los que estaban allí ya sabían invocar un patronus corpóreo, incluido Scorpius; era capaz de hacerlo desde que ellos dos habían empezado a follar, algo que Albus encontraba muy tierno.

-La clave está en el giro de muñeca, que tiene que ser muy preciso –explicó el profesor, mostrándoles cómo lo hacía-. En cuanto lo consigáis, vuestro patronus estará listo para transmitir mensajes.

Lo más complicado era crear ese círculo perfecto, de unos diez centímetros de diámetro, que exigía esa variante del patronus; al principio resultaba demasiado grande o demasiado pequeño o más ovalado que redondo. Y lanzar un patronus cada vez que se quería hacer el intento resultaba bastante cansado. Pero después de practicar toda la mañana, Albus consiguió hacerlo bien cuatro veces seguidas, lo cual indicaba que ya tenía un buen manejo del hechizo.

Cuando terminó el entrenamiento fueron a reunirse con otros, como Urien y Rose, que estaban aún aprendiendo a hacer el patronus con otro profesor. Para sorpresa de Albus, su prima estaba intercambiando miraditas y sonrisitas con Dante Redfeathers, el Ravenclaw. Primera noticia. Dante había llegado en quinto y una de las primeras cosas que había hecho había sido ponerse borde con Scorpius, pensando que éste tenía prejuicios de sangre, pero después de ese primer roce alguien debía de haberle explicado su equivocación porque ya no había vuelto a dar problemas.

-¿Tu prima está con Dante Redfeathers? –preguntó Scorpius.

-Eso parece.

-No es mal tipo –dijo Amal-. Y juega muy bien al fútbol.

-Ah, bueno, entonces no hay nada más que hablar –bromeó Seren-. ¿Qué más necesita una mujer?

Para entonces aquella clase ya había terminado también y Rose, que los había visto, se acercó a ellos, dejando atrás a Dante.

-Ya lo he hecho, Al –anunció con satisfacción-. He invocado un patronus corpóreo.

Albus sonrió y le apretó el hombro.

-Enhorabuena. ¿Qué es?

Rose no se lo dijo, simplemente sacó su varita y se lo enseñó. Era un oso, enorme y plateado.

-Es bonito, ¿verdad? No sé muy bien por qué es un oso, pero me gusta.

Albus se acordó de las reuniones en la Madriguera y tuvo una imagen mental de sus tíos y sus primos, ruidosos, cariñosos, peligrosos si se les chinchaba demasiado. ¿No eran esas cualidades que se atribuían a los osos? Pero pensar en su familia hizo que se le pusiera un nudo en la garganta y no dijo nada. Todavía resultaba demasiado doloroso.


Harry miró una y otra vez el plano de Hogwarts que tenía extendido ante sí. La noche anterior, Bill y Williamson se habían acercado a escondidas al campamento de los Parásitos para examinar las defensas mágicas de su perímetro. Habían encontrado un par de puntos débiles, sitios por los que podrían introducirse en el campamento si lo necesitaban. Harry había marcado esos puntos en el mapa; éste también reflejaba la zona que habían minado –minado, se repetía a veces, con incredulidad-, las tiendas que hacían las veces de armería, los lugares en los que solían apostar los guardias… Todo lo que pudiera resultarles útil.

-Harry… -dijo Hermione, acercándose a él-. He estado pensando.

-Bueno, lo raro sería que no lo hicieras.

Ella le dedicó una sonrisa que contenía un poco de impaciencia; no estaba para cumplidos o bromas.

-Creo que deberíamos lanzar octavillas en el campamento explicando otra vez lo que está pasando aquí realmente.

-¿Por qué? –dijo Harry, que pensaba que a aquellas alturas aquello ya no serviría de nada.

-Sabemos que los Parásitos se acercaban a los muggles, les daban su versión de los hechos y les prometían magia. Así los reclutaban. Pero con el segundo nivel de la Cuarentena, ya no pueden hacer eso. –Hermione señaló con la mano hacia la ventana-. Apuesto a que algunos de los Parásitos que hay ahí fuera no dieron su consentimiento. Y puede que estén colaborando sólo porque realmente se creen que somos unos monstruos. Si les contamos la verdad, que aquí hay ancianos y niños y parientes de muggles quizás decidan que no quieren formar parte de esto.

-¿Tú crees? –dijo Harry, sin poder evitar el escepticismo. Sencillamente, ya no era capaz de esperar siquiera que los Parásitos demostraran algo de humanidad.

-Debemos intentarlo, al menos –contestó ella-. No tenemos nada que perder.

-Daño no puede hacer, desde luego. Organízalo si quieres, me parece bien.

Hermione asintió.

-¿Crees que Draco seguiría manteniendo su oferta en pie? ¿La de darles dinero a cambio de Grudge o Key?

-Seguro.

Después de discutir algunos detalles, los dos se fueron a la clase vacía en la que Luna, su padre y los pocos periodistas que no habían caído en manos de los Parásitos imprimían diariamente el Diario de Hogwarts, informando sobre los turnos de guardia, las novedades sobre las medidas de seguridad… Alguien había encontrado una vieja imprenta perdida por ahí y entre unos y otros habían sido capaces de arreglarla y ponerla en funcionamiento. Era útil, al menos de vez en cuando, y ayudaba a mantener la moral de la gente de Hogwarts, incluida la de los propios periodistas.

Cuando entraron a lo que ahora todos llamaban la sala de prensa, se encontraron con una acalorada discusión sobre la posición que debía tener una noticia referente a la boda que iba a celebrarse entre Jessica Kettleburn, la actriz, y un jugador de quidditch.

-Hola –saludó Luna, al darse cuenta de que estaban allí-, ¿hay algo que podamos hacer por vosotros?

Todos los periodistas de la sala se los quedaron mirando con repentino interés, en parte porque sabían que al pertenecer al gabinete de crisis, proporcionaban las noticias más importantes.

-Queremos imprimir unos centenares de panfletos para mandárselos a los Parásitos –explicó Hermione-. Es posible que muchos de los que están convirtiendo en magos desde que se subió el nivel de la Cuarentena no tengan ni idea de lo que está pasando realmente.

-¿Habéis escrito algo? –preguntó una periodista de Corazón de Bruja.

-No, habíamos pensado que vosotros lo haríais mejor –contestó Hermione-. Aunque si preferís que nos encarguemos nosotros…

-No, no, podemos hacerlo.

-¿Qué tal si escribís dos o tres? -sugirió Harry-. Así podremos elegir el que más nos guste.

-Claro.

-Ah, y también hay que recordarles que las cabezas de los líderes de los Parásitos tienen precio –les recordó él-. Aunque quizás no en el mismo panfleto.

Ellos asintieron.

-¿Cuándo los queréis? –preguntó Luna.

-Cuanto antes, mejor.

Draco había ofrecido su recompensa por Grudge y los demás poco después del secuestro de Albus y Scorpius y antes del verano ya habían tratado de desacreditarla a ella y a Bouchard con el fin de crear malestar entre sus filas, de desafiar su autoridad; no podían estar seguros de que nada de aquello estuviera funcionando (aunque uno de sus prisioneros, el mecánico Tambourine, había comentado que un par de personas habían tratado de traicionar a Grudge para cobrar la recompensa), pero valía la pena seguir intentándolo; como había dicho Hermione, no tenían nada que perder y sí mucho que ganar.


Había algo espeluznante en el modo en el que podían andar ahora entre muggles sin ser vistos, como si no existieran, como si estuvieran muertos. Era la tercera vez que podía experimentarlo en sus carnes, pero James aún no se había acostumbrado. Al principio podía parecer divertido; luego se volvía algo desasosegante.

Esa tarde tampoco importaba mucho, de todos modos, porque ya no quedaba nadie en el edificio que pudiera verlos. James iba con su tío Bill. Siempre iban en parejas, por si acaso, y siendo experto en magia negra y maldiciones, todos trataban ahora a Bill como a un auror más. Aun así, no esperaban ningún problema que requiriera entrar en combate, no aún. Estaban en el almacén de los Molinos de Harina Smiths, en Nottinghamshire. Les habían encargado doscientos kilos de harina de primera calidad, que se decía pronto. Los sacos que tenían allí en la fábrica contenían más o menos diez kilos cada uno. Su tío empezó a reducir el tamaño de los sacos y James los fue guardando en la bolsa de cuero que llevaba al hombro. Cuando iban por la mitad escucharon un ruidito y James lanzó rápidamente un Lumos no verbal en esa dirección, pero no había nadie.

-Creo que era un ratón –dijo su tío.

Esperaron un poco, pero no se escuchó nada. James metió un par de sacos en la bolsa.

-Nosotros también somos ratones.

Si su tío sonrió, no pudo verlo en la penumbra. James no creía que hubiera sonreído. No le había visto hacerlo desde la desaparición de tía Fleur, de sus padres, de la mitad de sus hermanos y sobrinos. James procuraba no pensar en ello; cuando lo hacía, sentía dentro de él la misma sensación ácida y oscura que le había impulsado a lanzarle el Accio magia a Scorpius.

Cuando terminaron, su tío dejó ciento cincuenta libras sobre los sacos restantes; era más o menos el precio de lo que se iban a llevar. Después salieron de allí y se marcharon a una empresa de productos cárnicos que había relativamente cerca a repetir la operación. En una segunda bolsa metieron algunos costillares, unas piezas de jamón dulce y varios kilos de salchichas. Era una locura pensar que con toda esa carne apenas tendrían suficiente para toda la gente del castillo, pero eran tantos… Los elfos sabrían cómo sacarle partido, de todos modos.

-Mira –dijo su tío.

Había encontrado un paquete de bacon, no más de un kilo. Los dos intercambiaron una mirada y después su tío transformó un garfio en una superficie plana, todavía metálica. Con un hechizo calentó la plancha de metal y empezó a poner encima las lonchas de bacon. El olor hizo que James empezara a salivar. Se sentía un poco culpable, comiéndose eso en vez de llevarlo al colegio, pero un kilo escaso de bacon no iba a suponer mucha diferencia para las cinco mil y pico personas que se encontraban refugiadas en Hogwarts.

El bacon estaba crujiente y delicioso, y entre los dos se comieron todo el paquete. Gracias al túnel de los goblins no pasaban hambre, pero tampoco terminaban la comida con la sensación de estar a punto de reventar y James lo echaba de menos. Su tío no se estaba quedando atrás; a James le habían dicho que después de haber sido herido por un hombre-lobo se había acentuado su gusto por la carne y en el colegio la comían con moderación y siempre acompañada de patatas, nabos, zanahorias…

-No deberíamos hacer esto, pero… Oh, Merlín –dijo James.

-No pasa nada. No le estamos quitando comida a la gente de Hogwarts. Todo el mundo lo hace si lo envían a un sitio donde pueden picar algo. ¿Crees que los que fueron ayer a por chocolate no se inflaron antes de volver?

Eso era cierto, no le estaban quitando comida a nadie. Ni siquiera a los dueños de aquella empresa, porque iban a pagar lo que se estaban llevando. Cuando la última loncha desapareció de la improvisada sartén, tío Bill la convirtió de nuevo en el gancho, dejó cuatrocientas libras sobre una mesa y se marcharon de allí, con el estómago lleno y la misión cumplida.

Los dos se Aparecieron a unos metros de la entrada del túnel. Ahora sí que estaban alertas y con la varita preparada, listos para reaccionar en el caso de que los Parásitos hubieran descubierto esa entrada y les estuvieran esperando. Pero todo estaba en calma y cuando se acercaron a la entrada, vieron a las dos personas que estaban de guardia esa noche, un hombre de unos treinta años, un tal Grant y Rebeca Warbeck. Ambos les apuntaron con las varitas.

-Contraseña –dijo Warbeck.

-Tostada con mantequilla –respondió su tío.

Los dos guardias se relajaron.

-¿Ha ido todo bien? –preguntó Grant.

-Sí. ¿Todo tranquilo por aquí?

-Sí, además, ya ha vuelto casi todo el mundo, sólo faltan Finnigan y Blackcrow.

Hasta ahora no habían tenido nunca problemas en ese sentido, pero nunca se sabía cuándo podían cambiar las cosas, así que James se alegró de que todo estuviera yendo bien. A ver si Seamus volvía pronto. A James le caía muy bien y no sólo porque su madre hubiera parecido tan feliz con él en los pocos meses que habían tenido para estar juntos. Siempre había estado ahí, como un amigo simpático de sus padres y luego había sido un buen profesor en la academia.

Su tío y él tuvieron que hacer el camino hasta el otro lado, ya dentro del colegio, en escoba. Uno no podía colocarse en uno de los extremos y Aparecerse en el otro; le habían explicado que era por no sé qué de las barreras de Hogwarts. Pero sí se podía volar en escoba, aunque fuera casi a ras del suelo y en pocos minutos llegaron al colegio, donde los recibieron otros dos magos de guardia que también querían saber la contraseña. Tras pasar esa pequeña medida de seguridad pudieron entregar la mercancía a uno de los elfos domésticos; ya habían terminado todas sus obligaciones por ese día.

No era demasiado tarde, así que James le mandó a su padre un patronus para avisarle de que ya había vuelto y se fue a buscar a Seren. Desde que su madre se había refugiado en Hogwarts Seren dormía con ella en su tienda de campaña; la mayoría de las noches, James lo hacía en la cabaña de su tío Charlie, pero en ocasiones se colaba en la tienda de Seren y la señora Carmichael hacía como que no se enteraba.

Cuando llegó a la tienda se las encontró escuchando la radio. La WWZ emitía ahora desde Hogwarts, aunque sólo durante unas horas, de nueve a doce del mediodía y de cuatro a diez de la noche. Daban noticias sobre lo que pasaba en el colegio, pero callando cualquier referencia al túnel que los comunicaba con el exterior, por si los Parásitos les escuchaban. También ponían discos que habían encontrado por el colegio, hacían alguna lectura dramatizada de alguna obra teatral… Seren colaboraba con ellos, además de ayudar a cuidar a los niños sangremuggles pequeños.

-¡James! –exclamó ella, corriendo a saludarlo con un beso-. ¿Todo bien?

-Sí, no hemos tenido ningún problema.

Seren le agarró de la mano y le condujo hasta su habitación. James sabía que no se trataba de sexo, no aún, al menos; Seren siempre se preocupaba mucho cuando a él le tocaba salir de Hogwarts, sólo quería decírselo y contarle lo contenta y aliviada que estaba de que hubiera regresado ya. Y aunque él insistiera en que no era nada del otro mundo, en el fondo se sentía tan aliviado como ella de estar de vuelta.


-Concéntrense –dijo McGonagall, como siempre-. Traten de sentir el animal.

Scorpius miró a Teddy de reojo y respiró hondo, pensando en la gaviota que escapaba ahora de su varita cuando conjuraba un patronus. McGonagall le había dicho que ahora que sabía en qué animal iba a convertirse debería serle más fácil conseguir la transformación. Teddy, por su parte, se había apuntado finalmente a esas clases también con la esperanza de poder controlar su transformación en lobo, aunque nadie estaba seguro de que tal cosa fuera posible, pues lo que le pasaba se salía de lo habitual, nadie había oído hablar de un caso como el suyo.

Aunque siempre había albergado la esperanza de que su patronus fuera un tigre, una pantera o, en fin, un animal impresionante que probara su hombría, valentía y peligrosidad, en cuanto había visto su gaviota se había sentido encantado. Y en cuanto a ser una gaviota…. Podría volar. ¡Volar! Tenía muchas ganas de saber qué se sentía al surcar el cielo sin escoba, únicamente ayudado por dos poderosas alas. Además, las gaviotas no eran precisamente ruiseñores o palomas, no. Si se daba el caso podían plantarles cara a pájaros de presa como halcones y cargaban a veces contra los humanos. También eran notablemente inteligentes, para ser pájaros.

Pero lo mejor era lo de volar, sin duda.

Scorpius se concentró en eso, en lo que pensaba que sentiría alzando el vuelo, sobrevolando el océano. Y de pronto tuvo la sensación de que el suelo se abalanzaba sobre él, como si cayera vertiginosamente. Durante unos segundos, no supo qué había pasado. Estaba mareado, medio aprisionado.

Y se llevó el susto de su vida cuando dos manos gigantescas se acercaron a él.

-Enhorabuena, señor Malfoy.

-¡Bien hecho, Scorpius! –exclamó Teddy a la vez.

Las manos estaban liberándolo y Scorpius comprendió al fin, muerto de emoción, que lo había conseguido. Era la ropa lo que le había hecho sentirse como atrapado en una red o una telaraña. Libre ya, alzó la cabeza y vio, lejísimos sobre él, las sonrisas de McGonagall y Teddy. Scorpius sonrió, o al menos habría sonreído si hubiera sido humano, y extendió sus alas. Sus alas. Un par de sacudidas y se encontró levantándose en el aire.

-¡Estoy volando!

Sonó más bien como un gato moribundo, pero le dio exactamente igual. Estaba volando. Sus aleteos eran un poco torpes al principio; poco a poco fue adquiriendo más confianza. No podía creerlo. Lo había hecho, era una gaviota. No tenía nada que ver con volar como humano sobre una escoba, era como si pudiera leer el viento, como si tuviera una brújula perfecta en su cabeza. Y Merlín, la luz… Los colores parecían completamente diferentes, fantasmales en cierto sentido. Scorpius recordó haber leído que muchos zoólogos pensaban que las gaviotas podían ver la luz ultravioleta.

-Señor Malfoy, es su primera vez, no se aleje mucho.

Pero Scorpius tenía otros planes y se alejó rápidamente en busca de Albus para enseñarle lo que había hecho. ¿Dónde estaría? Su vista parecía haberse agudizado en cierto modo, pero a la vez, todo tenía un aspecto tan extraño que le costaba reconocer algunas de las cosas que veía. No volaba muy alto, sólo cuatro o cinco metros. Le daba un poco de miedo alcanzar más altura y transformarse de pronto en humano; se suponía que no podía pasar, no era así cómo funcionaba, pero… Por si acaso.

Muchos le señalaban con el dedo al verlo; las gaviotas no abundaban por Hogwarts, precisamente. Un idiota incluso le lanzó un hechizo. Scorpius estuvo a punto de lanzarse sobre él y arrearle un buen picotazo, pero siguió volando en busca de Albus. Si estaba dentro del castillo iba a ser imposible encontrarlo como gaviota. Además, notaba como una aversión extraña a entrar en el edificio. Debía de ser su instinto de gaviota. Pero hacía buen día, los Parásitos estaban bastante tranquilos y Scorpius estaba casi seguro de que Al estaría en el exterior.

Al cabo de un par de minutos, lo encontró. Estaba con Amal, Rose, Camilla Rice, Urien, Lily, Seren y James. En cuanto le vieron, comenzaron a señalarlo, asombrados unos, un poco alarmados otros. Scorpius se detuvo a un par de metros de distancia y se posó en tierra. Después ladeó la cabeza y saludó a Albus con uno de sus ruidos de gaviota.

-¿Scorpius? –dijo él, boquiabierto-. ¿Eres tú?

Scorpius asintió y todos se pusieron a felicitarlo a la vez. Albus se acuclilló para ponerse a su altura, extendiendo la mano y Scorpius se acercó a él para dejarse acariciar.

-Qué pasada… -exclamó Amal.

-Tienes los ojos grises –dijo Albus, sonriendo-. Eres una gaviota muy mona.

Scorpius dejó escapar un chirrido de protesta. ¡Era una gaviota extremadamente viril! Pero sus protestas sólo hicieron que los demás se rieran. Deseando ser humano de nuevo, picoteó con cuidado la manga en la que Albus guardaba su varita. Cuando tuviera más experiencia podría volver a ser él mismo sólo con concentración, pero no creía que fuera a funcionar así tan pronto.

-Creo que quiere que le eches un Finite –dijo Seren.

Scorpius asintió y Albus sacó la varita y le apuntó, lanzándole un Finite no verbal. Al momento, Scorpius notó su cuerpo transformándose, vio el suelo alejándose rápidamente de él.

Y se dio cuenta de que estaba completamente desnudo.

Scorpius soltó una exclamación de alarma y se dejó caer en el suelo, cubriéndose con las manos. Seren y Lily dieron un gritito y se giraron a toda prisa, pero Camilla le echó un buen repaso antes de desviar la vista. Urien, Amal y James estallaron en carcajadas histéricas mientras Albus, que parecía dudar entre reírse y horrorizarse, se apresuraba a quitarse la camiseta y agrandarla a toda prisa para dársela. Scorpius estaba seguro de que no se había sentido más abochornado en toda su vida. Pero ¿cómo se le había olvidado que había dejado la ropa atrás? ¿Cómo? Notando las mejillas ardiendo, se colocó la camiseta de Albus a toda prisa, consciente de que toda la gente que andaba por allí le había visto, como poco, el culo. Albus se sentó sobre sus talones, a su lado.

-¿Cómo se te ocurre decirme que te transforme si estabas en pelotas? –exclamó, ahora con un poco de risa floja.

Scorpius ocultó la cara en su hombro.

-Quiero morirme –gimió.

Albus le acarició afectuosamente el pelo.

-Bueno, al menos no tienes nada de lo que avergonzarte.

-¿No? Espera a que mi padre se entere de esto.

Los demás seguían partiéndose de la risa, incluso Seren y Lily, que ya se habían dado la vuelta otra vez. Otros que estaban más alejados también se reían. Scorpius gimió de nuevo. Quizás algún día encontraría todo aquello divertido, pero tendrían que pasar al menos unas cuantas vidas.

Continuará