Buenas.

Después de que no me venía ninguna idea, al fin me decidí por publicar mi primer fic, en esta ocasión, del más grande de los héroes de los videojuegos: Crash Bandicoot.

Tal como lo dice el sumario, la historia a continuación se ambienta después de Tag Team Racing ya que, lo que pasó después, fue una falta de respeto a toda la saga (Crash of the titans y Crash mind over mutant), así que por eso hago como si nunca pasó eso.

Disclaimer: Crash Bandicoot y sus personajes pertenecen a Activision, desgraciadamente. Primero los arruina y luego no hacen más juegos. ¡Que vuelvan a Naughty Dog! O a los que hicieron TwinSanity.


Capítulo 1

Depresión, solución y consejos amorosos

En el Iceberg Lab, no todo era paz y tranquilidad; aunque, la verdad, nunca lo fue. Luego del intento frustrado de apoderarse del parque temático de Von Clutch, el doctor Neo Cortex se sentía más que devastado. Los primeros días después de aquel acontecimiento, el científico permanecía más tiempo echado como un perro ya sea en su habitación (obviamente), en el sofá del living, o en la mesa de la cocina, apoyando sus brazos y sobre estos su gran cabeza. Apenas pronunciaba palabra ante las constantes palabras de ánimo de sus colegas, pero simplemente decía "déjenme solo", aguantándose de mandarlos al diablo.

Incluso Nina trataba de levantarle el ánimo prometiéndole que no habrá más errores para la próxima vez. Sin embargo, por el estado de depresión en el que estaba, a él le costaba creer en las palabras de su sobrina. A pesar de todo, según los demás miembros del N Team, tener a un Cortex depresivo era mejor que el normal, en el cual tenía un mal carácter y actitud altanera. Pese a ese lado bueno del problema, los científicos tendrían que recuperarlo a pesar de que se arrepentirían después por ello.

—¿Qué podemos hacer, eh? —preguntó Nefarious Tropy dando inicio a la reunión a espaldas del hombre amarillento en el apenas iluminado living. Sus compañeros, Nitrus Brio y N. Gin, permanecieron pensativos y tardaron en responder.

—Pues… —inició con inseguridad en su voz el cyborg experto en robótica, justamente—. Podríamos pensar en algún plan para deshacernos de una vez por todas de Crash Bandicoot.

—Sí… —gruñó el hombre azulado—. Puede ser, pero no se me ocurre nada.

—Digo lo mismo, T-T-T-Tropy —acompañó el calvo—. A menos que…

—¿Qué? —dijeron o más bien lo gritaron los cyborg al unísono.

—Que le paguemos otra sesión con el psi-psi-psi-psicólogo.

Ante eso, sólo se escuchó un gruñido por parte del maestro del tiempo, demostrando así que estaba totalmente en contra de esa propuesta, así como el hombre del misil en la cabeza. Recordando viejos tiempos, en el que Neo tuvo su primera sesión, las cosas resultaron peor para este y todo por culpa del famoso Bandicoot. Ni siquiera ellos se enteraron por las palabras de él mismo sobre su encuentro con el marsupial mutante, sino que por el terapeuta.

—Disculpa, pero Neo quedó aún más traumado después de confiar en que ese bichejo lo atrapara en ese estúpido ejercicio de confianza. ¡No! Ni creas que lo enviaremos de nuevo. ¿Quién sabe cómo quedará después de esa sesión? ¡Es un no y es definitivo! —decidió el hombre de la armadura levantando la voz.

N. Gin y Brio se quedaron con una expresión de qué carajos en sus rostros a la reacción agresiva y pesimista de su colega. En parte, él tenía algo de razón pero los planes se agotaban y debían buscar una solución rápida, aunque no fuera siempre la mejor. Los tres científicos permanecieron un buen rato en silencio, tanto que parecía que estaban logrando un desafío, hasta que cada uno llegó a un acuerdo.

—¿Y si esta vez acompañamos a Co-Co-Co-Cortex durante la sesión?

—¿Para que no vuelva a ocurrir lo mismo? —preguntó N. Gin, con lo que obtuvo un gestual por parte del antiguo barman.

—¡Está bien! —respondió de mala gana el hombre armado con un diapasón gigante, a pesar de sus malos presentimientos.

Ahora que ya tenían un plan, Nefarious, Nitrus y quien nunca reveló su nombre de pila debían dar marcha a la segunda fase del mismo, el cual consistía en llamar al especialista y fijar una cita. Así que, con esto, Neo debía ir obligadamente, así como el odioso Bandicoot. Para esto debían repartirse las tareas, aunque algunas no sean muy equitativas:

* Uno de ellos debía fijar la cita,

* Otro, contaría las novedades a Cortex, y

* El que queda, debía ir a territorio enemigo para avisarle al mutante.

Cada uno de estos ítems fue escrito en tres papelitos para hacer un sorteo antes de que las discusiones aparezcan. El hombre azulado fue quien tuvo el honor de preparar todo y de revolver los bollitos de papel usando sus manos. Como siempre dejaban de lado al pobre N. Gin, Tropy eligió a Brio para que sea el primero que saque una de las tareas. Él lo desenrolló con temor como si se tratara de algún explosivo y, luego de tragar saliva, suspiró aliviado.

—Me toca avisarle a Co-Co-Co-Cortex.

—Tu turno, N. Gin —le dijo el de los relojes con toda la seriedad del mundo, aunque en su interior, deseaba que le tocara la tarea más fea.

—Aquí voy —musitó el del ojo robótico y comenzó a desplegar el bollito elegido también con cuidado. Cuando sus compañeros de repente vieron su expresión de pánico, sonrieron siniestramente—. ¡No! ¡Avisarle a Crash!

El de los tornillos y el de la peculiar barba oriental carcajearon al ver la exagerada reacción del ex pelirrojo al saber sobre su tarea: cayó de rodillas y se sujetó su cabeza lanzando un grito de horror. Ellos sabían bien que no había otra forma más que ir personalmente hacia la isla N. Sanity y posiblemente no serían bien recibidos por obvias razones. Demasiados años tratando de sencillamente matar a todos los aliados de Crash que, por supuesto, estos últimos guardarían rencor.

Fue un milagro de los dioses, o de quién sea, que el mutante no hablante fuera aquella primera vez a esa terapia y, que al final, no resolvió nada. Mientras que el del misil en la cabeza maldecía su suerte, sus socios debían animarlo a que cumpla con su misión a pesar de que disfrutaban verlo sufrir. Lo llamaban repetidas veces para captar su atención y, sin embargo, él estaban tan ensimismado en su méndiga suerte.

—¡N. Gin! —gritó tan fuerte Tropy y el nombrado no tuvo otra que parar su escándalo—. ¿Por qué te preocupas tanto? Vas y le avisas. No es tan difícil.

—Pero seguramente pensarán que es una trampa y no tengo defensas contra esa máscara mágica. ¡No! No quiero ir. Aunque, por las dudas, voy armado.

—Pero no tienes que ser tan pe-pe-pesimista. Además, allí va estar Coco —dijo Brio con una sonrisa sospechosa. Ante ese comentario, el experto en robótica lo miró con extrañeza—. Vamos, si ya nos dimos cuenta de cómo la miras a la pobre chica.

—Ustedes están locos —gruñó el creador de los asistentes de laboratorio en su defensa.

—Para nada —comenzó diciendo el azulado—. Tal vez no te des cuenta, pero miras a esa peste como un oso a la miel; totalmente… totalmente embobado.

Con cada palabra que escupía el hombre de la armadura, el de media cara metálica apretaba cada vez más los dientes así como sus puños por la furia que sentía.

—Bueno, siempre tiene esa cara de bobo —agregó el calvo entre risas.

—¡Ya basta! —gritó intentado cortar las burlas de sus colegas—. ¡Todo eso es mentira!

—Está bien, está bien —dijo el más alto de ellos, tratando de volver a la seriedad—. Y no deberías enfadarte tanto. Ya sabes que te dolerá la cabeza.

—¡Ya me está doliendo! Iré a buscar las pastillas —rezongó y con eso, se alejó de sus compañeros.

Mientras que los científicos se morían de la risa, sabían bien que no podían permanecer más tiempo así, entonces el cyborg de los relojes fue a cumplir su parte del trato y se dirigió al teléfono más cercano. Brio por ahora no podía hacer su tarea designada, sin embargo, pensaba sobre cómo se lo dirá a Neo y también algunas ideas que puedan convencerlo de asistir. Fue así que cada uno de los integrantes del N Team se fue por su camino.

Al día siguiente, durante el desayuno, cada uno estaba en lo suyo pero todo esto fue interrumpido cuando apareció Cortex con la apariencia de un vagabundo. Sin mediar palabra, él se sentó a la mesa y, en lugar de comer algo, apoyó su cabeza en la mesa y lanzó un resoplido. Sí, al amarillento le hacían falta unas clases de buenos modales, mas era de más urgencia un buen baño. Nadie abrió la boca más que para comer pues ya sabían que el de la marca en la frente les respondería como siempre.

Los que estaban más próximos a él, se apresuraron por terminar de desayunar para librarse de la mala onda y del mal olor del creador del Cortex Vortex. La situación necesitaba de medidas extremas y no debían dejar pasar más tiempo por el bien de todos. Eso fue lo que los llevó a Tropy, Brio y N. Gin a reunirse lo más pronto posible. Ellos aprovecharon que el depresivo se fuera a instalarse en el sillón para juntarse en la cocina.

Una vez que se fijaron que cierto amarillento no los oiría, Nefarious comentó que le fue algo complicado pero que ya tenía una fecha fijada para la segunda sesión. El día en cuestión sería en tres días, precisamente un viernes, así que ya era tiempo para que se puedan llevar a cabo las siguientes tareas. Por eso, quien tenía que viajar obligadamente hacia la isla N. Sanity debía partir cuanto antes. Fue entonces que, con una cara de pocos amigos, el cyborg del misil en la cabeza se preparó para irse.

—¿A dónde vas? —preguntó Nina canturreando, apoyada en el marco de la puerta de la habitación del ex pelirrojo—. ¿Puedo ir? Es que aquí estoy tan aburrida.

—No lo sé, Nina. Creo que deberías avisarle a tu tío primero ya que iré a la isla N. Sanity.

—¿Mi tío? Pero si parece un zombi. No se dará cuenta si estoy o no. Espera, ¿has dicho N. Sanity? ¿Por qué hacia allá?

—Porque tengo que avisarle a Crash que asista a una nueva sesión con tu tío —comentó desanimado. La chica carcajeó.

—¿Acaso creen que eso le va a ayudar? A mí me parece que necesita una terapia más fuerte, como la de electroshock —bromeó la de las manos metálicas.

—Qué graciosa —exclamó sarcásticamente el científico—. Bueno, antes de que lleves a cabo tu idea, mejor dejo que me acompañes.

—¡Sí! —gritó y saltó la adolescente feliz como lombriz y así se alejó del cyborg.

Al cabo de unos minutos, N. Gin y la manipuladora chica azulada ya estaban listos y se tele-transportaron hacia el acorazado propiedad del primero para continuar el viaje por mar. Por suerte, aquel navío portador de todas las armas estaba casi cerca del puerto indígena así que más o menos les tomaría un día en llegar. A Nina le gustaba estar en ese lugar que en el sombrío laboratorio antártico. Por un momento, ella se olvidaría del frío polar aunque ya estaba acostumbrada, sin embargo, le venía bien unas vacaciones en todo sentido.

Por otro lado, el acorazado era el único lugar en donde N. Gin era él mismo y no el maltratado asistente del N Team, a pesar de que ellos cuatro tenían la misma preparación académica. Mientras el almirante ponía todo en marcha en la sala de controles, la sobrina de Cortex comenzó a hablar tanto que parecía que sería su última conversación. Sobre la escuela, sus compañeros, algunas anécdotas graciosas y también de varias quejas se trataba de lo que hablaba la chica y el integrante del N Team respondía poco y nada.

En sí, el científico estaba acostumbrado a esta clase de actitud de la morena al pasar tiempo cuidándola de hace tantos años pero, en esta ocasión, parecía que la cabeza le iba a estallar por escuchar tanto esa vocecita aguda. El milagro se hizo presente, apareciendo en una de tantas pantallas que había en la sala, y fue allí que su cocinero le tenía noticias importantes:

—La cena está servida, almirante.

Ante eso, el susodicho sin mediar palabra, salió corriendo de la habitación dejando a la estudiante de la Academia hablando sola.

"¿Pero, acaso tenía tanta hambre?", se preguntó ella para sus adentros y sin embargo la respuesta se debía a que él quería salir de ese lugar porque estaba enloqueciendo.

Por supuesto, Nina también se dirigió a la cocina aunque no con la misma energía que su compañero de equipo. Aun ella tenía un tema para hablarle, algo que tal vez interrumpa los planes que tenían los científicos para su tío. Al llegar a dicho lugar, luego de cruzarse en el camino con algunos rinocerontes, ella notó que el almirante aun no tocaba su cena, dando a saber que la estaba esperando. Durante el mismo, la chica por fin pudo decir lo que tenía en mente.

—Pero, Nina —comenzó diciendo el del ojo mecánico—. Habíamos acordado que todos teníamos que acompañar a tu tío durante la sesión con el terapeuta. ¿Acaso no puede ser otro día?

—No, no y no. Es el último día; ya no va a haber más hasta el año próximo —respondió ella negando con la cabeza—. Recuerda lo que te dije: si tú no me acompañas, me tendré que escapar. Además, ya le dije a mi tío que tendrías que acompañarme y por eso te cambié el look. Si no vas y me pasa algo, será tu responsabilidad.

Ahora sí, Nina lo tenía entre la espada y la pared: él debía obedecerla como antes lo había hecho y por eso ella, no solo contenta por salirse con la suya, sino que le cambió su apariencia para adecuarse un poco más al evento que quería ella asistir. Al comprometerse con esto, él no podría ayudar a Neo con sus problemas y esto justamente le traería problemas con sus socios. Sin embargo, más grave se pondría el asunto si se negaba a ir, así que no tenía otra alternativa que rendirse a la chica azulada.

—Está bien, Nina —decidió con desánimo —. Iremos al festival de duro metal en Sídney.

—¡Sí! —gritó ella otra vez de alegría.

—Pero cuando termine, quiero volver a ser el mismo de antes.

Ella lo escuchó pero nada borraba la sonrisa que tenía en su rostro.

Al día siguiente en altamar, tan sólo faltaban horas para encontrarse cara a cara con los Bandicoot y esto ponía muy intranquilo al almirante. Como boba adolescente, la única chica en la nave malinterpretó esto y comenzó a mirarlo con una sonrisa algo extraña. El cyborg de medio rostro metálico percibió esto y supuso que las intenciones de ella no eran buenas. Además, también pensó que se vendría una discusión por nada.

—¿Estás así porque vas a ver a Coco? —preguntó la chica después de un buen rato de intercambio de miradas.

"Maldita sea, no esto de nuevo", pensó el doctor especialista en artefactos. No quiso seguirle el juego y sólo le mostró una mirada asesina.

—Porque quisiera ayudarte esta vez —agregó y se quedó pensando—. Ella nunca sabrá lo que sientes si no lo demuestras. ¿Por qué no le llevas un regalo? A ver… ¿Qué le gustará? ¡Ya sé! Obséquiale algún gadget, un Smartphone o algo así.

—Sí, para que me lo tire por la cabeza, no gracias. Nina, ¿acaso no sabes qué soy yo?

—No sé, ¿alguien con la autoestima por el piso? —respondió sonriendo.

—Muy graciosa, pero sabes, ahora no tengo tiempo para esto.

—¿Por qué?

—Porque ya llegamos.


Próximo capítulo: cuando menos lo esperen. *risas siniestras*