Despedida

Tenía miedo.

Mikaela escuchaba a sus padres gritándose entre sí palabras en un idioma que le era desconocido con tal ferocidad que su cuerpo temblaba. Habían empezado muy temprano, antes de la salida del sol, y ya siendo casi medio día seguían peleando con la misma intensidad. En algún momento sintió como una dura mano le jalaba del cuello hasta meterlo en el asiento trasero del carro que su padre conducía erráticamente mientras su madre, sentada a su lado, lo sacudía con violencia cada vez que se movía.

Nunca lo dejaban salir de su casa a menos que fuera estrictamente necesario y ciertamente no recordaba una sola vez en la cual lo dejaran subirse al carro. Se trataba por un lado de una experiencia fascinante al ver la rapidez con la cual el paisaje cambiaba en su ventana al mismo tiempo que un mal presentimiento se extendía a lo largo de su ser.

Decidido a ignorar esa sensación decidió ser obediente y, completamente inmóvil, se quedó contemplado como los edificios poco a poco eran remplazados por arboles. Fue una tarea dura debido a lo brusco del viaje, los ruidos de los otros carros y el hecho de que tenía que sujetarse de vez en cuando con fuerza del asiento delantero cuando el vehículo disminuía bruscamente la velocidad. Casi podía escuchar una voz en su cabeza diciéndole que no era normal que fuera el único que no tuviera puesta esa correa que sus padres usaban y parecían hacerlos inmunes a esos cambios.

Sin embargo no era la primera vez que ellos poseían o hacían algo diferente por lo que prefirió dedicarse a pensar en el motivo del repentino viaje. Siempre que salía debía de hacerlo siguiendo unas reglas muy estrictas que lo obligaban a recitar antes de poner un pie fuera de la casa; la idea de que en esta ocasión fuera distinto le hizo pensar que quizás ahora lo estaban poniendo a prueba para ver si era capaz de seguirlas.

La idea de que sus padres confiaran en él hizo que una tímida sonrisa se formara en su rostro mientras mentalmente recitaba las reglas para asegurarse de no decepcionarlos y, quizás, de esa forma ganarse mas salidas. Debía ser obediente, permanecer callado cuando no le pidieran hablar evitando siempre preguntas demasiado curiosas, sonreír cuando le preguntaran sobre sus padres y nunca acercarse demasiado a otros niños. Ocasionalmente le pedían que mintiera acerca de lo que sus vecinos denominaban "ruidos sospechosos".

Le entristecía no poder jugar como lo hacían los niños que veía al asomarse secretamente desde la ventana de la sala pero estaba seguro que todo lo que tenía que hacer era demostrar lo bueno que él era. De seguro eso fue lo que ellos tuvieron que hacer antes de permitirles salir con tanta frecuencia.

Tan perdido estaba en sus pensamientos que se sorprendió ante el repentino silencio entre sus padres y la extraña mirada que compartieron antes de que su padre aumentara la velocidad del carro. Su madre poseía esta extraña sonrisa que colocaba antes de hacer algo que lo lastimaba cuando lo tocó en el hombro con una mano mientras la otra se extendía por encima de su cabeza abriendo la puerta.

– Desaparece.

Fue lo único que dijo antes de empujarlo haciéndolo salir del carro rodando varios metros por la dura y solitaria carretera. Confundido, adolorido, miró como el carro seguía alejándose sin disminuir en ningún momento la velocidad. Lagrimas comenzaron a formarse en sus ojos cuando se dio cuenta de que no volverían por él y lentamente intentó sentarse únicamente logrando lastimarse aun mas cuando su delgados brazos no pudieron soportar su peso.

Ahora entendía la razón de su miedo. No se trató de una pelea ordinaria la que habían estado teniendo todo el día, ellos estuvieron planeando la mejor forma de deshacerse de él.

Para cuando otro vehículo apareció en aquella solitaria carretera Mikaela seguía inmóvil debido a un tipo de dolor diferente al que el conductor que intentó ayudarlo creía. A pesar de ser muy duros y nunca estar contentos con lo que hacía, en el fondo siempre pensó que si los contentaba llegaría el día en que lo tratarían de la misma forma que los otros adultos en la ventana lo hacían con los otros niños.

La forma como se enteró de que nunca recibiera por parte de ellos una sonrisa dulce, una felicitación o un abrazo le resultaba más insoportable que cualquier herida física.

….


¿Hola?

Si se preguntan porque publiqué esto la razón simple: quería escribir algo sobre Mikaela y los dos globos de dialogo en el manga sobre su vida antes de llegar al orfanato fueron lo primero que se me vino a la mente.

La idea de la discusión en otro idioma de sus padres resultó de un comentario que leí, hace mucho, sobre como Mikaela tanto de nombre como de apariencia resultaba de ascendencia extranjera y me gustó.