"I want to see you
As you are now
Every single day
That I am living

Painted in flames
All peeling thunder
Be the lightning in me
That strikes relentless."

"Quiero verte/ tal y como estás ahora/ Cada uno de los días/ que yo viva:

Pintado en llamas/ Pelando la tormenta/ Siendo el rayo en mí/ Que golpea implacable."

The lightning strike - Snow Patrol


Era un día cualquiera. Con el café de siempre, las conversaciones triviales de la gente, el olor a asfalto que impregnaba toda Tokio. Una calurosa mañana de Mayo, como fue ayer, y antes de ayer, y las mañanas de la semana pasada.

El mismo vagón, la misma camisa blanca remangada hasta los codos. La misma colonia. Las mismas caras en el periódico. La misma mirada cansada. No había nada en aquel día que hiciese pensar a Akaashi Keiji que sería diferente.

En verdad, no había habido nada en aquellos últimos meses que le provocase un atisbo de ilusión. Todo era lo mismo, diariamente: Ir, hacer su trabajo en el gabinete de prensa, volver. Tal vez ver la televisión. Tal vez pedir una pizza, para luego acostarse y comenzar de nuevo. "Esta es la vida que elegiste al dedicarte a esto." Se repetía cada cierto tiempo, cuando su cansancio era mayor de lo normal.

Había cumplido los 26 hace un par de meses, y su madre ya le había dicho alguna que otra vez que "ya era hora de sentar la cabeza." Pero la verdad es que Akaashi Keiji no la había, ni siquiera, levantado nunca. Cuando miraba hacia atrás, se daba cuenta de que había invertido toda su juventud en estudiar, ser respetuoso, dar lo que la gente esperase de él.

Ni un solo amor. Ni una sola novia. Ni una sola borrachera.

Inspiró. Odiaba el olor del metro en hora punta. Odiaba tantas cosas de su día a día que había aprendido a tomar aire y vivir entre su propia mierda. "Tú te lo has buscado, no haber elegido esto." Volvía a murmurar, cuando era la tristeza quien aumentaba el calor. Y es que, más allá de los gabinetes de prensa y las noticias de última hora, lo que a Akaashi en verdad le interesaba era la pintura.

Pintar como forma de expresarse. Amaba observar los grandes cuadros y recibir mensajes sin medio de palabras. Le impresionaba como cuatro líneas negras, un garabato en el papel, una simple mezcla de color… era capaz de decirle tanto. Sus padres, sin embargo, nunca aceptaron ese futuro para su hijo. "Ya tienes edad, no eres un bohemio."

Y él lo aceptó. Porque eso es lo que se supone que hacen los buenos hijos. Se cercioró de que no tenía talento. Era un sueño imposible. Era una temeridad. "La vida no va sobre estas cosas" y varios etc que oyó durante años.

Un día tiró los pinceles a la basura. "Menuda tontería." Musitó. Y desde entonces, su día a día eran los cafés, ese olor a colonia, esas caras en el periódico.

Ese calor de Mayo.

Ese vagón de Metro.

Esa sonrisa falsa que llevaba cada mañana.

Finalmente, el tren llegó a su parada. Y fue justo saliendo del vagón cuando un individuo, que intentaba también salir, presa del pánico de llegar tarde a dónde-coño-fuese, lo abordó por la derecha. Lo próximo que recuerda son todos sus papeles por el suelo.


Fue un choque frontal. La gente va por Tokio sin mirar por dónde pisan.

El café helado de Akaashi resbaló de su mano y fue a parar a sus zapatos de marca negros. Las hojas de sus últimas crónicas empezaron a volar de la carpeta, a la deriva de la poca brisa de la mañana. Y si ya hacía calor fuera, la ira que crecía repentinamente en su interior debía de ser mayor que la temperatura del infierno. Su cara permaneció congelada ante la sorpresa.

Esperó una disculpa inmediata. Esperó una disculpa tras varios segundos. Esperó una disculpa, hasta que se dio cuenta de que el hombre en cuestión ni siquiera se había dado cuenta del error que había sido tirarle el café por encima a Akaashi Keiji, justo en un día como hoy.

"Tch, mira por dónde vas, ¡gilipollas!" Fue lo único capaz de decir. La última palabra sonó brusca en su boca. No estaba muy acostumbrado a perjurar, pero en situaciones como ésta su educación podía tomarse un respiro.

La figura del hombre paró en seco, dándose la vuelta lentamente, con unos ojos abiertos de par en par debido a la estupefacción.

Y en ese instante, Akaashi vio al ser más extraño, estúpido y fuera-de-lugar que había visto nunca en aquel aburrido vagón.


Chaqueta de béisbol negra, pantalones tipo baggy, zapatillas deportivas que en algún tiempo fueron blancas, pero que ahora eran marrones. El pelo teñido de blanco, peinado hacia arriba, con raíces oscuras. Los ojos de un marrón avellana. Un párpado más caído que otro.

Cualquiera diría que nuestro amigo volvía de alguna fiesta de 4 noches, pero no, a juzgar por la cantidad de papeles que portaba en sus manos. Keiji los observó con detenimiento, mientras permanecía parado, esperando el perdón que nunca llegaba.

Bocetos. Dibujos. Caricaturas. Eran pinturas de paisajes, de la estación de Metro, de la calle de al lado.

"Son bonitos." Pensó. En verdad, había algo bello en el aura del otro chico. Ya casi había olvidado la ira que había nacido en su interior.

"¡¿He sido yo?!" – Preguntó el bohemio alzando la voz, provocando las miradas de todo el andén. -¿¡Yo te he tirado eso!? P-perdona tío, no voy ni por donde miro, tenía prisa…"

Akaashi alzó una ceja.

"… No soy de por aquí… no estoy acostumbrado a coger el Metro tan a menudo… jeje… P-pero tranqui, hermano, te juro por mi madre que ahora mismo te limpio el café, te recojo los papeles... y lo arreglamos todo… y así me puedo largar…"

Sin moverse, Akaashi esperó a que el chico limpiase con un clínex sucios sus zapatos brillantes. Casi se sintió mal, aunque no podía evitar sonreír.

"¿Son tuyos? Los bocetos."

El del pelo blanco levantó la mirada y mostró una amplia sonrisa, como si hubiera ya olvidado toda la situación anterior. "Sí, ¿te gustan?" Los ojos le brillaban como dos estrellas.

Tenía algunas pecas. Era una belleza extraña. Akaashi tosió e intentó callar sus pensamientos. "Qué demonios te pasa, Keiji."

"Están bien."

El pintor fue a decir algo, pero la megafonía de la estación les sacó de la conversación. Con un respingo, cogió sus pinturas y echó a correr.

Antes de ni siquiera darse cuenta. Todo el mundo se había desvanecido. Y allí estaba Akaashi Keiji, una aburrida mañana cualquiera de un aburrido día cualquiera.

"Si al menos le hubiese preguntado su nombre…"