"Just for a minute

The silver forked sky

Lit you up like a star

That I will follow."

"Sólo por un minuto/ el bifurcado cielo plateado/ te ilumina como la estrella/ a la que yo seguiré."

The lightning strike - Snow Patrol


Y pasaron los días, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. Y, por alguna extraña razón que ni él mismo quería preguntarse, Akaashi empezó a buscar cada mañana aquellas pecas, aquella mirada, aquel pelo que apestaba a gomina entre los tipos del vagón.

Pero allí no había nadie (Aunque había mucha gente). Y entonces bajaba la mirada y miraba el periódico, cruzando los dedos por si acaso el tren volvía a parar, y al salir algún desgraciado tirase su café a sus zapatos de marca y ese alguien fuese el estúpido del pelo blanco al que no dejaba de pensar cada jodido segundo de su aburrida vida desde que lo vio por primera vez.

"No puede ser tan difícil. Es cuestión de probabilidades." Se repetía. "Tarde o temprano aparecerá."

Y pasó un lunes.

Y pasaron más lunes.

Y al quinto lunes desistió.

Se sentía enfadado consigo mismo. "Qué demonios, ese estúpido me tiró el café por encima. Se hizo el loco, y encima parece que ahora necesito verlo de nuevo. Bah. Menudo don nadie."

(Porque los bohemios son don nadies. Porque sólo un don nadie se dedicaría a la pintura. Porque sus padres detestaban a los don nadies a los que Keiji siempre amó).


"Últimamente estás más insoportable de lo normal." Su compañero de despacho, Kuroo Tetsurou, parecía más estresado de costumbre, pese a que lo máximo que llegaba a trabajar diariamente era en superar el siguiente nivel del Candy Crush Saga. Ambos formaban un tándem bastante eficaz en el terreno del periodismo: Akaashi redactaba, Kuroo traía las fotos. La teoría era equitativa, perfecta. ¿La práctica? Akaashi redactaba, Kuroo traía las fotos más allá de la fecha límite, tras una gran bronca del jefe, provocándole problemas y quebraderos de cabeza a media empresa.

¿Qué hacía allí? Nadie lo sabía. ¿Cómo había llegado hasta tal importante puesto? Era un gran misterio. Sin embargo, Akaashi había establecido una sincera relación de amistad, y hasta había empezado a sentir cariño por su desastroso compañero.

"Ni que en esta empresa hubiese algo soportable." Pudo notar la sonrisa de Tetsurou detrás suya. "Touché."

Pese a todo, llevaba parte de razón. Las noticias se le escapaban de las manos. Muchas cosas por hacer, poco tiempo para hacerlas. Y si algo le estresaba más a Akaashi Keiji que el trabajo, era el trabajo mal hecho.

"Por cierto, Kuroo. Recuerda que mañana tenemos la fecha límite para entregar la noticia del accidente de autobús… ya sabes, el del martes pasado. Espero que tengas las imágenes preparadas ya. No quiero volver a aguantar otra bronca por tu culp-"

"Tranquilo, hombre, tranquilo. Te voy a dar la razón: no tengo ninguna imagen."

Pudo sentir un nudo en el estómago haciéndose cada vez más grande. Se cruzó de brazos, notando como su demonio interior despertaba de un largo letargo. "Voy a cometer un puto crimen aquí mismo, y Kuroo Tetsurou va a ser el nombre de la víctima."

Sonaron tres toques en la puerta del despacho.

"Pero eso no quiere decir que no tenga nada…" Sonrió el otro chico mientras se levantaba a abrirla. "Siempre nos están dando la tabarra con que innovemos, ¿verdad? Pues he innovado. No he traído una foto, ¡He traído un dibujo! Resulta que un artista vio el accidente y pintó una cosa muy bonita. Bueno, bonita bonita no, pero interesante sí. Espero que no nos cobre mucho por usar esta mierda, pero bueno, se le veía buen chico así qu- ¡HOMBRE! ¡Mira, hablando del Rey de Roma! Akaashi, te presento a nuestro salvador."

Y vaya si era el salvador.

Ante los ojos de Akaashi, parecía que estaba viendo al mismísimo Jesucristo.

Apretó sus dedos contra la silla, intentando despertarse. Porque debía de estar soñando.

"No puede estar pasándome esto a mí."


"No puede estar pasándome esto a mí."

Un artista debe de saber reconocer la calidad de la belleza de cada persona. Da igual si son hombres, mujeres, o gallinas. Y vaya, el pequeño hombre con el que había chocado hace 3 semanas era un sujeto bastante bello.

Lo había buscado en la estación.

Lo buscó un martes.

Lo buscó otro.

Al siguiente, desistió. Porque había muchos peces en el mar, y a Bokuto Koutarou nunca le faltaron redes. Pero cada mañana, sentado en el mismo banco del parque, apurando el último cigarrillo que había encontrado por ahí, volvía a pensar en el sujeto de la camisa enrollada hasta los codos. Y sonreía.

Seguro que era un rico empresario. Un niñito de papá que no sabría distinguir un Picasso de un Sorolla. Pero bah, qué más daba eso ya, si no volvería a verlo jamás.

(Aunque él quería verlo, sin saber muy bien por qué).

Era dura la vida del estudiante de arte. Compartía piso con otros tres chicos de la Universidad (Uno, parecía un hobbit sacado de la Tierra Media, se gastaba medio bote de gel para levantarse el mechón de pelo amarillo de su frente; otro, en cambio, prefería raparse la cabeza entera; y el último, era un pijo que nadie sabía qué hacía ahí, pero ahí estaba, con su estúpida sonrisa de anuncio y un egocentrismo absurdo), pero entre ambos apenas sacaban dinero para empezar a comer y cenar cosas dignas, propias de un ser humano y no de una granja de vacas.

Debido a esto, y por otras cuestiones de la vida, Koutaro empezó a vender sus pinturas. Se sentaba en aquel parque, sacaba su mejor sonrisa y comenzaba a pintar a la gente.

Pintaba chicas guapísimas. Perros, palomas. También pintaba niños, borrachos, ancianos que echaban pan al estanque.

La mañana siempre empezaba radiante, con el optimista pintor dando saltitos de alegría.

Al atardecer, sin embargo, se arrastraba hasta casa, deprimido y con nada de dinero nuevo en los bolsillos.

Por eso, cuando el indomable Kuroo Tetsurou le compró una de sus ilustraciones a cambio de un cigarrillo y un par de billetes (No había visto tantos juntos desde que su compañero Tooru ganó una apuesta por aguantar más de 1 minuto con la cabeza sumergida en el váter), no pudo hacer otra cosa que aceptarlo. Hasta él mismo le llevaría el dichoso dibujo hasta la empresa. "Qué menos, soy pobre pero honrado."

Lo que no se esperaba era darse de bruces contra el empresario niño de papá de los zapatos nuevos, pálido como la nieve, con los ojos clavados en él.

Y, pese a que la situación era patética, deseó por un momento que esos ojos lo mirasen (aunque fuese con tal cara de horror) por toda la eternidad.