Winglock!

Disclaimer: los personajes no me pertenecen, son producto de Sir Arthur Conan Doyle y de la adaptación de la BBC. Yo juego con ellos sin ánimo de lucro :)

Este fanfic participa en el Rally "The game is on!" del foro I am sherlocked.

Beta: La maravillosa Lolaarlo

Consultores, ¿¡cual es nuestro oficio?!


Wings

— ¿Estás seguro de que quieres hacer esto, John?

—Morirán si no lo hago.

John se puso el pasamontañas sobre la cabeza y el casco. Después saltó y echó a volar, dejando a Sholto en la tienda de control.

Llevaba tres años en Afganistán, en la guerra, luchando junto a sus camaradas. Contra el deseo de su familia, se había enrolado al ejercito británico después de terminar sus estudios en medicina. Su madre y Harry habían demostrado lo muy consternadas que estaban ante semejante decisión, pero sabían lo terco que era el chico, así que no les sorprendió verle la mañana del reclutamiento oficial, con un petate de ropa y sus pertenencias al hombro, y una expresión serena en el rostro. Se despidieron de él con lágrimas en los ojos. Sabían que John no era normal. Tras entrar en la pubertad, empezó a experimentar algunos cambios. En su espalda, entre los omoplatos, habían aparecido dos pequeños bultos. Sus padres, preocupados, lo habían llevado al hospital, pero el médico solo pudo decirles, en las radiografías, que estaban apareciendo algunas pequeñas deformaciones, alteraciones genéticas en los huesos de la columna vertebral de John. A él no parecía dolerle, y aunque no se descartó que pudiera ser un tumor maligno que pudiera acabar matándole o dejándole secuelas, se decidió que se le harían pruebas periódicas.

El análisis de sangre que se le tomó demostró que había una alteración en su ADN nunca vista con anterioridad. Una revisión completa reveló que poco a poco, iba perdiendo algo de peso, aunque eso no parecía estar afectando a su salud. Una revisión en el oculista reveló que también su vista había cambiado. Necesitaba gafas para ver de cerca, pero su vista a distancia se había aguzado de manera increíble. Aunque eso no lo había dicho, por supuesto. John se había dado cuenta, en alguna parte del proceso, que lo que le pasaba no era normal. Y no quería ser uno de esos chavales a los que, por tener una enfermedad rara, se los llevan y los encerraban como sujeto de pruebas y experimentación. Así que empezó a mentir sobre sus capacidades cuando supo a donde iba todo aquello. Tomaba calmantes para el dolor muscular y óseo durante el crecimiento, y todas las mañanas se encerraba en el baño para comprobar el progreso de aquellos dos bultos que le crecían en la espalda.

Para cuando quiso darse cuenta, tenía dos grandes alas blancas saliendo de su espalda.

Evidentemente, no podía decir nada a nadie. Solo en su familia pudo decirlo, dado que si necesitaba que su madre intercediera por él en algún asunto, como el de las duchas comunes de los chicos tras las sesiones de deporte, era necesario que estuviera al caso y de su lado. Empezó a aprender cómo esconder sus extraordinarios apéndices cuando cumplió los dieciséis. Antes simplemente los doblaba a la espalda, pero cuando crecieron más, empezaron a asomar bajo la ropa. Luego aprendió que podía rodearse el cuerpo con ellas, apretándolas hasta que el bulto que se percibía bajo la ropa era mínimo, y solo parecía que John tenía unos kilitos de más. Así mismo, tenía que evitar las peleas abiertamente físicas, así que se convirtió en un chico tranquilo. Sus huesos no eran frágiles, pero sí más huecos. Pesaba menos, a pesar de todo el músculo que tenía, que muchos de sus compañeros. Y como descubrió que deseaba hacer medicina, se dedicó a estudiar.

Le gustaban las chicas, por supuesto. Y tuvo bastantes novias. Parecía tener éxito con las mujeres. Pero a medida que entraba en el final de la adolescencia, sus hormonas pedían más. Aún así, nunca llegó a tener sexo con ninguna. No podía simplemente ir y decirle a la chica en cuestión que era un engendro con alas. Y hacerlo con camiseta no era una opción. Así que se limitó a encerrarse en su habitación, y desarrollar su imaginación.

Cuando llegó al ejército, se dio cuenta de que tendría que pasar por un examen médico, así que se preparó un discurso de antemano. Que él era un arma que podían usar. Que trabajaría por el país y la Reina. Que era completamente operativo en combate. Y que podía servir como médico, si preferían no mandarlo al frente.

El médico de turno lo miró cuando se quitó la camisa, y vio las alas rodeándole el torso. No pareció sorprendido en absoluto. Era como si lo hiciera todos los días. Abrió un comunicador en la pared, y simplemente dijo: "Avisad al comandante. Tenemos un mejorado".

Luego todo fue bastante confuso. Entraron un par de médicos más, que portaban instrumental que John no había visto jamás en sus años de medicina. Luego miró al médico principal, en busca de respuestas, con las cejas alzadas, pero este simplemente le dio una sonrisa tranquilizadora.

—No se preocupe. Todo va bien. No es el primer caso que vemos.

Después, dos alados entraron por la puerta y John creyó que iba a llorar. Eran un hombre y una mujer, ambos con las alas teñidas del negro del hollín. Uno llevaba el uniforme de comandante, y venía con las manos a la espalda y las alas elegantemente plegadas. No brillaban, no emitían destellos como las de John, que reflejaban la luz. Aunque las llevara escondidas, le gustaba limpiar las plumas, entretenerse en sacarles brillo y ver cuan blancas podían llegar a ser. Recordó que una vez, cuando perdió su primeras plumas, se le cayó una de las primarias, las más grandes. Le había dado una a su hermana, haciendo con ella una pluma con la que pudiera escribir, y otra a su madre, que se hizo un punto de libro. Las demás, John las había guardado en un cuaderno de campo, anotando la edad, la hora, la estación y el peso, cualquier información que pudiera ser relevante en un futuro.

La mujer era una enfermera que se acercó a él con una cinta métrica en las manos.

—Extienda las alas, por favor.

John frunció el ceño. Nunca había hecho eso estando en frente de desconocidos, pero podía identificar una orden cuando la escuchaba. El comandante le miró y asintió.

—Obedece, hijo.

Extendió las alas y las dejó quietas mientras observaba cómo la enfermera y una de las ayudantes la ayudaba a medir con la cinta al envergadura de sus alas de punta a punta, el largo de sus plumas primarias, y luego le midió el torso. Cuando le hizo flexionarlas, chasqueó la lengua.

—Dos metros treinta. No está mal. Pero empiezan a atrofiarse. Me parece que este pájaro no ha volado nunca, señor.

¿Volar? John estaba genuinamente sorprendido. ¿Iba a poder volar? Todo lo que se le ocurrió en ese momento, fue mirarles a la cara y decir:

— ¿No lleváis gafas?

El coronel soltó una carcajada, y se acercó, extendiendo la mano.

—Bienvenido al ejército de Su Majestad, recluta. Hay muchas cosas que debe aprender. Por ahora, me enorgullece decir que ha pasado el examen médico sin problemas. Mi unidad son los FSS, o como le gusta llamarnos a nos demás, los Cuervos. Soy el comandante Sholto, y estará en mi unidad a partir de mañana por la mañana. El entrenamiento empezará dentro de una semana, así que mientras tanto le sugiero que vaya aclimatándose a su estancia en el ejército, y vaya trabajando esos músculos. A partir de ahora va a necesitar esas alas más de lo que cree.


Descubrir que no era el único en el mundo con su "anomalía", le hacía sentirse infinitamente mejor. Allí había personas con las que podía hablar y relacionarse sin miedo a que su secreto fuera descubierto. Ya no era un tema tabú, el tener una malformación genética. Era especial, pero no estaba solo.

Eso había sido junto lo único que había querido siempre John. Tener amigos. Tener confianza. No tener miedo.

Tener una vida normal.

Poco tiempo después, descubrió por qué la unidad de Sholto era llamada como la unidad de los Cuervos, pues para evitar la visibilidad, los soldados en combate cubrían sus alas con hollín. Además, pasaban por un proceso de cirugía ocular durante el entrenamiento, que les libraba de las gafas. Era voluntario, pero era más cómodo que llevar lentillas, así que era la opción más popular. John se sometió también a la cirugía. Había muchos colores para las alas, como John descubrió más tarde en los vestuarios. Había tantas como estrellas en el cielo. Algunas parecían las de un pájaro, otras eran monocromáticas. Pero no había dos iguales. Aunque las de las mujeres solían ser más grandes, las de los hombres, por lo general, tendían a tener patrones complicados o colores muy llamativos.

A pesar de que John se convirtió en un gran Cuervo, prefería quedarse en tierra durante el día, como soldado raso, ayudando en la zona médica. Al poco, se convirtió en el único médico militar de los Cuervos.

Durante el día, los Cuervos permanecían volando con cazas y helicópteros como parte de las SAS, escondiendo las alas como John lo había hecho toda su vida bajo unas protecciones especiales para resguardar los frágiles huesos de las alas de posibles fracturas por fuertes impactos. Una parte importante de ser un Cuervo, era que había que mantener en secreto confidencial la existencia de los alados como miembros activos del ejército británico. De modo que solo actuaban de noche, en misiones especiales, o en casos extremos, durante el día.

John poco a poco se convirtió en el capitán de su pelotón dentro de los Cuervos, y recibió un nuevo mote, además del Tres Continentes por el que solo algunos le conocían. Supuso que el color de sus alas influyó enormemente en ello, también. En cosa de un par de meses, todo el ejército británico conocía el nombre de John Watson.

En ese momento, mientras veía el helicóptero caer en pleno mediodía afgano, no se lo pudo pensar. En la base de los Cuervos solo quedaban el comandante Sholto (pendiente de baja por la pérdida de sus alas en la misión fallida con los reclutas nuevos), Rick, uno de sus compañeros, y él. Así que al ver cómo el proyectil había alcanzado el helicóptero, no se lo pensó. Sabía que corría peligro, y que la misión no era segura, y menos a plena luz, pero saltó junto a Rick para ir a por los ocupantes del helicóptero.

John había sido entrenado para volar con peso y hacer maniobras arriesgadas en el aire, pero coger peso al aire no era su especialidad. Aún así, aceleró el vuelo hasta que atrapó a los dos pilotos. Rick sujetó a otra de las integrantes mientras John descendía en un rápido picado para poner a salvo a los pilotos antes de volver a escoltar a Rick. Mientras ascendía de nuevo, esquivando balas y proyectiles, vio cómo uno volaba en dirección a Rick, y lo empujó para apartarlo de la trayectoria, embistiéndole. Desgraciadamente, el proyectil le atravesó el hombro y le dañó un ala, de modo que empezó a volar erráticamente mientras gritaba de dolor.

No tuvo una caída muy larga hasta que un compañero muy oportuno de los de el pelotón que acababa de llegar, le atrapó en el aire y le cargó durante el descenso, llevándole directo a cirugía. Allí le operaron, y le dijeron que había una buena y una mala noticia. Su ala se recuperaría y podría seguir volando, pero su hombro quedaría inutilizado para levantar grandes pesos. Cuando le trasladaron para que hiciera ejercicios de recuperación para las alas al centro especializado, le detectaron una cojera psicosomática que lo mandó de vuelta a casa.

Así que John yacía ahora boca abajo, en una cama de uno noventa por uno con ocho, en el pequeño e impersonal apartamento que le ofrecía la pensión del ejercito. Había tenido que comprar ropa nueva, dos tallas más grandes de la que solía utilizar, solo para poder ocultar las alas, firmemente envueltas a su alrededor, ceñidas a su cuerpo. Tanto como lo había estado haciendo en sus días en el ejército.

Hasta cierto punto, le molestaba tener que ocultarse de nuevo, preocupándose siempre de si le iban a descubrir o no. Sabiendo que no habría un momento en el día en que podría llegar a un sitio seguro y podría estirarse, charlar con otra gente sin tener que ocultar nada. Poder relacionarse abiertamente con la gente. Poder tener una relación saludable y estable. Hasta ese punto el ejército, a pesar de ser el lugar más tenso, peligroso y horrible del mundo, se había convertido en su hogar.

Ahora no solo tenía una pierna inútil, sino que volvía a tener un secreto.


John volvió al mundo de los mortales de manera progresiva y horrible. El único momento en el que se sentía seguro era en el apartamento, donde podía extender las alas. Había empezado a dormir boca a bajo solo para poder tenerlas extendidas mientras descansaba, esperando que eso fuera suficiente como para que no se dañaran.

Y, semanas más tarde, en su visita al hospital de Bart's, conoció a Sherlock Holmes. El impresionante, petulante e increíble genio de Holmes, que podría descubrir su secreto en cualquier momento.

Compartir piso con él pudo no ser la opción más sensata que John tomara en mucho tiempo, pero el hermano del genio había tenido razón al secuestrarle, recordó. Recordó como lo había mirado, estudiándole de arriba abajo con su mirada de halcón, como evaluando a su presa. John se mantuvo estático. No era la primera vez que pasaba por un interrogatorio, aunque probablemente aquella fuera la última. Se tensó ligeramente cuando los ojos del mayor de los Holmes pasaron sobre su torso, evaluando y midiendo las irregularidades, como si considerara lamentable el estado físico del doctor, teniendo en cuenta dónde y con quién había servido. Mycroft se había jactado de ser poderoso sin siquiera abrir la boca. Se lo había demostrado con el numerito de las cámaras de CCTV y con el coche gubernamental. Ahora, mientras sacaba su libreta negra y consultaba la información que allí había apuntada, John sintió que una vez más, alguien había atravesado sus medidas de protección, y había abierto la brecha.

No sabía cómo, pero Mycroft conocía su secreto.

Las identidades de los miembros de los Cuervos eran documentos extra confidenciales. Junto con su mera existencia, era casi como hablar del área 51 de los americanos, salvo que en este caso, nadie sabía de su existencia. Únicamente los miembros del ejército tenían acceso a esa información, aunque no le sorprendía que un hombre como Mycroft Holmes tuviera el acceso restringido a nada en particular. Reprimió el impulso de mirar hacia abajo, al suelo, y comprobar si alguna pluma se había soltado. Sabía que no. Y eso solo le delataría.

—Usted no se ve atormentado por la guerra, doctor Watson. La echa de menos.

Con estas palabras, John supo exactamente que Mycroft Holmes conocía su secreto, lo quisiera él o no.

Así que se dio la vuelta y volvió al 221B, pensando en cómo arreglaría semejante desaguisado. Una parte de él no quería marcharse de Baker Street, ni alejarse de Sherlock Holmes, pero la otra deseaba volver al ejército, no tener que estar en tensión todo el día pensando en qué pasaría si lo descubrían. Porque eso pasaría, tarde o temprano. Y John lo sabía. No pasaría mucho tiempo antes de que Sherlock lo descubriera, y sería la cosa más absurda: un cambio de jabón, un olor distinto, o las plumas que John tardaba en uno de sus cajones, en un falso fondo. Cualquier cosa podría delatarle si seguía con aquel hombre, en su misma casa.

No pasó ni un día, hasta que John abrió las alas en un entorno civil. Fue cuando siguió a Sherlock hasta la vieja escuela, donde el taxista lo tenía retenido. Como no podía encontrarle, y sabía que a pie las probabilidades eran más bien escasas, subió a una azotea, y echó a volar lo más alto que pudo, aprovechando la oscuridad de la noche y la protección que le brindaban las luces de la calle, que imposibilitaban ver el cielo por encima de ellas debido al fulgor amarillento.

John siempre había visto mejor en la distancia. Los médicos el ejército le habían dicho que había adquirido, con el tiempo, la vista propia de un ave de presa. Y que, gracias a ello, captaba más frecuencias lumínicas. Entre ellas, el ultravioleta, lo que era genial para buscar rastros. Estuvo detrás de cinco taxis londinenses con gente que llevaba el mismo champú que Sherlock, antes de dar con él. Y entonces, sacó su pistola y se posó en la azotea del edificio de enfrente. Entró y, desde una de las plantas, disparó al taxista. Se ocultó cuando Sherlock se volvió para mirar de dónde había salido la bala, y se vistió para poder ocultar sus alas otra vez, bajo el suéter. Una vez abajo, en la calle, se mantuvo lejos de los policías, para evitar así un interrogatorio. Lo último que esperaba, era que Sherlock se acercara a él y le invitara a cenar.

Una vez en el chino, Sherlock terminó sus tallarines y le observó comer con cuidado, paciencia y dedicación, hasta que no hubo más pasta. Sherlock estaba contento por haber resulto el caso, aunque a John no parecía hacerle mucha gracia que hubiera estado a punto de tomarse la pastilla. Ya de vuelta a casa, con las manos en los bolsillos, John volvió la cabeza hacia Sherlock.

—Ibas a tomarte la pastilla, ¿verdad?

Sherlock lo miró, y sacó un cigarrillo del abrigo, junto con un mechero. Se llevó el filtro a los labios, y encendió el tabaco. John le miró. Sabía que Sherlock estaba "dejando" de fumar, pero tampoco se conocían tanto como para que pudiera discutirle un poco de tabaco tras un caso en el que casi había sido sido asesinado. Es más, él también quería uno. ¿Por qué diablos ni iba a hacerlo? Había pasado mucho tiempo desde la última vez.

Sherlock le ofreció el cigarrillo mientras expulsaba el humo, y John le dio una calada. Hizo una mueca ante el amargor y la picazón del humo en su garganta, pero no tosió. Cerró los ojos, y lo mantuvo, hasta que Sherlock se lo pidió de vuelta.

—¿Cuánto ha pasado? —preguntó divertido el otro, mirándole.

John soltó una carcajada.

—Desde la universidad. Dios... ¡había olvidado lo mal que sabe!

Se rieron juntos mientras caminaban hacia la ya visible en la distancia, puerta del 221 B, y fue cuando Sherlock le abrió la puerta, que se dio cuenta de que aquel paso que daría, el atravesar ese umbral, le haría quedarse por mucho tiempo a la sombra de la calle Baker. Se detuvo, mirando el rellano, examinando los goznes, el llamador torcido, las brillantes letras de latón, y el quicio. Apoyó una mano, dando un paso al frente, y miró a su nuevo compañero de piso.

—Entonces... ¿hablamos del alquiler?

La sonrisa del detective le dijo todo lo que necesitaba saber.

—Por supuesto, John.


John llevaba casi un año y medio en Baker Street, y el caso de Moriarty le ponía muy nervioso. Era como si el criminal supiera algo que ellos no sabían, como si fuera veinte pasos por delante de ellos.

John había conseguido mantener sus alas en secreto durante todo ese tiempo, y empezado a convivir de manera normal con Sherlock, o al menos todo lo normal que podía ser la convivencia con un Holmes. Seguía levantándose por las mañanas y a veces oliendo a sangre o a carne chamuscada, y había días en los que la cocina quedaba como zona restringida hasta que pasaban unos días y podía volver a entrar, sabiendo que no morirían en el intento por alguna bacteria peligrosa.

John había seguido durmiendo boca abajo, con las alas extendidas, hasta que descubrió que Sherlock atentaba con entrar en su cuarto mientras dormía. Así que, con el permiso de la buena de la Señora Hudson, colocó un pestillo de seguridad, para que Sherlock no pudiera entrar.

Alguna vez, durante la noche, se había escabullido por su ventana para volar un poco de noche, con su viejo uniforme de los Cuervos, y una capa de hollín en las alas. Aunque eso solo pasaba en las noches de luna nueva, cuando había cielo cubierto, lo que era la mayoría de las noches y días de Londres. También empezó a salir con algunas mujeres, pues sabía que Sherlock le atraía, y no podía simplemente estar toda la vida esperando por alguien que no iba a corresponderle. Así que salió con algunas personas, esperando que quizá algún día descubriera a la adecuada, a la que pudiera contarle la verdad, sintiéndose cómo y aceptado. La mayoría fueron mujeres, aunque una vez hubo un hombre, aunque no duraron ni dos días, y no pasaron de la cena y un par de besos.

Las veces que tuvo sexo, John lo había hecho con la ropa puesta, o con la camiseta encima, y se había ganado fama de dominante, porque tenía que evitar que le tocaran el torso, y para ello solía sujetar a las chicas por las muñecas, cogiéndoles las manos por encima de la cabeza para evitar que se movieran hacia la camiseta. Más de una había roto con él porque se había negado a desnudarse completamente. Algunas pensaron, tras saber que venía de la guerra, que John tenía algún herida grave, o algún trauma, y no podía o no quería que vieran los daños que tenía, y otras simplemente no lo tomaron y lo dejaron.

Otras noches, salía con mujeres a las que únicamente dejaba en la puerta de su casa, y después aprovechaba para pasar la noche fuera con la excusa de la cita, y relajarse. Aclararse las ideas.

Sabía que Sherlock era muy importante para él, no era estúpido. Había matado por él una vez, y casi muerto por él en la piscina, sujetando a un loco mientras estaba envuelto en explosivos, solo para darle al detective una pequeña oportunidad de vivir. En varias ocasiones, había estado también muy cerca de mandarlo todo a la mierda y revelar su secreto, solo para poder salvar a ese idiota entrometido, presuntuoso y egocéntrico de labios perfectos.

Gracias a Dios, en ninguna de esas ocasiones había sido necesario hacerlo.

—John, ¿puedo ver tu cicatriz?

El corazón de John se detuvo un momento mientras ojeaba el periódico, y se quedó tieso.

—Perdona, ¿qué?

Sherlock suspiró como si se estuviera haciendo el espeso a propósito. Puso los ojos en blanco y se movió en el sofá.

—Tu cicatriz, John. La de tu hombro ¿Puedo verla?

John apretó los labios y siguió leyendo el periódico.

— ¿Por qué no te ocupas de Moriarty, en lugar de darme por saco, Sherlock? Ese maníaco sigue suelto.

Sherlock gruñó, sin aceptar el "no" de John. Sabía que seguiría insistiendo, pero devolverle a su ocupación con el criminal le tendría entretenido lo suficiente como para que empezara a olvidarse de observarle el torso.

—Estoy esperando su próximo movimiento, John. Por ahora, mi nuevo caso eres tú. ¿Por qué no puedo verla? Te juro que no la tocaré.

John cerró el periódico, oyendo la tele de la Señora Hudson en la planta baja. Estaba muy, muy nervioso. Había intuido que algo así podría suceder, pero no había esperado que fuera tan pronto.

Se levantó, incómodo, y dejó el periódico sobre la mesa.

—He dicho que no, Sherlock. Es mi última palabra.

El otro estaba a punto de replicar, cuando el móvil sonó. Lo desbloqueó, y abrió el mensaje. Era Molly. Le necesitaban en Bart's. John suspiró, aliviado. Si tenían un caso, Sherlock le dejaría en paz por un rato. Y aunque estaba preocupado por que Sherlock descubriera su secreto, estaba más preocupado por Moriarty y su obsesión con él. Su amigo había estado muy raro últimamente, más después del juicio. Temía que pudiera hacer alguna tontería sin avisarle, lo que sería malditamente propio de él.

Se subieron al primer taxi que pararon en silencio, y John se limitó a pasear la mirada por las calles tras el cristal de la ventana del coche, perdido en sus propios pensamientos. Moriarty estaba jugando con ellos como si fueran juguetes, se reía a su costa, y los movía de un lado a otro según le apetecía. Eran sus marionetas. Pero John esperaba sinceramente que no tuviera ni idea de su condición. Por lo menos tendrían un as en la manga. Era consciente de que si querían ganar a ese loco, tendrían que hacer sacrificios, y cosas que normalmente no estarían dispuestos a hacer, así que John ya había aceptado que tarde o temprano tendría que exponerse, probablemente para salvar el ridículamente obtuso pellejo de su mejor amigo. John estaba dispuesto.

El ángel de Kabul.

John se volvió para mirar a su amigo, y se tensó entero, ciñendo las alas a su alrededor con más fuerza en un movimiento instintivo. Su corazón se saltó un latido. Sentía las manos como algo laxo a su lado, caído y muerto.

— ¿Qué?

—"El ángel de Kabul", así es cómo te llamaban en el ejército, ¿no?

—Sherlock, yo no...

— ¿Por qué no quieres hablar de ello?

—¿Por qué tú sí? —espetó, incómodo. Sabía que hablar de manera agresiva con Sherlock era lo único que funcionaba para hacerle callar, pero ese día no parecía ser suficiente. Ni de casualidad.

—Tal vez porque tus archivos del ejército son confidenciales hasta para mi hermano, y eso no es normal. La mitad de tu expediente ha sido eliminado, John ¿Qué me estás ocultando?

— ¡Ya basta, Sherlock!

El tono militar de John salió junto con su exasperación, y Sherlock se tensó en su asiento.

—¿Es eso una orden? —preguntó, con cierto tono frío. John le ignoró como buenamente pudo.

—Sí, lo es.

Salió del taxi tan pronto como pudo, y se dirigió al laboratorio sin esperarle, siquiera. Aún necesitaba regular el acelerado latido de su corazón. Qué cerca habían estado... Ciertamente, lo peor había sido oír su apodo. Hacía mucho tiempo que no oía ese nombre, y ciertamente no esperaba que saliera en su expediente. Y aunque por sí mismo no daba ninguna información, le dejaba intranquilo que ambos hermanos hubieran indagado en su pasado militar. Tal vez Sherlock había intentado deducir algo sobre él, y al no ser capaz, había pedido acceso a los informes militares y demás fichas. Aún así, se quedaba tranquilo sabiendo que ni siquiera Mycroft "Gobierno Británico" Holmes había sido capaz de acceder a su historial. El ejercito era serio al respecto, por lo menos.

Atravesó las puertas y cuando llegó, se encontró con Molly que le miró, sorprendida.

—¿Y Sherlock?

—Detrás de mí.

Caminó, enfurruñado, hasta una de las sillas del fondo de la habitación. La patóloga lo miró como si tuviera la rabia.

—¿John? ¿Ha pasado algo...?

—No ha pasado nada —gruñó.

Estaba arisco, sí, pero porque tenía miedo. Tenía miedo de ser descubierto. Tenía mucho, mucho miedo de que Sherlock lo echara de su vida. Mucho miedo de lo que pudiera pasar a consecuencia de la verdad.

Sherlock entró tras él, y Molly dejó el laboratorio. Sherlock se sentó en el microscopio, y empezó a mirar unas cuantas placas de Petri. Minutos más tarde, John recibió una horrible llamada. La señora Hudson había sido recogida por la ambulancia, y estaba dirección al hospital, grave.

Pedirle a Sherlock que le acompañara no dio resultado. Y John estaba demasiado tenso como para notar algo raro en el comportamiento del detective, así que salió por la puerta y pidió un taxi, todo su pensamiento concentrado en la buena mujer.

Cuando llegó a Baker y la Señora Hudson fue quien le recibió en la entrada, supo que algo iba terriblemente mal. Con una terrible idea en la cabeza.

Consiguió parar un taxi nada más salir, y volvió a Bart's, con el corazón palpitándole a mil en el pecho. Le envió un mensaje a Sherlock, y luego intentó llamarle, pero no lo cogía. Sentía que le faltaba el aliento a medida que pasaban las calles. ¿Cómo podía no haberlos visto? ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de que algo no iba bien? Sherlock había querido alejarle de allí. Probablemente en ese momento se estaba viendo con aquel loco, o haciendo algo que consideraba demasiado peligroso como para no contárselo.

John tenía que encontrarle, y tenía que ser ya.


—Baja de ahí, Sherlock. Por favor.

Oyó una risa ahogada al otro lado de la línea, y si no le conociera bien, pensaría que estaba... ¿llorando?

—Solo hay un modo de bajar —contestó, y John tuvo que tragar saliva con fuerza.

Las alas de John estaban tensas a su espalda, preparadas para salir. Si ese idiota se atrevía a saltar, John saltaría a por él. Hacía años que no cargaba peso extra durante un vuelo, y menos si tenía que cogerlo como un fardo en plena caída. La fuerza que tendría que hacer podía ser demasiada para que su hombro lo resistiera, pero qué demonios. No podía simplemente ignorarlo. No podía dejarle caer.

—Si esto es algún absurdo plan para que te deje ver mi hombro o te explique por qué mi expediente es confidencial...

John empezó a generar una ruta de vuelo mental. Sería difícil despegar desde el suelo sin poder correr un poco antes, después de una falta tan prolongada de entrenamiento, pero no imposible. Simplemente tendría que saltar un poco más de lo habitual, y batir las alas con más fuerza.

—No tiene nada que ver con eso. Tus secretos están a salvo, no te preocupes.

Una última baza. John tenía una última baza que jugar antes del inevitable final...

—Te quiero.

Hubo silencio al otro lado de la línea, un silencio que John quiso tomarse como de sorpresa, más que de rechazo. Ya no le importaba que tuviera que irse, marcharse de Baker Street, si con eso conseguía que le muy idiota no cometiera el peor error de su vida.

— ¿Qué?

—Estoy enamorado de ti. Siempre lo estuve.

—Eso... eso no puede ser...

—Baja aquí. Baja y lo hablamos. Por favor. No me hagas esto —Sherlock no contestó, así que siguió hablando —. Si esto es por Moriarty, déjame ayudarte. Por favor, Sherlock.

Escuchó algo parecido a un sollozo al otro lado de la línea, y lo que fue, sin duda, un suspiro con su nombre en él.

—Es demasiado tarde. Adiós, John.

La línea se cortó súbitamente, y desde allí, vio como Sherlock lanzaba el teléfono. Sí que había alguna lágrima corriéndole por la calle. Desde aquella distancia, en el edificio junto al hospital, pudo ver el brillo sospechoso de algo metálico. Aguzó la vista y vio en fusil de francotirador apuntándole. Así que eso era lo que Sherlock quería evitar. De alguna retorcida manera, estaba inmolándose. Muriendo para salvarle al él. Estúpido, que estúpido...

— ¡Sherlock!

Fue cuando le vio caer, con los brazos abiertos, que lo mandó todo a la mierda. Que unas cuantas personas y un par de cámaras de CCTV le vieran volando no debería de ser mucho problema. Mycroft borraría las imágenes, y en cuanto al resto, confiaba en la naturaleza humana para que el rumor se disipara. Extendió las alas con toda la fuerza y la velocidad de la que fue capaz, reduciendo su jersey y camisa a jirones que se desprendieron de su cuerpo sobre el pavimento, y saltó. El empujón de las alas fue todo un impulso de velocidad, y John tenía que volar rápido si quería que el asesino en aquella ventana no tuviera tiempo de reaccionar al impacto antes de apuntar y tratar de acertar en el disparo. Fue directo hacia un muy sorprendido Sherlock, que abrió la boca y puso las manos por delante de la cara, como si quisiera evitar el impacto contra el suelo. John le encogió entre sus brazos, sosteniéndole la cabeza con una mano, como si fuera un recién nacido, presionándola contra su hombro para evitar que se hiciera daño por la velocidad, y le rodeó con el otro brazo. Tuvo que dar un aleteo extra para compensar el impacto con el cuerpo que caía y seguir ganando ascenso. Por su periférica, vio como el asesino preparaba el arma, así que giró sobre sí mismo varias veces, dibujando una espiral, y ascendió rozando la ventana, esperando que la corriente de aire le desequilibrara, como de hecho hizo. Luego subió y planeó hasta que llegó a una azotea, donde dejó a Sherlock sentado en el suelo, antes de plegar las alas y caminar hacia él, como si fuera a matarle.

—Ni se te ocurra saltar de esta, Sherlock.

Sherlock no pudo contestar. Miraba a John como si se hubiera vuelto loco y aquello fuera fruto de sus alucinaciones. Abría y cerraba la boca, hasta que se puso de color blanco y se inclinó para vomitar. John asintió, con las manos en las caderas. Había olvidado lo mucho que mareaba la primera vez. Golpeteó el suelo con el pie de manera nerviosa, esperando poder continuar. Aprovechando la soledad y la intimidad de la azotea, movió las alas, descongestionando los músculos, disfrutando del frescor del aire entre las plumas. Sherlock volvió a mirarle y se puso en pie, tambaleante.

El ángel de Kabul... tus archivos...

—Oh, así que eso es todo lo que tienes que decir, ¿verdad? Nada de "John, gracias por salvarme de morir aplastado", "Lo siento por intentar suicidarme delante de ti, John". ¿Te acabo de salvar la vida y lo único de lo que se te ocurre hablar es de esto? —preguntó, abriendo las alas de nuevo como para remarcar su punto.

—Tenía que...

—Ah, no. Eso sí que no. Nada de "tenía que". Lo que "tenías que" haber hecho, era hablar conmigo, idiota. Contarme lo que estaba pasando, en lugar de mandarme a la otra punta de la ciudad. Tu problema, Sherlock, es la comunicación.

— ¡No soy el único que guarda secretos! ¡¿Hasta cuando pensabas ocultar eso?! —exclamó Sherlock, ahora más compuesto.

— ¡Todo lo que pudiera! ¡Es confidencial! ¡Nadie podía saberlo!

— ¿Entonces no merecía saberlo? Por Dios, John... ¿hasta cuando tenía que haber esperado para saberlo? ¿Hasta que nos acostáramos? ¿O incluso más allá? ¿Hasta tener un anillo en el dedo?

Sherlock se había acercado hasta él muy despacio, como si temiera sus propias palabras. John dio un paso atrás, encogiendo las alas como si fuera a echar a volar en cualquier momento. Parpadeó, su enfado diluyéndose por un momento.

— ¿Pero qué...?

—Lo que dijiste, de que me querías...

El "iba en serio" de la frase de Sherlock quedó implícito en el tono, sin necesidad de que terminara la frase. John maldijo, y decidió que, puestos a revelar de una manera tan pública y desastrosa su más oscuro secreto, podía aprovechar y hacer algo más, antes de tener que abandonar a Sherlock para siempre.

Tal y como había deseado hacer por mucho tiempo, tomó su rostro entre sus manos y lo atrajo en un beso furioso, rodeándolos con sus alas en una especie de burbuja de privacidad. Mordió y lamió sus labios con el deseo que había contenido por mucho tiempo, e invadió su boca con su lengua, soltando un gemido cuando el otro correspondió y presionó con la suya, intentando retomar el control. El cuerpo de Sherlock se apretó contra el suyo mientras se devoraban el uno al otro en un beso que no tenía nada de casto o comedido. Años de silencio por uno y por otro estaban saliendo en ese momento, y la presión había sido tan grande, que habían acabado explotando juntos, generando su propia supernova. La posibilidad de la muerte de Sherlock había sido tan próxima, que el corazón de John estaba acelerado, empujando la adrenalina por todo su cuerpo, haciendo que todo pasara más despacio y, paradójicamente, sucediera de manera frenética. Sus alas le aceraron mientras las manos acariciaban su rostro, hasta que se separó de sus labios y pasó a su cuello, ese enloquecedor, largo y níveo cuello, chupándolo hasta asegurarse de dejar una marca perfectamente visible.

Como si le fallaran las fuerzas, fue descendiendo hasta su hombro, donde apoyó la frente, con los ojos cerrados, intentando tranquilizar su respiración. Ahora vendría el inevitable final en el que su amigo le pediría, con mucha educación, que recogiera sus cosas y se marchara de su piso. Pero eso no pasó. Los brazos de Sherlock le rodearon el torso desnudo, y sus dedos encontraron el nacimiento de las alas. John sintió un escalofrío de placer recorrerle la columna cuando notó la suave caricia en el nacimiento de aquellos extraños apéndices, y se arqueó como un gato. Sherlock, por otro lado, estaba aturdido por el beso, y fascinado por la suavidad de aquellas plumas que surgían de la espalda de su John, y que ni en sus más absurdas teorías podría haber vaticinado. Mil ideas corrían por su cabeza, de cómo habían llegado allí, y la mayoría no eran nada agradables.

— ¿Qué te hicieron, John? —susurró, horrorizado solo por la idea de que aquello fuera el resultado de una macabra operación del ejército.

John, por otro lado, no entendió el sentido de la pregunta, y pensó que su condición asqueaba a Sherlock, así que suspiró.

—Nací así. No sé por qué ni cómo, pero hay algo en mi ADN que no está bien.

Sherlock suspiró.

— ¿Puedo verlas?

John se incorporó, ligeramente tenso hasta que, una vez estiró las alas, los dedos de Sherlock pasaron suavemente a través de las plumas en una caricia, y estuvo a muy poco de ponerse a ronronear. Sherlock estaba fascinado, tomándola con cuidado, flexionándola y viendo como la luz se reflejaba en el blanco nacarado de cada pluma. John alcanzó una de las primarias, que se había empezado a soltar, y se la tendió a Sherlock.

—Esto tiene que seguir siendo un secreto, Sherlock. Nadie puede saberlo.

El aludido asintió, y se quitó el abrigo para dárselo a John.

—Esto debería servir —apuntó, mientras se arremangaba la camisa —. Son magníficas, John.

John plegó las alas y se colocó el abrigo de Sherlock, lo suficientemente largo como para ocultar cualquier cosa. Enroscó las alas a su alrededor y se lo abrochó.

—Gracias.

Con una mano en su hombro, Sherlock le guió hasta las escaleras de la azotea donde estaban, sabiendo que tenían que irse antes de que alguien les viera, o algo malo pasara.

—Vamos a casa. Tenemos mucho de que hablar.


¿Quizá una segunda parte? ¿Quizá un review?

Vamos, dad apoyo moral a las Consultoras (ahora Consultores gracias a nuestro nuevo integrante, bienvenido seas :D ) del imperio de Baker Street con un lindo review.

MH