All I Need

Soñaba con Camus, con Surt y con Sigmund; con el helado viento que congelaba su piel y con el abrasador incendio que le cubría por completo.

Sentía el dolor en su cuerpo y pensaba en Camus, en Camus y Surt, en Camus y sus decisiones, en Camus y su traición. Siempre en Camus porque le era imposible no pensar en él y porque la inconsciencia le hacía revivir la batalla una y otra vez.

Las auroras, los torbellinos, los ciclones.

La nieve, el fuego, las cuchillas.

Camus y sus promesas, sus viejos amigos —se suponía que Milo también era su amigo, su viejo amigo—, sus culpas, sus sentimientos, esos de los que siempre renegaba y ante los cuales siempre se sometía. ¡La locura de Camus!

Frunció el ceño y el ligero movimiento le causó dolor. Una punzada en su costado derecho le impidió alzar sus manos hacia su cabeza.

Como adivinando su malestar, una tibia mano se posó en su frente. La mano le hizo recordar a Camus, sus fríos dedos y en el modo en el que le tocaba: como si no quisiera hacerlo, como si se sintiese culpable, como si lo odiara. ¡Pero siempre era Camus quien iniciaba los contactos! Lo hacía porque lo amaba tanto como lo odiaba, porque no podía evitarlo. Camus y su renuencia, Camus y su entrega. Las manos de Camus recorriendo su nuca, los dedos de Camus entrelazándose con los suyos.

En un escenario que nunca antes se había imaginado, esa tarde volvió a sentir sus dedos entre sus manos.

Soñaba con aquel contacto, con la caída, con el río helado, con el dolor en su pierna, con las auroras, con los torbellinos.

La mano en su frente se deslizó hasta su mejilla y Milo despertó.

—¿Cómo te sientes?

Milo parpadeó varias veces acostumbrándose a la tenue luz que generaba una fogata no muy lejos de él. No reconoció a Saga de Géminis hasta que éste se separó de él, hasta que la lejanía le permitió darse cuenta de que sus ojos azules no se parecían en nada a los ojos azules de Camus.

Camus. ¿En dónde habría quedado él después de las auroras, los torbellinos y los ciclones?

Miró hacia arriba y descubrió el techo de una cueva. El dolor en su cuerpo le impidió incorporarse. Torció el cuello para cuestionar a Saga con la mirada.

—Estamos en las montañas. No creo que nos vengan a buscar; al menos no hasta mañana.

Milo pensó en el camino hacia Yggdrasil, en su encuentro con Camus y en la larga caída hacia el río. Se percató del déjà vu y pensó en Shaka, en la Armadura de Virgo y en la gruta que los protegía del frío.

—Me han rescatado dos veces en menos de veinticuatro horas —murmuró—. Es vergonzoso.

Saga bufó y Milo se percató del enojo reflejado en sus ojos. Él siempre había sido tan tierno con él, tan gentil. ¿En qué momento se había vuelto tan seco e inflexible? Recordó la cuna de Atena, la daga dorada y el reloj de fuego. Claro, de no ser por el dolor en su pecho se habría reído. Ese tipo de cosas podía cambiar a cualquiera.

—Lo es. Un Santo de Atena no debería ser tan impulsivo.

Milo entrecerró los ojos y negó con la cabeza. Sus arrebatos no habían ocasionado sus problemas, sino Surt. Surt y su hermana, Surt y su promesa; las llamas de Surt, los engaños de Surt y el cinismo de Surt.

¿Cómo Camus podía defender a un hombre así?

—Sin embargo —continuó—, he de admitir que si alguien aquí ha tomado una decisión extraña, ese ha sido Camus.

¿Extraña? Extraña era una palabra demasiado pobre. Insólita, insensata, estúpida, terrible, inexplicable. Había muchas palabras para describirla como para enfocarse en una sola. Con o sin promesas, con o sin amistad, el cosmo de Milo le insistía que había algo detrás de su decisión; algo extraño, algo insólito, insensato, estúpido y terrible. ¿Inexplicable? Eso ultimo no. Su cosmo se lo decía, le instaba a seguir adelante para descubrir aquello que era invisible ante sus ojos. Había algo detrás de las acciones de Camus; algo que callaba y algo que buscaba brotar a través de su mirada.

Camus y su silencio. ¡Siempre había sido ese maldito silencio!

—Quisiste protegerlo —dijo Saga—. Ese hombre intentó matarte; te dejó en claro sus intenciones y aun así quisiste protegerlo de mí.

Camus y su ternura. ¡Siempre había podido encontrarla! ¿Por qué ahora le rehuía con tanta agilidad?

—Tonterías, quiero ser yo quien termine con él. Es lo justo.

Milo creyó escuchar a Saga reír, mas no le prestó demasiada atención. Siguió pensando en Camus, en lo feliz que había estado al volverle a ver, en lo extraño de sus palabras y en el fuego y en el hielo que rompieron su pecho.

—Siempre has sido así. Cuando se trata de Camus te vuelves impredecible.

Al contrario, pensó Milo. Su obsesión hacia Camus era de lo más predecible en el mundo. Era Camus el difícil de leer, el que siempre lo confundía y el que lo hacía rabiar. Aun así confiaba en su cosmo; éste ya le había ayudado antes a comprenderlo, sabía que lo guiaría a él nuevamente. ¡Si tan solo pudiese levantarse!

—Eso siempre me ponía nervioso —siguió—, por eso me sentí mucho más tranquilo cuando Camus decidió irse a Siberia.

Milo recordó a Camus y a su despedida, a Hyoga y a Isaac y a las Auroras Boreales. Ellos también habían tenido una promesa. Camus nunca se ocupó de cumplirla.

Una lágrima brotó de sus ojos.

—Él siempre ha buscado la verdad por su propia cuenta —ya antes Milo había pronunciado esa frase, la necesitaba escuchar cada que Camus se le escapaba de entre sus dedos.

—Su lealtad era frágil y temía que te contaminara.

Milo recordó la máscara del Patriarca, las estrictas leyes y a la niña menuda que portaba el báculo de Niké.

—Debí haberme contaminado.

—No —aseguró el mayor—, eso sólo habría provocado tu muerte. Te observaba con demasiada atención; un paso en falso y todo hubiera acabado para ti.

El menor desvió la mirada porque supo que Saga tenía razón. Lo había olvidado —se había obligado a olvidar—, los constantes llamados del Patriarca, sus insistentes cuestionamientos y su pesada mirada sobre sí.

La mano de Saga acunó nuevamente su mejilla y Milo dejó de pensar en Surt.

—Aunque hice cosas terribles, siempre me sentí orgulloso de no haber hecho todo lo que quería hacerte en aquel entonces.

Milo recordó los consejos del Patriarca, su fortaleza, sus actos nobles y las veces en las que le dejó ir sin castigo aún después de desobedecer sus órdenes.

—Siempre pensé que merecías más que él.

Saga cerró la distancia entre ellos y Milo recordó las sonrisas de Camus, la terneza de Camus, los labios tímidos y temerosos de Camus. Su corazón retumbó en su pecho y entonces sólo quedaron las sonrisas de Saga, la terneza de Saga y los labios firmes de Saga. Sin darse cuenta emitió un ligero quejido. Hacía mucho tiempo que no era besado por alguien y nunca, en toda su vida, hubo alguien que le besara así.

Al notar la aceptación del menor, Saga acercó aún más sus cuerpos, recorrió sus manos por el cabello de Milo y Camus dejó de ser Camus y Saga más que nunca fue Saga. Milo sintió la humedad de su respiración, los latidos desbocados de su corazón y la audaz lengua que se deslizó entre sus labios.

A Milo le sorprendió la determinación en las acciones de Saga. Sus movimientos eran tan seguros y osados que sintió desazón y miedo. Desazón porque se dio cuenta de que nunca antes le habían tocado de esa forma —sin dudas, sin vergüenza—, y miedo porque nunca pensó que podría sentir placer a manos de alguien que no fuese Camus.

Las manos de Saga comenzaron a recorrer su cuerpo y Milo dejó de pensar en cualquier cosa que no fuese Saga.

Sintió sus labios posarse en el lóbulo de su oreja, su pierna deslizándose entre las suyas, su mano escurriéndose por debajo de su camisa y su calor, agobiante e intenso, curándole de cualquier frío que hubiese sentido antes.

Ahora que había descubierto que podía sentir tanto, deseó que aquellas emociones nunca terminaran. No obstante, el final llegó cuando un espasmo involuntario le recordó el dolor y las heridas de su cuerpo. Saga se separó lentamente, dejó un suave beso en su mejilla y acarició gentilmente su cintura.

—Descansa, has tenido un día difícil.

Milo cerró los ojos sabiendo que el otro tenía razón. No tardó en caer en un profundo sueño y recordó a Camus y a Surt, a las auroras, a las tormentas y a los ciclones.

Cuando despertara dentro de tres horas todavía pensaría en la decisión de Camus y en la promesa de Surt, pero también pensaría en los labios de Saga, en las manos de Saga y en el calor de Saga. Su cosmo le guiaría hacia Yggdrasil y donde encontraría respuesta a sus preguntas. Quizá podría entender a Camus; quizá podría tomar su propia decisión.

Quizá podría ya sólo pensar en Saga.

Comentario de la Autora: Porque tenía que hacer esto después de ver los episodio de SoG. Ciertamente no creo para nada que Camus los haya traicionado, se ve a leguas que tiene un plan secreto que no es muy secreto... pero si Camus se la quiere creer que se la crea. A final de cuentas Milo se lo creyó y con eso tuvo.

El estilo que elegí para este fic fue bastante errático y repetitivo y es que creo que Milo está muy nervioso y confundido en este punto de la historia. Éste ha sido un personaje relativamente sensato y si bien a veces se le van las cabras al monte, nunca antes lo había visto tan... desesperado. Incluso en la Saga de Hades parece tener más control de sí mismo. Quizá ya se hartó de no poder entender a Camus y no lo culpo. Únicamente en Episodio G se muestra a Camus correspondiendo sinceramente la amistad de Milo y es comprensible que se canse del poco fanservice que les dan. XD

-o- Lo bueno es que Saga está ahí para ayudarle a olvidarse de él. Puede que haya una segunda parte dependiendo de cómo siga la historia. Confío y espero una reconciliación entre Milo y Camus, pero... ¿será suficiente? Eso lo iremos viendo en las próximas semanas. El título de este fic fue basado en la canción homónima por Within Temptation.

Mmmm... y creo que ya. Espero que no hayan sentido esto muy raro y que no lo hayan odiado. ¡Kissu!