12 – En guardia

Tras un día entero de larga cabalgata, al amanecer de la segunda jornada, el pequeño contingente que había salido de Tir Asleen divisó por fin las murallas de la oscura capital de Nockmaar. Madmartigan pudo apreciar, no sin cierta admiración, cómo los muros parecían brillar con reflejos de obsidiana bajo la luz del sol naciente. El musgo amarillento y la mugre habían desaparecido de los mismos, así como las jaulas y los móviles macabros poblados de calaveras que hacía apenas dos semanas coronaban las almenas. Y todo ello hizo que el guerrero, a su pesar, admitiese que Sorsha había hecho un buen trabajo como señora de la ciudad. Pero el recuerdo de la joven trajo acto seguido una hiel velada. Puesto que hacía unos cuantos días que un malnacido le había arrebatado esa posición con malas artes.

Madmartigan resopló con impaciencia a la vez que se removía sobre la silla, aprovechando que su montura iba al paso en ese último tramo y acosado por todo tipo de malos pensamientos. Acto seguido, echó un vistazo a su derecha, donde cabalgaba el rey, para proseguir y dar un rápido barrido a las tropas que cabalgaban tras ellos. No eran muchos, cierto, pero el guerrero había urdido un plan según el cual no le harían falta más hombres. O al menos, eso esperaba. Hacía tiempo que conocía a Eleion dada la relación que había tenido con su hermana Carissima y que terminó siendo su perdición, pero gracias a ese acercamiento a la familia real de Cashmere había podido conocer unas cuantas facetas poco agradables del atractivo heredero. Porque también era cierto que, de puertas hacia fuera, Eleion podía parecer todo lo que cualquier doncella casadera desearía: educación, porte, modales y un encanto exquisito… Todo de lo que él había renegado durante todos sus años pasados.

Pero ahora no era el momento de lamentarse. Sorsha estaba en peligro, encerrada en alguna parte de aquella fortaleza inexpugnable, y él tenía que conseguir llegar a ella costara lo que costase. Y su estrategia comenzaba atacando uno de los puntos débiles de Eleion: su vanidad.

En cuanto comprobó cómo los primeros guardias vestidos con armaduras broncíneas daban el aviso de que llegaba una comitiva, cruzó una mirada significativa con el rey Mikal, el cual le devolvió un leve asentimiento de cabeza, momento en el cual el guerrero salió disparado al galope hacia las negras puertas. El monarca seguía manteniendo cierta reserva hacia su persona, pero al menos había aceptado su plan sin rechistar. Lo que no tenía muy claro Madmartigan era si eso era buena señal o no.

–¡Eleion! –aulló cuando estaba a unos treinta metros del puente levadizo, curiosamente abierto de par en par. No le importó que, un segundo después, varios arqueros le apuntasen desde las almenas. Había que jugarse el todo por el todo–. ¡Eleion! –volvió a bramar–. ¡Maldita rata de alcantarilla, sal a dar la cara si eres hombre!

Con los dientes apretados, escuchó cómo llegaba hasta sus oídos un leve murmullo sobre las almenas, acompañado de alguna risa. Sin embargo, los arqueros ya no parecían considerarlo una amenaza, porque habían bajado ligeramente sus armas y lo observaban de reojo, como quien contempla a una especie exótica de animal. Madmartigan empezaba a impacientarse, su montura lo acusó y se alzó de manos en el aire mientras relinchaba. El guerrero seguía mirando a su alrededor mientras la comitiva que lo acompañaba se aproximaba lentamente al paso y lo rodeaba sin hacer aspavientos. Thantalos IX se colocó entonces al lado del guerrero y lo miró sin ápice de reproche.

–Quizá debáis cambiar de táctica, capitán –le sugirió en voz baja–. El puente levadizo está bajado y no parece que haya muchos soldados de Cashmere por lo que veo desde aquí. Podríamos entrar a rescatar a Sorsha sin problema…

Pero Madmartigan, a pesar de que el consejo procedía del mismísimo rey, negó con la cabeza lentamente.

–Estoy seguro de que esto funcionará –aseveró y, a continuación, antes de que el monarca pudiese replicar, hizo bocina con las manos y proclamó–. ¡Eleion! ¡Maldito cobarde! ¿Nunca te han dicho que secuestrar princesas va contra tu "preciado" código del honor? –el adjetivo llevaba claramente una connotación desdeñosa. Por último concluyó–. ¡Sal a pelear si en verdad lo valoras tanto!

Thantalos agachó la cabeza con algo similar a la resignación y Madmartigan lo vio por el rabillo del ojo, pero no estaba dispuesto a rendirse. Hacía mucho que quería medirse con Eleion y si podía humillarlo delante de su ejército antes de arrancar a Sorsha de sus garras, sabía de sobra que sería una maniobra mucho más efectiva que asaltar el castillo por las malas.

Por fortuna para él, en ese instante, algo repicó sobre las losas del patio en el interior de la fortaleza y Madmartigan tuvo que reprimir un suspiro aliviado cuando vio aparecer a su arrogante enemigo a lomos de un caballo alazán, flanqueado por dos escoltas. Llevaba en la cabeza la corona de bronce de Cashmere, a la que había hecho engarzar un símbolo de hierro oscurecido en el frontal. Madmartigan tuvo que contenerse para no lanzarse sobre él. Si portaba los emblemas de Nockmaar… ¿Significaba que Sorsha…?

–Vaya, vaya –susurró Eleion cuando llegó a su altura, mirándolo de arriba a abajo con evidente desdén–. Madmartigan de Galladoorn, valiente truhan. Te hacía en Tir Asleen, rodeado de lujos. ¿Qué te trae por mis tierras?

-No son tus tierras –rechinó su oponente, claramente irritado–. Este reino pertenece a Sorsha de Nockmaar y tú no tienes ninguna potestad sobre él.

Eleion soltó una risita que heló la sangre de Madmartigan. ¿Se habría atrevido…? Mejor no pensarlo. Acabaría descabezándolo de un espadazo y de momento no era lo que más convenía. Lo sabía.

–Ah, sí. Sorsha. Pues siento decir que, al contrario de lo que probablemente crees, no fue razonable al respecto y tuve que hacerme con su reino por la fuerza… Mujeres –escupió la palabra con desprecio antes de dirigirle una mirada elocuente a Madmartigan–… No saben lo que tienen hasta que lo pierden.

Madmartigan sintió cómo los nudillos se le ponían blancos sobre las riendas.

–Libérala –le exigió.

–¿O qué? –se mofó Eleion–. ¿Es que vas a hacerme algo? Ni que pudieses…

El otro guerrero irguió entonces la cabeza, a la vez que bajaba del caballo y extraía la espada de su funda.

–Voy a apelar a tu honor solo una vez más, príncipe de Cashmere –le dijo a su interlocutor–. Para evitar un derramamiento innecesario de sangre, propongo que resolvamos esto a la antigua usanza –alzó el arma para que fuese perfectamente visible–: un duelo. A primera sangre.

Eleion se carcajeó con ganas a la vez que le dirigía una mirada de conmiseración a Madmartigan.

–¿Un duelo a primera sangre? –se burló, pero al ver la seriedad en el rostro del otro, su mueca se congeló en un gesto indefinido-. ¿Y por qué habría de aceptar semejante juego de niñas?

Madmartigan fue el que sonrió a medias esta vez.

–Si quieres dejar patente ante tus hombres que no tienes honor alguno, por mí adelante –lo invitó, aunque se aseguró de alzar la voz lo suficiente para ser escuchado desde las almenas–, pero si no aceptas un duelo, sea del tipo que sea, entonces volveré con toda la fuerza del ejército de Tir Asleen y entonces sí que lo lamentarás de verdad –señaló hacia la espalda de Eleion con suficiencia y añadió en un susurro–. Además, no es la primera vez que tomo esta plaza.

El rostro de Eleion había pasado del desprecio al desconcierto en un instante a medida que Madmartigan hablaba, para después tornarse de un rojo iracundo. Ante la amenaza de humillación pública frente a los suyos, bajó de un salto del caballo y desenfundó la espada, que llevaba colgada junto a la espalda derecha del corcel.

–Sea, pues –aceptó–. Al fin y al cabo, nunca pudiste superarme. Y será un placer hundirte delante de tus hombres.

Y dicho esto, se abalanzó contra Madmartigan con la espada en alto.