13 – Por qué poco…

Madmartigan recibió la espada de Eleion cruzando su acero contra el pecho, para acto seguido detener una serie de estocadas traicioneras que el príncipe comenzó a lanzar contra sus flancos y su pecho alternativamente. Cierto que el heredero de Cashmere había sido entrenado por los mejores maestros de esgrima de su ciudad, pero Madmartigan había aprendido todas esas lecciones fuera de las paredes de un palacio: en los callejones, entre los puestos del mercado de la plaza de Galladoorn y en la Escuela Militar de la ciudad, una de las mejores que Andowyne había conocido antes de que la ciudad fuese arrasada por Bavmorda. También contaba a su favor con la furia que había conseguido provocar a sabiendas en su enemigo, puesto que Eleion era una de las pocas personas que había conocido que no soportaba un insulto a su ego. Y si decía que Sorsha había sido poco razonable... En fin, podía esperarse cualquier cosa de aquella aguerrida pelirroja.

El hecho de pensar en ella, sin querer hizo que elucubrase sobre dónde la habría metido Eleion, lo que provocó que bajase la guardia y casi se llevase una estocada mortal en el costado izquierdo. Pero consiguió desviarla lo justo para que solo le rasgase ligeramente la camisa que llevaba debajo del peto dorado.

–Admítelo, Madmartigan –se mofó Eleion mientras su oponente retrocedía un par de pasos y se recomponía–. No tienes nada que ofrecerle a una princesa como Sorsha.

Ante lo cual su oponente replicó con alegría:

–Discrepo, considerando que no se parece en nada a la estirada de tu hermana.

Aquello enfureció a Eleion, que arremetió de nuevo contra él.

–No te atrevas a mencionarla –siseó cuando sus espadas se quedaron brevemente enlazadas en un baile de presiones que ninguno parecía ganar de momento–. Después de lo que le hiciste...

Madmartigan no pudo menos que reírse amargamente ante aquello antes de empujar a Eleion con violencia. No lo desequilibró como esperaba, pero lo obligó a poner distancia entre ellos y a darle un respiro.

–Veo que cada uno cuenta la batalla como le ha ido –se burló–. Aunque quizá tengo que agradecérselo. Si no me hubiese traicionado como lo que es, quizá ahora mismo estaría muerto en Galladoorn. Así que dale las gracias de mi parte si vuelves a verla cuando te mande de una patada de vuelta a Cashmere.

Eleion aulló, rabioso, y se lanzó de nuevo hacia Madmartigan, ciego de rabia. El guerrero, más curtido, vio en ese instante la oportunidad para pasar de la defensa a la ofensiva, y envió una estocada con la espada en vertical, totalmente paralela al cuerpo de Eleion; este la detuvo colocando su acero en perpendicular, pero se vio obligado a retroceder por la fuerza que impregnaba el gesto del guerrero. El príncipe sabía utilizar la espada, pero no tenía pericia en batalla ni musculatura de soldado, cosa que Madmartigan se había cuidado por mantener desde que tuvo energía y fuerza para sostener una espada. Sin embargo, la defensa de Eleion era más o menos eficaz, y en algún momento trató de fintar de nuevo para alcanzar a Madmartigan. Sin embargo, cuando el príncipe empezaba a resollar, el guerrero aprovechó sin confiarse demasiado la oportunidad, giró sobre sí mismo y golpeó con la espada la mano derecha de Eleion. El arma de este salió volando para aterrizar unos metros más allá. En ese instante, Madmartigan le colocó el filo de su arma sobre el cuello.

–Libera a Sorsha –le ordenó en un susurro ronco a la vez que se esforzaba por no jadear.

Una batalla siempre era agotadora, pero aún más si la adrenalina de pensar que el destino de tu amada puede depender de ella. Eleion, por su parte, parecía totalmente abandonado de sus fuerzas, porque cayó al suelo con una rodilla por delante y musitó:

–En el gran torreón –parecía dolido en su orgullo, lo que Madmartigan había pretendido, pero el guerrero intuía que había algo más, y solo de imaginarlo le hirvió la sangre.

No quería pensar siquiera que Eleion fuese capaz de albergar aquellos sentimientos, pero ahora daba igual. Sorsha iba a ser libre.

–Guíanos –le indicó. Y cuando Eleion fue a protestar, probablemente porque aquello sería aún más humillante, la punta de la espada de Madmartigan clavándole ligeramente bajo su barbilla lo hizo desistir–. Vamos.

Obediente y rojo de vergüenza, el orgulloso heredero de Cashmere se incorporó y se dejó conducir al interior de la fortaleza. Pero en su cabeza, la parte que aún quedaba más o menos en pie, juró que algún día se vengaría. De Madmartigan... y de Sorsha.

Sorsha aporreó de nuevo la puerta y gritó pidiendo ayuda, igual que llevaba haciendo periódicamente durante los últimos cuatro días, pero era inútil. Allí, en la sala más elevada de Nockmaar, el laboratorio donde Bavmorda había pretendido asesinar a Elora Danan, era el lugar a dónde Eleion la había enviado para que "reflexionase". Tras sedarla durante su primer encuentro, sus guardias la habían arrastrado hasta allí y cuando se había despertado sobre el frío suelo, justo frente al pedestal, la princesa había temido lo que Eleion quisiese hacerle. Aquel lugar estaba impregnado de maldad, y si el arrogante príncipe tenía unos mínimos conocimientos de magia negra –Sorsha ya no estaba segura de quién poseía magia en aquel continente, no era algo que le hubiese preocupado mientras estaba a las órdenes de su madre– podía hacerle mucho daño. Pero de momento se había limitado a dejarla allí y subir a visitarla una vez al día, a ver si había cambiado de opinión. Pero la respuesta de Sorsha siempre había sido, y seguiría siendo, la misma: no se casaría jamás con él, y mucho menos se entregaría como princesa heredera. Antes prefería pudrirse entre aquellos muros.

En ese momento, mientras se sentaba bajo el oscuro altar de su madre con la cabeza entre las manos, derrotada de nuevo y sin preocuparse ya de que su vestido de terciopelo se pudiese ensuciar más de lo que ya lo había hecho, escuchó la llave girar en la cerradura y resopló con hastío, obligándose a alzar la vista con desgana. Un príncipe no podía ser tan... tan...

Pero las palabras se congelaron en su garganta y en su mente cuando vio a entrar a Eleion en la estancia. Venía bastante vapuleado y embarrado, pero lo que a Sorsha más le llamó la atención fue su actitud cabizbaja. ¿Qué...?

Sin embargo, al ver una silueta vestida de dorado tras él, Sorsha casi tuvo que reprimir las lágrimas, algo a lo que ayudó bastante el estupor que sintió al comprobar que, efectivamente, no entendía ni de lejos lo que estaba sucediendo. Sin embargo, cuando Madmartigan sonrió, la orgullosa princesa pensó que se derretiría ahí mismo.

–Parece que necesitas un caballero de brillante armadura que te salve –bromeó él, indicando a alguien a su espalda que se encargase de Eleion.

Sin embargo, el caballero no siguió andando ni dijo nada más. De repente, parecía haberse quedado sin palabras, y miraba a Sorsha de una manera muy peculiar. Claro que nunca antes la había visto con vestido, pero la princesa no creía que su enmudecimiento tuviese solo que ver con eso. En ese instante, parte de los sentimientos de abandono y soledad que había estado sufriendo aquellas dos semanas resurgieron en su corazón. Por lo que, en vez de responder, la joven pelirroja se limitó a devolverle la broma con media sonrisa que trataba de disimular su amargura.

–No lo necesito, pero siempre se agradece.

Madmartigan pareció quedarse un poco cortado con su respuesta y Sorsha se maldijo interiormente. Solo quería volver a abrazarlo, decirle cuánto lo amaba y tratar de nuevo que se quedase con ella. Sin embargo, era posible que el daño ya estuviese hecho. Aun así, se aproximó lentamente a él, sin una palabra. Madmartigan no se movió, pero su mirada pareció cambiar cuando Sorsha extendió su mano derecha para tomar la suya. Ambos tragaron saliva al unísono, el deseo era palpable en el ambiente, no hacía falta ser un mago para verlo. Pero Sorsha sabía que era demasiado pronto para dar un gran paso, aparte de que no estaba segura de cuánto podía durar aquella situación idílica, por lo que se limitó a aproximarse despacio y a rodearle la cintura con los brazos. Cuando cerró los ojos y su cabeza se apoyó contra el pectoral de su armadura, pudo percibir con cierto agrado y alivio cómo Madmartigan, que hasta ese momento había estado tenso como una vara, soltaba todo el aire que retenía y la rodeaba a su vez con los brazos en un además que superaba lo protector en muchos aspectos.

–Oh, Sorsha... –susurró contra su pelo, haciendo que la muchacha se estremeciese entera–. Por un momento...

No completó la frase, pero la joven la entendió fácilmente. Sin embargo, en cuanto se separó de él, dispuesta a agradecerle aquel rescate como la situación merecía, la aparición de una silueta de barba blanca a la espalda del guerrero la retuvo. Por un instante, la princesa no supo de quién se trataba, hasta que sus miradas se cruzaron. Y fue como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo y la luz se hiciese más intensa en aquel oscuro laboratorio. La princesa jadeó ligeramente mientras sus ojos se abrían como platos y sus labios vocalizaban en silencio un "no es posible"...

Thantalos, por su parte, se adentró en la sala despacio antes de murmurar quedamente:

–Hola, hija mía.

Sorsha, ante la evidente sorpresa de Madmartigan, tras recuperarse de aquella extraña sensación que la había invadido al ver al anciano, replicó con toda la entereza que fue capaz:

–Cuánto tiempo, padre.