14 – Otra vuelta de tuerca

Sorsha bajaba por la escalinata casi dando saltitos de alegría, a la vez que tarareaba una vieja canción popular que, hasta hacía bien poco, ni era consciente que recordaba. Pero ahora todo había cambiado. Cierto que ver a su padre tan ajado había hecho mella en su corazón, aunque seguía preguntándose por qué diantres no le había recordado hasta ese momento. Con amargura, solo pudo llegar a una dolorosa conclusión: la magia de su madre había tenido algo que ver.

Pero si su padre seguía vivo, y era el rey de Tir Asleen… ¿Eso la convertía a ella en…? Sacudió la cabeza. No podía ser. Su lugar estaba en Nockmaar y no había más que hablar.

En ese instante, la imagen de Madmartigan cruzó por su mente y algo muy placentero se retorció en su interior, a la altura del ombligo. ¿Podría convencerle por fin de que se quedase con ella? Parecía bastante leal al ahora anciano Thantalos –si la memoria no le fallaba, la muchacha no recordaba que su padre fuese tan mayor cuando lo vio por última vez, pero podía ser una consecuencia del hechizo de Bavmorda, como en el caso de Fin Raziel–. No obstante, Sorsha no dudaba de que sus encantos y su recién recuperado poder podían influir y mucho al respecto.

Tras salir de aquella torre espantosa y dejar atrás el aire viciado del laboratorio de su difunta madre, Sorsha había rogado por favor que le permitiesen ir a cambiarse de ropa, si no tenían prisa por partir de nuevo. Su padre había decidido aceptar, pero le había indicado que no se retrasase, que tenían algo importante que hacer en la sala del trono antes de irse. Sorsha aceptó, pero no sin antes mandarle un guiño pícaro a Madmartigan antes de enfilar las escaleras. No había visto la reacción de él, pero imaginarlo retorciéndose de placer era algo a lo que la joven princesa no podía resistirse.

Cuando por fin llegó a las puertas del salón del trono y las empujó, todas las miradas se volvieron hacia ella y el silencio cayó sobre ellos tan suavemente como un velo. La joven había abandonado el vestido de terciopelo, pero seguía llevando una túnica abierta, pantalones, corpiño, camisa y botas de color oscuro. Su rebelde cabello pelirrojo estaba recogido en una trenza a su espalda y su frente aparecía ceñida por el hierro de Nockmaar. Con agrado y con algo de sorpresa al mismo tiempo, Sorsha comprobó que Eleion también estaba entre los presentes, aunque cabizbajo y sumiso ante el rey… El cual había subido al estrado y se alzaba frente al asiento real, del que Sorsha había hecho retirar todas las pieles y limpiarlo hasta que el metal brillase casi por sí mismo. A Sorsha no le gustó aquello, pero prefirió mantener su carácter a raya y se aproximó a la escalinata. Su padre sonrió con cariño al verla, pero sin aspavientos; y Madmartigan, que permanecía a la derecha del monarca aunque un escalón por debajo, se inclinó respetuosamente cuando ella pasó. Sin embargo, Sorsha pudo detectar su sonrisa a tiempo de devolvérsela con comedimiento.

Sin embargo, el flirteo se terminó tan rápido como había llegado. Thantalos IX, al comprobar que su hija ya había llegado, decidió dar por comenzada la sesión.

–Eleion de Cashmere –pronunció, haciendo que el aludido diese un respingo. Sus ojos habían perdido ese brillo natural que siempre habían tenido cuando iba a visitar a Sorsha, y la joven tuvo que reprimir una sonrisa de suficiencia mientras no dejaba de clavarle la mirada más desdeñosa que era capaz. Sin embargo, la palabra la tenía el rey de Tir Asleen–. Se te acusa de secuestro de una princesa heredera y asalto a la ciudad de Nockmaar. Se te considera culpable y la pena para estos crímenes sería cárcel perpetua… –Eleion tragó saliva, pero Thantalos no había terminado de hablar–. Sin embargo, tengo mejores planes para ti.

Una alarma se encendió en ese instante en la cabeza de Sorsha. ¿Qué planes podía tener para ese malnacido su padre si no era encerrarle de por vida? Igual devolverle a Cashmere… Sin embargo, las siguientes palabras que salieron de la boca del rey la dejaron clavada en el sitio.

A la vez que sacaba una carta del interior de su armadura, Thantalos pronunció:

–Envié una carta a Cashmere en cuanto supe lo que había sucedido y ha sido una sorpresa enterarme de que los reyes de Cashmere han dejado de serlo –enarcó una ceja inquisitiva en dirección a Eleion, que en esa ocasión le dirigió una mirada impenetrable, sin enfrentar los iris acusadores de Madmartigan o de Sorsha, que se clavaban en él con la fuerza de hierros candentes– así como del hecho de que, antes de venir hacia aquí, nombraste reina a tu hermana Carissima –ahí Madmartigan tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no blasfemar. ¿Carissima, reina? El mundo podía acabarse en cualquier momento con esa arpía ocupando un trono. Pero se limitó a intercambiar una mirada rápida con Sorsha, que por algún motivo también parecía compartir su silenciosa opinión. Un escalofrío recorrió la espalda de Madmartigan al pensar que Eleion podía haberle contado lo que sucedió entre Carissima y él hacía algún tiempo, pero prefirió serenarse y apartar la mirada para que la joven princesa no detectase su congoja. Tiempo al tiempo. Por su parte, Thantalos bajó un par de escalones para aproximarse a Eleion, que ahora mantenía una actitud sorprendentemente serena ante las acusaciones–. Por ello, te doy dos opciones, jovencito –declaró– puedes quedarte con Nockmaar…

–¡¿Qué?!

Sorsha no daba crédito. ¿Que aquel niñato con ínfulas se iba a quedar con su fortaleza? Por encima de su cadáver.

–¿Alguna objeción, Sorsha?

La princesa inspiró por la nariz con fuerza.

-Esta es MI fortaleza –se rebeló, remarcando el posesivo mientras se golpeaba el pecho con el índice– y no voy a dejar que cualquier principito de tres al cuarto lo gobierne –acto seguido, miró a Eleion, a Madmartigan y cuando finalmente volvió su vista a su padre, siseó– ni pienso casarme con él a la fuerza.

Algo aleteó entonces en el pecho de Madmartigan, especialmente cuando sus miradas se cruzaron de nuevo, pero Thantalos tenía algo más que decir. Una frase que cayó como una losa sobre el ánimo de ambos, aunque especialmente sobre el de la muchacha.

–No estás en posición de exigir, hija mía.

La muchacha le sostuvo la mirada unos instantes con desafío, pero finalmente terminó claudicando y apartando la vista con los dientes apretados a causa de la rabia. La había rescatado el rey de Tir Asleen y, fuese su padre o no, ahora disponía de ella. Madmartigan no parecía saber nada de aquellos planes, dada su expresión de completa perplejidad, pero eso no calmaba su atormentado corazón. Eleion, por su parte, parecía encantado con la posibilidad que se le ofrecía, aunque fuese sin Sorsha a su lado.

–¡Acepto! ¡Acepto! –proclamó con voz chillona, como un niño premiado con un caramelo.

–No he terminado –lo interrumpió Thantalos de golpe, aunque sin brusquedad–. Si te quedas como señor de Nockmaar, dejarás de ser vasallo de Cashmere y, en cambio, pasarás a ser siervo de Tir Asleen.

A Eleion se le desencajó el rostro.

–Pero… pero… ¡No puedo hacerle eso a mi hermana! –se escandalizó, aunque al ver el semblante pétreo del rey, optó por evadir su enfado de la única forma que se le ocurrió–. ¿Cuál es la otra opción?

Thantalos alzó la barbilla.

-La otra opción es volver a Cashmere y quedar bajo las órdenes de tu hermana, ya que se ha ocupado de hacer oficial su reinado de cara a todos los demás reinos de Andowyne.

Eleion palideció y tragó saliva. Su mirada voló del rey a Sorsha, que había resultado ser su hija de alguna manera que no alcanzaba a comprender; y a Madmartigan, su odiado rival de juventud. Sin una salida realmente beneficiosa para su posición y su ego, el príncipe optó por la primera sugerencia. Al menos, podría gobernar un reino. Y Eleion adoraba el poder sobre todas las cosas.

–Acepto ser regente de Nockmaar y vasallo de Tir Asleen –se rindió entonces mientras agachaba la cabeza en actitud sumisa.

Thantalos, por su parte, asintió quedamente ante su decisión.

–Muy bien, pues. Dejaré a una parte de mis soldados para que controlen que todo se desarrolla en orden, así como a todo el ejército de Nockmaar. Los soldados que trajiste contigo de Cashmere pueden quedarse también –acto seguido, mientras la actividad en el salón del trono se reanudaba a su alrededor con tan solo hacer un gesto con la mano, Thantalos se volvió hacia los jóvenes que lo flanqueaban–. La corona de hierro, hija –cuando ella se la quitó con evidente malestar, el rey la depositó tras él, sobre el trono y justo después hizo un gesto con la mano hacia las puertas del salón. Eleion, libre de sus carceleros, ya había empezado a dar órdenes y no se preocupaba más por ellos, aunque sí que le dirigió una última mirada cargada de malas intenciones a Sorsha, la cual notó erizarse el vello de su nuca de inmediato. Pero era el momento de irse y así se lo recordó la voz de su padre, que resonó un instante después junto a su cabeza–. ¿Vamos?

Sorsha apretó los dientes y aún tardó unos instantes en reaccionar. Cuando la habían rescatado, había sentido que volvía a saborear la libertad… Hasta ese momento. Ahora, era de nuevo prisionera, aunque en otra ciudad diferente. Conteniendo las lágrimas, miró a su alrededor. Había llegado a apreciar aquel lugar de verdad, conociendo sus recovecos, fortalezas y debilidades. En ese instante, sin embargo, una cálida presencia a su espalda la hizo volverse. Madmartigan tomó su mano y Sorsha, a pesar de que quería abrazarse a él y que el mundo dejase de existir, la apartó suavemente y, en cambio, se abrazó el torso. Con pena, escuchó el suspiro del guerrero tras su pelo, pero no podía… En ese instante, no.

–Sorsha –murmuró él con voz ronca–, tenemos que irnos. Vamos –la invitó, aunque no volvió a tocarla.

La muchacha se giró para mirarle a los ojos, a la vez que el amor que sentía por él luchaba por la sensación de sentirse utilizada por su padre y, no estaba segura de si era así, por Madmartigan. Sin embargo, sabía que si se quedaba en Nockmaar la perspectiva era mucho peor. Así que, con la cabeza gacha, bajó los tres escalones que la separaban del único hogar que recordaba haber tenido en los últimos años y se encaminó hacia el exterior.