15 – Hogar, dulce hogar.

Cuando la noche se echó sobre la comitiva, Thantalos ordenó parar y acampar junto a uno de los múltiples riscos que cerraban el Laberinto de Piedra. El anciano rey no creía que Eleion fuese tan estúpido como para seguirlos o atacarlos pero, por si acaso, decidió establecer guardias. En cuanto descabalgaron, tanto Sorsha como Madmartigan fueron enviados a diferentes tareas, pero el guerrero aprovechó la oportunidad para tratar de hablar con ella en cuanto todos se fueron a dormir. No en vano, a la princesa le habían encomendado la primera vigilancia.

La joven se había sentado entre las enormes raíces de un elegante roble, con las piernas abiertas flexionadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Sus dedos jugueteaban con una ramita mientras sus ojos oscuros y pensativos se mantenían clavados en la hoguera que había a apenas dos metros de distancia frente a ella. Al verla así, Madmartigan estuvo tentado de darse la vuelta y volver a dormir a su rincón, lejos de la vista de Sorsha y de la culpa que él mismo sentía; pues en parte se sentía responsable de aquella situación. La idea de ir a rescatar a la muchacha había sido suya, pero Thantalos siempre había tenido otros planes. Y mientras que por una parte, el guerrero se sentía ligeramente engañado, por otro lado no podía soportar ver triste a su amada.

"Debes hacerlo", se repitió por enésima vez. Ahora que Sorsha se veía obligada a regresar a Tir Asleen, lo que implicaba que de ahora en adelante debería vivir allí, quizá el hecho de sentirse acompañada sería un buen paso. Y Madmartigan sentía unas ganas locas de aclarar con ella todo lo que había sucedido en Nockmaar, tanto hacía una semana como apenas unas horas antes.

La princesa cautiva levantó la vista, ligeramente sobresaltada, cuando escuchó sus pasos aproximarse por entre los árboles, pero no respondió a su media sonrisa más que ladeando de nuevo la cabeza hacia el fuego con aire resignado. Madmartigan suspiró, obligándose de nuevo a no desistir en su empeño, antes de sentarse a su lado y clavar igualmente la mirada en el fuego.

–¿Cómo estás? –se obligó a preguntar para romper el hielo.

Era una pregunta absurda, se veía a las claras que la muchacha no estaba bien, pero fue la única forma que se le ocurrió de tratar de hablar con ella.

–¿A ti qué te parece? –tal y como sospechaba, Sorsha replicó en un tono hosco y cansino, sin mirarlo directamente. Parecía realmente interesada en el baile de las llamas, más que en el guerrero. Pero tampoco podía culparla–. ¿Qué quieres? –preguntó entonces.

–Saber si estás bien –repuso él, sintiendo que era totalmente cierto.

–Obviamente no –vocalizó ella en respuesta, con acidez en la voz–, pero ya puedes ir a decirle a tu nuevo rey que no voy a escaparme, si es lo que le preocupa.

Madmartigan no pudo evitar sonreír a medias.

–Ni se me ocurriría despertar a un rey que duerme plácidamente –bromeó, tratando de distender el ambiente; pero al comprobar que ella no hacía nada aparte de volverse hacia él con gesto inexpresivo, aprovechó ese breve intercambio de miradas para inclinarse ligeramente en su dirección e insistir suavemente–. Sorsha, ¿qué te preocupa?

Ella se tomó unos segundos antes de responder.

–¿Por qué quieres saberlo? –murmuró al fin, en voz muy baja.

Madmartigan se rascó un segundo el mentón, pensativo. ¿Cómo expresarlo? ¿Cómo vocalizar todo lo que sentía por ella sin arriesgarse a su rechazo inmediato? Intuía que aquella frialdad hacia él no se debía solo a su forzoso traslado a Tir Asleen, pero pretendía recuperar su confianza costara lo que costase. Y lo mejor era ir paso a paso.

–Porque lo creas o no, aún… me preocupo por ti.

Se había tenido que morder la lengua para no decir las palabras que realmente quería vocalizar pero, por suerte o por desgracia, Sorsha no pareció notarlo. Se había limitado a bufar por toda respuesta, algo que al duro guerrero le dolió más que un espadazo directo al corazón. Sin embargo, Madmartigan no se rindió y optó por seguir esperando. Para su alivio, cinco minutos después obtuvo una tímida respuesta que denotaba, más o menos, lo que Sorsha sentía en aquel momento:

–Ya no me queda nada –musitó la muchacha apretando los labios–. No soy nadie.

–Yo creo que eso no es cierto –la rebatió él.

Sorsha se giró entonces, mostrando en su rostro un claro desacuerdo.

–¿Ah, no? –replicó con sarcasmo evidente, enarcando las cejas en un gesto que Madmartigan ya le había visto alguna vez–. ¿Y eso por qué?

El guerrero, por su parte, procuró por centésima vez en aquella noche no amedrentarse.

–Siendo la hija de Thantalos eres princesa heredera de Tir Asleen–apuntó.

Pero Sorsha chasqueó la lengua, disconforme.

–Tir Asleen ya tiene una princesa heredera –contestó en un tono cortante que Madmartigan conocía bien. No en vano, era el mismo que había utilizado ella con Willow unos días atrás para desdeñar su ayuda con Elora, cuando el guerrero y el nelwin viajaban encadenados a una carreta Nockmaar–. Y no soy yo.

–Elora necesita alguien que se ocupe de ella, Sorsha– arguyó Madmartigan antes de agregar en tono muy bajo–. Y no me digas que Raziel es una buena opción con los achaques que tiene…

La muchacha esbozó entonces una sonrisa sin poder evitarlo, pero aún estaba impregnada de cierta amargura que Madmartigan estaba deseando borrar de un plumazo. Por desgracia, la siguiente frase de Sorsha le indicó que aún quedaba mucho camino por delante para conseguir que la princesa que conocía volviese a ser ella misma.

–¿Y por qué no te encargas tú… Hilda?

Para el orgullo de Madmartigan, aquello fue un insulto, pero no fue nada comparado con la sensación que le invadió al comprobar cómo Sorsha utilizaba el momento en que se conocieron como arma arrojadiza. Aquello debería ser una anécdota, no una afrenta. Por lo que, resignado, optó por levantarse y dirigirse hacia su manta para dormir. Sin embargo, antes de alejarse, musitó, clavando la mirada directamente en la joven a la que amaba tan desesperadamente:

–Piénsalo, Sorsha.

Ella estuvo tentada de contestar, pero al ver su espalda alejarse fue como si su garganta se congelara. Porque, sin que lo admitiese, sabía que Madmartigan tenía gran parte de razón. Y no sabía si eso la hacía sentirse mejor… o terriblemente peor.

La noche pasó sin sobresaltos y los guardias se fueron turnando hasta que, cerca del amanecer, Thantalos ordenó reanudar la marcha. Sorsha notó cómo Madmartigan procuraba alejar su caballo del de ella, acercándose más a Thantalos y la joven tuvo que hacer un esfuerzo soberano para no echarse a llorar. Estaba dolida y se sentía más abandonada que nunca entre aquellos hombres pero lo que menos podía soportar era su distancia. Sabía que él trataba de ayudarla y acercarse de nuevo a ella, cosa que agradecía, pero el sentimiento de sentirse prisionera se había apoderado de su alma de tal forma desde el día anterior que no era capaz de anticipar un atisbo de felicidad en Tir Asleen.

Cuando llegaron al patio principal, Willow y Fin Raziel, esta última con Elora en brazos, los estaban esperando. Los jinetes descabalgaron y Thantalos hizo una seña a Sorsha para que se acercase a él, ante lo cual la princesa obedeció sin rechistar aunque evitando la mirada de Madmartigan. La hechicera y el nelwin saludaron a Sorsha con educación pero sin aspavientos, haciendo notar no obstante que se alegraban de verla. Ella respondió con sendos asentimientos de cabeza, carentes totalmente de emoción, a los dos interlocutores.

–Raziel, por favor, enseña a mi hija sus aposentos –Sorsha comprobó cómo la mandíbula de la hechicera se tensaba ligeramente y se preguntó a qué se debería, pero cuando la anciana se volvió hacia ella con una sonrisa comprensiva y la tomó del brazo, se sintió curiosamente reconfortada-. Esta noche cenaremos solos en el gran comedor, Sorsha –le indicó entonces Thantalos.

–Como deseéis, padre– replicó ella con voz monótona, antes de dejarse conducir al interior del castillo.

Unos segundos después y tras dar algunas indicaciones a Madmartigan para que las transmitiese a las tropas, Thantalos se despidió igualmente con un asentimiento de cabeza antes de seguir a ambas. Tanto el guerrero como el nelwin cruzaron entonces una significativa mirada en cuanto la espalda del monarca desapareció de la vista. La situación había sido tan evidente que no hacían falta palabras. Y sin embargo, Willow tuvo la entereza de acercarse a su amigo y tenderle una mano amistosa:

–Bienvenido a casa, Madmartigan.