16 – Frente a frente

Cuando Sorsha por fin se decidió a entrar en el comedor, ataviada con el vestido blanco que Fin Raziel le había entregado poco después de su llegada, trató de disimular su nerviosismo sujetando los pliegues de la falda fuertemente entre los dedos. Cuando habían salido de Nockmaar, Thantalos apenas había permitido que empacase cuatro vestidos, pero ninguno de ellos parecía apropiado en aquella ciudad. La princesa apretó los labios. Nada en ella parecía apropiado en Tir Asleen, en realidad. O al menos así se sentía.

Su padre se encontraba de pie junto a la ventana que se abría en el muro opuesto de la habitación, contemplando con aparente interés el trasiego del patio a última hora de la tarde. Al llegar, Sorsha había podido apreciar que la ciudad no era ni de lejos aquel bastión desvencijado en el que se decidió a arriesgarse por sus sentimientos, hacía algo menos de un mes. Parecía tan lejano aquel día… Y sin embargo, la muchacha no podía evitar sentir cierto orgullo al pensar que Madmartigan había colaborado en la misión de reconstruir Tir Asleen. Al final, parecían haber estado ocupados ambos en lo mismo: ella, desde lo alto de la jerarquía y él, en algún puesto intermedio.

No obstante, sus erráticas cavilaciones se interrumpieron de golpe en cuanto Thantalos escuchó la puerta abrirse y se giró hacia ella, con la misma expresión que si despertase de un sueño. Al contemplar a su única hija, sonrió a medias sin alegría y Sorsha tragó saliva.

–Estás preciosa, hija mía –murmuró él con un tono de voz que pareció ligeramente forzado, mientras colocaba las manos a la espalda y se aproximaba hacia ella, rodeando la mesa que ocupaba el centro de la estancia y ya estaba dispuesta para que cenasen dos comensales.

Trataba de ser amable, advirtió Sorsha, por lo que la joven procuró obligarse a serlo también.

–Gracias… padre –la palabra se le atascó ligeramente en la garganta, pero pudo disimularlo al agachar la cabeza para hacer una reverencia ensayada mil veces en la habitación unos minutos antes.

Thantalos, por su parte, no pareció apreciar su lapsus, sino que la invitó con amabilidad a sentarse frente a uno de los platos mientras él ocupaba la cabecera de la mesa. Sorsha se tensó cuando por su cabeza pasó otra escena muy similar, sucedida unos días atrás, en la que ella había terminado bastante mal parada. Su padre debió percibir el rictus en su cara, porque sonrió con algo más de amabilidad y confianza que antes.

–Aquí estás a salvo, Sorsha –le indicó suavemente–. No tienes nada que temer en esta ciudad.

–No tengo miedo –replicó ella de inmediato.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de su padre, desafiantes, pero los apartó acto seguido temiendo que él hubiese visto el miedo que rielaba tras ellos. Sorsha no era una persona propensa a demostrar sus sentimientos abiertamente ni a mostrarse débil; pero, al contrario de cualquier cosa que pudiese haber esperado, Thantalos se limitó a recostarse en la silla con un suspiro y tomar los cubiertos entre los dedos.

En ese instante, como si su gesto la hubiese invocado, una joven cocinera entró en la sala por una puerta lateral y se acercó a la mesa con una humeante olla entre las manos. Acto seguido, con suma delicadeza sirvió los cuencos de porcelana que había frente a los dos comensales y se retiró sin hacer ruido. Todo casi en un abrir y cerrar de ojos.

Thantalos enseguida hundió la cuchara en el caldo de verduras, pero Sorsha sentía un nudo en el estómago y no se veía capaz de probar bocado. Por no quedarse parada con las manos en el regazo como una idiota, tomó la delicada cuchara de plata entre sus dedos y removió la humeante sopa con cierta desgana, pero su mente estaba lejos de allí.

–¿Qué te preocupa, Sorsha? –murmuró su padre entonces.

La aludida alzó la cabeza como un resorte, devuelta de golpe a la realidad, a la vez que lo miraba entre asustada e indecisa. Porque, ¿cómo decirle a tu padre que ni siquiera le habías dedicado un pensamiento durante los últimos… quince años? ¿Que ni siquiera sabías… que aún existía? Abrió la boca, pero las palabras tardaron en salir aún unos segundos mientras ella buscaba la forma más adecuada de verbalizar sus dudas.

–¿Cómo...? ¿Cómo es posible, padre? –preguntó por fin, insegura.

Thantalos, por su parte, esbozó una triste sonrisa.

–Me dabas por muerto, ¿verdad?

Sorsha tragó saliva.

–Algo así, sí.

No podía decírselo tan claramente; pero, por lo visto, no hacía falta. El rostro de su padre se contrajo de tal manera que pareció tener, de repente, diez años más.

–Tu madre –adivinó sin esfuerzo, antes de hacer un gesto de resignación con las manos–. Supongo que era lo que tenía que ser…

Sorsha agachó la cabeza, colocando sin querer las manos de nuevo en su regazo. Sí, su madre nunca había sido una buena persona, no era una novedad para ella. Y sin embargo…

–¿Por qué? –quiso saber.

El rey alzó la vista para mirarla.

–Por qué… ¿qué?

–Por qué quiso separarme de ti.

Thantalos resopló, meditando su respuesta.

–Supongo que solo me quería para tenerte a ti –musitó al fin, con tristeza evidente, antes de clavar una intensa mirada en Sorsha–. Pero sí que debes saber que, durante el poco tiempo que te tuve junto a mí… nunca pensé que terminarías siguiendo sus pasos.

–No soy una bruja, si es lo que insinúas –lo rebatió Sorsha en tono cortante– e hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. De todas formas –bufó con irritación y dolor mal disimulado–, tampoco importa. Estaba claro que al final todo se lo quedaría Kael…

–¿Kael? –repitió su padre con cierta incredulidad.

Sorsha asintió con sequedad.

–Sí. Siempre estaba detrás de mi madre, obedeciendo sus órdenes. De hecho…

La joven se calló de golpe, sabiendo que había dicho demasiado. Aunque, ¿qué importaban ahora Kael y Bavmorda? Estaban muertos, no eran parte del presente. Sin embargo, su silencio debió ser lo suficientemente elocuente para que su padre alzase las cejas con curiosidad.

–Vaya… Lo cierto es que siempre sospeché que Bavmorda y Kael se traían algo entre manos, pero nunca tuve esa certeza, la verdad.

Sorsha se irguió, sorprendida por aquella declaración.

–¿Llegaste a conocer a Kael? –preguntó, confundida.

Su padre soltó, para su mayor incredulidad, una risita sarcástica.

-Más de lo que me hubiese gustado –reconoció–. Cuando conocí a Bavmorda él era su escolta personal.

¡Hola a todos! Bueno, matizar en este capítulo que lo de la posición de Kael es de mi cosecha, porque en ningún momento he encontrado referencias a él previas a la película de Willow. Sin embargo, podría darle cierto sentido a que Bavmorda pareciese tenerle más simpatía que a su hija, que se esforzaba hasta la saciedad por complacerla y al parecer nunca lo conseguía. Además, por lo que he leído en la Wikia Kael mató al anterior instructor de Sorsh;, por lo que eso, sumado a que Sorsha durante su infancia nunca mostró los poderes de su madre, podría haber aumentado aún más la rivalidad entre ambos por el trono. Pero claro, solo es una teoría aplicable a este fanfic ¡Hasta la próxima y espero vuestros comentarios!