17 - ¿Qué quieres de mí?

Sorsha se había quedado boquiabierta.

–Su… ¿escolta?

No podía ser, no tenía sentido. Y sin embargo… ¡Claro! Por eso Bavmorda le apreciaba tanto; por ello Sorsha siempre había sospechado de los movimientos nocturnos en el ala de su madre. Aunque, por lo que sabía, nunca habían tenido ninguna prueba física de su relación; como por ejemplo un hijo. Contuvo una arcada cuando se imaginó la escena, más vívidamente que nunca, y apartó la silla dispuesta a irse.

Sin embargo, Thantalos, aún ágil, la retuvo por un brazo.

–Espera, Sorsha. No te vayas.

Su tono tenía un regusto a súplica al que, curiosamente, la joven no pudo resistirse. Al mirar a aquel anciano, sin quererlo, aún sentía una ternura que creía olvidada desde que era apenas una niña pequeña. Por ello, obedeció, pero tuvo que respirar hondo varias veces antes de que su estómago se asentara de nuevo.

–¿Puedo preguntarte algo, padre? –preguntó al cabo de unos segundos.

Él asintió.

–Por supuesto. Pero antes, por favor, prueba el caldo, te lo suplico –la invitó con un gesto conciliador–. No creo que hayas comido decentemente desde antes de entrar a esa oscura torre en la que Eleion te tenía encerrada.

Sorsha entrecerró los ojos, sospechando; pero, al comprobar la bondad que emanaba del rostro de su padre, decidió arriesgarse. Además, el estómago le resonaba estrepitosamente. Con tiento, probó una cucharada… y después otra y otra. Lo cierto era que la sopa estaba deliciosa. Tanto que, sin darse cuenta, ambos terminaron sus respectivos platos antes de volver a decir una palabra. Al cabo de un rato, la cocinera reapareció para llevárselos y traer una fuente de ave trinchada que olía maravillosamente. En este caso, Sorsha no tuvo reparos en servirse enseguida.

–Creo que hemos dejado una pregunta pendiente –murmuró entonces, sin poder evitar sonreír.

El caldo había calmado su espíritu y su estómago, por lo que la situación le parecía algo menos amenazante que cuando había llegado. Su padre pareció percibirlo, porque le devolvió el gesto.

–Tú dirás, hija mía.

Sorsha notó que cada vez se sentía más cómoda con aquel apelativo antes de lanzarse a preguntar:

–¿Por qué quisiste que viniera a Tir Asleen?

En ese instante, el semblante de su padre se ensombreció ligeramente, pero respondió con sinceridad.

-Primero, debo decir que siento no haber comunicado al capitán Madmartigan mis intenciones cuando acepté acompañarle a Nockmaar para liberarle; pero cuando supe que estabas viva y que habías decidido hacerte cargo de la fortaleza tú sola, decidí que no podía dejarte en aquel lugar desolado y oscuro. No cuando cada recuerdo del mal que tu madre había provocado a Andowyne, incluyendo a esta ciudad que fue la suya una vez, estaba marcado en cada una de sus piedras. Eres mi hija, Sorsha. Y tu lugar está conmigo.

La princesa se irguió y bajó las manos debajo de la mesa, procurando que no se viese cómo se habían transformado en puños.

–Tir Asleen ya tiene una princesa heredera, padre –siseó entre dientes, visiblemente irritada–. Y el hecho de que yo esté aquí solo conseguirá avivar la rivalidad cuando Elora crezca. Yo no estoy predestinada a gobernar esta ciudad, pero ella sí.

Thantalos alzó la cabeza y apoyó las manos con los dedos juntos sobre la mesa.

–Elora es la princesa heredera –reconoció con calma– pero eso no impide que alguien cercano a mí deba hacerse cargo de ella –Sorsha se tensó al escuchar las mismas palabras que le había oído decir a Madmartigan en el campamento, pero su padre no había terminado de hablar–. Mírame, Sorsha. Mira a Fin Raziel. Ninguno de los dos somos ya los jóvenes que éramos hace años; no sé cuánto tiempo estaremos aquí… Y Willow se marchará pronto a su hogar.

Sorsha se humedeció los labios mientras procuraba mitigar el temblor que se había adueñado de su cuerpo, provocado principalmente por la rabia de sentirse utilizada de nuevo.

–¿Y Madmartigan? –carraspeó en voz baja.

Thantalos emitió entonces un suspiro que no gustó demasiado a la joven.

–Es un guerrero, Sorsha –le recordó con paciencia, como si ella fuese una niña y no una adulta; después pareció querer agregar algo pero, finalmente, concluyó–. Compréndelo: solo te tengo a ti… Salamandra.

Ahí sí que Sorsha se tensó como la cuerda de un arpa recién afinada. Aquel apelativo… Apretó los labios haciendo un esfuerzo por no derrumbarse. ¿Cómo era posible que lo recordase él, después de tanto tiempo? ¿Y cómo lo recordaba ella?

–Llevaba sin oír ese nombre muchos años –admitió con voz ronca– pero me sorprende que lo uses ahora mismo, como si quisieras convencerme con el pasado de que me quede aquí –inspiró hondo por la nariz–. No quiero juegos, padre –decretó–. Si quieres que me quede como tu hija, está bien: me quedaré. Pero quiero algo más que sentirme como una simple niñera.

Ante aquella respuesta tan contundente, Thantalos se mesó la barba, pensativo. No pretendía herir a Sorsha con aquel sobrenombre, pero jamás hubiese imaginado que removería tal ola de sentimientos en su interior como la que reflejaban su postura y sus palabras. La conocía: en eso, era igual que su madre.

–Está bien, Sorsha –claudicó, conciliador–. Te propongo algo: tú cuidas de Elora hasta que tenga la mayoría de edad y si antes de eso me sucediese algo, tendrás la consideración de princesa regente –decretó, lo que dejó a su hija ligeramente sorprendida. Realmente la muchacha no esperaba una oferta así, pero prefirió callar hasta que su padre terminase de hablar–. Por supuesto, te reconoceré públicamente como mi hija y princesa de Tir Asleen, teniendo así tus derechos reales y dinásticos sobre el trono.

Su última frase iba cargada de advertencia, no hacía falta ser un mago para saberlo a cincia cierta. Por ello, Sorsha sopesó la oferta en silencio, mirando hacia la ventana que tenía enfrente. Sin duda, su padre era un gran negociador, algo que ya había demostrado con Eleion de Cashmere en Nockmaar. Y, dedujo, aquello no podía ser malo para la ciudad, más bien al contrario. Tir Asleen recuperaría su esplendor y ella contribuiría a que fuese así. Además, si uno de los herederos de Cashmere estaba controlado, quizá las relaciones con el rico reino oriental serían más fluidas.

¿Qué podía perder?

–Está bien. Acepto.

En el rostro de Thantalos se mostró de inmediato una amplia sonrisa.

–Sabia decisión, hija mía. No te arrepentirás.

Sorsha asintió, sintiendo cómo de repente el calor de la emoción empezaba a extenderse por su cuerpo. Princesa regente…

–¿Puedo retirarme ya, padre? –pidió entonces.

Lo que no manifestó es que estaba deseando contarle a alguien en especial todo lo que había sucedido. Si es que aceptaba hablar con ella, claro.

Su padre, por otro lado, aceptó su sugerencia y le deseó buenas noches antes de levantarse para retirarse él también.

Y mientras caminaba por los corredores, la joven princesa iba paladeando mentalmente su nuevo título.

"Verás qué cara se le quedará a Madmartigan cuando lo sepa".