20 – Donde hubo llamas, siempre quedan brasas.

Todo era oscuridad alrededor. Cuando Sorsha alzó la mano para tantear junto a ella, lo único que encontró fue piedra resbaladiza. Alzó la cabeza, notando cómo sus ojos se hacían poco a poco a la penumbra que la rodeaba. Unos segundos después, distinguió el resplandor de una antorcha unos metros más allá… al otro lado de una puerta enrejada.

La muchacha jadeó justo antes de tratar de incorporarse. Pero algo se lo impedía. Aterrada, se miró, buscando la causa de aquella parálisis. Y la encontró al tantear con las manos, sorprendentemente libres: un cinturón metálico se ceñía a su pecho y su hermano gemelo la amarraba al muro que tenía a sus espaldas a la altura de las caderas. Las piernas estaban abiertas y fijadas al suelo mediante dos argollas. Sorsha trató de liberarse frenéticamente, palpando a su alrededor en busca del preciado cierre que le daría la libertad, pero una voz surgida de la nada que la rodeaba hizo que frenase en seco sus intentos.

–Es inútil, hija.

Sorsha sintió cómo todo el vello del cuerpo se le erizaba al escucharla. No podía ser… Despacio, alzó la cabeza sin poder disimular el temblor de su cuerpo y sin poder evitar que, finalmente, su boca se abriese en una mueca aterrada. La iluminación en la diminuta estancia parecía haber aumentado de intensidad de repente, lo que ahora le permitía ver claramente las paredes, la puerta… y a ella.

–No es posible… –susurró, al borde del llanto, mientras trataba de zafarse de sus ataduras por enésima vez-. Tú… –tragó saliva–… estás muerta.

Bavmorda mostró una sonrisa malvada que su hija conocía demasiado bien.

–Sabes muy poco sobre el mundo que te rodea, pequeña bastarda –la insultó entre dientes–. Pero no te preocupes. El sufrimiento que llevas dentro, tus remordimientos y tu culpa harán que abras los ojos muy pronto…

Sorsha palideció intensamente.

–¿Qué quieres decir? –inquirió en un hilo de voz.

Bavmorda no contestó enseguida; en cambio, la que fuese reina de Nockmaar, aún con las marcas del ritual que la había conducido a la muerte y unos extraños ojos amarillentos relumbrando en su malévolo rostro, se aproximó a su hija.

–¿Acaso algún día entenderás lo que hice por ti? –la miró de arriba a abajo con evidente desprecio–. ¿En qué se ha convertido la guerrera que siempre quise que fueras?

Sorsha apretó los labios e irguió la cabeza.

–Tú solo querías una esclava a tus órdenes, madre.

El último apelativo se lo escupió directamente a la cara en un instante de valentía, pero rápidamente se dio cuenta de que había cometido un error. De una nueva zancada, Bavmorda llegó a su altura y le situó una mano sobre el vientre. Sorsha notó como si una presa de acero apretase sus entrañas hasta hacer que se le saltaran las lágrimas.

–Tú me perteneces, Sorsha –susurró su madre acto seguido junto a su oreja–. Y no permitiré que debas amor ni lealtad a nadie más. ¡Eres mía!

La princesa abrió los ojos de golpe, con la mente fija en una de las palabras del discurso y sin prestar atención al resto. ¿Cómo había dicho…? ¿Qué se había creído? Con aquella pregunta, su espíritu guerrero volvió a salir a flote y alzando la vista hacia su madre, la muchacha siseó:

–Yo ya he escogido.

Bavmorda apretó los dientes e hincó aún más los dedos en el vientre de su única hija.

–Eso habrá que verlo –masculló.

Y entonces Sorsha gritó. Fue un aullido de puro dolor provocado por la sensación de que todo su cuerpo se deshacía en aquella garra de maldad que sostenía la mujer que la había traído al mundo. Cerró los ojos, anticipando la muerte… pero lo siguiente que vio al abrirlos fue su habitación de Tir Asleen, una centésima de segundo antes de que la puerta se abriese con violencia y entrasen Madmartigan, cuchillo en mano; Fin Raziel mirando en todas direcciones y Willow pisándoles los talones.

Sorsha se quedó mirándolos como si no les hubiese visto nunca antes en su vida, al menos hasta que Madmartigan se acercó a la cama, dejando el cuchillo a un lado al comprobar que no había ningún peligro evidente en el dormitorio, y le posó una mano amorosa en la mejilla.

–Sorsha, ¿estás bien? –preguntó, claramente preocupado–. ¿Qué ha pasado?

La joven estaba tan aturdida que no acertó a responder con la voz. Tan solo tuvo fuerzas para asentir lentamente y después dejarse caer sobre el hombro del guerrero. Notaba cierto rastro de lágrimas sobre sus mejillas, pero en ese preciso momento no tenía ganas de llorar. Allí sentada, con el camisón empapado de sudor, se sentía terriblemente confusa. Había sido tan real... Y las palabras de su madre… Cerró los ojos y aspiró el olor del hombre que amaba, buscando tranquilizarse del todo. Porque solo era una pesadilla… ¿verdad?

Madmartigan, mientras tanto, murmuraba palabras suaves sobre su pelo, lo que ayudó en gran medida a que el corazón de la joven recuperase un ritmo normal. Pero los pasos de Fin Raziel y Willow aproximándose rompieron ligeramente el hechizo del momento e hicieron que los dos enamorados se separasen algo bruscamente.

–¿Una pesadilla? –quiso saber Raziel sin rodeos. Sorsha asintió, pero no le gustó la mueca de urgente preocupación que mostró la hechicera–. ¿Puedes contarme algo de ella? ¿Quién estaba ahí?

La princesa alzó la cabeza, sorprendida ante la pregunta. ¿Cómo podía saberlo? "Bueno, es una hechicera, ¿no?". Pero antes de que pudiese contestar, alguien lo hizo por ella. Una voz masculina, potente y categórica emitida justo por encima de su coronilla.

–No creo que sea el momento para hablar del asunto.

Raziel pareció contrariada por aquello, como si no esperase que el guerrero abriese la boca; y entonces fue cuando Sorsha retornó del todo a la realidad, sabiendo que debía mediar entre ambos.

–Tiene razón, Raziel –apoyó a Madmartigan–. No me encuentro bien y no quiero hablar de ello. De todas formas, mañana podremos hablarlo con más tranquilidad, si te parece.

"Porque no creo que lo olvide fácilmente", añadió para sus adentros. Como ya había visto que Raziel era capaz de intuir lo que sucedía dentro de las personas, también sabía que no hacían falta más palabras para expresar cómo se sentía. La hechicera, por su parte, frunció un ceño reflexivo mientras meditaba sobre sus opciones.

–Está bien –claudicó finalmente, aunque a regañadientes–. Si tienes cualquier consulta, mañana o cuando sea, ya sabes dónde estoy –acto seguido hizo un gesto imperioso, en el que se reflejaba claramente su contrariedad, hacia sus acompañantes y en dirección a la puerta–.Vámonos.

Willow obedeció enseguida, pero la mano de Madmartigan se vio retenida de inmediato obligándolo a volverse, intrigado. Y al ver el terror que aún impregnaba los ojos de Sorsha, supo que no podría moverse de allí ni aunque tirasen de él con diez mulas a la vez. No pensaba volver a abandonarla, fuese por el motivo que fuera. Justo la escuchó susurrar un "no te vayas" angustiado y le respondió en el mismo tono quedo: "no lo haré", antes de volverse hacia Fin Raziel y manifestar su deseo de quedarse en un tono que no admitía réplica, ni siquiera de la poderosa hechicera. O eso esperaba.

Sin embargo, aparte de dirigirles una mirada bastante torva, en este caso la mujer no hizo ademán de ir en contra de sus deseos. Por el contrario, murmuró un "buenas noches" sin despegar la vista de Madmartigan para después salir por la puerta precediendo a Willow, que había permanecido como mudo espectador de todo. El nelwin, por su parte, les dirigió una rápida sonrisa alentadora antes de cerrar tras de sí.

En ese momento, Sorsha pareció derrumbarse del todo y se refugió aún más en el cuerpo de Madmartigan, aunque sin derramar una lágrima. Él la rodeó con los brazos sin perder un segundo.

–Creo que la abuelita no se fía de mi honestidad –comentó con sorna al cabo de un rato.

Aquello hizo que el cuerpo de Sorsha se sacudiera con una risita. Debía reconocer que le encantaba tener a alguien al lado que fuese capaz de apartar sus temores de aquella manera.

–Y yo, ¿puedo hacerlo? –preguntó con picardía evidente, echando la cabeza hacia atrás para mirarle.

Ante lo cual él se puso serio y acarició suavemente su mejilla.

–Siempre –respondió con voz ronca. Una décima de segundo después su expresión cambió, al tiempo que miraba brevemente hacia la ventana–. Es tarde –informó entonces en un tono mucho menos formal–. Deberíamos dormir –sin embargo, no pudo evitar esbozar una sonrisa pícara antes de agregar–. Mañana será un día ajetreado, ¿no crees?

Sabiendo a qué se refería y a pesar del cansancio, Sorsha fue capaz de mostrar una ligera sonrisa antes de besarlo suavemente. Después, se tendió entre las sábanas y lo invitó a hacer lo mismo mientras reflexionaba un instante sobre cómo le daría a su padre, el rey, la gran noticia.

Segundos después, con la cabeza apoyada en el pecho de Madmartigan, igualmente se esforzó por olvidar la pesadilla sobre su madre y por acompasar su respiración a la de él. A pesar de que todavía sentía un ligero malestar en el vientre –que enseguida achacó a la tensión sufrida–, sin darse cuenta y acunada por el movimiento rítmico de los dedos del guerrero sobre su cintura, la joven pelirroja cayó en un profundo sueño del que no recordaría nada a la mañana siguiente.