24 – Danza y sueños

La joven inspiró por la nariz despacio, expulsando el aire acto seguido a la misma velocidad. La cuerda del arco estaba tensa junto a su mejilla y las plumas del extremo posterior de la flecha le hacían cosquillas en el rostro, pero procuró ignorarlo mientras permanecía agachada; a la espera de que la presa que había avistado hacía unos segundos hiciese por fin acto de presencia en todo su esplendor.

En ese instante, el morro del jabalí asomó entre los matorrales. Era un macho joven, con los colmillos relumbrando bajo el sol de un mediodía avanzado y el pelo negro hirsuto apenas mecido por la brisa invernal. Un paso, dos pasos, tres pasos… Y Sorsha soltó la cuerda. La flecha silbó a gran velocidad, clavándose justo en el centro de la frente del animal. Este emitió un aullido agónico y se sacudió, enloquecido, antes de caer al suelo como un fardo. Solo entonces, la princesa expulsó todo el aire que estaba conteniendo, justo sobre la corteza del árbol tras el cual se había escondido para resguardarse en caso de que el tiro errase. Hacía tiempo que no utilizaba el arco, aunque siempre era un arma que llevaba a mano junto con su preciado sable dentado, Mandíbula. Y apostar a que sería capaz de cazar un jabalí había sido arriesgado, pero se sentía orgullosa de haberlo conseguido. Lentamente, se aproximó al animal, comprobando si respiraba antes de inclinarse sobre su cuello y abrirlo de un tajo, buscando desangrarlo.

Un segundo después, el crujido de varias ramas al partirse sumado a un silbido de admiración que resonó a su espalda, hicieron que se volviese con el cuchillo en alto. Sin embargo, lo bajó enseguida con media sonrisa burlona al comprobar de quién se trataba. Madmartigan la observaba apoyado con aire indolente junto a un haya, mientras a sus pies yacía el cadáver de un joven corzo.

–Debo reconocer que esto se te da mejor de lo que pensaba –comentó él mientras se echaba la pieza sobre los hombros.

Ella sonrió con orgullo y mordacidad a partes iguales.

–Hay muchas cosas que se me dan bien… –replicó, al tiempo que ataba el jabalí con una cuerda para arrastrarlo hasta los caballos.

Madmartigan, por su parte, volvió a dejar el corzo en el suelo y se aprestó a ayudarla.

–No me cabe duda –susurró entonces, en respuesta.

Sus rostros estaban muy juntos y Sorsha sintió de nuevo el impulso que había sentido la noche anterior junto a las columnas del palacio de Tir Asleen. Tan preocupada únicamente por su entrenamiento durante aquellos años, jamás se había parado a sentir nada similar. Y sumado a la "maldición" que había supuesto ser princesa heredera… Sacudió la cabeza. No podía pedírselo allí, en medio de un bosque. No sería apropiado.

Por lo que inmediatamente bajó la cabeza con las mejillas arreboladas y comentó, ligeramente acalorada:

–Voy a por los caballos. Será mejor para arrastrar a este animal hasta un sitio mejor para acampar.

El guerrero pareció meditar su sugerencia durante un par de segundos, a la par que la observaba con intensidad, pero finalmente asintió con la cabeza y le dejó paso. Cuando la joven se alejó, los ojos de él se perdieron sin quererlo en su figura esbelta: los pantalones de cuero, la camisa ceñida por el corpiño, su cuello tras la trenza de raíz que domaba sus rizos pelirrojos aquel día… Pero enseguida apartó la mirada, turbado y sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba sin que pudiese evitarlo. Aunque lo deseara y ella ya no estuviese limitada por las leyes intangibles de Andowyne, no podía forzar la situación.

Por todo ello, cuando Sorsha regresó y ataron la caza a las grupas de los caballos, ninguno de los dos comentó nada. Montaron en silencio y cabalgaron al paso durante una media hora siguiendo el cauce de un río cercano, hasta que salieron del bosque justo sobre un acantilado. La corriente se precipitaba en ese punto hacia el fondo en forma de catarata hasta formar una pequeña laguna natural. Y más allá…

Ambos contuvieron la respiración al tiempo que cruzaban una mirada significativa. Ese lago inmenso. Aquella isla diminuta. El pueblo de pescadores… Sorsha desvió la barbilla enseguida, al tiempo que desmontaba y colocaba en el suelo con nerviosismo las cosas para acampar y comer. El sol ya estaba muy alto en el cielo y ambos habían decidido, tras pasar por el pueblo en el que había terminado su carrera –ganada, para dolor de su orgullo, por Madmartigan con amplia ventaja–, que mejor que adentrarse en la posada donde se habían cruzado por primera vez y a riesgo de que el armario empotrado de Llug aún estuviese por allí clamando venganza por el honor de su esposa, los dos jinetes cazarían algo para no volver a la ciudad con el estómago vacío. Así, además, podrían llevar alguna pieza mayor para los cocineros de Tir Asleen.

Veinte minutos después, mientras la joven se dedicaba a desollar concienzudamente los cuartos traseros del joven corzo junto a una pequeña hoguera, Madmartigan aprovechó para sentarse a su espalda.

–¿Sabes? Si afino la vista aún puedo ver mi sangre salpicando la orilla –comentó con cierta picardía mal disimulada mientras clavaba la vista en el horizonte.

Sorsha, sabiendo bien de qué hablaba, apretó los labios y hundió aún más su atención en el cérvido que tenía delante, al tiempo que notaba cómo el calor se intensificaba en sus mejillas. Y el guerrero, conocedor de que estaba chinchándola con razón, se acercó aún más a su oído y señaló hacia el gran lago.

–Fíjate –indicó con malicia–. Ahí en el principio del poblado…

La muchacha, ya sin poder evitarlo, lo empujó con los codos hacia atrás sin poder reprimir media sonrisa. El guerrero, por su parte, se apoyó en un codo mientras sonreía ampliamente.

–Sí, más o menos de ese color se me quedó la cara a mí también…

–¡Oh, cállate! –le pidió ella entonces sin poder reprimir una risita avergonzada, a la vez que trataba de darle con una de las patas del almuerzo.

Pero los reflejos de él eran más rápidos, lo que le permitió arrebatárselo de las manos sin ningún problema.

–¡Oye! ¿Nunca te han dicho que con la comida no se juega? –la reprendió, bromista.

Sin responder a la provocación, Sorsha intentó cogerlo el corzo de nuevo, muy avergonzada; pero Madmartigan, en un movimiento fluido, logró tumbarla junto a él antes de que pudiese conseguir nada. La muchacha soltó un gritito sorprendido antes de echarse a reír, aunque paró enseguida. No estaba acostumbrada y siempre había pensado que la risa era un símbolo de debilidad. Pero la forma en que el guerrero la miró a continuación hizo que aquella idea se esfumase de inmediato de su mente, al tiempo que su corazón aleteaba como un colibrí.

–Estás preciosa cuando te ríes –musitó él con el rostro a apenas unos milímetros de distancia de su rostro, aunque su gesto se ensombreció ligeramente al agregar–. Imagino que en Nockmaar no era algo habitual.

La joven se mordió el labio, cohibida, sin poder apartar sus ojos de los iris azules de él.

–No, no lo era –reconoció en el mismo tono.

Él hizo un gesto de comprensión pero, en ese momento, algo especialmente perverso debió cruzar por su mente, porque su expresión cambió por completo. Algo cuya naturaleza Sorsha intuyó un instante antes de que él deslizase la mano sobre el límite entre el corpiño y la camisa, junto a su costillar izquierdo.

–No te atreverás –siseó ella, apretando ligeramente el brazo contra el costado como un acto reflejo.

No obstante, a pesar de sus intentos, los dedos de él siguieron su camino hasta encontrar un hueco desprotegido; lugar donde presionaron ligeramente sobre la piel haciendo que Sorsha, al sentirlo repetidamente, convulsionara como si la hubiesen pinchado mientras trataba de contener la risa a duras penas.

–¡Para...! ¡Para! –jadeó, sin resuello.

Sin embargo, el guerrero tardó todavía un rato en detener su particular tortura; únicamente cuando Sorsha alzó las manos para atrapar sus muñecas y se vio obligado a bajarle los brazos de nuevo contra la hierba.

–Así que tienes cosquillas… –comentó él con evidente diversión–. Es toda una sorpresa.

Sorsha hizo una mueca que intentaba reflejar contrariedad sin lograrlo del todo.

–Prefiero otro tipo de atenciones por tu parte, la verdad –le indicó con suavidad.

Y Madmartigan sonrió antes de inclinarse de nuevo sobre ella para besarla intensamente.

–Deseo concedido.

¡Hola una semana más, viajeros de Andowyne! Bueno, en este capítulo no hay mucho que decir puesto que, a pesar de todo, los amantes quieren defender su relación a capa y espada. Eso sí, por si alguien no ubica a Llug, se trata del mastodonte que intenta ligar con Madmartigan cuando está vestido de mujer, tratando de camuflar que precisamente su mujer acababa de ponerle los cuernos con él xD. ¡Hasta la próxima semana!