25 – Piensa en mí.

El sol caía lentamente sobre el acantilado donde ambos se encontraban. En la hoguera apenas quedaban unos rescoldos tras haber pasado un buen rato desde que el corzo había terminado de asarse, y los caballos pastaban tranquilamente a unos metros de distancia. Con el estómago lleno y asentado, estando los dos enamorados sentados cómodamente al borde del risco, Sorsha apoyó la cabeza con un suspiro sobre el hombro de Madmartigan mientras las miradas de ambos se perdían más allá del lago de los pescadores. Aunque aún no habían dado el paso definitivo, los momentos tiernos compartidos hasta el momento hacían que ambos sintieran como si se conociesen de siempre. Pero el amargo recuerdo de la negativa de Thantalos a su matrimonio aún planeaba como una nube negra sobre el ánimo de la joven.

–Deberíamos fugarnos… –susurró.

No estaba segura de por qué había sugerido aquello, pero la reacción de él no se hizo esperar. El guerrero se apartó ligeramente y tomó su barbilla con dos dedos.

–¿Y adónde iríamos, Sorsha? –preguntó con dulzura aunque claramente en desacuerdo.

Ella se encogió de hombros, tratando de aparentar una indiferencia que no sentía y sin poder evitar sentir una punzada de dolor en el corazón al comprobar su postura. Lo único que quería era poder estar con él para siempre, y pensaba hacer todo lo posible para que aquel deseo se cumpliese.

–No sé. Más allá de Andowyne, quizá –volvió de nuevo la vista hacia él con una tristeza clara cincelando sus rasgos–. No quiero perderte…

Él sonrió, emocionado, antes de besar su frente, para después dejar la suya apoyada sobre la coronilla de fuego de la joven.

–Yo tampoco –reconoció–, pero mala casualidad ha sido que seas hija del rey de Tir Asleen. Sabes que nos perseguirían hasta la muerte. Y créeme, no es algo que aconseje. Por experiencia –Madmartigan trató de ironizar la situación antes de volver a ponerse serio y preguntar junto a su pelo–. ¿Por qué nunca me lo contaste?

Sorsha hundió aún más la cabeza en el hombro de él y su brazo la rodeó de inmediato por la cintura en un gesto cariñoso.

–Porque no lo recordaba –admitió la joven con total sinceridad–. Es decir… Cuando era una niña, sé que sí preguntaba por él a mi madre. Pero ella solo me decía que era un ser débil y estúpido, aparte de un enemigo de Nockmaar. Sin embargo, llegó un momento en que, simplemente y sin saber cómo, dejé de pensar en él –apretó los labios para tratar de contener la marea de sentimientos encontrados que le provocaba hablar de todo aquello–. De todas formas, esas palabras siempre se quedaron grabadas en mi mente, aunque no recordase nada de mi pasado en Tir Asleen –la opresión que sentía en el pecho al hablar así de sus padres la sorprendió tanto que procuró cambiar de tema enseguida, aunque supusiera que Madmartigan volviese a ser el interrogado. Había otra cuestión sobre su pasado que quemaba el alma de la muchacha y que se moría por desvelar–. ¿Y tú? Nunca me dijiste que eras noble.

Él enarcó una ceja en su dirección, sorprendido igualmente por la pregunta. Y aunque tampoco era algo que le gustase evocar, desde luego era un asunto mucho menos peliagudo que el asunto de Carissima o el de su condena a muerte.

–Lo fui, es cierto –reconoció con cierta amargura–. Antes de perder mi condición de caballero por culpa de Carissima y Jarenth…

No siguió hablando, pero Sorsha también era una criatura pertinaz en sus pesquisas.

–Y… ¿qué sucedió? –insistió suavemente.

Intuía que, habiendo nacido en una posición privilegiada, si se exceptuaban esos últimos meses de su vida posteriores a lo que él había aludido, Madmartigan también debía de haber renegado temprano de su condición para no hablar abiertamente del tema. Además, ella jamás había oído hablar de él siendo princesa y noble durante los años que estuvo al servicio de su madre.

Claro que, por otra parte, ¿acaso ambos habían tenido tanto tiempo hasta entonces como para llegar a conocerse mutuamente? Por mucho que lo amase, debía admitir que la respuesta a esa pregunta era un "no" rotundo.

–Quería ver mundo –repuso él entonces en el mismo tono, sin poder evitar que cierta melancolía se filtrase en su voz–, sentir todo aquello de lo que las piedras del palacio de mi familia me escondían. Así aprendí a montar, a tirar con arco… y el arte del sushin.

–¿Sushin? –Sorsha no podía estar más perpleja. Aquel arte ancestral era casi una leyenda olvidada en su mundo–. ¿Me tomas el pelo? –preguntó, por si acaso. Pero al comprobar cómo él negaba solemnemente con la cabeza, no pudo evitar soltar un silbido de admiración a la vez que sacudía la cabeza con incredulidad–. Vale, ahora empiezo a creerme lo del "más grande guerrero de todos los tiempos" –lo alabó sin ambajes, para agregar a continuación–. No creo que muchos puedan decir que dominan ese arte.

Madmartigan la observó con curiosidad.

–¿Habías oído hablar de él?

Cierto que el sushin era un arte de más allá de las montañas Nockmaar que pocos guerreros habían conseguido dominar dentro de las fronteras de Andowyne; fundamentalmente, por la exigencia física y mental que comportaba. Pero también era cierto que Madmartigan había conseguido dar con uno de los mejores maestros del país en las mismas calles de Galladoorn, y no se lo había pensado dos veces a la hora de entregarse a la citada disciplina.

–Pensaba que era una leyenda de más allá de las montañas Nockmaar –reconoció entonces Sorsha, corroborando su teoría–, pero jamás imaginé que alguien en Andowyne lo conocería…

El guerrero sonrió sin poder evitar hincharse de orgullo.

–Pues ya tienes un ejemplo.

Ella se rio ante aquella pose, aunque inmediatamente su rostro se ensombreció ligeramente.

–A mí también me gustaba conocer mundo, ¿sabes? –confesó con la mirada baja, mientras jugueteaba con una brizna de hierba entre los dedos–. El problema es que me limité a conocer lo que mi madre quería que conociese, con lo que ello implicaba.

Por el rabillo del ojo, vio cómo la postura de Madmartigan se hundía ligeramente.

–¿Estuviste en el asalto a Galladoorn? –preguntó el guerrero con cautela.

Sorsha inclinó la cabeza y resopló con fuerza por la nariz. Tal vez él tenía tachas en su pasado, pero ella tampoco se quedaba corta.

–No –respondió–. Estaba buscando a Elora por aquel entonces… –y acto seguido agregó en un hilo de voz–. Siento lo que sucedió.

–No fue culpa tuya –arguyó él.

Sorsha tragó saliva.

–Y… también siento lo que pasó en el lago.

Madmartigan, ante aquella mención, mostró media sonrisa de clara disculpa.

–No importa –aseguró–. Estábamos en guerra. Supongo que era lo que tenía que pasar.

La princesa sonrió a su vez.

–Sí, supongo que sí.

Después acercó la mano para acariciarle el rostro lentamente, desde la curva de la mandíbula hasta el mentón, mientras posaba sus labios con suavidad sobre los suyos. Una manera callada y dulce de tratar de borrar aquella cicatriz en el orgullo que su bota le había infligido un mes antes.

–Disculpas aceptadas –musitó él cuando se separaron.

Sorsha sonrió casi sin quererlo, notando que cada vez era un gesto que le costaba menos esfuerzo. Además aún recordaba la conversación de aquel día cuando Madmartigan le aseguró que "aún tenía lo que importaba". Estremeciéndose sin quererlo, la joven alzó la vista al cielo para disimular su azoramiento, comprobando con excesiva atención la posición del sol.

No obstante y con cierto fastidio, descubrió que este ya se aproximaba al horizonte, lo que implicaba que debían volver ya hacia Tir Asleen. A la joven no le apetecía en absoluto retornar a aquella "prisión" de piedra, pero el hecho de sentir el brazo de Madmartigan rodeando su cintura le dio el ánimo suficiente como para levantarse.

–Deberíamos repetir esto otro día –comentó él mientras terminaban de recoger el espetón y el pedernal, que se habían quedado cerca de la hoguera tras la comida–. Intuyo que los alrededores de Tir Asleen tienen mucho que esconder.

Sorsha estuvo de acuerdo, pero no pudo evitar que una mueca desanimada se apoderase de su rostro cuando subió a su montura y ambos enfilaron el camino de vuelta. Quizá por ello, Madmartigan aproximó su caballo y la tomó de la mano antes de que arrancasen a galopar.

–Todo saldrá bien, Sorsha –trató de animarla–. Ya lo verás.

Ella mostró media sonrisa poco convencida.

–Eso espero –replicó antes de picar espuelas.

Él la siguió y, aunque casi todo el camino era cuesta arriba, ambos llegaron poco después del anochecer a las puertas de Tir Asleen. Los soldados que montaban guardia los reconocieron y permitieron su paso, cerrando las puertas poco después. Diversas antorchas iluminaban el patio principal de la fortaleza, poco transitado a aquellas horas. Sin embargo, los dos jinetes solo tenían ojos para la figura vestida de blanco que parecía aguardarlos junto a la entrada del palacio.

Sus cabellos grises ondeaban con la brisa alrededor de un rostro bastante inexpresivo, lo que a ninguno de los dos les dio buena espina. Tras desmontar, coger sus respectivas armas y encargar a dos oficiales que se hiciesen cargo de los caballos, Madmartigan tomó la mano de Sorsha con firmeza y la pareja se aproximó a Fin Raziel. La cual se separó del muro en cuanto estuvieron a un metro escaso de distancia.

–Buenas noches, hechicera –la saludó el guerrero.

Ella alzó la barbilla hacia ambos, devolviéndoles el saludo.

–Los dioses están de nuestra parte esta noche, al parecer –comentó como de pasada.

Sin embargo, Sorsha notó como se le erizaba todo el vello del cuerpo cuando Raziel fijó su mirada en ella.

–¿Va todo bien? –se atrevió a preguntar.

Quizá estaba molesta porque no había acudido a hablar con ella sobre sus pesadillas; pero, tras la conversación con su padre, era lo último que le apetecía hacer. Sin embargo, las siguientes palabras de la mujer la dejaron casi clavada en el sitio.

–Tu padre quiere hablar con los dos.

La pareja intercambió una mirada dubitativa, pero Raziel no aclaró nada más.

–¿Dónde está? –quiso saber entonces Sorsha, con el corazón en un puño.

La hechicera, por su parte, la miró fijamente durante un par de segundos antes de responder:

–En el salón de reuniones –y cuando los dos enamorados pasaron junto a ella, susurró–. Ojalá que mi intuición sea correcta…

Sorsha lo escuchó, pero no dijo nada sino que apretó el paso en la dirección indicada. Porque ella también esperaba que lo que su corazón le gritaba fuese realmente lo que iba a suceder.

¡Buenas lectores! Os estaréis preguntando… ¿lo del sushin es cierto? Pues por lo visto sí, al menos eso dice la Wikia. Así como lo de que Madmartigan en su niñez y adolescencia prefería estar correteando por las calles de Galladoorn que cumpliendo con la estricta educación de la nobleza. Por cierto que el lugar donde he preparado el "picnic" sería arriba de la cascada junto a la que Madmartigan intenta darle raíces a Elora y Willow no le deja. Me pareció una buena ubicación aparte de que sale en la película y es más o menos reconocible. Además, si miráis el mapa de Nockmaar que está disponible en la Wikia podéis ver que, realmente, todo está más o menos "cerca". ¡Hasta la próxima!