26 – La paciencia es una virtud

El salón al que los había dirigido Fin Raziel estaba bastante bien iluminado para tratarse de una hora tan oscura. O al menos, eso fue lo que pensó Sorsha al adentrarse en el mismo, siempre sujeta a la mano de Madmartigan. Por algún motivo, era lo único que sentía que podía sostenerla ante el trance que se avecinaba. Estaba tan acostumbrada a las reprimendas pasadas bajo el yugo de su madre, que su sexto sentido se activaba al instante cuando se enfrentaba a situaciones similares.

Madmartigan, por su parte, parecía bastante entero; algo que solo desmentía la ligera tensión de su mandíbula inferior y un levísimo movimiento de sus dedos, enredados con los de ella.

Thantalos se encontraba de pie frente a la chimenea, dándoles el perfil, cuando ambos se adelantaron sobre la alfombra adamascada que cubría el suelo e inclinaron respetuosamente la cabeza.

–Padre –saludó Sorsha.

–Majestad –la secundó Madmartigan.

–Nos has mandado llamar –apuntó ella, cautelosa–. ¿Ha sucedido algo?

Thantalos, que había girado la cabeza al oírlos llegar, se volvió entonces completamente para encararlos de frente.

–Llevo todo el día meditando sobre un asunto, hija –le comunicó–. Algo que creo que hemos dejado a medias esta mañana.

Sorsha apretó los labios.

–Creo que ya has dejado clara tu postura al respecto –le recordó con aspereza.

–Precisamente de eso quería hablarte –aseveró él, sin dar muestras de estar molesto por la actitud de ella–. O más bien, hablaros a los dos, puesto que os concierne de igual manera –la princesa pelirroja se tensó, notando cómo los dedos de Madmartigan apretaban discretamente los suyos. El corazón de los dos se puso a velocidad de galope mientras esperaban a que Thantalos continuara–. De entrada, debo decir que mis palabras de esta mañana, si eran ciertas, no eran las más acertadas en este caso. He juzgado solo guiado por dos sentimientos: mi corazón de padre y lo escuchado a terceros; pero hay fuerzas en este mundo frente a las que un simple miedo de anciano no puede luchar.

Así pues, os pido disculpas a ambos… y os doy mi bendición para casaros si es lo que deseáis –Sorsha estuvo a punto de dar un salto de alegría, pero se conformó con refugiarse en el brazo que Madmartigan tendía tras su espalda. Aunque no pudo reprimir que una sonrisa agradecida relajase totalmente su rostro, mientras ambos compartían una mirada cómplice–. Eso sí –prosiguió el monarca–, para ello siguen vigentes las condiciones que te impuse ayer, Sorsha.

Ella asintió, completamente de acuerdo.

–No habrá ningún problema –aseveró.

Madmartigan los miró entonces alternativamente; confundido y, a la vez, digiriendo de golpe que sus sueños iban por fin a hacerse realidad.

–Si me lo permitís, Majestad… ¿Qué condiciones son esas? –quiso saber educadamente.

Thantalos alzó la vista hacia él.

–Ayer acordé con mi hija que, a cambio de su connivencia para quedarse en Tir Asleen, ella cuidaría de la princesa Elora y, en caso de que me sucediese algo antes de que esta llegase a la mayoría de edad, Sorsha quedaría como princesa regente –Madmartigan tragó saliva, entendiendo perfectamente lo que eso implicaba para él también si se casaba con ella. Y los ojos del monarca parecían saber exactamente cuáles eran sus tribulaciones cuando lo miró directamente–. Sé que el desafortunado incidente con la familia real de Cashmere os privó de vuestro título de caballero, Madmartigan. Por ello, estoy dispuesto a devolvéroslo y a nombraros protector de la ciudad de Tir Asleen, si aceptáis esas mismas condiciones en vuestra persona tras casaros con mi hija. ¿Estáis de acuerdo?

El guerrero asintió con solemnidad, aunque sin poder disimular su emoción al responder:

–Lo juro por los dioses y lo más sagrado, Majestad.

Ante lo cual, Thantalos sonrió con una afabilidad que el otro hombre jamás había observado en él.

–Bien –asintió–. Puede ser entonces el momento de que nos tuteemos… hijo mío.

Madmartigan movió la cabeza en señal de aceptación.

–Gracias… padre.

El rey pareció satisfecho con cómo se había resuelto la situación y les indicó que ya podían retirarse, aunque antes les anunció algo:

–¡Ah, por cierto! El nelwin Willow Ufgood me ha comunicado que desearía partir mañana a mediodía, puesto que ha demorado en exceso el retorno a su hogar, junto a su familia. Dado que se hará una ceremonia para acompañar su partida, aprovecharé también para comunicar vuestro futuro enlace a los ciudadanos de Tir Asleen. Si no tenéis inconveniente…

Los dos enamorados intercambiaron una mirada significativa, aunque cargada de cierta tristeza por la noticia de que Willow se iba, antes de asegurar al unísono:

–Ninguno.

–Bien. Entonces… podéis retiraros. Buenas noches, hijos míos.

La pareja se despidió con sendas reverencias antes de enfilar la escalinata que conducía a los dormitorios. Ninguno de los dos podía reprimir las sonrisas que adornaban sus respectivos rostros. Y cuando por fin llegaron a la puerta de Sorsha –la de Madmartigan estaba antes en el camino pero este insistió caballerosamente en acompañar a la princesa hasta la suya–, ninguno pudo reprimir más sus impulsos.

Sorsha apoyó la espalda en la piedra junto a la jamba de la puerta, tomó al guerrero por el cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí para besarlo con pasión. Él respondió de igual manera, mientras sus manos, como si tuviesen vida propia, comenzaban a acariciar el cuello de la joven para después bajar lentamente sobre la camisa y el corpiño hasta llegar a sus caderas.

En ese instante, Sorsha jadeó y se separó de él, mirando sin querer hacia el pasillo. Él entendió enseguida su preocupación, pero no se atrevía a sugerir directamente lo que se le estaba pasando por la cabeza. La decisión de cruzar esa línea correspondía a Sorsha y, además, él temía ligeramente no estar a la altura y que la primera experiencia de la muchacha fuese tan desastrosa como la suya propia. Aparte de que, ahí y en ese instante, lo avergonzaba súbitamente el hecho de haber pasado por tantas camas antes de conocer a aquella mujer.

Ella, por su parte, casi como si le hubiese leído el pensamiento, hizo un gesto ligero con la barbilla hacia la habitación antes de susurrar:

–Vamos dentro.

Madmartigan tragó saliva, nervioso.

–¿Estás segura? –preguntó con voz ronca.

Ella asintió antes de empujar la puerta para adentrarse en el dormitorio, y él sintió que el peso de la responsabilidad se apoderaba de su cuerpo en un instante. Sumado a que ciertas partes del mismo parecían reaccionar por libre frente a aquella situación, Madmartigan procuró mantener la entereza todo lo que fue capaz mientras la joven cerraba tras ellos con llave y volvía a enredar sus labios con los suyos. Parecía relajada y el guerrero trató de hacer lo mismo, aunque no sabía si su experiencia, en este caso, era una buena o una mala noticia. "¿En qué estás pensando?", lo recriminó una voz anterior. "En hacer lo correcto, cabeza de chorlito", replicó su parte racional. Por ello, mientras los dedos inexpertos de Sorsha tanteaban las tiras de su jubón con ansia mal disimulada, Madmartigan se obligó a volver un instante al mundo real para susurrarle al oído:

–Tendré cuidado, ¿de acuerdo?

Ante lo cual Sorsha, con los ojos brillantes y los labios ligeramente hinchados a causa de los besos que acababan de darse, replicó en el mismo tono:

–Confío en ti.

Madmartigan resopló entonces para sus adentros, conmovido y excitado a partes iguales, antes de que sus dedos atacaran con pericia las tiras posteriores del corpiño de Sorsha. Así, las prendas de cuero fueron cayendo al suelo una por una mientras sus lenguas danzaban frenéticamente una junto a la otra, seguidas por los calzones de él y las botas de montar. No obstante, cuando ambos ya solo estaban en mangas de camisa, antes de que sucediese nada más, Madmartigan tomó a Sorsha de la mano y la acercó hasta la cama. Entonces, él se sentó en el borde y situó a la joven de pie frente a sí.

–Aún estás a tiempo de arrepentirte –bromeó, aunque ambos sabían que era una perspectiva harto improbable.

En efecto, Sorsha, por toda respuesta, tiró de la cinta que sujetaba su trenza y se ahuecó el pelo con la mano, haciendo que sus rizos pelirrojos cayesen a ambos lados de un rostro muy poco inocente. "Será su primera vez, pero claramente sabe lo que hace", pensó la parte lógica de la cabeza de Madmartigan antes de que sus labios y sus manos se precipitasen hacia delante, como entes independientes de su propio cerebro.

Así que, cuando ya no quedó nada entre ambos salvo piel y pasión contenida a duras penas, el guerrero apartó las mantas de piel y dejó a la vista las sábanas que cubrían la regia cama de la princesa. Después, le pidió que se tendiese antes de hacer lo propio sobre su cuerpo.

Sorsha, por su parte, sentía como si su interior fuese un torrente de lava a punto de erupcionar; una sensación totalmente desconocida hasta la fecha pero increíblemente interesante, a su modo de ver. Sin embargo, cuando el momento clave se aproximó, se aferró a los hombros de él y hundió la nariz en su cuello, aspirando ese aroma a sudor y batalla que, si bien le resultaba conocido habiendo combatido junto a hombres, nunca le había resultado tan erótico ni tan tranquilizante como en aquel momento. Decir que no estaba nerviosa hubiese sido mentir, pero también sabía que no habría otro hombre ni otra circunstancia en la que se hubiese entregado.

Por ello, al sentir cómo su virtud se perdía para siempre –Madmartigan cumplió con su promesa de ser lo más delicado posible– la princesa apretó los dientes ligeramente, aunque no notó ese dolor lacerante que siempre había entendido que iba asociado al momento en cuestión.

Pero una vez superada dicha molestia inicial, la muchacha simplemente se dejó llevar. Madmartigan era un amante experimentado, cierto, pero también era paciente: durante aquella noche le enseñó los secretos del amor que estaban a su alcance, al tiempo que frenaba sus apasionados impulsos lo bastante para que no se hiciera daño. Sin embargo, no la retuvo tanto como para que la joven no disfrutase todo lo posible de aquella primera experiencia con él.

Así que, cuando por fin una agotada Sorsha se durmió acurrucada junto a su amado, este tuvo que admitir que, aunque hubiese sido un galán empedernido en el pasado, ni había estado, ni estaría nunca, con una criatura igual a la que tenía entre los brazos en ese momento. Podían haber sido enemigos mortales, haber partido de bandos contrarios y haberse deseado la muerte mutuamente en numerosas ocasiones; pero el guerrero se sentía unido a Sorsha como jamás lo había sentido con nadie. Y con ese dulce pensamiento cerró los ojos, deseando que aquel instante y aquella felicidad durasen para siempre.