27 – El Vínculo

El día siguiente amaneció parcialmente soleado, con algunas nubes perezosas rondando por el cielo. Quizá por eso, cuando Madmartigan abrió los ojos, sintió que su cuerpo y su humor se encontraban en total armonía con el clima. Para bien o para mal, no hacía tanto tiempo desde que había yacido por última vez con una mujer; pero tenía que reconocer que la vitalidad de su última amante había conseguido que cayese derrotado como nunca sobre la cama la noche anterior. Y sin embargo, no recordaba haber sentido semejante felicidad en sus veintiocho años de edad.

En ese momento, Sorsha, que dormía boca arriba como un tronco, se giró en sueños y se acurrucó contra su costado desnudo, haciendo que ciertas zonas de su anatomía rozasen su piel y provocasen que el guerrero –o caballero de nuevo, según se viese– desease amarla de nuevo, una y otra vez, hasta volver a perder el sentido a causa del agotamiento. Sus rizos pelirrojos adornaban la almohada como una estela de fuego precioso y único. Pero cuando abrió por fin los párpados y sus iris oscuros trataron de enfocar lo que tenían delante, Madmartigan pensó que podía morirse feliz allí mismo, en aquel instante. Ella sonrió al verle y apoyó la cabeza en su hombro, aún somnolienta.

–Buenos días –musitó él con dulzura, depositando un tierno beso sobre su frente–. ¿Has descansado?

–Buenos días –repuso ella en el mismo tono antes de asentir y agregar–. Por un instante creí que lo de anoche había sido un sueño.

Él sonrió ampliamente.

–¿Te gustó? –quiso saber.

No es que dudase de sus artes o sus capacidades amatorias, todas las mujeres hasta la fecha las habían alabado. Sin embargo, debía admitir que le preocupaba especialmente la opinión de la mujer por la que tenía perdido el sentido en ese momento; la única a la que, para más inri, estaba seguro, podría amar en lo que le quedaba de vida. La princesa por su parte se incorporó con media sonrisa mordaz adornando su rostro, hasta que casi sus narices se tocaron.

–¿Tú que crees? –preguntó antes de besarlo con energía. A sabiendas de que Madmartigan, al igual que ella, no necesitaba otra mecha que encendiese lo que palpitaba en su interior.

En efecto, su amante, tras la sorpresa inicial, le devolvió el beso casi con rudeza antes de, casi como un instinto, tender a Sorsha bajo su cuerpo y dejar que sus manos comenzasen, de nuevo, a aprenderse lentamente su anatomía.

Sin embargo, varios golpes en la puerta hicieron que ambos desistieran rápidamente de su empeño de repetir lo sucedido la noche anterior, al tiempo que miraban hacia la madera labrada como si fuese a estallar de un momento a otro.

–¿Sí? –preguntó Sorsha en voz alta, ligeramente contrariada.

–Mi señora, disculpad la hora pero me han encargado que suba ya a vestiros para la ceremonia –murmuró la voz suave de una doncella al otro lado.

Madmartigan y la joven cruzaron entonces una mirada rápida.

–Vístete y escóndete tras aquel saliente del muro –le indicó ella entre dientes, ante la urgencia de la situación–. Yo te avisaré para salir.

Él mostró su acuerdo con un movimiento seco de la cabeza y, al tiempo que Sorsha le indicaba a la doncella que ya iba a abrir, el guerrero tomó sus prendas, se embutió la camisa, los calzones y las botas a todo correr y se parapetó donde le habían indicado. La puerta se movió en ese preciso instante, dejando paso a una muchacha de tez pálida y cabello oscuro recogido en un moño, cuya atención llamó Sorsha enseguida desde la cama. La doncella se aproximó y mientras se afanaba en extraer el vestido de gala de la princesa del aparador, esta le hizo una seña rápida a su amante para que saliese del dormitorio.

Este obedeció a todo correr, pero se aseguró de que el pasillo estaba desierto antes de escapar hacia su propia alcoba; cierto era que a nadie podía sorprender que Sorsha y él estuviesen juntos más allá de lo evidente, pero ninguno quería que se supiera oficialmente antes del anuncio que Thantalos iba a hacer aquel día. Madmartigan rio sin poder evitarlo. Iba a ser sin duda una jornada memorable.

Fin Raziel se encontraba sola en su alcoba, acunando a Elora, cuando escuchó la puerta abrirse con cuidado a sus espaldas. Despacio y con curiosidad, se giró para no asustar a la pequeña. En un primer momento pensó que se trataría de Willow o Madmartigan, pero a la que no esperaba ver llegar era a ella, así como tampoco pudo evitar el vuelco al corazón que le dio cuando contempló su esbelta figura, envuelta en un sencillo vestido blanco de gala con capa a juego, avanzando en actitud comedida hacia ella. Se parecía tanto a su padre cuando tenía su edad…

–¿Puedo pasar? –preguntó Sorsha, educadamente, mientras cerraba la puerta tras de sí.

Raziel, procurando acallar el maremoto de sentimientos que se habían adueñado de ella, le hizo un gesto de invitación hacia la silla que tenía junto a sí.

–Por favor –le indicó, ante lo que la princesa obedeció sin protestar.

Raziel podía percibir claramente que algo la atormentaba. Algo que quizá no se había atrevido siquiera a compartir con Madmartigan. Sin embargo, ahora los ojos de la joven no se despegaban del bebé que aquella anciana prematura sostenía entre los brazos. Elora, por su parte, mantenía también sus iris clavados en la princesa adulta. Esta sonrió ligeramente al ver su expresión aparentemente desconcertada pero, en cuanto comprobó cómo la pequeña respondía con una leve sonrisa, preguntó a Raziel:

–¿Puedo?

Sabiendo a qué se refería, la hechicera le tendió a la criatura para que la tomase en brazos. Lo cual hizo Sorsha con sorprendente maestría, a la vez que le hablaba con palabras suaves.

–Se te dan bien los niños –comentó Raziel.

Sorsha alzó la cabeza para mirarla directamente, sin acritud alguna reflejada en su rostro o su postura.

–En Nockmaar era la encargada de ayudar a la partera con los bebés… –se mordió el labio un instante, insegura –. Bueno, ya imaginas cuál era la situación.

Raziel hizo un gesto afirmativo con la cabeza pero no comentó nada al respecto. Simplemente, apartó la vista hacia el cristal de la ventana, contemplando el cielo albiceleste del otro lado con aire reflexivo durante varios minutos.

–¿Hay algo que quieras contarme, Sorsha? –preguntó entonces, solícita, girándose de nuevo hacia ella y sorprendiéndola ligeramente.

La princesa, tras recuperarse, tragó saliva mientras seguía acunando a Elora.

–Es… –empezó con voz temblorosa, sin saber cómo exponerlo– sobre mi madre –concluyó al final, sin poder evitar que un estremecimiento la recorriese entera.

Sin embargo Raziel parecía un público perfectamente receptivo para aquella conversación. La hechicera se giró del todo y la encaró de frente, inclinando ligeramente la postura hacia la joven.

–Cuéntame –le pidió sin brusquedad.

Y Sorsha, tras respirar hondo un par de veces, le relató sus pesadillas. La del primer día había sido la más intensa, que fue la primera vez que Madmartigan se quedó a dormir con ella. Y la de la noche anterior –Sorsha no concretó que se había acostado con el guerrero, aunque eso había contribuido a relajar bastante la tensión que llevaba sufriendo su cuerpo desde aquella mañana– también había sido intensa pero, sorprendentemente, Sorsha había conseguido rechazar a su madre con un extraño rayo de luz, procedente de su mano abierta y libre, en el último momento. Después de eso, Bavmorda había optado por retirarse de la celda y su hija había caído de nuevo en un sueño plácido del que finalmente había despertado, sin recordar ningún detalle del mismo. Sin embargo, la pesadilla seguía tan fresca tras sus retinas como si realmente la hubiese vivido.

Raziel escuchó toda la exposición sin despegar los labios aunque, cuando la princesa terminó, esta se sorprendió de ver cómo una extraña sonrisa, casi maternal, se abría paso en el arrugado rostro de la anciana.

–¿Qué ocurre? –quiso saber Sorsha.

La hechicera suspiró antes de incorporarse en el asiento, al parecer recién salida de la ensoñación en que la había sumido el relato de la joven.

–Por lo que me cuentas, a mi modo de ver –indicó–, parece ser que tu madre aplicó algún tipo de hechizo sobre ti cuando eras más joven…

–¿Un hechizo? –la princesa la interrumpió, perpleja–. ¿Para qué?

Raziel sonrió entonces de nuevo con el mismo aire enigmático que antes.

–Has dicho que tu madre te amenazó con que no amarías ni deberías lealtad a nadie más que a ella, ¿no es cierto?

Sorsha asintió despacio, a la vez que un temor indefinido rodeaba su corazón.

–Pero, ¿qué tiene eso que ver con un hechizo de mi madre? –preguntó, inquieta y sin estar segura de querer saber la respuesta.

Sin embargo, cuando Fin Raziel respondió, su inquietud se transformó en el más absoluto estupor:

–Porque, querida mía, tanto tu madre como tu padre sabían que tenías El Vínculo con Madmartigan.

¡Hola, hola, príncipes y princesas! La cosa se complica. ¿Qué es El Vínculo? ¿Por qué Bavmorda se aparece a Sorsha en sus pesadillas? ¿Y qué es ese hechizo que puso sobre su hija para que no debiera amor o lealtad a nadie más? ¿Está muerta realmente? ¡Lo sabréis en el próximo episodio! ¡Gracias por leer y comentar!