Epílogo

Eleion se encontraba de pie frente a la chimenea del oscuro comedor de aquella que, hacía poco, se había convertido en su fortaleza… y en su cárcel. Apretó los labios. Todo había salido mal. Madmartigan había atacado su punto flaco y él se había dejado llevar… Pero lo que más le escocía, en el fondo, era que se hubiese atrevido siquiera a humillarlo de aquella manera delante de sus tropas. El príncipe de Cashmere –daba igual lo que Thantalos dijese, él seguiría sintiendo siempre en su alma que debía lealtad al reino que lo vio nacer; no a un anciano, un ladronzuelo con aspiraciones y una princesa malcriada– comenzó a pasear de un lado a otro del salón, inquieto, como llevaba haciendo las últimas noches. Solo que, en aquella ocasión, el mensaje desplegado sobre una de las esquinas de la mesa de roble que tenía a sus espaldas le daba motivos de sobra para estar nervioso. De ahí que cuando la puerta se abrió al otro extremo del salón, Eleion sintiera una mezcla de alivio y temor al contemplar la esbelta figura envuelta en una capa negra que avanzó hacia él desde la penumbra del pasillo, levemente ahuyentada por un par de antorchas cercanas.

–Bienvenida, hermana –la saludó cortésmente antes de besar la fina mano que ella tendía en su dirección–. ¿Has tenido un buen viaje?

Trataba de ser cortés en la medida de lo posible, pero la seriedad que reveló el rostro de Carissima, reina de Cashmere, cuando se retiró la capucha hacia atrás, distaba mucho de ser amable. Aunque mostraba media sonrisa que desde tiempo inmemorial se había convertido en una seña de amor fraternal para el antiguo heredero, ahora no lo tranquilizó lo más mínimo. Porque sus ojos ardían en decepción.

–El viaje ha ido bien, sin sobresaltos –Carissima movió los finos labios hacia arriba en una sonrisa aún más tensa, al tiempo que aceptaba el asiento que le ofrecía su hermano antes de sentarse frente a ella–. ¿Y por aquí? ¿Cómo van las cosas?

El tono había sido fingidamente casual y Eleion lo supo enseguida. Pero su orgullo pudo una vez más con él: con su corona de bronce repujado sobre el corto cabello negro, ella sería la reina de Cashmere después de haber tramado la muerte de sus padres y su posible, aunque fallida, conquista de Nockmaar y posteriormente de todo Andowyne. Pero él seguía siendo el hermano mayor.

–¿Qué quieres, Carissima? –ante su hosquedad, la boca de ella formó una O perfecta representando una sorpresa que no sentía ni de lejos–. ¿A qué has venido?

Solo entonces, la máscara que había pretendido ponerse su hermana menor cayó del todo al tiempo que apretaba los labios con disgusto evidente.

–Creí que dijiste que lo tendrías todo bajo control –lo recriminó en voz tan baja que casi ni siquiera él podía escucharla–. Jamás pensé que caerías tan bajo…

Eleion tragó saliva.

–¿Qué debía haber hecho? ¿Rechazar el duelo? –alzó las manos con cierto aire de derrota–. Al menos he conseguido Nockmaar…

–Sí, por supuesto. Quedando como vasallo de ese vejestorio de Thantalos –Carissima inspiró por la nariz con clara impaciencia–. Lo que tenías que haber hecho, cabeza de chorlito, era ensartar a Madmartigan con un centenar de flechas en cuanto puso los pies frente a tu puerta –suspiró dramáticamente-. Después de lo que me hizo…

Eleion en ese momento alzó la vista para mirarla directamente, con cierto aire receloso que a la soberana oriental no le gustó un pelo.

–¿Qué?

El príncipe se dio cuenta de que había sido demasiado elocuente, y desvió la mirada rápidamente.

–Nada.

–¿Nada? –Carissima enarcó dos cejas oscuras y perfectas–. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo, hermanito. Así que no se te ocurra callar ahora –inclinó la cabeza con aire curioso y preguntó con tono falsamente amable–. ¿Qué era lo que ibas a decir?

Eleion supo que no tenía nada que hacer, que no podría mentirle. Así pues, se armó de valor antes de preguntar:

–¿Es cierto?

Carissima casi se atragantó con el vino que habían servido antes de que llegara y al que ahora daba un pequeño trago.

–¿Cómo…? –mostró una estupefacción bastante convincente, pero no lo suficiente para engañar a aquel que la había visto crecer–. ¿Cómo te atreves?

Eleion sonrió con amargo triunfalismo. Había conseguido poner nerviosa a su hermana, pero eso no aliviaba el dolor de haberse sentido engañado durante tanto tiempo. Aun así, prefirió dejarlo correr.

–Está bien –concedió–. No hablaremos más del asunto, aunque los dos sepamos la verdad –e ignoró la mueca contrariada de su hermana al tiempo que preguntaba–. Entonces, ¿cuál es tu plan ahora, señora de Cashmere?

Ante lo cual, el rostro de la noble cambió como de la noche al día mientras mostraba una sonrisa cruel.

–Vengarnos de Madmartigan y Sorsha –murmuró–. De una vez por todas.

Carissima se asomó a uno de los pocos balcones que tenía Nockmaar en su fachada, uno que precisamente daba directamente al sur. Mientras contemplaba las colinas que se extendían más allá, maldijo interiormente por enésima vez la ineptitud de su hermano al tiempo que reflexionaba amargamente sobre qué pasos debían dar a continuación. Madmartigan y Sorsha ahora probablemente estarían juntos, y sabía demasiado bien lo que eso podía suponer para sus planes de futuro.

Como si sus pensamientos lo hubiesen invocado, una sombra oscura y encapuchada hizo su aparición en ese instante tras ella. Carissima no necesitaba volverse para saber quién era, a qué criatura pertenecían esos pasos o para reconocer el sonido inconfundible de su capa arrastrando por el suelo mientras caminaba. Cuando el encapuchado llegó a su altura, la luna que empezaba a crecer en el cielo nocturno iluminó una barba pulcramente recortada y un rostro anguloso, aunque sus ojos permanecieron en penumbra.

-¿Has hablado con él? –preguntó entonces el recién llegado. Carissima asintió mientras suspiraba con hastío. Su interlocutor la imitó–. Te dije que no debíamos confiar en él. Es vanidoso y arrogante…

–Sigue siendo mi hermano, Jarenth –cortó ella con brusquedad–. No podía dejarlo fuera de esto –el antaño ministro de Galladoorn asintió imperceptiblemente con la cabeza, pero no volvió a despegar los labios. La reina de Cashmere, en cambio, se giró hacia él con curiosidad genuina. Un sentimiento con un solo acicate en aquella fortaleza–. ¿Has encontrado lo que buscabas?

Para su decepción, el hombre negó con la cabeza.

–Es posible que los rumores sean ciertos y la varita de Cherlindrea se perdiese con la marcha de Bavmorda a la treceava noche –musitó, antes de devolverle una mirada cargada de intensidad y media sonrisa malévola–. Pero en ese laboratorio había cosas mucho más interesantes.

Carissima le devolvió la sonrisa entonces y se puso de puntillas para besarlo en los labios.

–Créeme, mi buen hechicero –ronroneó junto a su barbilla–. Nadie se interpondrá en nuestro camino. Y Madmartigan, nuestro enemigo común, tendrá exactamente lo que se merece.

Bueno, lectores. Aquí terminan de momento las aventuras de Madmartigan y Sorsha. Tengo en mente secuela pero no sé cuándo podré empezar a escribirla ni subirla. Os mantendré informados. ¡Graciasss!