Ganar una batalla no significa ganar la guerra

Al amanecer del día siguiente, la comitiva despertó pronto, ansiosos todos sus miembros por alcanzar lo más pronto posible las murallas de Tir Asleen. Aunque muchos de ellos habían visto con sus propios ojos la maldición que se ocultaba en el interior. De ahí que, a medida que los cascos de sus monturas golpeaban el suelo rítmicamente, aproximándolos a su destino, empezara a cundir la inquietud entre los soldados. Madmartigan, que había permanecido sumido en sus pensamientos durante aquellas dos horas de cabalgata, igual que las veinticuatro horas anteriores –preguntándose, sin quererlo, si Sorsha estaría bien, a salvo, rodeada de aquellos que hasta apenas dos días antes habían servido fielmente a su cruel madre– alzó la vista en el instante en que el sol incidió sobre los tejados inclinados que coronaban los altos y oscuros torreones de la fortaleza principal de la ciudad. Sin quererlo, su mente fue ocupada en ese momento por la imagen de una figura encorvada, peluda y negra como la noche. Willow cabalgaba a su lado, y ambos intercambiaron una mirada significativa.

Trolls.

La posibilidad de que hubiesen abandonado la ciudad tras el incidente con el dragón de dos cabezas era muy remota, y así lo demostró el hecho de que, nada más aproximarse a las puertas abiertas de la ciudad, encontrasen excrementos frescos de aquellas abominables criaturas justo bajo el enorme arco de piedra. Los soldados se removieron incómodos tras su líder, sin saber bien qué hacer. Fin Raziel, por su parte, se acercó hasta quedar a la altura del comandante y le sostuvo la mirada con serenidad. Los ojos azules de Madmartigan parecían preguntar: ¿y ahora qué, hechicera? Pero esta se mantuvo en silencio, esperando las mismas órdenes que todos los que arrastraban tras ellos desde Nockmaar. Y Madmartigan, comprendiendo desagradablemente aquella silenciosa cesión de liderazgo, sacudió la cabeza a la vez que maldecía a la anciana mentalmente y azuzó a su caballo hacia el interior de la ciudad.

Su espada chirrió al salir de su funda pero, en cuanto la enarboló sobre su cabeza, los soldados que ahora estaban bajo sus órdenes no dudaron un instante en imitarle y seguirle ciegamente.

Las estatuas de los antiguos pobladores de Tir Asleen, aún congelados por Bavmorda, los observaron impasibles cuando pasaron junto a ellos. El cadáver semi-decapitado del dragón bicéfalo seguía tendido sobre el pequeño foso del que había surgido. Willow, que cabalgaba justo detrás de Madmartigan, sujetando fuertemente a Elora Danan en su mochila, prefería no pensar en que lo había creado él, a la vez que dirigía una cautelosa mirada hacia Fin Raziel; temiendo, probablemente, que ella lo reprendiese de alguna manera. Pero la hechicera no le prestaba atención. Al contrario, miraba a su alrededor, alerta, pero con una expresión ciertamente triste cincelando sus rasgos angulosos.

Tras comprobar que aquella zona de la ciudad estaba desierta, Madmartigan volteó su caballo hacia sus oficiales y señaló rápidamente a dos parejas de entre ellos:

–Vosotros –indicó a los primeros– id a comprobar el patio este. Vosotros dos –se dirigió hacia el dúo restante– asegurad el patio oeste –en cuanto obedecieron, alzó el rostro al cielo e inspiró hondo– sé que estáis en algún lado, malditos –masculló acto seguido para sí mismo.

–Puede que se hayan escondido en el interior del castillo –sugirió Willow.

Madmartigan meneó la cabeza, poco conforme.

–No es probable –alegó– pero tampoco…

Se interrumpió cuando escuchó un agudo chillido procedente del patio este, a la vez que escuchaba gritar a sus soldados y relinchar a sus caballos. Con rapidez, Madmartigan procuró organizar a sus tropas para acudir en ayuda de los dos exploradores, cuando una decena de trolls –al parecer, atraídos por el aullido de sus compañeros– salieron de las casas medio calcinadas que cubrían las paredes de la muralla por su cara interior y se arrojaron contra ellos. Los filos de las armas volaron raudos hacia ellos, hiriendo a más de uno, pero los trolls eran criaturas fieras y más fuertes que cualquier humano. Por lo que, en cuanto se sintieron amenazados, comenzaron a saltar sobre los caballos, abrazando y golpeando a los jinetes con la saña propia de su especie.

Madmartigan, cuando se recuperó de la sorpresa, acudió a liberar a algunos de sus compañeros y después, gritó:

–¡Agrupaos! ¡Formad dos contingentes! – en cuanto sus soldados obedecieron, tratando al mismo tiempo de librarse de los trolls a toda costa–. Que un grupo vaya al patio este y otro se quede conmigo. ¡Ya!

Con la experiencia adquirida en años de servicio, los soldados no dudaron en dividirse rápidamente en dos grupos; uno de los cuales marchó enseguida a socorrer a los exploradores del citado patio. El resto, a una señal de Madmartigan, se lanzó contra los trolls en una lucha de tres hombres por cada criatura. Sin embargo, la fuerza de aquellos seres hacía que la contienda estuviese muy igualada.

Al menos hasta que Fin Raziel, que había permanecido protegiendo a Willow y a Elora todo el tiempo, fue atacada por una de aquellas criaturas. Momento en el que alzó la mano y pronunció las palabras de un corto hechizo, provocando que el troll en cuestión se volatilizara en el aire con un grito agudo y mil volutas de humo.

Sorprendentemente, aquello hizo que la contienda se detuviese de inmediato. Principalmente, porque los trolls se quedaron mirando a Fin Raziel como si, por primera vez, fuesen conscientes de que estaba allí. La hechicera ladeó la cabeza a modo de advertencia, mostrando un gesto muy poco amistoso, pero aquellas criaturas no necesitaban mirar dos veces en el fondo de sus ojos negros para saber con quién se la estaban jugando. Cuando había aparecido siendo un cuervo primero y después una cabra, no le habían prestado atención. Pero ahora cualquier criatura mágica podía ver su aura. Y estos no dudaron un instante en poner pies en polvorosa en cuanto fueron conscientes de que su muerte estaba muy próxima.

Así pues, ante la atónita mirada de los soldados de Madmartigan y de él mismo, los cinco trolls que aún quedaban en pie retrocedieron, chillando y saltando como posesos, antes de enfilar las puertas de Tir Asleen y poner pies en polvorosa hacia el bosque y la montaña.

Los soldados, al verse libres de aquello, vitorearon y se felicitaron, a la vez que coreaban el nombre de Fin Raziel. Madmartigan, por su parte, se aproximó a ella con media sonrisa burlona y agradecida a partes iguales.

–Algún día tendré que llevarme todo el mérito de una batalla, ¿no? –bromeó.

Willow sonrió, a la vez que Fin Raziel, y Elora debió captar la alegría del momento porque también gritó encantada a la vez que su boca se alzaba en un amago de sonrisa. Madmartigan le acarició la mejilla con un dedo cariñosamente.

–Ya eres un guerrero de mérito, Madmartigan –le dijo entonces Fin Raziel sin asomo de reproche, haciéndole alzar la vista hacia ella, sorprendido–. Pero no te preocupes. Tu momento llegará. Ahora –la hechicera hizo un gesto elocuente hacia los ciudadanos congelados de Tir Asleen– queda mucho por hacer antes de la siguiente batalla.

Madmartigan asintió con solemnidad antes de seguirla en dirección al primero de los desdichados, sabiendo que aquel no era, ni mucho menos, el último sortilegio de Fin Raziel que le quedaba por ver en vida.

¡Buenas a todos! Perdón por tardar tanto en volver a subir capítulo, pero parece mentira que sea verano con todo lo que tengo acumulado de trabajo, escritura y tareas varias… ¡Espero que os guste, hasta la próxima!

PD: ya queda menos para que Sorsha vuelva a salir ^.^ Paciencia…