La sugerencia de Ginny.

El señor reloj, puntual como siempre, comenzó a inundar la modesta habitación con una melodía tintineante que se deslizó por los oídos de la única persona en la cama, perforando sus sueños y haciéndola abrir los ojos repentinamente.

Instintivamente, aquella mujer se aferró a las sábanas y cubrió la melena que se hacía llamar cabello, en un vano intento por extinguir ese sonido desesperante. Pero era imposible. La alarma llegaba a cada rincón del cuarto.

Sacando una mano por debajo de la colcha, sus dedos fueron tanteando la mesa de madera junto a su cama hasta que finalmente, encontró aquel reloj muggle que en esos momentos quería destrozar.

Finalmente el sonido se detuvo.

La bruja que continuaba cubierta por la tela acolchonada, se sentó de golpe con todo el cabello en la cara. Bastó un simple resoplido para alejarlo de sus ojos. Inhaló hondo un par de veces, eso siempre le ayudaba a salir del estado de letargo; una simple ayuda que ahuyenta la obnubilación. Tenía que hacerlo, para poder comenzar con su día.

Ella, Hermione Granger, era una bruja que seguía la rutina al pie de la letra. Todos los días se levantaba exactamente a las ocho de la mañana. Se bañaba y alistaba para enfrentar el día. Puntualmente a las nueve con cuarenta y cinco, veía a Harry Potter para desayunar. A las once, comenzaba su autoestudio. Se metía a la biblioteca de la casa de Sirius Black –donde vivía desde el final de la guerra hace un par de meses– a aprender todo lo que pudiera aprender. A eso de las tres de la tarde, salía a comer, ya sea a la cocina o a algún restaurante con alguien, y finalmente, tenía la tarde libre. Usualmente regresaba a estudiar o iba a alguna biblioteca a buscar nuevo material. Siempre, sin falta, regresaba a eso de las diez de la noche, cenaba y se metía a la cama a las once. Raras veces su rutina era diferente, por ejemplo los martes. Todos los martes acompañaba a su mejor amigo a la madriguera, a visitar a la gran familia Weasley.

Con parsimonia, bajó los pies de la cama, hasta que entraron en contacto con la fría madera del suelo. Caminó adormilada hasta llegar al baño de su habitación. Verse en el espejo cada mañana era parte de su rutina. Siempre se sorprendía con su imagen cada despertar. Un rastro de saliva seca en una mejilla, nudos en el cabello, la pijama desarreglada. Simplemente no era como en las películas muggles.

Granger era un chica de reglas y protocolos. Cada instante de su vida era regido por un sistema, no importaba lo insignificante de la acción. Sentía que habría caos sin aquellas ceremonias que prácticamente mantenían el orden. Por ejemplo, ella también tenía rutinas dentro de sus rutinas. Cuando era el momento de asearse, seguía pasos específicos. Primero se lavaba los dientes. Después se metía a la regadera, donde primero se lavaba el cabello, después el cuerpo y finalmente el acondicionador. Se secaba y se colocaba crema. Hacía un intento por arreglar su melena y se vestía. Nunca había cambios.

Muchas veces sus amigos le decían que no podía vivir así, porque eso no era vivir. Pero al contrario de ellos, ella no podía entender cómo ellos vivían como vivían. Eran simplemente perspectivas distintas a la vida; los aceptaba y a pesar de que la molestaban, ella sabía que ellos también la aceptaban.

Siempre había sido ordenada, aunque ella misma se había dado cuenta de que ahora era mucho más intenso. Se lo debía a la guerra. Terminó hace exactamente tres meses. La comunidad mágica estaba reorganizándose, buscando nuevas formas de mantener el orden. Ella hacía lo mismo, aunque de una manera distinta. Su vida había sido tan espontanea e incierta por tanto tiempo, que ahora decidió tener el control total de lo que sucedía en su día a día, y con todo lo suyo.

Observó el reloj que la había despertado y reparó en el hecho de que eran las nueve con cuarenta. Sonrió; ella siempre tan puntual. Ese día había vestido con unos shorts de mezclilla, blusa de tirantes blanca con zapatos del mismo color. El calor verdaderamente la estaba agotando. Con una amplia sonrisa y un brillo vivaz en la mirada característico de ella, se encaminó hacia las escaleras para acompañar a Harry a desayunar.

Vivía con él desde que Voldemort murió. Harry decidió redecorar la casa que le heredó su padrino y la invitó a vivir con él, cuando ella le contó que sus padres, ya con sus recuerdos restaurados, habían decidido quedarse a vivir en Australia, debido a que sus vidas ya estaban establecidas allá. Muy agradecida, la joven bruja más brillante de su generación aceptó, más por el hecho de que no quería que él estuviera solo, que por que ella lo estuviera.

—Buenos días Kreacher— saludó la castaña en cuanto entró a la cocina.

Extrañamente estaba vacía.

—Señorita Granger— dijo con mucho esfuerzo.

Harry le tenía altamente prohibido referirse a ella como antes solía hacerlo. Fue muy duro con él, hasta que Hermione intervino y calmó la situación. Se puede decir que ahora mantenían una relación cordial, que era a lo más que podía aspirar y lo sabía.

El elfo domestico puso delante de ella, un plato con tocino, huevo revuelto, pan tostado, un jugo de naranja recién exprimido y un té cargado, justo como a ella le gustaba. Su estómago gruñó con hambre, pero esperaba a que Harry bajara para poder comer al mismo tiempo. Los minutos pasaron y ella miró su reloj de muñeca. Casi las diez.

—¿Kreacher?— lo llamó viendo fijamente la puerta— ¿Ya desayunó Harry?

—El amo Potter salió desde muy temprano…— arrastró las palabras con dificultad.

La castaña levantó las cejas ligeramente decepcionada de tener que comer sola, pero sin esperar ningún segundo más comenzó a comer.

El desayuno, como siempre, era exquisito. Verdaderamente Kreacher tenía buena mano en la cocina, jamás se le pasaba nada o le hacía falta cocción. Cuando terminó, se puso de pie y se despidió con demasiada energía del permanentemente malhumorado elfo. Caminó segura de sí misma, tomando su bolsa de la mesa del pasillo y llegando a la puerta. antes de poder abrirla, reparo en algo diferente. Había una nota amarilla, una sticky–note muggle, con un mensaje dirigido hacia ella.

"Lamento no avisarte, pero tuve una misión. Regreso en dos días. Con cariño, Harry".

La castaña sonrió divertida mientras tomaba la nota. Harry no debería de preocuparse por ella… debería preocuparse por Ginny, después de todo, no la vería ese día.

Guardando la nota color amarilla hecha bolita en su bolsa, se dispuso a salir de Grimmauld Place número doce. Normalmente, cuando visitaba a su mejor amiga, solía caminar primero por un parque cerca de su ahora casa, hasta finalmente desaparecer y llegar a la madriguera. Llevaba tres meses con aquella rutina y pues… no la rompía jamás.

Todas las personas en el vecindario la saludaban. No era extraño ver a esa castaña una vez por semana caminando con una amplia sonrisa, además de que ese cabello no podía pasar desapercibido. Después de aproximadamente diez minutos, llegó a un hermoso parque. Era de gran tamaño con árboles frondosos que daban un maravillosa y apetecible sombra durante esas épocas. Habían caminos por todos lados, con puentes para cruzar los diminutos estanques repletos de peces y patos. Ella normalmente entraba por el ala oeste del parque. A los pocos metros, encontraba a un viejo vagabundo que siempre estaba sentado en una de las bancas, alimentando a loas patos con migajas de pan.

—Buenos días, Tom— saludó cordialmente.

El hombre de ropajes roídos y barba de varias semanas pareció sobresaltarse al escuchar la voz chillona de Hermione. Levantó sus ojos color verde con destellos color miel. El hombre ya era muy viejo, y a veces, cuando Granger disponía de tiempo se ponía a conversar con él. Era un muggle que se casó a una edad muy joven, pero lamentablemente quedó viudo un año después. La depresión debido a la ausencia de su mujer lo llevó a quedar sin trabajo, ahogarse en deudas hasta que terminó en las calles. Y ahí llevaba la menos cincuenta años. Era una historia muy triste a decir verdad.

—Señorita Granger— sonrió cansadamente—. Buenos días, un placer verla de nuevo.

—Igualmente Tom— la castaña asintió y después sacudió la mano—. Adiós.

Ella continuó caminando de manera muy animada por el estrecho sendero. Se escuchaban las risas de los niños que salían a jugar aprovechando sus vacaciones. El rozar de las brisas con las hojas de los árboles o del césped y el movimiento del agua debido a los patos. Simplemente era un día maravilloso. El aroma era exquisito, la brisa refrescante y los sonidos tranquilizantes. Nada podría arruinar su día perfecto.

Cuando llegó al último árbol del parque, miró a sus alrededores dispuesta a comprobar que estaba sola. Y como siempre, lo estaba. Nadie nunca llegaba a ese rincón del enorme lugar. Preferían quedarse más en el centro, donde estaba el resto del mundo. Sin demorarse más. Apretó la varita dentro de su bolsa y sintió una sensación centrífuga que la rodeó de obscuridad.

Finalmente llegó a su destino.

La madriguera se sostenía delante de ella, meramente por magia, no había otra explicación. Cada que llegaba, la sensación de calidez la embargaba y le indicaba sólo una cosa: estás en casa.

Sin detenerse más tiempo, caminó a la entrada de la cocina.

—¿Señora Weasley?— cuestionó viendo a todos lados. Qué extraño, ella usualmente estaba ahí cuando venía a visitarlos.

Se adentró y dejó la bolsa en la mesa principal. La casa estaba inusualmente silenciosa. Normalmente escuchaba alguno de los sortilegios Weasley explotar antes de que George se fuera a trabajar, o el grito de Ginny porque alguien le ganó el baño, sin poder faltar el regaño de Molly a Ronald, por haber dejado la cocina hecha un tiradero. Ahora no se escuchaba nada y eso era muy desconcertante.

—¿Hola?— llamó a alguien con voz cantarina, arrastrando las letras de una manera cómica. Se metió a la sala y no vio a nadie alrededor hasta que…

—¿Hermione?— cuestionó una pelirroja bajando las escaleras. Venía con una bata muy corta para ser decente, y con el cabello atado en una cola de caballo alta. Bueno, eso era aún más extraño; que Ginny no esté arreglada el día que Harry venía a visitarla era signo claro de que algo estaba mal. Tal vez estaba enferma.

—¡Ginny, hola!— saludó acercándose a la bruja que daba sus últimos pasos hacia ella— tienes suerte de que Harry no vino, ¿a caso ya te había dicho que se iba de misión?

la menor de los Weasley la observaba con escrutinio, tratando de intuir algo, aunque Hermione no supiera qué era. La verdad es que esa mirada color miel comenzaba a ponerla nerviosa de una manera inexplicable y no pudo evitar morder su labio inferior y que las mejillas se tornaran de un rosa pálido.

—¿Qué tanto me ves?— cuestionó con nerviosismo, ligeramente irritada por ser observada de esa manera por su mejor amiga.

—¿Qué haces aquí?— su voz denotaba duda real.

Pero a pesar de esto, la de ojos chocolates se mostró ofendida. Hinchó el pecho y frunció las cejas, mirando al piso y comenzando un arrebato de aquellos que tanto la identificaban.

—¡Ginebra Weasley! Qué ofensa— decía a viva voz—. Yo que vengo a visitarte como siempre lo hago y tú lealtad de esa manera… no porque no venga Harry, dice que yo no voy a venir… estoy realmente ofendida.

Concluyó cruzándose los brazos de una manera infantil. El rostro pecoso de la novia del joven Potter era… perfecta. Tenía la boca abierta, al igual que los ojos, de par en par. Las cejas tan levantadas que podían confundirse con los cabellos pelirrojos que se escapaban de la atadura. Sus brazos estaban caídos a los lados del cuerpo y su mirada no decía nada.

—Hermione…— habló por fin, recobrando su compostura y pronunciando las palabras lentamente— viniste ayer con Harry… hoy es miércoles.

Al escuchar esas palabras, la castaña cayó en la cuenta de eso. Ahora recordaba perfectamente haber desayunado con su mejor amigo, recorrer el parque juntos y llegar a hablar con la pelirroja y los demás miembros de la numerosa familia, ¿cómo lo había olvidado?

—Merlín, Ginny…— levantó una mano y la apoyó en la frente, sintiendo un repentino dolor de cabeza— lo olvidé por completo… lamento haberte hablado de esa manera, esta vez en mi culpa.

Ginny dejó los ojos en blanco una vez más. ¿Esta? Pero no dijo nada. La castaña parecía verdaderamente afligida por lo que sucedió.

—No tienes porqué preocuparte de eso— le quitó importancia con un ademán.

—Bueno, entonces yo me voy-

—¡De eso ni hablar!— antes de que Granger discutiera algo de su inquebrantable rutina, la pelirroja la había tomado de la mano y la estaba arrastrando por las escaleras— ya que estás aquí, vendrás conmigo de compras al callejón Diagon.

La bruja que era arrastrada contra su voluntad, quiso detenerse por completo. Esa era una transgresión de niveles mayores a su perfecto sistema de vida, definitivamente no podía ir. Pero por otro lado, no podía evitar sentir que unos momentos de compras a solas con su mejor amiga sonaban bastante apetecibles. No es que no le gustara pasar tiempo con ella los martes que venía, pero siempre estaba Harry u otro Weasley de por medio. Era el día perfecto para tener un día de chicas, quién lo diría.

Resignada, se dejó guiar para finalmente ser sentada en una cama y observar con detenimiento el desorden que hacía Ginny para arreglarse. Primero sacaba una blusa, después unos pantalones pero se cambiaba la blusa porque según ella, no iban con lo otro. Después sacaba un tacón pero no podía encontrar el par, en fin… sin orden, hay caos, es su lema.

Tras una hora completa de espera, las dos mejores amigas llegaron al callejón que les traía tantos recuerdos, prácticamente todos buenos. Pasaron por varias tiendas, comprando solamente lo necesario pues ninguna tenía dinero que derrochar. Ginny aún dependía de sus padres y Hermione recibía un poco de dinero de sus padres, además de que había decidido no trabajar aún. No era que no quisiera hacerlo, algún día lo haría. El problema es que no estaba segura aún en qué quería trabajar y por eso es que estudiaba de todo cuanto podía. Tal vez así llegaría la iluminación a ese brillante cerebro que tenía y algo que indicaría el camino que debería de tomar. En fin, esta vez solamente compró un libro de pociones especializadas en antídotos. También compró dos plumas nuevas, de pluma de águila y una rana de chocolate. Ginny en cambio, compró solamente una túnica nueva pero a un precio razonable. Era de un color inusual blanco, que se ataba con listones. Ella se veía espectacular en la prenda.

Por el momento se encontraban sentadas en una terraza, comiendo tranquilamente un helado para tratar de mermar la horripilante sensación de calor que las azoraba.

—Entonces… — interrumpió Ginny, el tranquilizador silencio que las rodeaba— ¿has hablado con Ronald?— cuestionó como no queriendo la cosa, lamiendo con desinterés su helado.

Hermione sonrió y bajó el cono que sostenía una bola de helado de limón sin terminar. Conocía perfectamente a esa mujer delante de ella. Ginny quería con todas sus fuerzas que ella y Ron se hicieran pareja, y así por fin poder llamarla una hermana.

—No, no hemos hablado— comentó de la misma manera que la menor de los Weasley, retomando su degustación del helado.

La de ojos color miel frunció las cejas y se mostró molesta. Vaya, su hermano sí que era lento para hablar de sentimiento, eso lo sabía, ¡pero no pensaba que tanto! Si por ella fuera, ya estaría planeando una boda para finales del próximo mes.

—¿Cómo es eso posible?— no pudo detener su indignación.

Hermione levantó los ojos y la observó con una diminuta sonrisa en las comisuras de los labios. Se divertía al ver el rostro de la pelirroja, intentando con todas sus fuerzas poder detener el grito de frustración que se comenzaba a formar en las profundidades de su garganta.

—Pues él no me ha dicho nada— comentó la castaña reacomodándose en su lugar. Se mordió el labio inferior.

—¡Estás pensando!— soltó un chillido la mujer delante de ella. Sus dientes blancos como las perlas estaban expuestos y su rostro comenzaba a adquirir una tonalidad rojiza, compitiendo con la intensidad de su cabello. Varias personas a su alrededor las voltearon a ver entre enfadados o sorprendidos, pero cualquier tipo de mirada ponía nerviosa a la castaña, que movía los labios en un "lo siento".

—Ginny cállate— amenazó—. Y obviamente estaba pensando, siempre pienso.

—Uh-uh, solamente cuando piensas en cosas verdaderamente trascendentales muerdes tu labio inferior, no me hagas mensa— declaró con los ojos entrecerrados, apuntándola con su helado a medio comer.

Hermione suspiró, sintiéndose derrotada por la perspicacia de su amiga.

—La verdad es que no sé porqué no se me ha acercado. Desde que terminó la guerra no ha mencionado nada y pues, creo que…— volvió a morderse el labio— creo que no quiere decir algo porque ya ha cambiado su forma de sentir, no lo sé— se encogió de hombros y continuó lamiendo su helado que empezaba a derretirse.

—Nada de eso, lo conozco de toda la vida— no, ¿en serio?—. Él te quiere Hermione, siempre ha sido así.

La castaña sintió que sus mejillas comenzaban a arder con solamente pensar que Ron la quería. Su corazón latía más de prisa y sentía que sus manos se llenaban de pequeñas esferas de agua. Pero no era una ilusa. Ella no iba a querer la idea de algo. Quería palabras y actos.

—Aún así, simplemente fue un beso en un pasillo cualquiera y después él…

—¡Espera, detente ahí!— Ginny se acercó a la bruja de ojos chocolates, mostrando incredulidad en su semblante— acabas de decir que fue en un pasillo cualquiera.

Hermione se mostró confundida y desubicada, ¿qué había malo en eso?

—Sí, así fue…— dijo con los ojos fijos en la mesa, tratando de ubicar algún error, pero… oh…— ¡bueno!— se disculpó raudamente— sabes a lo que me refiero, fue en el pasillo fuera de la sala de los menesteres.

Ginny la miraba con el ceño fruncido, y los labios fuertemente apretados. Sus ojos vagaban por todo el rostro de la bruja delante de ella, una vez más tratando de averiguar algo. Era la segunda vez en el día y se sentía muy feo ser observada de esa manera.

—¿Qué? No dije nada malo— se excusó lamiendo su helado que poco faltaba para que se terminara.

—Hermione, cuando terminó la guerra me contaste aquél beso a lujo de detalles, casi diciéndome a cuántos metros estuviste de la puerta de la sala de los menesteres y cada vez que conversábamos de eso, la historia era igual… pero no ahora, ¿qué sucede?

Granger se mostró repentinamente nerviosa. El helado ya se lo había terminado y ahora limpiaba sus dedos ya limpios con una servilleta a la que le faltaba poco antes de ser deshecha.

—No es para tanto, fue simplemente un detalle que se me pasó, no volverá a pasar— dijo quitándole importancia al asunto, pero la mirada de la pelirroja le indicaba todo lo contrario.

—A mi no me haces idiota, Hermione Granger, porque esta no es la primera vez que te sucede algo similar— el helado de la Weasley ya se había derretido y lo había dejado en el pequeño vaso que tenía en la mesa—. Hace dos semanas olvidaste completamente dónde se tiraba la basura en la cocina, como si solamente hubieras ido un par de veces, y por no decir que el mes pasado tuviste que regresar a la madriguera cuando te diste cuenta de que dejaste las llaves de Grimmauld Place. Y por si fuera poco, una vez olvidaste el nombre de la lechuza de Ron. Algo te sucede.

Hermione tragó saliva. La verdad es que consideraba esos errores como consecuencias de sus arduas horas de estudio encerrada entre cuatro paredes llenas de polvo, no le daba importancia, además de que no pensaba mucho en ellos.

—Ginny no debes preocuparte, no es nada… son simples despistes— trató de tranquilizar, aún limpiándose con la servilleta.

—Te lo repito— masculló entre dientes—; no me hagas idiota. ¡Obviamente eso no es de lo único que me he dado cuenta! No puedes negarme que tienes horribles dolores de cabeza. Te dan de repente y siempre me doy cuenta; levantas una mano y la pones en tu frente…

Hermione verdaderamente estaba nerviosa. Sí, obviamente se había dado cuenta de que llevaba ya unos meses teniendo terribles dolores de cabeza, una sensación punzante en cada rincón de su cerebro, pero nuevamente, se lo adjudicaba a sus horas de estudio intenso, nada de qué preocuparse.

—Bueno, eso no te lo puedo negar pero yo también te lo repito: no tienes nada de qué preocuparte.

La pelirroja se dejó caer en el respaldo de su silla, exhalando ruidosamente y observándola con reproche.

—Hermione, puedo casi estar segura de que tienes algo; tu comportamiento y los dolores de cabeza no son usuales. Algo te sucede y creo que deberías de revisarte.

La castaña giró el rostro para no enfrentarla con la mirada. Prefería admirar el gran callejón que se extendía delante de sus ojos. Admiraba los colores y a los magos y brujas que caminaba de un lado a otro con cientos de bolsas y paquetes en las manos, siempre empujándose entre ellos para poder llegar más rápido a las citas a las que ya iban tarde. Sonrió al verlos en su propio mundo de caos y desorden en los que vivían perfectamente cómodos. En secreto, admiraba a esas personas que vivían de esa manera, como sus amigos, es sólo que ella no podía… simplemente era incapaz.

—¿Me estás escuchando?— le cortó la línea de pensamientos de un tajo.

Regresó su mirada a los ojos miel. Ahora estaba nuevamente recargada en la mesa, viéndola fijamente.

—Lo siento— negó.

—Te digo que lo mejor es que vayas a que te revisen esa cabeza tan especial que tienes… mi sugerencia es esa. Una revisión en san mungo; después de todo no tienes nada que perder. Si tienes algo, te curan y listo. Si no tienes nada, todos vivimos felices, ¿no lo crees?

La heroína del mundo mágico lo pensó por unos segundos. No vendría mal una revisión. Aquellos dolores de cabeza eran terribles y agotadores, difícilmente se mermaban. Casi siempre tenía que irse a recostar o tomar un té mucho más cargado de lo habitual o tomar algún medicamento. Antes habían sido una jaqueca cada par de semanas pero últimamente eran más seguido. Como dice Ginny, no tenía nada que perder.

—Esta bien Ginny tú ganas… me iré a hacer una revisión… hoy mismo.