Primero que nada quiero disculparme por mi extremadamente larga ausencia! A principios de diciembre salí de México y no regresé hasta enero, después entré a clases y se me fue la onda por completo! Siempre era como: "María, tienes que escribir y subir un capítulo!" Pero tengo una memoria peor que la de Dory y entre clases y demás compromisos se me olvidaba. Y me puse las pilas de nuevo y estoy como nueva! Pero ya he regresado y como siempre, habrá un capítulo cada semana, sin falta!

Espero que este capítulo les guste, lo escribí con mucha emoción porque lo que pasará en el próximo capítulo son cosas que planee desde que tuve la idea de la historia, entonces... me llena de ilusión! Espero también que todas se encuentren con bien! saben que las quiero! Disfruten!

Quién lo hubiera creído posible

—Puede pasar —indicó la enfermera del hospital.

Hermione y Draco se voltearon a ver con leves ojeras.

La noche anterior Draco se había quedado en Grimmauld Place hasta altas horas de la noche, platicando con Hermione de cosas triviales o recordando momentos de su vida. Algunas anécdotas de la infancia de Malfoy, como de algunos de los viajes que Hermione hizo con su madre. Por alguna razón, nunca mencionó a su padre. Draco no quiso averiguar si era porque en efecto los viajes solo fueron con su madre, o porque… ya lo había olvidado.

Suponía que saber que había olvidado a su padre no el causaría efecto alguno, pues ya lo había olvidado y con ello todos los sentimientos que tuvo relacionados hacia él. ¿A caso sería lo mismo cuando lo olvide a él?

Los jóvenes se pusieron de pie después de que los llamaran y caminaron en silencio pero con las manos tomadas, rumbo a la oficina del doctor Brooks.

—Hermione, ¡por Merlín! Estás estupenda, encantado de verte —saludó con ánimo el hombre vestido como doctor.

La castaña sonrió con cierto alivio y se acercó para darle un beso en la mejilla.

—David, ¿cómo estás?

—Bien, ya sabes. Señor Malfoy, un placer, como siempre —extendió su mano con cortesía y esperó para recibirla.

Draco ojeó con rapidez la mano y después al doctor, antes de hacer un rictus de sonrisa torcida y extender su propia mano.

—Doctor, buenos días.

La paciente, su acompañante y el medimago tomaron asiento para comenzar el usual ritual. Las preguntas de cómo ha estado últimamente, si ha habido algún ataque de pánico o cualquier otra cosa que ellos consideren puede ser relevante.

La consulta prosiguió como siempre, las casi interminables preguntas que movían las manecillas del reloj en la pared. Brooks acompañó a Hermione hasta la camilla para hacerle una revisión física mientras que Malfoy permanecía viendo a la pared, queriendo darle la privacidad que ella merecía, suficiente hacían con entrar a cada detalle de su vida personal.

Sus ojos estaban posados sobre una infografía a lujo de detalles de los procesos cerebrales. No recordaba haberla visto antes pero no despegaba su vista de ahí. Era impresionante lo que el cerebro podía hacer. Un sinfín de cosas que solo algo maravilloso y superior a todos podía hacer. Y un agujero se formó en su pecho. Algo invisible que se extendió como la gota de tinta en un vaso de agua. Extendiendo sus brazos de espiral hasta dejar toda el agua negra. Sin un espacio puro, limpio. Así se sentía su pecho. Como si no pudiera respirar.

—Muy bien Hermione, todo está perfecto. —Ayudó a la aludida a bajarse de la camilla y Brooks giró su rostro para ver a Malfoy.

Draco no lo conocía tan bien como para decir exactamente qué significaba su expresión, pero su rostro se mostraba sombrío y con un falso rastro de felicidad. Por alguna razón, Malfoy le regresó la misma mirada.

—Hermione, ¿por qué no vas con la enfermera y le pides que te dé la nueva dosis de tus pociones?

Hermione levantó una ceja, lo usual era que el doctor le entregara en la oficina sus medicinas, por lo que la extrañó que la mandara fuera para recogerlas.

—Nuevas políticas de St. Mungo —excusó con una extraña mueca.

Granger se encogió de hombros y se dirigió a recoger su suéter para poder retirarse.

—Señor Malfoy, si puede quedarse un segundo para que le dé las instrucciones de las nuevas pociones.

El silencio prosiguió aquella declaración.

Hermione vio primero a su doctor y después a su acompañante. Levantó la ceja y ninguno habló. Resopló y salió de la puerta a buscar a la enfermera.

Cuando la puerta se había cerrado los dos hombres que quedaron en la oficina se enfrentaron con las miradas. Ambas igual de sombrías y tétricas.

—¿Qué es? —cuestionó Draco sin tacto alguno.

Brooks carraspeó mientras se sentaba detrás del escritorio. Acomodó ciertos papeles y movía su tinta y pluma. Casi parecía que estaba evitando contestar la pregunta del rubio platinado. Se giró y sacó una poción pequeña de un tono amarillo muy grotesco. La dejó a su izquierda del escritorio y por fin enfrentó a Malfoy.

—Su enfermedad ha crecido.

La declaración fue acertada, lacónica y seca. Casi dicha con desinterés pero debajo de su voz apagada se escuchaba un pequeño rastro de tristeza. De renuncia.

Malfoy, serio e impasible, solo se le quedó viendo. Su postura era pétrea. Su pierna derecha cruzada sobre la izquierda con galantería y altivez. Sus brazos estaban recargados a cada lado del descansabrazos y sus manos estaban lánguidas, a primera vista. Si uno se fijaba con atención, podía ver que no se movía ni un dedo. Cada uno congelado en su lugar, como las garras de un águila a punto de atrapar a su presa.

Sus labios delgados estaban en una apretada línea y sus ojos no se movían del lugar en el que estaban ubicados: los ojos de David Brooks. Su pecho subía y bajaba al ritmo de una melodía inexistente y su cabello creaba sombras en su frente que le daban un aire amenazador y peligroso.

El doctor percibió el humor que tenía el ex Mortífago y se puso de pie, acercándose de nuevo a la camilla en la que antes había estado Hermione. De la pared arrancó una imagen del cerebro dividido en varios colores.

—Como te había explicado una vez, su enfermedad está ubicada aquí, los ganglios basales. Acá arriba se encuentra el fragmento de cráneo que se despegó con el golpe que se dio en Hogwarts. Ahora… —la voz del doctor era emocionada, acelerada, atropellaba las palabras. Como si las ideas que pasaran por su cabeza no salieran lo suficiente rápido y cada vez venían más y más ideas— la infección original se extendía hasta estos puntos —señaló—. Uno de los "brazos" de la infección fue lo que atacó los ganglios, como ya sabía, pero ahora, hay más brazos que se están expandiendo.

Malfoy observó con atención cómo se movían los dedos del doctor, entendiendo que en efecto la infección se estaba propagando, pero no era demasiado. Aunque él no sabía de eso así que prefería no hacer suposiciones.

—¿La va a afectar?

El doctor pareció meditarlo unos segundos, ladeando la cabeza y haciendo muecas, antes de que volviera a tomar asiento.

—No realmente; lo único que logrará es que la enfermedad original avance más deprisa. Su pérdida de memoria gradual aumentará de ritmo. Olvidará las cosas con facilidad y será inevitable, pero lo olvidará todo señor Malfoy, de eso no hay duda.

El aludido desvió la mirada. Sabía que era inevitable, lo hizo desde un principio. Pero algo similar a una espina se le enterró en el corazón.

—¿Qué podemos hacer? —su voz fue estrangulada. Sus ojos clavados en la puerta por la que hace unos minutos salió la joven de la que hablaban.

—Tengo una propuesta pero quería consultarlo con usted antes de hablarlo con Hermione… —su voz se perdió y justo cuando Draco lo volteaba a ver, Brooks tomaba la pequeña poción que había dejado a un lado.

—¿Qué es eso?

—Esto, señor Malfoy, es una poción en la que trabajé desde que Hermione vino a mi consultorio y supimos que iba a perder la memoria, al igual que iba a tener dolores de cabeza y ataque de pánico.

—Pero creía que ya tenía las pociones para eso.

—Así es, son las que siempre le doy.

Brooks extendió su brazo para que Draco alcanzara la medicina. El frasco era hexagonal y de cristal, muy frágil en sus dedos.

—Es la única dosis que tengo así que… cuidado —advirtió David.

Era frío al tacto, más de lo que esperaba Draco. El líquido era espeso y burbujeaba su interior. Cada burbuja que reventaba en la superficie salpicaba el cristal. El corcho en la boca del recipiente era lo único que prevenía el hedor que, Malfoy sospechaba, era terrible.

—Desde un principio sabíamos que la señorita Granger iba a perder la memoria, de eso sí estábamos seguros. Lo que dudábamos era de cómo iba a proceder la enfermedad. Supuse que en algún momento la señorita iba a cansarse de los dolores de cabeza, del pánico de no saber qué iba a olvidar de repente y cuándo, así como de sentirse cuidada todo el tiempo.

Guardó silencio. Draco seguía observando la medicina con interés. Por alguna razón, lo que le decía el doctor no le gustaba en absoluto. Sentía que aquello que estaba en su mano no le convenía y que de alguna manera u otra era lo que lo iba a alejar de Hermione.

—Prosiga —ordenó.

—Usted ha estado con ella siempre en esos momentos. Debe de ver lo cansada que está después, lo triste que se siente. Nadie debería de pasar por eso varias veces, se cansa el alma.

—Créame, lo sé muy bien —respondió Draco con animadversión.

—Entonces debe de estar de acuerdo conmigo en darle esta poción a Hermione… Con esta poción, su memoria estará borrada desde cero y ya no habrán más ataques. Será como una persona nueva y nadie deberá de cuidarla.

Malfoy apretó los puños y demudó su expresión a una de solemnidad y enojo, profundo enojo. Algo en su interior apretó cada uno de sus músculos y de alguna manera u otra se logró poner de pie.

—No sé qué es lo que espera, doctor. Pero no creo que Hermione esté dispuesta a aceptar este medicamento.

El doctor se puso de pie también. Sus manos estaban apoyándose en el escritorio y sus ojos vagaban entre los de Draco y la posición en la mano de éste.

—Lo sé perfectamente, señor Malfoy, es por eso que he hablado con usted. Creo completamente que usted tiene el poder de convencerla a tomarse la poción…

—¿Y hacer que olvide de una vez por todas todo? Está loco si cree que yo podré convencerla de algo como esto. Y con todo el tiempo que ha estado venido, parece ser que aún no la conoce ni un poco. Hermione jamás olvidaría sus memorias voluntariamente, si con eso termina el sufrimiento que a veces tiene.

Brooks dejó caer la cabeza y suspiró con cansancio.

—Parece que fue una equivocación hablar con usted sobre esto. Tendré que conversarlo con Hermione y que ella tome la decisión que más le convenga.

Y entonces, Draco fue el bastardo egoísta que sabía ser.

No iba a dejar que nadie lo alejara de Hermione antes de tiempo. Ella no podía olvidarlo aún.

La mano que sostenía el medicamente se levantó en el aire con fuerza, veloz como un rayo.

—¡No! —aulló Brooks.

Pero fue demasiado tarde. La poción ya volaba por el aire, y cuando el grito se extinguió, la medicina ya había colisionado contra la pared y el líquido amarillo se escurría por la pared blanca. Los cristales hicieron una rápida melodía cuando crujieron al caer al suelo y después hubo silencio.

—Ahora no deberá de preocuparse de hablar con Hermione sobre el tema. Créame, le ahorré un enojo por parte de Granger.

—¡Salga de aquí! —aulló David viendo con terror el desastre que hizo Malfoy, pero señalando con el brazo tensado la puerta.

—Con gusto.

Sin detenerse más tiempo, tomó su abrigó y salió con la cabeza en alto. No se arrepentía de nada. Por ahora.

Hermione estaba en la sala de espera con una pequeña bolsa que contenía a la vista seis dosis nuevas de las medicinas.

La joven sonrió y se puso de pie cuando lo vio a parecer. Él sonrió de regreso y extendió su brazo para que ella lo tomara. Caminaron pasillo abajo en un silencio que no era incómodo.

—No soy estúpida, lo sabes, ¿verdad? —dijo Hermione de repente.

Draco sonrió de lado sin dirigirle la mirada.

—Por supuesto que no —declaró solemne—. Jamás saldría con alguien que no puede pensar por sí misma.

La castaña asintió con una leve sonrisa en las comisuras de su labio y se apegó un poco más al cuerpo del ex jugador de Quidditch.

—¿Y piensas decirme qué sucedió allá adentro? —inquirió viéndolo hacia arriba.

—Por supuesto que no.

Antes de que Hermione pudiera decir algo, sintió que su ser fue halado desde el centro de su ser, hasta que de repente lo blanco de las paredes del hospital fueron repuestas por frondosos árboles del pequeño parque cerca de Grimmauld Place.

Hermione gruñó por lo bajo, odiaba que hiciera eso.

Draco sonrió y guió el camino a casa de Harry Potter.

El trayecto lo hicieron en un silencio bastante cómodo. Sus cuerpos juntos era suficiente en ese momento, no hacía falta hablar. Cuando pasaron por una banca, Hermione saludó al vagabundo que estaba sentado, Tom.

Después de unos diez minutos caminando llegaron a las escaleras de la antigua y noble casa de los Black.

—¿Qué prefieres hacer hoy… —comenzó a decir Hermione mientras Draco sacaba del bolsillo de su pantalón la llave que le habían dado para abrir la casa— quedarnos en la biblioteca o vamos a pasear de nuevo al callejón Diagón?

Ni loco iba de nuevo al callejón, no después de que se diera cuenta de lo expuestos que estaban ahí. Lo mejor era quedarse en Grimmauld Place y no salir a menos que sea extremadamente necesario. Así, y solo así podría mantener vigilada a Hermione, protegiéndola y asegurándose que nada le pasaría, no al menos mientras esté vigilándola él.

Lamentablemente tenía otros planes.

—De hecho… —Hermione se detuvo antes de entrar para voltearlo a ver con ojos acusatorios— he quedado de ir con Blaise para ver unos asuntos de las empresas de mi padre y eh… no puedo… quedarme hoy.

Cuando terminó de hablar, Draco levantó la mirada y la posó en los ojos de Hermione. En los ojos grises había decisión pero por alguna razón Hermione sabía que le mentía. Tanto tiempo conviviendo con él le había enseñado a identificar cuando sus palabras no eran sinceras.

—Oh —Hermione se encogió de hombros—. Está bien. Que te diviertas.

Sin más que eso, la castaña cerró la puerta de Grimmauld Place en su cara.

Al menos un beso de despedida hubiera estado bien. Pero sabía que se había enojado, no había sido lo suficientemente convincente y de seguro descubrió que mentía… hasta cierto punto.

Draco resopló con frustración y pasó una mano por su cabello. Ajustó su abrigo y regresó en sus pasos hasta el mismo árbol del parque en el que siempre desaparecían cuando iba a St. Mungo o cualquier otro lado. Esta vez su destino fue distinto.

Cuando apareció dentro de la oficina de las empresas de los Malfoy, llegó con un porte digno de la aristocracia.

Blaise estaba sentado en una silla detrás de un escritorio de casi dos plazas. Una gran cantidad de papeles se desplegaban ante él, además de tarros con tinta y varias plumas.

Cuando Draco apareció con las manos en los bolsillos, la mirada en el piso y las cejas fruncidas, el alto moreno soltó un agudo aullido además de que saltó en su lugar.

—¡Maldita sea, Malfoy! Si quieres tu puesto solo tienes que pedírmelo, no hace falta que me mates de un infarto —la mano de Blaise se apoyaba a su pecho como si tratara de tapara una herida.

Malfoy sonrió de lado y soltó unas risitas; negando con la cabeza se acercó al escritorio y tomó asiento en un sillón de piel.

—Dime, ¿a qué debo esta sorpresa? —cuestionó Zabini una vez que sus respiraciones se hubieron tranquilizado.

—¿Que no puedo visitar a mi mejor amigo? —inquirió Malfoy encogiéndose de hombros y viéndolo con fingido reproche.

—Si fueras uno de esos amigos lo creería, pero te conozco y sé que algo quieres.

El rubio platinado amplió la sonrisa altiva que tenía y se puso de pie, metiendo de nuevo las manos a los bolsillos. Paseó por la oficina que otrora era de su padre, observándola con detenimiento, buscando aquellos cambios que le indicaran que en efecto ahí ya no trabajaba su padre. Con placer sonrió al reconocer en cada esquina el gusto de su mejor amigo.

—¿Qué opinas de Granger? —inquirió de repente. Su mirada gris estaba enfocada en una de las ventanas que daban a uno de los pocos jardines que rodeaban la compañía.

—¿Granger? —en la voz de Zabini había un deje de sorpresa— ¿Hermione Granger? Granger… ¿la mejor amiga de Potter?

Draco rodó los ojos y giró para enfrentarlo.

—¿A caso conoces a otra? —su voz indiferente combinaba con su semblante sin expresión.

Blaise asintió y en las comisuras de sus labios se podía ver que luchaba por esconder la sonrisa que imploraba por mostrarse.

—¿Será tal vez… la que fue tu pareja en el baile que hubo en el ministerio?

—Déjate de juegos, Blaise…

El aludido asintió, mostrándose serio de repente. Se puso de pie y rodeó su escritorio para finalmente recargarse en éste. Se cruzó de brazos y observó al hombre de pie frente a él.

—¿Que qué opino de ella? Lo que todo mundo opina de ella. Es una excelente bruja a pesar de su origen. Creo que es la persona más inteligente que he conocido. Sé que es la mujer más correcta y virtuosa con la que me he cruzado. ¿Qué más puede decirse?

Draco escuchó con atención cada una de las palabras que dijo Zabini. Le impresionaba lo grande que se mostraba, lo maduro que se comportaba. Jamás creyó que lo vería convertirse un hombre. En la escuela, siempre bromeando y jugando con la gente, sin importarle las clases o demás en la vida. Él siempre solo quiso divertirse. Y verlo ahora, tomándose en serio un trabajo, vistiéndose como un adulto y comportándose como alguien respetable era inverosímil de ver, así como increíble. Pero lo ponía feliz. Era bueno que todos siguieran con su vida después de lo que vivieron en los últimos años.

Lo peor de todo es que cuando eran niños, les quitaron la oportunidad de ser niños. Los obligaron a crecer cuando debieron de estar jugando en sus habitaciones, los hicieron madurar cuando no debían de hacerlo. Y ahora que podían ser libres, que no había nadie que les impidiera ser quienes quieran ser, ya era muy tarde para ser niños. Ahora tenían que madurar, ser los adultos que intentaron hacerlos hacía tanto tiempo. Y lo peor de todo es que aquellas personas que los quisieron impulsar a madurar, ya no estaban ahí para ayudarlos cuando debieron de haberlo hecho.

Draco bajó la mirada y se acercó de nuevo al escritorio, sentándose en el mismo sillón que antes.

—Por una razón u otra, Granger y yo hemos convivido desde hace varios meses y, por una razón u otra, he desarrollado sentimientos por ella y hemos salido, si puede decirse así, desde el baile del ministerio.

Zabini no sabía por qué sorprenderse más, si por el hecho que Draco sentía algo por Granger o por el mismo hecho de que sintiera algo. Hubiera jurado que Malfoy jamás desarrollaría afecto por ninguna persona que no fuera él mismo.

—Espera… acabas de decir que está saliendo con Granger… ¿algo así como novios?

—No quiero entrar en detalles —tajó Malfoy, totalmente incómodo con la conversación. Si no podía expresarse con plena libertad con su madre, tampoco podría hacerlo con Zabini y menos cuando él no sabía la totalidad de la situación.

—Está bien… ¿Y viniste a decirme eso? Te conozco, Malfoy, y se que hay razones detrás de esta confesión. Algo quieres.

Draco sonrió con negó con la cabeza. Lo conocía demasiado bien, como si fueran uno mismo.

¿Que qué quería? Fácil. Quería hacer algo especial para Granger. Algo que le exprese cuánto la quiere, cuánto siente por ella, cuánto ha cambiado desde que se cruzaron aquel día en St. Mungo. Quería reponer aquellos deseos que le arruinó hace varias semanas, quería hacerla feliz. Quería besarla y hacerla suya. Pero sabía que no iba a ser fácil, pues Hermione no era como cualquier otra bruja. Era especial, y alguien especial merece algo especial.

Y se dio cuenta de eso aquella mañana cuando Hermione salió por sus nuevas pociones. Ese momento en el que el doctor Brooks sugirió terminar todo de una buena vez. Fue un segundo en el que tardó en darse cuenta de que Hermione siempre era la persona en el segundo plano. Siempre que había un problema en Hogwarts, era la última de sus amigos en saber, y siempre la que arreglaba todo antes de que fuera demasiado tarde. La que ponía su vida y su tiempo después de la de sus amigos. Y admiraba eso de ella. Pero era momento de que ella fuera primero. Y él sería el que la pondría primero.

El gran problema era que él no sabía cómo hacerle. Él no sabía anda de su mundo, solo lo poco que ella le había contado. Y la enfermedad iba en una carrera y no se detendría hasta llegar a la meta, y lo único que le quedaba era entrar a la carrera. Y aunque sabía que no iba a ganar, iba a poner una buena batalla. Además, como bien dicen: lo mejor de todo no es el destino sino el trayecto. Y él estaba dispuesto a todo por disfrutar de cada minuto que tuvieran de ese momento en adelante. Pero haría cada uno de esos minutos especial.

Por esa misma razón estaba con Zabini. Él sabría qué hacer.

—Quiero hacer algo especial para Hermione… Algo… muggle.

Oh.

Listo, ya lo había dicho.

La risotada que le dedicó el alto moreno lo hizo fruncir los labios y el ceño. No le era fácil para él decir eso en voz alta a nada más y nada menos que su acompañante con el que critico y denigró a los nacidos de muggles.

—Blaise… —advirtió arrastrando las palabras, produciendo una cadencia tétrica y siniestra.

—Ya, ya… ya estoy —contestó con una sonrisa, tragando la risa y carraspeando para poderse controlar.

Draco inhaló aire y lo retuvo por un segundo. Exhaló y para cuando terminó, Zabini ya había recobrado su compostura.

—Muy bien, dime qué tienes planeado.

Draco le explicó lo mejor que pudo sin dar demasiados detalles de la privacidad que merecía Hermione respecto a su enfermedad lo que quería hacer. Le dijo sus ideas y más o menos qué es lo que quería hacer, dónde y cuándo. Le especificó que no tenía idea de cómo conseguir todo lo necesario.

—Espera un segundo —lo detuvo Zabini extendiendo una mano.

Se puso de pie y salió de la oficina, desconcertando al rubio.

Ni bien habían pasado dos minutos cuando ya estaba de vuelta. En sus manos había un rectángulo delgado de metal. Lo puso en su escritorio y Malfoy lo observó primero a él y después al objeto.

—Malfoy, te presento a Computadora. Computadora, este es Malfoy.

Después de la bizarra introducción, el alto moreno le enseñó a Draco un poco de cómo utilizar aquel objeto muggle que Blaise había descubierto en un paseo en Londres muggle. Juntos buscaron la información necesaria para conseguir todo para aquella noche especial y cuando por fin habían terminado, Draco ansiaba que la semana de por medio pasara volando. Tenía todo en las manos y no podía evitar que una sonrisa se extendiera por sus labios. Hermione estará feliz al ver la sorpresa que le tenía planeada.

Jamás había creído que él fuera a ser uno de esos hombre detallistas.

—Quién lo hubiera creído… Draco Malfoy enamorado.

Así es Blaise… quién lo hubiera creído posible.

Y solo se le ocurría un nombre.

Hermione.