Harry Potter pertenece a J.K. Rowling. Yo escribo fanfiction por simple placer, de tal modo que este fic no tiene fines de lucro. Simple y puro pasatiempo.

Este fic fue creado para "La Gala del Dragón 2015" del foro Draco Dormiens Nunquam Titillandus

Título: Encuéntrame en Rumania.

Capítulos: 1/10

Personajes: Draco Malfoy/Harry Potter/Charlie Weasley.

Advertencias: Slash/Lemon/EWE/Trío. Este fic narra una relación homosexual que, conforme la trama avance se centrará en tres personas. Hay malas palabras, poca coherencia, ignoración monumental del epílogo, y cosas varias que podrían resultar incómodas para algunas personas. Si eres parte de ella... ¡huye! Sino, bienvenido seas. Dicho está. Sobre advertencia no hay engaño.


Encuéntrame en Rumania

Por:

PukitChan

Capítulo 1

El dragonolista, el guardián y el auror

«Yo ya era así antes de que tú llegaras,

caminaba por las mismas calles y comía las mismas cosas.

Incluso antes de que llegaras yo ya vivía enamorado de ti y a veces,

no pocas, te extrañaba como si supiera que me hacías falta…»

Edel Juárez.

Existían días en los que Harry Potter no podía evitar pensar en cuán rápido había sido trazada su vida y el destino que la acompañaba.

Hoy era uno de esos días.

De pie, intentando mantener el equilibro como cada mañana al abordar el ascensor del Ministerio, Harry repentinamente se encontró mirando la inercia en la que su existencia se había sumergido últimamente. Los rostros eran siempre los mismos, al igual que las sonrisas educadas y amables que le ofrecían. Cuando era adolescente y había soñado con un futuro, no pensó que ser auror podía tratarse de un trabajo tan rutinario. Aunque, si era sincero consigo mismo, no le molestaba eso. La mayor parte de su vida había tenido tantos sobresaltos que antes de llegar a los veinte años, ya se sentía como un anciano cerca de la muerte. Y a pesar de que no le tenía miedo a morir, asfixiarse en una vida sin sentido comenzaba a serle inquietante. Quizás debería poner en práctica la sugerencia que Ron le había hecho esa misma mañana: tomarse unas vacaciones.

«No te lo tomes a mal, compañero, pero luces horrible.» Esas fueron sus palabras exactas. Y aunque trató de ofenderse, no lo consiguió porque sabía que Ron, como en muchas otras cosas, tenía razón. Harry inclusive se había refugiado en la parte de atrás del ascensor para no tener que ver su reflejo. Mientras más pasara desapercibido, mejor sería. No quería dar explicaciones sobre por qué sus ojeras eran tan profundas o cuál era el motivo que lo tenía tan distraído. Además, aunque dijera la verdad, no todos le creerían y harían extrañas suposiciones al respecto para alimentar los falsos rumores que corrían por el Ministerio. A veces, cuando se lo proponían, sus compañeros de trabajo podían ser más eficientes que todos los reporteros de Corazón de Bruja.

«Y pueden ser aún más insistentes que ellos» pensó Harry, sonriendo cansado. Sabía que muchos se preocupaban por él honestamente, pero ¿cómo podía explicarles, cuando ni siquiera podía hacerlo a él mismo, que aunque amaba su vida monótona y el confort que ello le ocasionaba, también quería volver a experimentar la vida? Por Merlín, parecía una vez más ese niño de ocho años encerrado en la alacena mientras imaginaba toda clase de imposibles aventuras.

Al salir del ascensor, Harry llegó a la conclusión de que existían cosas que era mejor no rememorar. Además, ¿qué ganaba con todo eso? Pensar las cosas no lo llevaría a ningún lado; él mejor que nadie sabía que era mejor actuar y enfrentar el problema. Sin embargo, su valor estaba empolvado en un cajón que era difícil de abrir, sobre todo cuando ni siquiera lo estaba pensando con seriedad.

—Buenos días, Potter.

Los saludos que lo acompañaron durante todo el pasillo le hicieron esbozar una sonrisa forzada. No quería desquitar su mal humor con sus compañeros, aunque algunos de ellos bien podrían merecerlo. Aun así, Harry continuó caminando, respondiendo sin detenerse hasta llegar a su cubículo en el área de Seguridad Mágica.

Por primera vez en su vida, Harry maldijo el eterno desorden que existía sobre su escritorio. Había pergaminos revueltos, reportes a medio escribir y una taza de té que tenía más de dos días allí. Plumas, tinta y hasta los restos de algo que parecía ser un dulce, lo saludaron. Ahora entendía por qué Robards, su jefe, entornaba los ojos siempre que se acercaba y echaba un vistazo a su cubículo. No quería ni imaginar lo que tía Petunia hubiera gritado si se daba cuenta del caos en el que estaba sumergido.

—Eh, Potter, ¿tienes el registro del caso 04935? —preguntó su compañero del cubículo vecino. Harry agradeció internamente la interrupción mientras asentía con la cabeza y rebuscaba en el último cajón de su escritorio. Había llegado demasiado lejos si su mente comenzaba a comparar las cosas con los Dursley.

—04935, 04935… —susurró Harry, empujando las carpetas que contenían todos los archivos de los casos cerrados. Al encontrarlo y sacarlo, la atención de Harry se desvió hacia el nombre que estaba escrito allí también—. ¿El caso de los Malfoy? —cuestionó, entregándole al otro la carpeta—. Pero se cerró cuando…

—Tampoco lo entiendo —contestó, encogiéndose de hombros—. Están reuniendo distintos casos de ese año, asegurando que es una revisión anual. Yo no lo creo.

Harry volvió a sonreír sin alegría. Se preguntó si ese día también escucharía una nueva teoría conspiratoria.

—Yo creo que Robards está revisando cuántos mortífagos faltan por encerrar en Azkaban, ¿sabes? Al menos de los que se sospechan o se tienen registrados. Eliminarlos podría lograr que Robards por fin ascienda a…

No pudo continuar escuchando porque en ese momento, la puerta de la oficina que estaba unos metros más allá de los cubículos, se abrió. Robards salió de ella con el aspecto de alguien que no estaba de acuerdo con lo que le habían ordenado hacer, pero que no tenía más remedio que cumplir. Paseó su mirada por todo el lugar hasta detenerse en Harry, quien de inmediato se irguió, borrando su sonrisa.

—Potter. —Robards ni siquiera se molestó en alzar la voz. Sabiendo que los ojos de Harry estaban puestos en él, hizo un ademán con su mano, indicándole que lo esperaba. Cuando regresó a su oficina, Potter creyó ver que había otras personas dentro.

Al parecer no era el único que pensaba que otra vez se había equivocado en algo, porque cuando caminó hacia la oficina, sintió varias miradas siguiendo sus pasos. Harry tocó la puerta, pero sin esperar respuesta, la abrió. Por alguna razón, no le sorprendió descubrir que se encontraba en una reunión, donde él era el último protagonista.

—Buenos días —saludó, mirando a los presentes. Además de Robards, se encontraba Hermione, Subjefa del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, y otra joven mujer que permanecía sentada frente al escritorio con una expresión enfurruñada que solo conseguía resaltar las pequeñas cicatrices de su rostro—. ¿Puedo ayudar…?

—Toma asiento —ordenó Robards. Estaba tan tenso que Harry obedeció sin rechistar, sentándose a un lado de desconocida. Ella ni siquiera lo miró. Robards rodeó el escritorio y se sentó detrás de este con tal pesadez que Harry tuvo que resistir el impulso de pedirle que descansara. Hermione, mientras tanto, había estado revisando algunos pergaminos, como si quisiera encontrar algún fallo en ellos. Obviamente no lo halló, porque los bajó y se paró a su lado, con esa expresión seria que no auguraba nada bueno—. Potter, tengo una misión para ti.

Harry volteó hacia Hermione. Ella, al igual que Ron, sabía que su vida necesitaba un cambio, pero realmente esperaba que no hubiera intervenido para que eso sucediera. No obstante, por la forma en la que eludía su mirada, parecía confirmar sus sospechas. ¿Por qué sino, lo estarían llamando a él cuando había otros aurores en el escuadrón con más años de servicio?

—Por supuesto, jefe —aceptó, aunque no sabía en qué lío se estaba metiendo. Robards señaló con la mirada hacia la mujer y Harry la miró.

—Quizá la encuentres familiar. Ella es Marietta Edgecombe. Estudió en Hogwarts también.

Harry frunció el ceño al tratar de recordarla. La imaginó unos años más joven y sin tantas cicatrices en el rostro. Entonces, cuando pensó en ella vestida con el uniforme de Ravenclaw, la reconoció: Marietta había sido la mejor amiga de Cho, y también la estudiante que había delatado las reuniones del Ejército de Dumbledore. Y si bien la palabra "soplona" ya había desaparecido de su frente, las cicatrices que marcaban su rostro aún parecían recordarle aquella traición.

—Claro —dijo, levantando una ceja. Marietta, obviamente, recordaba tanto a Hermione como a él, porque parecía enojarse más cada vez que los veía—. Cuánto tiempo sin vernos.

—No el suficiente.

—Edgecombe trabaja en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas —añadió rápidamente Hermione, con el fin de evitar una pelea—. Harry, como bien sabes, en Rumania existe una reserva de dragones y ahora están incubando. Los dragonolistas nos han informado que esperan una alta cantidad de anidación este año, lo cual nos alegra para la preservación de la especie, pero…

—Pero no dejan de ser criaturas peligrosas —completó. Hermione asintió.

—Marietta Edgecombe será la encargada de contabilizar los huevos que habrán en toda la reserva este año. Necesitamos un registro porque, además de que debemos evitar que exista una superpoblación de dragones, la Confederación Internacional de Magos nos ha mandado una advertencia.

—Entiendo la importancia de este trabajo, pero ¿qué papel juego yo en todo esto? —deseó saber Harry. Tantas explicaciones comenzaban a confundirlo.

—Potter, irás con la señorita Edgecombe durante dos o tres meses a Rumania. Tu misión es protegerla.

—¿Qué? —balbuceó. Por la expresión de Marietta, Harry supo de inmediato que a ella tampoco le agradaba esa decisión—. ¿No sería mejor que la protegiera un dragonolista…?

—Ellos la guiarán, tú la protegerás. Eso es todo, Potter, no quiero más quejas.

—No estoy especialmente entusiasmada por pasar unos meses contigo, Potter —dijo Marietta, cruzándose de brazos cual niña pequeña. Aquel simple gesto pareció gritarle que convivir con ella resultaría mucho más difícil que enfrentar a todos los dragones de la reserva en Rumania.

Gracias, Hermione, muchas gracias.

.


.

—¡Harry, lo siento!

Era la tercera vez que Hermione pronunciaba esas palabras. Harry, no obstante, seguía ignorándola mientras terminaba de ordenar su equipaje. Ron, divertido, se limitaba a escucharlos pelear. No lo estaba disfrutando, pero era gracioso ver a Harry comportándose de una manera tan infantil.

—Vamos, compañero —dijo el pelirrojo, luego de recibir una mirada severa de Hermione—. Estás en tu derecho de enojarte, pero estábamos preocupados. Y debo decirte que apoyo su idea. ¡Quizás esto es lo que necesitas! Un poco de adrenalina y respirar nuevos aires. Charlie prometió que no tendrías ningún día aburrido y lleno de papeleo. Todo eso es trabajo de Marietta.

—¡Ron! Harry no va a Rumania a vacacionar, tiene una misión que cumplir.

—Lo sé, pero ¿proteger a Marietta? ¿Por qué la escogiste a ella, Hermione? ¡Nos delató!

—Eso fue hace muchos años y es excelente en su trabajo.

Ron estaba por replicar, pero un hechizo se lo impidió. Harry había encogido su equipaje lo suficiente para poder transportarlo con facilidad hasta la Central de Trasladores. ¿Así se reducía su vida? ¿A dos simples maletas? Era triste que pudiera irse de ese lugar con tanta facilidad. Como si no hubiera que nada que quisiera detenerlo. Sí, estaban Hermione, Ron, el resto de sus amigos y los Weasley, pero cada uno tenía su propia vida y, de alguna manera, Harry no pertenecía totalmente a alguna.

—Dos meses en Rumania… quizá puedan llegar a ser hasta tres, si los nidos superan la cantidad que se cree que hay —pronunció en voz alta su misión por primera vez desde que la había escuchado, tratando de asimilar la idea. Hermione se acercó y tocó su hombro.

—¿Estás seguro de que no quieres que te acompañemos a la Central de Trasladores, Harry?

—Está bien —aseveró, sonriéndole a su amiga. Ambos sabían que, muy en el fondo, en realidad no podían enojarse el uno con el otro—. Tengo que acostumbrarme a la compañía de Marietta, después de todo, ¿no? —Luego, tras una mirada a su alrededor, Harry añadió—: Cuiden de Grimmauld Place, por favor.

A pesar de que Harry tardó veinte minutos caminando en llegar desde Grimmauld Place a la Central de Trasladores Internacionales, Marietta aún no se encontraba allí. Harry aprovechó ese momento a solas para abrir el libro que Hermione le había dado sobre la incubación y las madres dragones. Como si en el Torneo de los Tres Magos, Harry no hubiera aprendido lo suficiente.

—Potter. ¡Potter!

Harry levantó su rostro, sorprendiéndose de encontrar a Marietta parada frente a él. Tenía un bolso amplio colgando de su hombro izquierdo y su largo cabello claro estaba atado en una desordenada coleta. Estaba muy maquillada, quizás escondiendo las cicatrices de su rostro. Fuera de eso, su expresión parecía estar menos irritada que la última vez. Quizá finalmente se había resignado a su compañía.

—Edgecombe…

—Dime Marietta —dijo fastidiada—. Vamos a pasar casi tres meses juntos. Podemos hacer eso, al menos.

Harry asintió, animándola a llamarle por su nombre también. Esa mañana, Marietta parecía distinta; arrogante todavía, pero más propensa a relacionarse. Si ella podía hacer un esfuerzo, pese a que Harry no era su persona favorita, entonces él también podría hacerlo.

—¿Cuál será nuestro traslador? ¿Pararemos en algún lugar antes de llegar a Rumania? —preguntó Harry, luego de ponerse de pie y seguir a Marietta por un amplio pasillo en el que circulaban todo tipo de personas.

—La Oficina de Trasladores nos asignó uno especial —contestó, mirando de vez en cuando hacia el pequeño trozo de pergamino que tenía en su mano—. Hará que aparezcamos directamente dentro de la reserva. —Antes de que Harry pudiera expresar sus dudas con respecto a ese plan, Marietta se detuvo frente a una pequeña columna, donde un hombre agitó su mano, señalando una vieja y rota tetera.

—¿Señorita Edgecombe y señor Potter? —Al ver que ambos asentían, el hombre continuó—: Puede que su viaje sea un poco más inestable que otros, debido no solo a la distancia, sino a los hechizos que rodean y protegen la reserva en Rumania. Por favor, no se alteren ni suelten el traslador en ningún momento. En la reserva, cerca del sitio a donde llegarán, está un cuidador esperándolos. ¿Están listos? ¿Llevan todo?

De soslayo, Harry miró a Marietta. Realmente parecía muy decidida a hacer su trabajo.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella cuando sus dedos rodearon el traslador. Harry la imitó mientras negaba con la cabeza.

—Tengo curiosidad. ¿Sigues manteniendo contacto con Cho? —Marietta sonrió de lado al escuchar ese nombre. Enfrente, el hombre les anunció que faltaba un minuto para que su traslador funcionara.

—Ella está saliendo con un muggle ahora mismo.

En cuanto terminó de pronunciar aquella oración, el traslador se activó. Marietta y Harry se vieron sumergidos en unos movimientos tan espantosos y difíciles, que tuvieron que sujetarse el uno contra el otro para que ninguno cayera al vacío y aterrizara al otro lado del planeta. En el momento en el que Harry fue arrojado violentamente hacia el suelo lleno de plantas, supo de inmediato que ya no estaba en Londres y que pasaría mucho tiempo antes de que volviera a ver una ciudad.

—¿Marietta? ¿Estás bien…? —Harry se trató de incorporar, maldiciendo a todo traslador creado por el Ministerio. Se tocó la frente y realmente esperaba no haberse roto algo cuando un gruñido lo paralizó. Tratando de moverse lo menos posible, buscó a tientas sus gafas y las encontró destrozadas debajo de una planta. Al colocárselas, giró su rostro buscando lo que fuera que hubiera emitido tal sonido y que, realmente esperaba, no se tratara de lo que él estaba imaginando.

Harry realmente detestaba tener razón.

Tendida a pocos metros de donde él había caído, Marietta estaba inconsciente, probablemente como resultado de la caída. Sin embargo, ese no era el principal problema que tenían: más allá, a través de sus gafas rotas, Harry podía distinguir un nido con tres huevos y, vigilándolo desde el cielo, una enorme dragona que parecía dispuesta a calcinar a cualquiera que intentara acercarse a sus crías.

Al sujetar su varita, el auror consideró todas sus posibilidades. Si se acercaba muy rápido a Marietta, correría el riesgo de alterar los nervios de la futura madre. Si la atraía hacia él, sería más fácil, pero ¿hacia dónde irían? La reserva era demasiado grande y podrían de perderse y, sobre todo, encontrarse con más dragones esperando por comida. Sin embargo, simplemente no podían quedarse allí.

—Tendré que…

—¡Harry! —El aludido levantó la mirada y una fuerte dosis de alivio recorrió su cuerpo cuando divisó a Charlie Weasley, parado en una colina cercana. El pelirrojo levantó un objeto que Harry no alcanzó a distinguir, pero que enseguida adquirió sentido cuando gritó—: ¡Acércate a Marietta! ¡El traslador los llevará al campamento! ¡Yo la distraeré!

Harry asintió y le dio un vistazo a la dragona que descendía ahora desde el cielo hacia ellos, lanzando gruñidos enardecidos. Por fin habían conseguido llamar su atención. Sin embargo, no tenía tiempo que perder. Corrió hacia Marietta y en cuanto alcanzó a sujetarla, Charlie le lanzó el traslador. Lo único que Harry logró a ver antes de desaparecer, fue a Charlie lanzándole un rayo de luz que golpeó a la dragona, pero que solo pareció enfurecerla aún más…

Al abrir los ojos, el panorama había cambiado. Se encontró cayendo, con Marietta entre sus brazos, en un campamento lleno de hombres y mujeres que enseguida se acercaron para ver cómo estaban al verlos aparecer tan imprevistamente. A lo lejos, se escuchaban rugidos y sus ecos, y Harry contó mentalmente los segundos antes de escuchar el sonido de una aparición. Sintió que volvía a respirar cuando, a través de un grupo de mujeres que le habían arrebatado a Marietta de sus brazos, descubrió a Charlie acercándose sonriente a su lado. Demasiado sonriente para su gusto.

—¡Vaya entrada! —dijo Charlie, dándole un golpe amistoso en su brazo. Enseguida, dirigiéndose a los otros, ordenó—: ¡Ey, alguien que vaya a la zona oeste, tenemos a una galés verde enfadada!

—No es gracioso, Charlie —dijo, volviendo a recuperar sus sentidos—. Debo ir con Marietta.

—Tranquilo, ella estará bien. ¿Sabes cuántas heridas atendemos aquí? Un simple golpe no es nada. Cuando los vi caer me di cuenta de que…

—¡WEASLEY!

Harry se sobresaltó cuando escuchó ese grito que interrumpió la frase del otro. Charlie, no obstante, únicamente se limitó a entornar los ojos y sonreír. Sujetó por los hombros a Harry y lo colocó detrás de él, para cubrirlo con su cuerpo e impedir que lo vieran. Entonces, miró en dirección hacia el cielo, siendo imitado por Potter, ya que a su alrededor no había nadie que se dirigiera a ellos.

Lo que Harry vio en ese momento, fue algo jamás en su vida pudo olvidar.

Descendiendo del cielo y montado en un joven thestral, un hombre rubio se dirigía hacia ellos. Harry tardó unos minutos en comprender que aquel hombre era Draco Malfoy. De hecho, cuando logró asociar la última imagen que tenía de él con la que ahora presenciaba, Draco ya había llegado al suelo y empezaba a descender del caballo alado.

Draco vestía como la mayoría de los dragonolistas de ahí; con botas largas, pantalones negros ajustados a sus piernas, una playera gris sin mangas y cubierto por una capa color azul oscuro. Sus facciones parecían más frías y maduras, y se había dejado crecer el cabello tan largo que ahora podía sujetárselo con una cinta, pero no de la pulcra manera en la que Lucius solía hacerlo; ese Draco era mucho más… salvaje. Harry no pudo evitar preguntarse qué es lo que hubiera dicho su padre con respecto a ello.

—¡Weasley! —volvió a gritar Draco, verdaderamente enojado, acercándose, pero ignorando a Harry porque el cuerpo de Charlie lo cubría en la distancia—. ¡¿Quién fue el imbécil que provocó un destello de magia en mi reserva?! ¡Está alterando a todas las dragonas de la zona oeste! ¡En cuanto encuentre al idiota que puso a dos Colacuernos a pelear, lo arrojaré para que sea su cena!

—Draco, yo tengo a tu idiota —dijo Charlie riendo, haciéndose a un lado para mostrar a Harry—. ¿Recuerdas que te dije que tendríamos trabajadores del Ministerio por aquí para el conteo de nidos? Aquí tienes a Harry Potter.

—Hola, Malfoy —murmuró Harry, sonriendo tensamente, aunque no sabía por qué.

Draco no respondió, pero si las miradas mataran, Harry sabía ya estaría en el fondo de una horrible tumba de Rumania. O quizá, siendo devorado por dragones.


Autora al habla:

¡Hola! Hace bastante tiempo que no me sentía tan nerviosa presentando un fic en este fandom. xDDD Bueno, ¿qué les puedo decir? Este fic comencé a publicarlo para La Gala del Dragón 2015, y pues... mejor se los digo ahora, antes de que alguien me cuelgue por ahí por no avisar; quizá no ahora, pero conforme avance la historia esto tendrá un trío... creo que es bastante obvio quiénes serán los involucrados, ¿verdad? LOL! Así que si alguien le resulta incómodo, no soportan que algo así pase con su OTP, ¡aún pueden escapar! :3 Si sienten curiosidad, gracias por acompañarme en esta aventura de diez capítulos, y más gracias si les nace un review para esta historia.

Quiero mostrar mi amplio agradecimiento a Haydée, cuyo comentario en facebook me animó a publicar por aquí esta historia. Cariño, si algún día te animas a estar por aquí, espero que disfrutes la historia.

¡Muchas gracias a todos! ¡Os quiero! :D