Detrás del silencio

Historias dentro de la Historia

Angie Jb /Angie Velarde

Guerra Florida 2011


Capitulo 1

Arrabal


Mi barrio era en sí, una ciudad dentro de otra ciudad. Ajenos a la parafernalia y suntuosidad del París de las novelas románticas en el que se regocijaba la realeza europea, sobrevivíamos en un ritmo mucho más rápido y cruento, conscientes de que cualquier descuido o titubeo podía costarnos por lo menos el sustento del día. Salteadores y adivinos convivían codo a codo con obreros y cocheros, en un tumultuoso conjunto de callejones sin salida y laberintos de casas y pequeños zaguanes, impregnados por un intenso olor a col y nabos, por gritos, cantos, el llanto de niños y las esporádicas risas desencajadas de casa de "la Madame".

Para muchos París significaba esa promesa que brillaba magnifica en lo lejano. Como muchos, mis padres esperaban que nos tocara una parte del progreso que parecía desbordarse en cada esquina, para salir de esa situación de miseria sempiterna que nos rodeaba.

Rondaba los 7 años cuando llegamos por primera vez al tumulto de Paris. Después de días de búsqueda, llegamos al minúsculo departamento de una sola habitación, que encontró mi padre con hartas peripecias. Por la cara de felicidad de mi madre, bien podíamos estar entrando al Palacio de Versalles y en aquellos días, la sonrisa de mi madre era mi más sagrado estandarte. Si ella era feliz, yo también lo sería, me dije mientras veía las cucarachas correr a nuestro paso por la nueva casa. Y aunque los ingresos eran magros, el trabajo de mi padre en la fragua era constante y con ello la casa se llenó de esperanza.

Yo, como la mayoría de mis congéneres terminé por abandonar la escuela apenas la había iniciado para ayudar a mi padre en la fragua. Por mí, no había problema sinceramente. En aquellos días, vagar en mis ratos libres por las calles, era mucho más placentero que estar encerrado entre cuatro paredes con un maestro insufrible empecinado en educarme. Además, pensaba que de todos modos no sería la gran diferencia saber escribir para ser herrero, como lo era mi padre.

Todo marchaba a pedir de boca, hasta ese día en que a mi amigo Michel se le ocurrió que sería una buena broma robarle un par de sandías al tendero. "¡Las íbamos a regresar!", le repetía yo a mi padre, que me llevaba a casa a rastras coscorrón tras coscorrón. Mis padres se confabularon y dos días después amanecí con la sorpresa de que mi preciado tiempo libre estaba comprometido con Madame Giselle, la mujer más gruñona del edificio, ¡adiós libertad!

La bendita dama vivía en el maltrecho cuarto contiguo al nuestro. Era una anciana institutriz retirada, que sin tener más que hacer tomó mi causa con el mismo fervor con el que tomaron La Bastilla. Recuerdo mi primer "día de clases": su casa era como un agujero de ratones, sombrío y húmedo con una sola variante. Por toda decoración había libros. En cada espacio posible, sobre el suelo, bajo el camastro, junto a la hornilla. Libros apilados de distintos temas, tamaños, presentaciones y colores. Si los vendiera sería riquísima, le dije apenas entré. Ella me miró sin contestar y me ordenó con la mirada que tomara asiento en un banco de madera. La condena sería larga, pensé sentándome pesadamente donde se me había indicado. Esa mujer era exigente, regañona y perfeccionista. Era una pesadilla viviente con espejuelos pequeños y presta regla amenazante a la mano… pero sobre todo, era una profesora de corazón.

Con semejante estímulo, inevitablemente aprendí a leer y a escribir. Los meses se hicieron años, y aunque por un lado ser letrado terminó por relegarme de casi todos los niños del barrio, por el otro me mostró que el futuro podía no ser mediocre y previsible. El futuro era ambiguo, y dentro de la ambigüedad, tenía cabida también la genialidad.

Y justo cuando todo parecía marchar bien, ocurrió.

No lo había querido ver. Mi padre era mucho más viejo que mi madre, pero siempre lo creí fuerte como el que más. No vi como se posaron la edad y el cansancio sobre sus hombros, opacando sus sienes, petrificando su sonrisa. No vi a mi madre agotada, marchitándose fulminante junto a él. No los vi, hasta el día en que el cólera se los llevó con pocas semanas de diferencia.

Con tres mudas de ropa y mis 12 años a cuestas, me encontré triste y asustado, tremendamente solo frente a la tumba sin lápida y sin flores de mis padres, dejando correr las lágrimas por mis mejillas. Decidí huir. No permitiría que me enviaran al orfanatorio del que se contaban tan espeluznantes historias. Pasaban decenas de planes por mi mente, cuando la mano temblorosa de Madame Giselle se posó sobre mi hombro. Me di vuelta y abrazado a su regazo rompí a llorar. La usual mueca que curvaba sus labios secos, renació en una sonrisa para mí. Y me calmó el alma.

- George, no temas – me dijo con tranquilidad – llorar es parte de vivir, hijo. Ven, quiero presentarte a alguien

- ¿A quién maestra Giselle? – contesté secándome el rostro

- Un amigo que te quiere conocer

Monsieur Jean Pierre, había sido alumno de la profesora Giselle hacía mucho tiempo. Ahora era el administrador del único despacho contable de esos lares, y estaba dispuesto a responsabilizarse de mí. A la par, podía irme enseñando los principios básicos de su trabajo. Creo que mi suspiro de alivio se escuchó hasta Notredame.

Meses después, murió también Madame Giselle. Pero antes de irse, me enseñó otro camino.

Por cuatro años ese despacho se transformó en mi mundo. No es que fuera yo una especie de ermitaño intelectual o cosa parecida. Solía frecuentar a mis escasos amigos de la infancia, y salir a pasear ya por el margen del Sena ya por los barrios donde crecí. Me conocía París casi al dedillo. Pero aquella pequeña oficina llena de pólizas, registros, números, libros, cuentas y más cuentas, me ofrecía retos todo el tiempo y mi mente volaba. Bajo la luz de una vela escuálida, leía y releía cuanto documento caía en mis manos… hasta que terminé siendo oficialmente el primer aprendiz de Jean Pierre.


Corría el año de 1887.

Ese día de principios de otoño, cuando las hojas secas revoloteaban arremolinándose bajo mis pies apurados, me encontré recorriendo nuevamente las principales calles de París directo al barrio de La Défense, cumpliendo un extraño encargo del mismo Jean Pierre.

- George – me dijo apenas entró a la oficina cuando despuntaba la tarde -, necesito que lleves estos documentos al Grand Hotel…

- ¿Grand Hotel…? – le respondí extrañado. Sus pocos clientes nada tenían que hacer en un hotel de ese renombre.

- Oui. Vas a entregar este sobre sellado, exclusivamente en las manos de la persona a quién va dirigido – me señaló el nombre con lentitud apuntándolo con el dedo y mirándome sobre los espejuelos - ¡Escúchame bien, a nadie más!, ¿Te queda claro?

- Si Monsieur Pierre… - contesté lentamente mientras leía el nombre del destinatario que no me era ajeno, más al contrario. Apenas hace unos seis meses Jean Pierre me pidió guardar ese nombre en la más absoluta confidencialidad. Ni siquiera entre nosotros lo mencionábamos, cuando revisamos el caso exhaustivamente.

- ¿Y?... ¿A qué esperas entonces?, - me apuró señalando la puerta - ¡Anda, corre de una vez que esto es urgente! ¡Vamos, vamos!

Apenas tomé mi boina colgada tras la puerta y salí corriendo del despacho. Unas calles más adelante disminuí mi carrera y sin dejar de caminar, empecé a sopesar el ligero sobre que traía entre mis manos. Al principio solo Jean Pierre se hizo cargo de esa empresa, y pasó días y días ensimismado en el asunto, muy preocupado. Después de pensarlo mucho, me involucró. Era un caso por demás interesante.

Parecía ilógico, pero me emocionaba conocer al fin a esa persona. Proseguí mi camino atravesando media ciudad, hasta que al doblar una esquina me topé con la magnífica construcción del Grand Hotel de Paris. Enorme y hermoso edificio… me parece que era la primera vez que lo veía sin prisas desde la acera de enfrente, como cualquier turista. Me detuve entre la gente, dejando que mis pensamientos volaran.

En eso, alguien me empujó por el hombro sacándome de mi sopor. Un hombre caucásico, quizás polaco o ruso por sus rasgos y expresión dura, me interceptó con brutalidad y sin más trató de arrebatarme el sobre, cosa que no le permití. Con rapidez me escabullí, saliendo disparado hacia los callejones cercanos, donde pensé podría escapar, pero el tipo empezó a gritar que yo le había robado, y se lanzó en mi persecución. Era demasiado ligero para la corpulencia que se adivinaba bajo el fino abrigo de casimir que portaba.

Me seguía pisándome los talones hasta que me dio alcance tomándome por la chaqueta, y me lanzó hacia el suelo como si fuera una marioneta. Después de soltar una jerga incomprensible e iracunda, el tipo atinó a escupir una serie de amenazas en un pésimo francés mientras me jaloneaba nuevamente.

- ¡Dame eso maldito mocoso!

- ¡No se lo entregaré! – repliqué gritando, mientras trataba de liberarme.

Pude esquivar el primer golpe que me lanzó. Pero su segundo movimiento fue rápido. Solo vi como tomaba un pesado madero y lo proyectaba con saña hacia mi cuerpo e inmediatamente después, sentí aquel intenso dolor que me dobló hasta caer sobre mis rodillas.

Me sentí totalmente vulnerable. En silencio, me reproché mi impericia para librar una pelea, aunque de todos modos yo no era rival para ese toro. Como sea, no estaba dispuesto a ceder. Y él tampoco.

Nuevamente tomó impuso para darme una tremenda patada en el estómago, cuando tras él otro hombre apareció golpeando su costado con un portafolio, y luego lo empujó con fuerza haciéndolo perder el equilibrio. El "polaco" cayó en medio de un gran alboroto de cacharros y metales regados por todo el lugar. Aprovechando la distracción, traté de incorporarme para huir pero no pude, el hombro me dolía intensamente y mi brazo izquierdo colgaba flácido a mi costado. Levanté la vista. El otro hombre, un poco menos corpulento que el "polaco", no lo perdía de vista. Moviéndose hábilmente se colocó entre mi agresor y yo, sin bajar la guardia ni decir palabra, con los puños en alto y la espalda rígida.

Para el "polaco", a quién tenía en frente, yo ya no existía. Sus pequeños ojos inyectados solo miraban con desprecio a mi defensor. Entonces, inexplicablemente, el "polaco" arregló su abrigo cerrándolo con rapidez sobre su pecho, y sin decir una palabra más dio media vuelta y se alejó acomodándose el sombrero mientras caminaba con rapidez, perdiéndose entre los callejones. El otro hombre se acercó con rapidez a donde estaba yo postrado, hablándome en un francés pulcro y claro.

- ¿Cómo estás chico?

- ¡Bien, bien Monsieur!... Gracias, gracias – contesté tambaleándome mientras me levantaba apenas, apretando mi hombro lastimado con la misma mano que sostenía con dificultad el legajo de papeles que en tantos líos me había metido. Empecé a caminar trastabillando hacia atrás, con la sola idea de llegar al Hotel y entregar el sobre en las manos del tal Andrew de una buena vez…

- Espera muchacho, necesitas atención médica. ¡Ven! entrégame ese sobre para que puedas…

- No Monsieur, mis instrucciones… - interrumpí conteniendo un quejido - Monsieur, debo entregar esto solamente a una persona…

- Lo sé hijo, yo soy esa persona…

- ¿Cómo…? – repliqué con incredulidad – ¿Cómo sé que usted es…?

- ¿William Andrew? – pareció agradarle mi resistencia y sonriendo me dijo – porque el otro William Andrew que conocí era mi padre y falleció hace tiempo, y porque hasta dónde yo sé, soy el único William Andrew que encontrarás en el Grand Hotel de París…, y para terminar porque ahora estoy seguro que el viejo Jean Pierre ha enviado a su mejor hombre para cumplir esta delicada misión…

Vi con más detalle al hombre. Era alto, rubio y fuerte, pero lo más peculiar en él fue la suavidad de su mirada. El azul de sus ojos era limpio. Solo mi padre me había mirado así antes, hace tanto... Levanté el sobre hacia él, poco antes de desvanecerme en la acera.

No supe cuanto tiempo pasé inconsciente o dormido, pero cuando desperté no pude evitar sobresaltarme. Asustado miré alrededor. Los detalles, la amplitud, la pulcritud, la imposible suavidad de la ropa de cama… ¡Definitivamente no era mi camastro, ni mi habitación y tampoco estaba dormido aunque si estaba soñando! Traté de sentarme con rapidez pero una punzada aguda de dolor en mi costado me recordó lo que había sucedido. Un par de voces llegaron hasta mí, apagadas por una enorme puerta de nogal de dos hojas con marcos pródigamente labrados…

- …Dislocado,… y el brazo roto pero nada grave… a su edad se recupera rápido… el doctor dijo que ante todo requiere reposo. ¡Jean Pierre no se preocupe!

- Discúlpeme Andrew, pero ¿Cómo no me voy a preocupar? Soy responsable de él y lo puse en alto riesgo. Pensé que nadie sospecharía de un chico de 17 años, y… ¡no quiero imaginarme lo que hubiera sucedido si no llega usted donde George!,…

- En todo caso ni usted ni yo calculamos el riesgo con cabalidad. Nunca hubiera creído que la desesperación terminaría por hundir a Hans con esta última vileza, pero la providencia nos ayudó y no hay nada grave que lamentar… Por lo demás querido amigo, ser hombre no tiene que ver con la edad… y George es el mejor ejemplo…

La puerta del dormitorio por fin se abrió completamente, y ambos se sorprendieron al verme de pie junto a la cama intentado calarme la camisa. El señor Andrew sonrió aliviado y tras él, el viejo Jean Pierre quién no podía disimular su preocupación, caminó hacia mí con rapidez y me abrazó sin decir palabra.

- Entonces, ¿es usted Monsieur Johnson?… - dijo Andrew en un impecable francés, dirigiéndose a mí.

- A sus servicios Monsieur Andrew – contesté asintiendo con seriedad

- Realmente creí que sería alguien mayor – luego sonriente, se acercó a mí con su mano extendida - Me complace conocer al hombre que ha salvado la fortuna de mi familia

- ¿Yo? – dije tratando de entender - Solo hice mi trabajo apoyando a Monsieur Jean Pierre… – atiné a contestar turbado, sin poder evitar que mi mente volara a mis padres y la maestra Giselle…

- Joven Johnson, no soy afecto a exagerar. Créame. Usted no fue el primero en revisar esos documentos, pero fue el más certero y puntual en sus comentarios. Pudo ver más allá de lo que los datos duros nos decían. Se llevó de calle a varios de los más renombrados especialistas. Usted querido Johnson, tiene intuición y sentido común. Y esa particular ventaja es la que lo puso en el camino correcto para desenmascarar a Hans… así que dejémonos de formalismos y permítame felicitarlo y mostrarle mis respetos, de un caballero a otro.

- Muy agradecido Monsieur Andrew…- dije al fin aceptando sus cumplidos

- Debo pedirle algo más… Comprenderá usted que su actuación en este caso, me obliga a actuar en consecuencia…

- Usted puede contar con mi total discreción Monsieur Andrew… - contesté rápidamente pensando en la insistencia del misterio en torno a su identidad

- ¡No lo dudo Johnson! – dijo riendo – precisamente por eso, necesito hacerle una propuesta a la que no admitiré una negativa…

- Lo escucho Monsieur Andrew…

- Preciso, no, no es correcto. Necesito con urgencia un asistente personal competente y leal en quién depositar toda mi confianza…

Levanté la vista inmediatamente. No podía creer lo que me estaba sucediendo. Por breves instantes me quedé sin respirar mirando a ese hombre que a lo mucho se acercaba a los 45 años. Era real, no estaba bromeando. Un hombre de negocios de ese nivel no podía bromear.

Miré intensamente a Monsieur Jean Pierre, buscando respuestas. El captó mi inquietud. Bajando un poco sus gafas asintió confirmándome lo que acabábamos de escuchar, y me dijo en tono solemne, una frase que cambió mi vida por siempre…

- George, saluda a tu nuevo jefe…

- Por… Por supuesto… ¡Por supuesto Monsieur Andrew! - contesté sin podérmelo creer

- ¡Ah, perfecto Monsieur Johnson!... ¿George, verdad?, Por favor, llámame William… ¿Sabes hablar inglés George? – dijo tuteándome con naturalidad

- Lo estoy perfeccionando – contesté en inglés

- ¡No se diga más!... Espero te agrade viajar. En cuanto te recuperes George, partimos a Escocia…

- ¿Escocia?

- Así es. Debo estar ahí para recibir a mi segundo hijo. Y tú estarás conmigo…

Continúa...


"Detrás del silencio" fue mi primer fic más o menos largo, dentro de la Historia de Candy Candy. Lo estrené en la Guerra Florida 2011. Los personajes pertenecen a Mizuqui e Igarashi por siempre jamás. Yo nomás los tomó para darle cuerda a mi imaginación. Cualquier semejanza con otra historia o relato, ¡pues es mera coincidencia!. El fic completo consta de 7 capítulos y un epílogo, si bien no recuerdo nada... espero les agrade... Va dedicado con mucho cariño para Galilea o Jana Johnson, la más ferviente admiradora de don George. Y también a CFRio, con mucho cariño... ¡Ya!

Angie Jb / Angie Velarde