DISCLAIMER: Los personajes de Soresekai no me pertenecen, le pertenecen a Dai Shiina, la historia es completamente de mi autoría, prohibida la copia total o parcial de esta misma.

Hola a todos! Ya sé que es muy tarde y que quieren asesinarme por no actualizar, pero en mi defensa digo que estos meses no han sido fáciles y todo se ha atravesado. La operación de mi mama, las tareas, los festivales escolares y pufff… Muchas cosas más. Por eso me disculpo por la tardanza. Pero aquí les traigo el capítulo, mejor tarde que nunca.

A leer¡

EXTRA 1.- El chico de ojos azules

"Velad el sueño de los desdichados, mis pequeños morfeos"

—¿No lo han encontrado?— Una voz cansada se escuchó en el silencio lúgubre de la corte real. Los grandes generales del reino del Sol se encontraban a los lados de la figura cansina del rey. El rostro de lo que en su tiempo fue un hombre guapo y viril se encontraba demacrado y con profundas ojeras. Los ojos azul profundo que hace poco podría haber puesto de rodilla al hombre más valiente del reino se encontraban sin brillos y opacos. ¿La culpa? La mujer que amaba y el hijo que tenía con ella habían desaparecido hace unos meses.

El no escuchar respuesta de ninguno de sus hombres de confianza le confirmo lo que su mente ya sabía.

No lo habían encontrado.

Cada noche se torturaba por haber sido tan descuidado con ellos. Por cumplir los caprichos odiosos de su esposa e hijos. ¡Que estúpido había sido! Haberlos enviado lejos había sido un error y cuando por fin había recapacitado y había mandado por ellos esto sucedía. No le sorprendería que su esposa o alguno de sus hijos mayores pudieran tener algo que ver. Pero sus manos estaban atadas, lo único que podía hacer era buscarles, buscarles con desesperación y rezar por su regreso.

—Señor…— escucho la voz del general Ratcliff. Este le miraba con suplica. — Ellos seguramente ya… — el viejo general no termino la frase, pues como muchos de los presentes en la gran habitación tenía mucho afecto por la concubina del rey y su hijo. El también rezaba por que se encontraran con vida, pero también su trabajo era ser realista. No tener noticia de ellos y de ninguno de los secuestradores solo acrecentaba la especulación de que ellos; Sheila y Livius, estuvieran muertos.

—¡Calla!— rugió el hombre sentado en el trono. —No digas más.

El general guardo silencio. No tenía caso contradecir al rey, en su estado actual fácilmente podría perder la vida por algún paso en falso.

Se escucharon fuertes golpes en las puertas. Los guardias que las custodiaban las abrieron por orden del rey. Un hombre bajo y menudo entro a la habitación donde se llevaba a cabo la reunión. Se encontraba agitado y varias gotas de sudor escurrían por su frente.

—¿Por qué interrumpes de esa forma esta reunión? Espero que tengas una buena razón. — Hablo el primer ministro, que hasta ahora se había mantenido en silencio. El hombre luchaba por recobrar el aliento pero le era imposible. Por lo que solo se escuchaban palabras entrecortadas. —Habla claro.— ordeno el ministro.

El mensajero se irguió y esas dos palabras que habían deseado escuchar por fin fueron pronunciadas.

—Lo encontraron.

(…)

Se escuchó el abrir de una puerta. El joven que se encontraba dentro de la habitación se encontraba sentado en el piso mirando el techo. Escucho unos pasos presurosos internándose en la habitación. Entonces lo vio.

El rey Leonidas III lo miraba. Su mirada vacilaba entre alegría, tristeza y un asomo de lastima. Pues su hijo había vuelto con vida, o al menos físicamente vivo, pero su madre no había corrido con la misma suerte. Miro las heridas y hematomas que decoraban la pálida piel de su hijo. Su cuerpo se veía demacrado, estaba en los puros huesos. Su camisa estaba entre abierta por lo que pudo observar gruesas heridas, algunas ya cicatrizadas otras en carne viva. Sintió ganas de llorar por él. ¿Cuánto tuvo que pasar por su incompetencia?

No se perdonaría jamás haber hecho pasar este horror al hijo que compartía con ella. Se lo prometió, el seria el rey. Aunque todos le llamaran loco y se opusiera era lo correcto. Además sabía que Livius era un joven capaz y que tenía mayor potencial que alguno de sus hermanos para ser rey.

—Me alegra que hayas vuelto. — fue lo único que pudo decir, pues las palabras se atoraban en su garganta. Abrazo el débil cuerpo del joven, se encontraba frio y este no respondía. Su corazón se estrujo.

Definitivamente los culpables pagaran, si no soy yo, será el. Pensó. Pues estaba seguro, el odio consumiría el corazón de su hijo y seria el motivo de su existencia. Y lo aceptaba, si era lo único que podría mantenerlo con vida entonces estaba bien.

Y hasta aquí el final, sé que es corto. Pero es un extra, el viernes subiré el siguiente capítulo. Y de nuevo, perdón por el retraso.