Capítulo 1

Todos se habían enterado de la noticia. Peeta, Gale, Prim y la señora Everdeen habían encendido el televisor para pasar un rato entretenido, justo en el momento en el que el presidente Snow hacía la presentación a los 75º Juegos del Hambre, alegando que, entonces, ese año era el tercer Vasallaje de los Veinticinco. La dura noticia que había dado el presidente Snow se quedó grabada en la mente de todos: «En el setenta y cinco aniversario, como recordatorio a los rebeldes de que ni si quiera sus miembros más fuertes son rivales para el poder del Capitolio, los tributos elegidos saldrán del grupo de los vencedores».

Katniss no pudo hacer más que quedarse mirando al frente sin poder reaccionar, mientras que Peeta salió rápidamente de la estancia. El silencio se apoderó de todos los que había allí.

El primer pensamiento de Katniss fue claro, conciso: esta vez, Peeta volverá solo… pero volverá. A pesar de que la relación entre ellos desde que volvieron de los 74º Juegos del Hambre había sido nula, Katniss sentía un irrefrenable deseo de salvarle a él, creyendo que es quien más se lo merece.

Prim saltó de una punta del sofá en el que se encontraban para abrazar a Katniss mientras lloraba. Katniss se sentía flotar, como si ella no formase parte de esa sala, como si ella no tuviese nada que ver con los Juegos del Hambre.

Después de un rato silencioso, en los que sólo el llanto hacía acto de presencia, Katniss decidió salir al jardín a tomar un poco el aire. Quiso salir para no tener que decir nada, para no tener que enfrentarse a la compasiva mirada de su madre ni a los ojos llenos de dolor de Gale. Quiso salir para evadirse de una realidad que le quedaba un poco lejana en esos momentos.

¿Qué se suponía que pasaba ahora? Había conseguido sobrevivir a los infernales Juegos del Hambre, y lo había conseguido gracias a Peeta. Oh, Peeta… esta vez no dejarían que dos salieran vivos de la arena, de eso estaba bien segura. Estaba furiosa, llena de ira. Snow había hecho una buena jugada. De esta manera, se la quitaba de encima a ella y a todos los rebeldes que la apoyaban. ¡Maldito Snow!

Sin pensarlo mucho, Katniss se dirigió a casa de Haymich. Suponía que éste ya sabría la noticia, así que no harían faltas más explicaciones de las necesarias.

Como sospechaba, encontró al hombre sentado en la silla con la cara estampada en la mesa, durmiendo como una mona y con una botella vacía de alcohol al lado. A cada paso que Katniss daba hacia él, un aura de hedor etílico la inundaba con mayor intensidad.

—¡Despierta, Haymich! — le gritó en el oído.

El hombre, a pesar de la histeria de ella, no movió ni un solo dedo.

—¡Haymich! ¡Vamos! — divisó un cubo lleno de agua helada y se dirigió directo a él. Lo cogió con enfado y se lo tiró por encima al rubio, haciendo que éste despertase malhumorado y chillón.

—¡Niñata! ¿Cómo te atreves a despertarme de esa manera? Maldita sea…

—Deja de comportarte como un crío, y escucha. Supongo que ya sabes…

—Sí, ya lo he visto. ¿No ves el estropicio que hay tras el televisor? Me he dedicado a tirarle todas las botellas de alcohol al holograma de ese hijo de puta de Snow. — Haymich sonaba cansado, entristecido, pero no borracho. Katniss se lamentaba de haberlo despertado así.

—Siento mucho haberte despertado así, pero necesito que me hagas el mayor favor de tu vida. El último que harás por mí, si todo sale bien.

Haymich se quedó sentado, mirando fijamente a la chica, escrutando su mirada y, por consiguiente, sus pensamientos.

—Vienes a pedirme que salve a Peeta por todos los medios.

—Y supongo que no vas a negármelo.

Haymich entonces se levantó y rodeó la mesa. Se quedó frente a ella y suspiró pesadamente.

—Peeta ha venido hace un rato pidiéndome lo mismo, Katniss. Ni en un millón de vidas te merecerías a ese chico. Me ha pedido que le deje ir a él a la arena para protegerte.

—Lo sé, Haymich… por eso precisamente debemos salvarle a él. Prométemelo, por favor. Se lo debemos.

El hombre miró al suelo un momento, cavilando. Después de un rato, miró a Katniss a los ojos. Con un leve movimiento de cabeza, dio a entender que lo haría. Katniss dibujó algo parecido a una sonrisa, algo que él recibió como una gran alegría por parte de ella, y ambos se sentaron en la mesa.

—¿Te queda alguna botella llena?

Haymich miró sorprendido a Katniss.

—Por supuesto, ¿por quién me tomas?

Ella le sonrió.