Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Tras la sombra de un indicio

Capítulo 1

El atardecer iba gradualmente apoderándose del cielo, propiciando que muy pronto el anochecer reclamara como suyo el trono celeste. Hacía unas cuantas horas que los pasillos quedaron vacíos, el ruidoso eco de los pasos y de las conversaciones se silenció al retirarse la gran masa de adolescentes que, eufórica, se liberaba de la preparatoria abrazando la llegada del fin de semana.

No era para menos, luego de sobrevivir a una jornada repleta de clases aburridas y de exámenes sorpresa, el estudiantado únicamente pensaba en escapar de allí sin importar el costo. Sin embargo, por más difícil de creer que pareciera, uno de los cientos de jóvenes que ahí estudiaban, aún permanecía dentro de las instalaciones educativas ignorando el avance del crepúsculo.

Sus puños detonaban con fuerza al impactar el pesado saco de boxeo, haciendo que el costal se bamboleara en un interminable ir y venir. El sudor recorría su anatomía entera, evidenciando la intensa sesión atlética que desarrollaba. Siendo naturalmente una celebridad deportiva en la secundaria, no podía darse el lujo de descuidar ni su imagen ni su físico.

El impetuoso ataque de sus puñetazos fue aminorando progresivamente, y antes de acabar, se dispuso a darle un último golpe a la robusta bolsa. Shapner, desencadenando un derechazo potente, tiró al piso el macizo morral provocando que la arena contenida en su interior se derramaba, esparciéndose por el suelo del gimnasio de la escuela.

– Es suficiente por hoy.

Jadeante avanzó unos pocos metros tomando su mochila, encaminándose a las regaderas dispuesto a tomar un necesario baño. Desnudo, y con su cabeza sumergida en la corriente del frío líquido, el chico de larga cabellera rubia descansaba olvidándose de las tediosas lecciones de matemáticas e historia que meramente servían para aburrir su existencia.

Al concluir, no demoró mucho tiempo en vestirse. Con elegancia fue colocándose sus prendas de vestir, admirándose en el espejo al lucir una galante sonrisa. Normalmente, un joven de su edad con toda su vida por delante, saldría en compañía de una bella señorita para disfrutar de una ilustre velada romántica, pero...

– ¿Para qué molestarme? –Al salir de los vestidores, caminó por los corredores del instituto académico hallándose frente el casillero de una damisela muy particular, en su mano sostenía un sobre sellado, el cual, casi arroja en el interior de la caseta metálica–cada carta que le dejo siempre termina dentro de un basurero.

Resignado, arrugó la nota que sostenía y demostrando su buena puntería, la lanzó hacia un canasto de basura junto a la pared. Ese era su gran dilema, cuantiosas chicas se le acercaban tratando de convencerlo para tener una cita con él, pese a ser bellísimas jovencitas, Shapner las descartaba de inmediato. En sus pensamientos, existía exclusivamente una sola mujer para él.

En contraste con esa aspiración, él era inexistente para ella, o por lo menos, en la forma en la que Shapner deseaba. Videl poseía una faceta que lo embrujaba en demasía, a diferencia de las demás, la pelinegra no le tenía miedo a prácticamente nada. Ese carácter duro e impulsivo que la caracterizaba, era el detonante de esa atracción que lo impulsaba a tratar de cortejarla.

La fortuna parecía sonreírle, ella era su compañera de clase en la Preparatoria Estrella Naranja, los otros hombres en su salón eran escuálidos y débiles. Al ser una persona amante de las artes marciales, era razonable suponer que a Videl la cautivaran los individuos fuertes dotados de una indomable valentía. Y no había nadie que calzara con esa descripción, nadie más que él.

No obstante, Videl no estaba ni remotamente interesa en Shapner en el sentido amoroso. Lo consideraba un amigo; un amigo algo terco que insistentemente intentaba invitarla a un cursi festejo que sólo ellos protagonizarían. Ese amor lo encegueció por años, instando que cada una de sus tentativas acabara más miserable que la anterior.

Si bien esa situación era dolorosa, como consuelo pensaba que no era el único en ser rechazado por la hija de Mr. Satán, sus competidores–como los catalogaba–igualmente eran ahuyentados por la justiciera. Aquel alivio lo confortó al contabilizar sus derrotas, a pesar de eso, dicha consolación terminó abruptamente cuando sucedió lo inconcebible:

Videl se interesó en alguien.

Tratándose de la primogénita del salvador del mundo, era claro el rol que ostentaba en la sociedad de Ciudad Satán. Una urbe que bajo el glamour que le brindaba su icónico campeón, era carcomida por una plaga de alimañas que con sus ilegales actos ampliaba el índice de impunidad. Aunque su progenitor vivía en una especie de burbuja, ella no apartaba su mirada de la realidad.

Videl se encargaba de los delincuentes por su cuenta, con una escasa o nula asistencia por parte de la policía. Tal contexto culminó con la aparición de un sujeto peculiar, un vulgar payaso que usando una variedad de trucos ilusorios empezó a hacerle frente al hampa. Como consecuencia, la heroína se obsesionó con descubrir el verdadero rostro que se escondía detrás de ese casco.

Y es ahí, donde su derrota más amarga se plasmó. Para Shapner, las circunstancias eran tanto molestas como humillantes; a Videl le fascinaba más un patético y ridículo bufón de circo que él. El Gran Saiyaman, ese era el mismo tema de conversación que se escapaban de sus labios. Ese maldito mequetrefe, consiguió en días lo que él no pudo alcanzar en incontables meses.

– ¡Maldito Gran Saiyaman, por qué tenía que aparecer para arruinarme la vida! –Gritando sumamente enfadado, pateó el bote de desechos lanzando su contenido en la anteriormente reluciente superficie del adoquinado– ¡es sólo un grandísimo idiota, apuesto que es tan feo que por eso se disfraza!

Apoyándose en un muro cercano, Shapner respiró hondo llenando sus pulmones de oxígeno. Aquellas repentinas explosiones de celos y furia, ya se estaban volviendo recurrentes en él. Aún así, éstas le daban una pizca de paz al expulsar el odio que le profesaba al superhéroe enmascarado. La impotencia lo abrumaba, se negaba a aceptar que había perdido la guerra.

Ya más sereno, se agachó y recolectó las latas de refrescos junto a las envolturas de frituras, depositándolas de regreso en el contenedor de desperdicios. Recuperando la compostura, retomó su ruta dirigiéndose al exterior del edificio pedagógico. Mientras lo hacía, una silueta delgada y de baja estatura lo frenó en seco.

– ¿Videl, eres tú? –Shapner en un parpadeo la reconoció, al inspeccionar el área se percató de las huellas oscuras de botas marcadas en las paredes, la vacilación no tenía razón de ser, la rabia jugaba con ella– ¿qué haces aún en la escuela?

– No es de tu incumbencia, Shapner–grosera y malhumorada, la chica de largas coletas azabaches gruñó como respuesta.

– Vamos Videl, dime qué sucede–acercándose muy lentamente, se reclinó sobre la puerta de un aula para hablarle cara a cara–sabes que soy tu amigo, puedes decirme lo que pasa…prometo que no se lo diré a nadie.

– ¡Piérdete! –Vociferó aún más airada; no obstante su molestia se redujo al avergonzarse por la manera en que le respondió–discúlpame Shapner; es sólo que he estado bajo mucha presión últimamente y las cosas no han salido como las esperaba.

– Tranquila, no pasa nada–esbozó una sonrisa galante, una sonrisa que nuevamente fue ignorada por ella–ya se hace tarde, tu papá puede enfurecerse si llegas demorada a casa…

– Es verdad–miró su reloj comprobando la hora–vaya, es la primera vez que te escucho decir algo sensato–rió levemente, él no sabía si sentirse halagado o no.

– Ven, te acompaño.

Shapner cerró sus ojos por unos segundos, así, así era como se imaginaba a él y a Videl: pasando tiempo juntos, platicando y recorriendo las avenidas de Ciudad Satán, entretanto, sus rostros eran iluminados por los cientos de letreros de neón que integraban el paisaje urbano. Pero aún faltaba algo más, sus dedos no estaban entrelazados ni sus bocas luchaban feroces por dominar a la otra.

Para su desdicha, esa fantasía aún seguía siendo solamente eso, una simple fantasía que permanecía latente dentro de su cabeza. En cuestión de unos minutos, luego de doblar varias esquinas, sus retinas se enfocaron en la lujosa e imponente residencia que se erguía frente a ellos. Grabado con letras doradas, un cartel con el apellido del campeón mundial les dio la bienvenida.

Durante el corto paseo que compartieron, Videl calló sus palabras incrementando las inquietudes en Shapner. La ojiazul enérgica, impulsiva e indomable que él admiraba en exceso, ahora se veía distraída, pensativa y hasta decaída. Y él, en lo profundo de su conciencia, debatía si debía indagar más recónditamente descubriendo la razón de tan apática apariencia.

Parados ante la altísima cerca metálica que rodeaba la propiedad, Videl extendió su mano para abrir la cerradura, a su vez, que su escolta titubeaba al formular una frase. La doncella de azabaches cabellos se disponía a agradecerle su caballerosidad y a despedirse, cuando éste consiguió adelantarse hablándole, rompiendo así, el eterno mutismo entre los dos:

– ¿Qué te pasa, Videl? –Shapner la interrogó–te conozco; sé que estás molesta por algo, no es necesario que lo escondas.

– Ya te lo dije, no es nada importante…nos vemos el lunes–queriendo alejarse tan rápido como le fuera posible, abrió la puerta de acero cruzándola en un parpadeo.

– ¡Videl! –Sujetando la portezuela con fuerza, la detuvo conectado sus pupilas con las de ella–insisto, cuéntame…te ayudaré.

La valerosa heroína rodó sus globos oculares por un instante, sin duda alguna era un gigantesco testarudo en el momento en que se lo proponía. Mordiéndose la lengua, Videl inicialmente no quería explicar el origen de su mal humor. Al ser la obstinación uno de sus defectos, le disgustaba el hecho de tener que admitir que un desconocido enmascarado se volvió la horma de su zapato.

"Te ayudaré"–el eco de esa afirmación resonó en sus cavilaciones.

Ayudarme, se cuestionó internamente, tiene que estar bromeando. Videl sospechaba que esa no era más que otra treta de Shapner, para intentar acercarse a ella por millonésima ocasión. Sin embargo, la efervescente rabia que se acumulaba en su mente acabaría robándole la última gota de tranquilidad que ostentaba. Tal vez, no era mala idea desahogarse un poco, qué daño haría.

– Bien Shapner, tú ganas, ven, pasa–la justiciera resopló ligeramente al invitarlo.

– Gracias, te lo agradezco–conteniendo su desbordante alegría, el galán de melena dorada la siguió al zambullirse en la opulenta mansión.

Al llegar a la estancia de la monumental morada, fueron recibidos por una lluvia de sirvientes ofreciéndoles bebidas y demás bocadillos. Atravesándolos sin responderles, Videl subió apresurada por la escalera no sin antes comprobar que su varonil camarada venía rezagado apretando su marcha.

Si bien su amistad ya era bastante añeja, hasta el día de hoy, Shapner daba sus primeros pasos explorando los rincones del inmenso palacio de la familia Satán. Videl, en oposición a la mayoría de los afortunados que nacieron en una cuna de oro, no se dejaba embriagar por los lujos y las riquezas que se acumulaban al ser la descendiente de una celebridad.

Su vestimenta y sus costumbres eran las de una chica sencilla, haciendo que su estilo de vida dentro de su hogar fuera para muchos un genuino misterio. Y ese suertudo jovencito, estaba a centímetros de encender una luz en esas negras tinieblas que giraban en torno a esa hermosa pero reservada mujer.

Dando un extenso resoplido, Videl tiró al suelo su mochila mirando concentrada una pared en particular de su habitación. Shapner al ingresar en la recámara, la encontró de pie y ensimismada observando una cuantiosa colección de fotografías y recortes de periódicos que decoraban inusualmente el aposento, aquellos papeles poseían un factor en común: El Gran Saiyaman.

– Lo he intentado todo, absolutamente todo–Videl habló inesperadamente–por más que lo persigo su velocidad supera la capacidad de mi avión, analicé los testimonios de los testigos que lo han avistado buscando alguna pista útil, pero siempre aparece tan rápido como desaparece sin dejar ni un sólo indicio de su identidad…

– Así que eso era–dedujo el apuesto rubio.

– ¡Es un entrometido, yo no necesito su ayuda para nada…puedo cuidarme yo sola! –Refunfuñó halando sus largas coletas– ¡y lo peor…y lo peor, es que es más hábil que yo!

– Videl, tú también eres una grandiosa peleadora y una verdadera heroína…

– No intentes halagarme, sé lo que digo–en ella las palabras dulces no surtían efecto–he estado allí cuando interviene, su fuerza y agilidad no tienen comparación, incluso las armas de fuego resultan inútiles contra él, y eso, es algo que yo no puedo hacer.

Shapner se le acercó por la espalda con cautela.

– Y máxime, cuando lo veo volar no puedo evitar sentir envidia, lo envidio, quisiera poder hacer lo que él hace.

– ¿Eso es lo que te molesta, no ser capaz de descubrir quién es?

– Sí–admitió–aunque no sólo por eso, quiero atraparlo para entender cómo realiza sus proezas sobrehumanas.

– Videl, lo más probable es que sean trucos baratos–Shapner alegó–igual que esos farsantes en el Torneo de Cell, recuérdalo, tu propio padre lo dijo, eran puras artimañas con cables y espejos, estoy seguro que ese payaso es un charlatán más que únicamente quiere hacerse famoso, no lo envidies, tú eres auténtica.

– No Shapner, no–la gladiadora contra el crimen negó rotundamente con su cabeza–confieso que pensé eso al inicio, pero una voz en mi interior me dice que es verdad, por más difícil de crecer que parezca, el Gran Saiyaman no es un ningún embustero, si bien su ropa y su actitud son ridículas sus habilidades no lo son, lo sé porque lo he visto con mis propios ojos, tengo que saber…tengo que saber cómo lo hace.

– ¿Esto significa tanto para ti? –Shapner le cuestionó poniendo una mano en su hombro, la Videl dura como roca que conocía se agrietaba tenuemente por culpa de ese bufón, no, imposible, se negaba a creer eso, su Videl no era así.

– Sí–replicó la damisela–él esconde algo, no sé qué es pero lo esconde y voy a averiguarlo.

Pese a ser la primogénita del hombre que, supuestamente, salvó al mundo de Cell, desde hacía años varias dudas revoloteaban en sus pensamientos. Lo que por largo tiempo su padre catalogó como falacias, ella, gradualmente, fue desmenuzándolas con su astucia llegando a la inverosímil conclusión de que quizá esos trucos eran reales, y él, el Gran Saiyaman, podría ser prueba de ello.

– Entonces déjamelo a mí, yo lo haré por ti, Videl–Shapner aún sin saber qué hacía, no dudó ni un ápice en ofrecerle su ayuda–yo descubriré quién se esconde debajo de ese estúpido disfraz.

– ¿Qué has dicho? –La pelinegra giró sobre su eje encarándolo– ¿no estás hablando en serio o sí?

– Claro que hablo en serio–contestó el rubio– ¿acaso no me crees?

– ¿Piensas que soy tonta o qué? –Indagó la justiciera–te conozco desde hace años, sé cómo piensas… ¿no estarás planeando esto sólo para invitarme a salir otra vez?

– ¡Videl, me ofendes! –refutó–simplemente deseo darte una mano, no me gusta verte así de decaída, no malinterpretes mis intenciones.

– Lo siento Shapner, pero en ocasiones no puedo tomarte con seriedad…y por más que lo intento, aún me cuesta trabajo hacerlo.

Luego de enfrentarse a cientos de delincuentes ordinarios y a peligrosos miembros del crimen organizado, Videl había desarrollado una especie de sexto sentido para percibir los engaños. Al estudiar los ademanes de Shapner, supo que una fracción de él honestamente deseaba auxiliarla, aunque su otra parte era la que le hacía sospechar.

Muy, muy en el fondo de su subconsciente el joven caballero empezó a fraguar, al menos, cómo ganarse su atención y consecuentemente, su interés. Videl nunca se fijó en él a pesar de ser un chico atlético y bien parecido, por lo tanto, se esperanzó con la posibilidad de cautivarla al demostrarle que no es sólo músculos, sino, que también tiene una mente suspicaz.

– ¡Ya lo verás Videl, aunque no lo creas…yo resolveré este misterio! –le afirmó decidido, dirigiéndose a la puerta de la habitación– ¡yo le quitaré esa tonta máscara!

Videl lo vio marcharse sin mirar atrás, una determinación bastante inusitada se plasmó en sus varoniles facciones. Aún sostenía su escepticismo, pero no pudo negarse a darle aunque fuere una pequeña oportunidad. Asomándose por su amplia ventana, Videl lo siguió con su mirada al alejarse de la mansión de su padre, llegando a un razonamiento que la estremeció.

Si Shapner conseguía hacerlo, si remotamente lo lograba, tal hazaña era merecedora de un premio. Videl frunció el ceño, ella le concedería su petición más soñada: tendría una cita con él.


El día de hoy el Gran Saiyaman volvió a salvar el día, el superhéroe favorito de Ciudad Satán rescató a los pasajeros de un tren que estaba a punto de perder el control, gracias a su intervención cientos de vidas se salvaron, pero, aquello era sólo el principio–mirando la televisión con detenimiento, Shapner, en su dormitorio, casualmente se topó con el noticiero local hablando precisamente de su objetivo y rival–luego de su salvadora primera intervención, el Gran Saiyaman detuvo a una pandilla de asaltantes que trataron de robar una joyería cerca del centro de la ciudad…

Shapner no pudo evitar gruñir al ver las imágenes de ese payaso haciendo sus ridículos bailes, definitivamente era un bufón idiota.

A pesar de que la señorita Videl se presentó al sitio, fue poco lo que pudo hacer frente a la fuertemente armada banda de asaltantes, para su fortuna, el Gran Saiyaman apareció justo a tiempo para darle una mano–afirmó elocuente la periodista en el televisor–no cabe duda que Ciudad Satán tiene una enorme deuda con este valeroso defensor de la justicia, el Gran Saiyaman se ha ganado el cariño y la admiración de todos los habitantes…

– ¡Cierra la boca! –Shapner le gritó– ¡a mí no me incluyas en ese montón de tontos, y a Videl tampoco!

Pasando a las noticias del clima, para mañana el pronóstico…

Apagando el aparato con enojo, Shapner se levantó de su asiento mirando sus alrededores en silencio. Ahora comprendía porqué Videl lucía tan molesta, ese sujeto disfrazado la hacía a un lado, entrometiéndose en su acostumbrada rutina salvadora. La confianza volvió a correr por sus venas, si triunfaba al desenmascararlo, Videl no podría rechazarlo al invitarla a cenar.

¿Pero cómo?

¿Cómo hacerlo?

¿Cómo lograr algo que ni la propia Videl pese a su astucia no ha conseguido?

Dio miles de vueltas, tanto mentales como físicas, buscando una respuesta que lo eludía más allá del racionamiento lógico. Frustración y enfado, aquellas emociones que se apoderaban de él eran las mismas que desde hacía semanas torturaban a Videl. Era tal el nivel de disgusto que lo abrumaba, que incluso, para su desgano, la silueta del superhéroe se materializó en su alcoba.

Apretando los puños, Shapner lo vio al efectuar su ridícula y estúpida presentación una y otra y otra vez. Y confiado, el espectral Gran Saiyaman le sonrió. Aquella sonrisa infantil en sus labios incrementó su ira. Sin embargo, guardó la calma, y adoptando una postura firme, Shapner le miró con una pulcra seriedad antes de hablarle con su voz interna:

Ríete, pensó, ríete cuánto quieras grandísimo idiota. Pero al final, seré yo, seré yo el que ría.

Les mostraré a todos quién eres en verdad: un charlatán, un falso, un estafador…un perdedor.

Anda, hazlo, continúa: ríete.

Ríete, disfruta mientras puedas, porque con gran júbilo te borraré esa expresión de la cara.

Desapareciéndose, el personaje salido de las historietas lo abandonó dejándolo solo. Sin perder su humor, Shapner se tiró a su cama contemplando el techo con mudez. Lo conseguiría, sin importar el método o las consecuencias, él alejaría de Videl a ese maldito entrometido. Y con su victoria, con su éxito, con su triunfo, conseguirá su más grande aspiración.

Sería un héroe, no para Ciudad Satán, sino para ella.


Sábado por la noche, y con ello, su rutina nocturna se reiniciaba.

Una vez llegado el fin de semana, y sobre todo con el arribo del anochecer, Ciudad Satán se transformaba totalmente. La música de los clubes nocturnos, el licor en los bares y el humo de los cigarrillos se hacían presentes pavoneando su reinado. Y como era su costumbre, Shapner tomó asiento en el mismo lugar, y a diferencia de los demás allí reunidos, estaba solo.

Sosteniendo una botella de cerveza a medio beber, Shapner se giró sobre su butaca dándole una lenta mirada al sitio. Las siluetas humanas moviéndose abundaban sin importar en qué dirección observara. Las centellantes luces multicolores las iluminaban otorgándoles toda clase de tonalidades psicodélicas: violetas, naranjas, verdes, amarrillos, rojos y turquesas.

Y tales matices, resaltaban las figuras femeninas volviéndolas imposibles de ignorar. Las cinturas, las piernas, los brazos y los senos, cada milímetro de aquellas chicas eran cartografiados por los hombres que les veían sin esconder su creciente libido. Aún así, Shapner no sentía nada al verlas. Sí, eran hermosas. Sí, eran muy sensuales. Sí, eran una delicia. Pero, no eran ella.

No eran Videl.

Liberando un largo hálito, Shapner terminó de consumir su bebida dando grandes sorbos, llenando su sistema con el refrescante alcohol. Durante el trascurso del día trató de hallar el cómo, el cómo que le permitiría lograr que su promesa pasara de las palabras a los hechos. Cómo quitarle la máscara al Gran Saiyaman, y así, rescatar a Videl de esa pesadumbre que la envolvía.

No obstante, fue inútil. El cómo lo esquivaba, se burlaba de él, derrotándolo antes de tan siquiera entrar en acción. Saboreando los remanentes de aquel brebaje etílico, recordó a Videl de inmediato. Ella empecinadamente lo perseguía, ya fuere en el cielo o nivel del piso. Y tal vez, tal estrategia, era la causante de sus innumerables fallas.

Perseguirlo a plena luz del día no funcionaría. Discreción. Para alcanzar su objetivo se necesitaba discreción. Y Videl, por sus frenéticas ansias de respuestas, olvidó por completo la discreción. Shapner se asombró con tal pensamiento, inclusive, una chica tan tenaz como ella, era propensa a cometer equivocaciones, pero le sorprendía más que Videl nunca haya notado su error.

Pero la pregunta volvía a repetirse:

¿Cómo, cómo?

Otro suspiro impregnado de derrota salió de él.

Pensó en Videl, esto era para ella, no para él ni para nadie más, era para ella. Repitiéndose esa reflexión, cerró los ojos, apretó los párpados, sabiendo lo que pasaría a continuación. Del mismo modo que le sucedía cada vez que iba a esa discoteca, y luego de emborracharse, ella se materializaba, abriéndose paso entre los bailarines, emanando seducción.

Para el rubio ya no era necesario buscarla en la multitud, ya conocía de memoria los acontecimientos a medida que se iban desarrollando, y si bien los sabía de antemano, disfrutaba igualmente de estos. Abrió sus pestañas, y deseando que aquello fuera cierto la vio acercándose, olvidándose que ella no era real.

¿Por qué siempre que te veo, tienes la misma expresión? –ella le preguntó, su voz resonó con claridad en su cabeza pese al estridente ambiente de fiesta.

Quizás porque sé que no eres la verdadera Videl–Shapner le respondió, no usando sus cuerdas vocales, sino, su mente.

Puedo serlo, si quieres.

Aunque quisiera, no lo serías, además, te hice una promesa, o al menos, a la verdadera.

¿Te refieres al Gran Saiyaman? –le cuestionó–por favor, no lo menciones, desearía que no existiera…

Yo también, pero yo lo desenmascararé, y no lo haré por fama, lo haré por ti.

¿Por mí? –La Videl de sus fantasías le sonrió vanidosa– ¿lo dices en serio?

Por supuesto que sí, Videl, por supuesto que sí.

¿Y por qué lo harías?

La respuesta ya la conoces…

No importa, dímela, quiero oírla.

Porque te amo, Videl, te he amado desde siempre–Shapner extendió una mano y la tomó por su rostro–sé que piensas que me interesas sólo por tu dinero, pero no es así, te amo por ser quien eres, eres valiente, fuerte y única, Videl, eres única, amo todo lo que representas, y cuando te vi ayer en la escuela, decaída, derrotada…esa no eras tú, esa no es la Videl que amo, y el culpable de eso es él, yo lo borraré de tu vida, acabaré con él–alegó con veneno–y volverás a ser la Videl que amo, la Videl verdadera, quien realmente eres…

Ella, volvió a sonreírle, tal y como a él le gustaba.

Pero debes saber que mi amor no es para ti, es para la auténtica Videl–endureciendo sus facciones, Shapner le afirmó–porque ya me cansé de esto, ya me cansé de venir cada sábado por la noche a beber y a fantasear contigo, ya me cansé de hablarle a una Videl que no es real…

¿Por qué dices eso, acaso no te parezco linda? –entristecida, la Videl espectral le cuestionó.

Shapner la escaneó de arriba a abajo, maravillándose por su bellísima e irresistible imagen. Pero, era exactamente eso lo que lo alejaba de ella al evidenciar su falsedad. La Videl genuina nunca se vestiría con una falda tan atrevida, ni usaría un escote tan revelador, ni se pondría zapatillas de tacón alto, y muchísimo menos, adornaría su cara con una reluciente capa de maquillaje.

Eres una belleza, una preciosidad–aseveró con honestidad–pero no eres Videl, no lo eres y jamás lo serás…

A pesar de su inexistencia, esa Videl dibujó un semblante entristecido antes de esfumarse. Él no se arrepintió de lo dicho, tal afirmación era más para él que para esa Videl ilusoria. Amaba a Videl, y no era el momento para estar fantaseando con ella, y para ganarse su amor, debía volver a enfrentar a ese cómo lo que lo derrotaba, ya que al vencerlo, vencería al Gran Saiyaman.

Y no lo conseguiría quedándose allí bebiendo.

– ¡Todo el mundo con las manos en alto!

Girándose sin comprender, Shapner y los demás ahí reunidos, miraron como un grupo de cinco sujetos fuertemente armados les apuntaban con sus armas. La música continuaba sonando, las luces seguían iluminando la pista de baile, pero ya nadie bailaba. La atmósfera fiestera se apagó abruptamente, y eran ahora el silencio junto a la quietud quienes gobernaban.

– Nadie se mueva, ni tampoco intenten pasarse de listos–el cabecilla de esa pandilla les ordenó tajante–sino quieren que esto se salga de proporción sólo tienen que cooperar.

Chasqueando sus dedos, el líder de los asaltantes les indicó a sus secuaces que actuaran. Implacables, fueron quietándoles sus celulares, relojes, billeteras y cualquier otro objeto de valor a la desafortunada masa de adolescentes que únicamente querían un rato de diversión. Por su parte, Shapner, fue moviéndose lentamente detrás del gentío esperando que no fuera notado.

– ¡Hey, tú! –Alguien le gritó– ¿adónde crees que vas?

Maldiciendo mentalmente su mala fortuna, Shapner se detuvo de inmediato voleándose para hacer contacto visual con su victimario. Era fantástico, sencillamente fantástico, cuando finalmente se disponía a tomar con más seriedad su misión de desenmascarar al Gran Saiyaman, esos buenos para nada aparecen para interponerse en su camino. Maldita y sarcástica ironía.

– ¿Acaso estabas tratando de escapar, princesita? –le indagó uno de los malhechores.

– Sí, no tengo tiempo para estupideces–retador, Shapner le replicó.

– Vaya, tienes agallas–dijo sereno el criminal, quien cambió rápidamente de actitud al apuntarle con su revólver– ¡vamos, veamos si eres tan valiente ahora!

Esa era la primera vez que le apuntaban con una pistola. No pretendió engañarse, ante la inminente amenaza de muerte, sintió como el miedo le recorrió el cuerpo. Y al pensar que Videl hacía eso todos los días, se asombró aún más por su valentía. No obstante, era él y no ella, quien peligraba. Blasfemó otra vez, su arrogancia lo llevó a esto, no tenía más remedio que salvarse.

– ¿Qué pasó, princesita? –Lo interrogó el mismo individuo– ¿no que muy valiente?

Shapner, impotente, se quedó sin aliento al creer que ese sería su final.

– ¿Pero cómo demonios…?

Interrumpiendo los eventos, uno de los delincuentes exclamó pasmado al oír el inconfundible sonido de las sirenas policiales acercándose. Reaccionando, los forajidos se atrincheraron dentro del edificio tomando como rehenes a los clientes del club.

– ¿Cómo diablos fue que nos descubrieron?

– Quizás uno de estos malditos los llamó sin que lo notáramos.

– ¡Esto no puede estar pasando! –El bandido al mando vociferó molesto–vigilen las puertas y ventanas, nadie entra ni sale…

Shapner, quien todavía se hallaba estático en su posición, empezó a barrajar sus alternativas, considerando las posibilidades más sensatas hasta las más demenciales. Eran cinco, y él sólo uno. Si lograba neutralizar al líder, quizás, y se lo repetía a sí mismo, quizás, haría que los restantes ladrones se rindieran al perder a su jefe, entregándose a las autoridades.

Era una locura, pero si Videl era capaz de hacerlo, por qué él no. Sabía pelear, no por nada era el capitán del equipo de boxeo en la escuela, un par de certeros golpes y lo derrotaría. Sí, triunfaría. Llenándose de valor, fue cerrando sus puños. Sin dejar de vigilar muy atentamente al dirigente de la banda, quien yacía distraído por la presencia policial en las afueras de la discoteca, procedió.

Tomó un gran respiro, aún no comprendía del todo la razón de sus prontas acciones, tal vez era el alcohol en sus venas o era, meramente, porque deseaba demostrarse que sí poseía las cualidades necesarias para ser más que un amigo para Videl. Y que, en discrepancia con el Gran Saiyaman, no requería de ni disfraces ni de trucos baratos para realizar un acto de heroísmo.

El tiempo pareció ralentizar su andar, simultáneamente que su oponente se giraba hacia él, Shapner disparó un potente derechazo que explotó en la mandíbula del matón. Si hubiese sido uno de los tantos rivales que enfrentó en el cuadrilátero, la victoria se habría inclinado a su favor sin duda; sin embargo, para su infortunio, ese no fue el caso.

Segundos más tarde, su contrincante le regresó la caricia. Shapner juraría que ese puñetazo casi le arranca la cabeza de raíz, haciéndolo tambalearse hacia atrás hasta chocar con la barra del bar. Tirado en el suelo, y percibiendo como un tibio líquido rojizo se escurría entre sus facciones, el rubio pestañeó por millonésima vez esforzándose por recuperar la lucidez.

– ¡Hijo de…!

Shapner alzó la vista, contemplando como el criminal empuñaba su arma preparándose para abrir fuego. No pudo reaccionar, le fue imposible, solamente permaneció allí petrificado esperando por su desenlace, un desenlace que no llegó. Una bomba de humo entró por una de las ventanas tomando desprevenidos a todos. Shapner, recobrando la movilidad, se escurrió por el piso.

Observando confundido de una esquina a otra, uno de los rufianes a duras penas logró distinguir una forma humana entre el espeso y negruzco tizne. Y atravesándolo, dando un salto espectacular, Videl, extendió su pierna derecha pateándolo con dureza en el pecho. Al caer inconsciente, sus compañeros enfocaron sus retinas en la justiciera quien les devolvió la mirada.

– ¡Dispárenle!

Lanzándose a un costado, Videl esquivó la lluvia de proyectiles que se cernía hacia ella, ocultándose tras unas mesas. Y justo en ese rincón, se topó con quien menos esperaba.

– ¿Shapner? –Le susurró incrédula– ¿qué diantres haces aquí?

– Pues, estaba bebiendo un poco y…

– ¡Maldición, Shapner!–maldijo, escuchando como las balas chocaban contra el metal de la mesa– ¿por qué siempre apareces cuando es menos conveniente?

– Tal vez, porque mi destino es estar junto a ti–limpiándose la sangre de su nariz rota, él no perdió su estilo galante.

– Eres un grandísimo idiota, ni en una situación así actúas con seriedad–le masculló, examinándole su herida sangrante– ¿estás bien?

– Sí, tranquila, no es nada.

– Escúchame, quédate aquí, no vayas a hacer nada estúpido, yo me encargaré de ellos.

– Déjame ayudarte, sé que te seré de ayuda.

– No, no, ni de broma, no te muevas de aquí.

Sin darle la oportunidad de alegar más, Videl se levantó de su refugio retomando su labor heroica. Shapner, sin despegar sus ojos de ella, la observó mientras luchaba. Si la Videl de sus fantasías era sensual, la verdadera era un millón de veces más hermosa. Ella no necesitaba ropa provocativa, ni cosméticos, ni nada de eso, con ser ella misma, con ser ella, era suficiente para enloquecerlo.

Aquellos movimientos expertos y precisos; gracias al entrenamiento y a la dedicación, eran una obra de arte. Verla moverse de ese modo era demasiado excitante. Como bloqueaba, como atacaba, como daba una pirueta para desarmar a su adversario y seguidamente derrotarlo. Tal espectáculo, era una visión dotada del más prohibido e inmoral erotismo.

Entretanto Videl neutralizaba a uno de los últimos truhanes, Shapner divisó detrás de ella al mismo desgraciado que lo tumbó con simplemente un golpe. Videl, enfocada en el ladrón que la combatía, no advirtió la peligrosa cercanía de éste que le apuntaba con su revólver. Shapner, como si se tratase de un autómata, se puso de pie sin pensar, y sin más, actuó.

– ¡Videl, agáchate!

La hija de Mr. Satán, habiendo vencido a su contendiente, se dio la vuelta descubriendo al jefe de la pandilla apuntándole con su instrumento de muerte. Accionando el mecanismo de disparo, el percutor golpeó el casquillo que lanzó el proyectil a través del cañón, direccionándolo hacia ella. Videl cruzó sus brazos protegiéndose; no obstante, ningún dolor la aquejó.

– ¡Shapner!

En el suelo, herido y formando un charco carmesí, se encontraba el casanova de cabellera rubia después de haberla protegido con su propia anatomía. Y sonriéndole, tácita, bella, la Videl de sus encuentros imaginarios se evaporó dándole su lugar a la Videl de carne y hueso, una Videl que esbozó el horror y la culpa en su rostro.

Y con ello, vino la oscuridad.

Fin Capítulo Uno

Hola, les agradezco el tiempo que dedicaron en leer. Este proyecto nació el año anterior, primeramente sería un One-Shot, y con eso en mente, empecé a desarrollarlo. No obstante, me desinflé, literalmente, me desinflé. No sabía cómo continuarlo y el fic se quedó archivado en una carpeta congelado por meses, incluso llegué a pensar en borrarlo, pero no me atreví.

Y es aquí, donde al mejor estilo de una doctora o enfermera, Linkyiwakura apareció para aplicarle resucitación boca a boca al fic, reviviéndolo. Así pues, mi total agradecimiento para ella por darme sugerencias y motivarme para continuarlo. Igualmente, le doy las gracias también por dejarme utilizar uno de sus muchos geniales fanarts como portada para el fic.

Para los que me conocen, siempre escribo la primera locura que se me ocurre, y este fic, no es la excepción, será un nuevo experimento en otro universo alternativo. No creo que sea de muchos capítulos, no veo que dé para más. Sé que el fic Amadeus espera por mí, no lo he olvidado, lo continuaré, pero este nuevo fic me está hechizando y no me deja pensar en otra cosa.

Ya para terminar por ahora, quiero hacerles un favor a unos amigos. Les recomiendo esta página de Facebook: Fanfics de Gohan y Videl en español. Un grupo de lectores y autores de Gohan y Videl se unieron para crear este espacio dedicado a ellos, visítenlo y regálenles un "me gusta". Allí se compartirán y recomendarán historias de esta pareja, así como a sus respectivos creadores.

Muchísimas gracias por haber leído y hasta la próxima.