Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 26

Recorrer aquellos senderos era como revivir la historia; sin importar en qué dirección mirase, Van Zant se encontraba con cuantiosos vestigios del pasado que lo remontaban a una época ya muy remota. A lo lejos, cubierta de maleza acumulada por los años, el mafioso se detuvo por un segundo para contemplar una antigua y maltrecha locomotora que parecía lamentarse en silencio por su deplorable estado actual.

Esta mañana, luego de haberse reunido con Mr. Satán para afinar los detalles finales de su plan, Van Zant encabezó el ejército de mercenarios que creó llevándolo hasta el punto que eligió para la confrontación. Allí, apartados de la bulliciosa metrópoli, más de un centenar de individuos armados se esparció por las ruinas de una desolada estación ferroviaria cuyo valor yacía olvidado en el tiempo.

En un principio, cuando decidió realizar la operación en aquel sitio, Van Zant solamente pensó en los beneficios que éste le ofrecía como la privacidad y la lejanía que le aseguraban lo que Mr. Satán más deseaba: discreción. Sin embargo, habiendo llegado allí, una inesperada curiosidad se desató en él comenzando una pequeña caminata para explorar los alrededores.

Más de un siglo atrás, cuando Ciudad Satán ni siquiera se llamaba así, decenas de personas salían de los vagones de pasajeros ansiosos por comenzar una nueva vida. Habiéndose descubierto yacimientos de oro y carbón, Ciudad Estrella Naranja, como fue bautizada, se transformó en una tentadora opción para todos aquellos que buscaban no sólo un hogar; sino también, un territorio donde volverse ricos.

Incontables familias, una tras otra, abordaron los ferrocarriles compartiendo las mismas esperanzas. Ciudad Estrella Naranja era la salvación para muchos, era el milagro que tantas veces imploraron para acabar, de una vez por todas, con la cruel pobreza que los abatía. Y así, a un ritmo vertiginoso, lo que era una aldea en medio de las montañas terminó alcanzando el nivel de una aglomerada urbe.

– Es una lástima que tengamos que destrozar el lugar; en otras circunstancias, yo diría que debería convertirse en un museo…

Pensativo, aún hechizado por el misticismo que respiraba en el aire, Van Zant se internó en aquella maltratada máquina logrando entrar en el primer vagón. Deteniéndose por un santiamén, dejándose llevar por su imaginación, Van Zant juraría que podía ver un mar de gente llenando hasta el último asiento vacío. Haber viajado desde tan lejos debió ser una experiencia inolvidable, única e irrepetible.

No obstante, al mirar por las ventanas hacia el exterior, Van Zant recordó que la repentina fama que ganó la ciudad se esfumó con la misma rapidez. Los depósitos de minerales que atrajeron a tantos se agotaron en menos de un lustro, causando que los trenes viajaran en el sentido opuesto. Con mucha premura, casi imparable, el número de pobladores bajó a más de la mitad ante el éxodo masivo.

Pese a eso, Ciudad Estrella Naranja continuó existiendo; aún era posible encontrarla en los mapas si se le buscaba. Empero, su añejo renombre se vio opacado por el surgimiento de otros centros urbanos de mayor interés planetario, como por ejemplo, la cosmopolita Capital del Oeste. Por ende, sin nada que la hiciera resaltar, aquella ciudad quedó marginada haciendo a su escasa población más que invisible.

Aquello perduró por décadas hasta que repentinamente, como un rayo de sol brillando entre las negras nubes, alguien se encargó de devolverle su otrora relevancia.

– No importa cuál sea el resultado final; si juego bien mis cartas, esto me volverá millonario…

Después de que un monstruo infernal amenazara con destruir a la humanidad, un valiente y solitario guerrero emergió entre millones prometiéndole al mundo que acabaría con él. Ese fue, sin duda alguna, el evento televisivo más observado del que se tengan registros. El Torneo de Cell, como su propio creador lo llamó, acaparó la atención de los terrícolas que no se despegaron de sus televisores.

Si bien dicho evento sostenía en sus hombros el destino de la Tierra, la señal se cortó justo cuando un inesperado grupo de desconocidos reemplazaron a Mr. Satán para enfrentarse a Cell. Horas más tarde, reestableciéndose la conexión satelital a escala global, el campeón mundial, llenando las cuatro esquinas de infinitas pantallas de televisión, les comunicó a todos la noticia que tanto rogaron escuchar.

Fue tan extrema la adoración y devoción que Mr. Satán recibió al regresar a casa, que el alcalde de la metrópoli, apoyado de forma unánime, tomó la decisión de rebautizar a la ciudad con el apellido del héroe que los salvó. El impacto mediático y económico que vino en los meses siguientes desempolvaron aquel pueblo, restaurándolo, mágicamente, hasta darle una moderna y reluciente cara.

Y fue debido a esa rejuvenecida grandeza que Van Zant, posando sus ojos en Ciudad Satán, hizo sus maletas y se aventuró a hacer de las suyas allí. Al hacerse su presencia e influencia evidente, la policía se prestó a perseguirlo y a capturarlo, consolidándolo, cabalmente, como uno de los más peligrosos criminales que infestaban las calles y los suburbios más bajos de la ciudad.

Pero, más allá de ellos, una chiquilla entrometida también apareció volviéndose en su más grande dolor de cabeza.

– Y ahora heme aquí, trabajando para el padre de esa mocosa–girándose sobre sus talones, Van Zant se disponía a salir de aquel oxidado vagón de tren–pero en realidad, sin que Mr. Satán se lo imagine, es él el que trabaja para mí…

No era la primera vez que orquestaba una emboscada, con anterioridad lo había hecho para deshacerse de otros mafiosos, eliminando así, progresivamente, a la competencia. Sin embargo, superando por mucho las escaramuzas y tiroteos que recordaba haber presenciado, lo que ocurriría en cuatro días en esa destrozada estación de ferrocarriles sólo podía describirse con una palabra: guerra.

Videl Satán era una molestia, era una fastidiosa piedra en el zapato; aún así, ninguna de sus punzantes patadas voladoras ni tampoco sus vibrantes puñetazos, eran comparables con el desafío que implicaba derrotar a alguien como el Gran Saiyaman. Aquel superhéroe ridículo, cuyo origen le resultaba un absoluto misterio, representaba un reto casi inalcanzable y de proporciones sobrehumanas.

Aquello era un auténtico callejón sin salida, el mismísimo Van Zant así se lo reconocía. Pero, sin importar la complejidad de la brasa caliente en sus manos, aquel veterano delincuente prefería enfocarse en su recompensa y no tanto en los obstáculos. Mr. Satán lo contrató para eliminarlo, esa era su tarea; empero, torciendo las cosas a su favor, Van Zant intentaría conseguir todo lo que pudiese de él.

Sabía que las balas no lo lastimaban, incluso tenía la capacidad de detener un automóvil con un dedo si se lo proponía. Así pues, observando a los numerosos reclutas que reunió para esta misión, Van Zant no ignoraba el presagio que muchos de ellos, por no decir que en su totalidad, terminarían muertos al librar una batalla que no podían ganar. Eran como ganado caminando al matadero, él los llevó a su muerte.

– Jefe, ya terminamos de desempacar todo el equipo–interrumpiendo sus pensamientos, uno de sus varios secuaces se acercó a él apuntándole a un montón de cajas que yacían apiladas a unos metros–sólo hace falta saber cuáles son sus órdenes…

– Perfecto, es hora de ponernos a trabajar.

No le interesaba si era alguna especie de mutante o un fenómeno de circo, lo combatiría hasta que la última munición se disparara. Esperaba, al menos, distraerlo lo suficiente como para marcharse de allí antes que fuese su próxima víctima. Aunque, antes de eso, debía asegurarse que su socio y benefactor haya desaparecido del mapa. Con él eliminado, no habría inconvenientes para la etapa final de su plan.

Aquello involucraba dos elementos vitales: liquidar por completo a la maldita mocosa que tantas palizas le propinó, y apoderarse, en un instante, de toda la vasta fortuna de Mr. Satán adueñándose de su dinero y demás propiedades. Será maravilloso, pensaba Van Zant, ya era hora de mudarse de esa apestosa y horrible guarida para asentarse en esa enorme y cómoda mansión en el centro de la ciudad.

Ese se convertiría en el corazón de su imperio, la joya más reluciente de su corona. Y si el Gran Saiyaman fuese tras él, procuraría escaparse con los bolsillos llenos.

– Muy bien, reúnanse todos aquí…

Viendo como la multitud de ex convictos y otros cazafortunas se aglomeraban junto a él, Van Zant aprovechó su ubicación para darle un vistazo panorámico a los viejos edificios que; pese a la inclemencia del tiempo, aún permanecían erguidos sobre sus bases. Y fue justo allí, al girar sobre sus pies como una peonza, que Van Zant encontró la edificación ideal para el clímax de su trampa.

– La mayoría de ustedes sabe por qué estamos aquí, no es necesario que vuelva a decirles que nos contrataron para eliminar a ese payaso volador del Gran Saiyaman–asintiendo con la cabeza, Van Zant vio como muchos le daban la razón de esa forma–tampoco hace falta que les recuerde la jugosa paga que nos prometieron a todos nosotros por hacer este trabajo, pero sería de gran motivación si mantienen ese pensamiento en sus cabezas. No arriesgaremos nuestras vidas en vano, cada segundo que estemos aquí valdrá mucho.

Aproximándose a una de las cajas de madera que transportaban los pertrechos que recolectó, Van Zant contempló por un segundo tres pesadas y robustas ametralladoras que, en condiciones normales, serían utilizadas por las fuerzas armadas para perforar los gruesos blindajes de vehículos acorazados. El simple hecho de poseerlas era una proeza, era increíble lo que se podía comprar si se sabía dónde buscar.

Sumándose a eso, Van Zant sonrió al inspeccionar una pequeña dotación de lanzacohetes que venían a reforzar, todavía más, la potencia de fuego que era capaz de liberar aquel trío de cañones. Si su adversario fuese la policía o cualquier otra organización criminal, Van Zant se sentiría victorioso; pero tratándose del Gran Saiyaman, era obvio para él que su armamento se quedaba muy corto.

Aún así, esa era una noticia que sus subordinados no necesitaban conocer.

– Aquí, justo donde estamos, será el epicentro de la acción–señalando el suelo con un dedo, Van Zant retomó su plática motivacional–confío en que no lo hayan olvidado; pero esta mañana recibimos la visita de un jovencito rubio que, para fortuna de él, se parece mucho a mí.

Provocando un par de risas, aquel comentario les resultó gracioso al gentío ante él.

– Ese chico tan valiente será la carnada principal, él se encargará de llamar la atención del Gran Saiyaman y por lo que escuché de él, piensa saldar cuentas con ese bufón–afirmándoles, colocando sus manos en sus caderas, fue el turno de Van Zant para reírse un poco–si me permiten decirlo, yo no apostaría ni un centavo a su favor pero al menos le doy crédito por querer retar a ese infeliz. Pero bueno, no debemos preocuparnos por su seguridad, nuestra misión será esperar a que se presente la oportunidad para atacar al Gran Saiyaman con todo lo que tenemos.

Mirando el arsenal con el cual contaban, aquel batallón de fugitivos y matones se moría de ganas por usar sus nuevos juguetes.

– Quiero que instalen las ametralladoras calibre cincuenta allí, allí y allí–indicándoles con ademanes, Van Zant les comunicó los puntos exactos donde quería que se situasen dichas armas–asegúrense de camuflarlas cuando las hayan instalado, no queremos que el Gran Saiyaman las vea cuando llegue aquí. En cuanto a los lanzacohetes, quiero que los mantengan ocultos dentro de los edificios circundantes hasta que sea la hora de usarlos. Tengan cuidado de adónde apuntan, esas malditas cosas los harán pedazos si no tienen cautela.

Observando de reojo el restante equipamiento que poseían, Van Zant destapó los últimos contenedores que faltaban por abrir. En uno se veía un interminable montículo de pistolas, rifles y municiones. En el otro, con muchísimos carteles amarillos de precaución, Van Zant manipuló con delicadeza una de las cien cargas explosivas que adquirió para el gran final.

No eran comunes cartuchos de dinamita; para nada, se trataban de cápsulas de un explosivo plástico de fabricación militar que, en medio de un caluroso combate, normalmente eran empleadas para destruir tanques o búnkeres. La fuerza de uno sólo de esos voluminosos detonadores, podría pulverizar a una treintena de individuos que tuviesen la mala suerte que ser golpeados por su onda expansiva.

– Y por último; caballeros, estos hermosos bebés se encargarán de colocar la cereza en el pastel–volteándose con lentitud, sosteniendo aquel aparato con suavidad, Van Zant se los mostró a la muchedumbre junto a él–una vez que ese payaso haya llegado aquí y estemos luchando con él, es fundamental que lo hagamos entrar a ese edificio que está a nuestras espaldas…

Dicho eso, un millar de ojos se movieron al unísono hacia la gigantesca y corroída construcción que Van Zant les apuntó con su mirada. Por los letreros que colgaban en sus paredes, era sencillo adivinar que ese lugar fue el centro neurálgico donde convergían los abundantes pasajeros al bajarse de los trenes. Pero hoy en día, un siglo después de haber sido construida, aquella estructura yacía sucia e inerte.

Los incontables ladrillos rojos que constituían su armazón se veían desgastados a causa del deterioro, muchos de ellos, descomponiéndose por la humedad, se estaban convirtiendo en polvo amenazando con traerse abajo el edificio entero. Los cristales de las ventanas, algunos milagrosamente intactos, otros rotos y agrietados, no podían reflejar nada por culpa de una espesa capa de moho en superficie.

Y arriba, con un par de sus manecillas ausentes, un gran reloj permanecía estoico recordando con nostalgia sus tiempos de gloria cuando era el rey de la estación. Muchos años atrás, cuando funcionaba sin problemas, nadie se atrevía a ignorar su presencia. No importaba si se trataba de un hombre de negocios o de un simple minero, todo aquel que lo miraba confiaba ciegamente en sus indicaciones.

– Cuando el Gran Saiyaman esté allí dentro, detonaremos todas las cargas de explosivos para derrumbar el edificio y sepultarlo en una gigantesca pila de escombros–depositando el detonador de nuevo en su contenedor, Van Zant se recordaba que debía marcharse de allí antes de activar las bombas, al suponer, sin temor a equivocarse, que aquello no sería suficiente para derrotarlo–quiero que formen varios equipos de trabajo para acelerar el proceso de instalación, su deber será colocar las cargas a lo largo y a lo ancho de todo el edificio.

No siendo tan realistas como Van Zant, muchos de los que estaban allí se miraban entre sí murmurando que lograrían acabar con el superhéroe. Su ambición por el dinero fácil los enceguecía, no les importaba sacrificar sus vidas a cambio de una pequeña remuneración. Si hubiesen sido más sensatos, se habrían ido de allí antes de que sus sonrisas victoriosas se extinguieran al ser sustituidas por gritos de espanto.

– ¡Ya fue suficiente palabrería, comiencen de inmediato! –Alzando la voz, Van Zant los sacó a todos de los sueños de riqueza que nublaban sus cabezas– ¡sólo tenemos cuatro días, caballeros!... ¡en cuatro días este tranquilo lugar se convertirá en un infierno!

Ansiosos, sonrientes y muy animados, los soldados de Van Zant se pusieron manos a la obra dividiéndose en grupos más pequeños para comenzar con los preparativos de la emboscada. Las bromas y el triunfalismo reinaron en el ambiente esparciéndose como una infección, el único que era inmune a su contagio era un serio Van Zant que se quedó quieto viendo a sus lacayos seguir sus órdenes.

Los vigiló por unos minutos antes de caminar sin prisa a uno de los vehículos que los transportó hasta allí, asegurándose que ninguno de sus matones veía lo que hacía, Van Zant entró en su auto ansioso por mirar el contenido de la guantera. Ahí dentro, almacenadas en una diminuta maleta negra, Van Zant admiró en silencio cinco granadas cuya naturaleza distaba en demasía con las que meramente explotan.

Suena muy tentador, Van Zant. Pero yo prefiero hacerme cargo de él por mi propia cuenta–escuchando la voz de Shapner en sus pensamientos, Van Zant recordó como el rubio rechazó su ofrecimiento de utilizar un arma química que podría compensar la diferencia de poderes entre él y el Gran Saiyaman–nunca he necesitado ayuda para ganar mis peleas, no la necesito ahora.

Pero tal negativa no lo detuvo, habiéndose retirado Mr. Satán y su joven acompañante, Van Zant realizó un par de llamadas que acabaron por proporcionarle el que sería, sin lugar a dudas, su as bajo la manga en caso que las cosas se tornasen oscuras. Seguía sintiendo que ningún armamento humano podría eliminar al enmascarado; sin embargo, eso no era un impedimento para no adquirir aquella letal toxina.

Los contrabandistas que se la entregaron fueron muy claros con él: si llegaba a inhalar la más minúscula partícula de aquel gas venenoso, su estadía en este plano existencial se cortaría abruptamente. Para cuando se diese cuenta, ya estaría en el más allá sin posibilidades de retorno. Así pues, riéndose en sus adentros, Van Zant se prometía que sin importar qué sucediese, él acabaría siendo el ganador del juego.

Mr. Satán fue el culpable de colocarlo en el tablero; ahora, de una manera u otra, él le entregaría todo lo que poseía.


– ¡Bienvenido, señor!

Saludándolo, recibiéndolo como lo ha hecho millones de veces, Sashimi abrió la puerta de la lujosa limusina del campeón cuando esta se estacionó ante la estrada de la mansión. Saliendo de ella, sosteniendo dos paquetes, el padre de Videl le agradeció el saludo a su mayordomo cuando de repente, sintiendo un escalofrío nada agradable, Mr. Satán se petrificó como si un puñal lo atravesara.

Esa horrible sensación no era nada nueva para él. Desde que tuvo su primer encuentro con Van Zant para contratar sus ilegales servicios, el campeón mundial venía experimentándola temiendo que aquel criminal se volcara en su contra arrebatándole su último aliento. Odiaba reconocerlo, pero sabía que haberse aliado con él era un riesgo que podría enviarlo a la tumba.

Aún así, pensando que no tenía más alternativas, Mr. Satán cerró su acuerdo con el demonio compartiendo un vigoroso apretón de manos. Ya no había forma alguna de cancelarlo, la bola de nieve ya era demasiado grande para ser detenida.

– ¿Le sucede algo malo, señor? –Notando, en menos de un parpadeo, como una inusitada blancura se adueñaba de la bronceada tez de Mr. Satán, Sashimi no se demoró en cuestionarle su estado–está muy pálido, parece que hubiera visto un fantasma.

– Estoy bien, no te preocupes…–luchando por reponerse, Mr. Satán juraría que sintió como su pecho era perforado helándole la sangre–hoy ha sido un día muy agitado, necesito descansar un poco.

– Ya veo, si lo necesita puedo llamar a un médico…

– No es necesario…–interrumpiéndolo, Mr. Satán comenzó a caminar con rapidez queriendo dejar ese tema de lado– ¿Videl está en su habitación?

Acercándose a él, Sashimi mordió el anzuelo y se olvidó de la atípica actitud del campeón. Ambos, caminando uno detrás del otro, no se demoraron en llegar al vestíbulo principal de la residencia dirigiéndose a la costosa y elegante escalera justo en el centro de la estancia. Y al posar un pie en el primer escalón, el padre de la otrora justiciera reiteró su pregunta.

– ¿Videl ya está despierta? –un poco más relajado, Mr. Satán suspiró con alivio al liberarse de ese espantoso estremecimiento–quiero mostrarle las cosas que compré para ella, desde que se fue ayer a la escuela no hemos podido conversar.

– Señor, la señorita Videl no bajó a desayunar esta mañana–informándole, Sashimi le habló con lentitud observando como una expresión preocupada comenzaba a formarse en Mr. Satán–en un principio pensé en ir a su habitación para invitarla a tomar su desayuno; pero tomando en cuenta el accidente que padeció en la escuela, supuse que lo mejor sería dejarla descansar y esperar a que ella misma solicite algo de comer.

Asintiendo, tranquilizándose nuevamente, Mr. Satán no discutió con Sashimi teniéndole una gran confianza que se ganó luego de tantos años a su disposición.

– Entiendo, hiciste lo correcto–subiendo un par de niveles en la escalinata, Mr. Satán se volteó a su sirviente por un breve instante antes de proseguir–es posible que todavía esté dormida, iré yo mismo a ver cómo está. Dile a los cocineros que me preparen algo, me estoy muriendo de hambre.

– Como usted ordene, Mr. Satán.

Y así, sin más que agregar, los dos tomaron rutas separadas enfocándose en sus distintos propósitos. Balanceando las cajas que portaba consigo, Mr. Satán se apresuró en escalar hasta el nivel superior sin importarle que corriera el peligro de tropezar y caer. Pero tal desgracia se descartó cuando alcanzó su objetivo, orientándose, directamente, hacia la recámara de su primogénita.

Avanzó frente a una interminable galería de dormitorios vacíos, eran aposentos que desde que adquirió aquella colosal morada nunca fueron usados por ningún ser viviente. En otras circunstancias tal cosa no le hubiese importado; pero ahora, al mirar la soledad y la frialdad que se discernía por doquier, fue muy claro para Mr. Satán que tanto espacio para sólo dos personas era terriblemente dañino.

Aquello no parecía ser un hogar; al contrario, lucía como un carísimo hotel donde los huéspedes no se conocían y no intercambiaban ni la más mínima charla. Las mucamas, cumpliendo con su monótona rutina diaria, sacudían el polvo de los muebles y abrían las ventanas no teniendo nada más que hacer. Más allá de ser un desperdicio, dicha abundancia terminaba siendo un reflejo de su profunda tristeza.

Una tristeza que Mr. Satán se negó a ver por mucho tiempo, y que en la actualidad, asfixiándolo como una gruesa soga que se apretada en su cuello, lo obligaba a reconocer que solamente existía un culpable de tal desolación: él mismo. Los millones lo cegaron, lo idiotizaron, no le dejaron observar como su única hija se alejaba más y más de su lecho como si ella ya no quisiese saber nada de él.

Y no podía culparla por ello, por más que buscase alguna excusa para justificarse, sabía que ese era un puñetazo que no podría eludir. El distanciamiento de los dos era tan grave que el cuarto de Videl se ubicaba, exactamente, justo en el extremo opuesto del suyo. Poco más de doscientos metros de lujos y comodidades los separaban, sólo un ciego y un tonto no verían semejante realidad.

No obstante, habiéndose detenido frente a su destino, Mr. Satán se dijo que ya no servían de nada las lamentaciones. Hoy en día, abriendo los ojos luego de una eternidad, era consciente de sus errores como padre y al fin se haría responsable de ellos. Por ende, golpeando la madera de la puerta con delicadeza, el campeón mundial aguardó por una respuesta mientras aclaraba su garganta.

Esperó entretanto leía el nombre de su hija incrustado con letras doradas; y si bien no habían pasado ni quince segundos desde que se hizo notar, la impaciencia y la inquietud que arrastraba con él lo forzaron a levantar su puño de nuevo para intentarlo una vez más. Empero, congelándolo en esa posición sin previo aviso, la cerradura se desbloqueó permitiéndole ver la jovencita que se refugiaba allí dentro.

– Videl…–a pesar que la ansiedad por hablar con ella le devoraba las entrañas, justamente al verla frente a él, como si alguien hubiera desconectado un circuito en su cabeza, las palabras se esfumaron de su boca logrando apenas pronunciar su nombre.

– Hola, papá–padeciendo algo muy similar, la pelinegra también se limitó a decir muy poco.

– ¿Puedo pasar, hija? –Guiándose por sus instintos, el campeón le consultó con una humilde sonrisa–traigo un par de cosas que quiero mostrarte.

Viendo el semblante ambivalente en la cara de su hija, Mr. Satán, por más que lo pensó, no pudo encontrar el modo de describirlo. Videl, reaccionando tardíamente, se desplazó hacia atrás abriéndole espacio para avanzar. Susurrándole un mero "gracias", el campeón le agradeció su gesto y se internó en el recinto que alojaba los secretos más profundos y privados de la antigua protectora de Ciudad Satán.

Escuchando como la puerta se cerraba detrás de él, Mr. Satán se aproximó a la desarreglada cama sentándose en el colchón. Al dar un fugaz vistazo, para él fue más que evidente que su hija no tenía mucho de haberse levantado. Y por el brillo húmedo que adornaba sus mechones azabaches, también teorizó que recientemente se dio una ducha. Pero sin importarle eso, se alegraba por su buen aspecto.

– Disculpa que te haya molestado, pero Sashimi me dijo que no has salido de tu habitación en todo el día y quería ver cómo estabas.

Videl, sentándose en una silla cercana, comenzó a cepillar su cabello asintiendo con calma.

– Sí, hace poco me desperté–respondiéndole sin dar muchos detalles, Videl no le mencionó nada de lo que soñó mientras dormía ni tampoco le comentó el debate personal que tuvo al ducharse–apenas me di un baño hace unos minutos; sé que ya es muy tarde, pero pensaba bajar a comer algo cuando escuché que tocabas a la puerta.

– Entiendo, me alegra mucho verte despierta–sin decir ninguna mentira, el campeón mundial sentía una extraña incomodidad al darse cuenta que había pasado muchísimo desde la última vez que tuvo una conversación a solas con Videl–ayer tuve que salir a encargarme de algunos asuntos sobre el aniversario del Torneo de Cell, estuve reunido con el alcalde de la ciudad por un par de horas y cuando volví a casa me enteré de lo que te pasó.

– Eso explica por qué el director de la escuela no pudo comunicarse contigo, él intentó contactarte pero nunca respondiste a sus llamadas–recordando que el doctor de la preparatoria le informó de tal suceso, Videl continuó cepillando su larga cabellera teniendo la precaución de no lastimar la zona del chichón–Sashimi se hizo cargo de todo por su cuenta, envió un automóvil a la escuela para que me trajeran de vuelta. Shapner me acompañó, él vino conmigo.

Ante la mención involuntaria de Shapner, Videl, hasta ese instante, fue consciente de la ausencia de su novio. Aquello, como si le quitasen un elefante de encima, le ofreció un reconfortante alivio.

– Sí, Shapner fue muy amable en explicarme lo que sucedió–retomando la palabra, Mr. Satán entrelazó sus manos al apoyar sus codos en sus rodillas–tan pronto como Sashimi me dijo que estabas enferma, corrí tan rápido como pude y lo encontré aquí, sentado en esa misma silla.

Teniendo una imagen mental muy vívida de aquello, Videl no dijo nada y siguió escuchándolo.

– ¿Cómo te sientes ahora? –Dejando a Shapner de lado, Mr. Satán volvió a enfocarse en su hija– ¿necesitas que un médico te examine?

– No te alarmes, papá. Ya me siento mucho mejor–negándole con un ademán, Videl rechazó su oferta–no sé qué te hayan dicho, pero mi accidente de ayer no fue tan grave; simplemente fue la cosa más estúpida que me ha pasado en la vida.

– Shapner me explicó que te caíste en la clase de deportes, me dijo que el golpe que recibiste te dejó aturdida por unos minutos–imaginándose lo ocurrido, Mr. Satán le afirmó sin profundizar mucho en el tema.

– Era un simple ejercicio, cualquier tonto podía hacerlo–molesta, sacando a relucir el carácter terco que heredó de su difunta madre, Videl dibujó una expresión enfadada en su faz–solamente había que darle algunas vueltas a la pista de atletismo, tropecé al girar y terminé cayéndome. Fue tan estúpido, me da mucha rabia con sólo recordarlo.

– No digas eso, un accidente lo sufre cualquiera cuando menos se lo espera…

Diciendo algo sensato en mucho tiempo, Mr. Satán le objetó al querer tranquilizar el inestable temperamento que Videl poseía, y que en ocasiones, al salírsele de control, propiciaba que ella anduviese de muy mal humor por una extensa temporada. No obstante, sin saberlo ni sospecharlo, el término "accidente" no era el correcto para describir la situación.

Ocultando ese punto, no deseando decírselo, Videl no le confesó que su caída se dio por distraerse ante la inesperada aparición de Gohan. Todavía no sabía cómo lo descubrió todo; pero para Videl era más que claro que él, de alguna manera, pudo ver más allá de la falsa máscara de normalidad que usó para engañar a los demás. Pero hablar de Gohan lo dejaría para después, para eso necesitaba a Ireza.

– Ya no tiene caso lamentarse por eso, ahora sólo me queda esperar a que este molesto chichón se desaparezca–inclinando su cabeza hacia abajo, y apartando sus cabellos para mostrarle, Videl dejó al descubierto la inflamación que sobresalía en su cuero cabelludo–ya no me duele tanto como ayer; pero sigue siendo muy difícil de tolerar.

– Cuando vuelva abajo le diré a Sashimi que te traiga una bolsa con hielo, eso siempre ayuda a reducir la inflamación–mirando aquella protuberancia en el cráneo de su primogénita, Mr. Satán evocó las numerosas lesiones que ha padecido a lo largo de su carrera como luchador–gracias al cielo sólo fue algo menor, no sé qué hubiera hecho en otras circunstancias…

– No te angusties, papá–no teniendo deseos de una exagerada preocupación paternal, Videl se dispuso a cambiar el foco de la conversación sin sospechar lo que se le avecinaba–mejor cuéntame qué hablaron el alcalde y tú, supongo que está organizando otro desfile de carrozas como todos los años.

Cayendo en la trampa de su hija, Mr. Satán se olvidó de las lesiones de Videl y recordó las compras que realizó más temprano esa misma tarde.

– Pues no estás equivocaba, eso era lo que planeaba hacer el alcalde–sonriendo, Mr. Satán se moría por enseñarle el nuevo atuendo que trajo especialmente para ella–pero le dije que creía que ya era el momento oportuno para un cambio, hacer lo mismo año tras año ya se estaba volviendo muy monótono.

– ¿Entonces se canceló el desfile? –Incrédula, no siendo capaz de creer que su padre renunció a recibir una intensa dosis de pleitesía y adulación, Videl se petrificó dejando de peinar su melena azabache– ¿ya no se hará el desfile?

– Correcto, el desfile de este año fue cancelado y no se realizará–dándole la razón, a Mr. Satán le resultó peculiarmente divertido el semblante sorprendido de Videl–pero eso no significa que no se celebrará el aniversario, la celebración sigue en pie.

No sabiendo qué decir, Videl enmudeció por un breve instante.

– No estoy seguro si ya te lo había contado antes; pero uno de los momentos que más atesoro con tu madre fue cuando bailamos juntos por primera vez–conmovido, sonriendo ante la bella nostalgia, Mr. Satán aún podía recordar sus nervios a la hora de sentir el cuerpo de Miguel junto al suyo–ese es uno de los recuerdos más hermosos que guardo de ella, nunca olvidaré ese día. Lo recordaré por siempre.

Alzando la mirada, estudiando con especial atención el rostro de su hija, para Mr. Satán no importaba cuántas veces llegase a la misma conclusión, el asombro no perdía su efectividad dejándolo boquiabierto ante el increíble parecido físico de Videl y Miguel. Decir que eran como dos gotas de agua se quedaba corto, ningún adjetivo ni metáfora eran capaces de calificar aquel sorprendente hecho.

El campeón, en lo más profundo de su corazón, prefería pensar que su esposa no murió. Por el contrario, a él le gustaba creer que Miguel simplemente reencarnó en Videl regalándole una porción de su alma cuando la ojiazul nació. Videl, por su parte, solamente se limitó a arquear una ceja ante la repentina mudez de su padre que sonreía como si fuese un niño abriendo sus regalos de navidad.

Sin dejar de verla, cambiando en ella únicamente el vestuario que llevaba y agregándole una leve capa de maquillaje, Mr. Satán se transportó al pasado regresando casi dos décadas atrás. Habiéndose terminado el año escolar, estando a menos de una semana para recibir su diploma de secundaria, los alumnos se reunieron en su escuela para celebrar el tradicional baile de graduación.

A pesar que sus padres le prohibieron que volviera a participar en peleas clandestinas luego de haberlo descubierto, un joven Mr. Satán, incapaz de renunciar a la ardiente sensación de la adrenalina corriendo por sus venas, continuó a escondidas con su entrenamiento viéndose envuelto en algunas riñas callejeras para pulir sus habilidades. Y gracias a ello, sus bolsillos se llenaron con un poco de dinero.

Con aquel efectivo en sus manos, Mr. Satán se propuso estar a la altura de su hermosa novia comprándose un traje perfecto para la ocasión. Asimismo, sacándole provecho hasta el último centavo en su poder, el futuro campeón mundial rentó una limusina y con ella se dispuso a recoger a Miguel en la puerta de su casa. Aún recordaba la cara estupefacta de su suegro, su sorpresa lo dijo todo.

Necesito decirte algo…

Claro; mi amor, puedes decirme lo que sea…

Estoy emba…

La voz de Miguel se vio interrumpida cuando la música, haciendo su melodiosa aparición, los rodeó con su suavidad, propiciando, automáticamente, que las restantes parejas comenzaran a moverse. Mr. Satán, echándole un vistazo a su amada, suspiró muy enamorado al decirse que las luces multicolores que los cubrían desde el techo resaltaban el sublime par de zafiros que ella portaba en sus ojos.

Decir que fue una velada mágica no era suficiente, hasta ese punto de su existencia, Mr. Satán colocaría la alegría de esa noche al mismo nivel que cuando se dieron su primer beso o cuando hicieron el amor por primera vez. Era el final de un ciclo, el final de su camino como jóvenes y el comienzo de su vida adulta. Miles de posibilidades se abrían frente a ellos, un prometedor porvenir los abrazaba con vigor.

Se movieron suavemente al ritmo de las románticas notas musicales, Miguel lo haló hacia ella reclinando su cabeza en su pecho respirando profundamente, se estaba armando de valor para revelarle el gran secreto que guardaba desde hacía unos días. Ella, no sabiendo qué esperar, temía que él la dejara y se apartara de su lado condenándola a ser una madre soltera juzgada por desconocidos y su propia familia.

– Bailamos por un par de horas, yo hubiera deseado que esa noche durara para siempre…–volviendo a hablar, Mr. Satán no borró la sonrisa que adornaba sus labios–sé que es imposible que lo recuerdes; pero aunque no lo creas, nos hiciste compañía a ambos mientras bailábamos.

– ¿Qué? –confundida, Videl no captó el mensaje de su padre.

– Debí haber sido más suspicaz, debí haberlo adivinado cuando noté que su figura se veía ligeramente diferente–echándose hacia atrás, Mr. Satán le alegó–después de terminarse el baile, tal y como se lo prometí a tu abuelo, planeaba llevar a tu madre de regreso a casa cuando ella me dijo que seríamos padres. Nos acompañaste esa noche; Videl, estuviste con nosotros en el baile.

Incluso hoy en día, poco menos de veinte años más tarde, Mr. Satán no podía definir la lista de emociones que lo recorrieron de arriba a abajo cuando Miguel le dijo todo. Se asustó mucho, imaginó las reacciones de sus padres al contárselo; no obstante, dándole la fortaleza para no saltar del barco que navegaban juntos, Mr. Satán explotó en júbilo besándola con la luna como su mutuo testigo.

La satisfacción y la felicidad que experimentó esa vez opacaron cualquier atisbo de tristeza e inseguridad, fue como un bálsamo milagroso que le hizo mirar hacia adelante sin temer a ningún obstáculo. Y ahora, teniendo a su unigénita convertida en toda una mujer, Mr. Satán quería que esa misma maravillosa medicina curara las heridas de Videl, erradicando, por completo, su desconsuelo.

– Papá…–dudosa, no entendiendo la razón de contarle tal cosa, Videl rompió su silencio–no es que no me guste escuchar historias de ti y mamá; pero, siendo sincera, no veo qué relación tiene eso con el aniversario del Torneo de Cell.

– Lo siento; Videl, tienes razón, debí ser más claro–riéndose un poco, Mr. Satán frotó su mentón recubierto de barba–le propuse al alcalde que reemplazara el desfile de carrozas por algo más sobrio y privado; es decir, le dije que organizara un baile de etiqueta.

– ¿Baile de etiqueta?

– ¡Exacto! –muy sonriente, irradiando buen humor, Mr. Satán le exclamó–no sé cómo explicártelo pero haber compartido con tu madre aquel baile me cambió, fue algo que caló muy profundo dentro de mí. Ese es uno de los momentos más felices de mi vida y quiero que sientas lo mismo, quiero que sientas esa misma felicidad.

Uniendo los puntos dentro de su mente, Videl, no muy convencida de lo que él decía, empezaba a arrepentirse de haberle preguntado sobre qué habló con el alcalde.

– ¿No estarás pensando que yo participe en ese baile, verdad? –muy seria, no compartiendo la jovialidad de su padre, Videl gritaba mentalmente negándose a hacer algo así.

Habiendo anticipado que Videl reaccionaría de esa manera, Mr. Satán, tomando un sonoro suspiro, bajó su tono de voz queriendo sonar lo más amable y convincente posible.

– Claro que sí; hija, estoy seguro que a tu madre le hubiera encantado estar con nosotros para ver esto–si bien era una jugada muy sucia de su parte, Mr. Satán haría lo que fuese por persuadirla, incluyendo, por supuesto, apelar a la memoria de la fallecida Miguel–además, mi única intención es que seas feliz, quiero que seas la Videl sonriente y alegre que recuerdo de hace muchos años.

– Pero papá, sabes lo mucho que detesto ese tipo de cosas–argumentándole, Videl intentaba liberarse de esa repentina presión–las fiestas y los bailes no son lo mío, no me siento cómoda en ese tipo de situaciones.

Imaginaba que ella le dijera algo así, no era extraño para él que Videl se negara a participar en bailes o en actividades de alta gala. En el pasado, cuando el campeón recibía algún reconocimiento público o simplemente era el invitado de honor en la cena de un ricachón excéntrico, Videl, con la férrea terquedad que la caracteriza, se negaba firmemente a ser parte de aquello encerrándose en su cuarto.

Quizás, en otras circunstancias, Mr. Satán no hubiera insistido dejándola hacer lo que le placiera. Pero ahora, en esta ocasión, era vital que Videl asistiera a la fiesta. El campeón, determinado a llevarla en contra de su voluntad si era necesario, no entendía que Miguel y Videl; a pesar de su extraordinaria semejanza exterior, eran dos personas completamente diferentes la una de la otra.

Miguel, al tener la misma edad que Videl, soñaba con ser una artista; amaba subir a los escenarios con un micrófono en mano para deleitar a sus oyentes con sus canciones. Ella sabía defenderse, no por nada Videl heredó su obstinación y valentía; no obstante, a diferencia de su hija, Miguel jamás hubiese arriesgado su vida en un combate contra criminales ni practicado artes marciales.

Videl, por su parte, detesta estar en un ambiente festivo plagado de alcohol, petulancia y vanidad, porque le recordaba, con dureza, la fría y casi muerta convivencia familiar que compartía con su padre. Bailar no era su fuerte, meramente no tenía la habilidad para ello; sin embargo, como es bien sabido por todos, pelear y superar sus fuerzas era algo que la apasionaba desde muy pequeña.

Mr. Satán, cegado por sus anhelos de ayudarla, no se percataba que ese no era el camino correcto. Cometía el error de pensar que Videl actuaría igual que su madre, y no aceptando un "no" como respuesta, recurriría a cualquier artimaña o truco con tal de verla en el aniversario del Torneo de Cell. Era por su propio bienestar, se decía a sí mismo, lo que hacía era lo mejor para ella.

– Sé que odias a los fotógrafos y a los reporteros, sé que no te gusta dar entrevistas ni aparecer en las revistas de farándula; eso lo entiendo, y no te pido que hagas ninguna de esas cosas, solamente te ruego que me acompañes al aniversario–recordando los artículos que compró horas antes junto a Shapner, Mr. Satán se ladeó un poco para tomar la primera de las dos cajas cerradas–no es bueno que estés todo el tiempo aquí encerrada, tienes que salir y tomar aire fresco; yo te prometo que te divertirás mucho.

– Pero papá…

– Mira, esto era lo que quería mostrarte, espero que te guste–entregándole el primer paquete, Mr. Satán, con un gesto, invitó a su hija a abrirlo–me encantaría que te lo probaras, en la tienda donde lo compré me aseguraron que harían las modificaciones que fuesen necesarias si no resultase de tu talla.

– ¿Qué es? –teniendo la caja en sus piernas, Videl empezó a desatar las amarras que la mantenían sellada.

– Pues ábrela…

Luego de haber soltado las sogas, Videl, con un rápido movimiento, retiró una delgada capa de papel que dejó al descubierto el precioso vestido púrpura que su padre adquirió para ella. Todavía sin decir nada, manteniendo la expectativa en el aire, la otrora justiciera sujetó con delicadeza la tela del traje y lo levantó con lentitud sacándolo de su empaque. Mr. Satán, ansioso por su respuesta, sólo la miró.

Con anterioridad, no recordando exactamente cuántas veces, Videl trajo a su memoria las ocasiones en que Mr. Satán le obsequiaba atuendos similares sin que existiese una razón para ello. Pensando más en la imagen y en el prestigio de su apellido, él únicamente pretendía que Videl se viese bien para las cámaras buscando que la prensa resaltara el estatus y la elegancia de ella; y su vez, con eso, el suyo.

Empero, al intercambiar miradas con él, Videl percibió algo nuevo y poco usual en él. Aunque su suspicacia encendió las alarmas en su cabeza, no podía negar el hecho que tal obsequio le era entregado de todo corazón. Por más que los buscó no detectó signos de arrogancia en él, desafiando su escepticismo, su padre le daba un regalo con la más sincera humildad.

– Es muy lindo, papá…–no sabiendo qué más decir, el azul de sus retinas continuaba escaneando el morado del vestido en sus manos.

– ¿Te gusta, quieres probártelo ahora mismo? –Aliviado de no haber recibido una de sus conocidas negativas, Mr. Satán aprovechó la oportunidad para limar más asperezas–puedo salir un minuto para que te lo pruebes…

– Sí me gusta, no es lo que normalmente usaría; pero es muy bonito…–con más tardanza, no pudiéndole seguir el ritmo a su padre, Videl seguía atrapada entre negarse y acceder–lo haré más tarde, ahora lo que más me apetece es ir a la cocina por algo de comer. No he comido nada en todo el día.

– Ohh es verdad. Lo siento; hija, me dejé llevar–soltando una débil carcajada, un bombillo se iluminó en la mente del campeón recordándole el segundo paquete–hay algo más que quiero que veas, ojalá sean de tu agrado. Shapner estuvo de acuerdo con la idea de comprarlos; después de todo, en la cena que tuvimos los tres, dijiste que te gustaría tener un par nuevo.

– ¿Un par nuevo? –sin comprender, Videl le cuestionó.

– Me refiero a unos tacones nuevos, cuando cenamos con Shapner comentaste que estabas empezando a acostumbrarte a usarlos y que pensabas comprar unos después–haciéndole entrega de la segunda caja, Mr. Satán no vaciló en confesarle el contenido de la misma–escogí unos que no fueran demasiado altos, apenas empezaste a usar unos y no creí correcto darte un par con mucha altura.

Volviendo a callarse, Videl depositó su vestido nuevo en su estuche y posó su atención en el último presente del día. Hacía unos diez minutos la pelinegra evocó la suavidad y comodidad de sus viejas botas; y ahora, mirando las zapatillas nuevas que su padre le ofrecía, una solitaria gota de sudor corrió por su mejilla al imaginarse a sí misma caminando con esas cosas temiendo no caerse y hacer el ridículo.

Recordando unos tacones de aspecto estrafalario que Ireza usó una vez tiempo atrás, Videl, sinceramente aliviada, en sus adentros le daba las gracias a su papá por haberle traído unos más sobrios y sencillos. Si bien la altura del tacón la intimidó un poco, pensaba que con calma y cautela podría manejarlos. Su diseño, por otro lado, no presentaba complicaciones para sujetarlos en su lugar.

Luego de introducir sus pies en ellos, solamente era necesario que los ajustara al abrocharlos con una diminuta correa unos milímetros más arriba de sus tobillos. Asimismo, su color negro combinaba tanto con su atuendo recién comprado como con su larga cabellera de igual tonalidad. Pero al pensar en cómo se vería con tales artículos de moda, nuevamente se manifestó el dilema de aceptar o no su petición.

– ¿Y qué te parecen, te gustan? –su padre, con impaciencia, le indagó.

La Videl de antaño, sin importarle lo caros o hermosos que fuesen tales objetos, se hubiera negado de inmediato alegándole que prefería dedicarse a su entrenamiento sin dar más explicaciones. Aún así, observando la suplicante expresión en las facciones de su padre, Videl, mordiéndose la lengua, no hallaba una salida fácil que la alejara y la salvara de tal locura.

Se suponía que hoy se quitaría varios pesos de encima al confesarse con Ireza, no se esperaba que la carga más bien aumentase. Quería desaparecer del universo, sentía que se contraía sobre sí misma llevándola al extremo de casi protagonizar una implosión. Si tan sólo un ángel llegara de la nada y la rescatara, si tan sólo sucediese un milagro que le permitiera escapar de aquella encrucijada.

– Lamento interrumpir; pero la señorita Videl tiene visita.

Respondiendo a las plegarias de Videl, una muy avergonzada sirvienta por presentarse de improviso, les habló de repente después de haber abierto la puerta levemente. Curioso, recordándose que Shapner decidió dirigirse a su casa, Mr. Satán pasó por alto su intromisión cuestionándole la identidad de dicha visita. Alegrándose, levantándose como un resorte, Videl sonrió al enterarse de la llegada de Ireza.

Explicándole con rapidez que le pidió a una amiga de la escuela que la visitara, Mr. Satán, olvidándose de la urgencia del baile, se llenó de una honesta alegría al saber que Videl se divertiría con una chica de su edad. En el acto, cruzando los dedos para que todo saliera bien, la ojiazul le comentó que invitó a Ireza a pasar el fin de semana con ella, temiendo, con preocupación, que aquello le molestase.

– No me molesta en lo más mínimo; al contrario, me alegra que te diviertas con una de tus amigas–a pesar que deseaba confirmar la presencia de Videl en el baile, no queriendo presionarla demasiado, Mr. Satán optó por una postura más paciente y flexible–ve a recibir a tu amiga, hablaremos del baile mañana.

Ireza, sin darse cuenta y sin tan siquiera planearlo, siempre aparecía como un bote salvavidas para Videl; no obstante, sabiendo que sólo prolongaba lo inevitable, la primogénita del campeón se apresuró a recibirla mientras se cuestionaba qué debía hacer. Para bailar se necesita de una pareja, lo cual, lógicamente, la hacía deducir que Shapner también haría acto de presencia en dicho evento social.

Las circunstancias daban la impresión de querer hundirla más en el pantano que la aprisionó, cuando más nadaba para salir de él y liberarse, sus equivocaciones, como si fuesen tentáculos con mente propia, la sujetaban y la halaban de vuelta al fondo. Tal vez, por más descabellado que le sonase, esa era la clave de su liberación. En lugar de huir de aquello; quizás, su única alternativa era aceptar y asistir.

Detrás de ella, mirándola correr por el mismo pasillo que usó antes, Mr. Satán se decía a sí mismo que todo iba de acuerdo al plan. Tenía la sospecha que Videl aceptaría y lo acompañaría al aniversario, Shapner, tomándose muy en serio su papel como novio perfecto, cargaba en sus hombros con la responsabilidad de ofrecerle a Videl una noche maravillosa que nunca olvidaría en su vida.

A pesar de su creciente optimismo, sintiendo otra vez como si lo apuñalaran por la espalda, Mr. Satán no era capaz de ignorar la mortal sombra de Van Zant cerniéndose sobre él.


Con fatiga, imaginando que Kamisama mantenía su mirada puesta sobre él por sus recientes acciones, un agotado Gohan se despidió de su hermano y su madre encaminándose a su habitación. Accionando el cerrojo de la cerradura, el saiyajin se prestó a desvestirse poniéndose más cómodo para irse a dormir. Fue un día muy largo, lleno de adversidades y muchas contradicciones internas.

Sentándose en su cama, escuchando como crujieron las vértebras de su columna al estirar su cuerpo, el hijo de Goku se dejó caer hacia atrás hundiéndose en la suavidad de su colchón. Si bien las luces de su alcoba permanecían apagadas, Gohan, mirando fijamente el techo, juraría que podía ver todo lo que hizo hoy como si dichos eventos se proyectasen frente a él con la claridad del cristal.

Ladeando su cabeza, sabiendo que justo en esa esquina se encontraba su modesto armario, Gohan se preguntaba si éste era lo suficientemente seguro como para esconder la bolsa con semillas del ermitaño que el maestro Karin le entregó horas antes. Confiaba en que Goten no entrase a su cuarto en su ausencia para curiosear sus cosas; empero, temía que su madre sí lo hiciese y se topase con ellas.

Aún así; entretanto continuaba reposando, otro suceso con más importancia se robó sus pensamientos. Por lo que recordaba haber oído de su padre, el maestro Karin poseía una gran suspicacia que le hacía ver las auténticas intenciones de cualquiera que buscase su ayuda. No por nada puso a prueba a Goku en su niñez, cuando este, queriendo hacerse más fuerte, trató de beber un poco del agua sagrada.

Tal vez se debía a su longeva vida o a su naturaleza felina, pero el maestro Karin no era fácil de engañar ni manipular. Por ende, razonando más a profundidad, ya siendo demasiado tarde, Gohan se dio cuenta que Karin nunca creyó en su excusa para pedirle semillas. Abriendo los ojos con sorpresa, dibujando una expresión preocupada, dos nuevas preguntas se formaron en su cabeza ante tal descubrimiento:

¿Si no fue engañado por sus mentiras, por qué aceptó ayudarlo?

¿Por qué simplemente no lo desenmascaró?

Para Gohan era un completo misterio tales enigmas; no obstante, ya no pudiendo retroceder las manecillas del reloj, ahora el saiyajin cruzaba los dedos para que el maestro Karin no hablara con nadie al respecto. Inquieto, tomando una de sus almohadas para cubrir su cara con ella, Gohan ya entendía a qué vinieron las palabras de Karin cuando éste le habló de su padre antes de marcharse.

Puedo sentir, por medio de tu mirada, que guardas mucha culpa y rabia interna–haciendo memoria, sintiéndose de vuelta en la torre bajo el templo de Kamisama, Gohan lo escuchó hablándole–sé que no me corresponde decirte esto; pero sin importar qué clase de situaciones te atormenten, nunca olvides que la memoria de tu padre sigue viva dentro de ti. Ahora ve y vuelva a casa, el sol no tardará en ponerse.

Tal vez no lo detuvo por haber salvado al mundo de Cell, o posiblemente no lo hizo por ser el hijo de un antiguo alumno suyo. Aún así, sin saber cuáles fueron sus motivos para darle justo lo que necesitaba, Gohan suspiraba con alivio al decirse que todo salió bien a pesar de lo apresurado e improvisado que fue. Incluso su madre, creyendo su justificación para llegar tarde a casa, no lo interrogó a fondo.

Hubo un examen sorpresa; mamá, el maestro se lo sacó de la nada…

Ya entiendo, estaba comenzando a preocuparme al ver que no regresabas…

Ya de regreso en las montañas Paoz, escondiendo en su mochila el regalo del maestro Karin, Gohan le dijo el primer pretexto que se ocurrió cuando se topó con Milk al entrar en su casa. No le gustaba mentirle a su madre, lo detestaba muchísimo; pero lo que menos quería, en ese momento, era verse agobiado por la exagerada histeria que Milk solía padecer cuando algo "malo" lo involucraba a él.

Sin embargo, para su conveniencia, Gohan logró cambiar el tema de conversación al sacarle provecho a un elemento que notó casi de inmediato. Ayer, como consecuencia de una fuerte tormenta eléctrica, un relámpago dejó sin electricidad su pequeña morada al dañar el generador que Bulma, años atrás, les proporcionó semanas después de la muerte de Goku en el Torneo de Cell.

Mamá, las luces están encendidas–apuntándole a las bombillas que brillaban, Gohan le comentó a su madre que sonrió ante su observación.

Sí, tenemos electricidad otra vez–sin dejar de preparar la mesa para cenar, Milk le afirmó–más temprano fui a la Corporación Cápsula para que repararan el viejo generador, pero Bulma fue muy amable y nos obsequió uno mejorado y más potente.

Ya veo, esa es una fantástica noticia.

Sí que lo es; pero tengo otra aún mejor.

¿Cuál?

Es una sorpresa, te la diré cuando vayamos a cenar–no escondiendo la ilusión y la alegría en su rostro, Milk soltó una leve risa–ahora ve a darte un baño, cuando bajes te lo diré todo.

No tenía ni la más remota idea a qué se refería; aún así, le alegraba que su madre no ahondara más en su llegada tardía. Saludando a Goten que veía la televisión muy a gusto, Gohan subió por las escaleras entrando en su recámara con una urgencia casi demencial. Y allí, en menos de un segundo, buscó en su mochila las restantes semillas del ermitaño y las ocultó en uno de los cajones de su guardarropa.

De ahí mismo, sin ser exigente en cuanto a la moda, el pelinegro tomó algo de ropa limpia y fue a ducharse esperando que su plan funcionase. Su escape fue igual de rápido que su arribo, estaba completamente seguro que nadie lo vio entrar ni salir del hospital de Ciudad Satán. Pero no deseando que su madre sospechara algo, Gohan se mentalizó en no pensar en eso mientras comían.

Una vez allí, tomando un trozo del pescado asado que Milk preparó, Gohan escuchó con atención como ella le revelaba la gran sorpresa que guardaba para él. Bulma, gustosa de ofrecerle un empujón a Gohan, aceptó la petición de Milk de recomendarlo en la prestigiosa Universidad del Oeste prometiendo que usaría sus influencias para que se le otorgara, sin problemas, la máxima beca académica disponible.

Sorprendido y sumamente agradecido con Bulma por su generosidad, Gohan no sabía qué decir, al recriminarse, en sus adentros, que no mecería toda la bondad que su familia y amigos tenían para él. Si ellos supiesen lo que ha hecho en días recientes; e inclusive, lo que pensaba hacer próximamente, no dudaba en suponer que una profunda decepción y desilusión caerían sobre cada uno de ellos.

Habiendo interrumpido un asalto a un banco, que, a su vez, interrumpió su espionaje de Videl y Shapner, la ira que esto último generó en Gohan terminó canalizándose contra los autores de dicho acto criminal. Pero no fue sólo detenerlos y entregarlos a la policía como el Gran Saiyaman solía hacer; nada de eso, los celos y el enojo que guardaba en su interior lo llevaron a cruzar la línea del bien y el mal.

Ya no puedo esperar para que te gradúes, estoy ansiosa que pase el tiempo para que termine el año escolar–sin notar el silencio de su hijo mayor, Milk continuaba delirando ante el futuro prometedor que tanto ansiaba para Gohan–Bulma me comentó que en la Universidad del Oeste existen una gran variedad de carreras universitarias; todas son muy atractivas y respetables, sé que elegirás la más apropiada para ti.

Oyéndola pero sin participar en la plática, Gohan comía muy calmadamente a diferencia de Goten que, emulando a su ausente padre, devoraba plato tras plato acumulando una gran cantidad de ellos uno sobre otro. Milk, por su parte, seguía soñando despierta depositando en Gohan todas sus esperanzas de superar sus dificultades económicas.

Arquitecto, abogado, ingeniero, médico…–diciendo algunas de las profesiones que más admiraba, Milk se imaginaba a Gohan vestido de varias formas representando cada una de ellas–me encantaría que estudiaras medicina, no podría sentirme más orgullosa de tener un doctor en la familia.

Siendo honesto con él mismo, ni siquiera Gohan sabía a ciencia cierta qué hacer con su vida tan pronto como haya aprobado la secundaria. Su cabeza era como un gigantesco almacén lleno de toda clase de conocimientos gracias a la infinidad de libros, que, en su niñez, su madre le proporcionó para leer queriendo convertirlo en el estudiante perfecto.

Y ahora, cuando debía decantarse por una sola rama del saber, el chico que derrotó a Cell siete años atrás meramente no sabía cuál camino tomar. De niño, antes que descubriera sus raíces extraterrestres y se le inculcaran las artes marciales, a Gohan le encantaba explorar los alrededores de su casa, identificando, sin equivocarse, los diversos tipos de plantas y flores que crecían entre los árboles.

La botánica le apasionaba, incluso hoy en día tal pasatiempo permanecía latente dentro de él. No obstante, entendiendo la mala situación financiera que arrastraban desde hacía mucho, Gohan era consciente que debía hacerse cargo de solucionarla, eligiendo, con sabiduría, una profesión que le brindase un sueldo lo suficientemente alto como para mitigar la escasez de dinero en su familia.

Medicina no suena nada mal, he escuchado que a los cirujanos les pagan muy bien…–rompiendo con su silencio, Gohan se puso de pie habiendo terminado de cenar–aún hay tiempo para pensar qué carrera elegiré; pero la de medicina es muy atractiva aunque será igual de demandante.

¡Ohh Gohan, te verías tan guapo con ropa de doctor!–Aumentando aún más sus fantasías, Milk recibió con mucho agrado el leve comentario de Gohan–esta noche dormiré muy feliz, nada podrá arruinar mi buen humor.

Soltando una carcajada nerviosa, regresando a su habitación, Gohan se despidió de ella alegando que se moría de cansancio. Y haciendo lo mismo, metafóricamente, el álter ego del Gran Saiyaman buscó otra postura en su cama cubriéndose con un par de mantas al terminar de evocar la cena de hace unos minutos. No obstante, otros recuerdos lo hicieron su presa con una imparable rapidez.

– Las semillas tienen un efecto inmediato, así que supongo que todos deben estar preguntándose cómo lograron sanar tan rápido…

Más veloz que un cohete, sujetando con fuerza la bolsa con semillas que el maestro Karin le entregó, Gohan volaba a toda máquina hacia Ciudad Satán queriendo llegar allí antes del anochecer. Volteándose a un costado, mirando como la redondez del sol comenzaba a esconderse en el horizonte, Gohan le imploraba al cielo que su improvisado plan diese los frutos que él esperaba.

Un tremendo remordimiento lo había estado devorando desde que despertó esta mañana, en su cabeza se repetían las imágenes de él, destrozando, literalmente, a esa banda de asaltabancos que no fueron rival para él. Su personalidad racional sucumbió ante su lado más salvaje y primitivo, comportándose, totalmente, como un verdadero saiyajin de sangre pura que haría sentir orgulloso al propio Vegeta.

Y para empeorar todavía más aquel predicamento, la prensa televisiva, grabándolo todo con sus cámaras, transmitieron en vivo como uno de sus más amados superhéroes, se transformaba, por unos segundos, en un cruel villano sin el más mínimo rastro de piedad. Fue tan grave la magnitud de las heridas que les infringió, que a todos ellos, en un principio, se les dio por muertos en la escena.

Después de haber oído en la escuela los interminables murmullos sobre el tema, una vez que terminó la jornada, no lo pensó dos veces y fue en busca de la única medicina que poseía la capacidad de sanar cualquier lesión sin importar su gravedad. Eran unos delincuentes, se merecían un duro castigo por sus actos; empero, muy avergonzado por lo que hizo, Gohan aceptaba que se excedió terriblemente.

Consideren esto como una disculpa por lo que les hice–luego de haber detectado sus presencias, Gohan se escabulló por una ventana abierta en el exterior del edificio y se introdujo en el centro médico–sé que debí controlar mi temperamento; eso es algo en lo que tendré que trabajar. Pero eso no significa que no volveré a detenerlos si intentan hacer lo mismo otra vez, será mejor que nunca se atrevan a volverlo a intentar…

Sus susurros no fueron escuchados por ninguno de ellos. Los cuatro, encontrándose inconscientes debido a los sedantes que aliviaban su horrendo dolor, se veían profundamente dormidos mientras varios aparatos conectados a sus cuerpos vigilaban sus signos vitales. Gohan, escuchando a lo lejos a los numerosos empleados del hospital, no se demoró más y fue directo al grano.

Cada uno de ellos lucía un aspecto espeluznante: los vendajes ensangrentados los cubrían en su totalidad; entretanto, ayudándoles a respirar de manera artificial, varios conductos de aire se introducían por sus bocas sumergiéndose en sus gargantas. Asimismo, reponiéndoles la gran cantidad de sangre que perdieron, muchas vías intravenosas serpenteaban por encima de sus camas.

Yo les hice esto, por mi culpa están así; ahora me encargaré de reparar los daños que les causé.

Era obvio para él que ninguno podría masticar las semillas; por ende, triturándolas con sus dedos, Gohan las desmenuzó hasta volverlas una pasta verdosa y ligera. Enseguida, acercándose al primero de ellos, el saiyajin se vio en la obligación de retirarle la manguera que le proporcionaba oxígeno; sin embargo, tomándolo por sorpresa, hacer eso provocó que una máquina comenzara a sonar constantemente.

Asustando, no esperándose tal cosa, Gohan se apresuró y arrojó en su cavidad bucal la masa verdusca dándole unas palmadas en su cara para que la tragara. A pesar de su estado adormilado, dicho hombre, para suerte de Gohan, pareció actuar automáticamente y la tragó. Percatándose que las enfermeras se aproximaban como respuesta a las alarmas del respirador, Gohan procedió a terminar su misión.

Incrementando su velocidad a un nivel sobrehumano, en menos de un pestañeo, antes que el personal hospitalario abriera la puerta y lo encontrase allí, Gohan les entregó a los otros tres su correspondiente medicina milagrosa para luego dispararse hacia afuera. No necesitaba quedarse para ver los resultados, sabía a la perfección lo que sucedería segundos más tarde.

Si se hubiese quedado habría presenciado como los médicos, muy confundidos y alterados, veían como aquellos pacientes que parecían más muertos que vivos recuperaban la conciencia de golpe. Y no sólo eso, moviéndose con naturalidad, cada uno de ellos se examinaba a sí mismo sin creer que sus huesos rotos y músculos desgarrados, yacían, milagrosamente, completamente intactos y reconstruidos.

– Espero que hayan escuchado mi advertencia, no quiero volver a ver sus caras en ningún robo de nuevo…

Girándose a la izquierda, enterrando su cara en su almohada, Gohan se dijo a él mismo que ya no podía seguir evadiendo la verdad. Su rabia, después de muchos años dormida, había regresado desde lo más recóndito de su alma apoderándose de él otra vez. La última vez que eso sucedió, Cell, experimentando el terror absoluto, vio cómo su cuerpo perfecto era mutilado y humillado sin que pudiese defenderse.

No obstante, los antecedentes de tal comportamiento barbárico databan de mucho antes de enfrentarse al bioandroide. Ya desde muy chico, cuando conoció a su tío Raditz, el linaje saiyajin que corría por sus venas se manifestó para rescatarlo atacando al hermano de su padre con un poder abrumador. Ese día, en medio de la nada, el Gohan inocente desapareció para nunca más regresar.

Picorro, dándose cuenta del potencial ilimitado que escondía en su pequeño ser, no lo dudó y se lo llevó lejos para instruirlo y enseñarle a usar su fuerza. Su faceta racional aprendió a utilizar sus poderes, hallando, gracias al entrenamiento, el punto exacto donde el equilibrio de sus emociones le permitía luchar sin dejarse enceguecer ni controlar por sus dones.

– Pero cuando me enfurezco pierdo todo control, simplemente ya no soy yo…

Aún así, cuando era superado por su oponente de turno, su salvajismo saiyajin, salvándole el pellejo, escapaba de su prisión apoderándose de su mente y espíritu. Él, dentro de su propia cabeza, miraba sus acciones aunque no podía detenerse. Era como un espectador más, era como un pasajero de un autobús descarriado conducido por un demente que no le importaba matar a otros y a sí mismo en el proceso.

Y lo peor era que, viéndolo todo desde su interior, una parte de él comenzaba a disfrutar cuando su otro yo torturaba a sus enemigos. Con Cell, ese fue el caso. Gozó extasiado del espanto en su expresión, se divirtió muchísimo al ver que su adorada magnificencia era inferior a él. Sencillamente quería devolverle todo el miedo y el sufrimiento que desató en el mundo, sólo quería pagarle con su propia moneda.

Lamentablemente, cuando se percató de las consecuencias de su conducta, su padre, sacrificándose a él mismo para salvarlos de Cell, le dio una sonrisa orgullosa felicitándolo por su progreso como guerrero desapareciendo frente a él sin que pudiera hacer algo para detenerlo. Una vez derrotado Cell, odiándose en secreto, Gohan prometió que no volvería jamás a ser prisionero de su enojo.

– Por eso me alejé de los entrenamientos, no me importó que mi poder disminuyera si eso me traía paz–hablando con voz baja, Gohan no podía conciliar el sueño con tantos pensamientos en su cabeza–pero eso no funcionó, otra vez tropecé con la misma piedra…

Temer que Shapner usaba a Videl como trofeo le molestaba, lo hacía fruncir el ceño con disgusto. Empero, sincerándose en la oscuridad de su habitación, Gohan debió admitir que eso no era suficiente como para detonar su mítica cólera. Esto iba más allá de eso; esto lo conducía a un territorio personal inexplorado plagado de sentimientos que, hasta el día de hoy, ni siquiera tenía idea que estaba allí.

Amor: atracción romántica y física. Y por qué no, también sexual.

Tratándose de un joven con nula experiencia social, para Gohan, el simple hecho de mirar a las mujeres con deseo e interés era algo absolutamente impensable e inimaginable. Poco a poco, a su debido tiempo, fue reconociendo cuando una chica lucía hermosa pero sin ir más allá de una observación fugaz. Los ejemplos más claros eran Ireza y Ángela, ambas, con coquetería, solían sonrojarlo e incomodarlo.

Videl, por otro lado, sin hacer el más mínimo esfuerzo por hacerse notar, se robaba su atención en clase y aún más cuando luchaba. La pelinegra no sobresalía por su vestimenta provocativa y femenina; al contrario, en más de una ocasión, escuchó como otras jovencitas de la escuela la criticaban por su estilo de vestir tan simplista y monótono. Aún así, sin una gota de maquillaje, ella lograba ganarse sus miradas.

En aquel entonces, siendo demasiado ingenuo para descifrar sus sentires, Gohan no se percataba que empezaba a enamorarse de ella. La admiraba y la respetaba en demasía, dichos honores se los ganó al verla luchar por lo que creía justo y correcto sin preocuparse por su seguridad. Videl no necesitaba ropa sexy para hechizarlo, ella desprendía otro tipo de sensualidad y belleza al encarnar a la justicia.

Sus ojos, tan bellos como zafiros; tan azules como el cielo mismo, lo incitaban a despertar a su lado todas las mañana sólo para verlos de cerca. Y sus cabellos, tan largos y oscuros como la noche, lo hacían sudar cuando sus coletas daban la impresión de cobrar vida al bailar con el viento mientras peleaba. Se moría de ganas por acariciar su cabellera y peinarla con sus dedos, temblaba de sólo imaginarlo.

¿Pero de dónde venían esos delirios tan carnales?

¿Por qué Videl le provocaba aquellos deseos que otras chicas no?

¿Y acaso su enojo estaba relacionado de alguna forma con dichas pasiones?

Y fue en ese instante, al sentirse agobiado por esas preguntas, que otro recuerdo muy antiguo destelló respondiendo a sus dudas. Alejándose del presente, transportándose nuevamente al pasado, Gohan se vio a sí mismo en una de las innumerables fiestas de la Corporación Cápsula. Todos sus conocidos, incluyendo a su hermano menor que daba sus primeros pasos, se hallaban allí reunidos celebrando.

Su padre, por obvias razones, era la única ausencia. Gohan, apartado del grupo principal, sostenía un vaso medio vacío no atreviéndose a socializar mucho. El arrepentimiento continuaba atormentándolo; por las noches era visitado por la misma pesadilla que le recordaba, muy explícitamente, como Goku debió salvar el día por culpa de su ira incontrolable que pecó de arrogante.

Hubiera seguido odiándose en silencio si no fuese por unas sonoras carcajadas, las cuales, haciendo que alzara la vista, propiciaron que encontrara a Krilin quien reía a más no poder. Su amigo, siendo la personificación de la felicidad, no se cansaba de agradecerles a los demás por sus abundantes regalos. Con lentitud, moviendo sus ojos apenas unos milímetros, Gohan se enfocó en la callada esposa de Krilin.

La androide Dieciocho, incómoda y más estoica que su marido, no era capaz de disimular el leve sonrojo que teñía sus facciones al ser el foco de las felicitaciones. Su vientre, notoriamente abultado, era la muestra más evidente que el amor de Krilin y ella había dado frutos. Contra toda lógica, aún dejando pasmados a muchos, un bebé crecía dentro de ella demostrando que no era un simple robot.

Habiendo pasado casi dos años desde le derrota de Cell, Krilin y Dieciocho, con la bendición de cada una de sus amistades, contrajeron matrimonio en una ceremonia privada en Kame House. Y ahora, siete meses más tarde, Bulma les ofrecía su gigantesco hogar para festejar la llegada del primer hijo de la pareja. Aunque por lo que Gohan escuchó de su madre, en realidad se trataba de una niña.

¿Todo en orden? –sobresaltándolo, Gohan se giró a su derecha descubriendo a un silencioso Picorro que no perdía su clásica postura de brazos cruzados–no sé mucho de estas cosas pero se supone que es una fiesta, pensé que te divertirías con los demás.

Hola señor Picorro, sí me estoy divirtiendo; es sólo que…

Sigues pensando en Goku, ya me lo suponía…

Discúlpeme señor Picorro; usted está en lo cierto, esto es una fiesta y yo parezco que estoy en un funeral…

No veo razón para que te lamentes, la sabandija de Kakarotto fue quién decidió no regresar cuando tuvo la oportunidad de ser revivido–hablando sin invitación, un malhumorado Vegeta también se mantenía distante de los demás prefiriendo estar reclinado en un árbol–quizás jugaste demasiado con el insecto de Cell; pero eso es algo que cualquier saiyajin haría.

Vegeta, no estás ayudando en nada…–gruñéndole, Picorro apretó sus puños.

Haber sido criado por los terrícolas te ha hecho débil, cientos de saiyajin morían a diario en interminables peleas y ninguno se detenía a lloriquear–bufando, al príncipe saiyajin mostró su indiferencia hacia la culpa que carcomía a Gohan–ya han pasado dos años, ya tuviste suficiente tiempo para llorar. Además; Gohan, tu cuerpo está perdiendo condición. Será mejor que empieces a entrenar muy pronto; aunque de todos modos, estoy seguro que ya he superado tus poderes, chiquillo malcriado.

¡Vegeta! –otra vez, el guerrero de piel verde levantó la voz.

He decidido no volver a entrenar por ahora, lo haré cuando me sienta seguro de mí mismo…–ignorando la frialdad de Vegeta, Gohan no quería causar problemas en la fiesta dedicada a Krilin.

Como quieras. Tenía pensado retarte para comparar mis poderes con los tuyos, pero me doy cuenta que sería un desperdicio de mi valioso tiempo–petulante, Vegeta sonreía presumiendo su orgullo–tal vez hace dos años te sentiste en la cima del mundo; pero eso ya es historia antigua…

¡Vegeta! –el nombre del saiyajin fue pronunciado nuevamente; sin embargo, a diferencia de la vez anterior, no fue Picorro quién lo enunció.

¿Qué quieres, mujer?

¿Cómo se te ocurre aparecer por aquí con esa ropa tan apestosa? –Bulma, concentrada en su esposo, pasó por alto a Gohan y Picorro– ¡te he dicho miles de veces que te des un baño al terminar de entrenar!

¡No estoy de humor para oír tus tonterías, Bulma! –dándole la espalda, Vegeta comenzó a caminar con lentitud hacia la salida más cercana–continuaré con mi entrenamiento, no me interesa en lo más mínimo esta estúpida fiesta para ese enano sin nariz y su esposa robótica.

Picorro y Gohan, en especial éste último, sólo guardaron silencio al ver el intercambio de palabrotas soeces entre Vegeta y Bulma. La científica, al cabo de unos segundos, tiró la toalla harta de la insoportable personalidad del saiyajin, quien, mirándola con una sonrisa que Gohan no pudo entender en esa oportunidad, se limitó a verla alejarse; para luego, sin aviso, enfocarse en el hijo de su rival.

Tuviste la mala suerte de crecer en este patético planeta; si el nuestro continuara existiendo, ya habrías aprendido cómo debe comportarse un verdadero saiyajin–comentándole, Vegeta parecía sentir lástima por Gohan–y eso incluye, por supuesto, cómo manejar a una mujer. A los saiyajin sólo nos atraen las mujeres de carácter fuerte, cuando encontramos a la adecuada nos volvemos competitivos y hacemos lo que sea por conseguirla.

Pestañeando, un muy confundido Gohan no sabía a qué venía esa afirmación.

Si el descerebrado de tu padre pudo encontrar una para él, no dudo que algún día tú también harás lo mismo…

Levantándose de la cama, apartando las sábanas sobre él, la voz de Vegeta siguió rebotando en su mente como un eco en una cueva. Jamás hubiese imaginado que alguien como él le brindaría la solución a sus dudas, y mucho menos que se la entregase antes de tan siquiera sentir interés en una chica. Pero ahora, cuando más era necesario, aquella vieja conversación resurgió para quitarle la venda de los ojos.

La escuela estaba plagada de mujeres hermosas que se esforzaban por hacerse notar; no obstante, ninguna de ellas cumplía con los requisitos que su herencia saiyajin buscaba. Ninguna, excepto una. Y al recordar sus primeras vivencias en la preparatoria, Videl, desde el comienzo, se le acercó como si ella se viese atraída por él, sin que Gohan, honestamente, intentase atraerla.

Al ya no existir féminas saiyajin, la pelinegra, a escala humana, era lo más parecido que podría encontrar en la Tierra. Ella era una destacada artista marcial, poseía una técnica de combate muy prolija que demostraba su dedicación y su búsqueda por superar sus límites. Y Videl, sin notarlo todavía, ya había llegado al tope de dichos límites, sobrepasando, por mucho, a su propio padre el campeón mundial.

Resultaba curioso y, en cierto punto, contradictorio. A Gohan, o al menos a su lado terrícola, no le gustaba pelear pero eso no le hacía negar que si Videl supiese sobre el ki sus habilidades transcenderían a otro nivel. No dudaba que controlaría la técnica de vuelo; además, si se lo proponía, podría disparar ráfagas de energía tal y como lo hacían Krilin o Yamcha.

La idea de enseñarle él mismo, tomando el rol de maestro, le encantaba. Por desgracia para él, aquello se veía imposible de concretar bajo las actuales circunstancias. Videl estaba con Shapner, no con él. Para bien o para mal, Shapner era su novio. Mientras los dos continúen con su relación amorosa, no existía espacio para nadie más cerca de ella. Y eso, alimentando su enojo, lo incluía a él.

Sin embargo, enfriando sus caldeados ánimos, Gohan recordó su charla con ella en la enfermería. Cuando Videl dijo que lo abofetearía por sus acusaciones, él, acercándosele a tal extremo que sus narices casi se tocaban, la retó a hacerlo sin que ella pudiese reaccionar. En ese instante, arruinando su leve lapso de privacidad, Shapner apareció tirando por la borda sus esfuerzos por separarla de él.

¿Qué hubiese sucedido sin la intromisión de Shapner?

¿Ella lo habría cacheteado?

No lo sabía; pero sí tenía muy claro lo que él hubiera hecho. Mirarla allí asustada, acorralada e indefensa despertaron sus ansias por protegerla, por tomarla en sus brazos y decirle que él se encargaría de solucionarlo todo. Y luego, con o sin su permiso, la hubiese besado. Habría permitido que su instinto saiyajin lo guiara sin saber cómo terminarían las cosas; de haber sucedido, sería algo inolvidable.

El tímido Son Gohan robándole un beso a la testaruda Videl Satán; algo le decía que soñaría con eso a partir de esta noche.

– Esto es algo que, definitivamente, no quiero que nadie más sepa; no por ahora–hablándose nuevamente, Gohan agradecía que el día de mañana fuese sábado deseando despejar sus pensamientos–lo admito: ella me gusta mucho, desearía no haberme dado cuenta de ello tan tarde.

Videl no sólo era una excelente peleadora, también era una chica muy lista y observadora. No recordaba con exactitud cuántas veces lo acusó de ser el Gran Saiyaman, sin importar sus excusas y evasivas, ella siempre regresaba con sólidos argumentos. Desde un principio ella posó su atención en él; inclusive, causando molestias en Shapner, Videl parecía estar más interesada en él que el mismísimo rubio.

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, decía un viejo refrán. Y Gohan, maldiciendo por esa oportunidad perdida, deseaba regresar el tiempo para no sólo decirle lo que sentía por ella; sino además, para quitarse el disfraz de encima y mostrarse ante Videl cómo es verdaderamente. Sin titubear, sacrificaría a su álter ego justiciero con tal de demostrarle a Videl que su amor por ella era real.

– ¡Ojalá pudiera volver a empezar!

Si tomaba el camino simple, usando las esferas del dragón, no dudaba que regresaría de vuelta al inicio para aventajar a Shapner. Esa era una jugada que no necesitaba mucho trabajo, era una opción súper fácil. Pero tal y como lo diría Vegeta: hacer eso iría en contra del orgullo de un saiyajin, sería una victoria mediocre y sin honor. Preferiría verla convertida en la esposa de Shapner antes que tomar ese atajo.

Por ende, continuaría igual que hasta ahora. Si hablarle en la enfermería no fue suficiente para hacerla despertar, volvería a intentarlo la próxima vez que estuviesen frente a frente. Shapner, por su reacción, parecía verlo como una amenaza, y Gohan, complacido por ello, no renunciaría hasta que Videl escuchase su confesión. Y si ella lo rechazaba, lo entendería. Se apartaría sin insistir.

¿Pero y si ella lo aceptaba?

¿Y si ella le correspondía?

Corría el riesgo de ser rechazado; pero tratándose de un saiyajin, como tal, amaría correr dicho riesgo. La adolescencia era una etapa muy convulsiva de la vida, aún más si se provenía de una antigua y casi extinta raza de guerreros conquistadores de planetas. Enamorarse era una hermosa bendición y una terrible maldición a la vez, al final del camino podía hallarse la felicidad o la amargura.

Cerrando los ojos, conciliando el sueño finalmente, Gohan no pensó en las dificultades que implicaba amar a alguien en la realidad; se olvidó de eso, sencillamente quiso seguir flotando en aquella nube rosada donde soñaban todos los enamorados. Tardó mucho en hallar los indicios dentro de él; sin embargo, como recitaba otro adagio: mejor tarde que nunca.

Y viéndola aparecer de espaldas ante él, Gohan caminó hacia Videl dispuesto a luchar por ella.

Fin Capítulo Veintiséis

Hola, muchas gracias por leer. La verdad no me esperaba que este capítulo creciera tanto, cuando me di cuenta que tenía más de trece mil palabras tuve que pisar el freno antes de extenderme demasiado. Quería enfocarme en Gohan para explorarlo un poquito más a fondo, la idea de verlo pelear por la chica que le gusta me resultó divertida, a veces es bueno no ver al mismo Gohan tímido e inseguro.

Como es mi costumbre, siempre me ha gustado escuchar música instrumental mientras escribo y en este capítulo me acompañó Éditus; uno de los grupos musicales más destacados de mi país. Si tienen curiosidad y desean escuchar la misma canción que yo escuché al escribir, búsquenla en You Tube con este nombre: Éditus – Tresesenta.

No les quito más tiempo, ya les robé bastante al tener que leer todo esto. Antes de irme, les doy las gracias a Kellz19, Lupis OrSa y a Guest por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.