¡Hola! Pues aquí os traigo un nuevo capítulo, a ver qué os parece... de momento siguen siendo escenas del principio del primer curso, pero esto no siempre será así. Cuando no quede más que contar de ese año pasaré al siguiente ;)

¡Gracias a todos por leer, comentar y/o poner en favoritos! Espero que os guste.


De camas y alergias


La habitación tiene cuatro camas.

Sirius ha proclamado suya la que está junto a la ventana subiéndose encima con las botas llenas de barro. James ha dejado caer su baúl a los pies de la de la derecha, mientras que Remus se ha quedado con la que está al otro lado de la ventana, al lado de la de Sirius. Peter, que ha llegado el último, ha aceptado resignadamente la primera de la izquierda, entre Remus y la puerta del baño.

Las habitaciones fueron distribuidas por orden de entrada a la Sala Común, y eso es lo que ha juntado a los cuatro chicos que han hecho juntos el viaje en tren. Esas pocas horas han bastado para que todos sepan algo los unos de los otros.

Saben, por ejemplo, que James Potter es miope, hijo único, hincha a muerte de los Montrose Magpies y alérgico al aburrimiento.

Saben que Sirius Black ama la música muggle, las motos y a sí mismo, y que es alérgico a su familia.

Saben que Peter Pettigrew tiene demasiados hermanos, demasiadas mascotas y demasiado tiempo libre, además de una notoria alergia al deporte.

Y saben que Remus Lupin es una nube de libros, cicatrices sin respuesta, versos de los Beatles y tabletas de chocolate. Eso, y que es alérgico a doscientos mil tipos de alimentos, plantas y tejidos distintos.

—Tío, ¿a las gambas? ¿De verdad? ¿Cómo puedes vivir sin gambas?

—Sin duda es una gran hazaña, Black, a juzgar por tu incredulidad.

—¿Siempre hablas como si fueras un libro, Lupin?

—¿Siempre duermes entre sábanas llenas de barro, Black?

James contempla la escena desde su cama, sonriendo con las piernas cruzadas.

—Mira, Peter. Tenemos un matrimonio en la habitación.

—¿Sí? —el aludido levanta la cabeza desde debajo de la cama, donde está en plena busca y captura de su rata. Mira a los otros dos chicos y sonríe—. ¿Y quién es la mujer?

—Lupin, claro está —declara Sirius, girando en redondo.

—Pues tú eres el que lleva el pelo largo, Black.

—Muy gracioso, Potter. Para que lo sepas, es el último grito en Londres. Se llama "Cómo matar a tu madre en un único y sencillo paso".

Las carcajadas resuenan en la habitación. Y continúan durante gran parte de la noche, mientras los cuatro chicos ordenan (o en el caso de Sirius, colonizan con objetos desperdigados) sus respectivas camas y baúles.


De pociones y estornudos


La primera clase es Pociones. En las mazmorras. Bajan juntos y cuando caen de bruces contra aquel ecosistema de oscura humedad, Sirius pone su mejor cara de asco.

—Huele como mi casa.

—¿Tu casa huele como algo que lleva demasiados años muerto? —dice James sonriendo.

—Solo cuando toca limpieza general. El resto del tiempo es considerablemente peor.

Gryffindor tiene esa clase con Slytherin, y Lily Evans aprovecha para sentarse con Snape. El uniforme del chico está manchado con algún tipo de sustancia negruzca sobre la que Lily prefiere no preguntar.

—Hola.

—Hola.

—¿Ya no estás enfadada conmigo?

—Si no me recuerdas que estaba enfadada, no.

—Bien.

Su profesor se llama Elphias Stuart y está sustituyendo a Horace Slughorn, quien se ha tomado un año sabático, les dice. Stuart les explica el funcionamiento básico de todo el material de Pociones, y eso es mucho material. Solo Lily, Remus y Severus toman apuntes. El resto de alumnos buscan entretenimiento en el aula en que se encuentran, paseando la mirada por encima de las interminables hileras de tarros y frascos cuyos contenidos tal vez no quieran conocer. Sirius graba su nombre en la mesa con una navaja que solo Merlín sabe de dónde ha sacado, y James dibuja una escoba en el margen de la primera página de su libro de texto.

Hacia la mitad de la clase, Stuart les informa de que van a preparar una poción, un sencillo brebaje para estornudar cuyo nombre todos olvidan a los pocos segundos. Esto despierta a los alumnos de su sopor y les hace responder con entusiasmo. Al fin y al cabo, no todos los días hace uno su primera poción.

Colocan cuidadosamente los ingredientes junto a los calderos y aguardan casi botando de excitación en sus sillas, ansiosos por empezar. Pero su ilusión se evapora en pocos minutos.

La preparación de pociones no es, como ellos habían pensado, jugar a que cocinan magia. Exige precisión, meticulosidad y sobre todo mucha, mucha paciencia. Y algunos no andan precisamente sobrados de eso.

Tras un cuarto de hora mirando cómo Sirius remueve la poción (tres veces en sentido de las agujas del reloj, dos en sentido contrario, vuelta a empezar) y de añadir polvo de Doxy cada minuto, James llega a la terrible conclusión de que Pociones es una asignatura aburrida.

Y como ya se ha mencionado, James Potter prefiere la tortura al aburrimiento.

Se inclina un poco hacia adelante para que Remus y Peter puedan escucharle.

—Chicos. ¿Qué creéis que pasaría si en lugar de una uña de zarigüeya echamos más?

—¿Más? —Sirius alza la mirada sin descuidar la poción.

—Sí, más. Por ejemplo… ¿diez uñas de zarigüeya?

—El profesor Stuart ha dicho una, Potter, y me juego lo que sea a que por algo será —Remus añade la dosis correspondiente de polvo de Doxy sin apartar la vista de su caldero. Su voz suena tranquila. Razonable. Lógica.

—Ya, pero… ¿qué pasaría?

—Algo peligroso —aventura Peter, estremeciéndose.

—Algo probablemente poco recomendable —suspira Remus.

—Algo divertido —resume Sirius con los ojos brillantes y una sonrisa de hiena sin dejar de remover—. Comprobémoslo.

Es Peter quien les pasa las diez uñas de zarigüeya desde el armario de los ingredientes bajo la atenta y reprobatoria mirada de Remus. Aprovechando que Lily se ha levantado a por más polvos de Doxy, Sirius comienza a tirarle bolitas de papel a Snape para distraerle, proporcionándole unos segundos de oro a James para deslizar las uñas dentro del caldero del Slytherin y regresar discretamente a su sitio.

Después los cuatro Gryffindor (Remus incluido, aunque nunca lo admitiría) observan por el rabillo del ojo a Snape, aguardando con nerviosismo el resultado de su pequeño experimento.

Severus se quita bolitas de papel del pelo mirando con odio a Sirius. Luego se inclina rápidamente hacia su caldero, recordando con alarma que ha dejado de remover. Y entonces su cara se empapa de la nube de vapor amarillo que emerge explosivamente de la poción.

Snape arruga la nariz apartándose de golpe. Y el efecto es casi inmediato.

—¡Atchís!

Y los ojos de Peter se abren de sorpresa.

—Ah… ah… ¡atchís!

Y Remus alza una ceja con curiosidad.

—Ah… ah… aaaaah… ¡ATCHÍS!

Y tanto Sirius como James se miran fascinados conteniendo las carcajadas.

—¡AAAAATCHIIIIÍS!

—¡Severus! ¿Qué te pasa? —es Lily, que ha vuelto con el polvo, quien hace esa pregunta.

—Yo no… no puedo… es… ¡atchís!

—Snape, ¿qué ha hecho? —Stuart se acerca a su mesa con el gesto torcido en una mueca de reprobación y preocupación a partes iguales.

—¡Nada! Yo solo… ¡aaaatchís!

—Vaya por dios. Les dije que no bebieran la poción, muchacho.

—¡No he…! ¡ATCHÍS! ¡Yo no…! ¡AAAAAATCHÍS!

Stuart chasquea la lengua con disgusto.

—Diríjase ahora mismo a la enfermería, Snape. No puede trabajar así. Jovencita, acompáñele, por favor.

—Pero… pero… ¡atchís!

—Vámonos, Severus, anda —dice Lily, cogiéndole del brazo y tirando de él.

Mientras ambos salen del aula y Stuart masculla algo sobre la desobediencia de la incauta juventud, el resto de la clase susurra por lo bajo comentando lo ocurrido sin esforzarse en ocultar sus sonrisas. Sirius, Peter y James se esconden tras sus libros sin dejar de reír, e incluso Remus tiene una pincelada de diversión colgando de la comisura derecha de sus labios.

Pensándolo mejor, se dice James, quizá las pociones no sean tan aburridas.


De quidditch y otras prácticas peligrosas


Han salido fuera. Ellos dos. Sirius y James. A su paso algunos alumnos mayores se quedan mirando a Black con una mezcla de respeto, curiosidad y, en el caso de los leones, también un poco de desagrado.

James no se da cuenta. Sirius finge que él tampoco.

James no sabe qué significa ser un Black. Sirius preferiría no saberlo.

Caminan juntos, uno al lado del otro. Hablan de todo y de nada. Resulta que tienen muchas cosas en común. Cosas como los bollos de mantequilla y mermelada, los sábados por la tarde, un odio compartido hacia Slytherin o cierta tendencia hacia lo prohibido.

Cosas como el quidditch.

Se dirigen al estadio, que es enorme y aguarda vacío y hambriento a que comience la Liga. Entran desde los vestuarios de Gryffindor y suben a las gradas a zancadas, deseosos de respirar hondo en primera fila imaginando que ven un partido de verdad a tan solo unos metros de ellos.

Cuál es su sorpresa al descubrir que realmente sí hay alguien jugando al quidditch allí.

Es de Ravenclaw, a juzgar por su corbata descolocada que se sacude al viento. De cuarto, tal vez quinto curso. Un chico que recorre el perímetro del campo a velocidades vertiginosas, haciendo piruetas y acrobacias de riesgo.

James y Sirius le contemplan extasiados con los ojos muy abiertos hasta que el chico les descubre y se acerca a ellos con el ceño fruncido.

—Eh, vosotros. ¿Qué hacéis ahí?

—Mirar. ¿Y tú? —el Ravenclaw observa a Sirius y parpadea sorprendido ante tal descaro y seguridad en un crío de… ¿cuántos, once años?

—Entrenar —responde, enderezándose en la escoba y acercándose un poco más a las gradas hasta bajarse de la escoba y ponerse de pie—. Las pruebas son dentro de una semana y quiero estar preparado. Aunque es obvio que volverán a elegirme buscador. No hay nadie mejor que yo.

—¿Las pruebas? —James está repentinamente interesado. El Ravenclaw asiente.

—Ya sabes, para la formación de los equipos. Aunque Gryffindor está perdido haga lo que haga. Su único jugador aceptable era su buscador, Orwell, un digno rival… pero el año pasado se graduó y ahora no tenéis a nadie que valga la pena.

—Podríamos encontrar a alguien que sea bueno. ¿Y si yo me presentara a las pruebas? —cuanto más habla James, más le brillan los ojos.

—¿Presentarte? ¿Tú? —el Ravenclaw pasa por dos segundos de incredulidad antes de echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada—. ¡No seas patético! Harías un ridículo histórico. Además, los de primero no pueden entrar en los equipos.

—¿Y eso por qué? —esta vez es Sirius quien habla, frunciendo el ceño en completo desacuerdo. Aunque él no tenga intención de presentarse a las pruebas, saber que tendría esa posibilidad vetada en caso de que quisiera hace que se enfade.

—Pues porque el quidditch es un deporte muy peligroso, y más aún para mocosos como vosotros —declara el Ravenclaw con un aire tan petulante e insultante que James casi tiene que sujetar a Sirius para que no se le tire encima.

—¡Podríamos conseguirlo! —protesta.

—¡Claro que podríamos! ¡Y yo voy a intentarlo!

Y antes de que el Ravenclaw tenga tiempo siquiera de mirar dos veces, James le arrebata la escoba y salta por encima de la valla al vacío.

Tanto Sirius como el otro chico sueltan una exclamación ahogada y se asoman alarmados para ver a James sobre la escoba, tratando de equilibrarla sin demasiado éxito. El artefacto va peligrosamente rápido y efectúa más giros de los que James puede o sabe controlar. Al fin y al cabo, hasta ese día él solo había montado en la pequeña escoba de juguete que sus padres le regalaron por su sexto cumpleaños y que no se elevaba a más de un metro del suelo.

Eso es distinto. Es abismal y aterradoramente distinto. Porque esa escoba corre y frena y sube y baja y cae y dibuja vueltas de campana, y James no es capaz de detenerla.

Sirius le grita hasta desgañitarse para y estás loco, sintiéndose inútil por no poder hacer nada más. El Ravenclaw se apresura a sacar la varita para evitar el accidente que resulta evidente que va a producirse, pero no es lo suficientemente rápido.

Y cuando la escoba asciende hasta lo más alto para después volver a caer en picado directa al suelo, James cierra los ojos justo a tiempo para no ver el desastre.