Capítulo 7

Aquel lugar que los príncipes le habían mostrado parecía el perfecto para pasar sus tardes, estaba cerca del palacio y lo hacía sentirse más seguro ya que, a pesar de que no había vuelto a ver a esos tres enanos y sabía que ninguno de ellos se atrevería a cruzar por las calles donde vivía, debido a Niery, prefería mantenerse en un lugar como ese, con una excelente vista y en el que podía estar alerta todo el tiempo.

En ocasiones algunos enanos, como Balin, Dis o incluso Dwalin, por fin había descubierto el nombre de aquel enano con la cabeza llena de símbolos y esa actitud brusca que siempre tenía en el rostro. Sin embargo, Dwalin no era exactamente lo que aparentaba, en realidad era alguien muy agradable con quien platicas, además él había sido quien se había encargado gran parte del entrenamiento de los príncipes, y, de acuerdo con ellos era un buen guerrero y gran amigo de Thorin.

Bilbo comenzó pasando su tiempo con los libros que le había llevado el rey y, aunque eran maravillosos y las historias eran verdaderamente interesantes, se dio cuenta de que lo mejor era empezar a lo que había llegado a hacer. Y, un día decidió llevarse todo lo que necesitaba en su pequeño morral de piel y, después de salir de la biblioteca y asegurándose de que nadie más planeaba seguirlo, decidió sentarse cómodamente y comenzar su trabajo. Lo cual iba a ser tardado y difícil, porque, lo primero que tenía que hacer antes de hacer la corona, era liberar a las flores de todas y cada una de sus espinas y ya que tenía que hacer sacrificios para compensar el hecho de que las había separado del suelo donde habían crecido, tenía que hacerlo sin la ayuda de ningún artefacto. Por lo que sus manos desnudas eran la única herramienta que se podía utilizar.

Fue doloroso, más de lo que él había imaginado. Cada espina parecía lo suficientemente afilada como para rasgar su piel y dejar un rastro fino de sangre sobre sus palmas. Y, aunque se le escaparon unas cuántas lágrimas silenciosas, se mordió el labio para tratar de soportar la sensación. Era un sacrificio que tenía que hacer a cambio de volver a ver a Frodo completamente consciente de nuevo, por lo que valía la pena hacerlo.

Estaba tan concentrado en su tarea, que no se percató que alguien más había llegado hasta donde se encontraba, hasta que escuchó la voz profunda que se dirigió a él.

-¿Bilbo, qué sucede?

El hobbit levantó la cabeza y se dio cuenta de la expresión preocupada, casi horrorizada en la expresión de Thorin. El rey se arrodilló junto a él inmediatamente, observando sus manos hinchadas y llenas de heridas con sangre fresca que brotaba de su piel.

-¿Qué haces?

Thorin trató de quitarle la flor de las manos, pero Bilbo se alejó de él. Sabía que si alguien lo observaba haciendo aquello no comprendería y tarde o temprano tendría que dar alguna explicación, pero jamás había esperado que el primer enano que tendría que enfrentarse sería él. Y nunca había anticipado la expresión de profunda preocupación en aquellos ojos azules. Parecía que cada herida que tenía el hobbit en las manos también le lastimaba a él.

-Tú no entiendes, Thorin. Tengo que hacer esto -trató de explicarse.

-Pero, ¿por qué tienes que hacerte daño? -preguntó el enano, como si fuera una súplica, como si lo pudiera hacer detenerse con esa pregunta.

-Debe ser así -fue la única respuesta que le dio Bilbo.

-¿Por qué? -insistió Thorin y el hobbit supo que trataba de hacer un esfuerzo, que intentaba entender...

Pero él no podía decirle nada. Desvió la mirada y guardó silencio. Thorin asintió sin decir más y se puso de pie. Bilbo lo vio marcharse con una extraña sensación en la garganta. No era que todo ese tiempo que no lo había visto hubiese extrañado su presencia, no era que detestaba verlo alejarse o que quisiera que se sentara junto a él. No lo necesitaba de todas maneras.

Por lo que continuó con lo que estaba haciendo y fingió que las nuevas lágrimas que brotaban de sus ojos eran por cansancio y dolor físico, nada de eso tenía que ver con que aquel enano había decidido dejarlo solo.

Su corazón era un traidor, sin embargo, porque, en el momento en que notó, momentos después (cuando estaba por terminar de dejar a la segunda flor sin espinas) que Thorin regresaba, aquel traidor dio un vuelco de gusto.

Aunque trató de fingir que estaba demasiado ocupado con lo que hacía como para dirigirle una mirada al enano. Mas estaba perfectamente consciente de cada uno de sus movimientos y de que su expresión se cubría de dolor cada vez que él, sin poder evitarlo, gemía debido a que alguna de las espinas volvía a lastimar su piel. Después de un rato, sin embargo, logró terminar. Y estaba tan adolorido que sabía que no podría comenzar a hacer la tiara hasta el día siguiente, por lo menos, cuando sus manos estuviesen menos hinchadas o el ardor que sentía se hubiese esfumado. Pero logró guardar todo nuevamente, recordaba que también tendría que usar las espinas después, para quemarlas antes de colocar la tiara sobre Frodo.

Thorin lo observaba atentamente. Y sólo en ese momento el hobbit se dio cuenta de que llevaba varios objetos consigo; un tazón con agua, un pedazo de tela suave y limpio y algo más, que él no llegó a distinguir porque la voz del rey lo volvió a distraer.

-¿Terminaste?

El hobbit asintió, un poco confundido y se sorprendió al darse cuenta de que el enano se sentaba junto a él y tomaba, con mucho cuidado, una de las pequeñas manos de Bilbo entre las suyas, el contraste era impresionante. Por un momento, pensó en resistirse, pero la mirada cálida de Thorin lo detuvo. Como si tuviese todo el tiempo del mundo, mojó el pedazo de tela en el agua y sólo entonces se percató que tenía pedazos de hierbas y plantas, no tuvo que pensar mucho para que saber que se trataba de alguna receta para curación, porque su piel sintió inmediato alivio cuando el agua tibia hizo contacto con las palmas de sus manos.

Después de limpiar sus manos cuidadosamente y secarlas, Thorin las vendó y cuando terminó, Bilbo descubrió que se sentía mucho mejor. Volvió a levantar la vista y le sonrió ampliamente al enano, quería hacerle saber que estaba profundamente agradecido por lo que había hecho, pero parecía que las palabras no eran suficientes para expresarlo todo.

Por lo que, con una de sus manos recién vendadas, acarició la barbilla de Thorin que estaba cubierta por una espesa y oscura barba. El rostro del enano se encendió de color rojo y se aclaró la garganta antes de desviar la mirada. Sin embargo asintió, como si tratara de decirle que entendía el mensaje.

Cansado, decidió no levantarse en ese momento, sino que se dejó caer completamente sobre el suelo ahora lleno de hojas de colores cafés y naranjas. Thorin se sentó a un lado de él, en silencio y aunque ninguno de los dos habló en un rato, Bilbo se sintió completamente feliz con sólo estar consciente de la presencia del rey al lado de él. Estaba tan relajado que se permitió cerrar los ojos por un momento.

Escuchaba voces cerca de él, pero no podía identificarlas bien, parecía que estaban cerca, pero hablaban despacio, suave, con cuidado, como si no quisieran ser escuchadas. Después, se dio cuenta del movimiento y de la posición en la que estaba; cubierto perfectamente por lo que parecía un abrigo y rodeado por unos fuertes brazos que lo mantenían sostenido con firmeza. Fue hasta ese momento que abrió los ojos y se asustó un poco al darse cuenta de que ya no estaba recostado en el suelo de aquella colina, que era lo último que recordaba. Pensando que iba a caerse, levantó los brazos y se aferró a lo que tenía más cerca; sus brazos rodearon el cuello de Thorin para sostenerse.

El rey le sonrió.

-Tranquilo, ya casi llegamos -le aseguró.

Entonces Bilbo se dio cuenta de que estaban ya en la calle donde vivía y que sólo estaban a unos pasos de su casa. También se dio cuenta de que alguien iba al lado de ellos.

-Me ayudaría un poco si me dijeras dónde se encuentran las llaves -dijo Niery, sonriéndole. Se dio cuenta de que Thorin le había pasado el morral de piel en el que llevaba todos los utensilios para hacer la tiara. Y ya que estaba todavía muy cansado y medio dormido, no dudó en sacar la llave los bolsillos de su chaleco y dársela. La enana la tomó y se adelantó un poco, para abrirles la puerta.

-¿Me cargaste todo el camino hasta aquí? -le preguntó a Thorin. Ya estaba recuperando un poco su consciencia como para darse cuenta de lo que ocurría, de pronto, se sintió un poco avergonzado.

-No debes preocuparte, Bilbo. Eres demasiado pequeño, casi no pesas nada -respondió el rey, divertido. Y en realidad, por su expresión, parecía que no le costaba mucho llevarlo en brazos.

-Ser pequeño no es malo -replicó él, frunciendo el ceño. Lo cual sólo hizo que la sonrisa del enano se hiciera más amplia. Además, le pareció que Niery reía por lo bajo, aunque no estaba del todo seguro, porque en ese momento se encontraba dándoles la espalda, demasiado ocupada abriendo la puerta. Por fin, la perilla giró y ella les sostuvo la puerta para permitirles entrar.

-Yo nunca dije que fuera malo, en realidad creo que te sienta bien -continuó Thorin-. Siempre he pensado que te ves adorable.

Bilbo sintió el momento exacto en el que su rostro cambió de color, era como tener dos compresas calientes pegadas a sus mejillas. Y supo que Thorin lo había visto perfectamente.

-Ya que cumplí con mi misión -intervino entonces Niery, sólo para apenar al hobbit más-, los dejaré solos.

Una vez que la enana cerró la puerta, el hobbit todavía duró observando la entrada con el ceño fruncido, como si la puerta le hubiese hecho alguna ofensa, lo cual sólo hizo reír a Thorin nuevamente. Fue entonces que Bilbo se dio cuenta de que seguía en sus brazos y decidió que era el mejor momento de bajar. Sin embargo, Thorin no lo hizo inmediatamente ni lo colocó en el suelo como él esperaba, sino que lo puso, suavemente, sobre una de las sillas que se encontraban en el área de la cocina.

-¿Tienes hambre? -preguntó entonces el enano, a lo que Bilbo no tardó en asentir, aunque, cuando se dio cuenta de lo que él iba a hacer se levantó rápidamente de la silla.

-Yo puedo...

Pero entonces se interrumpió al darse cuenta de que Thorin observaba sus manos vendadas. Insistió.

-No soy un experto en cocina como tú, pero puedo hacer algo para calmar nuestra hambre, por lo menos -ofreció sonriendo y Bilbo no pudo evitar corresponder a ese gesto porque había descubierto que disfrutaba mucho de su compañía.


Duró algunos días más en hacer la tiara o, por lo menos, en comenzar a construirla con las dos flores que tenía. Sin planearlo en voz alta, Thorin lo había acompañado todos y cada uno aquellos días hasta que terminaba, después lo acompañaba a su casa. A veces Thorin le platicaba de sus largas horas con el Consejo, en alguna reunión con los enanos que representaban diferentes sectores de la población o simplemente escuchando las palabras de Balin y leyendo más libros acerca de la historia y la construcción de Erebor. Y Bilbo disfrutaba escucharlo hablar, no sólo porque le encantaba su voz profunda, sino porque en verdad le interesaba lo que decía. Incluso, una que otra vez se atrevió a hablar de sí mismo, de lo que le gustaba hacer en la Comarca, sin dejar escapar nada de los motivos que lo habían traído hasta Erebor.

Pero también disfrutaba los momentos de silencio, en el que los dos se dedicaban sus actividades, pero se hacían compañía. Thorin traía, en ocasiones, algunos de los libros que Balin le sugería leer, pero también llevaba sus libros de poesía y a veces leía en voz alta para el hobbit y aunque él no podía entender ni una sola palabra de Khuzdul, podía apreciar la belleza detrás de una composición bien hecha y casi podía decir que sentía las emociones ocultas detrás de aquella creación.

O, en ocasiones, Thorin le pedía que llevara los libros que él mismo le había dado y le leía los capítulos en los que Bilbo se había quedado la noche anterior, mientras el hobbit continuaba haciendo su tiara.

Otras veces ambos detenían lo que estaban haciendo para observar la puesta de sol. Bilbo no podía dejar de fascinarse con los colores cada vez que sus ojos la veían y se giraba para compartir ese momento con el enano, sólo para darse cuenta de que Thorin lo había estado observando todo ese tiempo. Entonces su corazón se agitaba, emocionado y él luchaba por no ruborizarse cada vez que el rey le sonreía de aquella manera.

-Sabías... ¿Te has dado cuenta de que tu cabello brilla como el oro cuando lo toca el sol? -le preguntó el enano, una de esas ocasiones.

-Yo... creo que estás exagerando, Thorin -Bilbo había tratado de resoplar y fruncir el ceño, a pesar de que su rostro estaba completamente ruborizado.

-Es cierto -insistió el enano y, por un instante, Bilbo pensó que iba a extender su mano y acariciar su cabello, pero pareció cambiar de opinión porque en lugar de ello desvió la mirada-, he visto el oro muchas veces como para asegurarte que tu cabello brilla de la misma manera.

Había otros días, también, en los que todo parecía cubrirse en un velo de tristeza, en los cuales Bilbo no paraba de dirigir su mirada al horizonte pensando en Frodo y en la Comarca. Pensaba en lo mucho que le faltaba por volver a estar con él. Y parecía que Thorin lo notaba; se había vuelto muy bueno interpretando sus estados de humor.

-Ya casi se acerca el invierno y pronto le seguirá la primavera -le decía Thorin, como si adivinara sus pensamientos. Pero la sonrisa que se dibujaba en su rostro para tratar de animarlo no llegaba hasta sus ojos, en realidad, su mirada parecía cargarse de pena y soledad. Y aquello sólo lastimaba más al hobbit, quien a veces sentía ganas de abrazarlo y no dejarlo ir.

Pero eso sería cruzar la línea. Por lo que se abstenía de hacerlo.

Finalmente, la tiara estaba completa en su estructura y tenía las dos flores que Bilbo había logrado recolectar en el camino a Erebor, por lo que sólo le quedaba esperar. Y, aunque él y Thorin conservaron la costumbre de reunirse en aquella colina después de que terminaba la hora de trabajo del hobbit en la biblioteca, el rey pronto le dijo a Bilbo que iba a pasar una semana sin poder verlo, ya que tenía muchas cosas que hacer. Además, de acuerdo con lo que Fili y Kili le habían contado al hobbit, su tío seguía teniendo problemas con aquel grupo que se oponía a su reinado.

-Haré lo posible por verte pronto -le prometió Thorin, tomando sus manos entre las suyas y acercándose para que sus frentes hicieran contacto. Le sonrió y el hobbit no dudó en corresponder a aquella sonrisa.

-De acuerdo -aceptó esa promesa y la conservó en su corazón.

Esa noche, cuando regresó a casa, se preguntó porque aquella amistad que se había formado entre ellos se sentía diferente. Era cierto que en la Comarca nunca había tenido amigos verdaderos y los que había logrado hacer en Erebor eran recientes como para decir que conocía perfectamente todos los aspectos de una amistad como para diferenciarla de las demás. Y, aún así, sentía que con Thorin era diferente.


No tuvo que pasar una semana para Bilbo pudiese ver a Thorin otra vez, el problema fue las circunstancias que propiciaron aquel encuentro.

Era tarde e iba regresando de la biblioteca. Ori y él se habían quedado un rato más acomodando todo el desorden que habían hecho unos pequeños enanos en la sección infantil. Y, aunque el enano le había insistido en que podía irse temprano, Bilbo había querido quedarse a ayudar. Los últimos días sin la compañía de Thorin se le habían hecho más largos, por lo que era mejor mantenerse entretenido para no pensar en el rey por tanto tiempo.

Fue cuando entró a la calle donde vivía que comprendió que algo andaba mal, muchos de sus vecinos tenían los rostros asomados por las ventanas, algunos de ellos se habían atrevido incluso a salir de sus casas. Bilbo podía escucharlos hacer comentarios en Khuzdul mientras él pasaba.

Entonces vio a Niery afuera de su casa, con una de las dagas que ella guardaba consigo firmemente aferrada en su mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía la pequeña mano de Gimli.

Cuando la enana lo vio, una expresión de alivio cruzó sus facciones.

-Me alegra saber que estás bien...

Pero el hobbit no le permitió terminar ya que siguió la dirección de su mirada y se dio cuenta de que la puerta de su casa había sido echada abajo y que en las paredes había símbolos pintados agresivamente... aunque no podía entender ninguno de ellos, estaba seguro que eran frases de odio dirigidas a él.

-¡No, Bilbo, no entres! -escuchó a la enana exclamar, pero no le hizo caso. Se adentró en la casa, desesperado por encontrar el morral de piel en el que guardaba con tanto cuidado su trabajo de días... las flores que con tanto esmero había cuidado...

Se fue dando cuenta conforme cruzaba la sala y la cocina, su casa había sido destrozada por completo y aunque sabía que podía vivir sin todas aquellas cosas, que nada de eso le afectaba directamente, le dolió saber que alguien lo odiaba tanto como para hacer aquello. Por supuesto, no tardó en imaginarse quiénes habían sido. Sin embargo, no tuvo más tiempo de pensar en esas cosas cuando vio su habitación y se dio cuenta de que la tiara estaba en el suelo, completamente destrozada y los pétalos de las flores regados por todos lados, como lágrimas blancas sobre el suelo de su alcoba.

Se dejó caer de rodillas. Y trató de tomar todos y cada uno delos pétalos, así como las ramitas que había recolectado para formar la tiara, sabiendo que no había manera de reparar aquello. Entonces se arrastró hasta el rincón de la habitación, con lo que quedaba de las hermosas flores sobre su regazo y no pudo evitar llorar. Porque se aquel día se sintió más alejado de Frodo que nunca.

Como en un sueño borroso, vio entrar a Niery y a su esposo, Gloin, ambos trataron de ayudarlo y sacarlo de ahí, pero el hobbit no les permitió acercarse. Se sentía demasiado destrozado como para moverse. Después y el hobbit no sabía si fueron minutos u horas las que pasaron, llegaron Fili y Kili; ambos se arrodillaron ante él, tratando de consolarlo.

-Thorin y Dwalin llegarán pronto -le aseguró el castaño.

-Vamos, Bilbo, tenemos que salir de aquí -Fili trató de acercarse, pero el hobbit simplemente se encogió más hacia la pared. El príncipe entendió el mensaje, pero no se apartó de él.

Se comenzó a escuchar mucho ruido afuera, pero Bilbo apenas prestaba atención, por lo menos hasta que Thorin entró en la casa. Y el hobbit vio la expresión en su rostro de preocupación que atravesó sus ojos al momento de ver al hobbit.

-¿Te hicieron daño?

-No -logró decir.

Kili había salido y regresado para decir que Dwalin había logrado atrapar a uno de los enanos responsables del incidente.

Fili dijo algo en Khuzdul, a lo que su tío respondió con otras palabras y un asentimiento de cabeza antes de arrodillarse ante Bilbo y acercarse un poco a él. Pero nunca hizo un intento por tocarlo.

-Perdóname, Bilbo -fueron las primeras palabras que Thorin dirigió hacia él, después de un rato, lo cual sólo sirvió para confundir al hobbit-, si yo te hubiese cuidado mejor como era mi responsabilidad esto no habría pasado, no sabes lo mucho que me duele verte así y no sabes lo mucho que lamento que esto te ocurriera.

Bilbo quiso decirle que él no tenía ninguna responsabilidad de cuidarlo y que nada de ello había sido su culpa. Pero estaba muy cansado y su garganta estaba demasiado lastimada por su propio llanto como para decir algo.

-Pero, si confías en mí nuevamente para permitirme protegerte, te prometo, por mi vida, que no voy a dejar que nadie te vuelva a hacer daño -continuó Thorin y el brillo en sus ojos era tan sincero, que al hobbit le costó retener las nuevas lágrimas que amenazaban con escaparse de sus ojos. Sin decir nada, se acercó al enano y rodeó su cuello con sus brazos, aferrándose a él como si fuera lo único que le quedaba. Sollozó un poco más sobre su hombro y permitió que el enano lo tomara entre sus brazos y lo levantara del suelo.

-Destrozaron todo -dijo, llorando nuevamente. Mientras los pétalos que habían estado en su regazo caían al suelo una vez más.

-Lo sé, lo siento -fue la respuesta de Thorin y tomó una de sus manos que apenas se había curado, donde todavía se podían ver las cicatrices que habían dejado las espinas de aquellas flores, las cicatrices de su trabajo que tendría que empezar otra vez. El enano acercó la pequeña mano del hobbit a sus labio y la besó con ternura-. Te prometo que encontraré a todos los que hicieron esto y les daré el castigo que se merecen.

Salieron. Bilbo se dio cuenta de que había muchos enanos y enanas afuera, observando todo lo que sucedía. Muchos de ellos parecían interesando en el hecho de que su rey estuviese llevando en brazos al hobbit que había llegado hacía tiempo a Erebor. Pero Bilbo no tenía energía para pensar ellos. Lo que llamó su atención, sin embargo, fue la figura que estaba en el suelo, siendo aplastada por la bota de Dwalin, quien le gritaba algunas cosas en Khuzdul. El enano entonces levantó la vista y su mirada se encontró con la Bilbo, él lo reconoció como uno de los que lo habían tratado de atacar aquel día, en el bosque.

En el rostro del enano se dibujó una sonrisa torcida cuando sus ojos se posaron sobre Thorin y después sobre Bilbo y soltó un torrente de palabras en Khuzdul, las cuales sonaron como si las hubiese escupido con desprecio.

Thorin se puso rígido en ese momento, Bilbo vio un destello de ira en sus ojos.

-¿Cómo te atreves? -dijo Kili, en lengua común, parecía que quería acercarse al enano, pero su hermano lo detuvo del brazo. Aunque Fili también se veía furioso.

Entonces el rey colocó al hobbit en el suelo con delicadeza, cerca de sus sobrinos a los cuales les pidió que lo cuidaran.

-¿Qué va a hacer? -preguntó entonces Bilbo, confundido-. ¿Qué fue lo que dijo el enano?

-Algo sobre ti -le respondió Fili. Y, pronto, su primera pregunta fue contestada porque Thorin tomó al enano del cuello y lo levantó del suelo con tanta facilidad que Bilbo pensó que tal vez había subestimado su fuerza.

Thorin le dijo, o mejor dicho le gritó al enano algunas cosas en su lengua, sin importar las expresiones de sorpresa en los rostros de los espectadores. Después lo dejó caer, a tiempo para que el enano pudiese respirar otra vez y le indició algo a Dwalin a lo cual el enano asintió esbozando una sonrisa que a Bilbo le pareció aterradora.

El hobbit hubiese tenido miedo, sobre todo después de lo que había visto, cuando Thorin se acercó nuevamente a ellos, si no fuera porque su expresión se había transformado nuevamente, sus ojos se mostraron suaves y cálidos cuando su mirada se volvió a encontrar con la de Bilbo y aunque el hobbit trató de protestar, el enano lo tomó entre sus brazos y lo levantó del suelo nuevamente.

Thorin lo colocó sobre la montura de su poni y se subió detrás de él.

-¿A dónde vamos?

-Al palacio, ahora vivirás ahí, conmigo. Estarás mucho más seguro, lo prometo -le dijo, sin darle tiempo a Bilbo para protestar.

Ni siquiera cuando llegaron Thorin le permitió seguir a pie, a pesar de que se sentía un poco mejor y capaz de seguirlo caminando. El enano lo tomó entre sus brazos otra vez y, cuando se encontraron con Dis, le explicó todo lo que había sucedido. La expresión de enojo de la princesa era todavía más aterradora.

-¡Inconcebible! -exclamó, después de soltar unas cuantas palabras en Khuzdul. Después se giró hacia el hobbit y su voz volvió a suavizarse-. ¿Estás herido?

Bilbo negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Y se permitió enterrar el rostro en el pecho de Thorin. El enano se disculpó con su hermana y le dijo que iba a llevar al hobbit a su habitación. Cuando llegaron y a pesar de que todavía estaba asustado y dolido, no pudo evitar notar lo enorme que era aquel lugar. Ni siquiera pasó desapercibido a su mirada el hermoso escritorio o el estante lleno de libros. Se preguntó si esa habitación le había pertenecido a alguien o quizás todavía lo hacía.

Thorin lo colocó sobre la cama. Una de sus manos acarició su rostro y se detuvo en su cabello.

-Nadie te hará daño otra vez.

El hobbit esbozó una débil sonrisa en respuesta y asintió, porque, le creía; se sentía mucho más seguro estando cerca de Thorin. Y sólo por eso se permitió cerrar los ojos, porque él estaba sentado cerca de él y sentía que sólo así podría descansar. Sabía que todo lo que había ocurrido lo atormentaría en la mañana, pero, por el momento, esperaba dormir y no soñar acerca de nada.