"Un hermano generoso, cuya bondadosa naturaleza es tan ajena a la malicia que no la sospecha en los demás."

"He disparado mi flecha por encima de la casa y he herido a mi hermano."

William Shakespeare

1 – He disparado mi flecha

Watson

No ha sido mi costumbre, al exponer ante el público aquellos problemas que mi amigo Sherlock Holmes dedicó su existencia a resolver, dar a conocer aquellos casos particulares que me afectaron de manera personal. Pese a vivir con el detective más destacado del mundo, en ocasiones uno también tenía sus propios problemas.

Pero recientemente he recibido un telegrama del propio Holmes, sugiriéndome hacer públicos los hechos de este caso particular. Y ya que mis publicaciones rara vez cuentan con su aprobación, aprovecharé esta oportunidad e intentaré dejar constancia de esos eventos por escrito antes de recibir otro telegrama en el que se retracte.

Comenzó, tal como recuerdo, el veinticuatro de noviembre, una tarde muy fría y húmeda de 1887, no mucho después del caso concerniente a Jonathan Small y el fabuloso tesoro de Agra. Tengo una buena razón para recordar ese caso, porque fue a su conclusión cuando la señorita Mary Morstan me concedió el honor de aceptar convertirse en mi esposa.

Regresaba a casa desde mi consultorio y aunque la tarde era deprimente y la lluvia constante, no podía enfriar el ardor que sentía por la angelical criatura que en ese momento ocupaba mis pensamientos, la que tan generosa había sido al aceptar pasar el resto de su vida conmigo.

Mary, en la época de la que hablo, había contraído un severo resfriado, y tanto yo como su patrona, la señora Cecil Forrester, le habíamos implorado que se tomara unas vacaciones en una zona menos inclemente que Londres.

En consecuencia, había transcurrido más de una semana desde la última vez que viera a mi novia, y ya me sentía melancólicamente soñador, o citando exactamente las burlonas observaciones de Holmes, "como un niño grande enfermo de amor". Pero la mayor parte de sus chanzas eran bienintencionadas. Sentía un sincero respeto por Mary y eso me alegraba.

Mis pensamientos no hacían más que volverse felizmente en su dirección, y me dedicaba con afán a planear todas las cosas que haríamos juntos en cuanto regresara de sus vacaciones.

Por consiguiente, ni siquiera notaba la lluvia escurriéndose por las descoloridas paredes de ladrillo de los edificios que me circundaban. Y no reparé en lo más mínimo en las dos figuras oscuras que, abandonando el sombrío portal ante el que acababa de pasar, se situaron sigilosamente a mi espalda, a un paso por detrás de mí.

La primera y única señal de advertencia que percibí fue el roce de una bota sobre el húmedo pavimento. Me volví y alcancé a ver brevemente dos siluetas antes de sentir un dolor en mi hombro y caer de rodillas sobre el suelo mojado.

Cualquier oportunidad de devolver el golpe quedó eliminada debido al hecho de que éste, dirigido al hombro en el que me habían herido durante la batalla de Maiwand, duplicó mi dolor, dejándome impotente.

Mis atacantes dudaron, como si les sorprendiera haberme reducido con tanta facilidad. Entonces, el más bajito de los dos se inclinó y extendió una mano hacia mi maletín negro.

Le lancé un puñetazo a la mandíbula que lo envió rodando hacia atrás. Comencé a incorporarme, todavía aferrando mi hombro. El golpe me había dejado aturdido y sabía que no estaba en condiciones de luchar contra dos atacantes a la vez. Si le hubiera hecho suficiente daño a aquel hombre, podría ocuparme de su compañero. O podría pedir ayuda. Seguro que, incluso a una hora tan intempestiva, habría alguien levantado. Sólo estaba a una manzana del apartamento que Holmes y yo compartíamos.

El segundo atacante corrió hacia mí enarbolando una porra, el instrumento con el que, sin duda, me había golpeado en el hombro. Esquivé su ataque, agradeciendo ahora las muchas horas de práctica de baritsu y boxeo a las que Holmes me había sometido.

Me las arreglé para descargar varios golpes en su abdomen y uno en su nariz. Lanzó un grito, agarrándose su sangrante apéndice roto y sentí un rubor de triunfo que acalló el dolor y el frío. Quizá no requiriese ayuda.

Puede que no, pero nunca tuve la oportunidad de averiguarlo, porque había cometido un serio error: me había olvidado de mi otro atacante.

Y fui demasiado lento al esquivar el fulgurante golpe dirigido a mi cabeza.

Me acometió varias veces mientras yo me tambaleaba y luchaba por salir de mi aturdimiento. Cuando mi vista se aclaró por fin, fue sólo para ver que su compañero se había recuperado y volvía a sostener la porra.

Mi mundo se convirtió en un remolino de puños y rostros malévolos, sustituidos después por una masa de pies calzados con botas cuando al fin me desplomé en el suelo.

Me hice un ovillo, intentando proteger mis costillas y mi cabeza de sus despiadadas patadas mientras mi cuerpo sufría violentas punzadas a causa de los golpes que ya había recibido.

Por fin, al cabo de un rato se detuvieron, y yo me quedé inmóvil sobre el pavimento, resollando dolorosamente con cada respiración, sólo consciente, demasiado, de la sensación de la sangre caliente sobre mi rostro helado y su sabor metálico en mi boca.

Una voz norteña, áspera y rebosante de autoridad, se abrió paso a través de la niebla de dolor, demandando mi atención.

—¿Dónde está, doctor?

Abrí el ojo izquierdo (estaba bastante seguro de que el derecho estaba cerrado por la hinchazón) y lo centré con dificultad en las borrosas figuras que se alzaban sobre mí.

—¿Dónde lo ha puesto?

Sus palabras no tenían sentido en mi dolorosa semiinconsciencia. No podía pensar.

—¿Qué? —mascullé.

Una segunda voz se unió a la primera, manifestando un nerviosismo del que la otra carecía por completo.

—Quizá no debimos darle tan fuerte… ¿Y si se está muriendo?

—No se está muriendo.

Unas manos rudas agarraron las solapas de mi abrigo y mi rostro quedó a unas pulgadas de una cara sin afeitar que hedía a nauseabunda cerveza barata.

—¿Verdad, doctor? Todavía le quedan muchas ganas de pelear. Igual que al viejo Andrew. Pero usted es más listo que él, ¿verdad?

Forcejeé débilmente, en un vano intento de apartar la vista de aquel rostro terrible.

—Nos lo va dar... Volveremos a por él.

El rufián me soltó por fin, dejando caer mi entumecido cuerpo sobre el pavimento. Emití un gruñido al sentir una aguda punzada en mi cabeza, así que no vi cómo se desvanecían entre las sombras.

Mi mente era un torbellino, no sólo a causa de la paliza que acababa de recibir, sino también por aquel nombre. Un nombre que no había oído durante años. Un nombre que había pertenecido a mi hermano recientemente fallecido.

Andrew.

Pero esos pensamientos quedaron relegados al fondo de mi mente cuando un repentino estallido de dolor traspasó mi dolorido cuerpo. Comprendí que necesitaba ayuda y atención medica al estimar una posible conmoción y algunas costillas rotas entre mis heridas.

En mi mente embrollada y semiconsciente, la dirección 221-B de Baker Street parecía sonar como un fonograma estropeado, lo cual quería decir que me encontraba en un estado demasiado delirante para recordar, pero sabía que significaba ayuda. Ayuda y consuelo.

De algún modo conseguí ponerme en pie, tambaleante, y recorrer con paso inseguro los pocos cientos de yardas que me separaban de la casa. Tenía que llegar allí, no podía recordar por qué, pero tenía que hacerlo. Simplemente, tenía que hacerlo.