"Un hermano generoso, cuya bondadosa naturaleza es tan ajena a la malicia que no la sospecha en los demás."

William Shakespeare

Epílogo

Watson

—¿Y bien? —exclamé, impaciente.

Había entrado como un huracán en el dormitorio de Holmes y ahora estaba ante el umbral, separando los brazos de los costados para mostrarme mejor.

—¿Y bien qué, Watson? —preguntó, mirándome a través del espejo de su cómoda mientras se ataba su corbata de seda blanca.

—Bueno, ¿qué puede deducir de mi apariencia, Holmes?

Se giró para mirarme con una amplia sonrisa y los ojos chispeantes de buen humor.

—¿Acertaría si lo que deduzco es que al fin ha sido capaz de quitarse la venda de la muñeca, Watson?

—¡Asombroso, Holmes! ¡No sé cómo lo hace!

Soltó una risita, se puso la chaqueta y me dio un amistoso codazo cuando pasó rozándome en dirección a la sala de estar.

—¿No va a decirme cómo ha llegado a tan sorprendente conclusión?

Encendió su pipa con otra sonrisa y me apuntó con la boquilla, siguiéndome el juego.

—Es la primera vez en tres semanas que no he tenido que abrocharle el cuello de la camisa ni arreglarle la corbata —dijo significativamente.

Le sonreí.

—Sin embargo, ha vuelto a saltarse un botón, como le ha estado ocurriendo últimamente —prosiguió, echando un vistazo a mi almidonada camisa por encima de su pipa.

Me ruboricé, avergonzado, y bajé los ojos… sólo para descubrir que me había tomado el pelo sin piedad: mi camisa estaba perfectamente abrochada.

—¡En serio, Holmes!

Mi amigo miró por encima de mi hombro y ladeó la cabeza.

—¡Sube, Mycroft! —gritó.

Di un respingo ante tan estentórea exclamación, y a continuación escuché unos gruñidos de protesta que ascendían por las escaleras.

—Sólo son diecisiete escalones, Watson —dijo Holmes en respuesta a la pregunta que formulaban mis ojos—, y no conozco a ningún otro caballero que deba detenerse a descansar a medio camino en tan corto trayecto.

—¡Te he oído, Sherlock! —rezongó el caballero en cuestión, y su enorme mole apareció en el umbral.

Intenté borrar desesperadamente la sonrisa de mi rostro, pero fue inútil. Esa tarde estaba de muy buen humor. Habíamos regresado a Londres, nuestras heridas habían sanado, al día siguiente Mary y yo iríamos de excursión por primera vez después de casi un mes, y Holmes y yo teníamos entradas para la función de teatro de esa noche.

No había nada que pudiera borrar la sonrisa de mi cara.

—Bueno, hermano mío, ¿Whitehall te ha dado vacaciones después de llevar a ese grupo anarquista ante la justicia?

El mayor de los Holmes se derrumbó en el sofá con un triste gemido.

—Ni mucho menos. ¡Con todo el papeleo que se ha ido amontonando mientras correteábamos por Edimburgo, se diría que en esa oficina nadie hace nada cuando yo no estoy!

Holmes rió con disimulo y se sentó en su butaca. Yo me apoyé en la repisa de la chimenea, con las manos en los bolsillos de los pantalones y una enorme sonrisa en la cara, manifestando la completa felicidad que me embargaba al no sentir ya dolor alguno en mis costillas. Mycroft se volvió hacia mí, escrutándome con la mirada.

—Tiene mucho mejor aspecto, doctor —observó.

—Me gustaría creer que es una deducción que incluso yo, con mis pobres habilidades, podría haber hecho, señor Holmes —respondí, intentando mantenerme serio.

Holmes, detrás de mí, soltó un resoplido y se echó a reír al ver la expresión de su hermano. Mycroft puso los ojos en blanco y metió una mano en su enorme bolsillo.

—Ésta no es una mera visita de cortesía, caballeros.

—¿Alguna vez lo es? —inquirió Sherlock, enarcando una ceja.

—No —admitió el hombre, mirando severamente a su hermano menor—, y por eso… ¡algún día tu maldito sarcasmo te meterá en un lío, Sherlock! ¿Cómo ha podido soportarle todos estos años, doctor?

—Bueno…

—¿Debo recordarle, Watson, quién pagará la cena esta noche?

—Eh, sí. Bien, lo que iba a decir es que si lo soporto es porque… ¿ya es más una costumbre que otra cosa? —respondí, mirando a Holmes de reojo.

—Oh, muy gracioso, Watson.

Me miró con una expresión extremadamente infantil y se volvió hacia su hermano.

—Dinos entonces, hermano, qué favor necesitas para haber venido aquí esta noche.

—De ti, ninguno, Sherlock —replicó el hombre, fulminando a Holmes con la mirada—, así que deja de pavonearte. Traigo una misiva para el doctor.

—¿Para mí? —pregunté, sorprendido.

Mycroft asintió y me tendió una carta gruesa y rígida.

Cuando le di la vuelta al sobre y vi el emblema al dorso, sentí que el color abandonaba mi rostro y me dejé caer pesadamente en mi butaca, frente a Holmes, mirando a Mycroft con incredulidad.

Sus enrojecidos ojos grises exhibían una mirada de orgullo al proceder con la explicación.

—Doctor, a su hermano le han concedido una medalla por haber evitado aquella tentativa de asesinato. A título póstumo, claro. Por lo tanto, ha de ser el pariente más próximo quien acepte ese honor en la ceremonia. ¿Me hará el favor de asegurarse de que usted y Sherlock llegan a tiempo?

Su intento de darle a la última frase un toque de humor desenfadado no menoscabó la importancia del mensaje, y por un momento me quedé sin habla. Holmes se levantó y echó un vistazo por encima de mi hombro mientras yo miraba fijamente el sobre.

—Gracias —dije al fin en voz baja, todavía anonadado por este impactante giro de los acontecimientos.

—Gracias a usted, doctor. Ha demostrado un coraje extraordinario a lo largo de todo este caso, e Inglaterra está en deuda con usted, al igual que con su difunto hermano.

Aún estaba intentando encontrar mi lengua cuando Holmes me dedicó un guiño congratulatorio y regresó a su silla.

Mycroft abandonó pesarosamente su asiento y se dirigió hacia la puerta. Lo seguí para acompañarle hasta la salida.

—Tengo otras visitas que hacer, así que os deseo a ambos buenas tardes —dijo Mycroft, poniéndose el sombrero.

—Buenas tardes, hermano —dijo Holmes con indolencia desde su asiento, sin molestarse en levantarse.

Mycroft miró de reojo a su hermano menor y sacudió la cabeza, volviendo a poner los ojos en blanco. Luego se volvió hacia mí. Le dediqué una solidaria sonrisa.

—Gracias de nuevo, doctor —dijo, extendiendo su manaza.

La estreché con firmeza, muy contento por poder utilizar ya la mía sin ninguna traba.

—Buenas tardes, señor Holmes.

—Buenas tardes, doctor. Ah, y Watson…

—¿Sí, señor?

El hombre se dio la vuelta en las escaleras para mirarme.

—Por favor, siga llamándome Mycroft.

Sonreí, experimentando una repentina calidez.

—Por supuesto.

En el ancho rostro del mayor de los hermanos se desplegó una sonrisa igualmente amplia mientras asentía, y luego salió por la puerta principal, amablemente despedido por las frenéticas atenciones de la señora Hudson.

Me di la vuelta y volví a entrar en la sala de estar.

—Quizá sea mejor que nos vayamos preparando si vamos a ir a cenar antes de la función —comentó Holmes con desinterés—. ¿Qué hora es, Watson?

Inconscientemente me llevé la mano al bolsillo de mi chaleco, pero entonces recordé que el reloj de Andrew había quedado destrozado en nuestra pugna por arrestar a los anarquistas. Una sombra cruzó mi rostro al recordarlo. Y entonces reparé en que… ¿aún había un reloj en mi bolsillo?

Profundamente perplejo, cogí la cadena y lo saqué. Me quedé mirándolo, desconcertado. Yo no lo había puesto ahí. Era, más o menos, del mismo estilo y tamaño que el de mi hermano y, lleno de curiosidad, abrí la tapa para ver la inscripción que llevaba dentro.

Para mi querido Watson,

un hermano generoso, cuya naturaleza es tan ajena a la malicia

que no la sospecha en los demás.

Cordialmente,

Sherlock Holmes

Mi amigo continuaba sorprendiéndome con su conocimiento de los clásicos, pero lo que más me impresionaba era la consideración que había demostrado a lo largo de todo aquel espantoso asunto. Había comprendido que la pérdida de la principal pista del caso, el objeto que yo había heredado tras la muerte de mi hermano, me había disgustado mucho.

Alcé la cabeza y descubrí que su silla estaba vacía y que él contemplaba la calle a través de la ventana de la sala de estar con expresión hosca y las manos en los bolsillos. Cerré la tapa del reloj con un ligero chasquido y me levanté.

—Las seis y media —dije suavemente mientras me dirigía a la ventana y me situaba junto a él.

Tuvo un sobresalto.

—¿Perdón?

—Me preguntó la hora.

—¿Lo hice? Ah, sí. Bueno. Pues más vale que nos pongamos en marcha, ¿no le parece?

Como solía ocurrir cuando estaba nervioso o cohibido, Holmes evitaba mirarme directamente. Yo ya había visto en su rostro ese mismo rubor de incomodidad en el cementerio de Rathclythe, cuando se sentía tan inseguro.

—¿Sabe, Holmes? Pese a todas sus disputas y ese continuo duelo entre sus habilidades deductivas y capacidad intelectual, creo que usted y Mycroft se profesan un amor verdadero —dije con voz queda y una sonrisa tirando de las comisuras de mis labios.

Volvió a sobresaltarse, y esta vez me miró a los ojos con el asombro escrito en el rostro.

—Mi querido Watson, no sabía que el don de la deducción fuera tan contagioso —repuso, un tanto incómodo.

Me eché a reír ante su embarazo, pero luego me puse serio y me aparté de la ventana, dirigiéndome lentamente hacia la chimenea.

—No es una deducción, Holmes —dije en voz baja—. Un asunto como éste hace que un hombre reevalúe lo que Dios ha tenido a bien concederle, ¿no?

Mientras hablaba, mi mano se cerró en torno al reloj en el interior de mi bolsillo y mi rostro, antes feliz, quedó teñido de una suave tristeza.

—Sí, mi querido amigo. Muy cierto.

Le oí suspirar y luego, el sonido sus pasos evidenció que se hallaba tras de mí.

—Watson…

—¿Sí?

—Yo… siento mucho haber manejado todo este asunto de un modo tan chapucero.

Eso me hizo darme la vuelta, y al hacerlo vi la culpa reflejada en sus ojos.

—No fue chapucero, Holmes —dije, intentando tragarme el nudo de incomodidad que aquella conversación tan personal había formado en mi garganta—. Y… y yo, por mi parte, estoy contento con el caso, porque… todo esto también me ha hecho reevaluar las cosas.

Holmes asintió con un gesto de absoluta comprensión.

—Y… se lo agradezco —continué—, porque de ningún modo habría podido afrontar esto yo solo, ni física ni emocionalmente. Siempre estaré en deuda con usted.

Sonrió, y vi como la culpa desaparecía reemplazada por una expresión de calidez mientras apoyaba ambas manos en mis hombros.

—Ya se lo dije en el tren, Watson. Para mí es un placer servirle, ahora y siempre.

Sostuve su mirada con una temblorosa sonrisa, parpadeando en un intento de mantener a raya las lágrimas que de repente habían empezado a arder en el fondo de mis ojos.

—Bien, ¿qué hora ha dicho que era?

Experimenté un sincero alivio, y creo que también él, por poder retomar nuestra anterior jovialidad. Éste era el primer momento de verdadero relax que teníamos desde nuestro regreso, y pensábamos disfrutarlo al máximo.

—Creo que le dije que eran las seis y media, Holmes —reí, volviendo a sacar el reloj de mi bolsillo para balancearlo delante de su nariz—, pero eso lo he visto en el reloj de la chimenea. ¡Olvidó darle cuerda a éste antes de meterlo en mi bolsillo!

Se quedó mirándome y me arrebató el objeto de la discordia, escudriñándolo con el ceño fruncido.

—¡El poder de la observación y la atención a los detalles, sin duda! —exclamé con un resoplido de risa, observándole para ver su reacción.

No me cupo duda de que la señora Hudson se estaría preguntando si nos habríamos vuelto locos de repente al escuchar las carcajadas casi histéricas que estallaron en la sala de estar.

Diez minutos después, Holmes aún intentaba sofocar la risa mientras nos disponíamos a dejar el apartamento para dirigirnos a nuestro restaurante favorito en el Strand.

—¿Sabe, Holmes, lo bien que sienta poder reírse así sin preocuparse por el dolor? —dije, deleitándome con ello.

Y lo maravilloso que es caminar sin ayuda, viejo amigo —respondió él, encasquetándose despreocupadamente la chistera.

—Sí, yo también me alegré cuando se le curó la pierna —dije secamente, poniéndome la mía—. ¡Es usted el paciente más horrible que un médico pueda tener!

Holmes dio un resoplido, abrió la puerta y me indicó que saliera con una amplia sonrisa. El viento era frío, pero nos daba igual. La alegría de estar nuevamente en casa era demasiado grande para preocuparnos por nada más.

Habíamos regresado a Londres, a Baker Street, tras enterrar en Escocia a todos mis fantasmas y quizá a alguno de los de Holmes. La reputación de Andrew, empañada por sus más que dudosas costumbres, había sido restaurada, y yo había afrontado y superado mi miedo al pasado con la ayuda de Holmes.

Y cuando él deslizó su brazo en torno al mío mientras paseábamos por Baker Street y comenzó a hacer deducciones personales bastante embarazosas sobre la gente con la que nos cruzábamos, no pude contener una carcajada de placer.

—¿Qué? Es cierto. ¡Ese hombre tiene una nariz extraordinariamente larga! —dijo Holmes a la defensiva.

Reí aún más fuerte.

Y aunque siempre extrañaría a mi hermano Andrew, este caso había resultado ser un cáustico recordatorio enviado por la Providencia: no debía subestimar las cosas que aún tenía en esta vida. Había aprendido una valiosa lección, y nunca la olvidaría.

—¿Watson?

—Lo siento, Holmes, no estaba escuchando.

—Decía que si se ha fijado en esa horrible mujer que acaba de pasar, la que pesa al menos ochenta kilos. ¡Creo que en las próximas dos semanas intentará envenenar a su marido!

Me quedé mirando a mi amigo, sacudí la cabeza y me eché a reír una vez más.

Por turbulentos que sean los complicados giros de la vida, algunas cosas nunca cambiarían.

FIN